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CAPITULO III EL
CAMINO DE CRISTO |
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I. El camino de Cristo opuesto al del
mundo «Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste... y el mundo los aborreció porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo como no soy del mundo yo» (Jn 17, 9-16). Dos conceptos están claros en estas palabras de Cristo: que el mundo y los cristianos son enemigos y que Cristo y los cristianos vivan en el mundo, lo cual no es ser del mundo. Conceptos tan claros no siempre los ven todos en su diafanidad. Pero importa matizar bien para que veamos también clara nuestra postura. Situémonos en un marco actual: en una comunidad humana: ¿Podemos decir que una comunidad eclesial, sin más, por el hecho de ser tal comunidad, ya es de Cristo? Hay que analizar muy bien. Habríamos de seleccionar en seguida. Los cristianos verdaderos, los más influenciados por el Evangelio; los cristianos mediocres, de misa dominical; los de pila de agua bendita; los de partida de Bautismo. .. Regla definitiva: Si Cristo es enemigo del mundo y el cristiano es discípulo de Cristo, la mayor proximidad del cristiano a Cristo nos dará la mayor enemistad del cristiano con el mundo. Están, hoy como nunca, muchos cristianos preocupados de sus relaciones con el mundo. No se deciden a vivir en plena hostilidad con él. Quisieran estar bien con Dios y con el mundo. Oigamos a Cristo: «el mundo los aborreció porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo» (Jn 17, 14). El mundo será para Cristo la humanidad que reúne el espíritu del mal. «Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo» (Jn 17, 14). Llegados a este punto hemos de admitir que es muy difícil que no se encuentre este virus maligno aun entre los mismos cristianos. Eso sí, dependerá su mayor o menor dominio, de la vida más o menos intensa del Espíritu de Dios. No
nos debe extrañar que el mundo aborrezca a los cristianos como aborreció a
Cristo, si caemos en la cuenta de que ellos están para denunciarle. Las
tinieblas son descubiertas ante luz y sal, las tinieblas y el azúcar quedarían enmascarados llenándolo todo, dominando con el poder del príncipe de las tinieblas. En una comunidad donde todos roban o adulteran, o mienten o estafan, unos a otros se encubren, hoy por ti mañana por mí. Si hay uno que no es como ellos se sienten molestos con su presencia, como acusados implícitamente y esto les llevará a involucrarle en su escándalo farisaico, como una victoria de los que, no pudiendo negar la luz que daña sus ojos torvos, querrán verla traspasada por su pequeña tiniebla. Os pondría un caso para que estas reflexiones se vean más claras: un grupo de adúlteros condescenderá con su tiniebla tan densa pero no podrá soportar la luz de una ejemplar virgen. Y cuando no puedan apagar el fulgor de su luminosidad que hiere como un rayo, pervirtiéndola, acusarán su forma, su arrogancia, su pequeño desliz en esa materia e intentará quitar la pajita que encuentran en su ojo, cuando transigen, tan abiertamente, con la viga que atraviesa el suyo (Mt 7,1-6). Además que todo se puede esperar de los enemigos: hasta la muerte. 2. El fariseísmo No se comprende que Jesús tuviera enemigos pero ésa fue la realidad. Los fariseos se pronunciaron contra Cristo. «¿Por qué, Señor? Hazme justicia y mi causa defiende contra gente sin amor; del hombre falso y fraudulento, oh Dios, líbrame»... (Sal 42). ¿Quiénes son esos hombres para situarse en contra de Cristo? Pobres gusanos. ¡Contra su Creador y Señor! Pero les ciega su soberbia. Están satisfechos de sí mismos. Se creen santos, perfectos. «Nosotros pagamos contribución, ayunamos, no somos como los demás hombres...» (Lc 18, 11-12). Examinemos nuestra vida para ver si descubrimos algún brote de fariseísmo -guardaos del fermento de los fariseos, les decía Cristo a los mismos apóstoles - (Mt 16, 6). Porque el fariseísmo es un espíritu contrario al del Evangelio. Los fariseos se contentan con obras exteriores sin vivir interiormente la religión. ¡Tanta práctica de religión sin obras internas -que también se traslucirán -! ¡Cuántas discusiones que degeneran en disputas entre personas que practican la religión! ¡Cuánta vana ostentación y vanidad de las cosas que se hacen o de las cualidades que se tienen o se piensan tener, o se dice que se tienen! ¡Cuánta facilidad para juzgar mal a las personas e interpretar mallas acciones del prójimo! Hay una diferencia diametral entre el cristiano y el fariseo. El cristiano es un hombre interior. El fariseo lo es exterior. El fariseo desprecia a los demás, el cristiano ama al prójimo. El fariseo se considera mejor que los demás, no cree que puedan decir algo interesante. Desprecia a la pecadora a quien Cristo perdona (Lc 7, 39). Líbranos, Señor, de la levadura del fariseísmo. 3. Miedo de ser cristianos Y nuestros cristianos saben que, como Cristo, tendrán enemigos. ¡Vaya si lo saben!- y de ahí el miedo que tienen de serlo de veras. Y de parecerlo, a veces más que de serlo. Quisieran pasar desapercibidos: que no choque su actitud, vestir como los del mundo, hablar como ellos, ver los espectáculos que ellos ven, llevar los negocios como ellos. Con esos cristianos ¿qué va a hacer Cristo en el mundo? ¿Cómo iluminar con una luz entenebrecida? Con una sal desvirtuada ¿cómo salar? Hemos llegado a un momento histórico de inflación de cristianismo. Y es difícil conseguir que ese cristianismo sea enemigo del mundo. Nuestra tarea será acentuar la enemistad para llevarlo a la amistad con Dios. Hacer intensa la luz del cirio, lo que no depende de su grosor, sino de su llama. Pero ¿quién puede caminar por camino tan áspero? Podemos decir al Señor: Nos cuesta imitarte. Nos cuesta ser pobres. Nos cuesta ser humildes. Nos cuesta vivir humillados. Nos cuesta ser castos. Nos cuesta ser luz en un mundo de tinieblas. Cuando todo nos arrastra cuesta abajo, cuando en torno no vemos más que tinieblas, sentimos el pinchazo del deseo de camuflarnos con las tinieblas... ¡Qué importa la pequeña luz que yo pueda aportar al mundo! nos susurra el demonio de la desconfianza... ¿Qué voy a arreglar yo con mi luz encendida? -dice un atolondrado pensamiento superficial y mundano. Jesús, tú supiste vivir, rodeado de arbitrariedades, como una flecha de ideal sobrehumano. Tú viviste, en medio de un mar de odios, lleno de paz y deseando contagiarla a todos. Tú viviste en un mundo de codicia preocupado por los intereses del Padre. Tú viviste en medio del fango como una gaviota limpia y luminosa. Tú en medio de corazones duros, fuiste corazón manso y sensible. Tú, en medio de vulgaridades y prosaicas vidas, fuiste excelso poeta, cantor de los lirios y enamorado del candor de los ojos de los niños. Enséñanos a vivir en un mundo caliginoso y entenebrecido, con la luz y calor, con color y amor, con poesía y confianza, con fraterna comprensión y belleza. Dale a tu Iglesia almas como la tuya: bellas, sencillas, humildes, virginales entre espinas, mansas como los corderitos, luminosas sin pretensiones. Danos vivir tu vida plena en constante contemplación del Amor del Padre. Que ejercitemos el amor interna y externamente cuajando la comunidad en que nos has situado para tu gloria y recreo. Para gran provecho del mundo. Avancemos en tiempos de vulgaridad y soberbia, de corrupción e impiedad. Pídenos y danos para que te demos. Envía tu Espíritu con abundancia y haznos dóciles a sus actuaciones. Pero si decimos seguir a Cristo no esperemos que el mundo nos lo perdone. Arreciará contra nosotros con furia que en momentos nos alarmará y no sabremos explicarnos el porqué. Humanamente no tiene explicación. Hay que buscarla en el mundo sobrenatural; permisión de Dios y acción del espíritu de las tinieblas. Los más timoratos se espantarán. No tengáis miedo. Contad con todas esas contradicciones y mostraos esforzados en ellas, como que son la mejor garantía de que seguimos a Cristo. El bien no puede hacerse sin sacrificio. El apostolado, si es eficaz, remueve el infierno y todas sus fuerzas pondrá el maligno en juego para ver si logra acobardarnos. Recordad cómo trataron a Cristo, de cuántos odios lo hicieron blanco y cuántas difamaciones fueron dichas contra Él: le llamaron endemoniado y era Dios; blasfemo y su lengua sólo sabía alabar al Padre; alborotador y es el Rey de la Paz; bebedor de vino y era la mortificación suma... Por ahí conocerán que sois discípulos de veras de Cristo, porque lleváis el mismo camino del salvador. ¡Ay de vosotros si el mundo os ensalzara! ¡Señal de que seríais de los suyos! 4. El demonio, gran enemigo Si el demonio os persigue es porque le hacéis daño. ¡Sapo negro! -decía el demonio al santo Cura de Ars- hay otros sapos negros que no me hacen tanto daño como tú!... Si el demonio rabia... Señal de que le hacéis daño... Si el demonio os deja tranquilos... temed no sea signo de que vuestra vida le da poca pena… Mirad no sea que se pueda decir de vosotros: «Los muertos que vos matáis gozan de buena salud.» Era criterio repetido por santa Teresa en sus cartas que, «pues se empieza a alborotar el demonio… Algo le trae». «Tengo experiencia lo que el demonio pone por estorbar uno de estos monasterios». Aspiración ha de ser que nuestra vida sea de una tal lucha contra el infierno que él no nos deje quietos... «Simón, Simón, mira: Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo» (Lc 22, 31). No temáis, con vuestra fe venceréis al mundo y al diablo (Ef 6, 16; 1 Pe 5, 9; 1 Jn 5, 4). 5. Venid a mí Pero Jesús conoce cómo somos los hombres. Sabe que sufrimos, que la injusticia reina en el mundo, que buscaremos dónde reclinar la cabeza muchas veces y no encontraremos sitio... Y como nos ama, se aviene a ser nuestro nido caliente y nos ofrece su regazo dulcísimo donde reposemos, y nos dice: «venid a Mí» (Mt 11,28). Nos apalean y buscamos cobijo en los nuestros y, casi siempre, salimos más descalabrados porque «no saben decirme lo que quiero...» (San Juan de la Cruz, «Cántico espiritual») Falta de sensibilidad, de corazón blando y… providencia de Dios para que vayamos a Él, que siempre nos comprende y nos conforta siempre, y nos invita a ir a Él. No hay nadie excluido de cuantos sufren, para todos tiene acogida y bálsamo. ¡Qué bien! ¡Pero
son tan diferentes las dimensiones de la vida humana y La vida es dura para los mortales. Es más dura para los pobres, para los que carecen de relieve social. Sólo tiene un lenitivo: el Evangelio que Pablo predica y ¡de qué manera se siente obligado a ello! (1 Co 9, 16). Y Jesús se va a otra parte para predicar también allí que para eso ha venido, para anunciar la liberación del Reino. Sin el Evangelio la vida humana es insoportable, no tiene sentido, da náuseas. La predicación y la acción de Jesús cura a los enfermos. Por eso tantas veces con los salmos alabamos al Señor que sana los corazones quebrantados, destrozados, venda sus heridas, sostiene a los humildes, está cerca de los atribulados. Ahí
están las dos dimensiones: la del hombre, pobre y quebrantado, y Pero en el camino de Cristo hay una exigencia de mortificar apetitos, de conseguir la limpieza, de hacer el vacío de lo terreno. San Juan de la Cruz nos introduce por esa senda segura y austera. 6. San Juan de la Cruz, alpinista del
camino de Cristo San Juan de la Cruz en la Subida del Monte Carmelo nos da doctrina segura; discurramos sobre ella: Hoy estamos acostumbrados a ver al hombre en su totalidad y unidad corporal y síquica. Las experiencias y los resultados de la moderna medicina, neurología y sicología nos conducen a pensar que la vida síquica está íntimamente unida con la vida corporal y física. Nuestro yo es el que actúa en todas las manifestaciones conscientes del alma humana. Nuestra alma es el sujeto de todo nuestro dinamismo. San Juan de la Cruz no ha visto al hombre en esa totalidad, sino en la dualidad que en su tiempo, y mucho después de su tiempo, se contempla en el hombre: parte sensitiva y parte espiritual. A la parte sensitiva, o interior, pertenece el conocimiento sensitivo y el apetito, a la espiritual o superior la inteligencia, la voluntad y la memoria. La
zona inferior no es de menor categoría o zona despreciable comparada con San Juan de la Cruz incluye en la parte sensitiva del alma los cinco sentidos, los gustos, deseos y ambiciones que se derivan de ellos y toda la acción de la vida animal. En la zona espiritual, ya lo hemos dicho, coloca la inteligencia, la voluntad y la memoria. Pues bien, los apetitos designan toda la vivencia de la parte sensitiva del alma. Hoy
se vive desmesuradamente esta zona sensible. Cine a todo pasto. Cine sin
fulgor de inteligencia, como estimulante de sentidos y de emociones
excitantes de Amor, no amor espiritual aun natural, ni mucho menos el teologal. Amor que tiene su resolución en la primera capa de la sensibilidad, en la epidermis. Vida afectiva. Vida sensitiva. Vida del hombre carnal. Ésta es la zona de los apetitos. A esta zona se reduce también el mundo de las ambiciones de poder, de los temores, de los complejos, de la timidez, del afán desmedido de las cosas, aunque sean buenas. El deseo de crecer más de lo que Dios quiere, o antes de lo que Dios quiere, puede ser efecto de un apetito de ambición que no entra en la esfera del hambre y sed de justicia. Porque ésta supone también la paciencia, que es saber esperar y vencer la tentación de la tristeza que invade a quien no consigue tan rápido como desea, lo que, una vez conseguido, le afirmaría su personalidad y le libraría del esfuerzo monótono y pesado del trabajo, que es virtud. San Juan de la Cruz por eso es actual. Porque habla del hombre en su complexión sicológica y ésta es invariable por mucho que cambien las formas de vestir, de hablar, o de vivir. El
hombre siempre tuvo, tiene y tendrá unas tendencias e inclinaciones, un amor,
un temor, una esperanza y unos deseos y ambiciones, que no variarán si no
cambia El libro primero de la Subida del Monte Carmelo lo dedica por entero San Juan de la Cruz a analizar la naturaleza de los apetitos y los daños que causan en el alma. Ve el santo la distancia infinita y la contrariedad existente entre el Creador y las criaturas. De manera que, como dos contrarios no pueden coexistir en un sujeto, se impone necesariamente la negación de uno para que viva el contrario. Si ha de vivir Dios ha de desaparecer todo rastro de criatura. De ahí nace la necesidad de mortificar los apetitos que arrastran hacia las criaturas. Pasa después el santo a analizar los daños que los apetitos producen. Uno es privativo, positivo el otro. El primero priva al alma del espíritu de Dios. El segundo es que la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y debilitan. Entiéndase que estos daños los producen en el alma los apetitos o afectos voluntarios. Sólo éstos son desordenados. Los apetitos naturales ni poco ni mucho obstaculizan la unión del alma con Dios. «Bien puede tener el natural estos apetitos y estar el alma según el espíritu racional muy libre de ellos» («Subida» 1, 1. 11. 2). Los movimientos naturales que brotan instintivamente en nosotros, o los afectos que, sin más, están ahí porque no se pueden impedir, no sólo no causan ningún daño al alma, sino que le reportan beneficio. Si el alma los ataca sin tregua, si se aparta de ellos, si no los fomenta, ni los deja desarrollarse y, sobre todo, no se deja influenciar por ellos en sus decisiones, ejercita la virtud y crece su amor a Dios. «Porque en tanto que los resiste, gana fortaleza, pureza, luz y consuelo y muchos bienes (Tercero «Subida» 1, 1. 11. 6). A veces se siente el alma muy molesta y cansada por estos apetitos involuntarios. Sepa de una vez para siempre que no le pueden impedir su unión con Dios mientras no los consienta. Que los apetitos privan al alma del espíritu de Dios no quiere decir que si los apetitos son de pecado venial o de imperfección le quitan la gracia. Lo que sucede es que le quitan aquel parentesco espiritual con Jesús, aquel celo por la virtud y amor a la oración y al sacrificio que predominan en las almas que aman al Señor sobre todas las cosas. Uno se deja arrastrar por su afición a lo superfluo de la prensa o de las revistas. O es infiel a su horario y con ello se ve precisado a omitir la oración. O tiene un afecto hacia una persona que la lleva a buscarla, a desear verla, a hablar con ella... Lo que va a pasar después es que al tener que trabajar no hará su trabajo con el espíritu de Jesús. Con aquella sumisión y humildad y aquel espíritu de abnegación y de sacrificio con que Él trabajó. Y notará que, cuanto más va dejándose llevar de lo que sus instintos le piden, más se va insensibilizando para oír la voz de Dios y estar atento a sus divinas exigencias. Se le escaparán matices de virtud y de santa correspondencia a los toques de Paráclito, a quien con mucha facilidad contristará por su poca o ninguna delicadeza. San Juan es un maestro que hay que estar siempre escuchando, porque nuestra flaca naturaleza necesita doctrina estimulante y exigente, pero positiva y radiante, que nos saque de la vulgaridad y nos lleve a la plenitud en Dios. 7. Lo terreno que hay en vosotros «Extirpad lo que hay de terreno en vosotros... deseos rastreros y codicia, que es una idolatría» (Col 3, 5). El mensaje de la parábola del rico satisfecho (Lc 12, 16-21) no viene simplemente a condenar las riquezas por sí mismas. Hay que escuchar a Jesús y captar el mensaje tal como Él lo da; hay que saber matizar a la luz del Espíritu lo que Jesús nos pretende enseñar con esta lección en imágenes de un rico, gran cosechero que se siente satisfecho porque ha logrado conseguir una gran cosecha de cereales, y tiene que derribar los graneros para poderla almacenar. Habla Jesús a gente de Palestina y le habla en símbolos que entiendan. Los graneros que tiene no son capaces, tiene que construir otros mayores para que quepa allí todo el grano y «el resto de mi cosecha», aceitunas..., vino..., aceite..., «y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años». Primero, tienes. Tienes. Hombre tú tienes. La primera persona es el hombre, quien posee los bienes es el hombre. ¿Para qué? Acumulados para muchos años, con. Secuencia: «Túmbate». Pereza. No hay que trabajar, túmbate, come. Cuerpo, estómago, carne, date satisfacciones, bebe, date buena vida. Este hombre no trasciende el tejado de su casa. La vida de este hombre es una vida que termina aquí. «Date buena vida», aquí, las riquezas para sí, para el hombre. y así termina Jesús, después de poner en boca de Dios esta palabra terrible: «necio, esta noche te van a exigir la vida» (Lc 12, 20). ¡Qué terrible sería para aquel hombre que había puesto todo su afán en adquirir aquella gran cosecha para sí, en conservarla con avaricia, en vivir largos años, oír que esa misma noche se ha de terminar su vida, se la van a exigir. Terminada esta sentencia de Dios dice Jesús: «Así será el que amasa riquezas para sí» (Lc 12, 21). No
condena, Jesús, las riquezas; no condena, Jesús, a los ricos. Condena al que
amasa riquezas para si. Porque las riquezas pueden y deben ser empleadas
creando prosperidad para los demás. El marqués de Comillas, era un gran prócer
rico, inmensamente rico; pero supo emplear bien aquella riqueza. Construyó un
gran seminario. Dio una dimensión social a sus bienes. Entre otras cosas
organizó una peregrinación de ochocientos obreros para ir a Roma en la
conmemoración de El rey David es rey, sin embargo, no se le condena que sea rey y sea dueño y posea bienes y reciba tributos. Lo que es vituperable es el cómo, para qué, para quién, ¿para sí? Él que está condenado es el que amasa riquezas para sí y no trasciende su yo, ni este mundo; porque si fuera para sí en el otro mundo... pero no, es para sí, para tumbarse, comer, beber y darse buena vida. Aquí, sin abrirse al misterio del más allá de la frontera de la muerte. Pero
no hemos de mirar las riquezas en este sentido unívoco de riquezas igual a
posesión de bienes materiales. Riquezas son también el talento, ¿Para qué tienes la belleza, la gracia, la ciencia, el talento?. ¿Para quién acumulas?.. Porque no es condenable que uno sea sabio o tenga hermosura, si Dios se lo ha dado. No es condenable que uno tenga don de gentes. Lo condenable puede ser el fin en que lo emplees. ¿Para qué?.. ¿Para sí? Para envanecerte tú de que tienes don de gentes, creerte superior a los demás, querer ser visto y apreciado, jactarte de ello y mirar a los otros por encima del hombro?.. ¿Para eso? Entonces almacenas, amasas riquezas, como el rico, para sí, para ti, y esto, desgraciado, «esta noche se va a terminar», te van a pedir cuentas, porque te vas a ver ante Dios con las manos vacías. 8. Las manos vacías Recuerdo la antigua película Balarrasa, protagonizada por Fernando Fernán Gómez. La hermana del seminarista en trance de muerte se mira las manos obstinadamente y exclama: «Están vacías». Están vacías. No es rica ante Dios. ¡Ay del que no es rico ante Dios! Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios, porque no es rico ante Dios el que no lo es en virtud, en humildad, en pobreza, en pureza, en mansedumbre, en paciencia, en trabajos por Cristo, el que no ha muerto con Cristo, el que no está escondido con Cristo en Dios. 9. La nueva criatura He quedado absorto contemplando el injerto de un naranjo; y he pensado en las palabras de san Pablo: «Vuestra vida está, con Cristo, escondida en Dios, porque habéis resucitado con Cristo» (Col 3,3). San Pablo tenía una visión del bautismo que nosotros no tenemos. Porque a nosotros nos parece que el bautismo no nos obliga a nada, cuando el bautismo es el fundamental sacramento que nos ha hecho morir y resucitar con Cristo. Por él hemos participado en la muerte y en la resurrección de Jesucristo, hemos muerto con Cristo. Es decir, hemos sido injertados en Cristo o, mejor dicho, Cristo ha sido injertado en nuestra vida. Porque el injerto consiste en hacer una incisión en el árbol viejo que se quiere cambiar de clase. y se le mete una cuña que tiene un germen. Bien apretado y atado comienza a captar la savia del naranjo viejo, pero el brote es vida nueva. y ese naranjo fructificará en naranjas de distinta clase a las que le correspondían al naranjo viejo. Serán naranjas de otra calidad. A lo mejor era nável y le han injertado de mandarina y resulta que las naranjas tienen color, sabor de mandarinas cuando les correspondía tener color, sabor y figura de nável. 10. Nuestra vida escondida con Cristo en
Dios Pues Jesucristo es Dios que se nos ha metido en el bautismo dentro de nuestro ser. «Nuestra vida, escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), va creciendo. Es una yema nueva de germen nuevo. Es una semilla nueva invisible. Nadie ve que nosotros llevamos a Cristo dentro, que el injerto de Cristo está metido dentro de nuestro ser humano, que nuestra vida es divina. Pero un día aparecerá en gloria cuando aparezca Cristo vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con Él en gloria (Col 3, 4). Aparecerá el valor de esta pureza de ahora, de esta mortificación y sacrificio; de esta vida de oración en que estamos sumergidos, de esta vida unida a Cristo en Dios glorificando al Padre. Todo esto nos tiene que llevar a apreciar ya vivir nuestra consagración bautismal, a vivir íntegramente en la medida de nuestras pobres fuerzas humanas que vendrán siempre ayudadas por la gran fuerza de la gran mano del Padre-Dios que nos impulsará por el Espíritu a cantar que Él es nuestra roca y nuestro poder. Que si hemos trabajado con Cristo, nuestro trabajo no habrá sido en vano, no lo habremos perdido, «resucitaremos con Él», viviremos con Él; esta vida se pasa y, a lo mejor, más de prisa que nosotros creemos. Quizá nos prometemos una serie de años de vida y, a lo mejor, el Señor está esperando decirnos: «Esta noche te van a exigir la vida». Y nosotros la estamos prolongando. «Parece que vinimos al convento a no morirnos», diría con gracia santa Teresa. Tenemos obligación de conservar la vida, pero el Señor tiene los días contados y ningún cabello de nuestra cabeza caerá sin su voluntad (Mt 10, 30), y mucho menos llegará al final sin la voluntad del Padre. Nuestra
vida escondida con Cristo. Que no sea para nosotros, que sea para Dios. Tanto
si vivimos como si morirnos vivimos y morirnos para Dios (Rm 14,7). Y siendo
para Dios, desde el corazón de Dios, irradiará en todo el mundo. Llenará de
fecundidad a 11. Camino de espinas Cierto.
El camino de la identificación con Cristo es camino erizado de espinas,
porque todo en Cristo contraría a nuestra naturaleza. Lo que la naturaleza
apetece es lo contrario de lo que Él nos exige. Pero nos lo exige, no por
afán de fastidiarnos, sino como camino de grandeza. Hemos de inmunizamos
contra la mentalidad mundana que tanto ha bastardeado Hemos de hacer un esfuerzo para adquirir la mentalidad de Dios en cuanto al Amor- Ágape, palabra que usaron los primeros cristianos para identificar el amor del Evangelio. Y veremos cómo el Amor nace, crece y madura en la Cruz. Pero sólo aparece la Cruz al empezar, al tenerse que decidir. Una vez la persona se ha lanzado de cabeza a la cruz va llegando la suavidad, la luz, la limpieza y el gozo. Además este gozo es de otra especie que el de los placeres sensibles; es más duradero, más profundo, abarca y llena más. Está hecho a la medida de la capacidad del alma. El sentido tiene suficiente con lo sensible pero el espíritu se muere de hambre sin gozo espiritual. Este gozo espiritual viene siempre acompañado de renuncias sensibles o carnales. Si renuncias como cinco gozarás como cinco. Si como diez, el equivalente lo tendrás en gozo. Si vas al copo, llegarás a la cumbre del gozo. Hay almas -no pocas -que nunca se acaban de decidir a una entrega total. y en el pecado llevan la penitencia, porque nunca llegan a ser felices por su falta de generosidad, por su tejer y destejer, por su dejar y volver a soñar ya añorar lo que un día dejaron. Aparte de que a Dios le hacemos poco honor al compararlo con las criaturas. Si las criaturas son migajas de su gran banquete... y están llorando por las migajas, olvidadas de la gran luz del Cordero que ilumina y vivifica. Las criaturas, medios, no fines. En cuanto alguna se va convirtiendo en fin, rompe, corta, arranca... vale más entrar ciego en el Reino que con dos ojos en las tinieblas... (Mt 18,9). Dios nos quiere muy grandes. Nada nos puede hacer grandes, tan grandes como Él, sino lo que nos iguale a Él. y no hay nada que nos iguale a Dios más que el Amor. Pero el Amor nos exigirá renuncias y renuncias. ¿Para morir? ¡No! Para vivir. De la más alta manera. Para vivir la propia vida de Dios. Ojos y corazón, pensamientos y recuerdos, trabajo y cosas... Todo crucificado y todo ordenado por el Amor. En medio de un mundo materializado, sensiblero, encarnizado, brillad como antorchas incontaminadas, como faros que, al menos en su ámbito, denuncian la oscuridad y la tiniebla. Sed sal, no azúcar; abnegación, no capricho; alpinistas de altas cumbres, no sibaritas instalados. Sed cipreses que pacientemente y obstinadamente miran a lo alto, no sauces de ramas caídas y llorosas por lo que dejaron. 12. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20) San Pablo, en su carta a los Gálatas dice que Cristo vive en él. ¿Qué sentido puede tener esta vivencia de Cristo en él? ¿Será un recuerdo, como está vivo en la mente de una madre el pensamiento de su hijo? ¿Será la presencia de un parásito que chupa vida y está viviendo en el organismo en el que parasita? No. La vida de Pablo es la vida de Cristo porque la vida suya ha dejado de ser la vida de aquel Pablo de antes. El motor que lleva ahora a Pablo es el Espíritu de Cristo. Porque al mismo tiempo que dice que Cristo es quien vive en él, dice también que ya no soy yo quien vivo. Decir que Cristo vive en mí es decir que el mismo Espíritu que vive en Cristo es el que vive en mí. En cada cristiano. Se ha dicho que el sacerdote es otro Cristo. Pero es también verdad que el cristiano es Cristo, y 10 que debemos procurar es multiplicar la presencia de Cristo en el mundo. Claro que todos somos un solo Cristo, el Cristo Místico. Pero ese Cuerpo Místico no es un ser gigante que invade el universo, sino un Espíritu que tiene sus límites concretos en cada individual personalidad. En cada hombre está exigitivamente Cristo. En cada cristiano está ya realmente Cristo. En el cristiano que vive en caridad hay vivencialmente un Cristo más realizado. En el cristiano que ha llegado a vencer las obras de la carne ya vivir en la altura singular y oxigenada y pura de los frutos del Espíritu, vive ya Cristo sin limitaciones, en plenitud. Esta vida de Cristo en nosotros nos lleva a razonar sobre una serie de formas de vivir Cristo en nosotros y fuera de nosotros, cuyo estudio nos ayudará a encontrar la presencia de Cristo en nosotros y en otros seres, que dará unidad a nuestra piedad. 13. Varias presencias de Cristo Si nos remontamos al momento de la Encarnación, desde allí se abarca con plenitud la maravilla del misterio de Cristo. Cristo procede del Padre. Cristo nace de una Madre. Cristo se proyecta en la existencia de la humanidad. Si Cristo procede del Padre, es Dios. Su naturaleza humana está unida a la divina de una manera misteriosa, no podemos negar que es Dios. Un Cristo puro hombre, sería un héroe, sería un gran filósofo, un gran bienhechor de la humanidad desprovisto de la dimensión de lo sobrenatural. Cristo es el Hijo de Dios. «Unos dicen que eres Elías, otros que Jeremías, otros un Profeta». «Tú eres el hijo de Dios», dijo san Pedro, en un acto de fe divina (Mt 16, 14-16). Cristo nace de María. Su naturaleza humana ha venido a la existencia como la de todos los hombres: por una madre. Cristo tiene Madre. Y
Cristo está unido a Cristo está ya en el mundo como Dios encarnado y todo ha cambiado desde este momento central de la historia. Pero su presencia es singular en el cristiano. Y de una manera excelsa está presente en el alma en gracia con el Padre y con el Espíritu Santo. «Yo en ellos y tú en mí» (Jn 17, 23). Como Dios, Cristo está en toda la creación. Como Dios, está también en el cielo con el Padre y con el Espíritu Santo. Cristo está, de una manera singular, para probar que sus delicias las tiene con los hombres y para alimentar su vida de fe, por la que se entrega, en la Eucaristía. La Palabra revelada, he ahí otra presencia de Cristo entre nosotros. Cristo está en los cristianos con su Madre: «¡He ahí a tu Madre!» (Jn 19,27). Y el Cristo pequeño en el regazo de la Madre de la Iglesia, se va desarrollando hasta llegar a la edad adulta. Estas varias presencias de Cristo hay que vivirlas íntegramente, de lo contrario se mutila a Cristo. Lo cual equivaldría a que nuestra vida no sería Cristo, que no viviríamos de su Espíritu. Si dijéramos que Cristo no está en el cielo falsearíamos la fe. Si prescindiéramos de su Madre no tendríamos un hombre que precisa para ser concebido, aunque sea por obra del Espíritu Santo, Madre. Para
quienes prescinden de la Madre, Ellos no pueden vivir donde vive el Cuerpo Místico que es el seno de María. Que Cristo está en los hombres es también algo incontrovertible y querer ver al Cristo del cielo y al de la Encarnación sin los miembros es mutilar a Cristo. Ver a Cristo en los hermanos pero no verle en el cielo unido a la Trinidad y negar su presencia eucarística es una herejía. Hay que comprender al Cristo total: Cabeza y miembros. Todavía cabe otro error, no poco funesto, hoy sobre todo: Aceptar la existencia de Cristo en el seno del Padre, en los hermanos, en la Eucaristía, en el mundo, en el seno de la Madre de la Iglesia, pero no verlo nunca dentro de sí mismos. Los que así se comportan prácticamente son ellos los únicos hombres en quienes no se da la presencia de Cristo. San Agustín dice de sí mismo que buscaba a Dios fuera de él. No se daba cuenta de que estaba -Hermosura increada- dentro de él. «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). No ver a Cristo principio y fin de todas las cosas, hombres, historia, pequeñas o grandes vicisitudes y entresijos de la vida, nos quitaría el sentido sumamente consolador de la ley de los lirios del campo y de la tragedia de las cautividades previstas, queridas, permitidas, para el bien de los elegidos. Afirmemos nuestra fe en el Jesús en el seno del Padre y vivámosle allí. Es nuestra Vida, nos participa la que Él recibe del Padre. En el Hijo de María: en su seno y en sus rodillas. Ella funde con Él su vida y nos llega por Ella el fruto de su vientre. En el que se queda pan y vino. «Quien come y bebe vivirá mi vida» (Jn 6,54), tendrá fuerzas para caminar por el desierto hacia la Patria. En el Jesús que vive en cada uno de sus pequeñuelos. «Lo que hiciereis a uno de ellos a mí me lo hacéis» (Mt 25, 40). En el que mora en cada uno de nosotros -también pequeñuelos-, donde se está formando y por quienes la Iglesia, como el Apóstol dice, padece dolores de parto. (Ga 4, 19). Y ahora un alto: Contemplémosle más dentro de nosotros. Clamemos: Abba, Hermano, Esposo, Redentor. Sólo así tendremos fuerza para sacrificarnos por los hermanos -Cristo en ellos -; para dar la vida por ellos como Él la dio. Leamos y leamos la Escritura y afiancémonos en sus enseñanzas. Es la única manera de hallarle en los hermanos y en nuestra alma, y en el seno de Maria a quien veremos Madre-Madre-Madre, por quien le recibimos la primera vez y tantas cuantas veces Él nos quiere venir a habitar ya intimar cordialmente e íntimamente. Verle en los hermanos: o para que Él viva en ellos, o porque Él vive en ellos, pasando por encima de los accidentes, que pueden ser desagradables, y llegando al fondo del alma: -¿Qué ve en mí que me mira con tanta simpatía?- A Jesús viviente en su alma (Santa Teresa del Niño Jesús). Eso es vivir a Cristo con todos los riquísimos matices de su vida, de su presencia. 14. La tentación En
el camino de Cristo no nos faltará Jesús
quiso ser tentado para darnos ejemplo a nosotros, que hemos de soportar
tantas tentaciones, de lo que debemos hacer en «Está
escrito: No de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios». (Mt 4,4) Pero para que esa Palabra nos sirva de alimento no
hay que dejarla en El hombre que medita, que ora, tiene unos criterios y una fuerza de que carece el que prescinde de las ayudas .de Dios. San Pío X dijo a un sacerdote que omitía la meditación; «No se prive de la ayuda de Dios». Comparad las épocas de vuestras propias vidas en que hacíais oración con las que carecían de Palabra de Dios. Veréis qué diferencia de clima y de frutos. El hombre que ora tiene más alegría, tiene más paciencia en la adversidad y puede soportar mejor las humillaciones y vencer las tentaciones. El hombre que no ora ya no necesita demonio que le tiente. Dejar la oración es entregarse atado de pies y manos en poder del maligno. En cambio, el que ora, por esta fuerza que se hace... forzáis vos, Señor, los demonios para que no los acometan y que cada día tengan menos fuerza contra ellos» (Santa Teresa, V, 8, 6) «Y
le mostró todos los reinos y se los prometió, si se arrodillaba delante de
él» (Mt 4,8). Esta es la promesa que hace el demonio a todos los que tienta.
Antes de la tentación todo son promesas de dicha y felicidad y sugerencia5 de
abandonar la vocación y de solucionarles todos los problemas. Que dejen el
trabajo, el estudio, la práctica de Entonces lo llevó a Jerusalén y le puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti» y también «te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece en las piedras» (Mt 4, 5-6). Es la tentación del exhibicionismo. La tentación tan frecuente en los que están empeñados en algún apostolado. Manifestarse. Los que sucumben a esta tentación estarán dispuestos a gestos brillantes, a dejarse llevar en olor de popularidad; rehuirán todo lo que sea trabajo oscuro, anónimo, abnegado, silencioso. Dispuestos a desplegar la bandera, pero remisos a cargar con la cruz. Jesús contestó que hacer esto sería tentar a Dios, exigirle un milagro. Él
prefiere la victoria sobre el diablo antes que un triunfo resonante y
aparente. Quiere que se acepte la Palabra de Dios por ella misma: «Dios
quiere más el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios
que tú le piensas hacer» (San Juan de Nos
enseñó el Señor a pedir no nos dejes caer en Cristo pudo recibir la tentación a cuerpo limpio porque había henchido su alma humana de palabra de Dios en el silencio de los cuarenta días. Por eso su respuesta al tentador alude a la Palabra de Dios, que es palabra de vida, que da la vida. y no es que no nos hayamos de preocupar de los medios materiales, pero valorándolos debidamente y llenos de fe en que la palabra de Dios se cumplirá si buscamos su Reino y su justicia y se nos dará todo por añadidura (Mt 6,33). Bien entendido que no podemos buscar el Reino y tumbarnos a dormir. El mismo Reino nos hará trabajar para hallar el pan que Dios no nos dará si no hemos sudado para ganarlo... Cuando a un hombre desprovisto y desnutrido de Palabra de Dios le llega la tentación, sin recogimiento, sin ayuno, sin mortificación, es hombre perdido; «no tienen la fuerza los vasallos del alma, que Son los sentidos y potencias, que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden Con deseos de no ofender a Dios y hagan buenas obras» (Santa Teresa de Jesús, «moradas primeras» 2, 12». «Velad y orad para no caer en tentación» (Mt 26, 4). «Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora ya sus santos, para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para defenderse» (Ibid) Hoy que las tentaciones nos salen al paso con descaro, hoy que nos Consta se ora tan poco, porque se empieza por decir que el mismo trato humano ya es oración (¡cuántas veces ese mismo trato es la misma tentación por falta de vigilancia y de oración!) ¿nos extrañaremos de que el pecado reine, y con él la muerte, en el mundo? ¿Nos extrañaremos de qué haya tan pocas almas que busquen una vida de altura, aspiren en serio a la santidad? Se comenzará por negar la necesidad de la oración, trato con Dios, a solas en el desierto del corazón; se seguirá negando el pecado, al que conduce el fallo de la respiración del alma, y se terminará por negar a Dios. Es la fuerza de la lógica de la caída humana. Ser como dioses, sin Dios. Ser como Él pero negándole a Él. Analicemos ahora la tentación y veremos que todas las tres tienen un común denominador: exaltación del hombre. La primera utiliza a Dios para que coma el hombre. La segunda encarama al hombre en manos de los ángeles. La tercera le promete al hombre todos los reinos del mundo. A esa exaltación del hombre sigue un olvido de Dios, más, un desprecio, tal que lleve al hombre a postrarse ante Satanás ya adorarle. Cristo sabe muy bien lo que es de Dios yeso le echa en cara al diablo: «Vete, al Señor Dios adorarás»... (Mt 4, 10). En el hombre-Jesús no tuvo Satanás la fortuna que en el hombre-Adán. Este hombre-Jesús ve ahora recompensada su obediencia: «los ángeles le servían». Reparad en el contraste bíblico: A Adán los ángeles le defienden la entrada al paraíso (Gn 3,24). Cristo, haznos obedientes y apasionados del amor y adoración del Padre como lo fuiste Tú. Pasará la prueba --«aunque marche por valles de tinieblas» (Sal 22) -- y vendrá tu gracia y tu consuelo en manos de ángeles. Que lo creamos así firmemente. Que nos confiemos más ciegamente en los brazos de Dios Padre. Los planes apostólicos de Cristo son desconcertantes e imprevistos. Cristo no va por el camino fácil. Se va al desierto, va a sufrir, va a entrenarse para la lucha, a afilar las armas... Se va a orar y ayunar. «Esta clase de demonios se lanza sólo con oración y ayuno» (Mt 17,21). Jesús da a su Padre lo suyo, que es lo que exigiría a los fariseos cuando vengan a tentarle (Mt 22,21). A cada cual lo suyo. Con ello taxativamente les dice que den a Dios lo que es de Dios. Todos somos de Dios. Luego todos debemos damos a Dios y el deber ineludible de pagarle a Dios su tributo. En
el denario hay una imagen: En
el hombre hay una imagen: El hombre lleva la imagen de Dios esculpida en su alma inmortal. Dotada de entendimiento y voluntad, el alma, espíritu como Dios, es semejante a Él. Como Él no morirá nunca. Como Él entiende y ama. Y por la gracia de la adopción existe en ella la imagen del Hijo de Dios, cuya edad perfecta es deber del cristiano alcanzar. Darle a Dios nuestro ser. Darle nuestra voluntad con todo el amor que ella puede siempre producir es nuestro deber ineludible. Ser productores de amor para Dios siempre, en todos los momentos y si... caemos... darle pronto nuestro arrepentimiento y humillación, con el propósito de nuestra mayor fidelidad contando siempre con su gracia, sin la cual nada podemos. 15. Ríos de agua viva «El último día, el día grande de la fiesta, se detuvo Jesús y gritó diciendo: Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno. Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyesen en Él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-38). Característico de Jesús es aprovechar las coyunturas circunstanciales para de ellas levantar el vuelo a su doctrina. En la presente ocasión, el último día y el más solemne de la octava de los Tabernáculos, en que a diario se hacía una procesión que iba a buscar el agua de la fuente de Siloé, Cristo, aprovechando la oportunidad de la ceremonia, hizo aplicación de ella a Sí ya su Reino. Habla de agua. Ríos de agua viva en contraposición al agua muerta, estancada, que no fluye. El agua viva en el lenguaje de la Escritura es el agua de hontanar. Seis siglos antes Yahvé se lamentaba por Jeremías: «Dos males ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, manantial de agua viva, para excavar cisternas agrietadas, cisternas que no conservan agua» (Jr 2, 13). Si
Dios es manantial de agua viva, ¿por qué no acercarse a Él a beber?
Equivocados van los que piensan encontrar satisfacción en los contentos de hojas verdes de un árbol frondoso que unas caen y otras brotan, así es la generación de la carne y de la sangre, uno s mueren y otros nacen. Toda obra humana se carcome, al fin se acaba, y tras ella va el que la hizo» (Eccl 4, 18-20). ¿Por qué afanarse tanto en allegar dinero? Vendrá la muerte y, en esa definitiva aduana, dejarán los inútiles tesoros. Que se desengañen que no los han de despachar. Lo mismo del fugaz placer, de la huidiza fama. En fin, de todo lo que no es Dios. Si, por el contrario, a Él le escuchamos y, obedientes, venimos a beber en su pecho, que no es cisterna agrietada, sino burbujeo constante de Vida que bulle y cantarina, ríe, corre, salta, da vida, seremos cedros plantados en las corrientes de las aguas, que prosperaremos y nos enriqueceremos. «Florecerá el justo como la p alma, crecerá como el cedro del Líbano plantado en la casa de Yahvé, florecerá en los atrios de nuestro Dios, crecerán aun en la senectud, sanos y vigorosos, para anunciar: Recto es Yahvé, mi roca, no hay en Él iniquidad» (Sal 92, 13 ss.). Pero nadie puede ir al Padre si Cristo no lo lleva. Nadie puede ir a Cristo si no es por Él atraído (Conf Jn 6,44). El alma sedienta de agua viva, puede considerarse dichosa de sentir sed. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartos» (Mt 5, 6). Puede tener la firme esperanza de que será saciada su sed, en esta vida también, pero del todo en la eterna; dichosa también porque esa sed le viene de Cristo. Es Él quien, como a la Samaritana, le hace desear el agua, le hace conocer su don: «Si conocieras el don de Dios...» (Jn 4, 10). Resta que le digamos, no una, sino mil veces, con la Samaritana: «Señor, dame de esa agua, para que no sienta más sed ni tenga que venir aquí a buscarla» (Jn 4, 15). ¿Por qué ir a buscar agua por ahí? En cualquier charca quedan deslumbrados y piensan que se saciarán, que apagarán el inmenso vacío de insatisfacción que alienta su corazón. No se dan cuenta de que se equivocan. De que sufren espejismo, como el agotado caminante que en el desierto ve un oasis y es una ilusión. No sufras ilusiones. Si tienes sed -y la tienes por cuanto eres hombre -busca a Cristo y Él te aquietará, busca a Cristo y Él te saciará, porque Él un día, el solemnísimo de la fiesta de los Tabernáculos, dijo con voz fuerte, gritando: «Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba» (Jn 7, 37). De tu seno brotará la fecundidad del apostolado eficaz y la santidad radiante de una grandeza sin par. Fecundidad que será obra del Espíritu y no obra humana. Las obras humanas perecen, las del Espíritu perduran, se multiplican, son vitales. ¿Quién no querrá vitalizar su vida humana con efluvios y hálitos de vida espiritual y sobrenatural? ¿Quién no se acercará al costado de Cristo, que está con ansias deseando que «saquéis con alegría el agua de las fuentes de la salud,,? «Diréis aquel día: Alabad a Yahvé, cantad a su Nombre, pregonad sus obras en medio de los pueblos, proclamad que su nombre es sublime. Cantad a Yahvé que hace cosas grandes, que lo sepa la tierra toda. Cantad, jubilad, moradores de Sión, porque grande es en medio de vos otros el Santo de Israel» (Is 12, 3 ss.). 16. ¿Confianza en el hombre? En el camino de Cristo antes que confiar en los hombres hay que confiar sólo en Él. «Maldito quien confía en el hombre… Bendito quien confía en el Señor» (Jr 17,5-7). Siendo el hombre ser contingente y no bastándose a sí mismo para el desenvolvimiento de su propia vida y actividades, necesita apoyarse en otro ser del cual espera ayuda, de quien fía su salvación. Ese ser o es otro hombre o es Dios. Si el hombre confía en el hombre el resultado de su confianza es la maldición, es la negación de su actividad, la pérdida de su mérito, la frustración de su fecundidad. Sólo el hombre que confía en el Señor tiene asegurado su triunfo. La confianza en el hombre o en el Señor definirá su vida. Si confía en el hombre irá tras él, le adulará, procurará contentarlo porque de él espera el medro, el cargo, la limosna. ..Si confía en el Señor igualmente se acercará a Él y querrá tenerlo propicio. De ahí que el hombre que confía en el Señor sea hombre de oración y de plegaria. Los santos han sido hombres de oración. Han confiado en el Señor. San Juan de la Cruz sugiere que orando en el convento abastece la mesa. «El padre Provincial llama la atención del padre fray Juan de la Cruz de visitar poco a los seglares, y le indica la conveniencia de esas visitas con miras a conseguir mayores limosnas en beneficio del convento. El padre fray Juan se pone de rodillas y escucha humildemente la reo prensión. Terminada ésta pide licencia para hablar, y dice: "Padre nuestro, si el tiempo que yo he de gastar en visitar estas personas y persuadirlas a que me hagan limosna lo ocupo yo en nuestra celda en pedir a Nuestro Señor mueva a esas almas a que hagan por Él lo que hubieran de hacer por mi persuasión, y Su Majestad con esto me provee mi convento de lo necesario, ¿para qué he de visitar, si no es en alguna necesidad u obra de caridad?"» (Vida de San Juan de la cruz». Crisógono de Jesús, capítulo 13. BAC 10ª ed. pág 224) Otra vez «el procurador del convento pidió licencia a fray Juan de la Cruz, Prior del convento, para salir a buscar con qué comprar comida. Él le responde: «Ande, déjelo y váyase a su celda y encomiende esa necesidad a Nuestro Señor». A una nueva insistencia el Prior le arguye la falta de confianza en Dios. « Si la tuviera, desde la celda negociaría con el Señor el remedio de estas necesidades ". »Por tercera vez vuelve diciéndole: «Padre Prior, esto Es tentar a Nuestro Señor que quiere que hagamos lo que podemos. Déme vuestra reverencia licencia, que yo les daré qué comer hoy». Fray Juan se sonríe paternalmente y le dice: «Vaya, tome un compañero y verá qué presto le confunde Dios en esa poca fe que ha tenido» .Apenas traspone el procurador la puer ta del convento, se da de cara con el licenciado Bravo que le pregunta adónde va. «A buscar de comer». -«Pues aguarde vuestra reverencia; le daré esta multa que han aplicado en favor del convento los señores oidores». Y le entrega doce monedas de oro. »Cuando el procurador, alegre y confundido a la vez, da cuenta de lo ocurrido, el Prior le responde amorosamente: «¡Cuánto más gloria suya hubiera sido estarse en su celda y que allí le hubiese Dios enviado lo necesario, que no hacer tanta solicitación! Aprenda hijo, a fiar de Dios» (ibid Pág. 214-215). Cuando confía en Dios se convierte el hombre en árbol plantado junto al agua. La corriente de vida que vivifica sus raíces influye en la cosecha que es excelente. Mientras tanto el que esperó en los hombres halló su medro estéril como cardo en la estepa. El hombre que ora porque espera en la oración, tiene el corazón tierno, parece que en su seno brota agua de dulzura, estriba más en las manos de Dios que en las manos de los hombres. Y no se inquieta en años de sequía. José en Egipto previno la sequía porque confió en el Señor e hizo próspera la vida de toda la nación porque temió a Dios y no pecó. No temió al hombre y se negó a sus caprichos (Gn 39, 7-12). Y Dios le enalteció. Si tenemos la confianza puesta en el Señor no dejaremos de dar fruto. Si somos fieles a la consigna de la divina filiación tendrán buen fin nuestras empresas. Lo contrario nos sucederá si confiamos en cualquiera de los valores terrestres. Nos convertiremos en paja. Se secará nuestra raíz, las hojas serán arrastradas por el vendaval. El que es consecuente con la doctrina del Evangelio y se abraza con su pobreza, con su llanto y fatiga, con los odios que suscita su justicia, es el hombre que confía en el Señor, que aunque vea que todo se desmorona en su derredor, tiene fe en Dios que, si resucitó a Cristo, también a él le resucitará. Los ricos aquí, los que se sacian aquí, los que aquí ríen y los que buscan la adulación en este mundo perecerán, porque el camino de los impíos acaba mal. Los pobres de Yahvé son los humildes en su trato con el Señor; son mansos en los acontecimientos más adversos, saben que, puesta la confianza en el Señor, no quedarán defraudados. Vemos actividades, muchas actividades, en el fondo tanta herejía de acción tiene como explicación la exclusión de la acción del Señor y las hojas del árbol van amarilleando más cada día y los frutos no se ven. Porque si el Señor no edifica la casa en vano se cansan los albañiles» (Sal 126, 1). Dejemos
paso a la acción de Dios. Dejemos oportunidad a su Providencia. Cuando
estemos convencidos hasta la médula de que no son nuestras obras, sino las
obras de Dios las que salvan, llegaremos a 17. Guardar su Palabra «Si alguno me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14,23). No podemos separar estos dos verbos, dos acciones decisivas en el orden de la gracia: amar a Cristo y guardar la palabra es lo mismo que amar. Aquí vale el refrán castellano: «obras son amores y no buenas razones». Decir palabras de amor resulta relativamente fácil. Hay personas a quienes cuesta poco, a otras cuesta más, según temperamentos. Decir que se ama sin sentir el amor o sin tener amor, porque no siempre el amor es un sentimiento, es cosa frecuentísima. Soltar unas palabras amables no implica mucha contradicción, al menos para algunas formas de ser; porque hay personas tan veraces, tan diáfanas, que necesitan de tal manera la integración de sus sentimientos, palabras y obras, para quienes resulta un sacrificio costoso decir que aman sin amar. Estas personas son unas; frecuentemente son designadas con el calificativo de enteras. Yo las llamaría mejor, de una sola pieza, inasequibles al mosaico. Ignoro si en castellano existe un calificativo que exprese esta idea. Me gustaría hallarlo. De todos modos no está ahí sólo el amor, en las palabras. Sino en guardar la palabra. Guardar la palabra, cumplirla, ponerla en práctica, es lo principal en el amor, y es lo que de veras cuesta. Y ya en seguida se nos ocurre la reflexión de que para cumplir la palabra de Cristo primero habremos de Conocerla. La lectura de loS Libros Sagrados se nos impone en primera instancia, para llegar muy pronto a la reflexión y al estudio. Mal se guardarán las palabras de Cristo si se desconocen esas palabras. Pero esas palabras van a exigirnos mucho. La palabra de Dios es aguda más que espada de dos filos (Hb 4, 12). Viene decidida a cortar, a separar el trigo de la cizaña, a separar al hijo de su padre ya la hija de su madre (Lc 12, 51-53). Llega y enarbola una doctrina elevadísima de bienaventuranzas (Lc 6, 20 ss.) que la carne y la sangre no Comprenden. |