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CAPITULO V LA
ORACION |
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I. La hora de la oración «Ha llegado la hora de que se inicie una vigorosa reacción espiritual en la vida de la Iglesia, empezando por las instituciones y personas eclesiásticas. La pérdida del sentido de Dios en nuestra vida y de la dimensión exacta de nuestra relación con Jesucristo, Redentor y Salvador nuestro, está provocando una frustración de las mejores energías sacerdotales y una desorientación del pueblo cristiano y puede tener consecuencias funestas en un plazo breve si no se restauran los valores primarios de nuestra vida sobrenatural. Trabajaremos juntos pero debemos empezar nuestra misión rezando y encontrándonos en oración ante Dios. Al Obispo se le pide todo y le llaman todos; pero pocos son los que se ofrecen a él para hacer oración juntos y fortalecer su fe en la oración y en el arrepentimiento» (Don Marcelo González, cardenal primado). Estas palabras del Cardenal Primado ponen el dedo en la llaga de la Iglesia. Hoy en la Iglesia no hay nada más primordial que orar. ¿Cómo no lo vemos? ¿Nos damos cuenta de la responsabilidad y honor que nos dispensa el Señor al iluminamos para asegurarle a la Iglesia una lamparita que quiere orar y ayunar en un desierto nuevo, comienzo de una primavera luminosa, vivificante y fecunda? No tenemos autoridad para decir a los Pastores que no abandonen el rebaño dejando la oración y que desencadenen en el mundo un huracán de Amor con una campaña en serio de oración, pero debemos hacer lo que podamos para orar y escribir y enseñar poco a poco y en pequeños grupos que Cristo nos quiere en la oración y que no reformaremos la Iglesia ni la vitalizaremos por otro camino. Originar una corriente de oración, he ahí el secreto. ¡Qué necesaria veo la oración! Pero ¡cómo va a ser de difícil hacerlo comprender en el desierto frío de vida materializada que a todos nos arrastra hoy y que ha perdido la sensibilidad para entender las palabras del Señor e invocar su nombre sobre su pueblo: «El Señor habló a Moisés: Di a Aarón ya sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz»... «Y yo los bendeciré» (Nm 6,22-27). Hemos
de invocar, como Aarón, la bendición del Señor. Sobre todos los hijos de la
Iglesia, para que se transfiguren por conozcan a Dios. Sobre las tiernas virtudes para que maduren y se robustezcan. Sobre los defectos para que sean sanados y desaparezcan. Sobre toda la familia para que crezca. Sobre nuestros bienhechores para que el Señor los haga más liberales y les dé el ciento por uno. Sobre la salud de los enfermos y la eficacia del trabajo. Sobre la perseverancia en el surco día a día y golpe a golpe. La hemos de invocar sobre los elegidos y enviados por el Señor para ser instrumentos suyos en el desarrollo de la Iglesia y en su prosperidad y extensión. Que les dé esa fortaleza para no desanimarse nunca, para seguir en la brecha siempre. Ese corazón grande para querernos a todos mucho, y buscar nuestra santidad por todos los medios. La bendición del Señor esté con todos nosotros. Que se fije en todos nosotros y nos haga muy suyos. Que nos conceda su paz distinta de la del mundo. Paz en el alma, transformada en Dios. Paz en las comunidades que viven la vida de Dios. Paz. Bendición. Luz divina, prosperidad. La bendición del Señor en este mundo en que se recibe poca ayuda para llevar un silencio interior. y esto es grave porque sin silencio la vida interior es imposible. Santo Tomás daba estos consejos para ser un buen intelectual: «Deseo que seas lento en el hablar y lento en acudir a la sala de visitas. No te inquietes en manera alguna por las acciones de los demás. Muéstrate amable con todos pero con nadie seas demasiado familiar porque demasiada familiaridad origina desprecio y da pábulo a muchas distracciones. No te preocupes de palabras y acciones mundanas. Evita, sobre todo, los inútiles correteos. Estima tu celda si deseas ser introducido en la bodega del vino» (bis Sertillanges, «La vida intelectual», pág. 39) Para ser un buen cristiano también hace falta un relativo silencio exterior y mucho silencio interior. Si éstos fallan el cristiano es superficial, inevitablemente superficial. Cuando todo por la calle nos grita y nos quita el equilibrio y nos turba el sentimiento, que podamos al menos encontrar en el templo clima propicio para la vida interior. Distinguimos
la piedad interior y Si externamente brilla la piedad exterior por lo menos no se hace daño con el ejemplo y ésta es un primer paso para llevar los hombres a Dios. El medio más importante para obtener la piedad exterior es la irreprochable compostura, el religioso silencio, en el templo y sus dependencias. El ejemplo debe partir, en primer lugar, de los que tienen más deber de ser piadosos por consagrados. No nos ahorremos sacrificio hasta conseguir el silencio en el templo y evitar en sus dependencias todo lo que huela a sa1ón o indique comercialidad y veremos unos resultados de piedad auténtica en el pueblo de Dios que necesita la oración como el aire que respira. Bernanos en su novela El cura rural, pone en labios del cura de Torcy estas palabras dirigidas al protagonista de la novela, un sacerdote joven que sufre extremadamente: «Muchacho, oras poco para lo que sufres. Hay que alimentarse en proporción a las fatigas y la plegaria tiene que estar también en proporción con nuestros dolores» (Bernanos, Luis de Caralt, Barcelona, pág. 192). Sí, realmente necesitamos mayor entrega a la oración cuando son mayores los sufrimientos, o cuando el trabajo también es extraordinario, o las tentaciones se acentúan. Pero es entonces cuando, por una parte el estado síquico y por otro también el enemigo, que si es enemigo del alma es enemiguísimo de la oración, pues si logra que el alma la deje él se va de vacaciones, trabajan para que se deje de orar. Y esto es semejante a lo que sucedería si cuando tenemos mucho trabajo, y porque lo tenemos, dejáramos de comer; o cuando sufriéramos desgaste extraordinario dejáramos de nutrirnos. Dejar la oración cuando tenemos poco tiempo, equivaldría a no comer por exceso de trabajo. El cuerpo y el alma se han de resentir, necesariamente, e incluso hasta la muerte. Chautard en El alma de todo apostolado dice del sacerdote que, abrumado por la actividad y deslumbrado por los éxitos, deja la oración y el sacrilegio no se deja esperar. Es muy fuerte la afirmación pero muy real. Ha
de ser la primera actividad del día 2. El quehacer de la oración es el
primero, pero el más olvidado En una casa bávara estaba escrita esta sentencia: «Afilar la guadaña no retrasa la siega, la oración no retrasa el trabajo». Esta
frase impresionante debería estar grabada a fuego, pues en la religión apenas
existe algo más importante que recibido el Espíritu Santo? Ni hemos oído hablar del Espíritu Santo» (Hb 19, 1 ss.). ¿Cómo podrían haberlo recibido si ni siquiera tenían noticia de Él. Con igual extrañeza y dolor podrían hablar nuestros cristianos: «De la oración mental jamás si hemos oído hablar una palabra, ¿cómo podemos, por tanto, practicarla?» (R. Graf. «El poder de la oración», Dinor, San Sebastián, página 73) ¿Nos extrañaremos después de que nuestras asociaciones lleven una vida lánguida? ¿Dejará de ser lógico que nuestros cristianos sean hombres fríos y de poco empuje apostólico, que trabajen cuando hay recompensa, pero que escapen a la hora del sacrificio y de la prueba? No lo olvidemos. Si la guadaña no está afilada se trabaja más en la siega y con menos rendimiento. ¡Lo que sería una comunidad que afilara todos los días su alma en el contacto luminoso y vivificante con el Ser Todopoderoso! Y así las cosas, ¿no seremos reos de lesas realidades por haber enterrado el talento? En
Pero todos estos tesoros no deben quedar enterrados. Cuando Dios actúa es porque nos quiere colaboradores de su Redención y quiere que obremos en consecuencia en la práctica de las virtudes. Salir de la oración será salir siempre más humildes y con más energías para la lucha y con más amor fraterno y con más deseos de perdonar y de trabajar y de estudiar y de orar y de obedecer, cuanto más contradíga a nuestro natural más. El que hace oración se va purificando, va adquiriendo las costumbres de Dios de cuya vida trinitaria participa. Con esto ya tendremos una piedra de toque para averiguar si nuestra oración es auténtica o falsa: las obras que de ella nazcan lo pondrán en evidencia. «Porque si el alma está mucho con Él, como es razón, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué, o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual; de que nazcan siempre obras, obras» (Santa Teresa, «Séptimas moradas», 4, 6. 46). 3. La oración de recogimiento en Santa
Teresa Santa Teresa nos dice que la oración es trato de amistad. «El Señor lo enseñe a las que no lo sabéis, que de mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción, hasta que el Señor me enseñó este modo» («Camino», E, 50, 3). Interesa que nos diga la misma santa Teresa en qué consiste este modo que a ella llenó de satisfacción y que el Señor le enseñó y que de él sacó tantos provechos. Lo primero que constatamos es que se trata de oración de recogimiento pues dice ella que esto es «costumbre de recogimiento dentro de mí». Digamos en seguida que este recogimiento no es el recogimiento pasivo, todo él sobrenatural y causado por una acción de Dios más intensa. Más bien es un recogimiento por obra y esfuerzo del orante, asistido siempre por la acción general de Dios, sin la cual nada bueno podemos hacer. «Entended que esto no es cosa sobrenatural, sino que está en nuestro querer y que podemos nosotros hacerlo, con el favor de Dios, que sin éste no se puede nada, ni podemos nosotros tener un buen pensamiento. Porque esto no es silencio de las potencias, es encerramiento de ellas en sí misma el alma» (Ibid. E, 49, 3) Tanto del estudio atento del Camino de Perfección, como del capítulo de las Segundas Moradas se deduce que esta oración de recogimiento tiene tres tiempos: 1º. Recoger los sentidos exteriores: «un retirarse los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal manera de mano que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no verlas, y porque más se despierte la vista a los del alma. Así, quien va por este camino, casi siempre que reza tiene cerrados los ojos...» (Ibid. V, 28, 6). 2º. Una vez se ha cerrado la comunicación con el mundo exterior ¿no puede caer el alma en una especie de nirvana u ociosidad? Para prevenir este peligro santa Teresa quiere que el entendimiento y voluntad actúen, pero no en cosas de este mundo, lo cual sería la distracción, el pensar en el trabajo, o en el estrujarse para solucionar los problemas de la vida, cayendo siempre en un egoísmo o narcisismo... sino en Dios (Ibid. E, 50. 1). San Agustín buscaba a Dios ansiosamente fuera de sí y... no lo encontraba. Lo encontró dentro de sí. 3º. Los dos preámbulos anteriores de recoger sentidos y potencias deben llegar a esta meta: Dios dentro del alma. Y, mejor, Jesús, que está con el Padre y con el Espíritu Santo. «Si alguno me ama vendremos a él y haremos nuestra morada en él» (Jn 14, 23). Es preciso leer y estudiar detenidamente todo el capítulo 28 del Camino de Perfección y el capítulo de las Segundas Moradas para aprender y saborear y poner en práctica esta divina comunicación con Jesús, Padre, Hermano, Señor, Esposo, alegre, triste, abatido, lleno de dolores, y mirarle, mirarle «que Él os mirará con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros... sólo porque os vayáis vos con Él a consolar y volváis la cabeza a mirarle» (bis, Ibid. E. 50. 1) 4. Los bienes de la oración ¡Qué de bienes se derivan de este trato de amistad con el Verbo Encarnado! ¡Oh si lo supiéramos qué 'avaros del tiempo de la oración nos haríamos y cómo no la dejaríamos por nada, por nada del mundo y enseñaríamos a todos estos tesoros ya saberlos y quererlos allegar! Mirad que os mira, acompañadle y habladle, y pedidle y humillaos y regalaos con Él… que Él os enriquecerá, bendecirá vuestros deseos. Sin
embargo da pena ver a 5. Jesús ora Un sinnúmero de veces nos exhortó Jesús a orar y otras tantas Él oró y habló con su Padre. Y notemos que Él goza de la visión beatífica, ya pesar de estar siempre en diálogo idílico con el Padre y el Espíritu, siente la necesidad de subir… lejos del ruido a estar con el Padre de una manera especial. Y, junto con su necesidad sicológica, la intención de enseñarnos a retirarnos a orar. Hay
que predicar incansablemente el gran poder transformador de En
la oración se ven las cosas de la tierra de distinta manera. Y se adquiere un
conocimiento también más profundo y claro de las del cielo. En Jesús en la oración nos hablará, seguro, de nuestra muerte constante en aras de la santidad, en aras del amor. Es el quotidie morior de san Pablo (1 Co 15,31). Nos hablará y le hablaremos derramando ante Él nuestro corazón, de la cruz de nuestro estado, de nuestra vida, de nuestra falta de salud, de la aceptación de las incomprensiones, de la cruz del trabajo monótono y oscuro, desagradecido y mal pagado. Nos dirá que es necesario subir al monte. y que subir exige energía y causa desgaste y produce cansancio. Todo eso. ..Todo eso y mucho más nos dirá Jesús a quien hemos de escuchar I porque el Padre, el mismo que en la cumbre del Sinaí se apareció a Moisés y le habló también de lo necesario para la salvación, el mismo que se apareció a Elías en el Horeb, nos dice ahora que Jesús nos enseñará, que a su Hijo el escogido es a quien hemos de escuchar (Mt 17,5; Mc 9, 7; Lc 9,35). ¡Cuánto
nos enseñará! Pero diametralmente opuesto a lo que nos enseña Hemos
de entrar en La
fe no tiene más entrada que el oído. No se ve nada de lo que se promete. Sólo
se hace Pero Jesús subía al monte. Monte alto y que exigía esfuerzo su escalada. Subía venciendo las dificultades, subía con fatiga. ¿A qué subía? Bien claro nos lo dice el Evangelio: «Jesús se llevó a Pedro, a Juan ya Santiago a lo alto de una montaña para orar» (Lc 9,28). Con el ejemplo nos enseña que hemos de orar venciendo las dificultades. Practicar la oración tiene una exigencia, una fatiga, de subir por sendero estrecho y recto -que hace más difícil la escalada. y hay que subir así: -con esfuerzo y en sentido recto sin dar rodeos por el monte que no pueden llevamos a la cumbre sino desviarnos o retrasar nuestra subida. Y la oración en el monte obtuvo un premio: « y mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (Lc 9, 29). En Jesús se hizo el cambio de la transfiguración mientras oraba. En
los cristianos también se realizará ese cambio en Pasan los años y los mismos pecados, los mismos defectos. No se hace oración. O se hace mal. La transfiguración de nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa de que nos habla san Pablo en su carta a los Filipenses 3, 21 está vinculada a que «andemos, no como enemigos de la Cruz de Cristo, como muchos hay que así caminan, cuyo paradero es la perdición, porque su dios es el vientre y su gloria sus vergüenzas y porque sólo aspiran a cosa terrena, Sino como ciudadanos del cielo» (Flp 3, 20-21). Pero ¿se puede tener fuerza para rechazar lo terreno y para luchar contra los apetitos desordenados sin la energía de la oración? Los que visitan Tierra Santa suben al Monte Tabor en unos coches de motor potente. No podría remontar la altura empinada de la montaña un motor pequeño y débil. Se quedaría en el camino. Para
subir a Jerusalén, al monte con Jesús, a la cruz con Él, hemos de subir empujados
por el potente caballaje de Si falla en nuestra vida la caridad, la mortificación, abnegación, el amor a la cruz, la humildad, la obediencia... no lo dudéis, que es que subimos a pie el monte. No hemos tomado el coche poderoso, el gran «Mercedes» de la oración que nos sube sin dificultades. Cuando no hay oración todo Son dificultades. Cuando hay oración intensa las dificultades desaparecen. Nos remonta poderosa el águila caudal. A los discípulos elegidos para subir a presenciar la transfiguración les era necesario aquel pregusto de gloria para que superaran la gran tragedia y el terrible escándalo de la cruz. No nos extrañe que aquellos cristianos que no han previsto la gloria por la fe, sucumban en el momento de la tentación y zozobren en el tiempo de la prueba. Dediquémonos con ahínco a que nuestros hombres suban a orar. Subir a orar ya nos indica esfuerzo. El Reino de los Cielos padece violencia y sólo los que se violentan lo consiguen (Mt 11, 12). Si yo realizo el trabajo de orar se derribarán todas las murallas como las de Jericó (Hb 11,30). Pero ¡ah! ese trabajo «es con frecuencia el más duro de los trabajos, si en el trabajo incluimos las ideas de disciplina, de regularidad, esfuerzo, sacrificio. Me pregunto: ¿estamos dispuestos a hacerlo? Yo me esforzaré por ello. La oración puede ser el más duro de todos los trabajos... pero ciertamente es el más importante entre todos los que podemos realizar». Lo ha dicho... Von Braun, una de las firmas más célebres de la ciencia mundial. Hay que ser constante en la ascensión. Con la vista puesta en la Transfiguración que es la meta de todo hombre (de esos del fútbol, y de los transportes urbanos, que no se dan cuenta de que están vacíos, pero que padecen el mal del vacío en su angustia vital también). 6. La hora de la contemplación San Juan de la Cruz siente una divina urgencia por llevar al alma a la contemplación que es conducirla al trabajo amoroso de Dios santificador. -Mientras el hombre razona o usa la imaginación no está en contacto directo con Dios, porque su inteligencia y voluntad están movidas por motivaciones naturales. Cuando el alma trasciende esas actividades de las potencias naturales es cuando empieza a actuar la fe y con ella la acción de Dios ya es directa. Se realiza entonces la comunicación de sustancia a sustancia. En la meditación el alma daba mordiscos al coco en su corteza. Se cansaba y no saboreaba. Y no se nutria. Quedaba agotada y exhausta. Ahora en la contemplación ya logró romper, por gracia de Dios, la dura corteza de la fruta, puede paladear su rica pulpa, beber el líquido sabroso que, a la vez que la refrigera, la nutre y la tonifica y la hace fuerte. ¡Dichoso momento en el cual el Espíritu de Dios obra tales maravillas en el alma que la van a ir transformando, si es constante ella, si sabe aprovechar esos momentos, hasta el punto de no parecer ella, sino Dios! Y llegará a poder decir: «Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). En esa fuerza sorberá actividad. En esa bebida se sentirá con energías para acometer la corrección de sus defectos. En esos momentos el Espíritu sembrará las virtudes que, tras un poco de calor y de maduración, se irán haciendo fuertes y realizando la transformación, que humanamente no tiene explicación, ni se esperaba jamás. Pero lo que a las fuerzas del hombre era imposible no lo es a las de Dios (Mt 19, 26). Y es Dios quien ahora está obrando y realizando lo que ÉI deseó realizar desde siempre, pero el alma le detenía porque no empleaba rectamente su libertad, que Él respetaba. Una vez que el alma se ha abierto a la gracia, cuando, con su ayuda, logró romper la dura y difícil corteza, ya está Dios derramando vida, infundiendo vida y haciendo labor de Dios, que a su tiempo se manifestará. Y esa manifestación nos hará ver la diferencia que hay de obra divina a obra humana. Y nos hará lamentar el tiempo que perdimos y el tiempo que pierden los hombres por no acertar a encontrar el manantial del agua viva que nos exalta y embellece. Que nos mejora y sublima. Que nos empuja a obrar, a amar, a hablar, a callar, a orar, con gemidos silenciosos e inefables, al Dios de la paz y de la santa soledad. Existe un leal deseo en muchas personas de ayudar al hombre a ser mejor, de solucionar problemas sociales, de elevar el nivel moral de las familias, de cooperar con la Iglesia en la grande y árdua tarea de redimir al mundo. Se busca el camino para llegar a esas metas y desafortunadamente se topa con uno fácil, corriente en todos los tiempos, que da un signo prevalente a la actividad humana sobre la divina y sitúa los medios naturales por encima de los sobrenaturales. Ha sido ésta una desviación funesta de antaño y hogaño en la Iglesia contra la que se han levantado las voces de sus Doctores y la del mismo Magisterio. Y así, si León XIII en su carta al Cardenal Gibbons del 22 de enero de 1899, condenaba el Americanismo, más de tres siglos antes escribía san Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia: «Adviertan, pues aquí los que son muy activos que piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que comience a envanecerse la sal, que aunque más parezca que hace algo por defuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios» («Cántico espiritual», canción 18. 3), En los tiempos críticos que está viviendo la Iglesia dejemos los caminos que nos llevan a la hecatombe y, asentados los criterios certeros, demos eficacia a nuestros trabajos por ella emprendidos, seleccionemos los que hayamos de acometer o proseguir, con lo que ganaremos en eficacia y en testimonio valorativo, pues, querámoslo o no, los hijos espirituales o carnales se parecerán, por una ley misteriosa, pero inevitable, a sus progenitores en uno y otro orden. 7. Oración y regalo no se compadecen Pero
no puede haber vida de oración sin vida de mortificación. Ni puede darse
verdadero progreso en la vida de oración sin un asiduo y constante ejercicio
de penitencia corporal y moral. ¡A cuántas almas el demonio tiene engañadas
haciéndoles creer que son buenas, que son santas! Pero, ¿cómo puede haber santidad
con un amor propio tan vivo? Esa penitencia debemos usar: la de macerar el
amor propio y la propia sensibilidad. A causa de la preeminencia que algunos
autores dan a las mortificaciones extraordinarias practicadas por algunos
santos, mucha gente tiene la idea de que estas cosas son esenciales para Tened por cierto que el progreso mayor y más rápido se hace con la mortificación de la memoria, de la imaginación y de las emociones y con la pronta y voluntaria aceptación de las humillaciones. Dar rienda suelta a nuestros propios pensamientos, complacernos en sueños de imaginación, construir castillos en el aire de vanidad, alimentar constantemente viejos recuerdos, fomentar nuestros descontentos, permitir que el orgullo herido dicte nuestros pensamientos, sentimientos o acciones, alimente los rencores y encone las cicatrices que nunca llegaron a cerrarse del todo, todas estas costumbres son fatales para la vida de oración. Por mucha penitencia corporal que se haga, mientras haya quejas o protestas, o busca de simpatías naturales, o deseos alimentados de venganza, en una palabra, brille por su ausencia la mortificación, nadie podrá ser íntimo amigo del Señor. Por eso no insistiremos nunca bastante en la vida de desprendimiento y de abnegación, de soledad y de recogimiento que requiere la práctica de la oración: la vida de oración. Es la oración una realidad que llena todo el ser y compromete toda la actividad interna y externa del hombre. El entendimiento, como la voluntad, los sentidos internos y los externos, el corazón, las fuerzas y todas las energías físicas, todo ha de estar comprometido si se quiere que la oración sea verdadera, constante, habitual, eficaz, fructífera y duradera. En
Es fácil que hoy, en nombre de una reforma falsamente entendida, se pretenda arrumbar, como pasados de moda, medios de ascética, enseñanzas de la Iglesia, doctrina de los maestros de la vida cristiana y vida de los santos. Por
eso es necesario que salgamos en defensa de la ascética y de Es necesaria la mortificación si quiere el hombre llegar a la unión con Dios. No puede haber verdadera oración sin constante mortificación. Sin ejercicio varonil de las virtudes, no puede haber vida de oración. Por eso hay tan pocos que hagan oración. Porque la oración es una vida de amor y de intimidad con Dios y no podemos servir a dos señores. Vida de disipación, vida de sentido y oración… oración fantasma la llamaría yo. Oración de fuego de cerillas que no soporta la mínima dificultad. Sin mortificación fuerte y constante, sin purificación total, sin humildad, sin desasimiento, como diría Santa Teresa, sin vivencia de fortaleza, pueden existir falazmente y fugazmente apariencias de oración, dilettantismo de oración, que conduce a un infantilismo en la piedad, pero no puede haber oración auténtica, que es don total del alma en respuesta al don de Dios en completa correspondencia de amistad. Oración es fidelidad, es mortificación, es constancia, es cruz. 8. Pedid y recibiréis Toda nuestra confianza en la oración se basa en las palabras de Jesús: «Todo lo que pidierais al Padre en mi nombre os lo concederá» (Jn 14, 13). «Pedid y recibiréis» (Lc 11, 9). Hay muchos grados de confianza en la oración: «Os doy mi palabra de que quien diga a este monte: "levántate y échate al mar" y no vacile en su corazón, sino que crea que se hará lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo, todo lo que pidáis rezando, creed que lo habéis recibido, y lo obtendréis» (Mc 11, 23-24). Éste sería el grado más alto de confianza. Cuando la fe es total y absoluta y ciega, se ora con más interés, se ora con avaricia. Decir una vez «Corazón de Jesús en Vos confío» es plantar un árbol. ¿Seremos tan indolentes que dejaremos la huerta sin plantar, pudiéndolo hacer con tanta facilidad? La gran pequeña Teresa del Niño Jesús es árbol plantado y regado y cuidado por tres generaciones que pedían a Dios un misionero. ¡Cuánto se perjudica a la Iglesia al no orar lo que se debe y lo que se puede! «Nunca es más útil un sacerdote a su parroquia que cuando está de rodillas a los pies del tabernáculo» (Pío XII). «Los pastores que abandonan el rebaño son los que no oran. Su falta de oración es una huida» (San Gregorio Magno, «Regla pastoral»). Es
la oración un misterio. Su influencia es pasmosa. Diríamos que la oración es
una corriente, un río manso de aguas fecundas que va fertilizando
lógicamente, con la lógica desconcertante de Dios, los caminos de las almas y
los mismos laberintos de ellas. Arquímedes pedía un punto de apoyo para
levantar «Quedóse, pues, Jacob solo, y un hombre estuvo luchando con él hasta rayar el alba. Como viese que no le podía, alcanzóle en la articulación del muslo, y se descoyuntó la articulación del muslo de Jacob mientras peleaba con él. Entonces dijo el personaje: Déjame marchar, pues raya el alba. Mas respondió Jacob: no te dejaré sino cuando me hayas bendecido. y él le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? y contestó: Jacob. Entonces aquél afirmó: Ya no será tu nombre, Jacob, sino Israel, por cuanto has luchado con Dios y con los hombres y has salido victorioso» (Gn 32,25 ss.). Ésta es la imagen perfecta de lo que puede la oración en el Reino de Dios: vencer al mismo Dios como lo venció Jacob. Moisés escucha a Yahvé en la cumbre del Sinaí: «Ve, baja, que tu pueblo, el que tú has sacado de la tierra de Egipto, ha prevaricado. Bien pronto se ha desviado del camino que le prescribo. Se han hecho un becerro fundido y se han prosternado ante él diciendo... Ya veo que este pueblo es un pueblo de cerviz dura. Déjame, pues, que se desfogue contra ellos mi cólera y los consuma». (Ex 32,7-10) Yahvé pide a Moisés que le deje, que le suelte, como cuando en una riña separan a los contrincantes y dicen ellos: déjame, soltadme, que lo aplasto. La oración de Moisés detiene el brazo de Dios. (Ex 32, 11 ss.) En realidad Dios cuenta en su Providencia con la colaboración de la oración. «En nuestra lucha contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dueños de estas tinieblas, contra los espíritus del mal que hay en los espacios cósmicos» (Ef 6, 12), conviene que tengamos presentes las siguientes palabras del primer libro de los Macabeos que tanta esperanza ponen en el corazón: "Cuando oyó Seron, jefe del ejército de Siria, que Judas había juntado mucha gente y que un grupo de judíos fieles combatía a su lado, se dijo: II Me haré famoso y adquiriré gloria en el reino combatiendo
a Judas ya los suyos, que no hacen caso del decreto del rey " ; y se
preparó y subió con él un poderoso refuerzo de impíos, para ayudarle y
vengarle de los hijos de Israel. Cuando se acercaban a la subida de Betorón,
les salió Judas al encuentro con pocas tropas. Éstas, viendo la armada que
venía a su encuentro, dijeron a Judas: "¿Cómo podemos nosotros, tan
pocos, pelear contra tan poderosa muchedumbre, y menos estando extenuados por
el ayuno de hoy?" Pero Judas contestó: "Fácil es que muchos sean
entregados en poder de unos pocos; ni ante el Dios del cielo hay diferencia
entre salvar con muchos o con pocos; porque no depende el triunfo bélico de
la muchedumbre del ejército, sino que del cielo viene la fortaleza. Éstos
vienen contra nosotros con una turba orgullosa e impía, para perdemos a
nosotros, a nuestras mujeres e hijos, y saqueamos; mientras que nosotros
combatimos por nuestras vidas y nuestras leyes. Dios los aplastará ante
nuestros ojos; vosotros, pues, no los temáis"» ( En
realidad nuestro poder radica en nuestra debilidad, que es lo que nos hace
clamar ayuda al cielo, desde donde a Dios le es fácil, inmensamente fácil,
otorgar a sus soldados fieles Si el soldado, confiado en sus provisiones de armas y en sus alimentos llegados de retaguardia, y en su ciencia, táctica y estrategia para vencer al enemigo, no creyese necesario pedir refuerzos a su Estado Mayor, se expondría a sufrir una derrota resonante si el enemigo resultaba ser más poderoso que él, y más sagaz y mejor preparado estratégicamente. Es lo que puede suceder al cristiano, soldado por cristiano, y al Apóstol, que lo ha de ser en todo momento. Hombre por hombre, fuerza por fuerza, cuerpo a cuerpo, sus enemigos son mejores que él. La ventaja la lleva en que tiene una promesa de ayuda pronta, radical, insustituible de su Estado Mayor, del Cielo, del Señor Dios, para quien no es problema hacer triunfar un puñadito de hombres sobre ejércitos aéreos, dotados de las mejores armas modernas. David con una honda y cinco piedras, en nombre del Señor de los ejércitos, decapita a Goliat, armado hasta los dientes (I S 17,45-51). Cuando
nos vemos acosados por los enemigos de dentro y con un ejército de paganismo
con quien luchar ya quien vencer, con escasez de medios materiales, y con nuestro
fardo de miserias humanas, es noticia que levanta nuestro moral, la que nos
da el Espíritu Santo en este pasaje de los Macabeos, que para Dios es coser y
cantar dar la victoria a los suyos: Fácil es que muchos sean entregados en
poder de unos pocos. ..; porque no depende el triunfo bélico de la
muchedumbre del ejército, sino que del cielo viene la fortaleza» ( Una
oración, por ejemplo como Jairo obra a impulso de una fe. El amor de padre le ha arrastrado a los pies de Cristo y una vez allí ha demostrado que tiene en Él una confianza que no ha tenido nadie. Por eso le va a pedir algo que no se atreve nadie a pedir a nadie: que resucite a su hija. Si hoy la ciencia, que tiene 20 siglos de progreso, no es capaz de lograr este hecho singular, ¿cómo podría antojársele a aquel hombre solicitar petición de tal maravilla ni a los más famosos médicos de su tiempo? Pero se la pide a Jesús. Y espera que Jesús podrá resucitar a su hija sin medios materiales: «pon tus manos sobre ella y vivirá» (Mt 9, 18). Ese hombre está diciendo que Jesús puede más que los médicos, más que todos los hombres; que puede hacer lo que es imposible a las fuerzas naturales. Lo que es lo mismo: está confesando con su petición extraordinaria, que Jesús es Dios, para quien no hay imposibles. Eso es la fe en la oración, que obtiene un resultado. Jesús le concede lo que el padre ha pedido. «Si tuvierais fe como un grano de mostaza diréis a este monte arráncate y tírate al mar y el monte os obedecerá...» (Lc 17,6). Si tuviéramos fe. .. Pero esa fe no se puede comprar con dinero. Como a la hija muerta sólo Dios la pudo resucitar, a nosotros sólo Dios nos puede dar la fe. y nos la da si tenemos fe para pedirle fe. «Porque si vosotros, siendo malos dice Jesús -, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13). Jairo, jefe de la Sinagoga, ¡qué lección nos das postrado ante Jesús! Confiesa que Él se la puede devolver. Está apenado porque su hija acaba de morir y no se desespera, no lo ve todo perdido. ¡Cuántos en semejantes circunstancias, y en otras no tan definitivas, pierden su moral, dejan de actuar, lo ven todo imposible! Jairo tiene una audacia tal, que ni ante la última carta jugada y perdida, quiere perder el juego... y acude al único que le puede hacer ganar la partida, ¿quién le dio tanta sagacidad? El amor a su hija le hizo esperar lo imposible. Su fe en Jesús le trajo el milagro de su hija resucitada. Jairo amigo, déjanos que copiemos tu gesto para pedirle al Señor de todas las circunstancias la solución de todos los problemas. 9. Porfiad llamando ¿Pero aún no hemos comprendido que para Dios no hay problemas? ¿Cuándo nos convenceremos de que si puede con la muerte, nada se le puede resistir? ¿Que no nos lo concede a la primera? ¡Ah! Él quiere probar nuestra fe. Él quiere verse rogado, sentirse llamado. Él quiere que madure el fruto. Quiere preparamos para llenamos. Cada oración es un rayo de sol sobre la flor primeriza de un abril tempranero. Cada súplica es un golpe de hacha sobre el tronco del añoso pino. Cada gemido del corazón es un tirón de la cuerda en la polea. Sólo Él puede saber cuántos rayos de sol, cuántos golpes de hacha, cuántos tirones hacen falta para que la fruta entre en sazón, el pino caiga en redondo, la cuerda llegue hasta lo alto... No
desmayemos. Hoy y mañana. Mañana y pasado mañana. No desesperemos. Cuando
menos lo esperemos, lo tendremos todo en nuestras manos. Aunque sea la
resurrección de un muerto. A Jairo le llegó la hora del milagro, en que vio
coronado el triunfo de su fe y de su humildad. La pequeñez humana necesita
una fuente de consuelo en su angustia. Si buscamos un paradigma del hombre en
cuanto a la debilidad de su naturaleza, sujeta al dolor y destinada a la
muerte, lo encontraremos en Job. Aquí en la tierra está el hombre como en el
servicio militar, deseando que llegue el día del licenciamiento, porque su
vida en campamento es dura. Por eso suspira por Todos nosotros que ahora gemimos con Job llorando nuestra enfermedad, deseando nuestra reconstrucción y anhelando ser repatriados, seremos escuchados por el Señor y curados de nuestros males y llevados a la patria feliz, a la casa del Padre. 10. Oración transformativa Ese hombre que vemos tan feble en Job y, que la experiencia nos comprueba, es un ser llamado a ser divinizado, a convertirse en Dios... Ahora nos preguntamos si esa transformación se ha de operar espontáneamente o de una manera mágica. No hay espontaneidad ni arte de magia. Se
logra esta transformación por un proceso que es normal en todo cambio de
forma en los seres: Pérdida de la primera y adquisición de la segunda, o
nueva. Perder la primera forma es morir a Es
necesario que el Cristo padezca y muera para llegar a la gloria: Por eso
Cristo, en signo de esta muerte, curaba a los enfermos y expulsaba demonios. Dejaba
el alma en vacío de su anterior ser: era conducida por el espíritu del
demonio y ahora era cogida de la mano y levantada por el Señor. Jesús curó Y como su misión era ésa: lograr que los hombres se hiciesen dioses y la solución estaba en la oración, se fue a predicar para enseñar a orar: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí que para eso he venido» (Mc 1, 29). Y sigue predicando en Pablo, que, con el espíritu de Cristo «se hace todo a todos para ganar, sea como sea, a algunos» (1 Co 9,22). Y no predica por su propia voluntad o siguiendo sus aficiones sino porque le empuja la caridad de Cristo. Lo hace por el Evangelio que tiene que hacer llegar a todos y para eso él lo medita, lo contempla, porque quiere también que en él se logre la transformación que cambie su corazón en el de Cristo. Cor Pauli, cor Christi. La oración será la celdilla donde se obra el cambio de forma; de humana en divina, donde el gusano de seda pasará a ser graciosa mariposilla (bis Santa Teresa. 5 Moradas, 2, 2-3). Si queremos vivir según el espíritu es necesario que entremos en este estudio, donde se va trasvasando la luz de Dios, hecha añicos la tiniebla que nos oscurecía. Oración, taller. Oración, alquimia celeste. Oración, capucho del gusano donde aparentemente muere para cobrar una forma más bella y espiritual. Oración sauna donde se eliminan las toxinas que envenenan la sangre. Oración, fuego donde el madero verde pierde la humedad y se dispone para ser embestido por el fuego de Dios. Debemos seguir con Pablo enseñando a los hombres el medio de ser transformados en Dios, y esto mediante la predicación y la muerte, quizás algunos nos oigan y se aprovechen. Si no moramos el tiempo debido en el alcabor de la oración no perderemos nuestra forma humana viciada, no adquiriremos la espiritual forma de los llamados a ser hijos de Dios. Porque se logra en ella la metanoia, que es la muerte del hombre viejo, condición sine qua non para que nazca el hombre nuevo a imagen de Jesucristo. Esa
manera nueva de vivir, de sí no comporta ninguna manifestación en el hombre
de un modo corporal o visible. Cambia únicamente el espíritu que anima al
hombre pero le deja en su misma actividad. Pedro seguirá siendo pescador,
pero de hombres. Ejerciendo la misma actividad, cambia el objeto de la misma
y el fin que se propone y los motivos por los que Es así como el hombre dejará de ser ese desgraciado que dice Job y pasará a ser el hombre nuevo, tras la metamorfosis que Dios operó en él por virtud de su contacto por el amor, «hasta su manifestación en la gloria donde ya seré visto como soy y le veremos no como en un espejo sino cara a cara y tal cual es» (1 Co 13,12). 11. Todos contemplativos En el año Centenario del nacimiento de santa Teresa del Niño Jesús, 1973, el Papa Pablo VI decía en carta dirigida al Obispo de Bayeux, ya citada en otro lugar de este libro («Santa Teresa del Niño Jesús y las necesidades de nuestro tiempo», cap. IV, 23). «En nuestra época la intimidad con Dios sigue siendo un objetivo principal pero difícil. »En efecto se ha lanzado la sospecha sobre Dios; se ha calificado de alineación toda búsqueda de Dios por sí mismo; un mundo ampliamente secularizado tiende a seo parar de su fuente y de su finalidad divinas la existencia y la acción de los hombres. y por tanto, la necesidad de una oración contemplativa desinteresada, gratuita, se deja sentir cada vez más. »El mismo apostolado, a todos sus niveles, debe echar sus raíces en la oración, alcanzar el corazón de Cristo, bajo pena de disolverse en una actividad que no conservaría de evangélica otra cosa que el nombre. »Frente a esta situación, Teresa, sigue siendo, ante todo, aquella que ha creído apasionadamente en el amor de Dios, que ha vivido bajo su mirada los menores detalles cotidianos, marchando en su presencia; que ha hecho de toda su vida un coloquio con el Ser querido, y que ha encontrado en Él, no solamente una aventura espiritual extraordinaria, sino el lugar en que alcanzaba los horizontes más amplios y participaba íntimamente de las preocupaciones y necesidades misioneras de la Iglesia. »Todos los que actualmente están buscando lo esencial, que presienten la dimensión interior de la persona humana, que buscan el soplo capaz de suscitar una verdadera oración y de dar un valor teologal a toda su vida son invitados por Nos a ser contemplativos o apóstoles, a volverse hacia la carmelita de Lisieux. Ella constituye una guía incomparable por los caminos de la oración». ¡Qué lejos de la realidad estaba aquella hermana que en las horas de agonía de santa Teresa del Niño Jesús dijo que la Priora chocaría con la dificultad de no saber qué decir porque bien poca cosa había hecho aquella religiosa!… Así
sucedió. Aplicábanle botones de fuego en el costado. Un día que por esta
causa había sufrido extraordinariamente, y mientras descansaba en la
recreación, oyó decir en la cocina: «No tardará en morir Y es el mismo Pontífice el que invita a todos a ser contemplativos ya volverse hacia la Carmelita de Lisieux, seguro de que no cesará de realizar sobre la tierra todo el bien que prometió como predijo la Santa antes de morir: «Presiento que mi misión va a empezar, la misión de hacer amar a Dios como yo le amo… la de enseñar mi caminito a las almas pequeñas. Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra» («Historia de un alma», Casulleras, Barcelona, cap, XII, pág. 248) «Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas» (ter Ibid, pág, 247) 12. Oración sencilla de Santa Teresa del
Niño Jesús Dice el Papa en el documento repetidas veces citado que el Centenario del nacimiento de Teresa se presenta como una luz providencial. y augura el Papa: iQue su proximidad a Dios y la sencillez de su oración arrastren los corazones a buscar lo esencial! ¡Que su esperanza abra el camino a los que dudan de Dios o sufren sus limitaciones! ¡Que el realismo de su amor eleve nuestras tareas cotidianas y transfigure nuestras relaciones en un clima de confianza en la Iglesia! «Y desde lo alto del cielo, no lo dudemos, santa Teresa del Niño Jesús a lo largo de este año jubilar, no dejará de realizar sobre la tierra todo el bien que prometió». Escribir de la oración de santa Teresa del Niño Jesús es una cuestión difícil. ¿Qué podemos decir nosotros de su oración? ¿Qué podemos saber de la vida de intimidad de dos enamorados? Eso queda para ellos. «Las mejores páginas de mi vida no se leerán en la tierra». y éstas son las mejores páginas de su vida. No las podemos leer. Los requiebros, la fuerza, el vigor que le llegó a Teresa a través de su oración, queda para el Esposo y la esposa. Sí
sabemos positivamente que su oración es sencilla; «para mí la oración es un
impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de
gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de «Este
año, el 9 de junio, fiesta de »Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas a la Justicia de Dios a fin de desviar y atraer sobre sí los castigos reservados a los culpables. «Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero me sentí muy lejos de ser llamada a realizarla en mí. »¡Oh, Dios mío! -exclamé desde el fondo de mi corazón- ¿sólo vuestra Justicia recibirá almas que se inmolen como víctimas? ¿No tiene también vuestro Amor Misericordioso necesidad de ellas? En todas las partes es desconocido o rechazado, los corazones a los que deseáis prodigárselo se vuelven con miserable afección hacia las criaturas pidiéndoles la felicidad, en lugar de arrojarse en vuestros brazos y aceptar vuestro amor infinito. »¡Oh, Dios mío! ¿Deberá vuestro amor despreciado quedarse solitario en vuestro corazón? Estoy convencida de que si encontraseis almas que se ofreciesen como víctimas de holocausto a vuestro amor, las consumiríais dicho. so de no veros obligado a reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en Vos. »Si a vuestra Justicia -que sólo se extiende a la tierra- le gusta descargarse ¿cuánto más deseará vuestro amor Misericordioso abrasar a las almas, puesto que vuestra Misericordia se eleva hasta los cielos? »¡Oh, Jesús mío! ¡Que sea yo esa víctima feliz!, consumid vuestro holocausto con el fuego de vuestro divino amor. »Madre mía querida: Vos que me permitisteis ofrecerme de este modo a Dios, conocéis los ríos, o mejor los océanos de gracia que han inundado mi alma. ..¡Ah! desde aquel día feliz, siento que el amor me penetra y me rodea. Me parece que ese amor misericordioso renueva y purifica a cada instante mi alma, no dejando en ella traza de pecado» (Ibid. 8, 23, pág, 258-259). «Algunos días después de mi Ofrenda al Amor Misericordioso, al empezar en el coro el Vía-Crucis, me sentí herida de repente por un dardo de fuego tan abrasador , que creí morir. No sé cómo explicarlo. Era como si una mano invisible me hubiese hundido enteramente en el fuego. ¡Oh, qué fuego y qué dulzura al mismo tiempo!» (Ibid. Apéndice II, 6, pág, 406-407) Hablar de la naturaleza de su oración tiene corto campo. Lo más que podemos decir es la frase del Papa: «La sencillez de su oración». Su oración es continua. Una cosa es el acto de oración y otra el hábito. Ella tiene un espíritu de oración al cual le ha llevado su oración diaria. Quizá se duerme durante la misa, o no le den suficiente tiempo para dar gracias después de la comunión, pero se pasa el día con Dios, en su dulce intimidad. Sufrirá sequedades y aridez frecuentemente... no olvidemos que ella abre un camino que han de seguir las almas pequeñitas. y las almas pequeñitas no tienen cosas extraordinarias. Coge el Evangelio, lee unas palabras y las escucha en su corazón. Los libros la dejan seca. «He aquí mi oración. Pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan estrechamente a sí que sea Él quien viva en mí. Creo que cuanto más me abrase el corazón el fuego del amor, con tanto mayor fuerza diré: " Atráeme". Y cuanto más se acerquen las almas a mí -pobre trocito de hierro inútil si se aleja del brasero divino -, con tanta mayor ligereza correrán estas almas al olor de los perfumes de su Amado» (Ibid. 10, 40, pág. 377). El apostolado de Teresa arranca de su oración. «Todos los santos lo entendieron así, y más particularmente los que llenaron el universo con la luz de la doctrina evangélica. »¿No fue acaso, en la oración, donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás, san Francisco, santo Domingo y tantos otros ilustres amigos de Dios aprendieron la ciencia divina que causa admiración a los más grandes genios ? »Un sabio dijo: dadme una palanca, un punto de apoyo y levantaré el mundo. Lo que Arquímedes no pudo lograr, lo lograron los santos en toda su plenitud. El Todopoderoso se les dio a sí mismo por único punto de apoyo. Y por palanca la oración, que enciende en fuego de amor los corazones. Así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra, y así lo levantarán hasta el fin del mundo los santos que vengan» (Ibid. 10, 41, pág. 378-379). Creo que si hemos podido decir poco de su oración queda claro con estas palabras el concepto que de ella tiene. Es bien seguro que si en todas las comunidades eclesiales lográsemos que cada alma elevase al cielo diariamente una oración por pequeña que fuese, veríamos pronto la luz de la primavera. 13. La sequedad en la oración En
medio de la sencillez tiene también su entrada Voy
a analizar. He venido aquí. Mi voluntad ha arrastrado el cuerpo. Eso es lo
que vale. Éste es el obsequio que le hago a Dios con tal de que mantenga
después el esfuerzo de estar en su presencia con todo mi ser y no sólo con mi
cuerpo, ausente Mi ser ante Dios, sienta o no sienta, pues no es eso lo que interesa. Lo que me interesa es que a Él le gusta y yo hago lo que a Él le agrada, prescindiendo de mi gusto. Le hago compañía. Monto la guardia ante Él. Él es lo suficientemente grande como para que me queme ante Él. He venido a estar con Él. Si Él me convida me quedaré a comer. Si no lo hace me quedaré en ayunas. Si me da de comer dulces y turrón y una copita de licor, lo aceptaré y diré gracias, te lo agradezco, pero yo no he venido por el turrón, he venido por Ti. Si me da acelgas o nabos hervidos, me los comeré con paciencia y ¡no se acaban! ¡pero qué pastosos!... ¡cuidado con tirar el bocado! ¡lo tragaré todo! Y ni iré a la oración por el turrón ni dejaré de ir por los nabos ni porque no me da ya turrón. ¡Vamos, que eso no es delicado! Que vayamos a que nos conviden y dejemos de ir porque ya no nos convidan... Hemos de ir porque es nuestro deber y porque le amamos. Nuestra oración ha de ser tan desprendida como las tres primeras peticiones del Padrenuestro. Y, a lo mejor, nos sucede como en Caná, que primero sirvieron el vino malo y después va Él y nos regala con el bueno, cuando ya no lo esperábamos y todo junto. Aunque la comparación no es exacta por cuanto la sequedad no es vino malo, sino para entender que el regalo puede venir a la postre. 14. Pasado, presente y futuro de la
oración a) La palabra de los Pontífices «¿Se reza hoy? ¿Sabe rezar el hombre moderno? ¿Siente la obligación de hacerlo? ¿Siente afecto siempre por las formas de oración que la piedad de la Iglesia, aun no declarándolas oficiales, es decir, propiamente litúrgicas, nos ha enseñado y recomendado tanto, como el rosario, el vía crucis, etc., y especialmente la meditación, la adoración eucarística, el examen de conciencia. la lectura espiritual?» Es Pablo VI quien pronunció estas palabras en la audiencia general del 14 de agosto de 1969 en la que propugnaba la necesidad de retornar a la oración personal. «Porque debemos reconocer que la irreligiosidad de tantas personas de nuestro tiempo hace muy difícil el encender la plegaria fácil, espontánea, jubilosa, en las mentes de nuestros contemporáneos». De los mismos labios de Pablo VI salían años después, el 22 de agosto de 1973, estos lamentos que tienen todo el valor de un diagnóstico. Y estos otros tan realistas: «No se quiere orar ya, no se sabe orar, muchísimas gentes no rezan y por motivos terribles pero falsos. Conocemos la gravedad de esta afirmación, la cual se refiere a la gran polémica con el ateísmo práctico y con el ateísmo teórico de nuestra época» (Pablo VI, 30 enero 1974). Sería muy largo citar al mismo Pontífice que repetidas veces en sus discursos y alocuciones expresaba su dolor ante esta catástrofe que le atormentaba. Podríamos llenar muchas páginas con sus textos sagaces, religiosos, profundos, pero no es éste el momento. También
Juan Pablo II ha dicho ya, en el corto tiempo que preside la Iglesia, que «se
ha discutido mucho y se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor
para realizar el mismo sacerdocio a través de Habla
él con la autoridad que le da su vida, porque Juan Pablo II, como ha dicho
Mns. Moreira Neves, Secretario de Lo que los Papas han dicho no lo han dicho de ahora mismo. El mal viene ya de lejos. b) La palabra de los Obispos y Superiores Generales También
los obispos han hablado. Recientemente el Primado de Bélgica y Presidente de somos como los niños del cuento de Kafka, muertos por haberse dejado encerrar en una caja cuya tapa nadie se preocupó de levantar. Sufrimos, desde varios siglos, de un complejo de Edipo. Cueste lo que cueste debemos redescubrir la noción de padre, e] calor de un Padre. Sin ella el viejo continente cristiano se enfría día a día». Si Dios ha muerto porque lo hemos matado, ¿a quién orar? Algunos Superiores Generales de órdenes Religiosas han detectado lo mismo. Por dar un ejemplo, sólo uno, llegado desde una Orden especialista de la oración, e] Carmelo Reformado, citemos la conclusión a que llegó en 1967 el Capítulo General, tras el análisis de la encuesta a nivel internacional. «Todos
afirman que hay entre nosotros una verdadera crisis de oración; crisis que no
sólo es negativa. Por otra parte nos pone sinceramente ante la realidad de
una serie de dificultades objetivas y nos obliga a confesar humildemente que
en la Iglesia damos poco testimonio de oración» (De Pablo Maroto, «Dinámica
de c) La oración en |