CAPITULO XVII

LA ALEGRIA

 

 

I. El cristiano es un hombre alegre

No hay mayor enemigo del cristiano que la tristeza. Creo que un cristiano es un hombre que tiene la dicha de la alegría. Creo que nadie como el cristiano debe vivir alegre. ¿Por qué? ¿Por simple convicción, por forzada actitud, por imposición de la voluntad? Sencillamente porque fluye de su naturaleza de cristiano. El cristiano es el hombre de Dios, es el hombre que, por el Bautismo, ha sido unido a la divina naturaleza por gracia y participa de las cualidades de Dios, gradualmente, claro. Entonces si Dios es Ser Perfectísimo y la Alegría es una perfección, Dios la tiene, y además, como tiene Él las perfecciones, en grado sumo, en modo infinito. Dios es infinitamente alegre. La alegría de Dios no tiene nubes.

El cristiano es un hombre alegre. Un hombre que tiene sustancialmente la alegría… El Evangelio ya es, etimológicamente, una alegre nueva. "Os anuncio un gran gozo para todo el pueblo: os ha nacido un salvador» (Lc 2, 10).

Cuando Cristo ha nacido en un hombre, está el gozo con él. Aunque haya circunstancias que no sean, terrenalmente hablando, causa de alegría.

En uno de mis viajes en avión, a seis mil metros de altura, se me ofreció a la vista un espectáculo que ahora viene bien para iluminar esta situación del cristiano viviendo en gozo y sumido entre nubes densas. El avión llevaba su marcha de diez kilómetros por minuto, seiscientos kilómetros a la hora. A su paso ni una nube le detenía. Sólo atravesó nubes para remontarse, cuando lo hizo. Después cielo limpio, claro, sereno. Debajo del avión flotaba un mar de algodón. Desde la tierra aquel algodón sería estopa negra y mugrienta, pero desde el avión las nubes eran blancas y claras, aunque densísimas y sin aperturas; pero es que estaba el sol arriba...

¿Comprendo ahora algo de lo que es la alegría del cristiano que está sumido en tinieblas, como las de san Pablo perseguido, azotado, encarcelado, traicionado, incomprendido, objeto de celotipias..., que no le impiden sentir y decir que sobreabunda de gozo en toda tribulación? (2 Cor 7,4).

¿Comprendo a san Esteban resplandeciente su rostro por el sol de la divina Luz indeficiente, mientras las tinieblas sumergen su ser terreno en densos nubarrones de persecución, odio y martirio? «Mas como estuviese lleno del Espíritu Santo, clavando los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios ya Jesús de pie a la diestra de Dios y dijo: He aquí que contemplo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios» (Hch 7,56).

Cuando en el hombre se va ahondando la intimidad de la vida de Dios crece en él simultáneamente el gozo. Unión íntima con Dios es igual a gozo íntimo de Dios. Más unión con Dios es lo mismo que más alegría de Dios y así hasta no terminar y rebosar...

Ya lo sabemos, pues, si en nuestra vida no hay alegría es que en nuestro ser no ha caído aún la gota del Espíritu que trae al alma gozo y paz (Gal 5, 22).

2. La oración, fuente de alegría

Pero, por otra parte, aunque está en manos de Dios que tengamos su gozo, que participemos de Él, porque es un don suyo sobrenatural, está también -y aquí no nos debemos desalentar- en nuestras manos hacer algo por recibirlo. Santa Teresa nos lo aclarará. Sostiene ella que la oración es fuente de alegría y consuelo, el necesario para llevar y suavizar las cruces inherentes a la práctica de la abnegación. Pero los que se empeñan en no hacer oración, van solos y ellos tienen que pagar los gastos, y así chirría su carro porque no han querido lubricar los ejes. Mas a los que se dan a la oración Dios les hace las costas. Oigamos las graciosas palabras de la donosa Doctora: «Cierto, los he lástima, que a su costa sirven a Dios, porque a los que tratan la oración el mismo Señor les hace las costas, pues un poco de trabajo da gusto para que con él se pasen los trabajos» («Vida», 8, 8).

Vemos un poco de trabajo, no hay que negarlo, pero con una enorme recompensa. Un capital que rinde muy elevadas rentas.

¿Han pensado bien los que, por las razones que sean, omitieron, ya hace tiempo, la oración? ¿Leyeron, siquiera, las palabras de la Santa? Pero ¡cómo sufren, en la practícalas consecuencias de no tratar oración!...

Defecciones sacerdotales -plaga de nuestros días -; abandonos de la vida religiosa, escasa actividad apostólica verdadera, paciente, perseverante, en medio de las más adversas circunstancias; poco o ningún arrastre de los cristianos, de los consagrados hacia el ideal..., no tienen otra explicación que la falta de gozo y de alegría en Dios. Y la privación de esta gracia tiene su raíz en la escasa o nula unión con Cristo que suavizaría todos los sinsabores y alegraría todas las penas y haría resplandecer los rostros a los cristianos, religiosos, sacerdotes, y les conferiría gancho y fuerza de arrastre.

Decían los feligreses del Cura de Ars: «pero él es feliz en su género de vida, pues imitémosle». Dirían de los cristianos lo mismo si, como el Cura de Ars, oraran de verdad.

Santa Teresa no es amiga de santos encapotados. Éstos no lo serán nunca. Porque Dios los hará vibrar de santo júbilo como lo hace con los que ya exultan embriagados en sus deleites sabrosos y sutiles.

3. La alegría atrae

Recuerdo una anécdota: un niño va a la catequesis varios días. La catequista se da cuenta de que no es del centro y le pregunta que cómo es que viene si es de otro...: «es que aquí están más alegres», fue la respuesta.

Claro que la gracia de Dios es la que atrae las almas, pero se vale de los instrumentos, que son los hombres, sus cualidades, sus dotes, y la alegría verdadera, no la afectada o fingida, y ésa se distingue perfectamente. La alegría, el gozo que como una fuente entre peñascos, burbujea solitaria y silenciosa, recogida y vital, arrastra irresistiblemente.

Procurar ser fuente de alegría para los demás como enseña santa Teresa: «Así que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas más conversables con sus hermanas y que aunque sintáis mucha pena, si no van sus pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os extrañe de ellas, si queréis aprovechar, que es lo que muchos hemos de procurar ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas» (Camino», 41, 7).

Esto tiene gran trascendencia apostólica: No seremos conquistadores de almas si no somos hombres y mujeres llenos de alegría.

Y la alegría debe trascender, debe verse y se ve, sin necesidad de esfuerzos. La alegría va acompañada de paz y brilla en los ojos y en la serenidad del rostro.

La alegría nos hace apóstoles y nuestra entrega apostólica es fuente de alegría. Cuanto más entregados más alegres. y cuanto más obedientes. Y cuanto más humildes y pobres y sencillos. Y en la renuncia mayor, mayor el gozo.

4. La alegría de Nazaret

¿Quién hubiera podido pensar viendo a María ya José. Pobres peregrinos que buscan posada, desprovistos de todo medio material, que llevaban con ellos la fuente de la alegría para todo el pueblo, como lo cantarían en seguida los ángeles en Belén?

En efecto, Jesús viene a saciar la inmensa sed de felicidad que hay en todos los hombres, en cada hombre. Y la viene a saciar precisamente con Él mismo, con la participación de su vida misma, la que Él recibe del Padre y que Él comunica a cada hombre que la quiere recibir.

De ahí que en la misma medida en que participamos de la vida de Cristo, participamos de su propia alegría, la alegría santa del Dios todo-dichoso que se nos infunde con su vida.

Por eso esa sed de felicidad que llevamos todos tan entrañablemente arraigada, porque Dios nos creó para ser felices, nadie como los santos. Que son quienes más participaron de la vida de Cristo, la llegaron a saciar. y cuanto más santos más alegres.

El primero y más alegre de todos, Jesús, el Hijo de Dios. Después María y con Ella san José.

Ningún dato nos ha llegado de la alegría del hogar dulce de Nazaret. Pero lo podemos deducir. ¡Sí! Debió ser impresionante aquel gozo silencioso, soberano y sencillo diario y constante de aquella familia de santos. De criaturas humanas que viven el ideal de la humanidad y anticipan la Pascua del cielo. y no es que en Nazaret, como antes en Belén, hayan faltado estrecheces, problemas, zozobras, inquietudes, dolores, angustias. Al contrario, allí hubo dolores de san José, dolores de María y trágico dolores dé Jesús.

Todos los sinsabores inherentes a la vida humana ellos los experimentaron: la persecución sangrienta y la huida el exilio y la pobreza, la separación y la soledad, la muerte y el odio, la convivencia difícil y desigual, la traición y el vendabal del fracaso.

Pero era tan fuerte el amor que todo lo superó, y siempre, en medio de las tempestades y sin extinguirlas, brilló el sol del gozo del espíritu.

En Nazaret hubo alegría; y se conmueve nuestro corazón rastreando aquellos primeros pasos de Jesús que María y José contemplan encantados y felices; aquellos balbuceos de Jesús que dice las primeras palabras que aprende de María y de José; aquellos abrazos y caricias tal limpias y regocijantes, tan sinceras y llenas de cariño.

Hogar de Nazaret en que se cumplen todas las bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, los mansos, lo que tienen hambre y sed de santidad, los misericordiosos los perseguidos, los limpios de corazón, porque ellos lo fueron todo (Mt 5, 3 ss.).

Hogar de Nazaret donde va despertando al amor aquel corazón de Niño en que crece así tan equilibrado y sereno el amor humano de Jesús, fraguado por aquellos padres santos, en conformidad total con el designio del Padre que desde siempre ama al Hijo y en Él se complace por el Espíritu, como en el Hijo muy amado.

Así veremos en Jesús hombre aquellas expresiones de sencillo lirismo ante los lirios del campo y las aves de cielo. Contemplaremos en Él un corazón tierno y sensible capaz de captar la alegría del hombre que recobra la oveja perdida (Lc 15,6), de la mujer que encuentra la dracma (Lc 15, 9), o la del padre del hijo pródigo que goza alborozado su retorno al hogar (Lc 15, 32). O la observación de la alegría de la madre que da a luz un hijo (Jn 16, 21), y el gozo de los invitados al banquete (Lc 14, 7 s.) y la alegría de las bodas (Lc 5, 34), y la del sembrador y del segador (Jn 4, 36) y la del hombre que halla un tesoro escondido (Mt 13,44).

La humanidad de Cristo no es insensible a las pequeñas alegrías de que la vida humana está llena.

Y tampoco María cierra su corazón a las alegrías humanas y es consciente de que ella puede y debe encender una luminaria de alegría allí donde la imprevisión de los esposos está abocada al bochorno de la falta de vino (Jn 2, 1-11).

Ella se siente revestida de joyas de novia engalanada para su boda (Is 61, 10) y se alegra y superalegra en el Señor su Salvador, envuelta en suavidad de gozo, pero esto no seca en Ella la fuente de las pequeñas y sencillas alegrías que envuelven la existencia humana.

Nuestra vida es Cristo, vivámosla. Quien vive la vida de Cristo, dejando el pecado y apartándose eficazmente, firmemente, de las ocasiones del mismo y se agarra fuertemente a la cruz, indefectiblemente tendrá alegría. Gozará y retozará en su Dios Salvador, en el Hijo Amado, infinitamente Amado por el Padre.

Si san Pablo encadenado sobreabunda de gozo (2 Co 7, 4) no podemos nosotros dudar de que en cualquier situación que vivamos, por dolorosa que sea, pueda faltarnos el gozo del Espíritu.

5. Alegrarse en la prueba y gozar con la naturaleza

Santa Teresa del Niño Jesús cuando se ve como un pajarillo con las plumas mojadas en el chaparrón de la tormenta, y mira al cielo y lo ve cerrado y encapotado, ve que ha sonado la hora de la alegría, porque es el momento de su mayor prueba y porque la cruz engendra, por la pura fe y la confianza, la alegría y el gozo de Dios.

Bebamos a chorro las alegrías del trabajo realizado, aunque penosamente, con esmero. Gocemos nuestra alegría de sentirnos integrados en la magnificencia de la creación.

Sorbamos la alegría del cascabeleo de la primavera que ríe y canta y estalla en fulgor de flores.

Gocemos la mañana luminosa y el ocaso lánguido y romántico, y la mañana lluviosa y nostálgica, y las risas de los niños.

6. La alegría de la esperanza

Pero sobre todas estas bellezas de la naturaleza, gocemos en nuestra vida divina, superior a todas las bellezas creadas; gocémonos en las dificultades de la siembra y de la poda y en la gran esperanza de la vida celeste, de la armonía de aquella ciudad a que caminamos, cuyos ciudadanos nos esperan y nos alientan y nos ayudan. La esperanza de las Bodas eternas, del diálogo con Jesucristo, y con su Madre y de la compañía de todos los felicísimos partícipes de la visión beatífica.

Gocémonos en aquellas alegrías que no tendrán fin y serán tan hondas, y tan variadas, sin monotonía ni cansancio porque siempre veremos facetas nuevas en Dios y nunca le agotaremos, nunca nos cansaremos de ver, oír, cantar, amar, gozar.

Éstas son las alegrías que han de azucarar nuestras penas y trabajos temporales de aquí y de ahora.

Ésa es la esperanza que le falta al mundo y urge que se la devolvamos o que se la demos por primera vez. y lo haremos cuando nos vean tan felices que no tenga sentido nuestra dicha sin esa esperanza.

7. Alegría en la muerte

Dijo Jesús unas palabras que, escuchadas contemplativamente pacifican nuestros corazones angustiados y tienen poder para convertir en sumas alegrías las que el mundo juzga supremas tristezas.

Le dice a Marta: -«Yo soy la resurrección y la vida; el que tiene fe en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que está vivo y tiene fe en mí, no morirá nunca» (Jn 11, 25-26).

Ésta es una revelación formidable. Teniendo fe en Jesús tenemos asegurado el no morir nunca.

Aunque muramos, en realidad no moriremos. La muerte será un episodio, un paso, una transformación. Claro que habrá dolores, pues el grano de trigo no muere sin destrucción; este despojo que obra la muerte en el hombre para pasar a nueva vida, se obra con dolor y quebranto. Lo que ocurre es que nos fijamos casi exclusivamente en esa destrucción y olvidamos sus consecuencias en el más allá.

Al nacer nos ha ocurrido algo semejante. Hemos dejado un medio de vida cerrado, para abrirnos a la luz de este mundo. Si nos hubieran visto padecer para nacer abrían dicho que moríamos, cuando la realidad era que comenzábamos una nueva etapa de vivir más pleno.

Por eso Jesús dice que no moriremos, porque en realidad comenzaremos a vivir en Dios, un vivir infinitamente más pleno que el que gozamos acá.

Si tuviéramos más fe no temeríamos la muerte sino que la desearíamos para alcanzar la plenitud. Y la garantía de conseguir esa plenitud la tenemos en l comida del pan de la vida: «Os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre no tendréis ida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre lene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque ti carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida... quien me come vivirá gracias a mí... quien coma de éste vivirá para siempre» (Jn 6, 54-58).

¡En verdad somos afortunados los llamados al banquete de la vida que no se acabará nunca! Al comer ese pan y al beber ese vino hagámonos conscientes del insigne don, del magnífico regalo de la inmoralidad que nos espera.

a) En la muerte de mi hermana

Estamos aquí reunidos en la caridad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para celebrar el acontecimiento más trascendente de la vida de nuestra hermana, su participación real en la Pascua del Señor, su comunión en la muerte y Resurrección de Cristo. Yo quiero agradecer a todos vuestra presencia que deseo sea profundamente cristiana y religiosa, vitalizada por la fe operante en la caridad, para glorificar a Dios más ardiente y eficazmente por el misterio admirable que ha realizado entre nosotros.

Nuestra hermana ha sido misteriosamente elegida por Dios para prolongar la Pasión y la Muerte de Cristo y esto a constituye en punto focal de irradiación y de salvación, quizás el mayor hoy de toda Valencia. Porque la salvación a obra Dios, no por medio de los ídolos humanos que arrastran multitudes, sino a través de estas almas escondidas y pequeñas dolientes con Cristo doliente, que con Él quitan los pecados del mundo y atraen torrentes de gracia como Imán Omnipotente de Dios. Las razones de su elección son un misterio para nosotros. Los elige porque quiere y punto.

Por mi deseo esas campanas que suenan ahora no tocarían a muerto, sino que repicarían a gloria. Cómo he querido que las flores festivas y la presencia de Cristo Resucitado simbolizado en el Cirio Pascual pongan una nota clara de gozo santo en el Señor, porque éste es el dies natalis, el día del nacimiento de nuestra hermana para el cielo.

Si el día de su nacimiento a esta vida terrena yo gritaba por las calles, cogidito de la mano de mi padre, con cuatro añitos aún no cumplidos, «ma mare ha comprat una xiqueta», con cuánta alegría debo anunciaros a vosotros hoy, en este solemne acto, ¡mi hermana ha nacido para Dios! Porque en realidad aquel nacimiento le abría las puertas de un mundo hermoso, mas Sometido al pecado y al dolor, pero éste le abre las puertas de la Jerusalén celestial, donde no hay «muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado» (Apoc 21,1). No es un castigo morir joven, queridos hermanos, sino todo lo contrario. Dios elige a los que más quiere para llevarlos a su Ciudad Santa, porque los ama más y no quiere que «la malicia pervierta su conciencia ni que la perfidia seduzca su alma» (Sab 4, 7), como hemos leído en el libro de la Sabiduría. Enseña san Juan de la Cruz «que es condición de Dios llevar antes de tiempo consigo las almas que mucho ama, perfeccionando en ellas en breve tiempo por medio de aquel amor lo que en todo suceso por su paso ordinario pudieran ir ganando. Porque esto es lo que dijo el Sabio: «El que agrada a Dios es hecho amado; y, viviendo entre pecadores, fue trasladado, arrebatado fue porque la malicia no mudara su entendimiento o la afición no engañara su alma. Consumido en breve cumplió muchos tiempos. Porque era su alma agradable a Dios, por tanto se apresuró a sacarla de en medio. En el apresurarse se da a entender la prisa con que Dios hizo perfeccionar en breve el amor del justo y en el arrebatar se da a entender llevarle antes de su tiempo natural. Por eso es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos de amor, porque, consumándose en breve, no se detenga mucho acá o allá sin ver a Dios» («Llama», c. 1, 34.).

Yo estoy seguro, mis queridos hermanos, de que al Señor no han pasado inadvertidos los actos de generosidad de esta hermana nuestra que ha acudido a la cita de Dios. Desde que, adolescente, considerándose como azucena predestinada por el Padre para el servicio de la Iglesia de Cristo, fue presa del deseo de entregarse por su hermano sacerdote, ¿quién podrá medir los grados de generosidad de esta niña, adolescente, joven, cuando dejó e1 mundo y se consagró con fidelidad y amor a su escondida vocación? Todos permanecen escritos en el libro de a Vida y ésta es la hora de recibir la recompensa.

Con su hermano compartió la vida, los trabajos, las zozobras y soledades del sacerdocio. Cristo será ahora su seguridad y descanso y su compañía dulcísima.

Y se multiplicó para simultáneamente atender a sus ladres a quienes ha cuidado con mimo y abnegación heroicas que la constituyen en mártir de su amor familiar, filial y fraternal. Por eso, «siervo bueno y fiel, entra a gozar del gozo de tu Señor». (Mt 25,21).

Días antes de morir me ha dicho: «Tengo miedo de presentarme con las manos vacías». Era un sentimiento e humildad. Es bueno, excelente, sentirse pobre delante e Dios ante la hora suprema del encuentro con Él. Ésa es la verdadera humildad que agrada a Dios de quien procede en todo bien. Ésa es la misma humildad que le hacía exclamar a san Juan de la Cruz, moribundo, cuando el P. Antonio de Jesús, su Provincial ahora y su compañero m dador, le recordaba para alentarle: «Padre fray Juan, anímese mucho, tenga confianza en Dios y acuérdese de las obras que hicimos y trabajos que padecimos en los principios de esta Religión. «¡No me diga eso, padre! -atajó clamorosamente el enfermo-. ¡No me diga eso, Padre! Dígame mis pecados». Pero a continuación preguntará: «¿Qué hora es?» Le dicen que aún no son las doce. A esa hora estaré yo delante de Dios Nuestro Señor diciendo maitines». Y cuando suenan las doce en el reloj de la Iglesia al oír las campanas vuelve a preguntar: «¿A qué tañen?» Cuando le dicen que a maitines, como si le hubieran dado la señal de la partida, exclama gozoso: Gloria a Dios, que al cielo los iré a decir» (bis P. Crisógono, «Vida», BAC, 10.. ed., págs. 326-328.).

Sí, querida, entrañablemente amada hermana, la mitad de mi vida, espero que a estas horas estés ya diciendo maitines ante Dios. Si es así, hazte sentir a todos nosotros m vivos sentimientos de fe y amor. Pero, si algo falta a espera, ahora vamos a ofrecer este Santo Sacrificio de la Muerte y Resurrección de Jesús por tu alma. Es una más de las 500 misas que te he ofrecido desde que comenzó tu enfermedad que con fuerte amor has sufrido. El Señor siente ternura por ti, como un Padre inmenso de corazón multioceánico. Él oyó tus gemidos. Vio tus lágrimas y, ahora «¡bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados!» (Mt 5, 5) se dispone a enjugar esas lágrimas ya llenarte de caricias con Maria, con san Juan de la Cruz, Santa Teresa, santa Teresita del Niño Jesús, nuestro padre, la tía Doloretes y todos nuestros familiares que salen a tu encuentro, llenos de júbilo poro que ya has nacido, para llevarte al abrazo de Dios. Esa esperanza nos ha hecho cantar con el salmo 121: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén!. Tú ya has visto el esplendor de esa Ciudad Santa a la cual todos estamos llamados. Tú nos has precedido, y te tenemos envidia santa, los que todavía nos quedamos peregrinos aquí, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Se nos escapan las lágrimas y los gemidos porque tenemos corazón y el dolor de la separación visible nos traiciona, que también Jesús lloró ante la tumba del amigo Lázaro y los judíos exclamaron: «¡Mirad cuánto lo amaba!» (Jn 11, 36).

Jesús que quiso morir la muerte de cruz y sentir el abandono de Dios, como nos ha dicho el Evangelio, poro que «terriblemente trata Dios a sus amigos» en frase de santa Teresa, nos ayude a comprender el misterio de la Cruz. Nos dé claridad de fe para valorar lo verdadero y pisotear lo que se acaba y así comprender las palabras de la Santísima Virgen dichas a santa Bernardeta en Lourdes: «Te haré feliz, muy feliz, pero no en la tierra, sino en el cielo» (ter Lourdes-Gerard Ausina -André Doucet. Editions

André Doucet -Lourdes 1981, pág. 4.). El sentido de las Bienaventuranzas es una locura para el mundo. Ésta llama dichosos a los ricos, a los que ríen y disfrutan, triunfan y dominan. Jesús proclama dichosos a los pobres, a los que sufren y lloran ya los limpios de corazón (Mt 5, 3-8). Es necesario que el grano de trigo caiga en la tierra y muera para que dé fruto. Si no cae y muere no fructifica, pero si muere y es enterrado da muchas espigas (Jn 12, 24 ). Para que nazca el cristiano a la luz de Dios, es necesario que pase por los valles de tinieblas de la muerte (Sal 22, 4). Para que nazca la mariposa ha de morir el gusano de seda (quater Santa Teresa, 5 Moradas, 2, 2-3), para que nazca un hombre es preciso que deje el caliente seno de la madre. Pero creemos firmemente que el cambio vale la pena y que no se puede comparar el amor, la paz y las alegrías del cielo, con el peso del dolor y de la tristeza de la muerte (Rm 8,18). Que vivamos todos de tal manera que podamos escuchar a la hora de nuestra muerte las palabras de Jesús al buen ladrón, que hemos proclamado en el Evangelio: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Amén.

b) Nuestros difuntos viven con Cristo

Estas palabras, pronunciadas por Juan Pablo II en e] cementerio de la Almudena de Madrid (2 noviembre 1982), consuelan nuestro corazón y le capacitan para entonar el Aleluya en el reo cuerdo de nuestros seres queridos que ya han visto plenificada su vida. En realidad en este mundo somos seres inacabados, imágenes a medio hacer, perfume en elaboración. Dios nos ha destinado a ser como Él, porque nos ha hecho a imagen y semejanza suya, y por tanto, también eternos, a parte post, es decir, en el futuro. No podemos ser eternos en el mismo sentido en que lo es Él que no tiene principio; pero cuando decidió que comenzara nuestro existir lo quiso como el suyo, a su imagen y semejanza, por tanto inacabables, esto es, eternos. «El que come mi carne y bebe mi sangre no morirá nunca» (Jn 6, 56).

Es verdad que cuando vemos morir al hombre presenciamos angustia, dolor, destrucción. Pero eso nos acaece desde este lado de la frontera. Lo que ocurre al otro no lo vemos, pero podemos pensar que los ciudadanos del Reino celeste no viven indiferentes ante el anuncio de la llegada de un nuevo ciudadano, sino que con expectación, cariño y ayuda, aguardan con ilusión que nazca el nuevo hermano, de los santos y ángeles y de Jesús y el nuevo hijo, ya realizado, o en disposición de su perfección, del Padre Celeste con el Espíritu y de María. Así lo cree la Iglesia que en el rito de la ofrenda del alma del moribundo a Dios invoca a todos los Santos y Ángeles para que vengan en ayuda de este hijo de Dios. ¿Pueden desoír esas :>raciones y súplicas, sin atentar contra su ardiente caridad participada del mismo Amor en el que viven?

Es lógico que dirijan sus oraciones de una manera especial en favor de aquel a quien Dios quiere salvar –y Dios quiere salvar a todos» (1 Tim 2, 4) -con un inmenso cariño, de una manera semejante a como esperan loS hermanos mayores aquí en la tierra el nacimiento de un hermanito- y cuando el bebé recién nacido, llorando porque ha tenido que sufrir mucho para pasar a mejor vida, llega al mundo, todos se alegran y hacen fiesta. ¡Qué alegría, pues, en el cielo por el nacimiento de un nuevo hermano que, era necesario que sufriera y llorara para pasar también a su nueva vida, mejor y ya perfecta! ¿No sabíais que era necesario que Cristo padeciera para entrar en su gloria? (Lc 24, 26).

Mientras vivimos aquí, después de haber sido bautizados y por tanto, de haber recibido la semilla de Dios, nos vamos asemejando a Cristo que nos va transformando en Él por el ejercicio de la fe, la esperanza, el amor y por el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Toda la vida del hombre regenerado está en Cristo, en Él vive y de Él vive. «Vivirá por mí» (Jn 6, 57). Hasta el punto de que cuando el Padre mira al cristiano descubre en él un reflejo del Hijo. La adopción de hijo se perfecciona cada día más y el hombre va conquistando la herencia que el Padre le ha preparado antes de la creación del mundo (Hb 9, 15). Sólo resta poseerla, pero para esto es necesario que la imagen de Cristo soporte una última pincelada, un matiz final.

Si toda la vida del cristiano consiste en reproducir la vida de Cristo en sí mismo por la imitación, sólo llega a culminar, cuando, como Cristo, absorbe la muerte que Él sufrió por amor al Padre ya los hermanos. Por eso, para que el cristiano consiga tomar posesión de su herencia debe sufrir la muerte, no sólo místicamente como en el Bautismo, sino también físicamente como Él en el Calvario (Lc 24, 26).

Es entonces cuando, los que vivimos desterrados del Señor, terminamos nuestra peregrinación y destierro y llegamos a la patria definitiva y perfecta. Así nos lo dice san Pablo: «Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor, porque nos guía la fe, no la vista. A pesar de todo estamos animosos, aunque preferiríamos el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señora (2 Co 5, 8-9). Ya esa meta quería llegar el Apóstol con ansia como escribe en Filipenses: «Para mí vivir es Cristo y morir ganancia… Deseo morir y estar con Cristo» 1,22-23).

Cierto. Nos espera la herencia del cielo y es muy provechoso para alentar nuestra esperanza en el destierro pensarlo y reflexionarlo y contemplarlo. Es lo que nos dice Santa Teresa, superfavorecida por Dios en esta vida: «Me aprovechó mucho para conocer nuestra verdadera tierra y ver que somos acá peregrinos, y es gran cosa ver lo que hay allá y saber dónde hemos de ir. Porque si uno ha de r a vivir de asiento a una tierra, es de gran ayuda para pasar el trabajo del camino haber visto que es tierra adonde ha de estar muy a su descanso... y acaéceme algunas veces ser los que acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven y parecerme verdaderamente los vivos y los que acá viven, tan muertos que todo el mundo me parece no me hace compañía"... (bis «Vida», 38.6).

Por esto en las Exclamaciones (13) dirigiéndose a estas limas les dirá: «¡Oh almas que ya gozáis sin temor de vuestro gozo y estáis siempre embebidas en alabanzas de mi Dios! Venturosa fue vuestra suerte... y qué envidia 's tiene mi alma..."

Y después a Dios: «Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente en este sueño de esta miserable vida... ¡Oh desventurados de nosotros, Señor mío!, que bien lo sabemos y creemos, sino que con la costumbre tan grande de no considerar estas verdades, son tan extrañas ya de las almas, que ni las conocen ni las quieren conocer".

Y termina el párrafo apostrofando otra vez a los Santos: «¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar y comprar heredad tan deleitosa y permanente con este precioso precio!, decidnos: ¿cómo granjeabais con el Bien tan sin fin? Ayudadnos pues estáis tan cerca de la fuente, coged agua para los que acá perecemos de sed".

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Caminos de Luz

Editado por: Caminando-con-Jesús

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant