CAPITULO IX

LA CRUZ

 

 

1. La cruz gloriosa del sacerdocio

La ofrenda de la vida del cristiano es un sacrificio vivo a Dios ofrecido, tal como nos lo dice san Pablo en su carta a los Romanos 12, I: «Por ese cariño os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como culto auténtico...»

La ofrenda de la propia vida de Pablo es llamada por él libación: « Y aunque tuviera que libarme sobre el sacrificio y el servicio de vuestra fe» (Flp 2, 17).

Pero sobre todo el ejercicio del apostolado desborda la concepción sacrificial. Para san Pablo el anuncio de la buena noticia de Dios le es motivo de usar terminología litúrgica o sacrificial. Saboreemos este texto de su carta a los Romanos: En virtud de la gracia, que por Dios me fue dada, de ser ministro de Jesucristo entre los gentiles, encargado de un ministerio sagrado en el Evangelio de Dios, para procurar que la oblación de los gentiles sea acepta, santificada por el Espíritu Santo» (Rm 15, 16).

El apostolado culto a Dios... ¡Cómo nos hemos de preparar los sacerdotes para ser los hombres del culto a Dios por nuestro apostolado: con los niños, con los mayores, con los jóvenes, con los religiosos… ofrecer los hombres a Dios! ¡Ministerio sublime! Que Dios le conceda continuadores de este ministerio a la Iglesia. Almas sacerdotales que, sacrificadas en la verdad y llenas de intensa humildad, continúen esta labor.

Sacerdotes, no sé cómo podremos tener tiempo, si amamos nuestra vocación y la queremos eficaz, para dedicamos a tareas que, por muy nobles que sean, pueden ser realizadas por laicos... Lo nuestro es la oración y el ministerio de la palabra (Hch 6,4). Y para que ésta sea sabia y profunda hemos de estudiar y contemplar. Leer mucho. Mucha palabra de Dios. Es lo que nos debe pedir pueblo, las almas. Tienen derecho. Demos de mano a otros quehaceres, pero equilibremos nuestra actividad, le tenemos cuerpo y espíritu. Y «mens sana in corpore sano».

No olvidemos el Concilio para sentir con la Iglesia. Leamos al Papa. Él actualiza el depósito de la Revelación. Estudiemos también a los Padres de la Iglesia le, con agudeza carismática, penetraron el misterio de Cristo.

Hemos de ofrecer nuestro sacrificio con alegría y con elegancia espiritual, con temor y temblor ante el misterio de las almas, que nos esperan sedientas de Dios y de eternidad. «Los niños pedían pan y no había quien se los repartiera...» (Lm 4,4).

Contemplemos largamente, reposadamente, silenciosa- lente, y hagamos acopio de fuerzas para distribuirlas con derroche, porque ése es deseo de Dios.

De nuestra acción apostólica depende la oblación de nuestras almas, el sacrificio espiritual que les ha de llevar vivir su vida en sacrificio derramado en libación en el altar de Dios, mezclando su sudor, lágrimas y sangre con la sangre, sudor y lágrimas de Jesús, el Mesías.

Pidamos al Señor que suscite en la Iglesia sacerdotes así. Sacerdotes Víctimas, ardorosos y confiados, sencillos sabios, humildes y entregados, competentes y discretos, completos en humano saber y en sabiduría celestial, ansiosos por prepararse día a día, sin despreciar ningún valor humano, adhiriéndose a todo bien, abiertos a todo progreso sano, hombres de su tiempo, deseosos de decir su palabra iluminadora y bienhechora, amantes de sus hermanos los hombres, con quienes han de convivir fraternalmente con bondad, concordia, afecto y santa amistad (Confer, Concilio Vaticano II. Decreto de presbíteros, 6).

A lo san Pablo, a lo san Juan de la Cruz.

La Iglesia necesita sacerdotes. De ellos depende su porvenir. Pidámoslos, usando el gran remedio que nos dio Jesús: «Pedid al Dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo» (Mt 9, 38). Pidamos pastores libres para evangelizar con libertad santa.

2. La cruz de la libertad de evangelizar

Hoy, que se habla mucho de libertad, y se la invoca «pro aris et focis», debe ser comprendida y aceptada la de la Iglesia en exponer con claridad el evangelio con todas sus exigencias.

No es fácil predicar el Evangelio. Primero porque no tan ahina se aceptan sus matices, ya que, cuando la vida no es coherente con él escapan al cuidado muchísimos detalles. Segundo porque no es fácil defraudar a los oyentes que piden halagos y confirmación de su hedonismo y es duro dejarlos amargados con la dura y sanante exigencia.

Aleccionadoras resultan a este respecto las palabras de la Doctora de Ávila: «Hasta los predicadores van ordenando sus sermones para no desconcertar. Buena intención tendrán y la obra lo será; mas así se enmiendan pocos. Mas ¿cómo no son muchos los que por los sermones dejan los vicios públicos? ¿Sabe qué me parece? Porque tienen mucho seso los que los predican. No están sin él con el gran fuego del amor de Dios, como lo estaban los Apóstoles, y así calienta poco esta llama. No digo yo sea tanta como ellos tenían, mas querría que fuese más de lo que veo. ¿Sabe vuestra merced en qué debe ir mucho? En tener ya aborrecida la vida y en poca estima la honra; que no se les daba más, a trueque de decir una verdad y sustentarla para gloria de Dios, perderlo todo que ganarlo todo; que a quien de veras lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que lo otro» («Vida», 16, 7).

No puede la Iglesia, en su función magisterial, seguir el camino de la popularidad, porque para alcanzarla, hay que sacrificar principios y leyes que no están en sus manos, sino que dependen de la Voluntad de Dios.

El aceptar un cargo en la Iglesia lleva consigo el deber de actuar con libertad presionado únicamente por la responsabilidad ante Dios.

Este deber encierra grandes dificultades, como son el riesgo de perder el prestigio o de ser malévolamente encasillados en una determinada corriente, crítica desfavorable de la opinión pública, peligro de interpretaciones torcidas o parciales...

Todos los peligros dichos, y otros que se adivinan, deben ser superados por la libertad de espíritu de quien gobierna y enseña en la Iglesia. Esa misma obligación insobornable de cumplir con su deber, ese mismo afán del bien del pueblo, le hace pisotear los medros humanos y le da fuerza para correr con generosidad todos los riesgos, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4, 19), aunque los hombres no comprendan.

Los fieles no querrán entender muchas veces el bien que les hacen sus pastores gobernando y enseñando y orientando con libertad de espíritu y con sacrificio de ese afán, no poco femenino, de causar buena impresión, pero no por eso deja de hacerles falta tal modo y algún día agradecerán el que ellos supieran cumplir su deber a sabiendas de que ese cumplimiento entrañaba riesgo, no de perder la vida, pero sí de jugarse la aceptación y las amistades y las alabanzas baratas.

Santa libertad para decir las cosas como son y como Dios las quiere. Una libertad así promueve. Una libertad así pide una recia personalidad como soporte; es incompatible con un carácter desmedulado, sin contenido interior, que tanto le da una postura que otra, no siendo la de que le dejen en paz. Tal libertad pide coherencia interior y fidelidad notable a unos criterios que no son de hombres, sino de Dios.

3. La cruz, nuestra salvación

¿Hay algo más ingrato, hablando humanamente, que una horca? Pues eso es la cruz. Una horca. Un instrumento de dolor y de deshonra. La sencillez de dos maderos para causar un suplicio terrible entre los terribles.

Y ésa es la señal de los cristianos. y nuestro ser humano la rehuye. No la quiere. Pero no podemos salvarnos sin ella, ni mucho menos alcanzar la medida de la plenitud de Cristo, sino clavados en ella.

y Dios en su providencia no nos deja en ningún sitio sin cruz. Porque adonde vayamos allí nos está ya esperando la cruz. Porque la cruz es el sitio del hombre después del pecado y Dios quiere nuestro bien y éste no se logra sino en la cruz.

Donde vayamos tendremos cruz, porque la llevamos con nuestras pasiones que en todas partes hemos de crucificar. Donde está el hombre está la cruz y dichosos de nosotros si la sabemos aprovechar y nos queremos crucificar.

Hacen falta en la Iglesia personas que no huyan de la cruz, que amen la cruz, que busquen la cruz.

Cristianos con capacidad de crucifixión. Sólo ésos son almas maduras en quienes Dios puede confiar.

Anchura de hombros para soportar la cruz: la que sea. Porque somos muy ingenuos y decimos: yo ésa no, aquella sí. Como niños. El temple del cristiano, hombre de la esperanza, que sabe pasará la cruz y salvará su vida, se demuestra en la serenidad ante la cruz, en la disposición de su ser ante el dolor, la prueba, el martirio.

«No es condición humana -dice el Kempis- llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo, ponerle en servidumbre; huir las honras, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado; sufrir toda cosa adversa y dañosa o no desear cosa de prosperidad en este mundo»(«Imitación de Cristo», lib. II, cap. XII, 9).

Pero es la fuerza de Dios la que nos da esta disposición de aceptar, amar, buscar la cruz. La fuerza de Dios que nos viene por la oración-oración, verdadera oración.

¡Capacidad de sufrir!... ¡Almas con capacidad de crucifixión!... Almas capaces de vivir la Pascua cada día...

Y dice nuestra sensibilidad: Si me sucede tal cosa, ¡no podré resistir! Prueba a ver si puedes. «Sufro por minutos», decía Teresa de Lisieux («Manuscritos autobiográficos», Archivo Silveriano, Apéndice II, 18, Burgos 1963.). Es que si aquello

sucede, ¡qué tarde voy a pasar!... Pues he de decir: ¡pasaré la tarde como pueda! ¡Pero tendré que llorar mucho! y mi disposición y determinación debe ser: es igual, lloraré. y en eso podéis ver todas las circunstancias, todas las ocasiones, sin excluir las situaciones sicológicas... Porque somos tan listos que leemos esto y decimos, sí, pero esto no es cruz, esto, al contrario, me impide llevar la cruz, porque me quita la paz. ¿Me quita la paz porque machaca mi amor propio? Pues venga la guerra porque aquella paz no puede venir sin la guerra que mate el amor propio.

A veces nos arreglamos nuestra vidita espiritual, tan arregladita, tan cuadriculadita, de aquí no pasaré, por allá tampoco... y Dios tiene sus planes y ¡zás!, golpe por aquí, tabique que se derrumba por allá… nos vamos a quedar sin la casita de papel de nuestra santidad, la que habíamos calculado nosotros para nosotros, porque claro, nosotros, nos conocemos y tenemos nuestro temperamento y «eso no va conmigo, porque mi manera de ser...», y Dios, ¡va y se ríe de nosotros, y sin tener en cuenta nuestro temperamento, nos pega un golpe descomunal y todo el ser se echa a temblar!... No puedo, decimos. No puedo. y Dios se ríe. y sabe que sí puedo, porque Él ha dicho que todo lo puedo con el que me da fuerzas (Flp 4,13).

Si tuviéramos fe le diríamos: Señor, gracias porque me dejas solo en esta circunstancia, porque señal de que quieres calmar la tempestad (Mt 8,23-27). Pero, ¿y si no se calmara la tempestad? Pues al fondo pero con Jesús. No lo pasaríamos mal del todo yendo con Jesús.

En fin que las razones humanas valen muy poco para estos trances de la vida del espíritu.

Capacidad de sufrir sin rasgarnos las vestiduras, sin hacer sentir demasiado a los que nos ven nuestro dolor, confiando siempre y ¡a la Cruz!

Personas capaces de cruz y de cruces, de todos los órdenes, de todas las clases, rojas, blancas, amarillas, negras, como sean, chicas, grandes, regulares.

Personas de temple, para aguantar personas, para sufrir humillaciones, para sentir el aguijón de la carne como Pablo (2 Co 12,7), para convivir en caridad que todo lo soporta (1 Co 13,7), para orar sin ver el resultado, para Soportar ser considerado como un estorbo a medida que voy haciéndome mayor. ..Cruz. Cruz. Cruz. Santidad. Con Él. Por el Amor.

¿Acaso no hemos recibido la vida de Dios? ¿No nos puede Él pedir, por tanto, esa vida, exigir esa sangre, reclamar el ser todo?

Darle la vida toda, gastar en su servicio toda la sangre joven o cansada, consumir el ser totalmente en el altar del sacrificio de una vez ofrecido y día a día vivido, he ahí lo que es vocación del hombre, compromiso del cristiano y meta sublime del Amor.

El ofrecimiento de víctima no saca de órbita al hombre (Rm. 12,1; «Plegaria eucarística», IV.).

Ofrecerle vidas a Dios. Pero no nos ilusionemos vanamente. Las almas sólo se redimen con sangre. Las almas sólo son atraídas de verdad por Dios, su Autor, su

Centro, su Motor y su Vida. Sólo atraeremos almas mereciendo que las atraiga Dios por nuestro sacrificio. Es decir que -- para conseguir víctimas nada suplirá la consecución de nuestra vivencia de víctimas.

Vivir como víctimas es morir al mal, al pecado, a todo pecado, a todo desorden… vivir en acto de sacrificio. La vida de Dios nace y crece y se consume en la muerte del mal. Ése es su subsuelo, ése su ámbito vital. A más muerte más vida; a más víctimas, más víctimas.

Pero que nadie se asuste. Quizá los primeros momentos de lanzamos al agua son momentos de vértigo. Pero después todo se allana y se tiene el gozo del Espíritu de la fecundidad.

El abono mineral se transforma en vegetal. El vegetal comido y digerido se convierte en animal. El animal asimilado en carne humana. El hombre por los sacramentos y la acción de la gracia se transforma en Dios.

El hombre hecho Dios ya es capaz de irradiar y contagiar vida de Dios. ¿Ya qué más puede aspirar el hombre que a ser instrumento de producción de vida de Dios en la tierra?

Transformar almas en víctimas es hacerle a Dios el mejor servicio; damos a nosotros y por nosotros darle a otros muchos. Santificamos nosotros y, por nuestra santificación, que se santifiquen muchos y la santidad vaya iluminando a la Santa Iglesia.

Decisión de inmolarse por todo, de caer bajo la muela de los mandamientos de Dios, de permanecer en el yugo de las determinaciones de quienes tengan autoridad sobre nosotros, de acatar todas las circunstancias adversas o poco gratas... de vivir en el altar, sin cansarse y sin retirar de él nuestro ser, nuestra alma, nuestra vida.

En esta disposición obraremos en colaboración con Dios. Hay enfermedades, en efecto, en nuestro ser que sólo Él puede extirpar. A nosotros se nos pedirá dejamos intervenir, soportar el dolor.

¿Pensáis que así como así muere el amor propio? Para esa verruga el nitrato de plata lo administra Él. Nosotros taparemos la herida con el esparadrapo y soportaremos el escozor de la quemadura, que no cesará de hacer su operación hasta que llegue a la raíz…

Pero ¡cuidado!, que si te mueves y pataleas con protestas la medicina se convertirá en perjuicio.

Tengamos serenidad y seamos serios, como hombres, y no almas aniñadas que, como niños que no entienden, no se dejan intervenir.

Invoquemos a la Enfermera Santa, la Madre del Cirujano Dios, para que nos asista en la operación o nos anestesie con el amor de su Hijo.

Ella nos ayudará a conseguir que seamos víctimas puras de alabanza (Hb 13, 15). y es así como el hombre se transforma interiormente hasta traslucir su nueva forma al

exterior como Moisés a quien los israelitas no se atrevían a mirar la cara porque le brillaba reluciente por su transformación en el contacto de Dios.

A nosotros nos tiene que brillar el rostro, «luzca así Vuestra luz para que la vean los hombres y glorifiquen a Vuestro Padre» (Mt 5, 16).

Vuestra luz será la curiosidad abnegada, los malos juicios tronchados y no manifestados, vuestra caridad de palabras y de obras, sobre todo de obras, exquisita y delicada. La sensatez de nuestros juicios, el peso de nuestro equilibrio, la madurez de nuestra vida, el espíritu de entrega y generosidad, la prudencia con un largo ejercicio de oportuno silencio; y después lejos de todo lo oscuro y cicatero: de toda queja sin fundamento, de toda exageración en nuestras enfermedades, de todo deseo negado de que sea conocido y reconocido nuestro mal estado de salud...

En fin, que es toda una vida la que se hace luminosa en el contacto con Dios. y es la oscuridad en que viene a decaer el que pierde el fulgor de su rostro.

Necesitamos mucho contacto con Dios porque lo que nos pide está muy por sobre las fuerzas humanas. Pero persuadámonos de que amarle es insertarse en el misterio pascual y en él hay muerte. No es el amor del bombón el que nos pide Dios, sino el del crucificado que se desangra enteramente.

El ejercicio consumado de este amor nos convertirá en personas maduras que arrastran por sus cuatro costados y no sólo por el de la lengua que dice «Señor, Señor», pero con la vida divorciada de las palabras. Éstas, más bien repelen y, desde luego, no convencen. Pero cuando el que está más arriba es el que más sirve, entonces se convence de veras.

Santa Teresa estaba harta de las diferencias sociales de su monasterio de la Encarnación, donde había Doñas que hasta tenían criadas, y legas que se morían de hambre. Por eso en su Reforma quiso igualdad de servicios comenzando por la Priora.

Ante las tareas todos deben ser iguales. Ni la edad, ni la responsabilidad, ni la imaginaria enfermedad. Hay unos malecillos de mujeres, dirá Santa Teresa, que no han de ser tenidos en cuenta. Los males fuertes, las enfermedades graves ya ellas mismas se quejan.

Es Santa Teresa también la que dice que cuanto más cuidado tuvo de su salud, menos gozó de la misma, y cuando más se despreocupó se vio más favorecida. El cuidado de estos negros cuerpos ténganlo nuestros Prelados. «Poco va en que me muera; si es descanso, no he de necesitar más descanso, sino cruz.

»Ahora, pues, lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotras el amor de este cuerpo; que somos algunas tan regaladas de nuestro natural, que no hay poco que hacer aquí, y tan amigas de nuestra salud, que es cosa para alabar a Dios la guerra que dan, a monjas en especial, y aun a las que no lo son. Mas algunas monjas no parece que venimos a otra cosa al monasterio, sino a procurar no morirnos, cada una lo procura como puede... Determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo, y no a regalaros por Cristo, que esto pone el demonio que es menester para llevar y guardar la Orden; y tanto, enhorabuena, se quiere guardar la Orden con procurar la salud, para guardarla y conservarla, que se muere sin cumplirla enteramente un mes, ni por ventura un día. Pues no sé a qué venimos.

»¿Que por qué da licencia la Priora? Porque la importunáis... y si el demonio nos comienza a amedrentar con que nos faltará la salud, nunca haremos nada. Porque este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado... si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada.

»y no nos ha venido a la imaginación de que nos duele la cabeza, cuando dejamos de ir al coro -que tampoco nos mata- un día porque nos dolió, y otro porque nos ha dolido, y otros tres porque no nos duela» (Santa Teresa, «Camino de perfección», caps. 15-16, E; 10-11 V)

4. La poda

Es Dios quien se encarga de hacerla u ordenarla «porque estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios» (San Juan de la Cruz, «Carta a María de la Encarnación», Segovia)

«Todo sarmiento que no dé fruto en mí, mi Padre lo cortará, y todo el que dé fruto, lo podará para que dé más fruto» (Jn 15, 2).

Si Jesús es la Vid, al final de la vida, aquellos sarmientos que estando Unidos a Él por la fe y el bautismo, pero que no han dado los frutos correspondientes a esa naturaleza divina por las obras de caridad, serán cortados y arrojados al fuego.

Los que den frutos serán podados. «Porque fuiste agradable a Dios fue necesario que fueras probado» (Tob 12, 13 ).

Esperemos la purificación. Es palabra de la Verdad. No nos faltarán las contradicciones, las pruebas, para aquilatar más el espíritu, para asegurar más los frutos.

El libro de Job está entrañado en esa frase de Cristo. Se le despojó de todo para que su obrar fuera más puro. Y así Jeremías y Abraham. «Recordad cómo fueron probados nuestros padres para ver si verdaderamente servían a su Dios. Recordad cómo fue probado Abraham, nuestro padre; y, purificado por muchas tribulaciones, llegó a ser amigo de Dios. Del mismo modo, Isaac, Jacob, Moisés y todos los que agradaron a Dios le permanecieron fieles en medio de muchos padecimientos» (Jdt 8, 21-23).

No nos asustemos cuando sintamos en nuestras carnes la acción despiadada de la podadera. Es para Un mayor bien.

La poda es la seguridad del fruto actual y la esperanza del fruto futuro.

Aguantemos pacientemente el tijeretazo que nos hace sangrar, el golpe del bisturí que quita el estorbo a la gracia para que suba más abundante y sin tropiezos.

Las tijeras en manos del Padre-Labrador no nos deben asustar, ni hacer desmayar.

Esperar con mayor fe y con más crecida confianza el fruto de mañana, consecuencia de Un tajo a tiempo. No nos dejes caer en la tentación del desaliento ante el dolor.

Clarifica nuestra vista para que vea por adelantado el -- capazo cargado de racimos que serán servidos -espléndidos -en el banquete del Reino.

Dios para humillar permite que el hombre sea como un barco en alta mar azotado por bravías olas y zarandeado por tribulaciones y tempestades mortales. Trabajos, fatigas, dolor, enfermedad, contrariedades, disgustos, adversa fortuna, persecuciones... ésas son las tempestades. Eso es lo propio de la peregrinación.

El hombre verdaderamente sabio es el que sabe ver a Dios agitando esas olas.

Pero ¿no es Dios padre de toda consolación? Sí, y de toda tribulación, ya que las criaturas irracionales, los hombres y el demonio, que nos las causan, son instrumentos de Dios.

Claro que la voluntad del demonio es perversa y la de las personas movidas por él lo son también; pero Dios se sirve de esas voluntades malas como de instrumentos para conseguir sus santísimos fines.

Dijo Jesús en el Huerto a Simón hijo de Juan: «El cáliz que me dio mi Padre ¿no lo he de beber?» (Jn 18, 11). y los que le prendían eran Judas, los Príncipes de los Sacerdotes y los Ancianos, movidos todos por el demonio. Pero detrás estaba el Padre.

El Padre Dios que castiga a los que ama. San Agustín dice que «Dios es médico y la tribulación es medicina para sanar y no para condenar». Así dice el libro de los Proverbios 3, 11-12: «No desdeñes, hijo mío, las lecciones de tu Dios, no te enojes porque te corrija. Porque al que ama le corrige y aflige al hijo que le es más caro».

«Yo a cuantos amo reprendo y corrijo», dice Dios en el Apocalipsis 3, 19.

Y san Agustín: «¿No eres del número de los atribulados? Pues no estás en el número de los hijos».

Un corro de niños jugando y pegándose. Pasa un hombre. Llama a uno de aquellos niños desentendiéndose de i todos los demás. Le reprende, le castiga y le pega. Se lo lleva de la mano llorando y decimos: Será su padre. Así ¡lo hace Dios con sus hijos más queridos (San Agustín).

Y san Pablo, en su carta a los Hebreos, citando el pasaje anteriormente aludido de los Proverbios: «Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor y no desmayes reprendido por él. Porque el Señor a quien ama le reprende y azota a todo el que recibe por hijo. Soportad la corrección. Dios se porta con Vosotros como con hijos. Pues ¿qué hijo haya quien su padre no corrija?» (12, 5-8).

San Juan de la Cruz, destituido de todos sus cargos, sufriendo en su vida las consecuencias de ser sabio y santo, escribe a María de la Encarnación, Priora de Segovia: «De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. De lo que la tengo muy grande es de que se eche culpa a quien no la tiene; porque estas cosas no las hacen los hombres sino Dios que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Ya donde no hay amor ponga amor y sacará amor», como hemos insinuado al comienzo de este capítulo.

Causa a los buenos asombro ver la prosperidad de los malos. Pero esto es aparte. A los pecadores debe atemorizarles que cuando Dios está muy enojado ya no castiga. Dios deja entregados a los placeres de este mundo a los que tal vez han merecido ya las penas del infierno por sus pecados, según dicen los Santos Padres.

Cierto que llega en la poda un momento en que el hombre alcanza el límite de su poder y se rompe porque no puede más, y queda sin esperanza porque sólo confiaba en sus fuerzas que ya no dan para más y está tentado de cerrarse a Dios para quien no existe el imposible.

Lo que no puede hacer el hombre Dios sí lo puede. El hombre que, en vez de cerrar su horizonte, se abre al poder ya la iniciativa de Dios, verá cosas grandes.

Isabel fue madre siendo estéril y vieja. Lo fue María siendo Virgen.

David fue santo siendo lujurioso y criminal.

Agustín llegó a la santidad por la fuerza de Dios. Todos ellos cocidos a fuego vivo en la prueba del dolor.

¡Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios ya los entendidos y las has revelado a la gente sencilla y abierta a la Omnipotencia que no encuentra en ellos muralla, sino camino llano y sediento de luz! (Mt 11, 25)

5. El mundo no entiende el dolor

«Quítate allá, satán, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8, 33).

Primero Pedro ha confesado el mesianismo de Jesús, ha manifestado la fe en su divinidad. Pero ha puesto de relieve la naturaleza divina de Jesús. Jesús, a continuación destacará su condición humana subrayando su humanidad verdadera, con la denominación de «Hijo del hombre». y esa naturaleza humana es profetizada como sufriente; y revelando la necesidad de ese sufrimiento: «Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho…». (Mc 8,13). Pedro se rebela. Y, para cumplir mejor sus propósitos de quitarle de la cabeza aquellas ideas, pues de una parte acaba de realzar su mesianismo y, por otra, tendrá más libertad a solas para darle argumentos que le hagan desistir, se lo llevó aparte (Mc 8,32). Jesús lo considera como un tentador y como a tallo rechaza: ¡Quítate allá, Satán! (Mc 8,33). Esta situación será muy corriente en el mundo de las almas. En la oración, en la predicación, en la lectura, en los momentos de soledad, oiremos a Jesús: «es preciso padecer». Es preciso mortificar la vista y el gusto y el tacto y el olfato y el oído. Esto comporta sufrimiento y, a veces, muy grande. «Es preciso padecer mucho...» Habrá que atar la imaginación, controlar el pensamiento, moderar las pasiones según la sana razón y los mandatos de la Revelación. Es preciso obedecer, aunque comporte padecer; orar, aunque haya desolación; perdonar, aunque el amor propio esté herido; sonreír cuando se quisiera

lanzar un rayo por los ojos; es preciso ser discreto, no curiosear; ordenar la vida y las cosas y la ropa; trabajar siempre, aunque el cuerpo quisiera otro trabajo, o la presunción rehuyera el humillante... Ésta es la voz del Espíritu de Jesús. Oirán todos también la voz de Pedro, es decir, la del hombre: «No, no consientas»; eres libre; tienes una naturaleza exquisita, una cultura superior; tienes una formación moderna;... no; no; no consientas pasar por ahí. Es una aberración. ¿No puedes salvarte igual? El Padre tal dice que. ..y el Padre cual dice que. ..Los que tienen el corazón poco ablandado en Cristo hablarán como carnales. y el mismo hombre oirá dentro de sí la voz de la carne, que es indulgente con toda transgresión, que es muy madrecita de su propio gusto. El esfuerzo se ha de hacer para que nuestros pensamientos no sean «los de los hombres sino los de Dios'. (Mc 8,33).

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Caminos de Luz

Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant