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CAPITULO VIII LA
LLAMADA |
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I. Instrumentos de Dios Podemos hacer un muestreo de los instrumentos que intervienen como auxiliares de Dios para hacer sentir su llamada. Dios se sirve de Helí para dirigir al desorientado Samuel que oía por primera vez la voz de Dios y no conocía su acento. Le enseña a ponerse alerta al oír que es llamado por su nombre: «Samuel, Samuel» y a responder con plena disponibilidad: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3, 10). Se vale Dios de Juan que, inhabitado por el Espíritu, conoce a Jesús y lo presenta a los dos discípulos, Juan y Andrés: «He ahí el Cordero»... (Jn 1, 36). Andrés será otro instrumento de Dios que evangelizará a Simón, su hermano: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Dios, pues, que ordinariamente se valdrá de instrumentos para que le oigamos. Hoy he estado hablando con un joven de 18 años, bueno, pero que no va a misa porque no le gusta. Le he hablado de que le falta eso para ser del todo bueno. Es la acción del instrumento que ayuda al hombre y sirve a Dios. Hubo un día en nuestra vida en que alguien nos señaló el camino de Dios que es nuestra felicidad. Al oír se nos ponía en el trance de usar nuestra libertad. Podíamos seguir esa orientación o no. Todavía Dios no nos había hablado. Eran sus instrumentos los que estaban actuando, aunque en realidad, Dios ya nos hablaba por esos instrumentos. A nuestra pregunta respondía Dios. Y Samuel iba creciendo y Dios crecía con él. Y Andrés y Juan oyeron «venid y lo veréis» (Jn 1, 39). San Juan guarda un recuerdo profundo de esa llamada porque ya viejo, cuando escribe su evangelio, aún recuerda: eran las cuatro de la tarde (Jn 1, 39). Y a Simón le cambia el nombre aludiendo al cambio que se ha de operar en el contacto con Jesús yen el destino para el que lo elige. Ciertamente Dios nos invita a vivir con Él. a ser un mismo espíritu con Él, de ahí la necesidad de la pureza, porque nuestros miembros son miembros de Cristo, porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Co 6, 19). Entrar en convivencia con Dios, ¡qué sublime vocación!, y cómo nos va a exigir una dignidad y una elegancia en el trato con Él y con los hermanos. .. Vivir la misma vida de Dios. Morir, por tanto, a la nuestra, que es sensual y cicatera, egoísta y blandengue. Vivir la vida de Dios, será reproducir en nosotros la vida de su Hijo-Hombre, hecho hombre para ser modelo nuestro. Como Él de vírgenes, como Él de pobres, como Él de mansos y humildes de corazón. 2. La llamada de Jesús Niño El supremo modelo de vocación lo tenemos en Jesús Niño. El
Padre le pide un sacrificio enorme: separarse de sus cariñosísimos padres,
que son su vida, con quienes siempre ha vivido, a quienes nunca dio un
disgusto, de quienes no le separa ni un solo momento de aversión por un
castigo merecido. Unidísimo a ellos por un infinito amor de caridad
palpitante en su corazoncito. No es Jesús un niño insensible, o seco y
adusto, algo así como un hombre-niño, que hace cosas raras impropias de su
edad. No. Es un niño-niño, normal, que no se ha separado nunca de sus padres
y ahora el Padre le pide este tremendo desgarrón. Le llama. Le impone
quedarse en el templo. Le hace sentir Aquí
hay un misterio. Aquí hay una enseñanza. Ahora se abre una ruta nueva a Días vendrán en que su ejemplo será necesario. Un niño de 10 años es acompañado por sus padres Y. ya de noche, lo dejan en el Seminario. ¿Qué siente ese niño al cerrarse el portón de hierro que lo separa de sus padres y hermanita por primera vez en su vida? Es una pena muy honda… es una asfixia que no se puede definir. Es un mar de amargas lágrimas. Es el deseo de salir corriendo a gritar que vengan a por él... Conviene que pensemos todo esto. Porque pasamos superficialmente sobre el Evangelio, que ya nos sabemos de memoria pero sin ahondar en situaciones humanas que tienen su mensaje, y que nos darían una fuerza y una luminosidad que no encontraremos en los libros ni en las conversaciones. Que lo pensemos nosotros personalmente, porque a esta reflexión amorosa vincula el Espíritu Santo sus luces. Vendrán días en que necesitarán las almas la luz de la vida de Jesús. Serán
muchos los llamados por el Señor. Y estos llamados no pierden su sensibilidad
con Para éstos y para estas horas el Niño Jesús se está convirtiendo en maestro que exige lo que vive, que enseña con su ejemplo. ¡Benditos tres días en Jerusalén, en el templo, que tanto nos enseñan ya tanto nos estimulan! ¿Qué y dónde comería? ¿Cómo y dónde dormiría? Un sinfín de preguntas que se quedan sin respuestas pero que no dejan de acentuar el mensaje: Es necesario que yo sufra. Es necesario que mis padres pasen este calvario, este calificado dolor. Porque es necesaria la cruz para la Redención. Un
capítulo más de cruz. La salvación Las vocaciones a la salvación son obra del Señor. ¿Cuánto más lo serán las vocaciones a la perfección? Bueno será que nosotros echemos la semilla en el surco preparado, pero mejor haremos si, además, encomendamos fervientemente a Dios el desarrollo y granazón de esa semilla. El hombre puede recibir dos vocaciones: la de la salvación por el Bautismo y la de la perfección que plenifica la gracia del Bautismo. Ninguna de las dos viene de la carne ni de la sangre, sino de Dios que nos ha agregado al grupo de los llamados a la perfección. Lo nuestro será colaborar con esa gracia que se nos ha dado inmerecidamente a nosotros. Lo nuestro será invocar a Dios para que a la Iglesia no le falten esas vocaciones que tienen que ser renuevos vivos que germinen en la Sangre de Cristo. Toda vocación que no brote del Señor, por su acción, no granará, se secará, no llegará a sazón. Semillas de vocación caerán en tierra pisada, otras sobre piedra, otras en medio de cardos y espinas... (Mt 13,1-9). No nos extrañe que no veamos llegar a buen término todas las vocaciones que siguieron la llamada en un momento de fervor. No importa comenzar sólo, sino perserverar cuando lleguen las pruebas. Hay quien recibe la semilla con alegría pero en llegando la oscuridad de la noche, retrocede. No valen excusas. Todo está previsto y predicado: «el que perserverare hasta el fin se salvará» (Mt 10,22). 3. Jesús que llama «Convertíos
y creed Necesita Jesús colaboradores. Necesita Apóstoles, enviados. Sale en su busca. La primera pesca la hace Él lanzando la red de su Palabra al corazón de los dos. Les enganchó. ¡Ojos de Jesús conquistadores, pescadores de hombres! Enseñadnos a mirar de tal modo que hagamos presa en las almas para enamorarlas de Ti. ¡Palabras de Jesús potentes! Poned fuerza en nuestras palabras para que sean tuyas y no nuestras, insustanciales y sin base. ¡Pies de Jesús fatigados de caminar en busca de pescadores! Dadnos la belleza de los pies del mensajero de la paz. ¡Alma de Jesús ardiente de la gloria del Padre! Enciende las brasas mortecinas del carbón de nuestra alma. ¡Danos un alma ardiente como la tuya! ¡Corazón de Jesús, palpitante a la escucha de la respuesta de Simón, de Andrés, de Juan, de Santiago! Haz paciente nuestro corazón en las repulsas, sufrido en los desaires, desprendido en la aceptación de nuestras propuestas de santidad. «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él» (Mc 1 20). Esta rapidez entusiasma. Este desprendimiento es maravilloso. Algún día recordarán con nostalgia los atardeceres en el lago, la red henchida. .. Será el momento de decirles: «Escucha, hija, mira: presta oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza, ríndele homenaje, que él es tu señor... A cambio de tus padres, tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra» (Sal 47). Y por encima de la promesa del Salmo, la amistad de Cristo que se va haciendo cada vez más estrecha. La cercanía de Cristo que tiene palabras de vida eterna. 4. Tras la llamada, la prueba La historia de la salvación tiene siempre sus mismas constantes. A la fidelidad del pueblo a la Alianza sigue la bendición de Yahvé. A la infidelidad corresponde Yahvé con el dolor purificador. Unas veces es la guerra, otras el hambre, otras la sequía, otras el cautiverio y el destierro. El Salmo 125 nos transporta al final del destierro de Babilonia y la liberación del resto de Israel. El salmista crea un bello poema que refleja la situación espiritual de los desterrados repatriados ya del cautiverio babilónico. No pueden disimular su gozo al ver que al fin se han cumplido los oráculos del Señor: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: " El Señor Da estado grande con ellos".» Pero al llegar a su patria sufren mucho. Encuentran el Santuario desolado, Jerusalén en ruinas... es mucho lo que han de trabajar; mucho lo que han de esperar hasta que su nación recupere su plena prosperidad política, económica y religiosa. Es verdad que para los pueblos gentiles fue inesperado el cambio obrado en la nación elegida, defendida y salvada por el brazo poderoso de Yahvé. Parece que no se lo acaban de creer: todo les parecía un sueño. Hasta el salmista se hace eco de esa extrañeza: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares». Todo crecimiento espiritual o material en la ciudad de Dios, dentro de nosotros o fuera en las almas que amamos, o en la comunidad que deseamos extender, ha de ir precedido de una purificación, de una noche, más o menos intensa, más o menos oscura… en proporción a la extensión del Reino, ya la cercanía de Dios a que se ha de llegar. En
nosotros destruirá Él toda nuestra escoria para convertimos en una ciudad de
justicia: «Volveré mi mano contra ti; te limpiaré de escoria en el crisol,
separaré de ti la ganga; te daré jueces como los antiguos, consejeros como
los de antaño: entonces te llamarás Ciudad Justa, Villa Fiel. Sión será
redimida con el derecho, los repatriados con Cuando el Señor quiera levantarnos a un grado más íntimo de unión con Él nos lo hará pagar caro, que siempre será barato, porque es mucho más lo que nos quiere dar que lo que nos quiere quitar, porque es necesario que nos lo quite, pues con tinieblas no hay luz, y con fealdad no hay hermosura. Lo admirable es que también puede elegir a quien Él quiere para comprar la luz para otros. ¡Dichosa el alma distinguida por Dios para ejercer, sin ella saberlo, la caridad en tan alto grado! Bernanos en sus «Diálogos de Carmelitas» nos presenta la muerte de la Priora: una muerte dura, una muerte, casi diré, cruel. En aquella larga agonía, que espanta a los espectadores, brota una frase que es la clave misteriosa de aquella tal muerte en un alma que siempre vivió su fe: «No es su muerte, es otra muerte la que está muriendo». Puede ser que el Señor nos elija en la extensión de su Cuerpo Místico para expiar otros pecados, para Comprar transformaciones de almas (Col l, 24). ¿Quién puede descifrar este misterio? Pero lo que sí está en nuestra mano es dejamos trabajar... dejamos intervenir según sus planes Lo penetrando así en la vida misteriosa del Cuerpo Místico Es maravilloso que la luz insignificante de una lamparilla mortecina pueda llegar a encender el estampido de Un cohete, o las velas de toda una comunidad. Del Beato Enrique de Ossó se dijo: «Su oración basta para mantener la fidelidad de sus hijas». Lo cierto es que no hay redención sin efusión de sangre (Hb 9, 22). y por la tanto, si queremos ser consecuentes y queremos que la redención llegue a nosotros y alcance a nuestros hermanos, no rehuyamos pagar el precio de la sangre que por ella hay que abonar. Y el Señor sabe muy bien exigirnos... la que más nos cuesta. El Señor sabe muy bien apretarnos en la parte más sensible. Él sabe muy bien acertar a darnos el golpe en el centro más doloroso de nuestra llaga. «Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb» (Sal 125). Hay que construir a Jerusalén. Por eso con esta expresiva metáfora de los torrentes del Negueb que durante el verano están secos y se inundan de agua al llegar con el otoño las primeras lluvias, expresa el deseo el salmista de que el Señor cambie nuestra suerte. Que la que está destruido, se reconstruya, que la que está yermo, reverdezca, que donde hay tinieblas brille la luz. 5. ¡Hoy, ya! ¡Sal de tu tierra! El vivir en la voluntad de Dios está reportando verdadera inmolación. Somos hombres sujetos a una historia, a un temperamento, a unas costumbres. Todo esto en el complejo sicológico nos condiciona vital y existencialmente. Pero del fondo de nuestro ser surge la llamada de Dios: «Sal de tu tierra» (Gn 12, 1). Señor,
yo ya quiero. Tú Al contrario, me aniquilan, me desintegran, me llevan al caos... Pero, yo no puedo. Yo solo no puedo. Hay dentro de mí Una guerra fría que, a veces, se tor. tla caliente. Vivo en conflicto. Tú me llamas. Siento tu atractivo. Me persuades. Me decido... Pero… ahí queda un poso de vida turbia que me tira hacia abajo. Hay un tira y afloja. Hay un quiero y no quiero. Un quiero y no puedo. Y sigues con tu voz imperiosa que no me anula, ni me coacciona, pero me interpela, me succiona, me martiriza: «¡Sal de tu tierra!» (Gn 21, 1). Sí. He de salir. He de dejar. He de olvidar. He de organizar mi actividad. He de orar. He de mortificar. Pero, espera un poco... Sí, pero mañana… Esta vez nada más... Soy un iluso. Trato de engañarme. Quiero vivir engañado. Yo sé que mañana diré lo mismo. Como cuando es hora de levantarme y digo: Un minuto más... Después... Y pasa ese minuto... y estoy más postrado que antes... He de decir ¡Sí! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! Salgo de mi tierra. ¡Voy contigo! Si
no tomara Entre otras endurecer mi relación con Dios. Aislarme. Quedarme progresivamente solo… Y acrecentamiento de la guerra fría y situación de conflicto y estado de contradicción interior. Es la existencial llamada: ¡Señor, ábrenos' Y la determinación de dar un portazo. ¡Trágica situación!... IR VOLVER AL INDICE DE LIBRO CAMINOS DE LUZ : INDICE |
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Caminos de Luz Editado por: Caminando-con-Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |