CAPITULO X

TESTIGOS ACTIVOS

 

1. Jesús Apóstol

En el brocal del pozo de Jacob está Jesucristo, Creador de la gracia. Está fatigado, cansado, sudoroso por el esfuerzo del viaje. Viene en plan de conquista. Los viajes de Jesús no tienen otro objetivo, porque es el Amor y éste no puede estar inactivo. Que la mujer samaritana viniera a mediodía en busca de agua no parece corriente. Que Jesús llegue al pozo y se siente nos dice que la está esperando. Es un viaje previsto, intencionado. La fuente de Jacob será lugar donde brotará otra fuente, de más calidad, de un orden superior.

Pero esa gracia ni manará sin esfuerzo del Apóstol, ni entrará en el corazón del hombre sin el ejercicio previo de determinadas virtudes.

El esfuerzo del Apóstol, en este caso de Cristo, incluirá una serie de incomodidades: desplazamiento, fatiga, humillación -un judío no dirige la palabra a un samarita- no- ejercicio de estrategia dialéctica, paciencia con los desplantes de la mujer, trato de un hombre puro con una fornicaria, incomprensión de los apóstoles.

El ejercicio de las virtudes en el hombre en quien la gracia va a entrar es previo a la entrada. Serán éstas: humildad, fe, esperanza y caridad apostólica. Algunas son, más que previas, consecuencia ya de la acción de la gracia, como la caridad.

«¡Si conocieras el don de Dios!» (Jn 4, 10). La gracia es un don, puro regalo de Dios. Si no podemos añadir un codo a nuestra estatura ¡cuánto menos vamos a poder damos la gracia! Pero ni tampoco la podemos merecer de condigno. ¿La pecadora samaritana había merecido la gracia? Había amontonado pecados en su alma, ofensa tras ofensa, corazón terreno, sensual, repugnante. No merecía. Todo lo contrario: tenía deméritos. Es puro amor de Dios, que llama, que pide, que ofrece. y que, apenas pide, comienza la invasión dominadora e irresistible con su gracia. Ese pedir ya es gracia. Que el hombre en su primera instancia rechaza. «Dame de beber». y la mujer: ¿yo darte de beber? ¿Tú me pides a mí que soy samaritana, tú que eres judío? (Jn 4, 9). Cristo responde al desplante con una nueva embestida. Otra gracia: ilumina con sus palabras, valoriza el don de Dios a los ojos ciegos de la pecadora: ¡Si supieras quién soy! Esto no

sucede todos los días ¡aprovecha la ocasión! Mira que esa agua que bebes no te sacia. Esos goces te embrutecen, sólo el agua de vida que yo te ofrezco puede hacerte feliz.

¿Reacción de la mujer? No lo creo, no tienes con qué sacar agua. Si no puedes sacar agua del pozo, menos, mucho menos podrás darme esa agua eterna que me prometes. Ésa es la reacción de la mujer. Pero la gracia sigue embistiendo. y la mujer se rinde. Y le reconoce Profeta. Y deja abandonado el cántaro. Y se va a la ciudad. Y predica a sus paisanos.

Otro acto de humildad que hace la mujer: «trae a tu marido». Reconoce que no tiene marido, que es mala. Que vive amancebada. Humildad. Esta humildad ha venido con la oración: «Dame de beber». Oración de petición. ¡Qué fuente de bienes la oración! ¿La valoramos suficientemente? Cuando nos veamos desprovistos de fuerza, hundidos en la cuneta, en la debilidad que experimentamos, acudamos a la oración. El Señor nos concederá la gracia de que reconozcamos nuestra ceguera. Sin desalentarnos. Y sin pretender cambiar de cuajo nuestra vida. Él irá arreglando tantas y tantas cosas... El alma que ha de recibir el don de Dios ha de ser humilde. Ha de pisotear su amor propio, su susceptibilidad. Es condición indispensable. Si la samaritana llega a negar que hay un hombre en su vida que es una barrera para la acción de la gracia, aquella palabra de Cristo se hubiera esterilizado. Su confesión la salva. Fe, esperanza en las palabras de Cristo, en la promesa de un agua viva, en que llega el tiempo mesiánico cuando el Padre se alegrará de los adoradores en espíritu y verdad que espera (Jn 4, 23), engendran caridad apostólica que busca dar a conocer lo que Ella ha visto y ha experimentado: «Venid y ved» (Jn 4, 29). Es el Mesías. Por una mujer humilde, una comarca creyente. Por un alma de Dios, una comunidad caminando por vías de santidad. Como la espiga se cimbrea porque un grano de trigo se enterró.

Sin cimientos no hay edificio. Pero el Coliseo Romano ¡qué cimientos tan profundos y colosales que han hecho posible el desafío de los siglos!

Las pirámides de Egipto no están edificadas sobre arcilla blanda y endeble. ¿Santidad gigante? Humildad profunda. ¿Apostolado extenso, comarca convertida, almas que crecen mucho en virtud? Imposible sin mucha y profunda humildad.

Así de manera natural, sencilla, sin estridencias ni excentricidades ha de ser implantado el Reino de Dios.

Juan Pablo II es amigo del apostolado silencioso, constante, perseverante, duro, minucioso y poco brillante. Es el más eficaz y el más evangélico. Es verdad que él ha protagonizado espléndidos espectáculos multitudinarios, pero esto es praeter intentionem, no buscado; ahí juega mucho su carisma personal, su gran atractivo espiritual y humano. Pero él no busca llamar la atención. No trabaja de cara a la galería. Prueba de ello es que dijo tajantemente en Norteamérica: ¡No al divorcio! ¡No al aborto! ¡No a la actividad homosexual! ¡No al sacerdocio femenino! y él sabía que estas negaciones no eran populares precisamente. y también prueba de que él busca la eficacia apostólica por encima de todo, que aceptará un viaje a Turquía en unas circunstancias históricas y actuales totalmente desfavorables. Ya Inglaterra ya Argentina… y que cada año haya bajado al confesionario a oír confesiones el Viernes Santo.

2. El estilo de Jesús

Jesús va a comenzar su actividad de apóstol y está decidido a actuar con plena normalidad. Después de la preparación remota de largos años de oscuridad, humildad y pobreza, en el ámbito de una familia totalmente normal, la preparación inmediata en el desierto de Judea, a donde se dirige desde el Jordán, quizá desde cerca de Jericó, montaña arriba, escarpada e inhóspita. Me encanta imaginar a Jesús trepando por aquella escarpada ladera con el esfuerzo parecido al que a nosotros nos supondría la subida, y sentir el jadeo de su respiración. Y oír el rodar de las piedras que sus pies arrancan hasta las profundidades de la sima. Una vez en la cumbre la oración intensa, concentrada y silenciosa, la soledad, la penitencia y el ayuno de cuarenta días. y al final, experimentando hambre, la tentación: El diablo se aprovecha de esta circunstancia para tentarle. No era malo que, al tener hambre, Jesús comiera; pero sí hubiera sido malo que Jesús hubiera aceptado la sugerencia del diablo convirtiendo las piedras en pan. Él podía convertir las piedras en pan. Allí no había la posibilidad de adquirir pan. Pero es más propio que bajen los ángeles y le sirvan, dejando las piedras quietas y piedras. Tampoco cuando se compadezca de las gentes a punto de desfallecer de hambre convertirá las piedras en pan. Sería demasiado espectacular. Jesús es más sencillo. Pedir los panes que tienen y multiplicarlos parece más humano y más natural y más valorizador de la aportación humana.

A Jesús le gusta la naturalidad aun en los milagros, agua en vino, pesca en el mar... Cuánto más en su manera de sembrar el Reino.

El Reino de Dios es semejante a un sembrador... Deja caer la semilla en silencio... fecundo, pero que exige espera larga y paciente, de noche monótona y lenta, tejida de interrogantes...

Para amigos elige a unos hombres que nada tienen de aristócratas, ni en el poder, ni en la ciencia, ni en el dinero. Al contrario. Sencillos, gente con poquísimas leo tras y pobres que se ganan la vida con el duro trabajo de la pesca. Un recaudador de tributos hay, pero éste, en contrapartida, desacreditado ante el pueblo.

El Reino tiene que ser implantado en debilidad humana, pero en fuerza de Dios. La dignidad humana radica en la libertad y en la generosidad de la respuesta a la llamada.

Jesús quiere salvar a los hombres. Le agrada aprovecharse de los elementos que tiene a su alcance. Le gusta el progreso, pero sin querer partir siempre de cero. Partirá de cero sólo cuando sea necesario: en la creación. Pero, ya después «creced y multiplicaos» (Gén 1,28)... «Seréis pescadores de hombres» (Mt 4, 19)... Él lo puede hacer todo, pero no quiere seres inútiles, pues a todos les ha marcado una función, cuyo ejercicio le glorifica.

Jesús es amigo de tener colaboradores y con ellos cuenta. Con nosotros, con la Iglesia.

Cada uno ha de trabajar a su aire, pero ha de trabajar, ha de dejarse llevar del Espíritu. Pero bien limpia la cisterna de piedras que dejen paso a la invasión de agua de vida eterna.

Quiere mis líneas, aunque mal trazadas, no por desidia, sino porque no las sé trazar mejor. En ellas cabalga su Espíritu. Él es el que dará el nacer y el crecer.

Nosotros instalación eléctrica, Él, alta tensión. Sin olvidar que ésta necesita cables adecuados que la puedan soportar. Pero ¡cuánta instalación con los plomos fundidos! Así no electrocutamos de amor a nadie...

Sembrar... Sembrarse... Penitencia interna, domesticar pasiones, instintos, apetitos... Cuaresma... Desierto... Menos vida de sentidos para vigorizar la del espíritu. Si mortificáis las obras de la carne viviréis (Rm 8, 13).

Y las obras del espíritu se harán patentes en Vosotros y, con ello, vuestro apostolado será eficaz.

Juan Pablo II está ya consiguiendo unos frutos que nos llenan de alegría. Se pueden leer hoy y oír palabras que hace unos años ya estaban arrinconadas en el desván… Las palabras oración, pureza, mansedumbre, necesidad de la confesión… van sustituyendo a otras más horizontalistas y humanistas.

Desgraciadamente se ha pagado un gran tributo a la demagogia y a.1 secularismo, al humanismo desvinculado del Creador y al afán de no ser fichados de desfasados, y de no perder el tren.

Enjuiciando el viaje del Papa a Polonia, venía desde allá admirado un sacerdote periodista español. Comentaba: «El Papa decía -"No dejéis de rezar a la Virgen, id a misa, confesaos"-. Y la gente aplaudía... si en España decíamos eso no escuchaban».

¿Quizá por eso no lo decíamos? ¡Qué pena! Ha sido necesario que un Papa vigoroso y deportista, inteligente, intelectual y culto, poeta y dramaturgo, pero hombre de profunda fe y contemplativo, diga claro que hay que rezar, y que los seminarios han de ser formadores de apóstoles, para que muchos tomaran conciencia de su deber de hombres de Dios.

¿Es que se avergonzaban de Dios? O ¿es que no esta- han plenamente convencidos? O es que, sí lo estaban, ¿pero lo disimulaban para no ser etiquetados?

No cabe duda. Los apóstoles nos habíamos mundanizado. y sembramos vientos y cosechamos tempestades...

Sigamos vigorosamente a Jesús en el monte de la Cuaresma y decididamente donde haya un cristiano que haya un apóstol eficaz por convencido y enamorado.

Examinemos nuestra acción apostólica. ¿Va ésta dirigida sólo a los poderosos?

¿Sobrevaloramos los accidentes y las circunstancias, más que la sustancia que es el ser humano en su capacidad de decisión? ¿Mejor a los cultos, que a los no cultivados? ¿O a los ricos que a los pobres? ¿O a los influyentes que a los sencillos y sin relieve social?

Si así obráramos no estaríamos en la línea de Jesús, ni sería nuestra actitud de hombres de pura fe, de amor desnudo y de confianza en el Señor. «¡Maldito el hombre que confía en el hombre», es decir, en los medios humanos! (Jr 17,5).

Y si así actuáramos habríamos de rectificar. Y, además, conscientes de que tarde o pronto, ese trabajo será quemado y se vendrá abajo. Jesús quiere salvamos por el escándalo de la Cruz y por la debilidad y necedad de la predicación.

Cuando hablamos de cultura no queremos ignorar el talento natural que es don de Dios y que es necesario para la santidad. Nos referimos al accidente, que ya es humano, de la posibilidad de haber cultivado y adquirido la cultura. Tampoco hemos de cerrarnos a la intelectualidad. Lo que sí hemos de estar en guardia para no afirmamos y cimentamos en las realidades humanas que, si existen, sólo han de ser medios y no fin, accidentes y no sustancia y nunca, nunca, deben ser causas de discriminación, porque Dios no es aceptador de personas (Rm 2, 11).

Siembra, sembrador. Ora, sacerdote de Jesús. Camina, viaja, ayuna, insiste a tiempo y fuera de tiempo, predica a uno, a dos, a tres... escribe una carta a una sola persona, pero dile algo que no quede en «carta te escribo, nada te digo»... ¿Qué utilidad? ¡Qué necedad! Jesús pasará una noche con uno sólo: Nicodemo.

Y caminará y sudará buscando a una sola mujer: la samaritana. y predicará el unum necesarium a sola María, aunque aprovechará la ocasión para decirle a Marta lo que le era necesario.

Una a una hay que salvar a las almas. Conviene que no perdamos de vista las actitudes de Jesús para que nuestra fe no se debilite, y conformemos nuestra acción con su talante y seamos más amigos de la humildad en el apostolado que del relumbrón y de, ¿por qué no decirlo?, la vanidad y la ostentación. ¡Qué es muy verdad que muchísimas veces más se hace el bien para quedar bien que por hacer el bien y por el amor del Reino. Y, como el ruido hace poco bien y el bien poco ruido, animémonos a hacer muchísimo bien de puntillas para no hacer ruido y con la vista muy puesta en el Reino de Dios.

Y el enseñante en su colegio, con dulzura y energía, en los mil actos de caridad que tiene que ejercitar, y el comerciante en su objetivo apostólico, o en su tarea doméstica, de elección de género, de contar y hacer números para que alcance a todo el presupuesto, y la llamada telefónica que hay que hacer por quinta vez sin resultados. y la búsqueda de medios, y el tratar de ingeniarse para ver la luz a través de la rendija más insignificante, van preparando los caminos del Señor que no son deslumbrantes, sino de ordinario oscuros y de muy poco relieve.

Es así como Jesús abrió cauces a la Iglesia, y así como los Apóstoles aprendieron a sembrarla a lo ancho de la tierra y no de otra manera nos pide el Señor la colaboración a su obra ya su acción dinámica y ardiente pero muy paciente y sosegada.

No. Satanás no consiguió apartar a Cristo del camino de la fecundidad sencilla y ardorosa, humana y lenta en el crecimiento del Reino, para lanzarlo al torbellino de la acción ostentosa y apoteósica.

Él siguió el camino emprendido en Nazaret a golpes de martillo y derramando gotas de sudor, sembrando el grano para que se pudra en la tierra y resucite hecho espiga, que germina por su propio calor y dinamismo natural, que crece y crece sin prisa y sin pausa hasta que el sol le bese con tantos y tantos besos que la convierta en oro de hombres divinizados.

3. Predicación sustanciosa y esencial

El valor más positivo que encontramos en la espiritualidad contemporánea es la búsqueda de lo esencial y la detestación de perderse en lo periférico. También aquí ha de brillar el misterio de la cruz.

Las diversas devociones que nos han transmitido los siglos pasados no cuentan hoy con el favor de la juventud; los libros de piedad y de novenas y oraciones que antes eran comunes entre los fieles, ya no satisfacen a las nuevas generaciones.

La predicación centrada en devociones e incapaz de descubrir a los fieles el profundo mensaje de la Palabra de Dios, es de tiempos pasados.

El lenguaje vacío, con profusión de palabras o inaccesibles, o sin sentido, o halagadoras y muelles, no dicen hoy nada a los hombres cultos ya los jóvenes educados bajo los signos de los actuales tiempos.

De igual modo ha perdido vigencia la indumentaria que antaño sumía en un mar de delicias sensoriales. Es natural que así suceda en los tiempos del clergyman y cuando hasta el Romano Pontífice se presenta revestido de sencillez evangélica.

En este sentido podemos decir que afortunadamente las generaciones jóvenes piden y exigen una mayor autenticidad.

Gracias a Dios que ahora los fieles que, con tanta facilidad pueden distraerse oyendo hablar bien en la televisión, en la radio o en el cine, vuelven sus ojos al ministro de la Palabra con ansia de Palabras de Dios, sencillas y profundas a la vez, llenas de vida, evangélicas, claras y despertadoras de su conciencia y no fomentadoras de su vanidad, que les remonten hacia lo eterno y no les dejen amodorrados en su vacío, que les orienten para vivir con esperanza y les transmitan alegre fuerza para mantenerse en pie mientras dura la peregrinación.

Claro que las generaciones mayores habrán de hacer un esfuerzo grande de adaptación para sintonizar con los modernos estilos, pero les servirá de gran estímulo para hacerlo la idea de que es de gran utilidad proyectar la espiritualidad hacia el futuro con miras a una mayor eficacia en todas las formas. Pero a estos modernos estilos no se les puede conceder patente de corso para poner en tela de juicio la doctrina fundamental.

«Hoy -decía Pablo VI el 9 de agosto de 1967- se habla mucho y se escribe, incluso fuera de los ambientes eclesiásticos, de temas religiosos, de discusiones teológicas, de movimientos espirituales. Se intenta atribuir al Concilio toda clase de novedades, especialmente en el modo de concebir la fe y de presentarla al mundo contemporáneo, poniendo en tela de juicio doctrinas fundamentales del catolicismo, declarando opinables verdades definidas por la Iglesia y reivindicando para la libertad de conciencia y para la inspiración del Espíritu Santo el juicio arbitrario y personal sobre principios importantes y, a veces, constitucionales del pensamiento y de la disciplina eclesiástica».

En este sentido no es difícil encontrar esos teólogos improvisados, autodidactas y más o menos aficionados que, sin demasiados escrúpulos, se aventuran por el campo de las ciencias sagradas para terciar en temas, más llamativos que seriamente teológicos, que confunden, cuando no equivocan, a muchas gentes de buena fe que los leen y escuchan como si se tratara de auténticos maestros. El tema religioso, tratado ligeramente en revistas y publicaciones, incluso frívolas, nada gana con ello. Los teólogos improvisados fueron ya desenmascarados por el propio san Pablo y por san Judas Tadeo, que, en su breve epístola católica, los designa como «pastores de sí mismos, nubes sin agua llevadas por los vientos, árboles de otoño desprovistos de fruto» (Jds 1, 12).

«Por ello, renovación sí; teología conforme a libres teorías subjetivas, a menudo tomadas de fuentes adversarias, no» (Pablo VI, «Ecclesia», 25 mayo 1968).

4. Organización en la acción

Es admirable la sabiduría, el orden y el cálculo minucioso que brilla en una colmena habitada por 20.000, 50.000 u 80.000 abejas. Tanto, que esa maestría en el trabajo puede considerarse, en buena dialéctica, como un argumento poderoso de la existencia de Dios Inteligente. ¿De dónde, sino, les viene a las abejas, pobres bestezuelas, inteligencia, arte, estética y ciencia tan maravillosas?

Me gusta comparar cualquier comunidad eclesial a una colmena.

En la colmena todo individuo tiene su oficio y lo desempeña con diligencia habilidosa. Allá las porteras, llenas de responsabilidad, investigan en medio del zumbido del trasiego incesante, desde su puesto de control, las entradas y salidas de todas.

La Reina es el eje de toda la gran familia. Ocupada exclusivamente en su noble tarea maternal, es tratada por todas con un respeto singular y una ternura heroica y sin límites. Saben, sin saberlo, que en ella alienta la llama de la vida.

Hay, además, las proveedoras y las constructoras...

¿Verdad que es provechoso y aleccionador ver en la comunidad cristiana un trasunto de la vida de la colmena?

Se dirá que las abejas no discurren yeso mismo favorece el argumento. Porque es Dios quien ha discurrido por ellas y las ha puesto en marcha y no romperán nunca ese orden.

La comunidad quiere ser una colmena y estamos en la organización de Dios. Cada uno cumpla su oficio y haya un puesto de trabajo para cada persona.

Todos trabajando con orden, disciplina, espíritu cristiano, mentalidad de equipo que pretende el bien común y que sabe sacrificar todo lo que estorbe al mismo o dificulte su consecución.

Todos en actividad incesante. Inasequibles al cansancio, rindiendo al máximo en la Comunidad en que la Providencia nos ha enjambrado para producir la cera del sacrificio y la miel del amor.

Mirando a Dios y deseando ser vistos única y exclusivamente por Él que es Quien nos ha de enjambrar en la suprema colmena del cielo donde comeremos, en pago, la miel que destila su Manso Corazón.

5. La autoridad es necesaria

Si en la colmena hay autoridad también la ha de haber en la comunidad cristiana. Entonces ¿por qué asusta la autoridad?

Pero si en el programa de Dios la autoridad es amorosa solicitud...

Pero si ontológicamente la autoridad no tiene más razón de ser que cargar con la responsabilidad del bien común...

Pero si la autoridad confiada por Dios no es absoluta; está limitada por unas obligaciones morales que moderan su ejercicio.

Pero, si en definitiva, la autoridad es un servicio. Toda autoridad viene de Dios.

Más aún. Toda autoridad tiene un modelo en Dios, cuyo pastoreo en la historia de la salvación no quiere más que el bien de la humanidad.

Pero donde el Pastor de Israel mejor se manifiesta Pastor es en Cristo, cuya prerrogativa principal es la posesión de la autoridad. «Se me ha dado toda la autoridad en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18).

En la Iglesia hay un signo que revela la presencia operante y bienhechora de Cristo-Pastor. Papa-Obispo-Párroco y sus Delegados.

No. La Iglesia no puede ser constituida de diverso modo a como la organizó su Fundador. Ella no puede prescindir de la línea orgánica trazada por Jesús, que la quiso como un rebaño de ovejas guiadas por un Pastor.

Ni todos pastores. Ni todos ovejas. Eso sí. Habrá que pedir el carisma del pastoreo, el sano y eficaz y tradicional y moderno y humano y divino ejercicio de la autoridad para quienes llevan sobre sus hombros el peso agridulce de las ovejas.

Habrá que implorar el estilo del Buen Pastor para que los pastores-signos sean, como Él, Buenos Pastores.

La Constitución de Eclesia del Vaticano II señala los recíprocos derechos y deberes de los seglares y de los pastores en sus mutuas relaciones:

«Los seglares, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos...

»Procuren los seglares, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el gozoso camino de la libertad de los hijos de Dios, aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo que los sagrados pastores como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia actuando de maestros y de gobernantes. Y no dejen de encomendar en sus oraciones a sus prelados, para que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas, cumplan ésta con gozo y no con angustia» (LG.27).

Es también ésta doctrina de san Pablo, citado por el Concilio: «Obedeced a vuestros guías y mostradles sumisión, pues ellos se desvelan por el bien de vuestras almas, como quienes han de dar razón, a fin de que hagan eso con alegría y no gimiendo; porque esto a vosotros no oS trae cuenta» (Hb 13, 17).

En la crisis de fe que estamos padeciendo no se escapa sin herida la fe en la autoridad. Puntualiza el Cardenal González Martín: «Si miramos a nuestro alrededor veremos que hoy están en crisis de manera alarmante, dos necesarios pilares de nuestro cristianismo: el de la fe y el de la autoridad. No se tiene fe en la autoridad; no tiene autoridad la fe.

Por otra parte, nunca, como en estos providenciales tiempos de reforma y construcción, estamos necesitados de estas dos ayudas: pues sin la fe nada se puede edificar, y sin la autoridad todo termina por caer.

Y es que no se repara suficientemente en que ha sido el mismo Dios quien ha querido salvar al hombre por la obediencia de la fe en Jesucristo: en sus palabras, en su persona, en su misión. Ni se considera debidamente que es el mismo Jesucristo quien sigue ejerciendo su autoridad por intermedio de aquellos que visiblemente le reo presentan» (Carta pastoral de 24 septiembre 1967).

Cristo está presente entre nosotros de varios modos: en la Eucaristía está sacramentalmente. En su palabra, leída u oída proclamar por sus ministros, está Cristo con una presencia operante. En el ejercicio de la autoridad de los que tienen la misión de apacentar ovejas y corderos, está también Cristo.

Si alguien niega la presencia de Cristo en la Eucaristía es un hereje.

¿Dejará de serlo en la práctica quien no acepte la presencia de Cristo en su palabra y en su Jerarquía.

Pero es más fácil aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que siempre calla, aun ante el sacrilegio, que la de su palabra y jerarquía que tiene el deber de «predicar, instar a tiempo ya destiempo, reprender, exhortar, increpar y no cejar en la enseñanza» (2 Tim 4, 2). No es extraño que el muro que pretende derribar la Palabra se oponga a esa presencia de Cristo, que, calla en la Eucaristía porque ha de hablar en la jerarquía, que precisa la asistencia del Espíritu Santo para mantenernos en la verdad sin

caer en el error, pues si los pueblos más civilizados, como Grecia y Roma, no han sido capaces de conocer perfectamente y conservar sin error aun las más esenciales verdades de la religión natural, ¿qué sería de los más primitivos y rudos?

6. Cimentados en la verdad por el Magisterio

Es un hecho histórico que ni los pueblos pudieron ni los filósofos más geniales han conseguido elaborar una teodicea perfecta.

De este hecho universal y constante se deduce que es un imposible moral que la humanidad conozca por sí misma y conserve sin error las verdades de la religión natural.

Santo Tomás encuentra la razón de esta imposibilidad en una triple dificultad que la masa no puede vencer. De la propia naturaleza de la vida humana se deduce que muchos hombres son incapaces y nunca podrían estudiar y muchos que podrían estudiar no asimilarán. Otros con capacidad se verán impedidos por el trabajo que les reporta la vida familiar y sus negocios y otro sector no estudiará por pereza, enemiga de todo estudio arduo y largo.

Además, las verdades religiosas son profundas, requieren un trabajo muy penoso y exigen muchos conocimientos previos. Y no es pequeña la dificultad de que, siendo la religión un dogma y una moral, los preceptos de ésta se opongan a las humanas pasiones.

¿Quién no tiene experiencia de la debilidad del humano entendimiento que mezcla siempre errores y opiniones? Así Dios no dejará a la humanidad en un estado de duda sin poder llegar a conseguir la certeza necesaria en un asunto tan vital.

Para remediar esta humana necesidad, ha escogido el más sencillo medio de ayudarnos: la revelación oral y escrita. Pero aún esta revelación está sujeta a los mismos peligros mencionados. Porque los hombres desfiguran todo lo que transmiten mezclándolo en sus propias imaginaciones y explicaciones.

También la Sagrada Escritura -revelación escrita -, con requerir un laborioso estudio, sufre el mismo peligro. Ahí están, para demostrarlo, las herejías. Este peligro ha sido remediado por Dios con la institución de un magisterio infalible, que conserve y explique la revelación. «Id y enseñad» (Lc 10,3 ss.). Autoridad docente con facultad de imponer sus enseñanzas. Asistencia del Espíritu Santo para preservar del error a los órganos de este Magisterio es la invención divina que tiene como fruto la unidad en la verdad.

Y que pide de los fieles, miembros del pueblo de Dios, sumisión confiada del entendimiento y total obediencia de la voluntad.

7. La santidad exigencia del testimonio

Como miembros del Cuerpo Místico todos debemos contribuir a su desarrollo.

Pero un cuerpo crece desde dentro: atender a la purificación de la sangre, controlar el recto funcionamiento de todos los órganos es medida primera y prudente.

Deduzcamos de ahí que lo que más necesita hoy el Cuerpo de la Iglesia, como siempre, es santidad, por eso el Vaticano II la señala tan firmemente como meta, como veremos después. La santidad, vida de Jesús en loS miembros de Jesús. Santidad es transformación en Jesús, santidad es vivencia de virtudes de Jesús. Santidad es fe, es esperanza, es amor, amor sobrenatural a Dios ya sus hijos. Santidad es prudencia, es justicia, es también fortaleza y es templanza. Santidad es humildad y obediencia y pureza de Corazón y sinceridad y sencillez y trabajo incesante y respeto mutuo y todas las virtudes que derivan de la cruz. Porque la cruz es la identificación con Jesús. y la santidad es la reproducción de Jesús.

Si tenemos deber de ser apóstoles -todos los que hemos sido bautizados lo tenemos -, tenemos el deber de vivir crucificados, porque sólo por la cruz irradiaremos la inmensa vida de Dios. Sólo la semilla que se entierra asegura la cosecha.

En una palabra, como apóstoles hemos de sostener una lucha por conquistar la santidad, por lo tanto hay que prepararse para ella. Si loS soldados del ejército de tierra se adiestran en el uso de las armas, loS del ejército del cielo no podemos entrar en combate sin instrucciones. El Apóstol nos dice que las armas son las de Dios: «Ceñidos vuestros lomos con la verdad»; la luz de la verdad nos es necesaria, luz de verdad sobre nuestra vida de Dios, sobre el valor de la oración, vida de sacrificio; luz de verdad que nos actúe firme, clara y constantemente la vida sobrenatural. Con la luz de la verdad tendremos ánimos para caminar por esa senda que es austera y nada grata a la naturaleza inclinada a lo sensible y al placer.

¿Dónde proveerse de este traje de guerra de verdad? En la oración, en la reflexión. Ese traje está descrito por san Pablo: «Estad pues alerta, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos de la coraza de la justicia y calzados los pies, prontos para anunciar el evangelio de la paz. Abrazad en todo momento el escudo de la fe con que podréis hacer inútiles los encendidos dardos del enemigo» (Ef 6, 14).

La segunda arma que menciona el Apóstol es la coraza de la justicia. Justicia, que da a cada uno lo suyo. A Dios conocerle, amarle y servirle; a nosotros trabajo, «con el sudor de tu frente comerás el pan» (Gn 3,19); penitencia por los pecados, humildad pues somos criaturas, nada de nuestra cosecha, inclinados al pecado, llenos de miserias; tratémonos con justicia, pensemos muchas veces que Dios nos da demasiado, que no merecemos tanto bien… y nos mantendremos en humildad y ¡qué arma ésta más eficaz para vencer al maligno, que pecó y fue condenado por soberbia! Pues nuestra lucha no está entablada sólo contra nuestra carne y sangre, ni siquiera contra los jerifaltes del mundo. La más descomunal hay que reñirla contra los espíritus malos de los aires (Ef 6, 12). Arma eficaz contra ellos la justicia, cuyo concepto afina y perfecciona el cristianismo: «Justitia non novit patrem, non novit matrem, novit veritatem, Deum imitatur...» La justicia no conoce padre ni madre, sólo la verdad, como Dios, que por eso no tiene acepción de personas (Rm 2,11).

San Ambrosio analizando la virtud de la justicia que da a cada uno lo suyo, resume con estas pocas palabras: la justicia debe dar lo suyo primero a Dios, luego a la patria, en tercer lugar a los padres y por fin a todos los demás. A los demás debemos

darles lo que es suyo en todos los órdenes: el prestigio que en justa lid se han ganado, la fama que merecen, aún más, el buen renombre de que gozan -quizá por pacífica posesión o prescripción legislativa -, el bienestar, la tranquilidad, el cariño que le han ganado las circunstancias de la vida.

Afinemos en el alma la virtud de la justicia y nos tendremos que arrepentir de pocas cosas.

Necesitamos de la luz constante de Dios para obrar siempre con perfecta justicia, para tratar a los superiores sin servilismo, para no ser aceptadores de personas, para ser agradecidos... Necesitamos de la luz de Dios para saber discernir la justicia, como Salomón, con eximia sabiduría. Sí, porque las armas de Dios las hemos de recibir del mismo Dios.

"Calzados los pies prontos para anunciar el evangelio de la paz» (Ef 6, 15). Aquí parece que san Pablo nos recomienda la virtud de la prudencia que calza los pies para que estén prontos. En efecto, los pies descalzos son más tardos porque tropiezan, se lastiman, han de mirar siempre donde pisan. Debemos calzar nuestros pies para ser rápidos, es decir, debemos aceptar todos los medios modernos de apostolado, cine, radio, televisión, magnetófono, avión, prensa, coche… en una palabra nada ha de sernos ajeno de los inventos modernos. Todo lo hemos de utilizar para el servicio del Evangelio. El Apóstol, por un afán imprudente de pobreza, pudo haber mandado anunciar el Evangelio con los pies descalzos. Con lo cual hubiera sido menos eficaz su difusión. Los pies no hubieran sido prontos. y lo que importa es la rapidez de acción, a la cual se sacrificará la austeridad de instrumentos que, por otra parte, habrá lugar de emplear en el dominio propio, en la mortificación interior...

Prontos para anunciar el Evangelio. Sin pereza, sin perder ocasión, por correspondencia, en el confesionario, y en los círculos, en el catecismo, en las escuelas, bibliotecas circulantes, aprovechando bien el tiempo.

Sigue diciendo el Apóstol: «Embrazad en todo momento el escudo de la fe con que podéis hacer inútiles los encendidos dardos del maligno» (Ibid). La fe es el potente telescopio que aumenta increíblemente la potencialidad de la pobre vista humana. Pues la manera de hacer inútiles los encendidos dardos del maligno -no pensemos que nos dispara peladillas, sino encendidos dardos, no le basta con abrir un boquete en nuestro corazón, en nuestra voluntad, quiere encenderla para inutilizarla- es tener en buen uso el telescopio de la fe y usarlo en todo momento, mirar por lo tanto todas las cosas, personas, circunstancias, etc. "sub specie aeternitatis», bajo la luz de la eternidad.

Jesús es maestro en este arte, al enfrentarse con É1 e1 el maligno en el desierto; le inutiliza sus propuestas tentadoras con palabras de fe, con visión sobrenatural: «No de solo pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4; Dt 8, 3). Jesús pasa del pan material al pan alimento del espíritu, es decir, embraza el escudo de la fe. Hemos de hacer frente al maligno con el poder de la fe. Fe en la omnipotencia de Dios cuando nos quiera acobardar al comprobar nuestra impotencia ante la tarea de nuestra santificación y de nuestra labor pastoral. Fiarse bravamente de Dios. Pero necesitamos recordar muchas verdades de fe que no actuamos, barajar esos billetes de los que somos millonarios, lo que exige oración y reflexión. Vivir en una atmósfera de fe, que tiene más garantía de certeza que lo que vemos y oímos y tocamos, porque aquí el testimonio es nuestro, allí de Dios.

Esto nos llevará a saber «discernir lo mejor» (Flp 1, 10).

Conocer lo mejor y esto en cada asunto y negocio y actuación. Conocer la mejor en el hablar: saber decir la palabra oportuna, callar la intempestiva; aguardar el momento.

Conocer lo mejor en los medios de apostolado, en el método de santificación.

Conocer lo mejor en la doctrina de las almas, en el aconsejar, en el mandar, en la dirección.

Discernir lo mejor en la administración del dinero, en el cargo, en la tarea enviada por Dios por sus causas segundas. Discernir lo mejor... pero con la luz de Dios, a través de la prudencia y del don de consejo. A veces es mejor esperar que actuar, callar que hablar, humillarse que sacar el genio, orar que actuar, sembrar que desesperarse y ponerse de mal humor porque no hay cosecha. Siempre es mejor ser prudentes. Siempre es mejor ser reservados que ser locuaces.

Es mejor esconderse que figurar, obedecer que mandar, dar que recibir -en todos los órdenes -dar consuelo que recibirlo o pretenderlo, dar buenas palabras que recibirlas o pretenderlas o consentir el halago de las mismas, visitar que ser visitado, humillarse que vanagloriarse.

Discernir lo mejor, no para quedarse con la teoría especulativa del discernimiento, sino para llevarlo a la vida práctica. Las recetas no son útiles si no las toma el paciente.

El apóstol ha de pensar las palabras de san Pablo: «Soportar las fatigas como buen soldado de Cristo Jesús... y quienquiera que compite en el estadio no es coronado si no cumple legítimamente. El labrador ha de fatigarse antes de percibir los frutos« (2 Tim 2, 3-5-6).

Cuando el Señor empieza a pedir el pobre hombre se ve como un pajarito desplumado que tirita bajo el fuerte aguacero que lo chapuza.

He ahí la primera de las fatigas que hemos de soportar. Pero no caigamos en la tentación de creer que hemos de soportarla solos. Algo vale la reflexión, es cierto, en esos momentos, pero, pienso que la sola reflexión, luz de la inteligencia -valiosa, en efecto- es insuficiente para superar estas pruebas. La mayor fortaleza nos llegará del abandono en las manos del Padre, hecho en la intimidad del diálogo, largo y silencioso con Él. Quizá ni nos salen palabras en esos momentos, ni sabríamos pedir algo que fuera síntesis de nuestra necesidad. Por eso, suplir con ese silencio amoroso, confiado, sufriente, el escozor de la herida que el bisturí de la Providencia nos ha deparado.

Si no cesan esos contactos sin palabras con Dios, irá cicatrizando esa herida y nos haremos así hábiles para soportar otras fatigas, ya menos dolorosas.

Puesta la mano en el arado no nos es lícito volver la vista atrás (Lc 9,62), ni seria elegante. Venga lo que venga, y pase lo que pase. En tus Manos, Señor. y danos la virtud de la esperanza, muy acrecentada, para que, fijos los ojos en la meta, trabajemos con alegría, con seguridad en el triunfo, con valentía ante todas las dificultades y sin desengañarnos ni desilusionarnos; recobrando cada mañana nuevas fuerzas, saboreando cada hora la dimensión eterna de nuestros pasos y de nuestros actos de amor, convencidos siempre de que nada escapa a tu mirada y que junto a nuestro pequeño batallar está tu impulso avasallador que nos mueve y nos llena; y que a nuestras pequeñas fatigas corresponderá una bendición de tu corazón que nos quiere ayudar y espera ver nuestra constancia, probada en todas esas pequeñas o grandes vallas que pretenden obstaculizar la marcha del Amor en nosotros y en los que han de venir y creer por nosotros.

8. Existen paralíticos

Pero en el apostolado y en la santidad caben también paralíticos. Unos que no se pueden mover. El apostolado exige sacrificio, hacer lo que no gusta, dejar de ir donde la naturaleza apetezca, atender y soportar las mil impertinencias de las almas.

Otros peores que no dejan que los demás se muevan. Unas veces por celotípias, otras por acritud de carácter.

¿Qué suerte puede correr el Reino de Dios en manos de paralíticos? ¿Podéis decirme de un ejército qué sería en el campo de batalla con soldados y jefes paralíticos? No sería difícil asegurar de quién será la victoria, porque los soldados enemigos, ¡cómo se regocijan de la inacción de sus contricantes!

y aunque entre los paralíticos militaran algunos activos, su trabajo en el conjunto se perdería en orden a la victoria.

La falta de acción puede ser falta de unidad. La falta de unidad engendrará malestar, quejas, fracasos.

Actividad ordenada y disciplinada. Sabiendo todos a dónde vamos y lo que queremos. Sacrificando iniciativas y sugiriendo iniciativas. No criticando sino disculpando. No ridiculizando sino corrigiendo fraternalmente y con delicadeza. Suavizando sin descanso los roces del trato. y de las aristas de los pareceres con el genuino atrix de la caridad de Cristo.

Será menester que descienda el imperio de la palabra de Jesús y cure la parálisis de las almas.

Ésa fue la manifestación de la gran fe del Centurión que pidió la curación de su criado. Una palabra de Cristo todo lo arregla.

«Di, Señor, una palabra y mi siervo será curado» (Mt 8,8).

El Señor quedó asombrado de tanta fe: «En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe» (Mt 8, 10). y lo manifiesta y lo alaba, y concede lo que con tanto candor, intensidad y sin dudas le ha pedido.

«Quedó curado el siervo» (Mt 8, 13). La obra de la curación es del Señor y también la de la santidad.

Cuando Jacob vio en Betel la escalinata que apoyada en la tierra con la cima tocaba el cielo y mientras los ángeles subían y bajaban por ella el Señor estaba en pie sobre ella, recibía la iluminación de que la santidad viene de Dios que es quien tiene la iniciativa (Gn 28, 12-22).

En otro tiempo quisieron los hombres, después del diluvio, construir una torre que llegara hasta el cielo. Es el deseo de la grandeza suprema que ellos no reconocían como iniciativa de Dios y por eso Dios confundió las lenguas de su soberbia (Gn 11,1-8).

El hombre tiene que reconocer que toda obra de santidad tiene en Dios su principio y es Él quien la inspira.

De ahí a levantarse de madrugada ya comenzar a construir con Dios su pueblo fundado en su promesa y alimentado por su amor.

Desde ahí ya el inicio es válido y la edificación no corre peligro porque es Dios el Arquitecto Sabio que la ha delineado.

Cúmplenos a los hombres madrugar y trabajar para que ese edificio se levante y nos una con la santidad de Dios. Pero sin prisas porque Dios no la conoce…

9. Dios no tiene prisa

No la conoce, vive en calma soberana. Hasta que no llegó la plenitud de los tiempos no envió a su Hijo, nacido de mujer. Llegado Jesús al mundo se encierra toda su vida en Nazareth -200 habitantes- a ejercer un oficio apagado y sin espectacularidad. Sólo tres años dedicará a predicar. y sus seguidores se reducen a un grupito insignificante. Dejará a su Iglesia incoada el trabajo –lento, monótono, constante y sin fosforecencias inmediatas - de predicar, salvar, santificar a la humanidad.

La impaciencia humana es muy humana, pero poco divina, no es su estilo. Cuando Francisco Javier se va al Japón, Pemán. En el Divino Impaciente, pone en sus labios estas palabras: «Me voy con mula coja al Japón, para que lo que yo ande de más, ande la mula de menos».

Si Santa Teresa, mujer superdotada en todos los aspectos, no hubiera padecido la contrapartida de sus enfermedades de por vida, hubiera sido inalcanzable, insoportable. Pero Dios, para que llevara su estilo, se las hizo padecer, a fin de equilibrarla.

Al modo de la vida que crece insensiblemente, tiene que crecer la Iglesia.

Conformémonos con esto poquito que vemos y no pretendamos quemar etapas, que siempre esto produce malos resultados.

Para vivir estos designios de Dios ayuda la virtud de la longanimidad -espera a largo plazo.

Ahora estas letras que escribo... insignificantes... después donde la Voluntad de Dios designe. Con desprendimiento y con humildad de medios, pero poniendo los medios por pequeños que sean porque Dios pide nuestra colaboración, nuestro servicio. Decía Juan Pablo II en Fulda a los laicos colaboradores en el ministerio eclesial: «Todos vosotros debéis estar seguros de mi solidaridad con vuestro servicio. Ayudadme a llevar el mío. Después el Espíritu del Señor a través de nosotros renovará la faz de la Iglesia y del mundo» (18 noviembre 1980, «L'Osservatore Romano», 30 noviembre 1980.).

La confianza en Dios del Papa se ve reflejada en estas palabras. Pero también la responsabilidad de nuestro trabajo, de nuestro servicio esmerado, paciente, constante, lento y sosegado.

El Espíritu puede todo. Él lo puede hacer todo. Pero no quiere hacerlo todo. Quiere servirse de nuestro servicio, humilde, pero necesario. Su acción es definitiva pero presupone nuestra colaboración. Después, seguro, el Señor enviará trabajadores a su mies.

Nuestro servicio fundamental puede ser nuestra oración como dirá al ver «la mies que es abundante, pero los trabajadores pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,38).

Nuestra oración. Pero nuestra confianza. El Señor de la mies mandará trabajadores.

Tras nuestro servicio, la renovación de la Iglesia y del mundo.

Fuera el pesimismo y el derrotismo y manos a la obra y rodillas al suelo, o manos en alto, como Moisés.

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Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant