CAPITULO VII

LA FE

 

 

I. La fe, relación personal con Dios

La fe es algo más hondo y personal que el asentimiento sicológico a cierto número de verdades. En el acto de fe encontramos dos personas que se relacionan, o, hablando con mayor propiedad teológica, cuatro. Es la Verdad personal de Dios que se manifiesta, promete y exige una respuesta del hombre.

Se ha dicho un poco inconsideradamente que la fe es un salto en el vacío. y no hay tal salto en el vacío cuando se entrega el hombre a corresponder a la iniciativa de Dios, sino la seguridad de apoyarse en la Roca firme y misteriosa, en el Dios vivo y verdadero y el experimentar incesantemente su solidez.

Siendo la fe la relación entre Dios y el hombre, la fe se hace historia y progreso. Ocurre con ella lo que con el amor entre dos personas: que día a día se va profundizando en el conocimiento mutuo y en la relación de ambos. El misterio de la persona amada es algo en lo que se va ahondando poco a poco.

La fe es susceptible por tanto de un crecimiento, o de un retroceso. Es un germen vital. La fe es una vida, no es una piedra. La fe es una criatura que debe crecer y que, como toda vida, tiene sus leyes de crecimiento cuyo desconocimiento o abandono puede originar su enfermedad, e incluso la muerte. y tratándose de la raíz de la vida cristiana se comprenden las consecuencias que ésta puede acarrear.

2. Abraham, el hombre de fe

Hablando de la fe, razonando sobre la fe, no podemos dejar de contemplar al padre de la fe, al Patriarca Abraham. Es el creyente perfecto, el prototipo. Mirar el esquema de su vida de fe, puede damos mucha luz para comprender lo que ella comporta.

«Dios sacó afuera a Abraham y le dijo: mira el cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: Así tu descendencia. Abraham creyó al Señor y se le contó en su haber» (Gn 15,5-6; Ga 3,6).

Abraham nada vio de cuanto Dios le decía, no veía ni siquiera el germinar de esta descendencia. y lo que veía estaba en contra de lo que Dios le prometía, porque Abraham no tenía hijos, pues Sara, su mujer, era estéril.

Pero allí estaba la promesa de Dios ¿cómo reaccionará Abraham? Ya lo sabemos, pues por algo es el padre de la fe. Y por que Abraham creyó a Dios se le contó su fe en su haber (Gn 15,5-6). Con ese acto de fe glorificó Abraham a Dios.

En primer lugar fijémonos en que la iniciativa en el cumplimiento de Abraham la tiene Dios. Abraham vive en Ur de los Caldeos, en medio de un desorden de idolatría. De momento Dios irrumpe en su vida: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás bendición... Y se fue Abraham como Yahvé le dijo» (Gn 12,1-4).

La iniciativa es de Dios que promete y exige la confianza en su palabra y la realización de algo muy duro. Abraham se somete y obedece. «Por la fe de Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11, 8). La fe le exige abandonarlo todo, tener que vivir en tierra extranjera, ser un desterrado en Canaán, bajar a Egipto corriendo el riesgo de perder a su mujer, tenerse que separar de Lot su sobrino y quedarse en soledad. He ahí la fe de Abraham. Contra todo lo visible, contra toda apariencia él obedece y se somete. Y se siente seguro del futuro.

«Abraham cayó de bruces y Dios le dijo: Mira, éste es mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abraham, porque te hago padre de muchedumbre. Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti» (Gn 17,3).

El relato de los orígenes de nuestro ser de creyentes, de hombres de fe, que nos narra la historia de Abraham con toda su sencillez, nos sumerge en la profundidad del corazón humano al sondear el de aquel sencillo beduino a quien Dios le cambia el nombre en función de la promesa que le hace. De Abrán que es padre grande le cambia en Abraham que es padre de mucha gente. Abraham como buen beduino, viéndose estéril y viendo a su mujer estéril, siente la necesidad de dejar descendencia y él mismo se queja al Señor: «Señor ¿de qué me sirven tus dones si soy estéril y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa? No me has dado hijos, y un criado de casa heredará...» (Gn 15, 2). Siente necesidad de que sus posesiones y su nombre no se acaben y experimenta el deseo bíblico de ver a los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación (Tb 9,11); no los tiene y los añora.

Abraham, en su ancianidad, no se ve besuqueado por sus nietos que se le suben por las orillas, y le acarician la barba. Éste es el corazón de Abraham y éste su imperativo categórico manifestado al Señor que Conoce muy bien el Corazón de su gran amigo. Y Dios responde: «Te hago padre de muchedumbre» (Gn 17,5). Dios que ha hecho alianza Con Abraham le da lo que más ambiciona: «muchedumbre, padre de muchedumbre.. «Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti y reyes nacerán de ti. (Gn 17,6). Está refiriéndose a la dinastía de David. Reyes nacerán de ti y sobre todo el rey de reyes, Cristo. «Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, Con pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti, a tu descendencia futura, la tierra en que peregrinas como posesión perpetua y seré su Dios. Guardad mi alianza tú y tus descendientes por siempre» (Gn 17, 7-9). La descendencia es la nota dominante de todo el diálogo: Te daré una descendencia…

Haré alianza Con tu descendencia… Os daré a ti ya tu descendencia la tierra en que peregrinas... Porque él es nómada en todas aquellas tierras que aún no ha dominado y todavía no posee. Abraham va a ser padre carnal de Isaac y su linaje humano y va a ser padre espiritual de Israel y de la Iglesia, Padre en la fe. La paternidad que Dios le promete a Abraham no será solamente paternidad carnal sino paternidad que se extenderá al orden de la fe, porque no según la carne somos hijos de Abraham, sino según lo espiritual y la fe; por lo tanto Abraham es bendito por Dios en descendencia carnal y descendencia espiritual.

Esta promesa que se ha realizado ya y se está realizando todavía y que se realizará mientras el mundo sea mundo y hasta que llegue el triunfo de Jesucristo, cuando Él entregue al Padre el Reino, está dando cumplimiento a la de Dios: «Te haré padre de muchedumbre, te haré crecer sin medida» (Gn 17,5). y cada nuevo miembro humano que es engendrado en el agua del bautismo en Argentina, en el Congo, en Alaska o en el Camerún, en Italia, y en España, en Barcelona, en Madrid y en toda la redondez de la tierra, actualiza la fidelidad de Dios a su palabra.

Y tardará en realizarse la promesa. La demora en realizar Dios hay que considerarla también como estrategia de la purificación de la fidelidad.

Y una vez llegue Isaac, con su crecimiento, se exigirá el crecimiento en la fe de Abraham. Sacrificar a su hijo. No es sólo un hijo, es toda una vida pendiente de una promesa: Padre de muchas gentes. ¿Si sacrifico a Isaac, que tanto tiempo tardó en llegar, por dónde se cumplirá la promesa? Es una fe total en Dios. Una confianza pura en sólo Dios. y no en sus dones o en las criaturas que Él haya puesto en tus manos.

Por otra parte el sacrificio de Isaac no va a matar la esperanza sino a agrandarla, a extenderla más allá de los límites en que esa esperanza se encerraba a sí misma. No serás padre de unos descendientes le Isaac según la sangre, sino, el padre de todas las generaciones del espíritu.

Abraham, pese a la sangrante y visceral exigencia, es fiel en la prueba, cual cumple a quien ha de gozar de tan larga generación.

A quienes Dios llama para dejar en el mundo una larga huella de vida cristiana les exigirá una ilimitada confianza, una fe profunda, un total abandono, una carta blanca en sus manos. Y Él demorará la promesa, la realización de sus planes en el tiempo, aunque se los acose Él. y después los probará exigiéndoles el sacrificio del hijo. Pero al final se quedan con Isaac vivo y el fruto centuplicado.

3. Otro ejemplar de fe:

Simón, Piedra de la Iglesia

Simón contestó: «Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada...» (Lc 5, 5).

Es la voz del hombre que ha puesto sus cinco sentidos en el trabajo urgente, porque, si no lo hace, mañana no puede vender su mercancía, que es su medio de subsistencia.

Es la voz del hombre que refleja su impotencia... Ha hecho todo cuanto ha podido; está, por lo tanto, cansado... «Nos hemos pasado la noche bregando» (Lc 5, 5). De norte a sur, de sur a oeste han recorrido el lago en todos los sentidos. No es día de pesca... No quedan peces, o no tienen ganas de salir.

Era necesario que así sucediera. Para que brille más el milagro que van a contemplar se necesitaba el fondo oscuro de la nulidad del experto hombre de mar, de la ineficacia de sus más arduos esfuerzos.

Para que cuando llegue la pesca milagrosa aparezca en toda su luz el milagro, la intervención de Dios.

¡Cuántas veces esta historia se ha repetido en el mundo de las almas!

Unas veces porque Jesús elige instrumentos inadecuados. Otras porque puestos a actuar faltan los resortes, los medios... Aquí no se puede hacer nada. De aquí no se puede sacar nada. Lo he probado todo.

Dios quiere sin embargo que salga fruto. y está esperando que se confiese la impotencia. Espera la humildad, el reconocimiento de la verdad de la inutilidad de los propios esfuerzos.

Es entonces cuando pronuncia las palabras decisivas: «echa las redes para pescar» (Lc 5, 4). La actitud de 'Simón es la característica del hombre de Dios. Me fío de tu palabra. Yo ya sé que no hay nada humanamente que hacer. Pero tú tienes palabras de vida eterna. Tú eres Dios. Yo te obedezco contra mis cálculos y contra mis experiencias.

Pesca milagrosa. Una y otra barca rebosantes, casi se hundían.

Al ver esto Simón se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5, 8). Humildad antes del milagro, pero humildad, sobre todo, a la vista del milagro. Ahora ya puedes ser pescador de hombres. Porque ahora ya has experimentado que no es tu palabra la que los pescará, sino que es la palabra de Dios. La salvación sólo viene de Dios. Desconfiarás de ti y pondrás en Dios toda tu confianza.

Pesca milagrosa de hombres. En esa dirección va el milagro, por eso Cristo dice a Simón que en adelante será pescador de hombres (Lc 5, 10).

4. Otro hombre de fe:

Isaías también Isaías ha tenido que sufrir la purificación de sus labios con lo que queda capacitado para ser apóstol. La limpieza de sus culpas y pecados ha sido condición para la comisión de la árdua tarea.

También Isaías, como Simón se ha confesado hombre de labios impuros, que habita en medio de un pueblo de labios impuros. Existe paralelismo entre las palabras de Simón y las de Isaías: «Apártate de mí, Señor, que soy pecador» (Lc S, 8; Is 6, 5).

Isaías se ofreció: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Pero antes tiene que confesar que sus labios Son impuros y que vive en medio de un pueblo de labios impuros. La terrible purificación de la quemadura en el tizón del amor de Dios le asemeja a todos

loS apóstoles que han de ser muy humildes, bogar muy mar adentro del Corazón de Dios, muy en el centro de la confianza plena en Él.

Así envió Dios a su Iglesia. Y nos envía a cada uno de nosotros a anunciar su Reino entre las gentes.

5. La fe de Jeremías

El profeta Jeremías es figura de Jesucristo. Es un hombre desafortunado, que no tiene suerte, ni buena prensa, todo lo contrario. Es un hombre que moviliza contra él a todas las gentes por las cosas que dice, por la verdad que predica, porque señala Con el dedo loS pecados del pueblo, porque mete el dedo en la llaga, porque abre en canal todas sus miserias. El profeta «ve pavor en torno». Ve el destierro, el cautiverio, el destrozo de hogares, a los judíos deportados... el pavor, el horror en torno, y éste es el remoquete Con que le designan: «pavor en torno» (Jer 20, 10).

Jeremías dice lo que ha visto y oído: pavor en torno. Oigo el cuchicheo de la gente: «pavor en torno». Cuchichea la gente: pavor en torno... pavor en torno... pavor en torno… «delatadle, vamos a delatarle. Mis amigos acechan mi traspiés, estaban esperando a ver cuándo cae... Le hemos puesto la trampa, a ver cuándo cae, a ver si se deja seducir y lo violaremos, le cogeremos y nos vengaremos de él» (Jr 20,10).

El profeta se ve solo, cercado, acorralado, enfilado contra la pared. Esta situación es la del profeta, la de Jesucristo y de todos sus seguidores. Cuando queramos seguir a Jesucristo radicalmente, nos veremos así, solos.

Nos veremos solos, pero no nos hemos de acobardar. y nos veremos solos en el apostolado, en el orden sicológico, en nuestra propia conciencia. Nos veremos solos porque esta tribulación no la padecemos solamente de los hombres sino también de nuestra carne y de nuestra propia sangre. «Mirad hermanos -dice el Apóstol Pablo -que nuestra lucha no es contra los poderes de esta tierra sino contra las potestades, contra los ángeles del averno, contra el demonio» (Ef 6, 12). El demonio que pondrá asechanzas a nuestros pies, que nos tenderá trampas valiéndose de aquellos lazos en los que sabe que fácilmente caeremos. y también experimentaremos la persecución en nuestro interior, sentiremos los halagos de la vanidad, el deseo de alabanzas, de cariño, la necesidad y deseo de quedar bien, de no padecer, de hacer nuestra vida más ancha y más confortable, de repantigarnos más, de vivir más libres. Será la hora de reaccionar como reacciona el profeta Jeremías: «Pero el Señor está conmigo» (Jr 20, 11). y está conmigo, no como espectador pasivo, sino como fuerte soldado bien armado y bien dispuesto a defenderme ya pelear en favor mío. Y teniendo al Señor que me defiende, mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Agárrate a la oración, no te desasgas de esa mano invisible pero real, auténtica, que no te fallará nunca, y entonces serán ellos los que tropezarán y no podrán contra ti. Nos falta esa fe, que ve a Dios como un soldado fuerte que nos defiende. En el momento de la soledad Él me hace compañía; en el momento de la tristeza Él me sonríe y me hace sonreír: cuando me faltan las caricias Él me acaricia y yo lo noto aunque no lo sienta, con la fe.

Mis enemigos se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Y veréis cómo se pasan los años y aquellos que nos tendieron zancadillas caen y desaparecen. Porque el Señor es el que nos defiende.

«Señor de los ejércitos que examinas al justo y sondeas lo intimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos» (Jr 20, 12). Jeremías habla en clave veterotestamentaria. Jesús pedirá en la cruz, perdón para sus enemigos, perfeccionando con su enseñanza la moral del Antiguo Testamento. «Porque a ti encomendé mi causa» (Jr 20, 12), sigue orando Jeremías, porque yo confié en ti, porque yo recurrí en el momento de la desolación y de la tentación a tu protección. y ¿por qué nosotros hemos sucumbido tantas veces? ¿Por qué hemos de llorar tantos descalabros en nuestra vida? Por nuestra poca fe. Porque no hemos confiado bastante en el Señor, ni recurrido a la oración, ni encomendado a Él nuestra causa. No hemos sido fieles a la oración y nos hemos derrumbado, y el enemigo nos ha podido. Pero si nuestra fe es consecuente como la de Jeremías, si somos fieles a su programa, que es el de Jesús, que es el de todos los santos, tendremos ocasión de cantar y alabar al Señor porque libró nuestras vidas, la vida de sus pobres, de las manos de los impíos.

6. La noche de la fe en los Magos

Se hallaban contemplando el cielo. Estaban cumpliendo los deberes de su vocación, eran astrólogos. Dada su buena voluntad Dios les descubrió cuál era el valor singular de aquella estrella. Fijos sus ojos en ella, contemplándola con humildad, considerándola una señal del cielo y deseosos de interpretar su significación, merecieron del Señor luz para penetrar en el sentido del fenómeno celeste, advirtieron que la estrella se movía y comprendieron que les invitaba a seguirla. Tuvieron sensibilidad para recoger el mensaje de la estrella. No fue una admiración puramente natural la que sintieron. A través de la estrella Dios les habló, les llamó.

Dios habla. Decimos a veces que en la oración Dios se calla. Es un error que indica poca fe. Dios, cuando nos oye, no se calla. Lo que ocurre es que habla de otra manera que nosotros. Nos sugiere, nos ilumina, nos corrige, nos remuerde, nos alimenta, nos fortalece, nos empuja... como a los magos. Vieron salir su estrella y sintieron necesidad de hacer algo… venimos a adorarle.

Es la primera lección que nos dan: tener sensibilidad para captar el mensaje de Dios.

No dudan un momento en dejarlo todo y en caminar detrás de la estrella. Me imagino que los magos tienen mujer, padre, madre, hermanos, hacienda... todo lo dejan y no oyen ni la carne ni la sangre que les quiere disuadir, para ellos sólo hay un ideal: seguir la estrella, pase lo que pase, contra todos y contra todo. Incomprensiones, burlas, los dejan solos… no importa. La estrella es la voz de Dios; Dios habla sin palabras, impulsando por dentro a obrar el bien, a ser obedientes, a seguir su .proceder…

En los magos hay docilidad, solicitud. Dios les habla misteriosamente y ellos, arrastrados por la voz de Dios, lo dejaron todo en seguida y totalmente. ¡Señor, allá voy!... a adorar. No puede el hombre hacer nada más grande en la vida que adorar a Dios, su Creador, su Señor, su Padre. Hemos de aprender de los magos a emprender ese camino que conduce a la adoración, porque el Padre busca adoradores en espíritu y verdad (Jn 4, 24 ). De momento hay que ponerse en camino. No les costaría esto. El fervor de la revelación -toda comunicación es fuerza viva que arrastra -les hará fácil el arrancarse de sus cómodas moradas y la despedida de los suyos. No faltarían agoreros que les tildaran de ilusos, ni persecuciones humanas que les dificultaran su decisión tan firme, enérgica y ferviente. Movidos por Dios, lo arrollaron todo. y se lanzaron en la noche.

Lo difícil vendría después. Porque ellos no escaparían a la purificación de su fe.

Encrucijadas. Titubeos. ¿Habremos hecho bien? ¡Por qué habremos emprendido esta peregrinación tan difícil! ¿Volvernos atrás?

Dios quiso llamar a tres, no a uno. ¡Ay del que está solo! Si uno está solo, cuando caiga ¿quién le levantará?

Un tronco solo no hace hoguera. Ved la vida de comunidad querida por Dios. Para animarse unos a otros. Para levantar al caído. Para ser estimulados unos por el ejemplo de otros. Dios quiso que para ir a verle los magos practicaran forzosamente la caridad.

Su confianza en Dios fue singular. Se lanzaron a la aventura por un camino desconocido. Sin duda no procedieron según la prudencia humana, sino según el don de consejo.

Ésta es la norma que han seguido las almas santas cuando se han sentido movidas por una inspiración celestial: una santa imprudencia, una divina temeridad puede ser el origen de su felicidad y ventura, como ocurrió a los Reyes Magos.

Cuando tengamos conciencia de que Dios quiere algo, aunque sea difícil ya los ojos de los hombres temerarios. Debemos lanzarnos teniendo presente la gran gloria de Dios.

A los que emprenden el camino de la adoración a Dios, de su alabanza y gloria Él no los deja solos, sin guía. Primero les conduce por la estrella. Se ocultará la estrella que les guiaba con tanta luz. y se hará la noche para ellos. La noche es conveniente. La noche es provechosa. ¡Cuánto bien va a sacar Dios de esa noche! Aparentemente es un fracaso, un contratiempo. Pero no puede fracasar Dios que apaga la estrella. Si la apaga Él, que es quien la encendió, sus razones tendrá.

Es muy grande el misterio que se les va a desvelar a los magos. y ellos lo han de merecer; buscar, verse solos. Lejos ya de su patria y perdidos en un país extranjero, embarcados ciertamente en una aventura difícil... Todas las empresas de Dios pasan su noche oscura. Mejor: sus noches... Pero en las pruebas que Dios permite no falla su sabiduría. Mientras no hubo quien los guiara no cesó de iluminar la estrella. Desaparece cuando otros la pueden sustituir. Otros... la fe. El camino que une a Dios es la fe. La estrella no hacía fe. La estrella guiaba el impulso interior.

La fe la causa el asentimiento a la palabra de Dios. Y la palabra de Dios ya existía. Pero no en la tierra de los magos, que era gentil. Los magos son las primicias de la gentilidad a quien se revela Cristo. Ellos son el comienzo de la universalidad de la Redención. Jesús viene a salvar a todas las gentes. A ser luz de las gentes. La estrella tiene la misión de llevar hasta la Revelación. Una vez en ella la estrella se eclipsa. El Profeta Miqueas había sido el transmisor de la voluntad de Dios (5, 1).

El camino por el que vinieron desde Jerusalén era errado, porque hubiera destruido la salvación. Habremos de tomar otros caminos algunas veces, y evitar los que nos conduzcan a los enemigos del Reino para no darles oportunidad de destruir la obra comenzada por Dios. Lo que importa no es sólo que los magos lleguen a su destino, sino que el Redentor no caiga en manos de Herodes.

No es prudente que busques la salvación para ti solo. Ni justo. La luz se te da para la Iglesia.

Los magos no se contentan con haber visto la luz. Colaboraron y actuaron para que ese Redentor se salvara hasta que llegara su hora.

Ni en su país, ni por los caminos y desiertos los magos hubieran podido conocer la voluntad de Dios. Nadie se la podía transmitir. Pero en Jerusalén sí. Allí está la palabra de Dios. y allí están los intérpretes. Y los magos siguen siendo fieles y maestros nuestros. A la docilidad a la estrella sigue la humildad de buscar y preguntar. Y una vez conocida la revelación, la adhesión de la fe a lo revelado.

Y siguen. Y otra vez la estrella, ahora para confirmar la palabra, brilla en el horizonte.

Dios recompensa la fe. Dios se muestra al que camina por la fe.

Se paró encima de donde estaba el niño (Mt 2, 9). Era mucho lo que habían aportado de su cosecha los magos. Pero era mucho también lo que ahora se les iba a pedir: adorar a un Dios niño, indefenso, es muy fuerte y Dios ayuda con el milagro la fe incipiente de aquellos hombres elegidos.

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Es el gozo de Dios que sigue a toda obediencia, a todo seguimiento de su manifestación.

Por el camino en busca de Dios no nos faltarán las pruebas pero tampoco las alegrías. Dolores y gozos son los misterios del vivir misterioso del cristiano. y estas alegrías de Dios son mucho más hondas y eficaces y duraderas de verdad que las alegrías de los sentidos.

Almas profundas las de los magos nos enseñan a ser almas de profundidad y de hondura.

Le ofrecieron sus dones. A Dios hay que darle siempre. Ante Dios no hemos de llegar nunca con las manos vacías. y no digamos que no tenemos qué ofrecerle, porque lo que él nos pide sí que lo tenemos. Nos pide oro de reconocimiento de su realeza, incienso de homenaje a Dios, mirra de nuestra humanidad mortificada, vencida, humillada.

Ante Dios con las manos llenas aunque sólo sea de montones de vencimientos en la vista y de imaginación centrada y de desnudez y limpieza de espíritu.

Otra lección vamos a recoger: la prudencia de marcharse a su tierra por otro camino.

Es un misterio lo que sucedió a los magos a la vista de la estrella.

Pero esta llamada de los magos es llamada a la santidad, que es transformación y participación de la Santidad de Dios, el Santo: «Sed santos porque yo soy santo» (Lv 11, 44-45), «a todos los amados de Dios, llamados a ser santos» (Rm 1, 7).

Lo que les sucede en la casa ante el niño, cuando cayeron de rodillas para adorarle, ya no lo podemos medir. Ni siquiera sabemos balbucear sobre ello. La alegría de ver la estrella no era más que preparación para este gozo tan hondo y tan trascendental que toda deuda paga.

Los magos vendrían de Belén… transformados. Con el corazón lleno de las virtudes teologales y con ansia de practicar todas las demás: la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza. ..Deseosos de transparentar la gran santidad de Dios. No les faltarán obstáculos. Pero tampoco les faltará la gracia. Aquel niño les arrebató y la mirada de aquella joven madre les perduró impresa en el alma toda su vida.

Nosotros hemos visto la estrella un día. Con el fervor de la vocación que centelleó en nuestra alma, se nos hizo todo fácil.

Lo difícil vino después. y si no vino llegará. No podemos escapar sin la prueba y la purificación.

No nos extrañemos de los titubeos que escarabajearán la parte sensible y débil.

No les demos entrada. No los fomentemos. No alimentemos castillos en el aire. Sigamos la luz de la estrella que un día vimos clarear en nuestro horizonte.

Recordemos las luces que hemos recibido. Los destellos que un día, con tanta claridad vimos, y rememoremos la paz que nos dejaron rebosando en el alma.

Sigamos a pesar de todo y de... todos.

Preguntemos a los expertos en la vida sobrenatural, a quienes conocen sus vericuetos porque los viven y los han vivido.

A pesar de las crisis... no desmayemos. Caminemos en pos de la santidad, de la transformación en Dios...

A no tardar, después que hayamos sufrido y hayamos puesto con toda diligencia nuestro esfuerzo, después de haber obrado con toda prudencia humana y divina... otra vez la luz de la estrella nos confortará clara y luminosa y hará brincar nuestro corazón de gozo santo ante la presencia del Niño y de la Madre.

El relato evangélico termina. Pero no la trayectoria de los magos. Ellos habían visto y habían recibido la revelación. Hemos de pensar que esa llamada extraordinaria no quedó estéril en ellos. No han ido a Belén a hacer turismo. Unos recuerdos del viaje y ahí acaba todo. No. Las grandes llamadas de Dios no son para una sola alma. Dios obra y da fecundidad. Ellos, vueltos a su tierra, dijeron lo que habían visto y habían experimentado. y con lo que dijeron y lo que ellos vivieron en adelante hasta su muerte, anunciaron el Reino de Dios.

7. Isabel en la fe

Se llenó Isabel del Espíritu Santo, que la invadió de fe luminosa.

¡Afortunada mujer que merece esta visita tan excepcional! jDichosa ella a quien se le da don tan excelso!

Contemplemos, contemplemos este misterio.

Por una sola familia hace María aquel largo viaje.

No sabemos cuánto bien hacemos cuando hacemos el bien. Y hemos de meditar esta acción de María para que no menospreciemos el apostolado que va dirigido a pocas almas, o a almas sencillas. ¿Quién sabe los gritos de júbilo de Dios que brotarán de esos corazones?

Son almas que pueden bendecir a Dios y glorificarle y alabar a su Madre como Isabel.

Podemos ser portadores de alegría a una familia, instrumentos de salvación que ejerzan en nombre de Dios, sus maravillas.

8. La sabiduría de la fe

La fe engendra una sabiduría sobrehumana que nos capacita para acertar a ver la acción de Dios en todos los acontecimientos y avatares, tanto extraordinarios como ordinarios.

Cuando nos llega alguna ráfaga de esta visión ya somos felices pero ¡qué será cuando habitualmente pensemos en la acción perenne de Dios que no cesa y que todo lo mueve y que interviene en lo próspero, en lo adverso, en lo confuso e ininteligible...!

Ver a Dios en la copa de un pino; ver a Dios en la cigarra que amodorra, en el sol y en el agua, ver a Dios... en la vocación que madura y en la que fracasa; verle en la calumnia, en la crítica sin piedad... verle en que seamos cuatro y no ocho. Verle en el obispo Juan que piensa que negro y en el obispo Marcelo que piensa que blanco, y en el obispo José que piensa que gris.

Ver a Dios. En el disgusto de hace medio año. En el del año 44.

¡Señor! Qué paz si nos sabemos en tus manos. Manos siempre de Padre: Con bombones o con bisturí.

¡Yo quiero verte!

Yo quiero verte en las llaves del piso y en el pinchazo de la rueda. En la muerte y en la vida. En la salud y en los achaques.

Pero ver a Dios en todo es algo muy grande. Sabiduría profunda. La mejor ciencia de la vida.

La que nos impide caer en el pesimismo. La que nos llena de alegría. La que nos enciende rosas en todos los poros del cuerpo y del alma.

Cuidado con querer ver a Dios en los hermanos pensando que el hombre es Dios sin fe.

Porque Dios sólo está en la flor, en el trigo, en el pinchazo, en la muerte y en el hombre, por la fe.

Consecuencia de todo esto es que sin fe estamos solos y somos impotentes.

Y que, por amor bien ordenado a nosotros mismos, hemos de desear y pedir, con todo el entusiasmo, gran fe, gran posibilidad de saltar por encima de las maderas de nuestra limitadísima valla humana y trascender la inagotable Providencia del Padre que está en el cielo.

9. Esta sabiduría no te la ha dado ni la carne ni la sangre

Porque «el hombre animal no percibe las cosas del espíritu de Dios: son para él una locura y no las puede entender» (1 Co 2,14).

La diferencia que existe entre el hombre terreno y el hombre celestial se basa en la fe.

A la generosidad del alma, a sus vencimientos, a sus actos de virtud, a su oración, van vinculadas unas luces, inspiraciones, toques de gracia, que la hacen luminosa y fuerte. Y aquí está la razón de la diferencia que hay de unas almas a otras.

No tiene otra explicación que siguiendo un mismo reglamento, llevando una misma dirección, vistiendo un mismo uniforme, o habiendo recibido la misma ordenación, etc., difieran tanto en sus criterios en la misma vida cristiana unas almas de otras y más aún en la práctica.

Cuando se es poco fino en la colaboración a esos toques del Espíritu se van perdiendo paulatinamente luces divinas. La primera pérdida llevará a la segunda y ésta a la tercera. Se establece así una cadena de oscuridad.

En el orden espiritual, a la luz, sigue la fuerza, como en el orden sicológico primero es la idea y después la acción. A la falta de luz, sigue también la falta de fuerza.

Toda centella de luz divina es un poder. Todo desdén de ella es maniatarse.

Por eso hay tantos hombres que carecen de fuerzas para llevar su cruz. Son infieles en pequeñas cosas. Van cortando a trocitos los pulmones de su espíritu y cuando llega la hora del sacrificio, que en la vida cristiana de perfección es constante, se asfixian y caen con la cruz a cuestas sin poder levantarse.

Se quedan sin las luces divinas, luces con las cuales verían y valorarían el esfuerzo, la cruz, la sangrienta senda del Calvario, y les quedan las luces de la naturaleza y de la sensualidad que ven lleno de encanto el placer, la satisfacción propia, el orgullo satisfecho. Cataratas para el espíritu y vista de lince para la carne.

Si en un día de generosidad, a la luz de fulgores divinos, se pusieron en los brazos torturados y torturantes de Dios crucificado, pidiéndole participar en su suerte de maldición, hoy maldicen ellas la hora que tal hicieron porque sus ojos han perdido la perspectiva del cielo y ven sólo lo que ve el hombre carnal. San Pablo dice a este respecto que «el hombre animal no percibe las cosas del espíritu de Dios, son para él locura y no las puede entender...» (1 Co 2, 14).

Han ido ellas perdiendo luz. No dan importancia a sus pequeños descalabros espirituales y ahora... ¿Es que Dios no está a su lado? Está pero como el Amigo despreciado, como el consejero que no cuenta, está callado. Se le ha tapado tantas veces la boca como a un mendigo importuno, que ha optado por callar para no violentar la libertad, pues es sumamente fino y educado. y al final el hombre es el que ha perdido el negocio porque eran las voces de la Sabiduría las que despreciaba. y sólo los limpios de corazón verán a Dios (Mt S, 8).

10. La fe tiene como base la Sabiduría de Dios

¡Es tan fácil oír su voz y acallarla!... Su voz es palabra de vida. Su voz que cercena desórdenes y brotes torcidos: Su voz que es «Palabra viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyuntura y tuétanos» (Hb 4, 12).

Dejarse acusar y reconvenir por su voz. Obedecer lo que nos diga y nos denuncie ya es fruto de Sabiduría, porque ella juzga nuestras intenciones, tan frecuentemente larvadas, y nuestros deseos, tan poco conformes, muchas veces, con las exigencias del Evangelio. ¡Qué papel más sabio que el de la Palabra de Dios, que es efluvio suyo, emanación de su sustancia, Palabra encarnada en Jesucristo!

La Palabra de Dios nos llevará a alcanzar la Sabiduría verdadera. Esa sabiduría que sólo se nos puede infundir en la escucha de la Palabra, en la reflexión de la misma, en la oración larga y contemplativa.

Lancémonos a su conquista conscientes de que es más estimable que todos los bienes de la naturaleza y del hombre. Seguros de que no pueden ser comparados con ella.

Nos da una pista el libro de Job para valorarla: «Pero la Sabiduría ¿de dónde se saca? ¿dónde está el yacimiento de la prudencia? El hombre no sabe su precio, no se encuentra en la tierra de los vivos. Dice el océano: No está en mí; responde el mar: No está conmigo. No se da a cambio de oro, ni se le precia plata como precio, no se paga con oro de Ofir, con ónices preciosos o zafiros, no la igualan el oro, ni el vidrio, ni se paga con vasos de oro fino, no cuentan el cristal ni los corales y adquirirla cuesta más que las perlas; no la iguala el topacio de Etiopía, ni se compara con el oro más puro» (Jb 28, 12-19).

Pero ya lo hemos dicho. Esa Sabiduría tan preciosa y estimable, que no hay dinero que la pueda adquirir, puede ser participada por el hombre. Dios la regala a los que se la piden. Podemos, si queremos, hacemos millonarios de sabiduría…

«¡Oh qué gran estado para reyes!» -nos dice santa Teresa («Vida», 21, 1).

¡Si los gobernantes estuviesen más dedicados a suplicarla que a las conversaciones de pasillo ya las maniobras e intrigas... Si confiasen más en el poder de la oración para acertar en su gestión y para que Dios guiase sus pasos... qué estados más florecientes veríamos, que más acertadamente solventados los problemas!

¡Si los padres de familia pidiesen la sabiduría para acertar en la dirección de su hogar y en la educación de sus hijos!

¡Si los sacerdotes, más que dedicados al exterior, se asomasen con frecuencia y constancia al rinconcito de su Sagrario a pedir la luz para elaborar sus planes pastorales, a pedir eficacia sapiencial para sus trabajos y responsabilidades!

San Gregorio dice que el pastor abandona la grey cuando abandona la oración.

San Juan de Ávila escribe que hay que comprar las almas con lágrimas. Con lágrimas y gemidos hay que engendrar la vida de Dios...

¿Cómo les vamos a decir a qué sabe Dios, si nosotros no lo hemos experimentado? Nos hemos de adentrar en la interior bodega para que el Amado nos llene inteligencia y voluntad de su agua divina y sapiencial. De su sabiduría.

Se nos podrían entonces aplicar las palabras de los Proverbios: «Dichoso el que encuentra sensatez, el que adquiere inteligencia; es mejor mercancía que la plata, produce más renta que el oro, es más valiosa que los corales, ni se le comparan las joyas; en la diestra trae largos años yen la izquierda honor y riquezas; sus caminos son deleitosos y sus sendas son tranquilas, es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la tienen. Hijo mío, no pierdas la prudencia, conserva el tino y la reflexión: serán vida para tu alma y adorno para tu cuello; seguirás tranquilo tu camino sin que tropiecen tus pies, descansarás sin alarma, te acostarás y el suelo te será dulce, no te asustará el temor imprevisto, ni la desgracia que cae sobre el malvado. El señor se pondrá a tu lado y guardará tu pie de la trampa» (Pr 3,13-26).

¡Cuánto tiempo estamos perdiendo los cristianos en despedazamos unos a otros! Hay quien cree que de las críticas va a venir la salvación. No se orienta por ahí el camino de la sensatez sino por donde nos avisan los Proverbios: «Yo, sensatez, soy vecina de la sagacidad y busco la compañía de la reflexión. El temor del Señor odia el mal» (Pr 8, 12-13). Vayamos a desterrar el mal. Prediquemos contra el mal en todas sus formas. Contra la lujuria, pero también contra la hipocresía, y contra la mentira y la calumnia y la murmuración y el egoísmo tan refinado y la adulación tan nefasta. ..Sigue diciendo el libro de los Proverbios: «Yo detesto el orgullo y la Soberbia, el mal camino y la boca falsa, yo poseo el buen consejo y el acierto, son mías la prudencia y el valor; por mí reinan los reyes y los príncipes dan leyes justas, por mí gobiernan los gobernantes y los nobles dan sentencias justas; yo amo a los que me aman, y los que madrugan por mí me encuentran, yo traigo riqueza y gloria, fortuna copiosa y bien

ganada; mi triunfo es mejor que el oro puro, y mi renta vale más que la plata» (Pr 8, 12-19).

La Sabiduría se nos presenta en Jesucristo: «Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos. Un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios» (1 Co 1,24).

La petición a Dios nos dará clara esta fe en Cristo por quien estimaremos todo basura, venderemos lo que tenemos y lo daremos a los pobres para tener un tesoro en el cielo (Flp 3,8; Mt 19, 21).

¡Cuántas obras de Dios languidecen por falta de medios materiales. Si nuestros cristianos fuesen tales y leyesen el Evangelio para llevarlo en sus vidas! ¡Cuánto ayudarían a los que lo han dejado todo por Cristo y no pueden extender más su mensaje por no tener los suficientes medios!

¿Creemos o no en la eternidad? ¿Vamos a ser menos sagaces que los hijos de las tinieblas que bien saben escoger los medios y allegar recursos para extender el mal y el pecado?

¡Qué difícil va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! (Mt 19, 23). Pero a continuación da la solución: «da a los pobres, y Dios será tu riqueza» (Mc 10, 17-31).

11. Por la contemplación de los misterios de Cristo a la fe

San Pablo en su carta a los Hebreos (5,7), nos traslada a los días de la vida mortal de Cristo. Mucha pedagogía envuelven esas palabras que quieren encararnos con la dimensión humana de Cristo a fin de que le miremos larga, pacientemente, como los israelitas a la serpiente de bronce enarbolada en el desierto (Nm 21, 8). Si la mirada a la serpiente de bronce produce la curación ¿qué no hará la mirada a la realidad de ese símbolo, a Jesús clavado en Cruz?

Aquí veo yo el misterio de la potencia de la mirada, de la fuerza del ejemplo, de la eficacia de la contemplación.

Robert Powell, intérprete de Jesús en la película Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli, de treinta y un años, y no católico, ha dicho que su vida ha cambiado desde que hizo de Jesús, «el hombre que nos dio la mayor lección de amor y humanidad de toda la historia del mundo. y que lo que importa es seguir los Mandamientos». Ha contado que durante el rodaje ocurrieron cosas emocionantes, conversiones incluidas. Tanto yo -ha dicho - como los demás intérpretes de Jesús de Nazaret, sufrimos una gran crisis religiosa y que muchos se transformaron por su trabajo en la película.

Mirar a Cristo es recibir empuje. Como lo recibieron aquellos cristianos japoneses condenados al martirio que miraban los brazos de su sacerdote a quien habían cortado uno a uno los dedos de su mano, y él, para animarles al sacrificio, les enseñaba, brazos en alto, sus manos mutiladas y sangrantes.

Cristo es modelo, a quien hemos de imitar, como san Pablo, en toda su vida mortal.

Y tenemos modelo para todas las edades, acontecimientos, circunstancias.

Desde el Niño de Belén hasta el Redentor de la cruz que tan varonilmente levantaba Juan Pablo II al final de la misa del inicio de su pontificado.

Jesús, Modelo. Jesús, Maestro. Maestro de niños en el espíritu en Belén; maestro de marginados y de despreciados desde antes de nacer.

Maestro de emigrantes y de injustamente perseguidos en su huida a Egipto.

Algún sacerdote me ha contado su odisea de emigración en completo abandono, zozobra, desamparo. La Iglesia, que quiere hoy compartir los problemas de los emigrantes, no tuvo sensibilidad para compartir y suavizar su dolor y angustia sangrante. Pero Jesús peregrino que, en brazos de María, pone un pie sin saber dónde pondrá el otro, estaba allí para decirle: «como yo, no te desanimes, sé fuerte, es mi mismo camino...»

El destierro de Nazaret... Nazaret hoy es una ciudad de 10.000 habitantes. En tiempos de Jesús no pasaría de los 300. ¡Que la personalidad divina del Verbo Encarnado quede allí oscurecida en aquella soledad de gente humilde, pendenciera, inculta, sin pedirle al Padre nunca, nunca, un traslado, un ascenso!... Misterio... y ejemplo! Hoy nos dicen que en las tareas pequeñas, humildes, incoloras, no se realizan…

¿Quién sabe permanecer al pie del cañón en el destino vulgar, duro, ¡santificador! de Nazaret? El que mira día a día al adolescente gallardo, al joven sabio, al hombre maduro de Dios, Jesús de Nazaret. ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1, 46). ¡Qué necios son los hombres, que miden con metros tan cortos y cuentan con sistemas decimales tan desiguales!

En ese trabajo anónimo, pobre, deslucido, sin brillo, monótono, ordenado, sufrido, glorificas a Dios, construyes mundos.

Como Jesús tienes que poner el mismo coraje en él, que Él puso en la creación de los mundos, de las hogueras de los astros, de la inmensidad de los océanos.

Y la obediencia. ¡Qué misterio que en Nazaret obedezca Dios a dos criaturas, todo lo santas que queráis, pero criaturas! Más, donde llegamos al vértigo, es en su obediencia a sus jefes injustos.

Su espíritu de oración es también un acicate para nuestra rutina y nuestra mudez con Dios que está esperando anhelante el diálogo filial de sus criaturas humanas pues desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios (bis GS, 19).

Fijémonos de un modo especial en la separación de su madre. Ella era el jardín que el Padre le había preparado a su Hijo, para su recreo y descanso. Corazones gemelos, que se entendían sin palabras. Desahogo del Corazón de Cristo en el pecho

amante de María. Largas conversaciones de vida eterna, de Redención... Todo quedaba ahora truncado por la separación exigida por el anuncio del Reino. «¿Quién es mi madre y mis hermanos?. El que hace la voluntad de mi Padre ése es mi madre y mis hermanos...» (Mt 12, 48-50). La ampliación de la familia de Dios tiene que pagar un precio: el alejamiento de la Madre... y la necesita como hombre. Por eso el Padre no lo dejará sin ella en el Calvario. Allí, en el más humillante fracaso, estará Ella, su Madre, para darle ánimo, para consolarle, decirle que cree en Él, que le ama, que sufre con Él.

Otra de las facetas modélicas del Redentor: su vida pública: el trato con la gente. Soportar las impertinencias de la convivencia. ¡Cómo come la multitud!

El Papa Wojtyla recibiendo tres audiencias agotadoras en un día, es una reproducción de Jesús comido por la muchedumbre. ¡Y qué decir de sus agotadores viajes pastorales! "Nunca un hombre nos ha hablado como éste» (Jn 7,46). El Papa de la Redemptor hominis. Esa Encíclica que en frase de Guiton «es una catedral de ideas», «un tratado monumental, la síntesis de toda una vida llena de experiencias, el anuncio de un pontificado histórico, un inmenso fresco más que un cuadro, una catedral de ideas construidas a base de bloques diferentes, como se procede en arquitectura. He pensado en seguida en la famosa Epístola de san Pablo a los Romanos, tan diferente de otras Epístolas por su estructura y su densidad y que constituía la teología del Apóstol».

Y en su Vida pública, la lucha por la Verdad y la justicia, su Pasión, la traición, la Muerte cuya vista arranca de su alma la protesta del hombre y el sometimiento de Dios. «A gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte» (Hb 5,7). «Padre, líbrame de esta hora. Pero si para esto he venido, para esta hora» (Jn 12).

Toda la ejemplaridad de Jesús que apasionadamente pone de relieve Juan Pablo II en su Encíclica Redemptor hominis, acto de fe, confianza, esperanza en la Redención de Cristo, dimensión nueva de la recreación, con resonancias del cristocentrismo sanjuanista que trasluce el Papa Wojtyla.

12. El influjo intrínseco de la Gracia

Pero esa misma ejemplaridad quedaría mutilada sin su influjo intrínseco, sin la acción interior de la Gracia. Para que la obra sea completa y la acción de Dios eficaz, Él ha prometido: «Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones". (Jr 31). Lo que falló en la Antigua Ley no ha fallado en la Nueva por la fuerza de la Sangre de Cristo. Ahí está la eficacia de los Sacramentos, portadores de vida divina que engendra dioses en los hombre!": Bautismo. Eucaristía, Penitencia... Penitencia también individual: Derecho del hombre de encontrarse personalmente con Cristo. Derecho absoluto de encontrarse Cristo personalmente con el. hombre, invocado paladinamente por el Papa en la Redemptor hominis (ter Ib. 20).

Acción de Dios desde lo hondo de la conciencia. Transformación paulatina y creciente del hombre en Dios, alentada, preparada, propiciada por ese clima de diálogo con Él, de oración contemplativa, de mirar a Cristo paciente. doloroso, amante, enarbolado por el amor y la exigencia de la justicia del Padre, que no encontró obstáculo en su camino de misericordia. No hay vida que ante un Cristo y con un Cristo no encuentre ejemplo, y fuerza para remontar el dolor, la enfermedad, la prueba, la monotonía, los fracasos...

Nadie puede con verdad decir en ningún momento: No tengo modelo. No tengo fuerza. Sino todo lo contrario: «Todo lo puedo en el que me da fuerza» (Flp 4,13).

Y mirando a Cristo, y dejándonos elaborar por Cristo nos convertiremos en fermento que transformará la masa, en sal que preservará de la corrupción, y saboreará de Dios la sociedad, el ambiente en luz que encenderá otras y otras luces...

Porque lo malo no es ser minoría. Lo malo de verdad.

Es no ser fermento. Sí, pienso que en esta crisis de la Iglesia los que más sufren y se desesperan y viven desangelados, son los hombres de formación cristiana fofa, sin arraigo fuerte y probado de fe. Es la hora de los hombres de temple, de los que han padecido... Los que vivieron la vida cristiana, sacerdotal, religiosa, en tono de color de novela rosa, ésos. Con toda evidencia, son los primeros en claudicar. Quienes tienen una visión clara de Dios y han profundizado en la historia de la salvación, se crecen en los peligros, y se agigantan en las pruebas. Es la fe de Abraham la que necesitamos. Con ella no «nos ahogaremos en un vaso de agua». Esperemos la salvación del Dios fiel a sus promesas.

13. La fe por el oído. Nínive

«Vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive» (Jon 3, 1-2).

El Señor se vale de cualquiera para que hable en su nombre. Pero lo que sí es un hecho en toda la historia de la salvación es que nunca habla Él directamente al pueblo. Quiere que ejercite la fe escuchando su mensaje que le transmite el Profeta. Sólo en Cristo hablará directamente Dios y, aun entonces, a través de su humanidad.

Al pueblo cristiano reunido en la Plaza de San Pedro no le habla Dios directamente. Se abre un gran balcón y aparece allá arriba un hombre vestido de blanco. Y él transmite el mensaje de Dios.

«Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada» (Jon 3,4).

Nínive es la capital de Asiria, para el pueblo de Israel es la personificación del mal.

Para ese pueblo llega el castigo. Justamente el Profeta, en nombre de Dios, amenaza con el castigo.

Todo el mal que haga el hombre será castigado.

En Nínive cometen el mal desde el grande hasta el pequeño. Mal en la familia, mal en la economía, sobornos, robos, mentiras, calumnias, inmoralidad, idolatría, egoísmo, pereza, odios, rencores, impiedad…

El mensaje de Dios es de castigo. Pero con finalidad salvadora. ¡A ver si se convierten! ¡A ver si dicen basta! ¡A ver si dan un giro de 180 grados en su ciudad!

«Los ninivitas creyeron en Dios» (Jon 3, 5).

Dios no se ha engañado. Sus entrañas de misericordia han salido triunfadoras. Lo que menos quería Él era cumplir el castigo. «No quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 33, 11).

Está dispuesto siempre a perdonar, a olvidar, a cancelar el pecado.

Los ninivitas creyeron en Dios. Fue su creer un creer eficaz, consecuente. Cambiaron de vida de forma que sus obras lo manifestaron.

La enseñanza es enormemente ecuménica, universal. El perdón no cuajará sólo en Israel. Dios es el Creador y el Padre del mundo. Fieles e infieles, judíos y gentiles son amados por Dios.

Dios es todo menos racista. En Él no hay acepción de personas.

Dios es amor para todos. Y ese Amor le lleva a querer que todos los hombres se salven. y si elige a Israel no es para que se convierta en un gheto, en un bunker, sino para que sea fermento de salvación universal.

En las comunidades existen a veces ghetos, predilectos, grupos... Normalmente son los que nunca pecan, los favoritos, los que pueden contar después con las mejores prebendas. Se da esto en toda sociedad humana. y naturalmente después llegan los fracasos, porque el más favorecido no suele ser el más fiel, por la misma equivocada educación de los mismos.

Son los más duramente tratados, los peor considerados, los que, de ordinario, por ese mismo trato de legionarios, los que, prometiendo menos, dieron más.

«Los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino de Dios» (Mt 21,31).

«Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida...» (Jon 3, 10).

Ver Dios que su obra predilecta, el hombre, sigue el camino de sus preceptos le llena de gozo. Hay más alegría en el cielo por la conversión de un pecador que por la perseverancia de noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7).

Gozo de Dios los esposos santos. Alegría inmensa de Dios los jóvenes valientes en medio del zarandeo del oleaje, afectivo y pasional.

Y tuvo piedad de su pueblo. No era, Nínive, Israel histórico, pueblo elegido, pero Nínive, ciudad gentil, entra, por la fe y las buenas obras, a formar parte del Israel teológico, pueblo del espíritu, pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios.

Colaboremos valerosamente a que Nínive, España, Europa, América... el mundo entre en el redil del Buen Pastor. «Hay otras ovejas que no son de este aprisco y es necesario que entren para que se forme un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

14. La sordera es la falta de fe

« Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar» (Mc 7, 32).

Hemos de vernos como ese sordo que, porque lo es, no puede apenas hablar.

Sordo a la palabra de Dios que nos exige más y más purificación.

Sordo que no puede hablar a Dios correctamente y con fluidez porque su amor propio no quiere dejarse sanar.

El amor propio desordenado, el orgullo, la apetencia de predilección, el deseo de un mayor relieve social, el agradecimiento de las criaturas, el ansia de sacudirnos las tareas sin brillo o humillantes... todo eso puede ser causa de sordera que nos impida oír clara y límpida la palabra de Dios que, aunque viene a exigir, es para dar, y aunque hiere es para curar y no para matar.

La Iglesia hace con nosotros lo que aquellos que presentaron a Jesús al sordo: Nos presenta a Jesús. Nos expone su Evangelio y nos lo da en los Sacramentos. Hemos de dejarnos conducir por la Iglesia que es sacramento universal de salvación» (quater GS, 45).

Oigamos a la Iglesia cuando nos enseña; obedezcamos a la Iglesia cuando nos manda o nos exhorta; dejémonos santificar por la Iglesia que nos administra los Sacramentos, cuando nos lava en la piscina de la reconciliación, cuando nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y esto con la fe renovada de este pobre sordo. Sin rutina, puntualmente, sin desmayo...

Hay quien sufrirá la tentación de seguir arrastrando su sordera porque la palabra de Dios le saca a la luz sus rincones escondidos. y le duele. Éstos son los topos que rehuyen la luz del sol que les causa dolor. Y ellos mismos se aturden, y esconden bajo el ala su cabeza de avestruces inconscientes, que creen que desaparece su mal por el simple hecho de esconderlo.

Hay otra clase de sordos. Son los que no se sienten denunciados por la palabra que claramente les señala. Y, en cambio, sienten en su corazón cierta satisfacción al poder reconocer en la palabra, alusión a la paja en el ojo del prójimo. Éstos no verán así jamás la viga que llevan atravesada en el suyo (Mt 7, 1-5) porque les domina la hipocresía y les falta sencillez y humildad.

Otros serán sordos desalentados. Empezaron muchas veces y no continuaron. Les faltó constancia y perseverancia en la angustia monótona de volver a empezar; de levantarse con decisión después de otra caída.

¿Para qué volver a oír de nuevo, si todo es inútil? ¿Si ya lo he probado tantas veces y he comprobado que no tengo madera de santo?

Sordos habrá que llamarán al Profeta exagerado: siempre les predice males y castigos. No quieren que les anuncie calamidades y disgustos de Dios.

Sordos que escucharían a gusto las voces de sirena que halagaran sus pasiones, aunque les dejaran más sordos, y mudos para siempre.

Desterremos ya nuestra actitud de alejamiento de Dios o de disipación y tibieza, que nos impide su intimidad.

Escuchemos la verdad, aunque nos duela, y dejémonos tocar por la gracia que curará nuestra sordera y nos hará hablar con Dios sin dificultades. y nos dará facilidad para hablar de Dios cual conviene y cual necesita el mundo.

El mundo necesita que se le anuncie el Evangelio íntegro sin excluir la abnegación y la cruz, y no que se le enseñe una doctrina humanista sociopolítica de justicias terrenales, como Evangelio.

El mundo necesita que se le hable de Dios y de su gracia, del pecado y de sus consecuencias, de la virtud y del heroísmo, de la penitencia, de la santidad y del amor teologal. Y si no es así se le defrauda.

Necesitamos todos dejarnos clavar en la cruz que Dios quiera, o permita, y no en la que hayamos elegido de antemano: así de alta, así de pulimentada, así de suave...

Es necesario que nos dejemos clavar con los clavos que Él quiera y no con los que satisfagan nuestro gusto, o nuestro deseo, aparentemente buenos, pero clavos, en fin, de imitación e inauténticos porque llevan el tuttifrutti de nuestras imperfectas voluntades en las que se camufla nuestra cruz, en la que soñamos que está nuestra santidad. y cierto, será la nuestra, pero no la de Dios y, por tanto, seudosantidad será.

Necesitamos, en fin, dejarnos clavar aquí y ahora, que es lo que está en nuestra mano; no mañana o el año que viene que no sabemos si llegará.

Y necesitamos permanecer hoy y mañana, sin cansarse, sin forcejeos para desclavarnos que desgarrarían más nuestro ser, quitándonos todo mérito, aun el ya adquirido.

Pero hemos de reconocer que para hablar así, que es hablar correctamente, antes hay que oír también correctamente. En una palabra: hay que dejar de ser sordos para empezar a no ser mudos.

15. La renovación de la fe

La renovación de la Iglesia pide la renovación de la fe de cada cristiano.

Para renovar esta fe el cristiano ha de comprender a Jesús y no escandalizarse de su cruz, de su humildad, de su obediencia, de su mansedumbre.

El camino de la renovación es el camino de fe, con su oscura seguridad y con sus limitaciones.

Las relaciones del cristiano con Cristo han de ser unas relaciones personales, que incluyen el ser humano en lo que de intelectual tiene y volitivo. Estas mismas relaciones se han de dar no con un mensaje, doctrina o mito, sino con un Jesús persona que incluye, antes que sus enseñanzas y su obra, su propio ser, su conciencia, su Corazón y su misión de Redentor.

Las relaciones con Cristo persona se llaman oración personal que, si falla, se esfuma y se impersonaliza la relación del hombre con Dios.

El cristiano debe aspirar a hacer todo por Cristo, todo para Cristo, todo en Cristo (Confer, 1 Cor 10, 31).

El cristiano no debe contentarse por lo que hace por Cristo por mucho que sea o por grande que le parezca.

El cristiano que ama a Jesús le parece poco todo cuanto hace por Jesús y trabaja con esfuerzo para aumentar su unión con Él.

Si Cristo actúa en su Iglesia ¿qué va a temer la Iglesia? Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis? (Mt 8, 16).

El poder salvador y vivificador de Cristo es la garantía del optimismo y esperanza de la Iglesia. Si Él vive y la Iglesia es su Cuerpo, Él como Cabeza no puede dejar de enviarles vida a los miembros, pero a condición de que ellos estén unidos a la Cabeza, como los sarmientos a la vid (Jn 15,5). Nada hay que pueda dar tanta fuerza como la más estrecha unión con Cristo nuestra Cabeza.

16. Las dificultades de la fe en Naamán, son paradigma de dificultades

El 2º. Libro de los Reyes (5, 1-27) nos relata cómo Naamán el sirio es curado de la lepra por la obediencia a la palabra de Eliseo. Pero esta obediencia no fue rápida. Pasó sus dificultades. Se preguntaba Naamán, decepcionado, pues esperaba un milagro espectacular: ¿por qué se ha de empeñar ese profeta en que mi curación se obre en un baño septenario, en un río extranjero? He ahí la primera dificultad que choca con el humano orgullo y con el nacionalismo. De no darse una fe ciega en lo que Eliseo exige no se obra la curación. Ya punto estuvo el sirio de quedarse con su lepra empeorando hasta la total destrucción de su organismo. Afortunadamente se impuso el buen sentido y un consejo sabio, oportunamente proporcionado, le llevó a aceptar las raras e inexplicables, caprichosas acaso, condiciones del Profeta.

No debemos pedir explicaciones a Dios de sus acciones en la historia o en nuestro íntimo ser.

El que somete el juicio cuando tiene sabidas todas las explicaciones, ¿qué compromete?

Sin darse cuenta la sociedad religiosa de hoy está desmedulando lo que es sustancial en la obediencia: la confianza. Por una parte se descarta la posibilidad de que Dios pueda obrar por cauces inadecuados, lo que atenta contra la Omnipotencia; por otro se queda el hombre entero en su voluntad, que precisa maceración y no hay nada que tanto madure para la transformación en Dios como el someterse a unos cauces humanos, sean superiores, sean circunstancias, en definitiva, manejados por Dios. Es natural que cuando falta el sentido divino de la Providencia que mueve los hilos de la historia universal o individual, se resienta también la obediencia, que tiene su raíz en la fe.

Sería muy provechoso reflexionar en determinados hechos, sin rebuscar más allá de los más conocidos y trascendentales: Unos negativos, de signo positivo otros. Pensemos qué hubiera sido de la humanidad si Adán y Eva hubieran puesto su confianza en la palabra de Dios: Ni pecado, ni muerte, ni guerras, ni trabajo duro y difícil, ni posible condenación.