CAPITULO XIII

CUALIDADES HUMANAS

 

1. La perseverancia

Para evangelizar, el instrumento se ha de capacitar con virtudes humanas. Su conjunto forja el carácter.

Continua gota horada la piedra. Así dice el refrán popular, ya fe que encierra sabiduría y realismo.

Yo lo traigo a colación de cara a la vida de apostolado y de formación cristiana.

Creo firmemente que el rendimiento formativo está en proporción directa de la tenaz perseverancia en las mismas obras.

Es de muchos comenzar. Empezar, empieza cualquiera. No es tan corriente perseverar. Y tengamos por cierto que sin perseverancia, ni ciencia, ni virtud, ni amistad, ni nada de nada se solidifica.

Cuando sobreviene la tentación y hay dificultades por dentro o por fuera para seguir en lo comenzado, hace crisis la voluntad.

Sólo la voluntad, sin embargo, que se manifieste firme y, con tenacidad persevera en lo que un día determinó, llegará a la meta que se propuso.

Los obstáculos que se encuentran en el camino de la virtud y perfección son, a veces, difíciles de vencer y se renuevan sin cesar. El enemigo por todas partes nos cerca y encuentra aliados en el interior de nuestro propio alcázar.

Un gran enemigo es el tiempo. Enemigo solapado. Ni grita ni mueve estruendo de guerra. Él, callado; como si fuera neutral e insensible; como si no tomara parte en la batalla. Pero es terriblemente eficaz porque desgasta planes ambiciosos, quiebra propósitos de altura, aja ideales de heroísmo.

Él se encarga de cansar la voluntad, de debilitar la memoria, de oscurecer la inteligencia. Produce anemia, y ¡qué peligrosa!

Contra tal enemigo no hay otro remedio que el ataque sin ruido de la perseverancia, virtud humana que, potenciada por la gracia, logra el triunfo en todos los terrenos.

Pues ¿quién puede dudar de que la vida cristiana está erizada de dificultades? ¿No son los obstáculos ambiente de toda empresa, de cualquier acción, por pequeña que sea? Si esperáramos a emprender algo cuando el cielo de los problemas estuviera sereno, nos moriríamos sin haber empezado nada.

Pero el problema no parece que sea de empezar, sino de continuar. Para empezar no hace falta tanta fuerza como para proseguir. Sencillamente porque al empezar no aparecen las hierbas amargas de la lucha, que brotarán más tarde, en plena actividad.

Nos gustaría una religión que nos asegurara una vida sin reveses (le pedimos a Dios que nos dé salud, que no haya contratiempos, que vayan bien las cosas ). Esa religión ¡qué interesante! ¿No hay Compañías de Seguros de vida, de accidentes, de incendios? Se vive prácticamente la religión en esa línea. Cuando fallan los cálculos, falla también la fidelidad. .

Pero Dios quiere salvarnos, y para ese fin esta vida es la prueba que hay que superar. Perseverancia en acoger la semilla para que rinda fruto de buenas obras.

La vida cristiana se reduce a dejarse trabajar el corazón por Dios, para que, convertido en tierra buena, sea capaz de recibir la semilla de su Palabra, semilla viva y poderosa; para que una vez la semilla en el surco vaya transformando la vida antigua hasta que llegue la sementera de frutos espléndidos de una sobre-naturaleza no viciada ni bastardeada. ¡Pero cuánto esfuerzo es preciso para soportar los aguaceros, y las escarchas, el calcinador sol de fuego y la humillación suprema del grano que se pudre sin quejas! Es más fácil chillar, pero es más eficaz perseverar. Es más cómodo tirarse en el surco que enterrarse en él. Pero sólo dan fruto los que perseveran en medio de las tormentas, en el fragor de las persecuciones.

2. El carácter

Con esa perseverancia se labra el carácter. Y con un gran carácter se potencia el apostolado.

Son admirables los grandes personajes. Un gran caudillo, un sabio célebre, un gran santo... Napoleón, Menéndez Pelayo, san Juan de la Cruz. Quisiéramos emular sus hazañas... y nos decimos: ¡Quién pudiera ser como ellos!... Pero ¿es que los podemos imitar?

Todos los grandes caracteres son imitables, si no hasta el punto de conseguir una fama universal, sí con una vida fecunda y noble ante Dios y ante nuestra conciencia.

El carácter es la índole moral o marca que distingue a un hombre. Viene a ser la fisonomía del alma y como el resultado de las tendencias íntimas de la persona, ya viciosas ya nobles, ya generosas ya egoístas. Y todo determinado por la voluntad. Con la fuerza del carácter el hombre graba con rasgos definidos en su espíritu una personalidad vigorosa. y deja una huella permanente en sus obras a la vez que influye en los demás a los que atrae, alienta, dirige...

Una persona dura, exigente, altanera sólo es soportada por los suyos pero sin contribuir a la felicidad de su hogar ya la prosperidad de su familia. No engendrará un hogar acogedor.

Por supuesto que sus subordinados no le prestarán una colaboración eficaz en las empresas políticas, sociales o comerciales. Le dejarán solo. Tampoco sus superiores buscarán su colaboración.

Cada día tendrá que soportarse a sí mismo: y esto le producirá disgusto y amargura íntima y la causa de todo, aunque crea que es otra cosa, es la falta de carácter. Se deja arrastrar por las pasiones que le dominan sin que él pueda resistirlas.

Si es tímido, susceptible, rencoroso o resentido, fracasará, porque le dominarán las circunstancias y el ambiente. Será esclavo de su impotencia. Se vengará inútilmente fomentando en su corazón sentimientos mezquinos e innobles.

Si es indolente, perezoso y tornadizo comenzará muchas cosas pero no llevará a cabo ninguna. No se le podrá confiar ninguna empresa. Él dice que hace siempre lo que quiere. La verdad es que no ha querido nunca nada.

En vez de protestar de su mala suerte y de quejarse de que no le tratan bien, mejor será que se aplique reo sueltamente a cambiar de conducta y adquirir un buen carácter. En sí mismo está la causa de su fracaso.

El hombre de carácter es afable, complaciente, se domina a sí mismo, muestra en todos sus actos la nobleza de su corazón.

Y es feliz. Goza con la compañía de sí mismo. Reina la paz en su conciencia. Los hombres le son benévolos y favorables. Influye en los demás. Atrae y domina a los hombres, a los que ha conquistado el corazón. Arrastra tras sí gran número de voluntades indecisas que buscan un jefe enérgico, resuelto, atractivo.

El carácter está condicionado por el temperamento natural, el ambiente, los amigos, los educadores y nuestra propia voluntad.

El ideal del hombre que quiere ser apóstol eficaz es cultivar con la gracia las cualidades humanas: Corazón noble, ser humano, compasivo y generoso. Tener una conciencia recta, una actitud social impecable y una voluntad inflexible, decidida, firme y perseverante.

Si somos hombres de convicciones profundas, seguras y fundadas en razón o en fe, conseguiremos esa reciedumbre de carácter que no cambia por circunstancias o porque el viento sopla en otra dirección.

Nos convenga o no, nos resulte simpático o no, las cosas son como son y las hemos de mantener por encima de todo. .

La verdad es la verdad. y hemos de profesar un culto ferventísimo a la verdad, salvada siempre la prudencia y la caridad. Pues no se debe decir la verdad aunque se hunda la caridad.

Lo que no está bien hecho no está bien hecho aunque lo haga el más amigo que yo tenga, pero manteniendo la cordialidad y dulzura.

Ser hombres de convicciones en medio de una generación de camaleones que adoptan el color que les conviene o se arriman al sol que más calienta.

Que predomine siempre la razón sobre el corazón. Así diremos las palabras convenientes y no las que halaguen o para que nos halaguen.

Hay personas tan deseosas de causar buena impresión, de que se los tenga en mayor estima que aun sin darse cuenta, callan lo que deben decir 0 no hablan lo que deberían.

Importa mucho que por nuestra acción todos sean más santos, todos vivan más plenamente la fe y practiquen más las virtudes.

Que por nosotros nadie descienda en la humildad. Que ayudemos con nuestros consejos y con nuestra entereza a que los nuestros vivan mejor la caridad, la mortificación, la vocación, la obediencia, la vida cristiana.

Obrar guiándose por la razón, no por el corazón; por la fe, no por el amor de la carne y de la sangre.

Aunque quien pague las consecuencias sea tu padre o tu madre, tus propios familiares... o tú mismo.

3. La prudencia

Nunca puede faltar a un buen carácter la virtud de la prudencia que es un arma de combate indispensable. Muchos planes quedan en planes sin llegar nunca a ser realidades por falta de prudencia.

Prudencia en las obras. Prudencia en las palabras. Éstas salen sin darse cuenta. Cuando te has descuidado, ya te has comprometido. y después será difícil reparar los daños.

No des tu parecer nunca sI no tienes obligación o si no te lo piden.

No corrijas sin ton ni son a ningún mayor: ellos ya tienen su conciencia y tú no tienes deber que te lo imponga. Sigue tu camino que puede ser más eficaz.

Aunque el diálogo noble siempre enriquece, las discusiones siempre son peligrosas, por eso no las aceptes en ningún terreno: ni moral, ni dogmático, ni de crítica. No los has de convencer y perderás el tiempo y la paz. Y, a lo mejor, dices cosas que no debes.

Cuidado con los líos: que éste me dijo, que el otro le contó, que dijeron ayer... Hay que huir de eso, como de la culebra. Hay que huir del enredo, del chisme, de la soplonería; ¡cuántos malos ratos se pasan en el mundo por esta causa!

Cuando sea necesario advertir algo, hay que encomendarlo a Dios y buscar el momento oportuno.

4. La sensibilidad

Pero no sólo hay que cultivar la voluntad y la inteligencia. También hay que mimar la sensibilidad de la cual nace la elegancia.

Hay una elegancia física y hay una elegancia espiritual, moral.

La elegancia espiritual, delicadeza de alma, es enemiga de lo grosero y bajo, de lo que degrada el pensamiento, la imaginación, la memoria, los sentidos, el corazón.

La elegancia espiritual nada huye tanto como lo vulgar; en el lenguaje, en las maneras, en las acciones.

Esta elegancia espiritual se confunde con el señorío moral, la aristocracia interior y la delicadeza de alma. Puede hallarse entre los pobres y entre los ricos. Como también entre unos y otros puede ser cultivada su contraria.

La manifestación del alma en su faceta más sonriente tanto tiene lugar en privado como en público. San Francisco de Sales, el dulce Obispo de Ginebra, en la soledad de su aposento edificaba por la realeza de su porte, ¡Y estaba solo! Lo dice quien lo espió.

¿No será un bello sueño ser un alma delicada? ¿De las que aman apasionadamente todo lo que es bello Y noble Y grande Y generoso?

Esa alma distinguida sabe adivinar las llagas más secretas, los secretos más amargos. Pero les lleva consuelo; sobre esos corazones en otoño, o en crudo invierno, destila bálsamo reconfortante.

¿Quién, si no el alma aristócrata, sabe intuir que tal palabra producirá pena y la callará Y que esa frase dará consuelo y la dirá?

Almas delicadas, creced Y multiplicaos, llenad la tierra, para que cese la noche de la vulgaridad y amanezca la primavera de la bondad.

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Caminos de Luz

Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant