Caminando con Jesus

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

 

 

 

DEDICADO AL   

BEATO FRANCISCO PALAU

 

Oh Dios, que por medio de tu Espíritu, enriqueciste al Beato Francisco, presbítero, con el don insigne de la oración y de la caridad apostólica; concédenos por su intercesión, que la amada Iglesia de Cristo, resplandeciente con la belleza de María, la Virgen Madre, sea más eficazmente sacramento universal de salvación. Amén.

 

 

El tiempo que transcurre entre 1811-1872 son los años de vida de Francisco Palau y Quer. Durante estos 61 años y con un ritmo unas veces acelerado, en otras ocasiones mas retardado, pero siempre irreversible, se producen la serie de cambios y transformaciones cuyos resultados son los tiempos nuevos. Francisco Palau es testigo y producto de su tiempo. Es un testigo lúcido: conoce los hechos, los sigue con interés y los vive con pasión.

Nace en Aytona (Lérida), España el 29 de diciembre de 1811, en el seno de una familia rural, de recia tradición cristiana. Es bautizado el mismo día de su nacimiento. Fue el séptimo de nueve hermanos.

Ingresa en el seminario de Lérida en 1828 hasta 1832, año en que cambia el rumbo de su vida. Se incorpora al Carmelo Teresiano en el convento de San José de Barcelona. El 15 de noviembre hace la profesión religiosa con la firme convicción de que su entrega a Dios, en la Orden del Carmen, será total y para siempre independiente de todo humano acontecimiento.

El 25 de julio de 1835 fue invadido e incendiado su convento. Arrojado violentamente de él se dirige a su pueblo natal. Es ordenado sacerdote el 2 de abril de 1836 por el obispo de Barbastro. Comienza a ejercer las funciones de su recién estrenado sacerdocio. Su radio de acción se extiende a toda Cataluña. Los años 1838-40 son de intensa actividad como predicador de misiones populares. La eficacia de su acción pastoral y la reciedumbre de su celo apostólico hace que se le conceda el título de Misionero-apostólico.

Se dirige a Francia el 21 de julio de 1840 comenzando una larga etapa de exiliado que durará once años. Tres facetas dominan su vida durante estos años: vida contemplativa en la soledad, dirección espiritual de los grupos de solitarios (hombres y mujeres) que se le unen y la defensa de la Iglesia a través de sus escritos. Publica en 1843 su primer libro titulado: “Lucha del Alma con Dios”, destinado a despertar la necesidad y fecundidad de la oración por la Iglesia perseguida.

Tras la firma del Concordato España-Santa Sede en 1851 regresa a España. La vida claustral, a la que sueña reincorporarse, está totalmente suprimida. Se pone a disposición del Obispo de Barcelona, quien le acoge y le nombra director espiritual del Seminario.

Atento a las señales de Dios en la historia y a las necesidades de la Iglesia en poco tiempo programa y organiza la revolucionaria obra de la Escuela de la Virtud que se inaugura el 16 de noviembre de 1851. Esta Escuela se convierte en un modelo de enseñanza catequética. El impacto de la obra en los medios culturales, religiosos, políticos y sociales se hace sentir muy pronto. Francisco Palau ha movilizado en torno a esta actividad pastoral a todas las fuerzas religiosas de la ciudad, incluida la prensa. La intensa actividad de la Escuela llega a preocupar a las fuerzas revolucionarias de la ciudad. Le implicaron injusta, pero hábilmente, en las huelgas y disturbios de marzo de 1854, consiguiendo suprimir la Escuela desterrando a Francisco a Ibiza el 4 de abril de este mismo año. Aquí permaneció hasta que, en 1860, logró la libertad gracias a una amnistía general.

En la isla alterna la vida solitaria y la predicación popular por dicho lugar. Durante estos años no llegan a dominarle ni el abatimiento ni el desaliento. Recompone una vez más la trama de su hilo vocacional: de la soledad contemplativa al servicio apostólico y viceversa. En el fondo, las coordenadas naturales de su vocación carmelitana.

Poco a poco va a tener lugar un proceso de transformación religiosa en la Isla. Tiene como centro de irradiación a María, a la que Francisco ha descubierto como el Icono que encarna la ternura de Dios para con los pequeños y el verdadero rostro de su amada la Iglesia.

Siempre en búsqueda, los últimos años de su vida los emplea en un servicio incondicional a la Iglesia. Las experiencias eclesiales largos años remansadas irrumpen en su espíritu, afloran a su conciencia iluminándola en lo más profundo.

Durante un ciclo de predicación en Ciudadela (Menorca), en noviembre de 1860, se le manifiesta la realidad consoladora del misterio de la Iglesia: Dios y los hombres. Ve cómo su vocación está inserta en esa realidad, que se ofrece como ideal, como objeto supremo y definitivo de su amor. A la Iglesia se entrega con decisión inquebrantable los años que le restan de vida, con una intensa actividad apostólica que abraza campos muy variados. Alumbró una nueva familia religiosa, el Carmelo Misionero, vinculada a la Orden del Carmen.

A primeros de marzo de 1872, se desplaza hasta Calasanz, (Huesca) para seguir empeñado con su opción de atender a los mas postergados y desposeídos de la sociedad de su tiempo: los contagiados por la peste. Lo hace junto a quienes han hecho camino de vida con él.

Tras breve estancia en Barcelona, viaja a Tarragona, donde había establecido la última fundación. Llega enfermo, muere el 20 de marzo de 1872, invocando la presencia de su “Amada la Iglesia.”

 

 

SU ESPIRITUALIDAD

La espiritualidad y personalidad del Padre Palau se forja en la lucha, en una búsqueda larga y penosa que abarca casi toda su vida. Lucha por la PAZ entre hombres que se debaten en guerras fratricidas; por la VERDAD para desterrar la ignorancia, causa de tantos desmanes; por la LIBERTAD en una España que se decía "liberal" y persegula a la Iglesia. Busca soluciones a los problemas de su tiempo y se compromete radicalmente con su vocación de carmelita y sacerdote.

La clave de toda su vida espiritual y de su misión eclesial es el encuentro con Cristo vivo en su Cuerpo Místico, en la Iglesia.

Busca la soledad más completa para dialogar con su "Amada". Por ella también abandona la soledad y se lanza a la acción para servirla con los diferentes medios que su celo le sugiere: la predicación, la catequesis organizada, los exorcismos, la pluma como escritor y periodista. Los apostolados más variados encuentran su unidad en el ideal que los mueve: AMAR Y SERVIR A LA IGLESIA en los pobres, los enfermos, los niños, los jóvenes, las familias...

Su mensaje

*        que estemos siempre dispuestos a seguir a Cristo aunque nos cueste.

*        que nos entreguemos con valentía y generosidad al servicio de los hermanos.

*        que la soledad, la oración y el sacrificio sean la fuente de nuestro apostolado.

*        que el amor a Cristo, a María y a la iglesia polaricen nuestra vida.

 

Francisco Palau

Mis relaciones

Dios escribió con su propio dedo en las tablas de mi corazón esta ley: Amarás con todas tus fuerzas... [Dt 6,5; Mt 22,37]. Y esta voz eficaz creó en él una pasión inmensa, la que se hizo sentir desde mi infancia y se desarrolló en mi juventud. Yo, joven, amaba con todas mis fuerzas, porque la ley de la naturaleza me impulsaba con ímpetu irresistible. ¿Qué amaba yo? ¿Quién era la cosa amada? Si tu amada es una deidad y la has visto en el claustro, vete enhorabuena al claustro y cásate con ella. 3. Separado del mundo, retirado en el convento, pregunté por la cosa amada, la busqué. Y ¡quién tal cosa pensara! ¡La buscaba en las austeridades de la vida religiosa, en el ayuno, en el silencio, en la pobreza; la busqué y la encontré...!

¡Vi a mi amada y me uní con ella en fe, en esperanza y amor! Su presencia satisfizo mi pasión y con ella yo era feliz, su belleza me bastaba. Dios y el prójimo, o sea, la Iglesia católica se me apareció tan bella como una divinidad. Iba cubierta bajo el velo del misterio y sólo se dejaba mirar entre las obscuridades de la noche, pero no eran tan espesas que no se distinguieran las infinitas perfecciones que la embellecían y que la presentaban infinitamente amable. Con ella encontré mi dicha y felicidad; yo era feliz. 4. Era yo joven de veintitrés años. Vino la Revolución de 1835; encendió mi claustro, y eran tan vivos mis deseos de ver a mi Amada sin velos y cara a cara, que no cuidé salir de entre las llamas. Vino mi Amada, me tendió su mano y salí ileso de debajo las ruinas de mi convento. Derruido mi convento, incendiado mi claustro, mi Amada tomó las alas de un águila; voló, elevóse sobre el mundo y cuanto el siglo posee, y fue a reposar en desiertos y sitios solitarios. Yo la seguí...

 

FRANCISCO PALAU, UN HOMBRE COMPLEJO

Luis J. F. Frontela

El P. Francisco Palau es un hombre pasional, y la pasión ha sido definida como el "mal del siglo diecinueve", sentimental e idealista.

La protesta contra el mundo que le toca vivir, los valores impuestos y los graves problemas políticos y sociales del siglo; el pesimismo ante el presente y el miedo ante el futuro auque que, el no se resignarse a él, le lleva a evadirse en un pasado idealizado. El individualismo; el gusto por la soledad, el estar solo; la búsqueda del amor puro, eterno, maravilloso, le lleva a vivir agitado y atormentado. La importancia que concede al misterio y lo sobrenatural, "las voces del más allá", las visiones son algunas de las características que nos encontrar en el Padre Palau.

"Pasé mi vida en busca de mi cosa amada hasta el año 1860". El P. Palau entiende la vida, su vida, como la búsqueda de un ideal que a sus ojos aparece inalcanzable, lo que da le lleva a que no termine por adaptarse a una forma concreta de vida: "Yo aunque muy a oscuras te buscaba a ti, estaba persuadido de que sólo una belleza infinita podía saciar y calmar los ardores de mi corazón. ¡Cuán lejos estaba entonces de creer que fueses lo que eres! La soledad, sin ti, lejos de calmar la pasión del amor, la fomentaba. Y en el claustro ensanchó mi corazón, encendía mayor llama en el amor. Pero no conociéndote, sino como se conoce una persona extranjera, mi tormenta era sin comparación más cruel en la soledad del claustro que en el bullicio del mundo. ¿No eras tú entonces la misma que ahora? ¿Cómo sufrías que mis ayes y suspiros se perdieran sin hallar eco ni en la bóveda del templo ni en la soledad y silencio de la celda?".

Como el mismo nos manifiesta, desde 1811 a 1860, su vida se caracterizó por la búsqueda de la "cosa amada", que termina revelándosele el 18 de noviembre de 1860, encontrando en esta revelación el sentido a su vida: "... He buscado conocer mi misión... El Señor se ha dignado fijarme de un modo más seguro el camino, mi marcha y mi misión... Dios en esto se me ha manifestado abiertamente, y ahora estoy ya resuelto. Veas lo que voy a ejecutar: Vida apostólica, predicación. Lo haré de la forma que entiendo debo hacerlo. Tengo que ir de uno a otro extremo de España y trabajar con todas mis fuerzas en la salvación de las almas".

La huida, como consecuencia de esa búsqueda, se convierte en él en una necesidad que le lleva no hacia mundos lejanos o extraños, el mundo geográfico del Padre Palau es un mundo muy concreto: Cataluña, el Sur Francés, Ibiza, con algunas escapadas, a Madrid o a las otras islas mallorquinas, sino a la interiorización de los problemas en busca de su identidad, de su puesto en el mundo y en la sociedad: "Derruido mi convento, incendiado mi claustro, mi amada tomó las alas de un águila; voló, se elevó sobre el mundo y cuanto el siglo posee, y fue a reposar en desiertos y sitios solitarios. Yo la seguí". Y la búsqueda termina en encuentro que le hace feliz: "La busqué y la encontré... Vi a mi amada y me uní con ella en fe, en esperanza y amor. Su presencia satisfizo mi pasión y con ella yo era feliz, su belleza me bastaba". Las circunstancias que le toca vivir, su llamada al claustro, su experiencia de exclaustrado, su ministerio apostólico, su vida en "los desiertos", la llamada de Gregorio XVI a orar y trabajar por la Iglesia, la reflexión, la meditación, la oración y la vida de penitencia, le llevan a concentrar su ideal de la "cosa amada" en una idea clara, la Iglesia, y a definir a ésta, a la que dedica su vida, como la unión de Dios y los prójimos.

En esta huida juega un papel fundamental el paisaje, la naturaleza cono participe de su estado de ánimo. La Naturaleza, que encuentra reflejada su alma, incluso en su estado salvaje, grutas, islas solitarias, montañas y bosques, es el espacio en el que Palau contempla la grandeza del creador y se abre al mundo del misterio. Este gusto por la naturaleza, la soledad, la montaña, la cueva, la noche son elementos claves en el Padre Palau, sin ellos no podríamos entender su vida: "Para vivir en el Carmelo sólo necesitaba de una cosa que es la vocación&, para vivir como anacoreta, solitario o ermitaño, no necesitaba de edificios que presto iban a desplomarse; ni me eran indispensables las montañas de España, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ella mi morada".

La rebeldía, fruto del rico mundo interior del que es portador, le lleva a chocar con la realidad exterior liberal-burguesa. Nunca ocultó su posición, lo que piensa y lo que quiere ser. Para él la vocación religiosa es una forma de existencia, de vivir en fidelidad al seguimiento de Cristo, sabiendo que con ello va contra corriente y debe hacerse violencia a sí mismo. Seguir su vocación de solitario es la forma que tiene de vivir el derecho a la libertad que los estados reconocen a todos sus ciudadanos, por eso defiende que la vida religioso, la vida solitaria, que es a la que se siente llamado es tan digna como la de los predicadores o curas de almas: "El solitario desde su peñasco rinde a la divinidad de la religión, sin ruidos de palabras, un público testimonio no menos brillante que los predicadores del evangelio".

Hasta en el vestido buscó diferenciarse de sus contemporáneos. En 1848 se detiene a sus compañeros ermitaños por la gendarmería de Caylus, la causa de su detención era vestir el hábito religioso, y las justificación que se daba contra el hábito religioso era el ser ridículo. Ante esta acusación el Padre Palau protestó por que "no hay ley alguna que prohíba las ridiculeces de la sociedad". Lo que él busca es que los otros le vean como alguien distinto, pero como lo que él ha querido ser, un apóstol o profeta con una misión que cumplir en la tierra, denunciar el mal y convocar una nueva cruzada contra las fuerzas del mal. El es el Ermitaño que enarbola la bandera en defensa del honor de Dios, ¿Quién como Dios?; el profeta incomprendido, víctima de su misión y de su genio: "He ahí mi vida criminal que se cree ser un abominable escándalo. Si mi género de vida es un crimen, yo quiero y prefiero pasar por un criminal ante los ojos de los hombres, con tal que me justifique ante el tribunal de Dios".

La libertad no es un patrimonio del liberal. El, que no es un liberal, ama la libertad, y, aunque tenga que ir contra corriente, reivindica el derecho a ser libre, a seguir la vocación que libremente ha descubierto, a expresarse y manifestar sin coacción a sus opiniones, a no adaptarse a los valores dominantes. En 1851 escribía una pequeña obra que llevaba por título La vida solitaria, en ella defiende la vida solitaria, que es la que por entonces llevaba él: "No toleraré que se condene y anatematice la vida solitaria como si fuera un crimen intolerable. Y por este motivo el honor de mi estado me impulsa a tomar su defensa". Sabe que la libertad, cuando implica ir contra los valores dominantes, tiene un precio, un hondo sentimiento de incomprensión, de vacío, de soledad.

El descontento, las ansias de libertad que no encuentran cauce, las grandes ilusiones que desemboca en el desengaño, todo ello se traduce en una rebeldía política que conlleva el exilio, y no sólo el exilio interior, que también, sino el exilio político, el tener que cruzar la frontera, dejar su tierra, su casa, su gente: "Siendo proscrito el estado religioso por las leyes del gobierno español, entré en Francia el mismo año 1840 con el mismo hábito religioso para pedir hospitalidad al gobierno francés". Otras veces la rebeldía social le conduce al retiro ascético: "viendo que fuerzas humanas no bastan para atajar los males gravísimos que afligen a la Iglesia, en ciertas estaciones me retiro a un islote", o le lleva a la evocación de tiempos pasados.

La pasión amorosa: "Yo desde niño me siento poseído y dominado por una pasión que se llama amor", y es que, como él mismo afirma, desde joven amó apasionadamente, "con todas mis fuerzas". En su vida y en sus escritos nos encontramos con una fuerte presencia de lo femenino, de la mujer, envuelto en un aire de ensueño y melancolía, y no sólo por que siempre se vio rodeado de mujeres que, buscando su consejo y dirección, intentaron formar comunidad en torno a él, sino por que el ideal que él siempre buscó y tardó en revelársele, la Iglesia, adquiere la figura de mujer, a quien se ama con delirio: "La pasión del amor que me devora hallará en ti su patíbulo, porque eres tan bella como Dios, eres infinitamente amable. Mi corazón fue creado para amarte, ahí le tienes, tuyo es, te ama". Ve en la Iglesia el ideal de perfección, "Yo soy un objeto infinitamente bello, bueno amable, deleitable", por el que se lucha, aunque no siempre logre realizarse en el mundo: "¿Qué amaba yo? ¿Quién era la cosa amada?".

La importancia que tiene para él lo femenino le lleva a poner sus ojos en la más perfecta de las mujeres, la Virgen María, en quien encuentra el símbolo máximo de la belleza espiritual. La Virgen, madre buena y tierna, la Virgen Santa, la Señora, a la que presenta como icono de la belleza de Dios y símbolo acabado de la hermosura de la Iglesia, Nuestras Señora de las Virtudes es el ideal y ejemplo de las virtudes cristianas.

El sentido providencialista de la historia, la visión pesimista que tiene sobre el momento histórico, le lleva a consideras que la sociedad es cómplices del mal que ha disuelto o echado por tierra el orden establecido o querido por Dios: "el vicio en triunfo y la virtud humillada", por lo cual es digna del castigo divino, de hecho, él la condena en nombre de una ley superior, la ley de Dios: "Vuestro pueblo con sus pecados se hizo indigno de poseer la Religión", y vos para castigarle con el más tremendo de los castigos, que es despojarle de sus bienes espirituales y eternos que la Religión le producía, le entregasteis al poder de Satanás& Señor, los demonios del infierno y las sectas son crueles y tremendo azotes puestos en vuestras manos justicieras". Es consciente que un universo mental, ideológico, una sociedad impregnada por la presencia de lo religioso, lo cristiano-católico, se viene a abajo. Se dio cuenta que los valores que habían definido a la sociedad, eran cuestionados y se intentan suprimir por otros nacidos de las ideologías seculares, como él afirma anticristianas.

El Padre Palau, el ermitaño en la soledad de su celda, el predicador desde el púlpito, el publicista, desde su semanario, lucha contra la adversidad y el infortunio, y presenta a la contemplación de sus oyentes y lectores el espectáculo del combate que sostiene contra las fuerzas del mal en defensa de la causa de Dios. En la soledad estudiaba la Sagrada Escritura, en la que no sólo encontraba alimento espiritual, sino también respuesta a sus problemas personales, eclesiales y sociales. Lee y comprender la Escritura desde la actualidad en que vive, y la actualidad en que vive desde la Escritura. Cuando se pierde en las páginas de su semanario de El Ermitaño, da la impresión de que es el Vidente de Patmos que contempla, en clave apocalíptica, la historia del momento presente.

 

Encuentra, en formato PDF, los escritos de Francisco Palau y Quer

Biblioteca palautiana, Enlaza con la página:  http://saneliascmt.com/index.php

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Indice general

 

 

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Introducción a los Escritos

 

 

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Lucha del alma con Dios (1)

 

 

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Lucha del alma con Dios (2)

 

 

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Catecismo de las virtudes

 

 

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La Escuela de la Virtud vindicada

 

 

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Mes de María

 

 

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La Iglesia de Dios

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Legislación

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El Exorcistado

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Páginas en torno

la escuela de la virtud

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Páginas periodísticas

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la vida solitaria

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Mis relaciones

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Cartas

 

 

http://www.carmelitasmisioneras.org/

 

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

caminandoconjesus@vtr.net

 

 

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