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CAPITULO VI LA
OBEDIENCIA |
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1. Sin fe no hay obediencia En un tiempo en que los Pontífices carecían de la preponderancia espiritual que ha adornado y sigue adornando a los Pontífices modernos, san Ignacio impuso a su Compañía el cuarto voto de obediencia al Papa. Aquello era fe, fe que se remontaba por encima de todas las miserias humanas y confiaba en la gracia que endereza todos los renglones, por torcidos que sean. Desgraciadamente hoy, aquí y allá, pululan hombres ensoberbecidos que, por lo mismo, se incapacitan para ese abismo de la fe absoluta, desnuda, pura e incondicional, que sabe abandonarse a la acción de la Providencia que habla, corrige, alaba, exhorta, condena por boca de sus Vicarios. La
práctica de la obediencia exige humildad. Pero una y otra son imposibles sin
la radicalidad de Fe y muerte de Dios se excluyen. Por eso más o menos las consecuencias de la pretendida muerte de Dios se han notado en nuestras filas. En 1961, en los Estados Unidos, un periódico estudiantil de confesión metodista llegó a publicar una necrología de Dios. Decía así: «Atlanta (Georgia) 9 de noviembre. Dios el Creador del Universo, la deidad de los judíos del mundo entero, la suprema realidad de los cristianos y la más eminente de todas las divinidades, murió ayer hacia el final de la tarde durante una grave intervención quirúrgica realizada con el objeto de corregir el descenso masivo de su influencia. Las primeras reacciones en el mundo han sido de incredulidad, tanto en el hombre de la calle como en los dirigentes. El expresidente Truman recibió la noticia en casa de su peluquero, en Kansas City, y declaró: Siempre me quedo consternado cuando me entero de que alguien acaba de morir; es francamente desagradable». ¿Cómo obedecer a Dios en el superior, si Dios ha muerto? Por otra parte en determinados ambientes ha privado más la importancia de la castidad, que la de la obediencia, con ser ésta una virtud superior. Claro que la obediencia está por debajo de las virtudes teologales que nos unen con Dios, pero en seguida, y por encima de las morales, está ella. Porque sacrifica a Dios, en la persona del superior, un bien de categoría mayor que el que sacrifica la pobreza y la castidad: el bien de la voluntad libre, que se somete incondicionalmente a la Voluntad de Dios. 2. El nacimiento del cenobitismo Los anacoretas y ermitaños que, viviendo solitarios, no tenían superior, hacían durísimas penitencias, pero porque ellos querían. Era su voluntad la que decidia. Fue una mayor purificación del Espíritu la que trajo el cenobitismo que, sin austeridades extraordinarias, inmolaba su voluntad, facultad espiritual, la superior del hombre y, por tanto, la más noble y por eso, su sometimiento más meritorio. San Pacomio, nacido el año 292 en la Tebaida superior y convertido del paganismo, se entregó a la vida anacorética junto al solitario Palemón. En ella tuvo ocasión de observar la desorientación de muchos anacoretas y los peligros de la vida solitaria, privada de todo aliciente humano y expuesta a las ilusiones de la propia voluntad. De todo ello se valió el Espíritu Santo para organizar el cenobitismo que tenía la mejor garantía de luchar contra el enemigo número uno de la santidad, que es la propia voluntad. y así surgió el primer monasterio pacomiano en Tebenesia, lugar de la Tebaida, alrededor del año 320. Los monjes se obligaron a obedecer a un superior, en quien Dios se personificaba. Ave, Christe, decía interiormente Dom Columba Marmión inclinándose ante su Abad, con el respeto y amor que lo haría ante la persona de Cristo. Una obediencia iluminada rinde, no sólo el trabajo mecánico, que como trabajo de esclavos no constituye obediencia, sino la parte superior del juicio y de la voluntad, sometiéndola, con desprendimiento total y ausencia de miras humanas, obedeciendo racionalmente y no automáticamente. Cuantas menos cualidades tenga el superior, y más ingrata sea su orden a la naturaleza, más sobrenatural la obediencia y, por tanto, más meritoria. Voluntad
identificada con Cuando el padre García de Toledo impone a santa Teresa el mandato de escribir las Moradas, ella no tiene ganas de escribir, sufre fuertes dolores de cabeza, y piensa: «la obediencia dará fuerzas, y si no sirve para nada lo escrito, con mi cansancio y aumentar los dolores de cabeza, habré salido ganando» («Moradas», Prólogo) y esto es lo que le dio fecundidad a ese libro sublime, que salió de su pluma, pero de la mente del Espíritu Santo. No quiere esto decir que el súbdito no pueda en un momento determinado manifestar al superior las dificultades serias que encuentra para realizar la obediencia. Puede
y debe, salvo casos excepcionales en que el Espíritu Santo pida claramente Pero debe ser objetiva la manifestación, sin que se camufle el propio deseo y la propia voluntad porque, en caso contrario, ya estaría viciando la obediencia y obstaculizando la perfección. Son los pueblos más civilizados los más predispuestos a la obediencia, los menos conspiradores y detractores de la autoridad, porque tienen más costumbre de ver que el superior tiene una visión más amplia y mejores consejeros y miras más elevadas. Ve desde un vértice más alto y por eso su vista es panorámica y se dirige mejor al bIen común. Lo mismo ocurre en las comunidades donde los más inteligentes son, si no están tocados de soberbia, los más obedientes. La anarquía es de pueblos salvajes y de comunidades infraformadas. Las personas religiosas desobedientes no son felices, siempre se quejan, descontentos, ni tienen paz ni dejan a nadie en paz y promueven el descontento y la insubordinación y, a veces, el escándalo. La mansedumbre y la humildad crecen con la obediencia y, con ellas, la alegría y la paz. 4. Obediencia para todos La
influencia del medio ambiente nos hace mucho daño porque no tenemos el mundo
bajo los pies. Y el mundo está así. No piensa santa Teresa. De la
independencia y de la obediencia como piensa el mundo: «Lo que parece nos
haría mucho provecho a las que por la bondad del Señor están en este estado
es estudiar mucho en la prontitud de la obediencia; y aunque no sean
religiosos, sería gran cosa, como lo hacen muchas personas, tener a quien
acudir para no hacer en nada su voluntad, que es lo ordinario en que nos
dañamos. Y no buscar otro de su humor, como dicen, que vaya con tanto tiento
en todo, sino procurar quien esté con mucho desengaño de las cosas del mundo»
(«Moradas Terceras», 2, 12). Prontitud de la obediencia, no cualquier
obediencia, por tanto, sino la pronta, la rápida, la decidida y constante, y
esto aunque no sean religiosos, cuánto más siéndolo, a fin de no hacer jamás
su propia voluntad, lo cual es sumamente meritorio y totalmente seguro. Hoy
se creen maduros y llegados a la mayoría de edad, y mirad santa Teresa si era
grande y no deja de obedecer y recomendar para mérito mayor Obediencia pronta en todo. Pero esa obediencia, que es tan necesaria hoy en todas partes, más que ninguna otra virtud, puede desviarse y quedarse en una obediencia material cuando se obedece rutinariamente sin ejercitar la fe al obedecer como de quien se somete en aquel acto y en todos a Dios en su superior. Se desvirtúa cuando se critica por fuera o por dentro, o cuando parece que obedece pero hace su voluntad, o cuando busca que le manden la que le gusta o quiere, o cuando se murmura. ..y no sólo no se obedece sino que se quitan ánimos a los demás. O cuando sólo se quiere obedecer hasta el tope de lo mandado y nada más, la cual sería un rabinismo de apego a la letra sin entrar a gustar el espíritu. Hay
que prevenir el seudomisticismo de creer que el Espíritu Santo nos inspira
algo contra Hay que tener cuidado también de no conseguir por nuestras artes que el superior nos mande la que nosotros queremos, eso no sería obediencia sino camuflaje de la obediencia y amor propio refinado y egoísta a tope. Hay veces que el superior o la superiora ya no se atreve a mandar porque sabe que le van a llover protestas y no se siente con vocación de mártir. Cuando se llega a ese punto todo se ha destruido ya. No queda nada de espíritu. 5. Cristo, supremo Modelo de obediencia En
Cristo tenemos el supremo modelo de obediencia. Porque pensamos y decimos
muchas veces que Cristo, sí, era Dios. Como si no le resultara difícil
aceptar el dolor, la humillación, la desconfianza… ¿Qué
nos dice esta actitud de Cristo? ¿A nosotros, criaturas humanas como Él, que
nos vemos acorralados en la vida por dolores tan diversos? Que no nos
desalentemos. Que sigamos, que confiemos en su fuerza. Que se la pidamos,
como Él, al Padre... Presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de
la muerte (Hb 5, 7). Nos está permitido que pidamos que pase el cáliz, que
expongamos a Dios nuestras repugnancias... pero no creamos ni esperemos que
nuestra oración nos librará de sufrir. A Jesús no le ha librado de Jesús
aprendió a obedecer sufriendo. Soportó todo lo inherente a la humana
naturaleza. Dolor, lágrimas, frío, calor, humillación, traición,
incomprensión, persecución, cruz, muerte. Así aprendió a realizar la voluntad
de su Padre. No obedeció cosas fáciles sólo. Obedeció cuando la virtud de la
obediencia le exigía sufrimiento. Estamos todos dispuestos a obedecer lo que
nos puede hacer protagonistas de novela rosa. Nos resistimos a protagonizar
la tragedia de la renuncia, que el amor propio sea triturado y vencido. Y
nuestro seguimiento de Cristo pide obediencia en todo. También en lo que nos
contraría, en las circunstancias adversas, que están manejadas secretamente
por Dios, que utiliza a sus criaturas como instrumentos de purificación. Si
no queremos obedecer en lo duro, nunca llegaremos ni a la purificación ni a «Esto dice el alma porque en el sabor de vida eterna que aquí gusta siente la recompensa de los trabajos que ha pasado para llegar a este grado. En el cual, no sólo se siente debidamente pagada y satisfecha, sino premiada con creces. Entiende bien la verdad de la promesa del Esposo en el Evangelio que daría «ciento por uno» (Mt 19, 29). Ninguna tribulación, tentación, penitencia, ni cualquier sufrimiento soportados en este camino deja de recibir cien veces más de consuelo, deleite, etc., en esta vida. Muy bien puede ya el alma decir: «y toda deuda paga...» («Llama de amor viva leída hoy», c. 2, 23.) Sólo la obediencia suave y dulce, aunque sea mortificante y de crucifixión, nos dará la salvación y la fecundidad. 6. Una página autobiográfica Las cinco de la tarde y acaba de llegar el cartero. Éste es un momento siempre grato, abierto a una auténtica aventura. Con mano nerviosa empuño el cortapapeles, que se ceba en la primera víctima: un sobre azul tirando a verde con el membrete garboso del Obispado que parece guiñar un ojo con revoltosa ironía. La media firma acelerada del encargado del registro, pone una nota cómica de seriedad a la burlesca y descarada risa del sobre abierto, que activa más mi impaciencia: ¿qué pedirán en el obispado? ¡Qué bien se gobierna desde un despacho confortable, y se dan órdenes enigmáticas vestidas de azul desde las oficinas del Palacio Episcopal!... Esto me sugiere al oído del alma un rebelde demoniete negro, mientras me salto la lectura del membrete y de la fecha y del encabezamiento para llegar hasta el veneno: «A Ud. le ha tocado en suerte, para este mes de febrero el siguiente tema: La sumisión a la Jerarquía... su trabajo se ajustará… Hará lo posible por remitírmelo antes de finalizar el corriente mes». Leo mecánicamente lo que sigue y se me ocurren múltiples protestas para incumplir o demorar la orden y voz de Dios doblada por un Presidente calvo, y con gafas. La voz de Dios, la orden de Dios. ¿He dicho la voz de Dios? Sí, sí. «Quien a vosotros oye a Mí me oye, quien a vosotros desprecia a Mí me desprecia» (Lc 10, 16). Recuerdo cuando el otro día desde el ambón citaba estas palabras a mis fieles sumisos que habían de ver en mí a Jesús, recuerdo que jalonaba en tres personas consagradas la obediencia a Jesús: Cuando obedecéis al Párroco o desacatáis sus palabras, cuando al Obispo, cuando al Papa, a Jesús obedecéis, o sus palabras desacatáis, les decía. ¿Y si lo empezara a practicar yo? Porque no las dijo e Maestro para imponerlas a mis tardos feligreses en exclusiva, porque ellos tienen un Cristo inmediato, pero mi Jefe es el Obispo, búcaro opulento, don regio, dulzura maternal de un Dios. Amor que llena con su gracia un corazón de carne y multiplica en sus palabras la Palabra de Dios. «Quien a vosotros oye a Mí me oye... Quien a vosotros desprecia, a Mí me desprecia» (Lc 10, 16) redoblan en mis oídos las palabras que san Lucas recogió de los labios de Jesús. Son como el alerta de un clarín de plata que tuerce el corazón: Escribirás, sí, escribirás esas cuartillas que te van a salir deslabazadas, ya lo sé, pero ¿eso qué importa? Lo que importa es que obedezcas para que sepas mandar. Predicarás la obediencia con mayor verdad. Escribirás, escribirás... y obedecerás al Prelado cuando te mande directamente y cuando lo haga a través de sus hombres, porque así trabajas para Dios, das tu nota en el acorde jerárquico, multiplicas la cosecha, tiras por la borda la red de la tentación de aquel demoniete negro, consuelas a tu Obispo, y vencerás, vencerás porque en tu trabajo estará Él, Jesús, tu Jefe, para fecundarlo. IR VOLVER AL INDICE DE LIBRO CAMINOS DE LUZ : INDICE |
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Caminos de Luz Editado por: Caminando-con-Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |