TIEMPO ADVIENTO

www.caminando-con-jesus.org

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

 

 

 

 

Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ADVIENTO

 CICLO B – 2011 - 2012

CENTRO DE ESPIRITUALIDAD

“LA FONTE”

Frailes Carmelitas

Santiago de Chile – Chile

 

                         

CUARTA SEMANA DE ADVIENTO Y FERIA MAYOR

(Ciclo B)

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Lecturas:

a.- 2Sam.7, 1-5. 8-12.14-16: El reino de David durará para siempre.

La primera lectura, nos sitúa en los últimos años del reinado de David, habiendo ya trasladado el Arca a Jerusalén, consolidada la paz en todos los territorios del reino, Israel se había asentado en ese territorio. Mientras el rey está en su palacio, el Arca permanece en un lugar provisional. Será el profeta Natán, que recibirá la inquietud del rey por construir un templo para Yahvé y el Arca. Natán, fue consejero de David, su amigo de siempre, pero por sobre esa amistad el profeta defiende los derechos de Dios, no vacila en reprocharle su adulterio con Betsabé (cfr.2 Sam.11-12). Si bien aprobó los deseos del rey David, esa misma noche, Yahvé le revela que será ÉL quien le edifique una casa a David (vv.11-13). Como a Abraham, lo hará famoso en toda la tierra, no rechaza la obra en sí, pero no será David, sino Salomón quien construya el templo (cfr. Gn.12, 2; 1Re.8,19). Quizás la razón de no haber podido hacer David, esto realidad la encontramos en que había derramado demasiada sangre en sus batallas (cfr. 1Cró.22,8; 28,3).  A los buenos propósitos de David, Yahvé responde con generosidad en promesas, que son trascendentales para el rey: Israel ya no será nómada, sino que lo plantará definitivamente en Palestina, echará raíces y vivirá en paz. Además Yahvé, le promete la continuidad de su estirpe o descendencia para el futuro, porque una vez que termine su vida y baje al sepulcro junto a sus padres, Dios suscitará de él, su posteridad, la que saldrá de sus entrañas, y afirmará su reino para siempre (v.13; cfr.1Cró.17,11; Gen. 28,8; 47,30; 1Re.2,10 Gen.14,4). Yahvé va a profesar un gran afecto paternal a la descendencia de David, como un padre siente cariño por su hijo, pero en la misma medida que les profesa amor, castigará a quienes se aparten de su voluntad en caso de obrar el mal, como hacen los padres de la tierra con su hijos (cfr. Sal.89,31-34). El mayor castigo o corrección de Dios será apartarles de su dignidad real y destruyendo para siempre la descendencia davídica (cfr. 1 Re.2,4; Sal.132,11). La continuidad entonces de la descendencia queda condicionada a la fidelidad de la estirpe de David a los camino de Yahvé, y del pacto de la alianza. Más que pensar en Salomón, la promesa se cumplirá más bien en toda la posteridad, como le entendía David y lo dejó expresado en los Salmos (cfr.vv.12-16; 2Sam. 7, 19.25.27.29; Sal.89,30-38; 132,11-12). La promesa está más allá de Salomón, la perspectiva profética vislumbra un descendiente de David, que reunirá todas las condiciones que encierra el oráculo, con un marcado acento mesiánico. La simiente designa una colectividad, pero también, un individuo concreto (v.13), con lo que se confirma la continuidad de profecías, que hablan de un Mesías, hijo de David. Isaías alude a esta profecía, que asegura una paz perpetua sobre el trono de David y su reino para consolidar el derecho y la justicia (cfr. Is.9,6), un eco lo encontramos en las palabras del ángel Gabriel a María (cfr. Lc.1,32). En síntesis: El Mesías será hijo de David, y su reino será eterno 

b.- Rom. 16, 25-27: Manifestación del misterio mantenido oculto durante siglos.

El apóstol Pablo, termina su epístola a la comunidad de Roma, desconocida para él hasta ahora, dando saludos a personas conocidas seguramente venidas de otras iglesias fundadas por Pablo. No teniendo nada más que agregar, se despide con una doxología, verdadero himno a la omnipotencia  y sabiduría de Dios, en su obra de salvación de los hombres. La doxología final, el apóstol la toma de la apocalíptica judía (cfr. Dn.2, 18-19), la idea del misterio lleno de sabiduría, escondido en Dios, desde siglos (v.27; cfr. 1Cor. 2,7; Ef.3,9; Col.2,2-3), y que ahora es revelado en Cristo, y en la predicación del evangelio (v.25; 1Cor.2,7.10; Ef.3,5.9; Col.1,26), pero lo lleva a su culmen, en la salvación, ofrecida en la Cruz por Cristo a todos los gentiles (v.26; Rm.11,25; Col.1,26-27; Ef.3,3-12; 6,19). Este es el objeto de la predicación de Pablo (v.25; Col.1,23; 4,3; Ef.3,3-12; 6,19), hasta la restauración del universo en Cristo de todas las cosas, como su única Cabeza (cfr. Ef1,9-10). Recordemos que el tema central de la epístola, ha sido exponer la revelación de la salvación operada en los hombres por medio del evangelio (cfr. 1,16-17). Además el apóstol deseaba visitar  la comunidad, para confirmarlos en la fe (cfr. Rom.1,,11; 1 Cor.1,8; 1 Tes.3,2). Lo que llama “su evangelio” no es otra cosa que su predicación centrada en Cristo, misterio ahora revelado, escondido en Dios y  en la revelación del AT, manifestado ahora con el acontecimiento Jesucristo y la predicación de la buena noticia llevada a cabo por los apóstoles (cfr. Rm.1,5; 3,21; 10,15), llevando a los hombres a la obediencia de la fe. Es la palabra de Dios, el instrumento para revelar y confirmar este misterio de salvación obrada en Cristo Jesús (cfr. Rm.1,2; 3,21; 4,23; 15,3-4). A Dios, que puede confirmarles en la fe, y que ha concebido la salvación, único sabio (v. 27; cfr. Rm. 11,33), sea la gloria por los siglos de los siglos. Esa gloria es por Cristo, instrumento de salvación y único mediador ante Dios. 

c.- Lc. 1,26-38: Concebirás en tu vientre y dará a luz un hijo.

El evangelio, nos refiere la visita del arcángel Gabriel a María anunciándole que será la Madre del Mesías. El anuncio, se realiza al sexto mes del embarazo de Isabel, lo hace el arcángel Gabriel, hombre de Dios (v. 26). Todo acontece en la región de Galilea, tierra de judíos, dedicados al comercio. Tierra de judíos y gentiles, objeto del desprecio de los habitantes de Judea, por considerarlos judíos, no puros por su relación con otros pueblos y costumbres, que asumieron con el correr del tiempo (v.19; Is.8,3; Tob.12,15). En esa región de Nazaret, zona universal, se realiza el anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios (v. 27).  María, era virgen, pero ya desposada con José, tendría entre doce y catorce años, tiempo para casarse de las jóvenes, mientras los varones se casaban entre los dieciocho y veinticuatro años. Destaca el evangelista, que José era de la casa de David, porque los derechos dinásticos venían por parte del padre. El ángel la saluda a María, con el: “Alégrate” (v.28), es una llamada al júbilo mesiánico, eco de la llamada de los profetas a la Hija de Sión, y como ésta motivada por la venida de Dios entre los hombres (cfr. Is.12, 6; Sof. 3,14-15; Jl. 2, 21-27). La saluda, no por su nombre, sino como llena de gracia, “gratia plena”, se trata de la plenitud de agraciamiento de parte de Dios, tú que has sido y sigues estando llena del favor divino, es porque va a ser la Madre de Dios. “El Señor está contigo” (v. 28), esta expresión se dice del pueblo, o de alguna persona, con una misión particular de parte de Dios, una acción eficaz que realizará en ella (cfr. Rut.2,4). Ante la turbación de la joven, el ángel se explaya en el proyecto salvífico de parte de Dios para el hombre pecador. María, va a ser la Madre del Mesías, por una especial elección divina. Las referencias proféticas mesiánicas del AT, no quieren sino conectar el anuncio, con el cumplimiento de ellas en este niño que se encarnará en su seno, y que ahora se anuncia su venida. Luego de invitarla el ángel a no temer, le explica: “Concebirás y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús” (v.31). Hay una referencia a la profecía de la concepción virginal del Mesías (cfr. Is. 7, 14), ella le pondrá el nombre propio, ya que Emmanuel era el nombre profético (cfr. Mt.1, 18-25). “Le dará el trono de David su padre” (v. 32). Se sabía que el Mesías sería hijo de David, desde la profecía de Natán (cfr. 2 Sam. 7, 12-14), tanto así que en los evangelios se le llama con frecuencia de este modo. “Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (v. 33). Es el universalismo mesiánico, reunidas las doce tribus de Israel; era tarea del Mesías devolver al judaísmo su unidad ideal y primitiva (cfr. Is. 49,6; Eclo. 48,10). La duración del reinado, se asegura es para siempre, se trata de un mesianismo trascendente, más allá del tiempo, ya que lo temporal tiene fin, como todas las cosas. Como mujer israelita, María comprende que será madre del Mesías, su fecundidad dependerá del Espíritu Santo, es una obra ad extra de Dios (v. 34). El poder del Altísimo, la cubrirá con su sombra, como el Arca en el AT, y la gloria de Yahvé llenaba la morada (v.35; cfr. Ex. 40, 34; Nm.9,18-22; Lc.9,34; 22,69). El Espíritu Santo, la acción divina, fecundará a María, bajará a ella, estará en ella, como en el antiguo tabernáculo, pero al presentar a María como templo, significa que el que va a morar en ella es Dios: que su  Hijo, del que ella va a ser tabernáculo y templo es el Hijo de Dios. “Lo nacido será santo, será llamado Hijo de Dios” (v. 35). Bíblicamente, por el hecho de ser creado, puede ser llamado hijo de Dios, como Adán, pero aquí se deja ver por el contexto, que será por esa concepción particular, será reconocido públicamente, por lo que realmente es: el Hijo de Dios, porque Dios tomó carne de María. Será Santo, es título mesiánico (cfr. Hch. 3, 14; Mc.1, 24; Jn. 6, 69). De todo cuanto le comunica el ángel a María, le da una señal de confirmación, también su parienta Isabel, espera un hijo en forma milagrosa, porque para Dios no hay nada imposible (v. 38). Finalmente, si esta es la voluntad divina, María acepta, proclamándose la esclava del Señor (v.39), toda una muestra de fe y confianza en la Palabra de Dios y de sus efectos en el alma, humildad y obediencia. María, se pone en actitud de sierva, es decir, no tiene ante el Dios Altísimo, otra voluntad que la suya.

Sor Isabel de la Trinidad, escribe una poesía en la Navidad de 1903: “Hay uno que comprende el Misterio”. Es el Verbo, Esplendor del Padre, su Palabra, su Verbo Encarnado, que tiene en Isabel, su Casa de Dios, donde Jesús viene como Adorador, Revelador y Redentor, para que ella puede vivir el “Amo Christum”. La última estrofa esta dedicada a María Inmaculada del Adviento y Navidad. “Madre del Verbo, dime tu misterio./ Dime cómo viviste en este mundo,/ desde la Encarnación, /sumergida en incesante adoración./ En una paz inefable/ y un misterio silencio/ conociste al Insondable,/ llevando en ti el don de Dios./ Bajo el divino abrazo/ guárdame siempre, Madre,/ que lleve siempre el sello/ de este Dios todo amor./ Amo Christum” (Poesía 88).


Tiempo del 17 al  24 de Diciembre  (Feria Mayor)

Día 17 de Diciembre

a.- Gen. 49,2.8-10: No se apartará de Judá el cetro.

La primera lectura, nos habla de la profecía mesiánica de Jacob sobre la tribu de Judá, que obtiene una primacía sobre el resto. Su esplendor lo alcanza con David y Salomón, pertenecientes a esa tribu, pero que alcanza su cenit en Jesucristo, el Señor, el Mesías –Rey (cfr. Ap. 5,5). El texto pertenece a las llamadas bendiciones de Jacob, cuando se encuentra en Egipto, cercano a su muerte. Como su padre, Isaac, había hecho en ese momento (cfr. Gn. 27), Jacob imparte su bendición, es su herencia para los suyos. La bendición es un descubrir el futuro de cada uno de sus hijos fundada en la palabra del patriarca, que habla en nombre de Yahvé. Bendición y palabra intrínsecamente unidas, con la fuerza de su cumplimiento en el futuro. Este texto comienza como anuncio del futuro, y termina como bendición (cfr. Gn.49,1.28). Cada una de estas bendiciones, acontecimiento de las tribus en la época de los Jueces, adquirieron esta configuración en la época de David, y fueron introducidas en el Pentateuco en la época del regreso del exilio de Babilonia. Destacan las bendiciones de Judá y de José, por varias razones, destacándose por sobre las demás, la de Judá en el sur y la de José (Efrain y Manasés) en el centro de Canaán. La bendición de Judá de origen yahvista pronostica hegemonía y superioridad sobre sus enemigos. El león es su símbolo por ser el rey del bosque, de la selva. Cetro y bastón de mando, hablan de Judá, símbolos de la realeza, anuncio clarísimo a la monarquía de David, el que sometió a todos los pueblos cercanos, formando un imperio, que rigió el destino de los pueblos, integrados en una nación. Hasta el momento no había encontrado motivos de alabanza para sus hijos, sin embargo, al llegar a Judá, todo cambia, cambia la perspectiva y el horizonte: “Tú eres Judá” (v. 8), sus hermanos lo alabarán, es decir, reconocerán sus superioridad, al vencer a sus enemigos. Por esto se postrarán ante él, los hijos de su padre, es decir, las otras tribus. La hegemonía de Judá sobre las otras tribus se cumplió en tiempos de David y de Salomón, de la tribu de Judá con las victorias sobre arameos, filisteos, edomitas, moabita y amonitas. Judá es el león que sube a las montañas para devorar a su presa y nadie se atreve a molestarle (v.9). Judá también es presentado como rey soberano que tiene en sus manos el cetro y el báculo o bastón de mando, entre sus pies hasta que venga aquel a quien le pertenece el cetro o símbolo de poder. Su territorio será rico en viñas y pastos, de forma que atará a la vid su borrico, lavará en vino sus vestidos y la leche blanqueará sus dientes (cfr. Gn. 49,11). La interpretación mesiánica de este vaticinio, parece identificarse con la época de los Jueces, reinterpretado en los tiempos de David y de Salomón por su preeminencia, encontrando su marco ideológico en tiempos de los profetas Amós, Isaías y Miqueas. Este texto se aplicó a Cristo glorioso, “el león de Judá” (Ap.5,5). Se habla de la obediencia de los pueblos de los pueblos prestarán a este personaje misterioso al que pertenece el cetro y el bastón de mando, mientras Judá, mantiene esa preeminencia sobre las demás tribus hasta que llegue aquel a quien pertenece ese cetro de mando, es decir, el Mesías, a quien Judá dará el cetro para que continué con esta supremacía. La tribu de Judá  mantuvo esta primacía hasta el año 586 a. C., e incluso después del exilio, porque ser la tribu de David y en su territorio estaba el templo de Jerusalén, centro espiritual de todo Israel. Las promesas mesiánicas se cumplen en la descendencia de Jacob. La descendencia de la mujer triunfará por sobre la descendencia de la serpiente (cfr. Gn.3,15); la bendición de Noé, segundo padre de la humanidad, recae sobre los semitas (cfr. Gn.9,26); a Abraham de origen semita, se le promete la bendición para su descendencia (cfr. Gn.12,3), heredada por Isaac y Jacob, y ahora se concretiza y anuncia por primera vez una persona que encarnará este ideal mesiánico en un descendiente de esta tribu de Judá. La promesa se hace más cercana en la familia de David, de la tribu de Judá (cfr. 2 Sam. 7, 11-17) y se anuncia el lugar donde nacerá en Belén (cfr. Miq.5,3). Las profecías adquieren perfiles históricos y humanos cada vez más concretos, en nuestro caminar hacia el encuentro del Mesías, tan cercano a nosotros, Jesucristo, el Señor.

b.- Mt. 1,1-17: Genealogía de Jesucristo.

El evangelio, nos presenta la genealogía de Jesucristo, descendiente de Judá y David. Esta genealogía de Mateo, es descendente ya que empieza en Abraham y termina en Jesús, hijo de María y José. Entre los antepasados de Jesús, encontramos de todo, unos muy buenos y otros no tanto. Si bien predominan los hombres, línea masculina, hay cuatro mujeres: Tamar (Gen.38); Rahab, prostituta de Jericó (Jos. 2), que tuvo un hijo de su propio suegro; Rut la moabita (Rut 4), Betsabé, mujer de Urías y luego de David (2 Sam. 11), además de María, la madre de Jesús. Dos de ellas eran extranjeras: Rahab y Rut. De este forma queda clara la pertenencia de Jesucristo, y su solidaridad con toda la humanidad, en su condición real y pecadora. Es la acción de la Providencia divina, que trabaja con la humanidad y en la humanidad, guiándola hacia Cristo Jesús. Como Hombre y Dios verdadero, se convierte en el modelo del hombre nuevo. Sólo en el misterio de Dios, se esclarece el misterio del hombre, como enseña el Concilio, Adán es figura del que había de venir, Cristo nuevo Adán, revelación del Padre y de su amor por el hombre, revelándole lo que es y la vocación a la está llamado (cfr. GS 22). Si Cristo se hace Hombre en el misterio de su Encarnación, es para que el hombre sea divino, es decir hijo de Dios. Todo este movimiento, se centra en la maternidad divina de María. Ella es la morada de Dios con los hombres, en Ella se realizó el admirable encuentro personal de Dios con el hombre; tan divino y tan humano que el Verbo de Dios, su Palabra se hace humano en María, se unió como nosotros.  Admirable misterio de amor.

Isabel de la Trinidad, en la Navidad de 1901 escribía: “En el humilde y frío establo ¡qué hermoso está el Niño Jesús!/ ¡Oh gracia, oh prodigio, oh milagro!/ ¡Sí, ha venido para mí!/ Contemplando la gran miseria/ de los hijos que ha amado demasiado, /el Padre, lleno de ternura/ les dio su Verbo adorado. (Poesía 75).


Día 18 de diciembre

a.- Jr. 23, 5-8: Suscitaré a David un vástago legítimo.

El profeta, luego de anunciar la deportación de Jeconías, sin retorno y sin descendencia real, la mirada y voz del autor sagrado se extiende hacia el futuro primero para consolar a su pueblo y luego para anunciar los pecados de Judá y de sus pastores, porque Yahvé personalmente pastoreará a su pueblo y hará volver de todas las partes donde están dispersos sus hijos (cfr. Jer. 23,3). Es el anuncio del retorno del exilio, la catástrofe nacional se hace relativa, porque los israelitas volverán a reunirse bajo la custodia de Yahvé, que gobernará a su rebaño como su único pastor. Dios será exigente con las clases dirigentes, causantes de la ruina nacional, pero misericordioso con los extraviados. Además de atraerles a buenos pastos, les dará buenos pastores que los apacienten (cfr. Jer. 23,4). La profecía e mueve en dos planos: anuncio de la restauración que sigue al exilio, y los pastores serán Zorobabel, Josué, Esdras, Nehemías, etc., que actuaron en repatriación y restauración de la vida nacional; le sigue la perspectiva mucho más amplia, el mesianismo. Esto dirigentes postexílicos son tipos de los pastores de los tiempos mesiánicos, que se identifican con el Mesías, los apóstoles y sucesores. No tendrán nada que temer porque reinará la paz mesiánica: he aquí que vendrán días (v.6). Los tiempos del Mesías está presididos por la figura del Mesías, vástago justo.  Es el retoño de la casa de David, que impondrá el derecho y la justicia, que reinará prudentemente. Esta referencia parece depender de la profecía de Isaías sobre el “vástago de Jesé” (Is.11,1-9), sobre el que descansará el  espíritu de Yahvé, Príncipe de la Paz, dotado con todas las cualidades de gobierno: inteligencia, ciencia, sabiduría, fortaleza y temor de Dios. En el trasfondo encontramos la idealización del reinado de David, modelo de soberano (cfr.2 Sam.8,15). El vástago en Jeremías es el justo, porque reinará con justicia y equidad. En un primer plano se trata de la reorganización de las tribus de Israel, una vez que regresan del exilio, dirigidas por Zorobabel, pero el profeta vuela más allá a n horizonte glorioso, en que habrá justicia y derecho sobre la tierra. Será día de salvación para todo el pueblo; de Judá, o reino del sur, y e Israel, reino del norte (v. 6). Serán de  nuevo un solo reino gobernados por el Mesías; se trata del viejo deseo de reunificar las tribus, separadas luego de la muerte de Salomón, pero que se cumplirá en los tiempos del Mesías, y será tal la equidad, que se podrá afirmar: Yahvé es nuestra justicia (v.6). Este título no se refiere a la divinidad de Jesucristo, sino que vincula el reinado del Mesías con la justicia. Será el niño que nacerá de una virgen (cfr. 7,14), que se llamará Enmanuel, en cuanto Yahvé está con él y con su pueblo. La salvación que obrará el Mesías, primero con el retorno de la cautividad y luego los tiempos mesiánicos que se vislumbran, serán muy superiores a lo realizado en el éxodo, es decir, ésta liberación no tiene comparación con lo que viene para Israel y la humanidad, la verdadera liberación del pecado (v.7).

b.- Mt. 1, 18-24: El hijo de María viene del Espíritu Santo.

El evangelio, nos habla de José que asume la paternidad legal de Jesús. Al final de la genealogía, la última mencionada era María  (Mt. 1,16), pues ahora el evangelista trata de explicarnos esa paternidad de José, pero todo cambia, Jesús nace de María, por una obra particular,  exclusiva y directa de Dios. Si bien, por José, el hijo entra en la descendencia davídica, porque lo adopta, la llegada del Mesías se debe por la obra de Dios en la historia de Israel, prodigiosa y extraordinaria como ninguna. Los datos evangélicos hablan a las claras de la intervención del favor divino: María ante de ir a vivir con José su prometido, resulta que espera un hijo del Espíritu Santo (v.18). Repudiarla en secreto era la intención de José, el varón justo, pero el ángel se lo impide, para explicar el prodigio del feliz estado de su mujer: por obra del Espíritu Santo (vv.19-20). Esta revelaciones por sueños no recuerdan las que recibía José, el hijo de Jacob (v.16; cfr. Gn.37,2). Todo estos e concluye con que Jesús es el Mesías, hijo de Abraham inserto en el pueblo de Israel, como hijo de David, está dentro de las expectativas mesiánicas, peor lo más importante, Jesús viene directamente de Dios (cfr. Mt.3,17). Vemos cómo Dios Padre, se vale de personas concretas para llevar adelante su plan de salvación. María, será la madre natural y José, el padre legal del vástago legítimo, que se sentará en el trono de David: Jesús como Mesías. «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.” (vv. 19-23). El esposo, José,  no duda en hacer la voluntad de Dios en su matrimonio. Las palabras del ángel, le dan la seguridad que necesitaba, luz para emprender la misión que se le confía. Será el padre legal del hijo de María, venido del Espíritu Santo, para salvar a su pueblo de los pecados. La duda, fue reemplazada por la obediencia a la fe.  Así como José,  desciende de  David por razones genealógicas, también se inserta en el dinamismo de la obediencia a la fe, con la que asume una misión, que está en la economía de la salvación dispuesta por Dios Padre. Dos veces menciona el evangelista el nombre del Niño (vv. 21.25), no es sólo la denominación de la persona sino que se relaciona con ella misma, es ella misma (cfr. 1 Sam. 25, 25). Conocer el nombre de una persona puede significar tener influencia o autoridad sobre ella, de ahí la necesidad a veces de guardarlo (cfr. Gn.32, 29; Jc. 13,18), pronunciarlo crea vínculos estrechos con la persona (cfr. Gn. 2, 19-20). Jesús viene a significar: “Yahvé salva”, lo que habla de la misión que tendrá: “ÉL salvará a su pueblo de sus pecados” (v.21). Pero encontramos el otro pasaje en ya no se le denomina Jesús, sino Enmanuel, es decir, Dios con nosotros (cfr. Is. 7,14). Aquí vemos como el evangelista hace referencias proféticas para dejar de manifiesto que el Mesías entra en el proyecto de salvación ya en curso, pero además, como Dios es cercano a su pueblo. Este Mesías, según Mateo, es la garantía cierta que Dios está presente en medio del pueblo, la misma que el Resucitado hará extensiva hasta el final de los tiempos (cfr. Mt. 28,20). Es así como  Enmanuel, y el Resucitado, en la visión de Mateo, asegura ese estar con nosotros, permanente del Mesías y del Dios Altísimo.  De este modo José, como María, se convierte en modelo de fe y obediencia a la voluntad del Padre eterno. Prototipo bíblico, de este Adviento, hombre de fe; lo mismo la vida de todos nosotros está llamada a ser, vocación y proyecto, que Dios nos ha entregado para vivir en la fe oscura y luminosa, la esperanza dinámica y el amor encendido, como respuesta a ese querer salvador. De imitar de José,  es el respeto y temor santo de Dios que invadió su alma, al conocer la voluntad de Dios, manifestada en su esposa María; su integridad y silencio, su vida de oración y trabajo, su disponibilidad absoluta a querer hacer de su misión y tarea un servicio a la redención del hombre caído.     

Sor Isabel escribe con motivo de la Navidad: “Ese dulce Cordero pequeñito/ es la luz eterna y verdadera, / el que reina en el seno del Padre, /y su plena verdad manifiesta. / ¡Oh pura, Oh dulce visión!/ En mi alma de nuevo se cumple/ el grande, el sublime misterio,/ de una nueva Encarnación” (Poesía 75).


Día 19 de diciembre

a.- Jc. 13 ,2-7. 24-25: Anuncio del nacimiento de Sansón.

La primera lectura nos habla del nacimiento de Sansón. Debido a los pecados de Israel, Yahvé los había entregado a las manos de sus enemigos los filisteos. Pero promete a la mujer de Manué, un hijo que salvará a Israel de los filisteos (v.5). Manué era danita y natural de Sora, cercana a Betsemes, casa del sol (cfr. Jos.15,33; 19,41; Neh.. 11,29); su mujer era estéril, con lo cual quiere manifestar que el hijo es un don de Dios (cfr.Gn. 18,10-15; 1 Sam.1,11-19; Lc. 1,7; 13,24). A ella ese le aparece el ángel de Yahvé y le anuncia el nacimiento de un hijo, que será consagrado a Dios por el nazareato (cfr. Núm.6,2-8). Por esta razón el niño es predestinado desde el seno de la madre, por ello deberá abstenerse de todo aquello que se les prohibía a los regidos por la ley del nazareato, en particular no se cortarán los cabellos ni la barba (cfr. 1 Sam. 1,11; Nm.6,1-21). Al año se cumplió la palabra del ángel, la mujer de Manué dio a luz un niño, al que puso el nombre de Sansón, nombre sugerido por uno de Betsemes (cfr. Jos.15,10; 15,33; 18,17; 19,41). La personalidad de Sansón más que por sus gestas hay que considerarla, por una personalidad histórica bien definida en su obrar según la voluntad de Dios.

b.- Lc. 1, 5-25: Anuncio de nacimiento de Juan Bautista.

El evangelio nos habla del nacimiento de Juan Bautista, él es el último de una serie de hijos-regalo de Dios a mujeres  ancianas o estériles. Sara la madre de Isaac, Ana, la madre de Samuel, Manóaj y su mujer estéril, padres de Sansón. Mucha relación poseen ambos relatos de hoy: mujeres estériles y además ancianas. El ángel les anuncia a ambas el nacimiento de hijos que estarán consagrados de por vida al Señor. Son un don de Dios con una misión especial de parte de Dios. Sansón, como vimos protegerá a Israel de los filisteos; Juan el segundo, irá delante de Cristo con el espíritu y el poder de Elías, para prepararle un pueblo bien dispuesto cuando llegue el Mesías. Habrá alegría por el nacimiento de estos niños prodigio. Queda demostrado cómo el actuar de Dios es siempre sorprendente, porque se sirve de quien menos se piensa, para llevar adelante su obra de salvación del hombre. ¿Quién podía pensar que mujeres ancianas y estériles pudieran ser madres de tales hijos? Son los pobres los preferidos del Señor, cuentan para ÉL desde su pequeñez y disponibilidad, desde su fe en el poder de Yahvé. En la debilidad del ser humano donde Dios muestra su fuerza y ternura, su gratuidad y gracia para con los pequeños. La alegría que provoca el obrar de Dios, es fruto de la fe que se abre para recibir de Dios lo que tiene dispuesto para cada uno de nosotros. Es el gozo del Espíritu que necesitamos de saber que nuestro testimonio da a conocer a Dios, afianza nuestra vida de fe, esperanza y amor, en definitiva alegra nuestra existencia y la del prójimo. Las dudas de Zacarías, también son las nuestras a ratos, pero contrasta con la de la Virgen María en la Anunciación, su Sí es incondicional: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38). Juan Bautista, hizo de precursor de Cristo Jesús, y por lo mismo su misión continúa en la Iglesia, anunciar la llegada del Señor, de su Reino, y de la salvación para todos los hombres. Ante tantos mensajes tristes que recibimos, el anuncio del evangelio recibámoslo con alegría que nace de lo interior del hombre y mujer de fe en Dios Trinidad.  

Sor Isabel de la Trinidad escribe con motivo de la Navidad: “¡No vivo yo, El vive en mí,/ ¡Oh esto es ya la visión!./ La visión que nunca se borra/ mientras dura la vida de fe./ Viene a revelar el misterio,/ a enseñar los secretos del Padre,/ a llevar de claridad en claridad/ hasta el seno de la Trinidad.” (Poesía 75).


Día 20 de Diciembre

a.- Is. 7,10-14: La virgen está encinta.

El anuncio del profeta Isaías, es una forma de contrarrestar el deseo del rey Acaz, de hacer alianzas políticas, con sus enemigos en lugar de confiar en Yahvé. La señal que el Señor le da es el nacimiento de un hijo que  asegura la supervivencia del linaje de David, según la promesa echa por Dios a éste por boca de Natán (cfr. 2Sam7; 1Cro.17). Será Mateo quien relacione la profecía de Isaías con María Virgen: “Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.” (Mt. 1, 22-23). El ángel le asegura a María que el hijo que tendrá será por obra del Espíritu Santo, a quien pondrá el nombre de Jesús, será llamado Hijo de Dios.

b.- Lc. 1, 26-38: Anuncio del ángel a María

El evangelio nos presenta el dato revelado de la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de María de Nazaret. De quien se habla en el diálogo que sostiene  María con el ángel, es de Jesús y del Espíritu Santo que la cubrirá, como nube, con su sombra. Este relato hecho desde la fe pascual de la comunidad apostólica, es historia de salvación para la humanidad. El hecho real de la Encarnación del Verbo se vacía en moldes literarios y pasajes bíblicos que iluminan este misterio. Subyace el esquema vocacional que encontramos en la Biblia: convocación y confiarle una misión al llamado; preguntas y objeciones; la acción creadora y fecunda del Espíritu Santo que convierte a María, en Madre virginal, en este caso, y donde queda claro que no hay nada imposible para Dios, puesto que su prima que es anciana ya tiene seis meses de embarazo. Dios obra como Dios. Como en los otros casos, el convocado acepta la voluntad de Dios en su vida. El Sí de María confirma el querer divino. Si Dios quiere y la Madre está de acuerdo, el misterio está hecho.  Este Sí total de María a Dios lo hace en la fe de quien confía plenamente que cuanto se le promete se cumplirá.  La Virgen va conociendo las consecuencias de su Sí  paso a paso a través de la vida de Jesús. Se va mostrando la voluntad de Dios, que se cumple, y María contempla los misterios de su acto de fe, de su Si irrevocable hasta el fin, es decir hasta el misterio pascual de su Hijo. Esa debería ser también nuestra actitud cada vez que asumimos nuestro compromiso con Dios    

Sor Isabel de la Trinidad escribe con motivo de la Navidad: “¡Qué bueno es en el silencio/ escucharle ahora y siempre, / gozar en paz de su presencia/ para entregarse totalmente al amor! / Oh Cordero puro y manso, / Tú sólo eres mi único Todo. / Tú lo sabes bien, tu prometida / se siente por el hambre acometida.” (Poesía 75).


Día 21 de diciembre

a.- Ct. 2,8-14: Levántate, Amada mía, hermosa mía, ven.

El texto tomado del Cantar es un bello poema que canta el amor de la esposa por su  amado.

La esposa advierte, en casa, la llegada del esposo, intuye su presencia por sus pasos, por su voz. Viene saltando por los senderos, como si fuera un cervatillo o una gacela. Detrás de la imagen, vemos la emoción que suscita en la esposa la llegada del amado, quien lo compara por sus movimientos con una grácil y ligera gacela (vv.8-9). El esposo viene, no como ladrón que viene de improviso, sino que viene a compartir con la amada las delicias del amor. Se detiene en la cerca, mira por las ventanas, mientras la invita a levantarse (v.10). Hasta la naturaleza participa o se hace cómplice de este bello amor; el invierno y las lluvias, dejan paso a la primavera y a las flores de color, se oyen ya los cantos, el arrullo de la tórtola, las yemas brotan verdes la higuera y la viña esparce sus perfumes (vv.11-13). Las palomas en las grietas, evocan momentos de soledad e intimidad entre los amantes, conversación y contemplación mutua; la dulce voz y figura bella de la amada el amado desea. Es el espacio y el momento de la mutua entrega y posesión (v.14). Este poema hay que  leerlo en un nivel humano y otro sobrenatural. En el primer sentido, se refiere al amor humano, amor de esposos; si Dios creó al hombre y la mujer para que se profesaran mutuo amor, es lógico pensar que el Cantar de los Cantares, presente este amor matrimonial, como obra que expresa, el amor de Dios en la vida de sus criaturas, hechas a su imagen y semejanza. Otro modo de leer esta obra es a nivel sobrenatural, ver en ella, una representación del entrañable amor de Yahvé por su pueblo Israel. En la expresión: “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado” (Ct. 2,16), vendría a equivaler a la fórmula de la alianza: Yahvé es el Dios de Israel, e Israel, su amado pueblo (cfr. Ex. 19-24). Si agregamos la lectura neotestamentaria: se trataría del amor de Jesucristo y la Iglesia; en el plano personal el amor de Cristo por cada discípulo, que en la oración y contemplación se profesan intercambio de encendidas palabras, afectos y deseos que se cumplen en un ardiente amor que consume y une para siempre.  

b.- Lc. 1, 39-45: Bendita tú entre las mujeres  bendito el fruto de tu vientre.

En la Visitación de María a su prima Isabel, encontramos un eco del “alégrate”, María de la Anunciación, lo mismo sucede en la actitud de Isabel y del pequeño Juan Bautista en el seno de su madre. Se gozan de la visita de la Madre de Dios, que porta en su seno al Mesías Salvador. Estas dos madres y sus respectivos hijos, están unidos por sus destinos: Isabel representa la antigua alianza, María, en cambio, la nueva alianza, la humanidad redimida. En Ella, contemplamos la nueva Arca de la alianza, contiene la presencia del Mesías, concebido por obra del Espíritu Santo. “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (vv. 42-45). María Santísima, llena de la gracia divina, plena del Espíritu Santo, cree en la palabra que le fueron anunciadas, por eso se convierte en Madre de Jesús (cfr. LG 56). Por la fe que la mueve, María es dichosa, se convierte en la primera creyente y discípula de Jesucristo, su Hijo, la primera cristiana en la Iglesia (cfr. MC 35). La maternidad divina, es fruto de una fe obediente a Dios, una fe activa, no sólo un instrumento pasivo en las manos de Dios Padre y del Espíritu Santo, María Santísima colaboró, activamente a la salvación de los hombres. San Agustín enseña que María es más dichosa, por haber concebido a Cristo, primero por la fe y luego en su seno; es más dichosa por ser discípula de su Hijo, haciendo la voluntad de Dios, que por ser Madre física de Jesús (cfr. Sermones 25 y 69; GS 53). Se puede decir, que María que es  bienaventurada por creer a la Palabra y guardarla, como canta Isabel: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc. 1, 42), y como lo hizo esa mujer del pueblo, que lanza una alabanza a la madre del joven Maestro de Nazaret, mientras este predica: “Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: « ¡Dichoso el seno  que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.” (Lc.11, 27-28). En María, se reúne en una perfecta sinfonía, la creyente  y la que cumple la voluntad de Dios, que hizo suya con un Sí incondicional, la Madre singular y la discípula perfecta. Por María, Dios entra en la humanidad, para realizar la redención del mundo, con el cambio, que encierra el Reino de Dios, que en el Magnificat, se hace canto de esperanza. María, es la creyente en Dios, modelo de fe, para todo cristiano y que nos enseña a llenar de fe, la propia existencia personal y eclesial.

Sor Isabel de la Trinidad, carmelita,  comenta el evangelio de la  Visitación así: “Cuando leo en el Evangelio «que María corrió con toda diligencia a las montañas de Judea» (Lc. 1, 39) para ir a cumplir su oficio de caridad con su prima Isabel, la veo caminar tan bella, tan serena, tan majestuosa, tan recogida dentro con el Verbo de Dios... Como la de El, su oración fue siempre: «Ecce, ¡heme aquí!» ¿Quién? «La sierva del Señor» (Lc. 1, 38), la última de sus criaturas. Ella, ¡su madre! Ella fue tan verdadera en su humildad porque siempre estuvo olvidada, ignorante, libre de sí misma. Por eso podía cantar: «El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas; desde ahora me llamarán feliz todas las generaciones» (Lc. 1, 48, 49).” (Últimos Ejercicios 40).


Día 22 de diciembre

a.- 1 Sam. 1,19-20. 24-28: Ana da gracias por su hijo Samuel.

La primera lectura tiene como protagonista a la madre del profeta  Samuel, Ana, quien en una visita al santuario de Silo, hace un voto a Yahvé: “Estaba ella llena de amargura y oró a Yahvé llorando sin consuelo, e hizo este voto: «¡Oh Yahvé Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a Yahvé por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza.» (1Sam.1, 10-11). Ana presentía que Yahvé había escuchado su oración, desde ahora comió y bebió con su marido, es más, se unión a su Elcana , y Dios se acordó de ella (v.19). La madre le impone el nombre al hijo, que concibió y dio a luz, a un año de la visita al santuario. El nombre Samuel vendría a significar “pedir a Yahvé” (v. 20). Toda la familia sube al templo de Silo menos Ana y el niño hasta que ella lo destete, Elcana respetó la decisión de su mujer (1Sam.1,21-23). Al cabo de dos o tres años junto a toda la familia sube Ana con el niño Samuel al templo, como todos los años lo hacían las familias judías, éste tendría ya alrededor de cuatro años. La familia junto con el niño ofreció un toro de tres años, una buena cantidad de harina y un odre de vino (cfr. 2Mac.7, 27; Gn. 15,9; Nm.15,8-10). El niño es presentado al sacerdote Elí, porque como había sido regalado por Dios a Ana, ella siente que le pertenece, es su propietario, quiere que le sirva en el santuario.   

b.- Lc. 1,46-56: El Magnificat. El canto de la María

En el evangelio encontramos a María de Nazaret, que como Ana canta las maravillas que Dios ha hecho en su vida. Mientras  primera agradece la maternidad y consagra a Samuel a Dios en el templo, que queda al servicio del sacerdote Elí (cfr.1Sam.2,1-11), María, canta la grandeza de Dios y su predilección por los pequeños y humildes. En el Adviento, María de la Esperanza, se convierte con su canto, en el símbolo vivo de este tiempo. En su canto se reúnen la síntesis de la fe del pueblo de la antigua alianza, la espera de los profetas, fiado de las promesas de Dios hechas a su descendencia para siempre y la novedad del Reino de Dios ya presente en medio del pueblo de Israel. Hay que leer el Magnificat, además, con los ojos y el corazón renovado de la comunidad pascual, que pone en labios de María su canto de redención mesiánica, que gracias al misterio,  de muerte y resurrección de  Cristo, transforma la humanidad. Los olvidados y marginados, son ahora los protagonistas de la historia, que Dios ahora escribe con ellos, que los prefiere a los poderosos y soberbios de este mundo. Los diversos textos bíblicos, que subyacen en el Magnificat, nos hablan de las aspiraciones seculares de Israel, pero también, promesas que se cumplen hoy en una humanidad redimida por la resurrección de Jesucristo, alegría y esperanza de los pobres de ayer y siempre. La llegada del Reino de Dios ha desencadenado, por la palabra de Jesucristo, el evangelio, una transformación en el interior del hombre. El Dios santo, justo y misericordioso del Magnificat, pone en marcha un proceso histórico, que invierte el viejo orden de injusticia y maldad, por el que pregonan las bienaventuranzas, código de santidad y convivencia, de reconciliación y  paz, fraternidad y solidaridad entre los hombres y pueblos. Mucho ha sufrido la humanidad a manos de tiranos y soberbios ayer y hoy, por lo tanto, gran parte de esa misma humanidad está por la paz, la solidaridad, la justicia, la libertad, etc. El Reino de Dios, no tolera situaciones de injusticia y ofensa a los valores humanos. María, Madre de Jesús, inserta al Dios y Hombre, verdadero en una sociedad de pobres y humildes, los pobres de Yahvé, preferidos de Dios, y destinatarios del Reino de Dios, predicado por Jesús. En su misterio pascual, Cristo Jesús, da la vida nueva a la humanidad, y en su Madre encontramos a María de la Esperanza alegre y cierta abierta a camino nuevos de eternidad en el Reino de Dios y de todos los que creen en su Hijo, el único Salvador.  

Sor Isabel meditando acerca de la respuesta de María a Dios Padre escribe: “Amar es seguir las huellas de María,/ exaltando la grandeza del Señor,/ al tiempo que su alma arrebatada/ entonaba su cántico al Señor./ Vuestro centro, oh Virgen fiel,/ era el anonadamiento,/ pues Jesús, Esplendor eterno,/ se ocultó rebajándose./ Es siempre por la humildad/ como el alma le engrandece./ San Pablo en su poquedad/ «me glorío, gritaba, en el Señor,/ pues así la fuerza del Redentor/ triunfa en mi corazón». (Poesía 94).


Día 23 de diciembre

a.- Mal. 3,1-4. 22-24: Envío mi mensajero a prepararme el camino.

La primera lectura es una crítica a los malos pastores del pueblo de Israel. Es el tiempo de Esdras, tiempo de la restauración después del exilio. El Señor envía a su mensajero para anunciar la renovación del culto por medio de un fuego purificador; vendrá también el profeta Elías antes del día del Señor, para convertir los corazones de padres e hijos, para evitar el castigo. Más importante que el mensajero, era el mensaje, Dios vendrá a juzgar al mundo. En ese día hasta los justos se sentirá sucios, impuros, cuando Yahvé juzgue, no con criterios humanos sino según su justicia, la que purificando justifica. Las imágenes del fuego y la lejía son fuertes en el sentido de expresar purificación y búsqueda de la verdad. Lo primero que hay que purificar es al clero, los hijos de Leví, el sacerdocio, donde hay pecado, pero con el deseo de inaugurar un nuevo culto, mientras llega ese día, habilitará un culto como en el pasado, digno y espiritual; quizás no perfecto, hasta que llegue el verdadero. Luego la purificación llega a las clases sociales, pero también a los hechiceros, magos y cultores de artes ocultas, cuya pena es la muerte; a los adúlteros, la falta de justicia en los tribunales; a los opresores de los pobres, obreros, viudas, huérfanos y forasteros, símbolos de las clases más indefensas. Es la respuesta profética al clamor de los justos contra los impíos, Dios permanece fiel, se toma su tiempo, antes de intervenir, lo que no siempre coincide con el clamor de los hombres. Pero ellos tampoco han cambiado, no han dejado de r hijos de Jacob, pueblo insensato y de dura cerviz; están lejos del Yahvé, pero no por ello dejan de ser los depositarios, herederos de la Promesa y de la Alianza. A pesar de todo hay un Resto fiel, por el que opta Yahvé, un Resto mediador, mientras se conjugan, pecado, justicia, castigo y fidelidad divina por salvar a su pueblo. Toda esta profecía termina con el anuncio de la venida de Elías, el último profeta, como es Malaquías, anuncia la llegada de Elías, el último de los profetas del AT y el primero del Nuevo. Sobre Elías, se sabía de su subida al cielo (cfr. 2Re. 2,11), se esperaba su regreso (cfr. Eclo. 48,10-11), Jesús finalmente, identifica al Bautista con Elías. Juan Bautista es el Precursor de Cristo, pero será Jesucristo, quien llevará a cabo la verdadera conversión del corazón del hombre y el verdadero juicio centrado en el amor. 

b.- Lc. 1, 57-66: Nacimiento de Juan el Bautista.

El evangelio, nos narra el nacimiento de Juan, que con el espíritu de Elías, viene a anunciar la venida del Mesías. Su nacimiento, circuncisión e imposición del nombre son motivo de alegría para sus padres. Su nombre, significa “favor de Dios”, y realmente fue otro favor de Dios para su pueblo, como lo había sido la vida y mensaje de todos los profetas anteriores a Juan, orientados todos a Cristo Jesús. Es su Precursor inmediato, más aún, lo proclamó, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cfr. Jn. 1, 29). Toda esta familia está al servicio del plan divino, al servicio del Dios Salvador, en quienes cumple sus antiguas promesas. Juan, nace con el espíritu y el poder de Elías, para preparar a Dios un pueblo bien dispuesto, corazones convertidos a su voz. Su nacimiento, en circunstancias extraordinarias, provocó la admiración de todas esas gentes que exclaman: “Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.” (vv. 65-66). La conversión, que predica Juan el Bautista, es una preparación, para que la vida personal, sea un camino llano, para que venga el Señor Jesús a nuestra vida. Que desciendan, los montes de nuestro orgullo y soberbia, fuente de grandes pecados, por medio de la humildad y verdad, reconocernos pecadores;  elevar los valles, es levantar nuestro ánimo en vuelo de esperanza cierta, ánimo renovado, para espíritus decaídos y sin ilusión. Que lo torcido se enderece, es asumir con rectitud de intención, este cambio de mentalidad y de corazón. La conversión personal, conlleva la transformación de las estructuras sociales, la de los individuos responsables de los poderes públicos de la sociedad. La conversión del Adviento, es volver al camino del Reino de Dios, hecho de verdad y justicia, cimientos de la paz  y el amor que en el nacimiento de Cristo, son proclamados por los coros angélicos, en la gruta de Belén. Nuestro corazón, lo podemos convertir, en otro Belén, para acoger la Vida de Dios entre nosotros: Jesucristo el Señor. 

Sor Isabel de la Trinidad medita sobre en la fiesta de la Trinidad y su obra en el misterio de la Encarnación: “En profundo silencio, en inefable paz, / en oración divina nunca interrumpida,/ rodeada toda de eternas luces/ se mantenía el alma de María, Virgen fiel./ Su alma, como un cristal reflejaba / el Huésped que la habitaba, Belleza sin ocaso. / María atrae al cielo. Y allí el Padre la entrega su Verbo, para ser su madre. / El Espíritu de amor con su sombra la cubre, los Tres vienen a ella, el cielo todo se abre, / y se inclina, adorando el misterio/ de Dios que se encarna en esta Virgen Madre!” (Poesía 79).


Día 24 de diciembre

(Por la mañana)

a.- 2Sam. 7, 1-5. 8. 11-16: El reino de David durará por siempre.

En la primera lectura encontramos los deseos de David y los de Dios para con David. Él quiere construir un templo para Yahvé, pero  Natán le asegura que es el mismo Dios quien edificará a David una casa, la permanencia de su dinastía para siempre. La profecía de Natán se ha entendido por la Iglesia en sentido mesiánico. “Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.” (v.16). Las palabras del profeta, aseguran estabilidad para la casa de David. Desde lo netamente histórico la monarquía y sus instituciones supusieron una innovación en la estructuración del antiguo Israel, donde cada tribu mantenía su autonomía. Concentrar todo el poder en manos del rey, Jerusalén como capital y ciudad santa suponía una innovación para quienes seguían las tradiciones vinculadas a Moisés y el Sinaí. Tenemos entonces estas dos realidades: Moisés y Sinaí, David y Jerusalén. La profecía de Natán, es todo un respaldo divino, que no deja dudas, acerca de la institución de la monarquía en especial a la dinastía de David. Está tan seguro de ello que el rey a la hora de morir, confirma el pacto sempiterno que Yahvé ha hecho con su casa (cfr. 2Sam. 23,5), como el que había hecho con Abraham (Gn.15). Esta promesa es lo que mantuvo alta la esperanza en los momentos difíciles de Israel. Mientras arda la lámpara de David, Dios velará por su pueblo, nada esta perdido (cfr. 1Re.11,36; 15,4; 2Re.8,19)     

b.- Lc. 1, 67-69: El Benedictus. El canto de Zacarías.

Zacarías, padre del Bautista canta el cumplimiento de las promesas de Dios Padre. Esa fidelidad se hace efectiva en el nacimiento de Juan Bautista. Como el Magnificat, este cántico es una síntesis de citas del Antiguo testamento que expresan la esperanza de Israel. Bendición y acción de gracias, forman la primera parte del canto, para luego, presentar una visión esperanzadora del futuro, que nace de la acción del precursor, que prepara los caminos para que venga el Mesías a su pueblo. “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo,  pues irás delante del Señor para  preparar sus caminos  y dar a su pueblo conocimiento de salvación  por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar  a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el  camino de la paz.” (vv. 76-79). Esta noche nos visita el Sol que nace de lo alto, nos visita Cristo con su nacimiento, luz que viene de lo alto e ilumina las tinieblas de esta noche. Dios ilumina a los que viven en tinieblas y sombras de muerte, sólo así se comprende cuánto necesitamos a Dios para nuestra vida, sabiendo que los pecados nos cubren de tinieblas. Dios se hace salvador nuestro, si acudimos a ÉL con fe y deseos de ser bañados de su luz admirable.      

El centro de este cántico es la presencia de Dios redentor entre los hombres, que en su Hijo, se hace Dios con nosotros. Sin embargo habría que preguntarse con valentía: ¿Dónde está el hombre de hoy? Tan alejado de Dios y los valores cristianos. ¿Cuántos  años, como este y  los anteriores festejarán, sin saber el motivo o lo que es peor pondrán otros motivos mundanos, con tal de celebrar? Desenfreno y consumismo. Cuanto más necesita el hombre a Dios, más parece ignorarlo, cuando viene a su encuentro en su Hijo muy amado. Al hombre de hoy le faltan muchas cosas, pero una de las principales es la esperanza cristiana, valores trascendentes y no fiarse sólo de la técnica y la economía. Tanto el Magnificat como el Benedictus nos presentan la clave: la misericordia de Dios y su fidelidad a su amor por el hombre, objeto de su benevolencia y amor divino, para que le sirvamos con justicia y santidad todos nuestros días. El esfuerzo realizado en este Adviento por ser cada vez mejores cristianos, sea bendecido y aumentado por la bendición de Aquel que viene de lo alto, Sol de Justicia que ilumina a todo hombre. La luz brota de la gruta de Belén, acerquémonos con fe contemplativa y silencio fecundo. Su  amor sea puerta abierta a su misterio y al nuestro. 

Sor Isabel escribe para la Navidad de 1904 estos versos: “En un humilde y pobre establo/ reposa el Verbo de Dios, / es el misterio adorable/ que al mundo revela el Ángel. / «Gloria in excelsis Deo.» / Tiene necesidad el Todopoderoso / de bajar, para difundir su amor. / Busca un corazón que le comprenda / y en él quiere su mansión fijar. / En su amor, olvidando las distancias, / ha soñado con una unión divina. / Desde lo alto del cielo El se lanza / a consumar en cada instante la fusión. / Oh profundo e insondable misterio, /el Ser increado se orienta hacia mí, / a través de todo puedo contemplarle / desde la tierra, a la luz de la fe.” (Poesía 91).

    Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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