CAPITULO XVI

LA FAMILIA

 

I. La familia en la actualidad

Existe hoy en el mundo una sensibilidad especial sobre los problemas relativos a la familia.

También se muestra el respeto al niño en los pormenores de la vida diaria. Desde la más tierna edad deben los padres permitirle al niño sus juegos y trabajos preferidos; no le deben molestar continuamente cuando está ocupado.

Deben también aceptar sus ideas, cuando revelan una sana curiosidad, y sus iniciativas, incluso torpes, cuando las inspira la buena voluntad.

Pero sobre todo, el respeto hay que tenerlo con los secretos del niño.

Es injusto creer que las madres tienen derecho a que sus hijos se lo cuenten todo; no se puede forzar la confianza de los hijos. Incluso a veces se verán los padres obligados a explicarles que no conviene decirlo todo y que no se deben comunicar los secretos ajenos.

Los diarios personales de los adolescentes son incomunicables y sólo una razón grave autorizará a los padres el poderlos leer. Llegado este caso no pueden divulgar las confidencias descubiertas, aunque podrán servirse de ellas con habilidad y comprensión para el gobierno de los chicos.

2. La «Humanae vitae»

En el marco de la familia cristiana tuvo una resonancia profética la Encíclica del Papa Pablo VI, que ha sido muy contestada y reportó al Papa muchos disgustos, hasta el punto de que el Pontífice, tras estos avatares, perdió gran parte de su ilusión y creatividad.

Es verdad que la Encíclica Humanae Vitae no es una definición papal ex cathedra de la norma moral que el Papa determina acerca de la ilicitud de una exclusión artificiosa de la capacidad procreadora de cada acto conyugal.

Pero esto no quiere decir que por eso el católico pueda hacer caso omiso de la doctrina de la Encíclica.

Todo católico está obligado a tomarla en serio. Es la palabra de un Papa, que tiene potestad de Magisterio conferida por Cristo, que no va a ejercitarla siempre infaliblemente, aunque siempre con una asistencia ordinaria del Espíritu.

En el orden humano aceptamos diariamente los diagnósticos del médico, los veredictos del juez, las soluciones de técnicos y peritos. Ellos son los especialistas en su materia respectiva y sus decisiones no son infalibles.

No puede la Iglesia permitir que en su doctrina y en su praxis la coloquen ante el dilema de hablar ex cathedra o callar dejando la iniciativa a la irresponsable opinión del individuo. Lo que la Iglesia por su órgano Magisterial nos ha dicho sobre la vida humana tiene obligatoriedad y quien piensa que tiene mejor visión del asunto que el Papa pregúntese ante Dios y su propia conciencia, con espíritu sobrio de autocrítica, si tiene la especialización teológica necesaria, amplia y profunda que le permita, en su teoría privada y en su praxis, disentir de la actual doc. trina del Magisterio Eclesiástico. y sepa que debe asumir toda su responsabilidad ante el juicio de Dios.

3. Educar

El Papa Pío XII pedía en su Encíclica Fulgens Corona: «Que el hogar doméstico florezca con una descendencia santa y rectamente educada». Aquel Papa, intensamente preocupado por reconstruir nuestro mundo de cuajo, en el Año Mariano, que él mismo anunció con la citada Encíclica, buscaba el remedio en la raíz, pues si las familias educan rectamente, la sociedad está salvada.

Deliberaban algunos sabios acerca del modo de remediar los males que causaba en su patria la corrupción de costumbres. Después de indicar varios medios sin que se presentase el eficaz, uno de ellos tiró en el suelo una manzana podrida y preguntó a sus compañeros: ¿Qué solución tenéis para volver buena esta manzana? Ninguna –respondieron todos –. Pues yo tengo un secreto infalible: Sacad la semilla, sembradla y cultivad la Con cuidado. Dentro de poco tendréis árboles buenos que darán manzanas exquisitas. He ahí el secreto para reformar el mundo: Educar recta y santamente a los niños.

La Encíclica Divini illius Magistri, de Pío XI, define así la educación: «La educación esencialmente consiste en la formación del hombre, tal cual debe ser y como debe portarse en esta vida terrena para conseguir el fin sublime para el cual fue creado. Consiguientemente no puede haber educación verdadera que no esté totalmente ordenada al fin último. Y siendo Cristo, Camino, Verdad y Vida, no puede existir educación completa y perfecta si la educación no es cristiana».

El Vaticano II no ha variado la orientación ni un ápice. En el Decreto sobre la educación cristiana nos dice: «La educación cristiana busca, sobre todo, que los cristianos se hagan conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad, ante todo en la acción litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad, y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico» (Declaración sobre educación cristiana, 2).

Cumple a los padres un gran papel en la consecución de ese ideal. Así lo puntualiza el mismo Decreto: «Es deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos» (bis Ibid. 3).

¡Cómo habrán de esforzarse los padres por adquirir una recta formación; cuál habrá de ser la sana preocupación de los novios por hacerse ya desde ahora, desde el tiempo del noviazgo, esas personas capaces de despertar en los corazones de sus hijos el ideal de realizar en sus vidas la de Cristo en su plenitud! No podrán conformarse en dejar todo el trabajo de la educación a la escuela. Ella tiene su misión que cumplir, de suplencia accidenta], diría yo, pero nunca de suplencia total de lo que en ningún sentido haga la familia.

Los pobres no han terminado su misión poniendo hombres nuevos en la tierra. Esos seres han de ser educados en primera instancia por sus padres. El bloque de mármol de Carrara en manos de Miguel Ángel se convierte en un bello ángel. Los niños en manos de sus primeros educadores, los padres, se han de convertir en Cristo, es decir,

que su vida ha de ir encarnando las virtudes del Maestro, Modelo universal y accesible a todas las condiciones de la vida humana y también de la juventud. Cristo escondido en su vida nazaretana, laborioso, obediente y en resumen, adornado de todas las virtudes individuales, familiares y sociales, ha de ser copiado rasgo a rasgo, matiz a matiz por cada uno de los hijos.

Porque los hijos son seres en formación, criaturas inacabadas, obras a medio hacer. Pero quizá más hoy que nunca, los padres se ven preocupados por la realidad de sus hijos. Observan sus personas, estudian sus reacciones y se encuentran con una serie de defectos crónicos y habituales, casi ambientales, en ellos, que no saben cómo corregir.

Niños caprichosos, que acaparan los mimos de sus padres, abuelos y familiares todos. Niños entronizados como reyes, si no actúan como déspotas, que tiranizan a sus mismos padres. Niños que exigen los juguetes más caros, aunque no haya posibilidad en casa para ellos. Niños superseleccionadores de la comida que después echarán a perder. Niños que codiciarán vestidos porque los han visto a sus compañeros. Furibundo pataleo será la respuesta si papá les negó el permiso para ir al cine o si no se le ha permitido tomar parte en la excursión. Tirarán el almuerzo con rabia si no es de su agrado o chafarán la propina del domingo si les parece pequeña.

Niños desobedientes. Pequeños rebeldes que se oponen a las órdenes de sus padres. ¡He dicho que no! No con tanto descaro, pero con no menos cara harán frente a las órdenes de sus superiores. Obedecerán sólo cuando les guste lo que se les ha mandado y se las ingeniarán para que se les mande a tu talante. ¿No es de cada día la canción de moda que escuchan los padres a sus hijos: ¡No me da la gana!?

Niños mentirosos. Mienten para excusarse, mienten para que no se les castigue; para conseguir un dinero para sus caprichos: dirán que les han pedido en el colegio para la Campaña del Hambre o que necesitan otra libreta.

¿Qué hacer ante el problema que se les presenta a los padres de estos niños así tarados? ¿Pueden los padres justificarse con unos cuantos lamentos? ¿Les es lícito dejar que sigan las cosas así? ¿No hay solución, en lo humano, para corregir la situación que es de hoy Con mayor virulencia, pero que ha sido de todos los tiempos?

Claro que hay solución y es necesario que todos esos defectos encuentren corrección, ya que son susceptibles de remedio.

No olviden loS padres que sus hijos son criaturas en boceto, cera blanda en que se pueden acuñar las virtudes contrarias a esos vicios.

Pero los padres no pueden cumplir con esa delicada misión de educar sin una formación previa suya. «Educarse para educar», sería la consigna que daríamos a los padres ya los futuros padres. A éstos para que no les suceda lo que aconteció a aquellos que, con demasiada frecuencia, han llegado al matrimonio sin una ligera noción de lo que les incumbía como deber de estado a la hora de educar a sus hijos. Llegaron los hijos y muchos papás se encontraron -jóvenes e inexpertos -carentes del más indispensable conocimiento de por dónde había que empezar. «Es en verdad cosa extraña -dijo Pío XII en un discurso a las Mujeres de Acción Católica- de la que ya se lamentaba Pío XI, que mientras a nadie se le ocurre hacerse de repente, sin aprendizaje ni preparación, obrero, mecánico o ingeniero, médico o abogado, todos los días no pocos jóvenes y doncellas se desposan y se unen sin haber pensado ni un instante en prepararse para los arduos deberes que les aguardan en la educación de los hijos».

4. Educar en la oración

Importa destacar el papel que ha de desempeñar el hogar, la familia, en orden a educar en la oración. Cuando hablamos de oración nos imaginamos en seguida las oraciones vocales que aprendimos de niños y corremos el peligro de pensar al hablar del papel de la familia en la educación en la oración, que termina ahí el deber de la madre cuando ha enseñado a sus hijos pequeños las oraciones del catecismo. No se trata de aprender o hacer, aprender unas determinadas oraciones para que los niños las recen de memoria y como pequeños bonzos mecánicos. Es algo más serio lo que pretendemos: Hay que conseguir iniciar al niño en el trato sencillo, personal, amistoso y asiduo, con un interlocutor invisible, pero real, amable, amigo y Padre. Está claro que aquí el papel de la madre es imprescindible. En las escuelas de párvulos y maternales las maestras se habrán de esforzar por sustituir, muchas veces, el fallo de la madre, con un tanto por ciento muy deficitario de eficacia comparado con la madre. Pero algo ya pueden hacer. Ésta es una de esas actividades que no se aprecian porque no son brillantes y por eso fácilmente se descuidan con grave perjuicio.

La época materialista en que vivimos inocula sus doctrinas en todos los campos y también en el pastoral que es, por definición, espiritual, y lo materializa en lo que puede, con preeminencias de atención a campos visibles, zonas agradables a la inclinación natural, aspecto positivista y de buen rendimiento 0 de lucimiento. y excluye la atención a actividades que pueden ser consideradas de menos relieve, como es la atención a la infancia, o a la escuela, o a la labor personal lenta, ardua, de resultados muy a largo plazo.

Los padres no deben sucumbir a esa tentación moderna. Las madres cristianas midan la trascendencia eterna de las horas quemadas en la formación de sus niños. A este respecto, una madre no puede quedar satisfecha mientras no tenga la certeza de que sus niños saben hablar con Dios como hablan con sus hermanos o sus compañeros, Esfuércense las madres por crear en sus hijos pequeñines la necesidad de contarle a Dios, a Jesús, todos sus problemitas infantiles: que mamá me ha pegado, que mamá y papá se han peleado, al estilo de aquel niño que ora por la noche, después de haber presenciado una desagradable escena protagonizada por sus padres: «Del Espíritu Santo. Amén. Amado Dios. Ayuda a papá, mamá descarada. Del Espíritu Santo. Amén» (Gräf, «El poder de la oración», San Sebastián 1958, página 82).

Si el corazón de los padres salta de júbilo al oír los primeros balbuceos de su hijo y contemplar los primeros pasos, ¡cómo no va a gozar Dios al ver las primeras tentativas de oración de la pequeña flor humana!

5. Educar la conciencia

Es un quehacer básico, atender, de una manera preferente a la educación de las conciencias. No es sencillo. Hay que comenzar desde muy lejos. Desde muchos años antes de nacer el hombre se está educando, o deseducando Y. por lo tanto, influyendo favorable o desfavorablemente en la recta formación de su conciencia.

Los padres tienen un deber meludible e insustituible. Las conciencias de los hombres están en manos de sus padres. Padres, sociedad civil, sociedad eclesial. Están creando una conciencia en los hombres de mañana, en las mujeres del futuro. Quizá sientan la tentación de pensar: aún son pequeños, cuando sean mayores, no se dan cuenta. ..Si sucumben ante tal sofisma, se pierde un tiempo y una oportunidad irrepetible. Es mucho más difícil reformar la conciencia de un hombre, que formar la de un niño. El hombre llega con una cantidad de prejuicios, de malos hábitos, de criterios superficiales, de los que con gran dificultad se despoja porque son muy suyos, muy carne de su carne. y como su segunda naturaleza. Habrá que armarse de mucha energía para sembrar una semilla, no sólo nueva, sino contraria a la que ya está dando malas cosechas.

Por eso lo más fácil en el camino de la renovación son los niños. Éstos están en manos de sus educadores. Pero no olvidando que la conciencia no se forma sólo por lo que oye, sino también, y más, por lo que ve. Por lo cual no se puede abandonar la reforma de los adultos que, con sus modos de vivir y de obrar y de pensar y manifestarse, pueden estar ofreciendo un clima no propicio al desarrollo normal de la conciencia cristiana de los niños.

No es fácil. Pero es eficaz. El ideal del cristiano no puede ser nunca lo fácil por fácil, sino el deber, porque es la voluntad de Dios, aunque cueste. Las fatigas y sinsabores. ¡Somos los cristianos los hombres de la esperanza! Tendrán su límite definitivo. Pensemos en la eficacia y huiremos de la facilidad y del halago. Y si pensamos en la Iglesia y no en nosotros sólo en la eficacia podremos pensar.

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Caminos de Luz

Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant