CAPITULO IV

EL AMOR

 

 

I. Comienza la historia del Amor de Dios

Adán pecador. Pero Eva no está lejos. Es toda la humanidad la que claudica y se rebela contra Dios. Más tampoco estarán solos. Hoy, que tanto se invoca el principio de la libertad, y se llega al extremo de no enseñar el catecismo a los niños para no atentar, se dice, contra la libertad de decisión… ved qué libertad deja la serpiente, el más astuto de los animales del campo, a la mujer... Claro que le deja la libertad... pero después de haberle infundido sus ideas, reparos, posibilidades de quebrantar el mandato de Dios sin tantas dificultades y, además, con ganancias seguras: «se os abrirán los ojos «seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal...» (Gn 3, 5).

He aquí la trayectoria de la tentación. Vale la pena ahondar en su desarrollo atentamente, porque cada vez se repetirá la misma trampa. El diablo juega con ventaja. Cuenta con la mujer. En dos sentidos: en el de su debilidad ante el atractivo de lo prohibido y en el de su fuerza persuasiva ante el varón. Si nos fijamos, en toda tentación veremos los mismos elementos: serpiente, elemento invisible de la tentación, pues el diablo no siempre se corporaliza; mujer u hombre que nos presenta la posibilidad del mal, que puede ser directa o indirectamente, por a propaganda, la revista, la prensa...; y la concupiscencia del hombre, elemento interno inoculado por el pecado original.

¡Qué página más negra escribió el primer pecado en el libro de la historia y qué capítulo más cargado de drama, de sangre encabeza!

Pero el amor de Dios no se dejará vencer: «Si por un hombre entró el pecado en el mundo y por él la muerte..., si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos» (Rm S, 12-15). Un hombre desobediente y otro hombre obediente. Un hombre que se rebela y otro hombre que se somete. ¡Qué Amor hay en Dios! ¿Quién puede dudar del Amor di Dios? ¡Cuántas veces hemos gozado ya de los frutos di ese Amor de Dios! Hora es de que profundicemos en la: realidades que el Bautismo ha obrado en nosotros. Éramos hijos de ira y nos convirtió en hijos de amor de Dios. El pecado nos había desnudado de la gracia y di los dones preternaturales y el Bautismo nos configura a la imagen de su Hijo. Pero Cristo hombre tuvo que paga estos sublimes regalos. Treinta años de oscuridad y di trabajo en Nazaret. Cuarenta días de ayuno y soledad en el desierto. Experimentó el hambre. Más; quiso experimentar, como todo hombre, la tentación. Y a Cristo se 1e impele a convertir piedras en pan para comer. y el momento era oportunísimo: Vencer la tentación de la comida con el estómago lleno no tendría mérito. Vencer 1a tentación cuando se tiene hambre… No tomemos esta hambre en un único sentido. Es un hambre genérico. La tentación llega cuando se tiene hambre: de pan, de amor de satisfacer sentidos... Mirad: el desierto nos habla de cruz; corremos el peligro de ver el Evangelio demasiado literalmente. Cristo en el desierto ¿pero yo en el desierto y ¿qué es esa desolación sino un desierto? ¿Y qué es esa desgana, sino un desierto? ¿Y qué es esa turbación, tristeza, malestar, enfermedad, incomprensión...? Multiplicad las palabras por los nombres de las desagradables circunstancias por las que hayáis de pasar…

El hombre pasa mal el desierto. Los israelitas llegan: maldecir a Moisés porque les ha llevado al desierto, creen ellos que a matarlos de hambre... ¡qué terreno es nuestro hombre viejo! Carne, ollas de carne, cebollas, ajos, Egipto de esclavitud... ¡Pobre Moisés que, en fin de cuenta baila al son de Dios, porque él no quería aceptar el gobierno de aquel pueblo!... ¡Cómo somos los hombres d pequeños!... ¡y de grandes! ¡...en llamada! ¡Cómo el Amo de Dios ha querido ensanchar nuestros límites! Porque detrás del hombre que nos lleva por el desierto está Yahvé. Moisés es sólo un guía pero en comunicación directa con el Señor"... Y protestamos de las leyes, de 1a dirección, de la privación en que nos sume la situación de desierto en donde Dios nos quiere Y donde sólo podamos salvar al mundo.

2. Sigue la historia de Amor

¿No resulta incomprensible a los ojos desprovistos de la fe esta afirmación de Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo...»? (Jn 3, 16).

Dios ama al mundo. Lo dice Jesús. Lo dice su Hijo. Y la medida de ese amor al mundo en la afirmación de Jesús es «que entregó a su Hijo único» (Jn 3, 16). Ésta es la medida del amor de Dios: que entrega a su Hijo único.

Creo que Dios no puede dar una prueba mayor de amor al mundo que la que da entregando a su Hijo único. ¿Para qué? ¿Para qué lo entrega?.. Para que no perezca ninguno de los que creen en Él sino que tengan vida eterna (Jn 3, 16); es porque el mundo llevaba camino de condenación, de perdición eterna, de permanecer apartado eternamente de Dios, y Dios esto no lo podía querer porque amaba al mundo. Luego lo que le fuerza, lo que le arranca al Hijo de sus entrañas, lo que le hace querer que su Hijo muera en la cruz, es el amor que tiene al mundo.

3. Dios me ama

¿Dios puede amarme a mí? A mí: con mi historia personal; a mí que soy tan débil, madera tan carcomida que al primer empujón se resquebraja, a mí que soy tan carnal y sensual, a mí que soy tan cicatero y tan egoísta, a mí que soy tan propenso a los celos ya las suspicacias, a mí con todo ese lastre que sabemos que todos llevamos, con toda esa rémora de nuestros males ¿me puede amar el Señor?..

Me basta con levantar los ojos a la cruz y ver a un hombre como yo, que es el Hijo de Dios, clavado en la cruz, para que yo no tenga duda de que Dios me ama. y el secreto de todo el adelantamiento espiritual, como el secreto de toda la pacificación de nuestra alma, creo que está en la conciencia de que Dios nos ama. «El don de Dios que se os ha concedido constituye la señal de que sois amados por Él. Así, ser cristiano no es, primeramente, asumir una infinidad de compromisos y obligaciones, sino dejarse amar por Dios, como el mismo Cristo que es amado y se siente amado por el Padre, según lo afirma con toda su vida y lo dice expresamente: «El Padre me ama» (Jn 10, 17). Nuestra profesión de fe comienza con estas palabras: Creo en Dios Padre. En ellas se resume toda la actitud cristiana: dejarnos amar por Dios como Padre. Cada uno de nosotros es amado por Dios y conocido por su propio nombre como hijo. Por eso siempre podemos dirigirnos a Él con plena confianza. Fue cristo como «hermano» mayor, quien nos lo enseñó» (bis Juan Pablo II, Discurso al laicado en Lisboa, L 'Obsservatore Romano», 15 mayo 1982.

Para el hombre que está convencido de que Dios le ama, de que es el predilecto de Dios, de que nunca está solo, de que Dios siempre vela por él, de que Dios siempre trabaja con él, aunque su trabajo sea invisible, no puede existir nunca la desesperanza. Ese hombre vive seguro, ese hombre vive en paz, es el hombre que sabe que «si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha» (Sal 33).

El Señor escucha. Aunque no responda con voz que se oiga, Él escucha. Que los humildes le escuchen y se alegren. ¿Qué tienen que escuchar los humildes?: «Que si el afligido invoca al Señor, el Señor lo escucha. Yo consulté al Señor y me escuchó, me libró de todas mis ansias. Si el afligido invoca al Señor, el Señor lo escucha. Contempladle y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y le salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él» (Sal 33).

No estoy nunca solo, Dios me ama, yo tengo que estar siempre en la presencia de Dios: ahora que estoy hablando, estoy escuchando… estoy en la presencia de Dios y tengo que ver en todo la mano de Dios y la acción de Dios. Porque ahora lo que estoy diciendo lo está diciendo el Señor para vosotros, para que os confortéis, es decir, por caminos inexplicables, inescrutables a nuestro entendimiento humano, ha dispuesto que haya un hombre entregado a vuestro servicio para que os explique estas verdades; un hombre que, a la vez, necesita que se las digan a él porque él está igual de afligido que vosotros, porque necesita meditarlas si no hay nadie que se las diga; necesita contemplarlas para que él mismo sea apaciguado por el Señor... ¡Maravilloso!

Maravilloso saber que la comunidad es un grupo en que cada uno tiene un ministerio y que ese ministerio está provisto por Dios, y que Dios lo ha destinado para mi servicio. Unos guisan, otro que friega, otro que trae el jornal, otro que sale a la calle, otro que trae medicamentos, aquel que estudia. Y todo esto, que es un tejido de amor de Dios, nos tiene que llevar a ejercitar el amor a ese Ser infinito que está siempre a nuestro alcance y que escucha siempre. Debo orar en los servicios más pobres, en la cocina, «entre pucheros anda el Señor…» (Santa Teresa). Debo orar en la máquina cuando aprieto el pedal, cuando viajo en el metro porque Dios no me abandona, sigue conmigo en el metro. Oraré en la calle y en casa de un sitio a otro, mientras voy a coger el periódico o voy a devolver la revista yo voy hablando con el Señor y, si no hago esto, puedo perder minutos preciosos de oración. Con lo cual no me abro a la gracia, ya que en realidad, la oración no es otra cosa que un abrir mi alma a la acción del Espíritu para que me llene Él.

Los israelitas cada mañana veían el campamento cubierto de rocío, una especie de lana que caía sobre el suelo y que cada mañana los alimentaba. Cada mañana, cada minuto, Dios va enviando su rocío, pero es necesario que nosotros tengamos el alma abierta -y el alma se abre por la oración -y nos llenemos de Dios para darnos a Dios. Porque la medida de ese amor a Dios la tenemos en cómo nos damos a nuestros hermanos, pues en nuestros hermanos también hemos de ver a Dios; ya que Dios está actuando no solamente en mí, sino también en el más pobrecito y en el más rico. Dios está actuando en todos; entonces hemos de respetar, y cuando alguno está afligido respetar su aflicción y tratar de elevar su mente a estas consideraciones. Igual cuando alguno está alegre respetar su alegría y alegrarse con él, como san Pablo decía: «Estoy alegre con los alegres, triste con los tristes, lloro con los que lloran, sufro con los que sufren, me gozo con los que gozan» (Rm 12, 15). Y sobre todo tratar de hacer llegar estas verdades vividas, más que verdades teóricas y cerebrales, verdades muy asimiladas, y elaboradas, para que se conviertan en espíritu y vida del mundo.

Digamos a este Dios que nos ama, que por Jesucristo nos envíe el Espíritu Santo que ora en nosotros con gemidos inenarrables (Rm 8, 26) para que nos enseñe a gemir, como afligidos, ya invocarle siempre, a hacer de nuestra vida, e incluso de nuestro sueño, una sinfonía de oración a ese Dios que está siempre amándome en el gran silencio.

4. Pruebas evidentes de amor

Si Dios Uno y Trino no se hubiera encarnado no nos habría dado pruebas evidentes de amor. Y digo evidentes porque la evidencia se impone por sí misma. No sucede lo mismo con las pruebas visibles de amor que nos da en las criaturas. Hay que tener una perspectiva especial para descifrar su lenguaje y, a través de ellas, ver la son. Risa de Dios sobre el mundo y sobre los hombres. Hacen falta unos ojos místicos. Pero no todos van a tener esos ojos místicos como san Juan de la Cruz, o como los poetas antiguos, anteriores a la era cristiana, como Virgilio, que fue venerado como santo por los primeros cristianos, porque en sus versos anticipa el destello de Dios.

Haría falta ser místico o ser poeta, para ver el amor de Dios. Pero Dios, que quiere hacer más evidente su amor a los hombres, se hace hombre, y ahora ya no diremos «así amó el Padre al mundo que entregó a su Hijo», sino «así amó Dios al mundo que se entregó a sí mismo», Porque parece ser que cuando entrega al Hijo, el Hijo sea inferior al Padre y entonces el Padre se queda un poco en espectador del amor del Hijo. Pero si Dios se hace hombre, Dios va a tener corazón, Dios va a tener sensibilidad, Dios va a poder sufrir, Dios podrá llorar, Dios podrá demostrar su amistad, Dios podrá manifestar su misericordia, Dios va a poder morir, demostrarlo, decirlo, hacerlo. Todo esto lo va a hacer Dios en Jesús, a través de Jesús, precisamente porque se hace hombre, que es lo que nosotros vemos.

Nosotros no podemos ver a Dios si no somos místicos, Pero el amor de Dios en un hombre se nos mete por los ojos aunque no seamos místicos; porque cuando nosotros vemos a Jesús-Dios ante el sepulcro de Lázaro llorando la muerte de un amigo que hace cuatro días ha sido enterrado, podemos decir: «éste ama a su amigo», como decían los judíos: «¡Cuánto le amaba!» (Jn 11, 36). y es Dios el que ama, es Dios el que tiene amor de amistad. Cuando nosotros vemos a Jesús acercarse a los niños, e imponerles las manos sobre las cabezas, bendiciéndoles (Mc 10, 13-16), estamos viendo a Dios que, a través de aquellas manos, con aquella mirada tierna, está amando a sus criaturas pequeñas, es Dios que acariciando aquellos rizos rubios o morenos, aquellas caritas inocentes, está diciendo ¡cuánto os amo!

Cuando nosotros veamos a Jesús ante la mujer adúltera: «¿Nadie te ha condenado? -Nadie Señor. -Yo tampoco, vete en paz» (Jn 8, 10-11), estamos viendo a Dios cómo perdona.

Cuando Jesús le pregunta a Pedro: «¿me amas más que éstos? ¿Me amas? Simón, hijo de Juan ¿me quieres?» (Jn 21,15-17). Estamos viendo a un hombre, a un Dios reclamando el amor de su criatura para sanarla de su triple negación.

¡Qué maravilloso es esto! ¡Qué misterio! ¡Qué alegría! ¡Qué gozo interior! ¡Que Dios pida a su criatura amor, que por tercera vez insista en preguntar si ama Pedro!

Si Dios no se hubiera hecho hombre careceríamos de estos datos y no podríamos ver la sed que tiene Dios de ser amado y, precisamente, de quienes le están más cercanos, y han de cuidar sus intereses, como Pedro de su Iglesia. Y la realidad de su amor.

Por eso pudo decir san Juan: «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).

5. El Amor infinito en el Cenáculo

Mientras fuera del Cenáculo se maquinan intrigas movidas por el odio, dentro desborda el amor infinito. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el que ama» (Jn 15, 13). Y Jesús la va a dar. Ya allí mismo en el Cenáculo la va a dar, anticipando su Pascua. El Pan y el Vino, su Cuerpo y su Sangre. Para que tengan vida. Para que tengamos vida. Para que vivamos. Es el grano de trigo que muere para dar vida a la espiga. Es la madre que da la vida a costa de su vida. Nosotros amamos mientras noS conviene; hasta que nos piden un sacrificio demasiado grande. Ya entonces buscamos excusas. Lo haría, pero no puedo, tengo que estar a esa hora en tal sitio... Pocos dan la vida por su Amor. Amamos limitadamente. Sólo Dios, sólo Jesús ama totalmente, pase lo que pase, cueste lo que cueste, aunque no le correspondan, en jueves y en viernes, en la fiesta y en el trabajo, en la vida y en la muerte. Porque es Dios. Y si nosotros queremos amar como Él no tenemos más solución que pedirle amor del suyo y disponemos a recibirlo, no del nuestro. El nuestro no llega a tanto. Siempre calcula, siempre mide, siempre regatea. Yo te daré si tú me das, no te doy porque no me has dado. No tenemos más remedio que pedirle amor teologal a Dios. Caridad-Agape. Porque sólo con la caridad derramada en nuestro corazón por el Espíritu Santo podremos cumplir el principal mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser... Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12, 30-31).

6. Que nos juzguen las palabras más fuertes del Evangelio

Puestos en órbita de conversión hagámonos juzgar por las palabras más fuertes del Evangelio con el fin de conseguir una transformación y sanación radical.

A poco que dejemos penetrar en la conciencia este principal mandamiento nos sentiremos aturdidos porque, siendo el que menos pensamos quebrantar, es el que más opaco queda en nuestra estimación.

Las palabras de la ley son tajantes y absolutas: «Amarás con todo corazón, alma, mente, ser… al prójimo como a ti mismo» (Ib.).

Primero Dios. Después yo. y en la misma línea y con el mismo amor, el prójimo. En realidad todos los otros mandamientos están resumidos en el primero.

¿Amo a Dios con todo mi corazón cuando me sorprendo do muchas más veces pensando en mí que en Él?, ¿en mis gustos que en los suyos?, ¿en mi descanso, que en el deber cumplido por su amor, en mis contrariedades, que en su Voluntad?

¿Amo al prójimo como a mí mismo cuando le juzgo con más severidad que a mí, cuando hablo de él palabras que no me gustarían dijeran de mí?

¿Le amo como a mí cuando busco y quiero anteponer mis planes a los suyos; cuando deseo y procuro para mí lo mejor y para él lo que sobre o nada?

¿Qué clase de amor al prójimo tengo cuando no sé estimar el consejo o la formación que se me da y no agradezco lo que con tanto sacrificio me ofrecen? Porque santa Teresa amaba al prójimo, sobre todo del que recibía luces divinas, escribió: «Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz» («Vida» 13. 21) y en el párrafo antes (bis Ibid, 20) ha analizado lo que les cuesta a los que nos dan luz capacitarse para darla. ¡Y que haya personas que no quieran aprovecharse de esto! Amor al prójimo; gratitud, abnegación para que él descanse, participar lo mío a costa de quedarme con menos «es mejor dar que recibir» (Hch 20, 35), «Llorar con el que llora, reír con el que ríe, sufrir con el que sufre», «¿quién se escandaliza que yo no me consuma?» (2 Co II, 29). Me pregunto: ¿Cuando Jesús baje a la tierra encontrará caridad? ¿Nos extraña el grito del Poverello: «El Amor no es amado»?

Amor a Dios con todo el corazón… y con todas las consecuencias de destronamiento de soberbia, egoísmo, comodidad, interés, amor propio, pereza...

Era una vez un seminarista. No era un ejemplo de silencio, ciertamente. Ni de disciplina.

Era un muchacho sano, revoltoso, con ganas de reír y de hacer reír... Naturalmente que esto no daría mucho gusto a sus Prefectos. ¡Pobres! ¡No podían con él!

Frente a su habitación vivía un señor mayor... Tendría unos 40 años... alto, serio, callado, cara de sufrimiento.

Estudiaba primero de latín. Le daba pena.

Hacía lo que podía por ayudarle. Le explicaba sus dudas de estudios, le aclaraba. ..

Ya murió. Era fundador. Estará leyendo estas líneas. Sabe que son pura verdad.

Quería con corazón compasivo a aquel señor alto, que le atraía...

Un día organizó alguna de las suyas... pequeñas travesuras... Después le dijo: perdóneme el mal ejemplo que le he dado... Le contestó: «me edifica más su caridad que me desifican sus travesuras»...

Pienso: Muchos Prefectos para guardar el orden externo, aparente, pero ¡qué poco samaritanos para ungir con aceite y fortalecer con vino de compasión, de caridad!...

El sacerdote pasa de largo. ..Pasa de largo el levita. .. (Lc 10, 31-32). y llevan sus filacterias… por fuera. Por dentro... indiferencia, y, a veces, envidia que sufre o ríe, según los aires que soplen.

En definitiva ¡falta corazón! La raza de los fariseos no se ha terminado. Es una constante histórica, porque es una constante humana.

¿Cuántas palabras de ánimo, de aliento, has dirigido .hoy al pobre herido en la cuneta, al que te has encontrado en tu camino?

¡Falta corazón! ¡Faltan cristianos! ¡Faltan santos! Pero eso sí Jesús, filacterias bien ceñidas!

Y, sin embargo, san Pablo dice que, aunque tuviera todos los dones de que puede estar adornada una humana criatura, de nada le servirían si no tuviera caridad (1Co 13, 1-3).

La caridad -el amor- es lo que más insistentemente nos predica el Señor.

Si se ha de comenzar una vida de renovación moral, ha de tener por base el espíritu de caridad, distintivo especial del cristiano y enseñanza constante de la Liturgia. Así nos hace orar la Iglesia en la oración de después de la Comunión de la Misa de Pascua: «Infunde, Señor, en nos. otros el espíritu de tu amor para que, por tu misericordia, hagas concordes a los que saciaste con el sacramento paso cual». Corazones concordes es lo contrario de corazones que guardan para sí sus juicios, sus antipatías, sus resentimientos, quizá su rencor y su ira, que los ocultan bajo una apariencia exterior de cortesía y de sonriente amabilidad.

No es eso caridad. Eso es ocultar el mal, no curarlo. No es ése el clima cristiano, es más bien el clima de la caridad fingida, de amistad, pero no el interior y la realidad. y san Juan nos dice: «nosotros amemos de corazón». (1Jn 3,21-24). Ésa es la sabiduría Evangélica.

¿Pero no sabemos acaso cuanta malevolencia se oculta en ciertos encuentros profesionales o de trabajo común, bajo la apariencia de la más perfecta cortesía, bajo las más calurosas palabras de ofrecimiento y desinterés?

Las palabras como las actitudes y las caras, están tan habituadas a la mentira que ya no se sabe qué es verdad y sinceridad en esas personas. ¿O es que existe verdad para ellos? En ese ambiente se interrumpe el verdadero diálogo. Sólo moneda falsa se cambia. En tal clima todo es imposible, la vida del hogar, el trabajo en común. ¡Porque para trabajar en común hace falta una atmósfera franca y las mejores voluntades se desaniman cuando, buscando amigos entre los cristianos, sólo hallan partidos, y deseando ver rostros sólo encuentran máscaras.

Señor, que el espíritu de tu amor, por tu misericordia, haga concordes a cuantos saciaste con el sacramento pascual. Amén.

7. Calumnia y difamación

Crece de punto la falta de amor cuando se le hiere gravemente con la calumnia y la difamación.

Calumnia es la afirmación mentirosa de algo que daña el honor ajeno.

Difamación es la afirmación injusta que ataca la buena reputación de otro, afirmación que puede estar, en sí misma, conforme con la verdad.

La calumnia y la difamación son, por su propio género, pecados graves contra la justicia y la caridad.

Siendo el honor de la propia persona un bien espiritual de tanta importancia para el individuo y para la comunidad, el atentar contra él es algo más grave de suyo que el hurto. Así se lee en el libro de los Proverbios: «preferible es el buen nombre a riqueza copiosa; a la plata y el oro la buena estima» (Prov 22, 1). San Pablo en su carta a los romanos sanciona a los que atentan contra la caridad como dignos de muerte: «Los entregó Dios en manos de una mentalidad réproba, de manera que hiciesen lo que no cumplían: repletos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, homicidio, contienda, dolo, mala entraña; chismosos, detractores, abominadores de Dios, insolentes, altaneros, fanfarrones, inventores de maldades..., quienes conociendo el justo decreto de Dios que los que tales cosas hacen son dignos de muerte, no solamente las hacen ellos, más aún, dan plácemes a los que las hacen» (Rm 28 ss.).

La difamación es gravemente pecaminosa, no sólo cuando se comete con intención mala y consciente, sino también cuando se comete con imprudencia advertida.

La gravedad del pecado de difamación ha de medirse por el perjuicio causado al honor por el agravio, por el estorbo puesto a la actividad profesional y por las posibles pérdidas materiales, como pérdida del puesto, del negocio, etc.

La magnitud del perjuicio no depende únicamente de las afirmaciones deshonrosas sino muy especialmente de las circunstancias y de la condición del difamador, de los que la escuchan y del difamado.

La calumnia merece una condenación más severa que la difamación no sólo desde el punto de vista objetivo, sino también subjetivo, puesto que conculca, no un simple derecho condicional a la buena reputación, sino un derecho estricto y absoluto, y no de cualquier modo, sino con mentira.

La difamación y la calumnia pueden cometerse por un malicioso silencio, o quitando o disminuyendo importancia al bien realizado.

Afirmar de una persona que goza de gran consideración o constituida en dignidad que es mentirosa, o cosa por el estilo, constituye pecado grave. En cambio, afirmar una acción gravemente pecaminosa de una persona que ya ha perdido su reputación, apenas será pecado leve.

Hay modos de expresarse que son más difamantes que la clara manifestación de la realidad, por ejemplo éste: ¡Si yo pudiera contar una partecita siquiera de lo que e El amor nos obliga a guardar y defender el honor ajeno.

El honor es el reconocimiento externo de los méritos del prójimo, así como la estima es el aprecio o reconocimiento interno de los méritos o valores personales. Lo mismo digamos del respeto.

Tenemos positiva obligación de defender y procurar, conforme a nuestras posibilidades, el honor del prójimo y su buena reputación. Se falta a estos deberes tanto por la calumnia y difamación, como por el chisme, y oyendo y permitiendo gustosamente y sin protesta la calumnia y la murmuración.

El chisme es una de las formas más malignas de la difamación pues por ella trata el chismoso de perturbar la buena amistad que reina entre dos personas, a veces con el fin de ocupar el puesto de la persona denigrada. El chismoso no trata propiamente de destruir la buena reputación pública de una persona, sino de perturbar el amor y la mutua confianza entre varias. Con este fin relata al uno lo malo que el otro dijo de él. ¡Cuánto daño deriva de estas formas de proceder entre amigos, incluso en la propia familia! Pero eso es lo que pretende el chismoso que se da buena maña para hacer sobresalir los defectos físicos y las faltas morales.

El chisme y la difamación constituyen pecado grave porque pervierten el orden de la caridad y justicia.

«Maldice al chismoso y al de lengua doble porque han sido la perdición de muchos que vivían en paz», dice el libro del Eclesiástico (28, 13).

Y san Pablo: «Repletos de toda injusticia, henchidos de envidia... dolo, mala entraña; chismosos, detractores... los que tales cosas hacen son dignos de muerte (eterna)» (Rm 1, 29 ss.).

8. Es lícito desbaratar las maquinaciones del chismoso

Cuando cualquier persona con sus chismes intenta destruir una amistad o un matrimonio ya concertado puede de ser considerada por los perjudicados como un agresor injusto y, por lo tanto, les es lícito defenderse de sus insidias o maquinaciones. Y para ello no tienen otras armas que manifestar las faltas conocidas y aun las ocultas del chismoso; pueden emplearlas, pero, sólo en cuanto la verdadera necesidad lo requiera.

Un joven pretendiente puede, le es lícito, hacer valer su superioridad sobre cualquier posible rival; pero el manifestar a su novia faltas ocultas del otro o faltas que no constituyen peligro para su suplantación, es sencillamente, difamación y chisme.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que el destruir amistades peligrosas o pecaminosas, señalando, para ello, faltas ocultas, si es necesario, no constituye chisme sino acto de caridad.

El que provoca eficazmente a difamar peca gravemente. Quien con su proceder o simplemente con su silencio. Provoca eficazmente a otro a la difamación peca gravemente contra la justicia y la caridad.

Igualmente el que, pudiendo fácilmente impedir la difamación, al oír que el prójimo es difamado no lo impide, se hace también culpable del pecado de difamación.

La gravedad del pecado se medirá por la gravedad de la difamación y por la real posibilidad de impedirla. Puede ser que el temor de que el difamador se obstine más en sus afirmaciones dispense de la obligación de protestar contra ellas. En esas circunstancias bastará manifestar su desaprobación con un marcado silencio o apartándose de la conversación. A este propósito dice el libro de los Proverbios: «El viento norte produce lluvia y rostros irritados la lengua murmuradora» (25, 23).

9. Gente murmuradora en el Evangelio

En el Evangelio nos encontramos muchas veces con gente murmuradora.

Murmuran de Jesús y murmuran de los que a Él se acercan sin tener la pureza que ellos creen tener. Tal como Zaqueo. Debe impresionamos la decisión de Zaqueo tan simpática y tan generosa, que él en parte, se ha ganado por su santa curiosidad. Algo le bullía dentro cuando con tanto interés adoptó una determinación extraña de subir a una higuera para ver a Jesús. Lo que demuestra que no era para él indiferente; más cerca del amor está el odio y la enemistad que la indiferencia. Y Zaqueo era pecador, al menos su reputación no es buena, y Dios odia el pecado y el pecador es enemigo de Dios.

Algo le bullía allá dentro donde se cuecen los pecados y los heroísmos. Pero no le bulliría si Dios no le llamara. Era Dios el que ofrecía la salvación y eran los judíos los que tenían opción de alentar ese hálito de Dios o inutilizarlo. Afortunadamente para él, Zaqueo correspondió y su respuesta fue el segundo eslabón de una cadena de oro que, atándole a Dios, le dio la salvación. Los judíos faltaron a la caridad con el pretexto de una cierta limpieza de vida.

No fue obstáculo insuperable para Zaqueo su estatura. Antes al contrario hizo del obstáculo plataforma. Es la gran regla de estos problemas de cara a lo trascendente del hombre: conjugar la perspicacia con la audacia y la tenacidad hasta lograr convertir en medios los impedimentos. Lo que en el orden de la formación humana han conseguido tantos y tantos tarados ha de ser modelo para el cristiano a la hora de solucionar sus dificultades morales. Todos sabemos que Demóstenes fue un gran orador y político de Atenas. Pero tal vez no recordemos que tuvo que vencer grandes dificultades para llegar a la cumbre, entre ellas la tartamudez. Pero luchó como un titán y venció.

En el proceso evolutivo del cambio de vida de Zaqueo entraba la superación de su pequeña estatura. Y Zaqueo fue un hombre decidido. Un hombre que no se arredró. Subió, y oyó la voz de Jesús que le llamó por su propio nombre: «Zaqueo. Hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19, 5).

La reacción de aquella gente demuestra que Jesús sabía lo que hacía. Todos murmuraban al ver que se hospedaba en casa de un pecador. Cierto, era pecador. Lo sabía Cristo, el pueblo y Zaqueo también lo sabía. Era y sabía, por eso, porque sabía que era pecador, podía convertirse. Los otros los que lo eran, pero no lo sabían, tenían el «carnet» de justos y por eso estaban confiados 1 su santidad legal y proclamada, no podían convertirse. ¿De qué? Ellos eran los intocables. No tenían de qué convertirse. Ellos no podían hacer más que lo que hicieron: murmurar. De Jesús y de Zaqueo. De Zaqueo, a quien liaban porque era pecador. De Jesús, porque se mezclaba con los pecadores. Triste sino el de los que se pasan vida entre la basura humana. Nunca tendrán arrestos Ira hacer algo semejante a lo que ha hecho el simpático Zaqueo: dar la mitad de sus bienes a los pobres y restituir robado al cuádruplo. Ni siquiera serán capaces de ver de admirar la nobleza de ese cobrador de impuestos y santidad de la Persona de Cristo que de tal manera fluye en los pecadores que los convierte. Lo suyo no es eso. Su fuerte es murmurar. Para ellos Jesús pasa en balde.

10. El perdón de los enemigos

Es difícil para la humana naturaleza, pero no imposible, con la gracia de Dios, el cumplimiento del programa del Reino que nos ha de asemejar a Jesús pues que hemos de ser «imagen del hombre celestial» (1Co 15, 19). En tanto podemos llamarnos cristianos en cuanto conocemos a cumplir con esas reglas de caridad: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian» ¿Qué otra cosa hizo, sino, Jesús en la Cruz más que orar por sus mismos verdugos y los que, por odio, lo habían destruido, y perdonarles y pedir por ellos perdón su Padre?

¿Qué otra cosa hizo el primer mártir de la fe, san Esteban, implorando a Dios por los que le apedreaban hasta aplastarlo como una alimaña? (Hch 7,60).

Y los santos ¿no han actuado igual? Bástenos recordar conducta de santa María Micaela del Santísimo Sacramento con una joven que había pretendido envenenarla: «Subía yo de la Capilla, escribe la Vizcondesa, y formé el propósito de vencer mi oposición hacia una joven que me vituperaba y para vencerme propuse hablarle con cariño y abrazarla. La llevé a mi cuarto, sentéla a mi lado y, no bien estuvimos juntas, sentí no se qué un movimiento de energía y como de valor y le dije: ¿Qué trae usted en los bolsillos? Ella respondió que nada traía ¿Cómo que nada? ¡Veneno, sí señora, veneno! – De pronto meto la mano en el bolsillo y hallo un papel con una cosa negra a modo de raíz, que no cabía en la mano. –Esto es opio, le dije yo, a pesar de no haberlo visto jamás. –Es para mi cabeza. No señora, la contesté. No se cura la cabeza con esa cantidad de opio, en la cual hay para matar a cien personas. Y este papel del otro bolsillo, ¿qué contiene? –Estos son polvos para los dientes. Se lo dejé para disimular, pero me pareció arsénico. Fui a mi oración, pedí luz al Señor en este negocio, pues yo presentía todo muy claro. Era para mí el veneno; pero debo a Dios el no sentir nada contra mis enemigos, ni me cuesta perdonarles ni vivir con ellos como antes… La abracé y perdoné tan de corazón que nada sentía contra ella».

Cumplió el mandato de Jesús: «Al que te pegue preséntale la otra; al que te quite la capa déjale también la túnica. A quien te pide dale. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten» (Lc 6. 29-31)

11. La limosna

Los criados del Vaticano intimaron con san Pío X. É1 conocía los apuros de algunos y cuando salía de sus habitaciones solía esconder en las bocamangas de su bocamangas billetes de 50 y 100 liras. Sin llamar la atención los iba repartiendo y les advertía con acento malicioso: «Que no lo sepa Monseñor Bresan».

Los obispos de Portugal, despojados por el gobierno de todos sus bienes, enviaron al Prelado de Oporto para suplicar ayuda del Santo Padre. -¿Cuánto necesitáis?

-Un millón, Santidad. -Un millón no tengo ahora. Pero venid mañana que aparecerá. El millón apareció a como de dejar en descubierto necesidades menos premiosas El obispo lo recogió; acababa él de salir, cuando entró audiencia una señora que dejó un millón en manos del Papa. -Ya ves, Bresán: un millón ha salido y un millón ha entrado. La Providencia no falla jamás.

Y es que el Señor ha dicho: «Dad y se os dará: Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros» (Lc 6, 38).

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. Como David que, pudiendo haber matado al Rey Saúl que le perseguía para matarlo por envidia, no puso su roa. No en el Ungido del Señor (1 S 24). y le dijo algo que encaja muy bien con la frase: «con la medida con que midiereis seréis medidos». Esto es: «El Señor recompensará a cada uno su justicia y su lealtad» (1 S 26,23). Y sabemos que Saúl fue repudiado por Dios y David fue elevado al trono por la misma Providencia de Yahvé.

Compasivos como el Padre. Semejantes a Él. Semejantes por el amor.

12. Amor esponsal

El gran amor que el Padre tiene al hombre le lleva a quererlo hacer su igual, su esposa. Ése es el gran empeño de Dios: conseguir que el pequeño hombre sea su esposa.

Lenguaje que sólo la Revelación nos descubre, pues ni en las religiones orientales, carentes de ella, encontramos este concepto de unión con Dios.

Ellas han descubierto un Dios fuente de Realidad, fuente de Paz, de Quietud. Pero no han sospechado que esta riqueza absoluta que ellos buscan y han encontrado, pueda tener una relación trinitaria personal y que esa relación pueda comunicarse al hombre que para eso ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Y ya que los hombres como personas no conocen una unión personal superior a la unión esponsal, a la que no puede llegar jamás la unión entre amigos, o la maternal, Dios les revela que su unión con ellos está llamada a ser tan íntima y deliciosa como la de los esposos entre sí: «Me casaré contigo en matrimonio perpetuo» (Os 2, 19-20).

«Serán los dos una sola carne» (Mc 10, 8). Así seremos los hombres un solo espíritu con Dios, permaneciendo la naturaleza del hombre intacta y también la de Dios (1Co 6,17).

Como en el matrimonio es el amor el que une, así también el amor es vínculo de unión del hombre con Dios.

13. y ¿qué es amar?

«Amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios» (ter Subida libro 2, 5,7.).

Amar es darse, amar es despojarse, abandonarse, confiar...

Amar es todo para ti, nada para mí.

Amar es lo dulce para ti, lo amargo para mí.

Amar es abandonar todo lo que desagrada al Amado. Amar es aceptar todo lo que viene del Amado.

Amar es hilar fino en el cuidado de alimentar estas relaciones.

Amar es controlar el genio, es procurar no causar molestias a quien se ama.

Teresa del Niño Jesús, que sabe de finuras de amor, tiene detalles deliciosos que sólo podrá calibrar un espíritu fino y sensible: cambiar el orden de los ramos, aunque se pierda la estética ¡para ella la estética va detrás del amor!

Soportar el ruido que la crispa sin cortar por lo sano llamando la atención despóticamente a la causante, aunque su oración se convierta en martirio lento y sudoroso.

Sonreír a aquella hermana que tenía el acierto de desagradarla en todo.

Soportar las interpretaciones nada clarividentes de su virtud.

Cierto, para llegar a todos esos detalles hace falta amor. El amor dará fuerzas. El amor afinará la sensibilidad.

14. La sensibilidad y la susceptibilidad

No todos tienen el mismo grado de sensibilidad. Ni mucho menos. Esto es clarísimo.

Se confunde muchas veces la susceptibilidad con la sensibilidad.

La susceptibilidad es sensibilidad de sí.

La sensibilidad lo es de lo que a Dios o a los hermanos hace feliz, o disgusta.

La susceptibilidad nace del egoísmo. El yo en el centro. y todo lo que la hiere arranca el grito, la queja, interior o exterior, el recuerdo a veces constante que envenena y socava la vida interior y, en ocasiones, hasta la vocación.

La susceptibilidad sólo cuenta con ella. A mí me quieren, a mí no me quieren. A mí me envían en tren, a él en avión. A mí me llaman para subir el piano, a él cuando hay que visitar al cardenal.

La susceptibilidad nunca está contenta. En todo encuentra peros. No es capaz de agradecer el regalo del día luminoso, pero siempre está dispuesta a quejarse de que llega la noche y que es fría y oscura.

Mirará con resquemor al cirujano que ha abierto la herida, pero no se parará a pensar con gratitud en el cirujano que la ha curado. Para ella el mejor cirujano será el que haga la vista gorda a su tumor maligno y le dé, aunque esto será matarla, cuatro palmaditas complacientes en la espalda.

La susceptibilidad se siente incómoda cuando la conversación no rueda en su torno, en el de su actividad, gustos, batallitas. La sensibilidad goza cuando hace gozar a los demás, escuchándoles, aunque no le interese. Mejor dicho, a quien tiene sensibilidad todo le interesa, y en todo lo que a los demás afecta pone su corazón.

Tener sensibilidad es captar las circunstancias de los hombres. Poner un poco de aceite de caridad en el engranaje chirriante de la vida.

La susceptibilidad nunca cree que falta. Siempre cree que los demás le deben algo.

La susceptibilidad siempre es la víctima de todos y acaba siéndolo de ella misma que se convierte en su propio verdugo.

Nunca se cree obligada a agradecer, siempre con derecho a reclamar.

La susceptibilidad: llamaron al teléfono y no me la dijeron.

La sensibilidad: ¡qué bien que se aprovechen y gocen! La susceptibilidad: Me han dado la cama más incómoda...

La sensibilidad: Jesús en Belén estuvo más duro.

Y ¡qué desgracia cuando la susceptibilidad tiene un palmo de autoridad! Que nadie respire, que no se le ocurra a nadie cambiar ni una maceta de su sitio...

Está claro que todas estas actitudes no son terreno apto para que Dios nos ame y le correspondamos con amor tierno y sacrificado.

15. Finura de caridad

Ahí está la gran sensibilidad de Jesús que le hace hacerse pedazos y darnos su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. Por ese Sacramento recibimos la caridad que es la vida de Dios. Dios es Caridad. y bien ¿cómo participamos en la Eucaristía que no ardemos en caridad? Dios que se da y que nos alimenta con su vida y nosotros sin ver desbordada esta torrentera de vida en nuestro continuo ajetreamos y movernos y planear y orar y querernos?

Los cristianos no se han dado cuenta aún del lugar único en que ha puesto Jesús a la caridad. No sienten el tormento de la falta de unidad en su comunidad. Si fuéramos media docena y tuviéramos seis criterios distintos y seis voluntades distintas y nos quedáramos tranquilos no habríamos comprendido el mayor mandamiento de Jesús.

Si nuestros sentimientos no fueran de caridad y nuestras faltas de caridad mútua fueran cosa corriente, y no sintiéramos un intolerable malestar, sería alarmante la situación de nuestra familia.

Habremos de pedirle al Señor que seamos unos cultivadores entusiastas de la virtud de la caridad. No podemos amar a Dios sin amar a los hermanos. No podemos unirnos a la Cabeza sin estar unidos con los miembros. No puedes decir: yo me uniré con X, y con Z, porque son de mi modo de ver las cosas, porque me dan siempre la razón, porque me disculpan, porque me ayudan, porque me parece que me miran con simpatía. Pero con XX y con Y, imposible, me resultan insoportables. Me cargan. Es superior a mis fuerzas. Desde luego. Superior a tus fuerzas es. Es doctrina segura que sólo se puede amar de veras con el amor de Dios y no con el nuestro. En Caná Jesús convirtió el agua en vino. y en la Eucaristía convierte el vino en sangre de vida. El vino es nuestro amor, la sangre divina derramada es la Caridad de Dios que nos ama hasta el extremo.

A nuestro pequeño amor le va a resultar difícil soportar las exigencias del amor de Dios. Sólo a costa de una permanente crucifixión y muerte podemos mantener la caridad fraterna. Ésta nos pedirá constantemente vencer repugnancias, soportar caracteres, renunciar a criterios propios en aras de la unidad, morir cada día (1Co 15, 31).

Para que la caridad sea nuestra virtud característica hemos de hacer muy nuestras las palabras de Pablo: «La caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia. Se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Y esto vale para todos, para los iguales, para los inferiores. Para los superiores.

Sin verdadera humildad no puede darse verdadera caridad. Sin mansedumbre, no habrá caridad. El precio de la caridad es un ejercicio crucificante de longaminidad- anchura de corazón que comprende todo, que todo lo soporta y que está atento con una inmensa solicitud a mantener el vínculo de la unidad por la paz.

Amar con ese amor a todos mis hermanos. Que quien se acerque a mí participe de la caridad de Dios. Que yo sepa sacrificarme para que mis hermanos vivan unidos con Dios y conmigo en amor verdadero, en caridad perfecta, en la que Él nos enseña a dar la vida por los que amamos.

16. La caridad es fundamental

Todo esto es sabido, por eso los hombres descontentadizos y superficiales nos dirán: Eso es viejo y archisabido. Pero, ¿acaso las cosas y conceptos viejos, por viejos, son menos necesarios? ¿Hay algo más viejo que el sol? ¿Más que el pan y el agua? Pero quien suprima el sol matará la vida. Y lo mismo sucederá si desaparece el agua y el pan. Son cosas base, imprescindibles por lo tanto.

Así sucede con el amor en la religión cristiana. Es algo base. En realidad insustituible.

El hombre, ya como hombre, está llamado al amor; diríamos que tiene vocación de amor. Así ha de ser si ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, según la joanea definición (1 Jn 4,17). Si el hombre quiere que su vida sea algo logrado se ha de convertir en una perfecta imagen de Dios. Es ley de su propia naturaleza. Consiguientemente todo aquel que va contra el amor se destruye a sí mismo porque atenta contra su propia naturaleza.

En el hombre bautizado cuya vida es la de la misma Trinidad, que es vida de amor, hay una mayor exigencia de vivir de amor.

Cuando falla el amor, y la experiencia nos dice que hoy no pocas veces y en no pocos sucede, no sólo el hombre se destruye y el cristiano no se realiza, sino que la vida social se menoscaba.

Amor que de Dios viene, a Dios va y vuelve, potenciado, a los hermanos, que si lo son, es porque hay un Padre.

Quitad el amor de Dios y habréis suprimido de cuajo todas las obras de misericordia: ni quedan religiosas en los hospitales, ni monjas en los conventos, ni estudiantes en los seminarios, ni misioneros en vanguardia, ni matrimonios fieles.

Suprimid el amor de Dios y veréis a los cristianos figurando como militantes… en el papel; ni les pidáis el más insignificante sacrificio. Si no hay amor de Dios se rehuye todo compromiso, y se es cristiano de pila de agua bendita, que está cerca de la puerta y lejos del ambón y del altar; se vive la religión de una manera pasiva, sin iniciativa y evitando lo que sea complicarse la vida y salir del aburguesamiento.

Seguid suprimiendo el amor de Dios, ahora en el ámbito matrimonial, y lo que había de ser rosa, que se abre a todas las exigencias de la entrega, se convierte en tulipán, que se repliega hacia dentro, cerrándose cada vez más en una voluntaria esterilidad o en un homicidio.

Pero sigamos quitando amor de Dios en el empresario, en el pedagogo, en el oficinista, en el comerciante, en el labrador y veréis muy pronto los efectos de un cerril egoísmo. El hombre está hecho para amar: si no ama a Dios ya sí mismo y al prójimo en orden de caridad, se ama a sí mismo con egoísmo, que es inocular el desorden en el plano del amor. De fuerza centrífuga que es el amor se trueca en fuerza centrípeta, que siembra de sal el camino del bien y de la belleza.

Pero poned amor y veréis renacer la vida. Poned más amor y os maravillará la expansión del bien. Poned mucho amor y será incontenible el fruto del amor.

Y ése es el milagro que hoy está esperando el mundo. Ésa es la revolución del Evangelio. Los cristianos deben seguir haciendo el milagro de amarse como hermanos en medio de un mundo egoísta y malvado. El amor es el signo de que Dios está presente. Donde hay amor allí está Dios. Si los cristianos no sólo rezan, sino que también aman, demostrarán al mundo cómo le ama Dios Padre.

Y las consecuencias de amar o no amar no van a ser baladíes, sino trascendentes, porque el «venid, benditos de mi Padre», lo escucharán los que amaron; y el «apartaos de mí, malditos» (Mt 25, 31-41), los que no amaron por Dios a sus pequeños hermanos.

Si nuestro amor a Dios es verdadero seremos felices en el puesto que Dios nos haya sembrado. Lo seremos sobre todo si nos ha distinguido con una vocación que comporta un seguimiento más cercano del Hijo de Dios, porque la vocación religiosa es vida de pobreza y obediencia y casta. Todas estas virtudes le exigen fuertes tirones a la humana naturaleza, pero ahí se prueba el amor verdadero.

Si no hay amor de Dios los consagrados no podrán perseverar en su vida consagrada.

Pero amando a Dios de veras todos los sacrificios nos parecerán pequeños, y aun después de haber dejado su casa, y el derecho de crear un hogar, y no ser dueño de nada y tener sujeta su voluntad a la del representante de Dios y no gustar deleites carnales, le parecerá que hace poco por su Amado, a quien quiere asemejarse, pues É1 vivió tal vida.

Amando a Dios de veras, no se puede dejar llevar por la pereza o por la desgana o tibieza.

El que ama a Dios no sólo con las palabras sino con obras es generoso y todas las virtudes alcanza.

«Yo lo elijo todo» dijo Teresita, porque amaba de veras.

Pero también Dios se da todo al que se lo da todo. A quien nada se reserva, Dios nada le reserva de sí mismo.

La paz de que gozan estas personas es un pregusto de la paz celeste, donde realizaremos totalmente el fin para el que hemos sido criados que es amar .Por eso necesitamos amar. Pero amar es sufrir. Amar es gozar. Amar es vivir.

No encontraremos objeto de nuestro amor más alto que Dios.

17. Muerte de amor

Podemos amar de muchas maneras: poco, mucho, muchísimo; podemos llegar a amar tanto que el amor nos consuma y nos mate.

Recientemente una pareja de novios, que no han podido realizar su amor, se han envenenado. Son clásicos algunos ejemplos en la historia del amor humano que termina en la muerte.

San Juan de la Cruz ha descrito la doctrina del amor que llega a la muerte. Es la máxima realización del ideal del hombre. Hombre hecho para amar que muere porque ama y para amar mejor. Para estar unido con su Amado en abrazo estrecho y cara a cara.

«Empujada (el alma) por el afecto se levanta de noche y, herida, va buscando a Dios con las ansias y las fuerzas con que la leona o la osa va a buscar sus cachorros cuando se los han quitado y no los encuentra. Porque como está en tinieblas, se siente sin Él, cuando está muriendo de amor por Él.

»Y éste es el amor impaciente, tanto, que el hombre no puede vivir en esta situación mucho tiempo sin recibir lo que desea o sin morir. Es el amor de Raquel por los hijos que forzó a decirle a Jacob: “O me das hijos o me muero”» («Noche oscura leída hoy», Madrid 1982, Ediciones Paulinas, libro 2º, cap 13, 8, pág. 157)

«Dejándome herida de tal herida que estoy muriendo de amor por estas heridas de amor, tan raudo te escondiste como el ciervo.

»Esta herida de amor alza una oleada de amor en el alma que la impulsa desmesuradamente a gozar del Amado que le ha tocado el corazón. y el Amado se va. y ella, ¡cómo siente su ausencia! Tanto que la hace gemir. y esto buscaba :e.1, llagar, no sanar; lastimar, no satisfacer.

»Estas visitas del Esposo en que el alma le conoce más y, por tanto lo desea más, acrecientan el dolor y el ansia de ver a Dios.

»Son heridas espirituales de amor que le resultan al alma sabrosísimas y las desea con avaricia. ¡Ojalá estuviera ella muriendo mil muertes a estas lanzadas que la sacan de sí y la meten en Dios! Eso es lo que quiere dar a entender en el siguiente verso: Salí tras ti clamando, y eras ido» («Cántico espiritual leído hoy», Madrid 1982, 5ª ed. Ediciones Paulinas, 1, 19, pág 44).

«En la pasada canción dijo el alma que estaba enferma y herida de amor de su Esposo, por lo que de Él le dijeron las criaturas irracionales. En ésta dice que está llagada de amor por lo que, mucho más alto, le han dicho del Amado otras criaturas más nobles, las racionales, ángeles y hombres. Además estas criaturas le descubren, sin descubrírsela del todo, una inmensidad admirable que la hace estar muriendo de amor y que llama no sé qué, porque no se sabe decir» (Ibid. 7, 1, pág. 63).

«Cuando la llaga se infecta, el alma está en dolores de muerte de amor. Esta alma vive muriendo hasta que el amor la mate haciéndola vivir vida de amor, transformándola en amor. Morir de amor causado en el alma por un toque de altísimo conocimiento de la Divinidad. y este toque es el no sé qué que quedan balbuciendo. Toque que no puede ser continuado ni muy intenso porque, si lo fuera, moriría el hombre. Pasa rápidamente. Pero tras este toque queda el alma muriendo de amor y, como no se muere, más se muere» (Ibid. 7, 4, pág. 64).

De san Juan de la Cruz, su gran maestro desde los 17 años, aprendió santa Teresa del Niño Jesús la lección del amor a Dios que culmina en la muerte de amor.

18. Para morir de amor hay que vivir de amor

Porque el amor se va madurando a fuerza de ejercicio. Este ejercicio consistirá en afectos y en obras. Oración de amor y vida de amor. Vida de dar gusto en todo a quien se ama. Vida que sea un acto continuo de amor. Para eso se ofreció víctima al Amor Teresita el 9 de junio de 1897, dos años antes de su muerte, ofrenda que ella expresó de este modo:

«Para vivir en un acto de perfecto amor me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis continuamente, dejando desbordar en mi alma los raudales de infinita ternura que en Vos se encierran. Sea yo de este modo ¡oh Dios mío! mártir de vuestro amor.

»Finalmente después de haberme preparado este martirio a comparecer ante vuestra presencia, hágame morir y arrójese mi alma sin demora en el abrazo eterno de vuestro misericordioso amor.

»Quiero ¡oh Amado mío!, renovaros esta ofrenda infinitas veces, en cada latido de mi corazón, hasta que al declinar de las sombras pueda expresaros de nuevo mi amor cara a cara eternamente» («Manuscritos autobiográficos», P. Emeterio G. Setien de I. M. 4ª ed.. Burgos 1968, Apéndice IV.).

Vivir de amor desde que el alba ilumina hasta que la noche nos entrega al descanso.

Nuestras pequeñas actividades, nuestros deseos que no se llegan a realizar y nos hacen sufrir, nuestras infidelidades que también nos son cruz... la santidad de las almas que no llega a madurar, los problemas todos de la Iglesia que nos preocupan.

Los avances de Jesús en sus Obispos, que nos hacen gozar.

La fe que va creciendo en nuestros familiares que nos preocupa, los agobios de las necesidades materiales que no acabamos de solucionar, los planes que no podemos realizar…

Las preocupaciones que no nos abandonan, las traiciones que nos laceran... todo... todo es Amor y ese Amor que va tronchando nuestro corazón nos va acercando a nuestra meta. Nos va haciendo vivir de Amor para preparar nuestra muerte en el Amor que será nuestra vida de amor en la patria del amor donde porque amaremos, gozaremos sin límite.

19. El amor de Dios comporta amor a los hombres

«Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. y nosotros tenemos de ÉI este precepto: que quien ama a Dios también ame a su hermano» (Jn 4, 20-21).

En estas palabras san Juan unifica el objeto del amor: Dios y el hermano. Dios a quien no ve. El hermano a quien ve. Este objeto de amor es único pero tiene una realidad invisible y otra visible: Dios y los hermanos. En los hermanos, que por ser hijos de Dios, está Dios, porque «por la gracia han recibido su misma naturaleza», como dice san Pedro (2ª. 1, 4). Quien aborrece a un hermano, por tanto, aborrece a Dios, porque no son dos unidades, sino una la que forman los hermanos con Él. Por lo que san Juan dice que miente al profesar amor a Dios sin amar al hermano. Yo no sé si tú amas a Dios porque como el amor es invisible y Dios también, no aparece ante mis ojos... pero ese amor se hace manifiesto cuando damos la vida por nuestros hermanos. Como se manifestó el de Dios a los hombres en que dio su vida por nosotros (Jn 3, 16). Yo sé que tú amas a Dios cuando veo sacrificar tu vida por tus hermanos porque tu secreto amor con Dios queda oculto a mis ojos, pero se me hace visible con tu sacrificio.

Hemos de distinguir: Hermanos y sus obras. A los hermanos siempre he de amar y por ellos sacrificarme. Sus obras no siempre podré amarlas. Si son malas, no proceden de Dios, es decir, de su divina naturaleza.

Amar siempre a los hermanos ya todos, sin diferencias, será la manera de no caer en la tentación de convertir el segundo mandamiento en el primero. Porque no será lo accidental lo que motivará el amor, yeso sería mirar lo humano como causa de amor o de odio, sino lo sustancial divino, la naturaleza divina que está en cada hermano prescindiendo de sus apariencias, sean atractivas o repulsivas a lo sensible. «El que ama las almas en tales cuerpos (leprosos) seguro que no ama más que las almas», se dijo del Padre Damián.

Sacrificarse por los hermanos hasta dar la vida por ellos; no esperar a que llegue el momento en que se me pida sustituir por mi muerte la muerte del hermano como se le pidió a san M. Kolbe y que quizás a mí no se me pida nunca. Dar la vida a gotitas. Ir matando el egoísmo que es necesario matar para darse. Para olvidar. Para no conservar el resquemor. Para no echar en cara el servicio no agradecido. Para darse a pesar de no ser comprendido. Para dar todo sin esperar nada a cambio. Para no poner cara larga por una frase que hirió la susceptibilidad del orgullo, del engreimiento, de la vanidad, de la falta de humildad.

Para aguantar sin impaciencias, para enseñar y corregir y aceptar la corrección, caiga bien o caiga mal:

¡Qué campo de batalla! ¡Qué vasto cementerio donde matar para enterrar el amor propio!

Pero decíamos que hemos de distinguir entre los hermanos y sus obras. He de amar el peral pero no debo comer las peras podridas. Las obras buenas nacen de la naturaleza divina, las malas de la humana inclinada al pecado. No deberé amar nunca el mal que hagan mis hermanos. Tengo el deber de evitar cuanto pueda las obras malas de mis hermanos, corregir, aconsejar, dar buen ejemplo, orar mucho, sacrificarme para que todas las obras de los hermanos lleven la luz de Dios y testimonien su participación en la divina naturaleza para que viendo todos sus frutos buenos se den cuenta, de que Dios está en ellos, ya que, conociendo el árbol por sus frutos, nO pueden salir de árbol malo, si son buenos, sino de la luz.

20. El amor en la sicología y en la Teología

Una entrega no estará nunca motivada por leyes, sino por amor.

Así hemos comprobado el fracaso de la formación que se ha dado a base de órdenes y mandatos, de prohibiciones y distingos; los así educados han caído en la vulgaridad.

Es necesario cuidar mucho de que nuestra teología y sicología no siga los derroteros de la ley mosaica que fue perfeccionada por Jesús en el Evangelio. Una espiritualidad basada limpia y genuinamente en el Evangelio será mucho más cautivadora y eficaz. y es porque el Evangelio se resume en el amor, «la plenitud de la leyes el amor» (Rm 13, 10); por eso remontando la corriente y poniendo en la base el amor, el ser humano respira hondo, da su mejor sonido y está dispuesto a los más altos saltos, a las entregas más sacrificadas.

Éste es el caso de Teresa del Niño Jesús. Ella amó, amó hasta morir de amor. Comprendió lo que desea Dios ser amado y se dio totalmente.

No habría podido hacerlo esto un mandato. Lo hizo el amor.

«Soy de un carácter tal, que el temor me echa para atrás, mientras el amor no sólo me hace correr, sino volar» (Ib. Cap. VIII, 15, pág. 225).

«Amándole, no temiéndole, ninguna alma llegaría a ofenderle» (Ib. Cap. VII, 22, pág. 234). «El amor es lo único que me atrae» (Ib. Cap. VIII, 20, pág. 231). «Es el amor el único bien que deseo» (Ib. Cap. XI, 2, pág. 245).

Por amor la madre se inmola día y noche.

Por amor el hombre deja a su padre ya su madre.

Por amor el joven modifica su carácter a voluntad de su amada.

Dile a un niño que estudie. No lo hace.

Proponle una motivación de amor, que, desgraciadamente suele ser de amor propio, y ese niño, que no se movió por la orden, se mueve y estudia para conseguir el premio que le han propuesto conquistar; le mueve el amor del premio, del honor y del valor de lo que piensa ganar.

Y estamos en el terreno de sicología humana desnudamente.

Si a toda esa fuerza de amor, le añadimos la potenciación, que es el amor divino, todo se ilumina con una luz nueva de poder y de altura incomparable. Es que el ser humano ha entrado a participar en la fuerza de Dios; es la misma acción de Dios la que el hombre posee. Se mueve desde Dios, en Dios, por Dios, con los motivos de Dios, con sus propias fuerzas y ahora sí que es realidad la expresión de Pablo: «Ya no soy yo es Cristo en mí el que vive» (Ga 2, 20).

Ese ser humano ahora ya es capaz de todo lo que antes le acobardaba. Comprendemos ahora lo que les sucedió a los Apóstoles después de Pentecostés: gozosos salían de las palizas; valientes predicaban el nombre de Jesús: «era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 4, 19). Y eran los mismos que antes se habían dado a la fuga y habían negado al Maestro, ¿quién había intervenido para que se diera tal cambio? No era otro que el Espíritu que es Amor. No era otro que el Espíritu que derramó en sus corazones la caridad, obra suya, por la que el hombre vive en Dios (2 Co 3,14; 1 P 4,6).

¡Misterio del Amor de Dios! Misterio de su participación de su vida en nosotros… Si lo comprendiéramos mejor, si lo reflexionásemos más, estimaríamos mucho más el crecimiento en el amor que la salud, y el dinero y el amor humano. -

No hay nada que se pueda comparar con este don sublime de la misma vida de Dios que nos diviniza y nos hace poderosos en Dios y nos sumerge en el misterio de la Redención y nos da eficacia en el orden santificador.

Se equivocaron tanto quienes creen que a la Iglesia se la sirve con actos humanos…

Son los actos divinos los que cuentan y éstos no se realizan sino en Dios, desde Dios, en su Corazón. En el Amor.

21. Santa Teresa del Niño Jesús, Maestra del Amor

Ella ha vivido con genial intuición, de la que no estaba ausente la gracia, la espiritualidad del Evangelio, cuyo resumen es amor, como hemos dicho, pero además ha captado la fuerza galvanizante del amor, aun del humano, lo que pasa es que ella vio con una claridad impropia de sus años, aparte de que no había experimentado desengaños que la amaestrasen, que las criaturas humanas la dejaban con hambre. Escuchemos sus palabras:

«Necesito un corazón ardiente de ternura, que sea mi apoyo para siempre; que ame todo en mí, hasta mi debilidad, que no me abandone ni de día ni de noche. No he podido encontrar criatura alguna que me amara siempre sin morir; necesito un Dios que tome mi naturaleza, que se haga mi hermano y pueda sufrir».(Al Sagrado Corazón de Jesús. Poesías. Editions du Cerf, 1979. Traducción del Autor.)

«Cuando en mi joven corazón se encendió esta llama que se llama amor...

viniste tú a reclamarla.

Y tú solo, oh Jesús, pudiste contentar mi alma. Porque tenía necesidad de amar hasta el infinito» («Para una novicia», Sor María de la Trinidad, mayo 1897. Ibid.)