CAPITULO XV

LITURGIA Y TIEMPOS LITÚRGICOS

 

1. La Sagrada Liturgia es la parte más excelsa de la actividad de la Iglesia

Impone a los pastores de almas el Sagrado Concilio, como un deber de los principales, el de formar a los fieles litúrgicamente.

Ya fue muy significativo que, entre tantos problemas como la Iglesia se había planteado a la hora del Concilio, abordara, el primero de todos, el de la Sagrada liturgia.

No consideraba la Iglesia cuestión baladí el estudio y la reforma de la Liturgia, cuando afirmando el Concilio desde el principio, que se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, promover todo cuanto pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer cuanto sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia, para conseguir la ardua empresa, estudia, discute y promulga el primer documento de todos, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

Y sigue la Iglesia obrando en consecuencia cuando Pablo VI, por medio de la Carta Apostólica «Sacram Liturgiam», dada para poner en práctica la referida Constitución, nombra una comisión que, ayudada por la Sagrada Congregación de Ritos, lleve a cabo fielmente las normas de la Constitución y de la citada Carta Apostólica.

De esta Constitución emanan unas Instrucciones para aplicar rectamente la Constitución sobre la Sagrada Liturgia fechada en Roma el 26 de septiembre de 1964 y firmadas por el Cardenal Lercaro, Arzobispo de Bolonia y Presidente de la Comisión para poner en práctica la Constitución de la Sagrada Liturgia, y por el Cardenal Larraona, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos.

Estas Instrucciones declaran que la Sagrada liturgia es la parte más excelsa de la actividad de la Iglesia. Y que tantos más abundantes frutos producirá la Constitución cuanto más profundamente penetren en su genuino espíritu los pastores de las almas y los fieles.

Es algo serio la liturgia. En su doble aspecto, externo e interno.

Persuadámonos pues de que vivir la liturgia no es un llego de niños, un piadoso pasatiempo, o un afán de novedad. Algo, en fin, que no merece nuestra atención y estudio.

Pensemos, acordes con la Iglesia, con el Concilio, que s la última palabra de la Esposa de Cristo, que entender vivir la Liturgia es una tarea fundamental, importante, nobilísima que, bien estudiada, comprendida y practicada, dará sazonados frutos de vida cristiana.

La Liturgia es el canto de amor que, organizadamente, levan a Dios las criaturas, sea en el cielo, sea en la tierra.

Cristo, enviado por el Padre, para eso nos ha hecho sacerdotes, ya que sólo el hombre con rango sacerdotal, está capacitado para glorificar a Dios.

Nuestra más excelsa misión en la tierra como hombres, se ha de condensar en ofrecer a Dios el culto que Él merece, uniendo nuestras voces con la de los moradores celestiales.

Aquí, peregrinos, diríamos que afinamos nuestros cantos e himnos que saldrán perfectos y armoniosos en la Patria celeste.

Más no estamos solos ejercitando la Liturgia. En esta Ira tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo está con nosotros.

Es Él quien quiere asociar a su Esposa amadísima para amar a su Señor. Ella, la Iglesia, tributa por Cristo Padre Amadísimo, culto perenne.

Es por eso la liturgia el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo.

Cristo, que está siempre presente en su Iglesia, lo está sobre todo en la acción litúrgica.

Está presente en el sacrificio de la Misa, en la persona del ministro y, sobre todo, en las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos.

Lo está con su palabra, pues cuando se lee la Sagrada Escritura es Cristo quien habla.

Está presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos, que Él prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). ¿Cómo no ha de ser la Liturgia la cumbre a la cual debe tender la actividad toda de la Iglesia?

¿Puede dejar de ser la Liturgia la fuente de donde mana la fuerza toda de la Iglesia?

2. Grandeza de la Liturgia

Los documentos de la Iglesia nos urgen con frecuencia a que los pastores enseñemos al pueblo y le animemos a la participación activa en los sagrados misterios. Esta participación activa supone la participación consciente y fructuosa, como pide el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Liturgia:

«La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor» (Constitución sobre la Liturgia nº 10).

Parece que en épocas pasadas la Liturgia ha sido infravalorada. Hoy no se puede preciar de posconciliar el católico que no se atenga a estos deseos de la Iglesia manifestados con tanta urgencia. La Iglesia no tiene un que- hacer más perentorio, ni más culminante que la Liturgia, hacer el culto. y la Iglesia no desarrolla otras actividades, sino con este fin, de que una vez hechos los hombres hijos de Dios, se reúnan para alabar, cantar y aclamar al Padre en su Casa, unidos con los hermanos, a quienes hay que contagiar por la común actitud filial y amante; y para participar en el sacrificio, ofreciendo los dones, que han de nutrir la materia del sacrificio y han de atender a las necesidades del Cuerpo Místico; y para comer la cena del Señor inmolados con Él en el mismo Sacrificio.

3. La Liturgia funeral

Si tratamos de la liturgia funeral distinguimos en ella dos fines: la celebración de la muerte del cristiano absorbida en la muerte de Cristo, con su triunfo por la resurrección y el sufragio por el alma del difunto a quien queremos aplicar los méritos infinitos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Este acto de culto será tanto más valioso y completo cuanto más intervengan en el mismo las humanas voluntades aunadas en el acto de glorificar a Cristo por su victoria. Así pues, engrandecen dicha celebración los cantos, la participación del órgano, la de los acólitos y fieles que, acordes, cantan, participan, dialogan y rezan.

Asimismo dan más peso de sufragio a la acción litúrgica todo la anteriormente dicho y la ofrenda en el sacrificio que, siendo limosna, perdona parte de la pena temporal que pueden merecer nuestros hermanos difuntos por sus pecados, como nos dice la Escritura: «El agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (Eclo 3, 30).

Vista con ojos bíblicos la limosna es un sacrificio, un homenaje hecho a Dios. Así lo testifica también el libro del Eclesiástico 35, 2-10: «Hacer limosna es hacer sacrificios de alabanza. No te presentes ante el Señor con las manos vacías. La ofrenda del justo unge el altar, su buen olor sube ante el Altísimo... Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como Él te ha dado a ti, con o generoso con arreglo a tus medios. Porque el Señor be pagar y te devolverá siete veces más».

Más grata aún a Dios la limosna cuando, como en la Liturgia funeral, tiene, además, el matiz de la caridad fraterna, que alcanza al difunto, no en su materialidad, sino su intencionalidad.

Iluminada con verdades reveladas como las que acabamos de leer la ofrenda a Dios pierde el carácter de inoportunidad a que es reducida por una mentalidad materia- ta que no quiere emplear el dinero más que en aquello e puede constituir negocio, o redundar en un bienestar reportar un placer .

Y adquiere, bajo el fulgor de las mismas, un valor de eternidad que no se puede valorar con medidas humanas.

Aquí canjeamos material por espiritual, temporal por eterno, corruptible por incorruptible.

El avisado mercader no dudó en vender todo cuanto tenía por adquirir una piedra preciosa (Mt 13, 45-46). El cristiano consciente adquiere la piedra de la remisión de pecados con el sacrificio de unos dones materiales.

El objetivo a conseguir es celebrar unas exequias cristianas de participación en la fe y en la caridad donde toda la comunidad ore, cante a Dios, y se desprenda de si misma para sufragar a los hermanos que durmieron en la fe y en la esperanza de la resurrección dándose en el Sacrificio.

4. Participación en la Eucaristía

Antes del Concilio había misas sin la comunión de los fieles. Para que la hubiera se había de organizar una comunión general. Después del Concilio no sólo en todas las misas hay comunión de los fieles, sino que todos los fieles han de ser exhortados a comer la cena del Señor.

Afortunadamente va comulgando mucha más gente en todas las misas. Lo que antes parecía privilegio de unos cuantos iniciados, va siendo considerado como derecho y deber de todo fiel bautizado que ha recibido el sacerdocio de Cristo, para ejercitarlo, sobre todo en la participación del Cuerpo del Señor. Pero habremos de seguir mentalizándonos a fin de que para todo cristiano sea lo mismo ir a misa que ir a comulgar.

El Concilio «recomienda especialmente la participación más perfecta en la Misa, la cual, consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor» (Ibid. nº. 55).

La Misa es un sacrificio y un banquete pero con relación de causalidad del uno y del otro. Es decir, la Misa es sacrificio para ser banquete. Cristo se inmola para ser comido. Jesús dijo: «Tomad y comed» (Mt 26, 26).

Y es que, así como la comida nos pone en contacto más íntimo con el alimento hasta convertirlo en sustancia nuestra, así la carne de Cristo logra divinizarnos mediano te la comunión en la que el alimento eucarístico es de tal vitalidad que transforma al que lo come en lo que él es, haciéndonos partícipes de la Pascua del Señor.

El significado de la comunión es éste, en breves palabras: Cristo en la cruz ha satisfecho por los pecados de los hombres, nos ha congraciado con Dios y nos ha regalado la filiación divina. Al recibir la comunión el cristiano se alimenta de esta misma Víctima que ahora mismo le ha consagrado con Dios. Con ello queda divinizado unido a la Víctima Sagrada que ha comido, con la cual ha muerto y resucitado.

Dios mira complacido a su Amado Hijo pendiente de la cruz.

Dios mira con semejante complacencia al hombre que, divinizado por la comida del banquete celestial, queda transformado en Cristo, resucitado y glorioso.

5. Tiempo de Adviento

El tiempo de Adviento es doblemente amable: nos 'aramos para recordar y revivir de modo místico la primera venida del Señor y esto nos llena de gratitud y acrecienta el deseo de vivir las adorables virtudes del Hijo de Dios que vino Niño a esta tierra; al mismo tiempo alentamos la esperanza en su segunda venida clamando con el Apocalipsis: «¡¡Ven, Señor Jesús!!» (Ap 22,20).

Esta esperanza se hace gozo «porque nuestra salvación más cerca que cuando empezamos a creer» (Rm 13. Día a día se va acercando nuestra salvación, que es Jesús Redentor y Libertador que nos salvará de este cuerpo de muerte. «Hermanos: Se nos echa encima el día: dejemos las actividades de las tinieblas» (Rm 13,11-13): tira, egoísmo, soberbia, lujuria, envidia, avaricia, ira y pereza. Rompamos todas estas esclavitudes.

En realidad no nos hacen felices. Nosotros sólo nos podemos realizar en Dios por Cristo. Dejemos las obras as tinieblas que engendran malestar, celos, rencores, obras todas de la carne corrompida, alentadas por el espíritu de las tinieblas.

«Pertrechémonos con las armas de la luz» (Rm 13,13): la gracia santificante, acrecida en los sacramentos, las gracias actuales, alcanzadas en la oración y en el sacrificio. Armas de la luz nos ha dejado el Señor en su Iglesia y debemos utilizar para vencer las obras del mal.

San Pablo contrapone las tinieblas a la luz, las contrapone también Jesús. En las tinieblas hay desorden, soledad y angustia. En la luz hay orden y belleza y paz.

Pero el Reino de Dios es luz. El Reino del Maligno está puesto en las tinieblas y en la turbación.

¡Ea!, conduzcámonos ya como en pleno día, con dignidad. A pleno día no se cometen indignidades porque la vergüenza lo impide. En la oscuridad se comete el crimen porque el pecado odia la luz, pues la luz lo denuncia.

Ya está cerca el día del Señor: venzamos el mal Con el espíritu de Cristo.

6. Lecciones del Adviento

En el Adviento esperamos a Jesús. Históricamente ya llegó. Después de miles de años en que la humanidad le ha esperado, cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se hace hombre en las entrañas de una mujer. Y de ella nace. Esto sucedió ya hace casi 2.000 años. Pero lo vamos a revivir con gozo. Jesús llega. Y viene como Salvador, como hermanito indefenso que va a cargar Con el peso de nuestras culpas. ¡Cómo debe dolernos esto! Que seamos la causa de la venida de Jesús. De su desnudez, de su oscuro nacimiento, de su humillación, al mismo tiempo que nos alegra la llegada del Redentor del hombre.

Nuestra esperanza está en acción. Esta primera venida estará compensada por la segunda en que vendrá Con gran poder y gloria (Mt 25,31).

La humillación da un fruto: la glorificación. El que se humilla será enaltecido. Si se dieran cuenta los que quieren vivir la vida de Cristo de que sin humildad… nada de virtud! ¡Y que sin la humillación no hay humildad! Quisieran muchos que el crecimiento en la santidad pudiera hacerse por otro camino. Es el que más le cuesta tener que recorrer a la naturaleza caída. ¡La humildad! El apóstol nos dice que Dios le da tanta importancia que a él, arrebatado al tercer cielo, le dejó el estímulo de su carne. Y una, otra y otra vez pidió verse libre de él, a lo que le contestó el Señor que no se lo quitaría. Que le bastaba la gracia. Porque la virtud se robustece en la humillación. Y él mismo apostilla que esto le sucedió para que no se llenara de soberbia por las muchas y excelsas gracias recibidas (2 Co 12, 1-10).

Aprendan los que quieren ser santos pero sin derribar el ídolo de su yo tan entronizado en su corazón. Los que quieren vivir una vida de oración ya la vez quieren acaparar todas las miradas, seducir todos los corazones; ser santos pero ¡cuidado con que nadie les haga un desaire! Ser santos pero conservando todos sus cariños, y anhelando otros cariños, y recordando los que pudieron tener, y rabiando por los que renunciaron. Después se quejarán de que Dios no les da sus consuelos. Quieren ellos vivir al aire de su egoísmo y que Dios se les dé a manos llenas... Esto es pedir lo imposible. Lo más que puede Dios, misericordioso, con esas almas a las que ha llamado para santidad es... que en eso que buscan, o en lo que se complacen y que lloran al recordarlo... encuentren su propia cruz, para su purificación. A todas estas almas, verdugos de sí mismas, las quiere llenar de esperanza el Adviento. Renuncia como Cristo en su primera venida y cosecharás, como Cristo, la gloria en la segunda venida. Confiesa humildemente tu debilidad y tu orgullo y el Señor te dará consuelo y te llenará

de paz. Eres pecador. As de lo que crees y más de lo que los demás ven en ti tú quisieras que no vieran. Por eso todo tu esfuerzo: concentra en disimular y ¡ay del pobre que un día vea tus llagas y se atreva a tocarlas! No le perdonarás lo que tú crees que es una traición cuando es todo lo contrario, un principio de curación. A la mujer fea que no sufre el espejo porque refleja su imagen desgraciada, le dice el poeta: «arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué».

Considera como colaboradores buenos a los que te advierten tus defectos. Acepta agradecido la corrección fraterna. Aunque te duela. Y te dolerá más si estás muy acostumbrado a recibir halagos. Aquel rey de Francia, que aceptaba más que palabras acarameladas y adulaciones, se volvió airado cuando su predicador se atrevió a decir desde el púlpito: «Todos mueren, Majestad...» Fue tal el impacto que produjo el gesto amenazador del Rey, que el predicador acobardado, se corrigió... «Casi todos, Majestad».

¿Nadie te ha dicho nunca lo que te dice ese hombre? Pues, ¡cuántas mentiras te han dicho hasta hoy! O ¡qué te has sabido disimular -hipocresía, al fin -que no te han visto las jorobas! Pero éste ya es el segundo mensaje del Adviento: levantaos, alzad la cabeza». Se acerca vuestra liberación. Alegría. Los frutos del Espíritu son vida, gozo y paz Ga15, 22).

Necesitamos la alegría. Ya hemos dicho que la alegría no es compatible con el orgullo. Es patrimonio de la humildad.

Sin alegría no se puede perseverar en el camino de la santidad. Por eso el demonio ataca de firme para que las almas no la tengan. Es enemigo de la alegría. Causa la turbación, la intranquilidad, la inquietud.

Sólo la humildad puede destruir la concentración en sí mismo que hace imposible el gozo.

Nada ni nadie puede quitar la alegría al alma humilde. Jesús dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis paz y descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29).

María canta en el «Magnificat» que es bienaventurada porque el Señor la ha visto humilde. Sin alegría no se puede perseverar. Sin alegría no se puede arrastrar tras sí a las almas... Se equivocan de medio a medio quienes creen que las transigencias harán avanzar a las almas o atraerán a las almas. Lo que atrae a las almas es la auténtica alegría: «Seamos como él ya que es tan feliz», dirán, como decían del Cura de Ars.

No podemos menos de ser alegres si pensamos en el Padre que nos cobija bajo sus alas y nos lleva de su gran mano.

No podemos más que ser alegres si pensamos que tenemos una Madre que todo nos lo arregla.

Y si pensamos que los frutos de la alegría son tan rentables nos lanzaremos a conseguirla a costa de las humillaciones.

Cuanto más te entregues a Dios más alegría tendrás, porque Él no se deja vencer en generosidad. Ama al que le da y se da con alegría (2 Co 9,7).

Cuanto más pierdas el miedo a la cruz y al dolor, más feliz serás.

Los más alegres son los santos y son los que más han sacrificado. El sacrificio causa alegría y ésta facilita el sacrificio. Pero no podemos tener alegría, de la buena, si no nos viene de Dios. Por eso la tercera consigna del Adviento: «Estad siempre despiertos pidiendo fuerza...» Es decir, orad. Pero, como esta consigna de la oración nos es tan conocida, no voy a hablar de ella. Sólo os diré que el día que la dejéis ese día no necesitaréis demonio que os tiente.

Y terminaré con lo que decía Litz el gran virtuoso del piano. «Cuando estoy un día sin tocar lo noto yo; si estoy dos días, lo nota mi mujer. Si tres lo nota el público...»

Cómo se nota cuando un alma hace oración... de verdad y profunda!... No hay ninguna dificultad que se le ponga por delante que no sea capaz de arrollar.

Los médicos hoy, todos, sea la enfermedad que sea la que se les presente... lo primero que piden es análisis de sangre. Vista la oración ya sé cómo funcionará todo lo demás... y, al revés, viendo cómo funciona una vida deduzco cómo va su oración...

7. Varios advientos

«Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio i bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día. Estad siempre despiertos para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre» (Lc 21,34-36).

El Adviento compendia un relieve tridimensional: Conmemoración de la venida en Belén. Esperanza de la venida última del Hijo del Hombre. Agudeza de fe para ver la llegada actual, incesante y múltiple de Jesús: en la Eucaristía, en su Palabra, en su Iglesia, en sus pobres.

La venida de Belén nos trae también a su Madre. He ahí la gran Mujer, la primera cristiana, la Hija de Sión, la humilde, la pobre Madre de Dios. Una muchacha de pueblo, sin alhajas, llena de bondad, de gran corazón, de aguda inteligencia, de humildad suprema, que la hace reconocerse esclava del Señor, y de una pobreza tal que orlo lo espera de Dios y en todo, aun en lo más mínimo, ve la mano de la Providencia.

María, esperando a Jesús, con una esperanza trepidante pero sosegada, ha de ser nuestro modelo en todo: en la adversidad, en la prosperidad, en las pruebas y tristezas, en las alegrías y en las penas.

Como María hemos de ser humildes y como María hemos de confiar en Dios viviendo la pobreza que nos hace esperarlo todo de Él.

En Adviento esperamos a Jesús, a quien no vemos. Sólo en su Madre le vemos porque Él la informa, Él la lumina, Él la gobierna, Él irradia en Ella. Ver a María es ver a Jesús. Oír a María es oír a Jesús, que aún no puede hablar.

Agudeza de fe para ver a Jesús aquí, ahora, en cada momento de la vida y en cada circunstancia, feliz o triste, próspera o adversa.

Ver a Jesús que está aquí en la Iglesia, en el Papa, en os Obispos, en la Eucaristía, en su Palabra, en esa carta que acabas de recibir, en la humillación de ayer, y en el éxito de hoy, en el frío y en el calor, en la sed y, también, en esa letra que no puedes pagar, en la zozobra del mañana, y en el temor de la vejez que te paraliza.

Vigilancia para esperarle el último día, cuando venga a juzgarme, a pedirme la cuenta de mi administración. ¡Pobre Sha de Persia! Palacio en Acapulco, palacio en Nueva York, millones de millones en alhajas, en trajes...

¡Pobre doctor con su sastre en Japón, donde se viste, y su zapatería en Italia, donde se calza, y sus bodegas en Capri, donde se abastece!

Dame cuenta... (Lc 16,2). Mientras tú derrochabas… millones de niños morían famélicos, centenares de Sagrarios en suma pobreza, jóvenes religiosos enfermos por carecer de espacio vital.

Me pedirán cuenta. Lo que tengo no es mío. Lo que tengo no es para mí, es para la humanidad, es para la Iglesia, es para Dios.

Debe serlo.

Y la sentencia: Tú, con tus manos vacías ante el Juez. Tú, que no puedes resistir la mirada del Hijo del Hombre, en pie. Tú, que como los hermanos de José al reconocerle en Egipto (Gn 45,3) te tambaleas de temor ante el que te va a juzgar –

Pecados, infidelidades, omisiones. El mal que has hecho. El bien que has dejado de hacer.

La vocación. La que seguiste con tibieza. O la que dejaste de seguir por cobardía...

¡Id, malditos, al fuego eterno. Tuve hambre y sed y no me disteis de comer ni de beber! (Mt 25, 41-46).

Venid, benditos de mi Padre. Alégrate, siervo bueno y fiel... Entra en el gozo de tu Señor (Mt 25,34; Mt 25, 23).

¡Qué lecciones golpea el Adviento! ¡Ojalá las sepa entender y aprovechar!

8. El Libertador llega

Hace más de veinte siglos el pueblo de Israel esperaba un libertador. Sometidos en masa a la esclavitud aquellos hombres lo deseaban y lo llamaban a gritos hasta erigir su enardecida espera en pasión nacional. ¡La libertad!

Dios rompió su esclavitud. Los sacó de Egipto y los metió en el desierto. Allí tomó conciencia aquel pueblo de otra esclavitud, más radical y más profunda: el mal.

Dios alienta aquel descubrimiento para despertar en corazón de sus hombres una esperanza nueva: la libertad interior, la paz, la salvación total. y por medio de sus profetas les anunciaba: «Os salvaré».

Ellos invocaban a Dios: «Socórrenos». Y le llamaban gran libertador. Pero se empeñaban en limitar su esperanza a una libertad material, al triunfo nacionalista, a prosperidad terrestre. Y soñaban su libertador como un poder magnífico que les conduciría a la reivindicación de raza y al paraíso de un bienestar material, temporal. Se engañaban.

De cada desengaño Dios los sacaba purificados, más forma para la esperanza que no falla. Hasta revelarles claramente la figura del Liberador auténtico, el Salvador, Mesías, el Redentor. y aquel pueblo en marcha, desierto adentro, lo esperaba y lo buscaba al ritmo de sus cantos: «Derramad, cielos, vuestro rocío: ábrase la tierra y germine al Salvador» (Is 45,8).

Todavía hoy los hombres esperan la libertad. Hay mil cosas en la vida que no van. En el mundo, en el país, en trabajo, en casa. Y dentro de uno mismo. Todo está lleno de esas mil esclavitudes que nos ahogan la vida.

Y nada nos llena. Nada ni nadie. Ni una persona ama- ni dos ni tres. Hay un fondo en el hombre que nadie este mundo puede llenar.

No nos engañemos. Nuestra esclavitud es más profunda de lo que parece. Más honda, más íntima, más radical. ¿Quién nos libertará? ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?

La humanidad está en Adviento perenne.

Cristo es el que ha de venir. Él que viene. Él que ha nido ya. ÉI solo puede librarnos definitivamente. Sólo puede curarnos, consolarnos, comprendernos, amarnos, desatarnos, romper nuestras cadenas.

Por eso con la Liturgia diga cada hombre, grite cada corazón: «¡Cielos, lloved vuestro rocío! ¡Ábrete, tierra, haz germinar al Salvador! ¡Ven, Emmanuel, Dios con nosotros! ¡Ven, deseado de las naciones! ¡Esperanza de s pueblos, Pastor de la Casa de Israel, que conduces a pueblo; ven pronto, Señor, ven Salvador! ¡Oh Sabiduría salida de la boca del Padre, ven a libertarnos, Señor, no tardes ya! »

¡Es tan urgente su venida! ¡Estamos tan necesitados: su justicia y de su paz!

Unidos, entrañados en Cristo los hombres nacidos de ese germen, que es el que origina el resto de Israel, el de los llamados a la vida, trocarán las armas por el trabajo y la consecuencia será el progreso humano y divino, nacido en el clima de la paz.

Lobos y corderos, vacas y osos, novillos y leones en medio de las plazas de Yahvé, en la cumbre del monte de Sión, que atraerá todas las miradas y guiará todos los pasos de todos los hombres de la paz, los llamados santos que formarán la unidad con el Padre y su Santo Hijo por el Espíritu (Is 11,6).

El Señor tenderá su mano piadosa y su misericordia rescatará el resto de su pueblo.

No temas pueblo, Yahvé es tu Dios y tu Salvador.

9. Navidad, el día más grande de la historia

En la noche del martes 6 de junio de 1944, 2.727 barcos, en ellos casi tres millones de hombres y, sobre ellos, 11.000 aviones atravesaban las tinieblas del Canal de la Mancha: era el histórico día D y hora H del asalto aliado a las seis playas de Normandía y la invasión de Europa.

Los 2.727 barcos, formados de 10 en fondo, ocupaban un frente de 30 kilómetros de ancho sobre el Canal y transportaban cañones, tanques, tractores, soldados, lanchas, municiones...

Sobre los 2.727 barcos, 11.000 aviones de guerra tronaban hinchados de soldados, metralla y muerte.

Ante el mayor ejército de la historia, el General Eisenhower, con las manos en los bolsillos, se sintió, más que nunca, mando supremo de aquellos 2.727 barcos, del bramar de los 11.000 aviones sobre su cabeza y de los casi tres millones de hombres cara a la muerte..., y se le llenaron los ojos de lágrimas. Alguien le dijo al lado de aquella noche trágica y decisiva: «Mi General, hoy es el día más grande de la historia». Pero el General rectificó: «El día más grande de la historia fue el 25 de diciembre…

Sí. El día más grande de la historia. El día D y la hora H que rige para siempre la vida de los hombres.

Por un niño que nace. Pero, cosa importante: que nace para todos.

Otra circunstancia Importante y sustancial: el nacimiento de ese Niño tiene un enorme y total sentido religioso.

En efecto nace un niño, descendiente de David e Hijo de María, es decir, que es un hombre.

Pero es también Salvador, Mesías y Señor, es decir, es Dios.

Es heredero de la realeza de David, pero también de la realeza Divina.

Es el Ungido de Dios, el Mesías, el Salvador. Se le va a dar el Nombre de Jesús, que significa «Dios Salva».

Decir Jesús es afirmar que «Dios nos salva». Afirmarlo con fe es aceptarlo y entrar en su acción salvadora.

Es el Mesías: El Ungido de Dios. El que Dios consagra con el Amor del Espíritu y lo envía a fundar su Reino. En Él la naturaleza humana queda ungida, consagrada por la unión con el Verbo. y toda la humanidad se siente en Él salvada, consagrada, unida a Dios, amada por Él, hecha su Reino, su Dominio de Amor, familia de hijos de Dios.

Día grande el de Navidad. A los pies del Niño de Belén:

Reafirmemos nuestra fe en Cristo, Niño, Jesús, Mesías, Salvador y Redentor.

• Creemos que vienes a salvarnos.

• Creemos que sólo en Ti está la salvación.

• Creemos que sólo Tú das sentido a la historia y al dolor y al trabajo ya la muerte.

• Creemos que nos amas y por eso vienes a salvamos, a redimirnos.

• Creemos que tu salvación es la destrucción del imperio del pecado.

Y queremos entrar en la órbita de tu amor y arrastrar a todos los hombres a tus pies para que te conviertas en el centro de todos y recapitules en Ti todas las cosas.

¡Sí, Cristo! ¡Sí, Jesús! ¡Sí, Salvador! ¡Sí, Niño Dios!

10. El Nacimiento

«Estando allí se cumplieron los días de su parto y dio I luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre por no haber sitio para ellos en el mesón» (Lc 2,6).

Paciencia admirable la de la Madre de Dios al no encontrar sitio en el mesón. No pierde la paz, no se impacienta echando las culpas ni a san José ni a nadie. Cuantos nos salen mallas cuentas suele pagarlo quien está a nuestro lado. Aprender de María la paciencia. Aprender a sufrir mereciendo, sin quejamos. Es Dios quien así lo dispone para aquilatar más nuestra virtud. No perdamos la ocasión de merecer.

Y llegan a la cueva. El Hijo de Dios no recibe ningún agasajo de los hombres a quienes venía a redimir.

En el seno de María se da cuenta de todo. Para que aprendamos a aceptar las humillaciones. No había sitio para ellos en el mesón. No hay sitio para ti... ¡Cuántos pasan delante! Arrieros... a veces gente maleante, gente tibia, floja, cómoda. Que el ejemplo de Jesús, José y María, buscando la cueva, viéndose despreciados, se grabe en el alma. Para que no vea en los desprecios un castigo, sino una prueba de amor, un crisol a que Él me somete; quiere que siga su camino, y su camino es éste. No hay sitio para ti... No hay sitio para ti... ¡A la cueva! ¡A la cueva de Belén! Cueva de Belén sucia. Cueva de Belén fría. Frío espiritual y material por Cristo hemos pasado. Un pesebre. Pero allí se alza aquella grandiosa Catedral que contiene la Custodia viva, mejor mil veces que la de Arfe de Toledo, que lleva a Dios. Una Iglesia chiquita y pobre puede albergar almas tan grandes que la conviertan en catedral mayor que San Pedro de Roma. Todo el cielo estaba pendiente de aquel pesebre en aquella noche. Ni los grandes palacios, ni las fiestas más brillantes, ni las recepciones encopetadas. Todo es nada. En Navidad, ante Dios, ni los cines más modernos, ni las iluminaciones más fantásticas, ni los bailes más enloquecedores, complacen a Dios. Una pobre Iglesia. y en ella unas almitas sencillas pero llenas de Dios, pobres pero con amor intenso y con fe viva; un sacerdote despreciado; un pobre hombre que no ha hecho carrera... ¡Pero con el corazón calcado en el de Cristo! ¡Cuánta gloria a Dios! Ni la recepción del Romano Pontífice a los Cardenales, ni las felicitaciones protocolarias en las Nunciaturas y en loS Palacios Episcopales atraen las miradas de Dios como un gemido de amor que se escapa de un corazón que suspira por su Dios. Eso. Eso es lo grande. Lo otro... no lo quiso el Señor ni para su Hijo. Poco valor real tendrá su posesión y mucho valor real su privación. Alegrarse de verse humillados. Que cuando te veas humillado tengas fe para verte engrandecido a los ojos de Dios. Gustar los consuelos sobrehumanos de la humildad y de la humillación. Conocer el mérito ante Dios de las humillaciones.

Humillación que puede venirnos: por los cargos, por las reprensiones, por las críticas merecidas, por las críticas injustas, por las calumnias, por los fracasos de planes humanos, por los fracasos de planes pastorales, por los odios, por los desprecios. En todas estas circunstancias encontrará el cristiano en el Evangelio quién le adelanta.

Ahora en Belén, Jesús y su Madre se ven despreciados; aprender a verse despreciado sin perder la paz, ni la alegría por ello. Al contrario, alegrarse de verse despreciado. Tener sed de desprecios. La misma que la naturaleza tiene de alabanzas.

11. Jesús recién nacido en brazos de María

«Dio a luz a su Hijo Primogénito». ¡Quién pudiera asolarse a contemplar tan divina escena! María sentada sobre la paja orando ardientemente... ¡Enséñanos a orar! ¡Con qué gemidos inenarrables el Espíritu Santo te haría suspirar por la llegada a la luz de la Luz...! Nueve meses llevaste en tus entrañas, ¡quién pudiera vivir la presencia de Jesús como tú la viviste en aquellos meses!... prender a llevar presencia de Dios. Siempre la Virgen recogida, siempre modesta, siempre prudente, «Virgen Santísima, Virgen prudentísima».

El amor de la Virgen a su Hijo, ¿quién podría medirlo? ¡Y nosotros, qué fríos estamos! Si la gracia falla, adiós nuestro corazón que ya no es capaz de latir por Él. Dígnate entonar nuestro espíritu a fin de que, en esta noche bendita, mientras el mundo duerme, seamos capaces de glorificar al Padre que nos dio tan rico tesoro.

¿Cómo agradeció el mundo aquel regalo? No se enteró. Vino a los suyos pero los suyos no la recibieron» (Jn 11). ¿Nos extrañaremos nosotros de que no acepten a sus sacerdotes, a sus profetas, cuando ni al Rey quisieron recibir? Él nos dijo en los Apóstoles: «El que creyere y bautizare se salvará y el que no, se condenará» (Mc 16, 16). Luego daba el Maestro por descontado que no todos admitirían su Evangelio. Mas a cuantos le recibieron dióles poder ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su Nombre (Jn 1, 12).

Amor de Dios que nos ama, gracias infinitas porque nos has dado el poder ser hijos tuyos. Que te tratemos como hijos dóciles, obedientes, buenos, amantes. Enséñanos a tratarte en la oración. Concédenos el poder abrasar en tu amor a cuantos corazones se relacionen con nosotros.

Jesús, que acertemos a descifrar los sentimientos de tu Corazón (Sal 32,11). «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante» (Jn 10, 10). Y cuando para nosotros te pedimos la Vida, tu Vida, ¿no nos vas a oír, si entra en tus designios eternos el satisfacer nuestra hambre insaciable de Vida? ¿y qué más dentro del plan de tu venida, que pedirte almas consagradas a Ti? Tú mismo lo has mandado: «Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Envía a los que has de enviar.

Jesús Divino, Reflejo del Padre, que has querido humillarte y llorar, nutrirte al pecho de la Virgen, dormir aún aquella noche, hasta que el charloteo de los pastores te despertó... ¡qué misterio encierra esta noche de amor...!

Corazoncito Niño de Jesús, déjanos que nos acerquemos al pesebre y que respetuosamente te tomemos en brazos y que te estrechemos contra nuestro corazón.

12. Cuaresma

La Iglesia quiere actualizar la actitud de los antiguos catecúmenos y de los penitentes públicos. Tomemos del catecúmeno su afán de instruirse en la doctrina, su deseo de preparación para recibir la gracia salvadora del bautismo.

El catecúmeno estaba durante mucho tiempo -sobre todo en la Cuaresma- entrenándose para ser buen cristiano. La Cuaresma era un cursillo de formación hasta alcanzar el título de bautizado.

Los penitentes públicos vinieron después. Cualquiera que hubiera sido su delito -generalmente regreso al paganismo -su recuperación, tan dura y costosa, nos asombra: «Me confieso a Dios Todopoderoso», confesaban sinceramente sus pecados en público.

Hemos heredado de los antiguos algunas costumbres: el ayuno, la confesión, la renovación de las promesas del bautismo...

Pero «la penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social…

Proyectar por tanto nuestra conversión al orden externo: obligaciones profesionales, trato social, relaciones de convivencia.

Puede ser la Cuaresma una llamada a hacer alegre la vida de nuestros hermanos. Descargar trabajos, ser amables y afables con ellos.

Una parcela de conversión será la veracidad, el no engañar ni engañarnos; el cumplimiento de la palabra dada, la puntualidad, la fidelidad en la administración, el orden en las actividades y en las cosas.

Honradez en los juicios. ¿Quién eres tú para atreverte a juzgar actuaciones del prójimo o intenciones del mismo?

Justicia en las palabras. No atreverse a hablar mal de nadie. Con santa Teresa todos tenían las espaldas bien guardadas (bis «Vida», 6,3.). Ésta es la exigencia de nuestra conversión en la Cuaresma.

Estar muy convencidos de que necesitamos conversión y penitencia.

Oír más asiduamente la palabra de Dios en este tiempo de gracia.

Prescindir de las miras humanas y trabajar y luchar a pesar de las contradicciones y no por querer quedar bien ante los demás sino por agradar a nuestro Padre del cielo.

Callemos nuestra virtud. Hagamos ocultamente el bien. Mortifiquemos la vanidad y la vanagloria de nuestros actos o de nuestra piedad.

«¿Qué tienes que no lo hayas recibido y, si lo has recibido, por qué alardeas como si fuera tuyo. (1 Co 4,7).

Ser humildes. Muy humildes. Interiormente ante nuestras ojos y en nuestra mente. y externamente ante nuestras hermanos. Ser humildes para que Dios nos recompense y nos exalte.

Colaborar con Dios para destruir ese amor propio que nos está impidiendo la invasión del Amor en nosotros.

Amor propio tan sutil, tan en nosotros, tan común, tan feo y pernicioso, que nos hace tan infelices y nos impide llegar a la participación en el Espíritu Santo.

Comencemos por poco. Sigamos adelante. Acotemos el terreno. A negarnos gustos. A negarnos en la voluntad, en el deseo de independencia, de lo mejor para mí. del afecto, de acaparar la atención.

Líbranos, Señor, del gran mal del amor propio. Ahí tenemos un programa para la Cuaresma.

13. Oír la voz de Dios

Cuando la Iglesia nos introduce en la Cuaresma quiere nuestro mayor bien. Quiere que oigamos la voz de Dios, que muchas veces dejamos de oír. No porque ella no suene. Diríamos como si los oídos se nos llenan de cero- men, o el tímpano se endurece-

Somos como un metal que tenía que vibrar y se ha dilatado.

Somos como una puerta que no se puede abrir por fuertes golpes que se den.

Ahítos de barro de tierra ¿cómo vamos a oír la voz suavísima de Dios?

Hay que comenzar por hacer un poco de silencio a lo exterior para poder oír las voces de dentro.

Pensar que Cristo nos ha redimido. Su sangre se nos ha vertido en el Bautismo. Pero hemos vuelto a pecar. Entonces su Sangre nos regenera de nuevo por otro Sacramento: La Penitencia. Para que ese Sacramento produzca sus efectos con abundancia hay que preparar el alma. Él es el Sacramento de la Penitencia. Y la penitencia es el conjunto de actos internos, sobre todo, y manifestados por los externos, por los cuales el pecador rechaza y detesta sus pecados, se dispone a enderezar su vida. Quiere voluntariamente reparar; está dispuesto a afligirse por lo que indebidamente, y violando el orden divino, se satisfizo.

La Penitencia tendrá un cariz, ante todo, de mayor fidelidad en nuestras cotidianas obligaciones. Una penitencia así, uniendo su dolor al dolor redentor de Cristo, es claro que tiene un predominante sentido social.

¿Quién duda de los efectos saludables en la sociedad de una puntualidad en el trabajo, de una sinceridad en las relaciones, de una mayor austeridad en las costumbres? Si el pecado tiene una dimensión eclesial, la tiene también la penitencia.

Hay que revivir la Cuaresma con el espíritu con que Jesús la vivió al comenzar su vida apostólica para influir decisivamente en la instauración de su Reino.

14. La Cuaresma con Jesús, no con Israel

El pueblo de Israel sucumbe a la prueba a que Dios lo somete para que aprenda que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Yahvé, al desconfiar de la Providencia de Dios que está a su lado, quejarse de Él y protestar y murmurar de Moisés y recabar de Aarón, que le haga un dios, en la desesperan- de que Moisés vuelva a ellos, mientras habla con Dios el Sinaí (Éx 32, 1 ss.)

La postura de Jesús en el desierto es una réplica a la actitud de derrota del pueblo de Israel. Jesús sí que supera la prueba del hambre y la del espectáculo y triunfalismo y la desconfianza del Señor, con recurso inmediato a Palabra de Dios (Lc 4, 2 ss.) y con la obediencia y confianza en su Padre en medio del sufrimiento. Ha trazado con este hecho Jesús la línea que debe seguir la Iglesia, e va a nacer de su Palabra y de su Sangre y que va a ser alimentada con el nuevo maná de la Eucaristía.

Estamos viviendo, en la plenitud de los tiempos, la 'cera etapa de peregrinaje: La Iglesia hoy. Nosotros, pueblo de Dios, hoy. Las pruebas de esta vida, ésas son estros desiertos y nuestra noche.

Revisemos en la Cuaresma nuestro modo de caminar como cristianos: ¿es de sumisión a Dios ya su ley o de rebeldía y debilidad ante las tentaciones? ¿Es el amor el motor de nuestro vivir, o es el egoísmo lo que nos mueve trabajar?, ¿es Dios la esperanza de nuestra vida, o es el dinero y los cargos y el lugar de privilegio?

¿Nos desesperamos ante la enfermedad, o sabemos ver ella, y en el fracaso, la prueba de Dios, que nos corrige, no un hombre corrige a su hijo, para que salga purificado y fortalecido del crisol?

Tras la prueba, superada, el servicio de los ángeles que ran las heridas, calman el hambre, sacian el corazón visión de amor y de paz.

Cristo nos invita a subir con Él a Jerusalén, a la Pasión.

Desengañémonos, que no podemos resucitar sin morir. I podemos ser felices si antes no subimos a la cruz. Pero la cruz no es un final, una meta. Es un camino, pasadizo, un túnel.

La Iglesia siempre preparó la Pascua con una adecua- penitencia. También en el siglo XX hace falta penitencia ¿quién lo duda?

Comencemos nosotros la Cuaresma con esas pequeñas mortificaciones que mantienen el alma en tensión y la preparan para vuelos mayores.

Pero cuidémonos ya de antemano contra los peligros de una Pascua sin resurrección. De una Pascua en que la única resurrección sería la de la carne, y no en el sentido escatológico.

Evidente es que sin Cuaresma mortificada desembocamos en Pascua pagana.

Un alerta a la juventud a las puertas de la Cuaresma puede ser para algunos la ocasión de la salvación ante un naufragio seguro.

Para otros será sin duda una voz que clama en el desierto.

Que la voz resuene eficaz tarea es que compete a toda la Iglesia.

15. Semana Santa

Cada año se repite este impacto de dolor en el corazón bueno del pueblo de Dios.

Al llegar la primavera sembrando de flores los amaneceres bellos de abril, todos los años clava siete puñales en el blando corazón de María y nos inquieta el dolor de nuestras culpas, que sabemos son causa de la sangrienta Pasión.

¡Si al menos estos días todos los hijos de Dios pensásemos lo que le ha costado a su Hijo -Hermano nuestro en la carne -comprar nuestra filiación!

Días son éstos de pensar. Para recogerse. Para orar largamente. Ante nuestro Cristo, en nuestras silenciosas y religiosas procesiones, en nuestros Monumentos condensados de amor.

Días para pensar que somos hermanos y para vivir decididamente nuestra fraternidad cristiana en un clima de perdón, comprensión y paz.

En la Semana Santa la vida de la Iglesia se centra en el recuerdo, en la misteriosa presencia y en el retorno esperado de su Señor y Salvador, Jesús.

La Iglesia, peregrina, va adaptando la mente de sus hijos a la de su Esposo y trata de concordar los estados de alma de ellos con los de Él. Pero no le basta esto. Tiene que tomar parte en sus actos y sufrimientos, revivir con propia responsabilidad, cada una de las fases de su misión en este mundo. En la Semana Santa llega a la cumbre la adecuación de la vida de la Iglesia con la de Cristo. Siguiendo los pasos de Jesús durante el año litúrgico, llega ahora con Él, a la entrada triunfal de Ramos, con Él reproduce la Cena, con Él es condenado por Pilato, Él sube al Calvario y con Él se desangra en la Cruz. Con Él se sepulta y con Él, al tercer día, resucita.

Poner a tono nuestro corazón con el corazón de la Iglesia es ser Iglesia. Poner a su nivel el de nuestra vida aprovechar la Redención.

Por eso el día del Jueves Santo, tras haber limpiado en el baño de la penitencia nuestras almas, nos sentamos la Mesa con el Señor para participar de su Cena.

No termina ahí el Misterio. Sigue el Viernes Santo el dolor con Cristo Crucificado. Morir con Cristo en la Iglesia, su Esposa. Morir el viernes para resucitar el domingo. Morir a ese hombre pecador que somos y resucitar por la penitencia Pascual al hombre nuevo a Imagen de Cristo resucitado de entre los muertos. En la Vigilia Pascual velemos amorosamente ante su sepulcro rememorando ¡páginas de la historia de la liberación de Israel, impregnándonos del suave perfume que irradia la luz de Cristo, esperando ver con el ansia que hierve en el corazón, el rosicler de su gloria Resucitado.

Para cantar con voces unisonas un Aleluya que no acabe nunca. Esto es todo lo que quiere la Iglesia. Es que lleva entre manos y le hemos de ayudar a lograr estos días

Sensibilidad superior a la que existía en el pasado. Prueba de ello es que por todas partes se habla de la familia. Se ha estudiado la historia de la familia; se ha creado una filosofía sobre la familia; se han analizado los fenómenos demográficos de la familia; se han lanzado teorías sobre su naturaleza y fecundidad; ha habido discusiones en el terreno jurídico y se ha desarrollado una vastísima literatura en torno a la familia.

También en el campo religioso se observan señales evidentes de interés por la familia: la asistencia caritativa y social empieza a ocuparse de la familia en cuanto tal; el Sacramento del Matrimonio se estudia hoy más que nunca; se va ya trazando una pastoral propia de la familia; la espiritualidad de la familia tiene también sus teólogos y maestros. y el mismo Sínodo de los Obispos ha estudiado el tema de la familia, y Juan Pablo II ha hecho público un documento, la «Familiaris Consortio», sobre la familia (22-Nov.-81).

Esta sensibilidad creciente se debe al hecho de que las costumbres familiares están en plena evolución y en principio de deterioro.

La autoridad paterna, que era antiguamente el elemento aglutinante de la familia, ha disminuido y sigue disminuyendo considerablemente.

La progresiva promoción de la mujer la saca del hogar, quizá más de lo conveniente.

en que hasta el cielo, el aire, la ciudad, tiene un tinte nuevo de recogimiento, de fervor, de piedad.

El desarrollo de las profesiones que se ejercen fuera del ámbito familiar, la avalancha del turismo, la facilidad para toda suerte de diversiones, influye en el hecho de que la familia sufra transformaciones profundas e inevitables.

En la familia el primer deber de los padres es amar a sus hijos.

Amar a los hijos es respetarlos. Lo primero que deben respetar los padres es la originalidad de cada niño. Como el escultor se adapta a la materia que moldea, así los padres, en calidad de educadores, han de adaptarse al temperamento de sus hijos. Dios no hace criaturas en serie. Nunca hay dos niños iguales con exactitud. Querer tratar por igual a todos, pretender educar a todos uniformemente, lleva al fracaso.

Se impone el respeto, sobre todo, cuando se trata del porvenir. Muchos padres querrían ver que sus hijos siguiesen su camino y les sucediesen. Pero este proyecto no siempre responde a la realidad de la capacidad o deseo del joven.

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Caminos de Luz

Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant