PASCUA

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Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

CICLO C 2010

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

QUINTA SEMANA DE PASCUA

CICLO C

 

 


DOMINGO

Lecturas

a.- Hch. 14, 21-27:  Contaron a la Iglesia lo que había hecho por medio de ellos.

b.- Ap. 21,1-5: Dios engujará las lágrimas de sus ojos.

c.- Jn. 13, 31-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

 

El tema central de este domingo es la consolidación de la comunidad cristiana y los elementos que la constituyen: los creyentes, la vida eterna que nos espera y el amor que en la comunidad eclesial le da su sentido y existencia. La primera lectura es otro de los sumarios que Lucas acostumbra a hacer para decirnos cómo el Espíritu Santo va abriendo caminos al Evangelio en el corazón de los paganos, mientras los judíos provocan reacciones contrarias a los apóstoles. La misión con los gentiles tuvo un comienzo querido por Dios, que obligó a Pedro a admitir a los gentiles en el seno de la Iglesia. Antioquía con Pablo y Bernabé comenzaron esta tarea.  Vuelven a visitar las comunidades ya evangelizadas, antes de volver a Antioquía, iglesia madre,  para pedirles que permanezcan en la fe y en la gracia, en definitiva a permanecer en el Señor Jesús (cfr. Hch. 11, 23.43). Estos tres momentos describen de modo admirable la vida cristiana entendido como el hecho de permanecer y profundizar en esa relación con el Señor Jesús, convertido en Señor de la vida nuestra y la respuesta del creyente como un servicio a ÉL. Este permanecer supone sufrimiento para el cristiano, son tribulaciones y dificultades que pone el mundo y la cultura de la sociedad en que se vive. Una manifestación de la consolidación de las comunidades  es la instauración de los presbíteros (ancianos) en cada una de ellas (cfr. Hch. 11, 30). El ayuno, la oración y la imposición de las manos formaban parte de la institución de estos hombres responsables de la comunidad (cfr. Hch. 13, 3; 6, 6). Aparece, lo que será más tarde uno de los grados del ministerio sacerdotal en la Iglesia. 

El apóstol Juan nos presenta el futuro de la humanidad y de la Iglesia. Contempla un cielo y una tierra nueva, porque todo lo antiguo ya pasó, Dios hace todo nuevo: el mar ya no existe, tampoco la muerte, llanto, clamor y dolor, ya no existen más; tampoco existen más la maldición y ni la noche (cfr. Ap. 21, 1. 4; 22, 3. 5. 11). La tierra y el cielo son nuevos, Jerusalén también lo es, porque en ella triunfa la vida sobre la muerte, el orden sobre el caos, la luz sobre las tinieblas. En el Apocalipsis, Jerusalén es la ciudad santa, se opone a Babilonia, símbolo de la idolatría; Jerusalén es la ciudad santa, esposa del Cordero. El movimiento del cielo y la tierra es de tipo descendente, es la etapa final de la historia, cuando el cielo baja a la tierra; la salvación y liberación llega finalmente a la tierra. Lo contrario lo encontramos en Babel, cuando la humanidad quiere construir una ciudad y llegar al cielo (cfr. Gn. 11,1-9). La Biblia, comienza con una ciudad opresora, soberbia e idolátrica, y termina con la nueva Jerusalén, la ciudad bajada del cielo a la tierra (cfr. Ap. 21,2).   

Es Juan quien nos presenta los momentos previos a la Pasión de Cristo: glorificación del Hijo,  búsqueda de ese Hijo para parte de sus discípulos y mandato del amor fraterno. Jesús promulga el mandato de amarse los unos a los otros, luego que sale Judas y anuncia la negación de Pedro. Jesús usa un lenguaje nuevo: el Hijo del hombre ahora es glorificado, comienza la Pasión, luego de la salida de Judas, y pronto será glorificado en sí mismo; el Padre ha mostrado su gloria en ÉL, pero pronto lo demostrará de nuevo. La glorificación de Jesús comenzado con su Pasión que encontrará su máxima expresión en la resurrección. El movimiento interno del texto se dirige a los discípulos: Jesús piensa en ellos. No podrán seguirle por ahora, le seguirán mas tarde reviviendo su misterio pascual en su propia existencia cristiana. Nace la comunidad eclesial, se consolidará con Cristo resucitado. El principio central es el mandamiento nuevo del amor, distinto a la Ley; mandamiento de la alianza nupcial. Es nuevo porque nace del corazón de Cristo, de su amor, para la naciente comunidad: “Amaos como Yo os he amado” (cfr. Lev. 19,18; Jn. 2, 1-11; 3, 29; 20, 1-18). Para Juan creer y amar, constituyen todo el quehacer del cristiano; determinan desde la raíz el núcleo de la existencia cristiana. La historia de Jesús, es la demostración más clara del amor del Padre por el hombre al entregarlo a su único Hijo. ÉL a su vez ha amado al hombre hasta el extremo de dar lo más suyo la vida y el Espíritu, de ahí que amarse entre sí es la respuesta al amor del Padre. Esta nueva capacidad de amar nace de Jesús, es la novedad radical, nueva creación en la propia vida y un nuevo éxodo. Si bien Jesús se dirige al grupo de los apóstoles, también cierto que el amor de Dios Padre se dirige al hombre, cada hombre, toda la humanidad (cfr. Jn. 3, 18). Ese amor del Padre alcanza su plenitud en la respuesta que cada hombre da a Dios pero pasando por el prójimo, que constituye la comunidad eclesial. Luego, se piensa en los foráneos es decir, los no cristianos en cuanto se desea que también participen de ese amor divino. Es impensable  el amor al prójimo, si no existe primero en la comunidad. Sólo la comunión con Jesús, posibilita la adhesión plena para revivir el misterio pascual en la vida de cada miembro de la comunidad. Esta necesitará de la muerte de Jesús en Cruz y la venida del Espíritu Santo, para que cada miembro de la Iglesia alcance su madurez.


LUNES

Lecturas

a.- Hch. 14,5-17: Curación en Listra.

b.- Jn. 14, 21-26: El que me ama guardará mi palabra.

 

La curación del tullido realizada por Pablo, sigue el esquema de la curación realizada por Jesús y por Pedro (cfr. Lc. 5, 18; Hch. 3, 1; 9, 32). La idea de estas curaciones en Hechos es enseñar, que Jesús sigue obrando milagros por medio de sus apóstoles, como proclamación del evangelio a judíos y paganos. La reacción de éstos últimos, responde a su mentalidad pagana: creer que los dioses, Júpiter y Hermes, Bernabé y Pablo, han tomado forma humana. Los judíos, en cambio, hubieran pensado en hombres con poderes dados por Dios. El colmo llega cuando ven que quieren ofrecer un sacrifico en su honor, entonces rasgan sus vestidos, culto a los ídolos, pecado capital para los judíos. Este gesto se hacía cuando el nombre de Dios era profanado. Pablo y Bernabé detienen ese acto afirmando la igualdad entre los hombres, ellos no son dioses, sino mortales; proclaman o fundamental de la fe judía: Dios es el creador de todo y es conocido por medio del mundo visible. No se menciona ni la historia de la salvación ni a Jesús, porque para estas gentes eran desconocidas por el momento. Dios ha permitido que los paganos vayan por su camino debido a la ignorancia. No obstante, Dios se ha manifestado por medio de la naturaleza, la lluvia fecunda la tierra y da el alimento y el vino que alegra el corazón del hombre. Se contrapone el Dios verdadero a los falsos dioses, al Dios vivo a los dioses inertes. Todas bendiciones divinas, sin las cuales el hombre no tendría nada de cuanto goza hoy. La predicación de Pablo posee toda su raigambre profética, es decir, la conversión al Dios verdadero frente al paganismo;  el complemento es la conversión al evangelio: “os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Dios vivo” (v. 15).

 

El hecho que Dios ame a los hombres es porque su amor a Jesucristo los une a ÉL y por ÉL, participan en la comunión entre el Padre y el Hijo. Será en la vida comunitaria donde se manifestará el amor de Jesús por los hermanos, por lo que se  constituye en Señor en ella. Judas, no el Iscariote, pregunta el cómo de su manifestación, los judíos la esperaban como algo sensacional. El Jesús de Nazaret en su apariencia humilde, es causa de indiferencia o abierto rechazo a su persona y mensaje estaba por acabar su proceso, comienza la hora de la glorificación. Pero tampoco en este período se manifestará como ellos esperaban: nada de manifestaciones apoteósicas, ni respuestas a sus inquietudes, sin poderes venidos de Dios para convencer a los hombres o darle razón a los judíos que esperaban su mesías glorioso. La fe seguirá siendo invisible, la aparición del Reino de Dios está en el  mundo, aunque todo parezca que sigue igual, la gloria de Dios es sólo perceptible a los que viven su fe. Dios sigue actuando en su Iglesia, en forma humilde y callada, como el amor verdadero, que no hace ruido. La manifestación de Jesús es posible el clima en que ÉL mismo vivió la Pasión, un espacio de  obediencia y amor.  De ahí que Jesús se manifieste a los creyentes y no al mundo. El Padre y el Hijo y la comunidad creyente forman un círculo perfecto de amor y obediencia, comunión y conocimiento mutuo. Todo cuanto enseñó Jesús los discípulos no lo asimilaron inmediatamente, sino que había que esperar la venida del Espíritu Santo, que guiará a la comunidad hacia la verdad que el Maestro enseñó. ÉL será el abogado que interprete la verdad, defienda a los creyentes del error y de la mentira. Este abogado traerá a la memoria de los creyentes las enseñanzas de Jesús, es decir, interpretarlas y profundizarlas, en todo su sentido para enriquecer a la vida de la Iglesia desde la luz de la resurrección.


MARTES

Lecturas

a.- Hch. 14,19-28: Fin del primer viaje apostólico

b.- Jn. 14, 27-31: La paz os dejo, mi paz os doy

 

Concluye el primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, habían sembrado a manos llenas la Palabra del Señor, habían conseguido una buena cosecha de fieles. El dolor de la lapidación sufrida por Pablo a manos de judíos venidos de Antioquía a Iconio, les hace exclamar más tarde. “Es necesario que pasemos muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (v. 22). Organizar esas nuevas comunidades dejando presbíteros, animando a los fieles a la perseverancia, y encomendándoles a la gracia y al poder de Jesucristo fue su apostolado. Vueltos a Antioquia contaron sus experiencias y cuanto  había hecho Dios con ellos y cómo habían abierto la puerta  de la fe a los gentiles. 

Continúa Jesús en su discurso de despedida: el tema es la paz. Había comenzado el capítulo con aquello de: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14,1). La partida de Jesús no debería ser causa de turbación sino de mucha paz y alegría. ¿Por qué? Porque camina hacía su hora, hacia la humillación de la Pasión, pero camino de la gloria del Padre. De una costumbre de saludarse y despedirse con un deseo o saludo de paz, Jesús como hombre singular, no se va, anuncia su regreso entre ellos. Su ida es momentánea, pero les deja su paz; don definitivo que conseguirá en su misterio pascual: paz entre el cielo y la tierra. Por  eso habla de “mí paz”, no cualquier paz, sino la que proviene de su muerte y resurrección. La paz de Cristo, es siempre un don y no un premio a sus méritos. ÉL la logró para nosotros; el motivo último para dárnosla es el amor. No así, no así la paz del mundo que es siempre interesada. (cfr. Rm. 6, 23). El ir y volver de Jesucristo es parte de una sola realidad: su misterio de muerte y resurrección. Su marcharse, volver al Padre, debe ser para el creyente motivo de gozo, porque de eso dependen todos los bienes de la vida nueva en Cristo Jesús en cuanto discípulo. Termina una parte del ministerio de Jesucristo y comienza el más importante vivir la redención del género humano por medio de la cruz y resucitar de entre los muertos. Se acaba este tiempo, porque se acerca el “Príncipe de este mundo” (v. 30), que actúa por medio de Judas Iscariote (cfr. Jn.13, 27). Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesucristo, porque está libre de pecado, si lo tiene sobre el hombre en cuanto pecador. Sus últimas palabras no deben hacer meditar en nuestra filiación: “pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí.» (v. 31). Jesús ama al Padre y le obedece: cumplirá su voluntad, por eso entrega la vida. Nosotros debemos dejar que el Padre obre en nosotros, como lo hizo en Jesús.


MIERCOLES

Lecturas

a.- Hch. 15, 1-6: Controversia en Antioquia.

b.- 15,1-8: La vid y los sarmientos.

 

El problema que plantea este pasaje de los Hechos es la apertura del evangelio a los gentiles y por otro el integrismo de los fariseos que habían abrazado la fe en la comunidad de Antioquía. Se trataba de salvar la libertad  del evangelio y por otra la unidad de la Iglesia. La Fe en Jesucristo, era el último estadio al que lo llevaba la fe del AT. Si bien aceptaron la novedad del evangelio, la mentalidad judía acerca de la ley y la validez de las prescripciones rituales (circuncisión, pureza o impureza de alimentos, días sagrados etc., no había cambiado mucho. La fe cristiana se había expresado hasta ese momento en categorías judías, sin embargo la Iglesia crecía en otro terreno, el de los gentiles. Los interrogantes más importantes eran el tema de la Ley: ¿qué validez tenía para el nuevo pueblo de Dios? ¿Había una continuidad del plan de Dios respecto del nuevo pueblo de Dios?  Pensaban que los gentiles sólo podían ingresar a este nuevo pueblo si aceptaban la Ley. Pero los cristianos venidos de la gentilidad: ¿debía volver el cristiano al judaísmo? ¿Debía aceptar el bárbaro ritual de la circuncisión y los rituales? El mejor razonamiento era que una Iglesia que pretendía ser universal no podía imponer prácticas obligatorias lo que era propio de un pueblo. Una realidad más abierta era las de las Iglesias de Antioquía y Cesarea donde se vivía un judaísmo de la diáspora, había judíos y gentiles con una sana convivencia: Pedro, Bernabé y Pablo son testigos de esta realidad (cfr. Hch. 10, 27. 48; 11,3; 11, 23-24). Los judaizantes, fariseos convertidos al cristianismo exigían la práctica de la Ley (v.1). Pablo lo plantea así: ¿Ley o Cristo? ¿Circuncisión o Cristo? Pablo luchará por la libertad de la Iglesia y del evangelio, libre de la Ley, pero enraizado en las Escrituras. Pablo y Bernabé son enviados a Jerusalén a consultar a los apóstoles, y les narraron las maravillas que Dios había hecho con ellos.  

Este evangelio nos viene hablar de la presencia de Jesús, en la vida de sus discípulos, por medio de la alegoría de la vida y los sarmientos. Jesús, es fuente de vida para sus creyentes y de las obras que realicen. Si bien  hasta ahora se nos pedía creer en Jesús, ahora se trata de permanecer en ÉL (Jn. 14-15). Este pasaje es sólo comparable con el tema eucarístico, permanecer en ÉL, comer el pan de vida (Jn. 6). La vid, planta que exige muchos cuidados, los mismos que el creyente debe tener para con Dios; la destrucción de la viña, era símbolo de las infidelidades  y destrucción de Israel (cfr. Is. 5; Jer. 2, 21; Sal. 80, 13-16; Ez. 19,10-40). Jesús, usa las imágenes campestres, la vid y los sarmientos, conocidas por su auditorio, para hablar de la unión íntima de sus discípulos con ÉL y entre ellos. Esta vida, ya no es Israel, sino Jesús; el viñador es el Padre, Jesús siempre dependiente del Padre. Los frutos son imagen de las buenas obras, su carencia es signo de falte de fe o los que abandonan el camino de fe.  La limpieza (v. 3), o poda, que hace el viñador, es la obra que a hecho Jesús con sus discípulos, por medio de su palabra, la comunicación que estableció con cada uno de ellos. Por que están limpios deben permanecer en ÉL, aunque Jesús se marche sus discípulos deben permanecer unidos. ÉL promete su presencia en ellos, por lo tanto la unión con el Maestro permanece por la fe y el amor. De esta íntima unión deben nacer los frutos, es decir, la vida divina, obras buenas que Dios espera de sus hijos. La persona orgullosa, se aparta de Dios, no da frutos de santidad; separación que puede ser definitiva en el día del juicio. Es el sarmiento que separado de la vid es echada al fuego. La vida con frutos es el resultado de la unión con Dios, donde la oración es el espacio vital entre el alma y Dios. El auténtico discípulo da frutos para dar gloria a Dios, donde su amor y la obediencia del hombre conforman la respuesta que el Padre espera. La razón última del discipulado, es que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama a los que creen en su palabra. Vía obediencia y configuración con Cristo, se llega al amor de unión con Dios; lo mismo que el Hijo vive la unión perfecta con el Padre. 


JUEVES

Lecturas:

a.- Hch. 15,7-21: Concilio de Jerusalén.

b.- Jn. 15, 9-11: Permaneced en mi amor.

 

El tema de este pasaje de los Hechos, es si los gentiles deben abrazar la Ley de Moisés. El discurso y defensa del evangelio y la unidad de la Iglesia la hace Pedro. Fue este apóstol el que inició este trabajo con Cornelio y la Iglesia de Jerusalén estuvo de acuerdo. Es Dios quien envió el Espíritu Santo sobre gentiles y judíos en esa ocasión. La purificación que hizo Dios en el corazón de os gentiles, los judíos creían que se lograba por la Ley, en cambio, ahora es por la fe. Recordemos que ellos llamaban impuros  a los gentiles, lo que significaba distancia. Ahora bien, si la fe purifica la conciencia del creyente es absurdo soportar el peso de la Ley o yugo de la Ley; si era pesada para los judíos, para  los gentiles resultaba intolerable. ¿Qué sentido tenía imponérsela a ellos? Lo más importante es que el hombre se salva por la fe en Jesús y no por la Ley. Luego vino la intervención de Pablo y Bernabé que contaron las maravillas que hacía el Señor en medio de los gentiles. El discurso de Santiago a modo de síntesis quiere ser una confirmación de lo dicho por Pedro y Pablo pero también una adhesión pero ordenada a justificar desde la Escritura lo vivido por sus hermanos Pablo y Bernabé (cfr. Am. 9, 11-12; Jer. 12, 15). Conseguida la libertad del evangelio respecto a la Ley, había que disponer algunas obligaciones a los cristianos venidos de la gentilidad. Tenemos entonces el decreto de los apóstoles con cuatro prohibiciones tomadas del Levítico: no contaminarse con la carne ofrecida a los ídolos ofrecida en los templos paganos y mucho menos comerla en los rituales de ellos, ni comprarla en el mercado (cfr. Lev.17,8); abstención de la fornicación, se refiere al matrimonio por razones de parentesco (cfr. Lev. 18, 6-18); comer animales con su sangre, es decir, los que habían muerto sin sangrar, y la misma sangre. Para ellos la vida está en la sangre y por lo tanto es de Dios (cfr. Lev. 17, 10ss). Si vemos, las prohibiciones se trata de aspectos que más rechazaba la mentalidad judía: la idolatría y la inmoralidad sexual. Con este primer concilio y decreto quedan abiertas las puertas para el ingreso de los gentiles a la Iglesia de Dios.  

Este pequeño texto de Juan nos introduce en el mandamiento del amor, que viene de arriba: Movimiento de amor que viene del Padre, enviando por amor, al Hijo por y para los hombres. El Hijo por amor al Padre, acepta esta misión y trae consigo este movimiento de amor a los hombres, de esta manera el movimiento vuelve, del hombre a Cristo y de Cristo al Padre. Es desde la obediencia al Padre, que tiene el Hijo, que se logra este retorno de amor al seno trinitario. Nos encontramos en el núcleo de la fe cristiana y del seguimiento de Cristo. El evangelista nos sitúa en el  amor al hermano, porque es la fuente de las relaciones entre las Personas de la Santa Trinidad. Amor que se expresa en la donación de sí mismo, capacidad de entrega y autoinmolación; Jesús antes de exigirlo lo ha demostrado con su propio testimonio, entregar la vida por ellos en el Calvario. Si bien, Juan aquí no lo menciona, este amor incluye también a los enemigos (cfr. Mt. 5, 44). Es novedad en Cristo que llame a sus discípulos “sus amigos”, porque la amistad suele darse entre iguales, hombres y mujeres de una misma condición. ¿Cómo  entender esta amistad? Hay una nueva definición: Jesús no gana nada con nuestra amistad, no se dan intereses comunes. Él es el Señor. Les llama amigos por la misma razón por la que les eligió para ser sus discípulos: los ha amada hasta el extremo de dar la vida por ellos (Jn. 13, 1). Sólo el amor divino, es el vehículo por el cual llegamos a ser amigos fuertes de Dios, dirá Teresa de Jesús. Amor y amistad, rigen las relaciones de Jesús con sus discípulos, iniciativa del Padre que el Hijo comunica y vive para que los hombres la comuniquen entre sí y la vivan para gloria del Padre.


VIERNES

Lecturas

a.- Hch. 15, 22-31: Carta apostólica de Jerusalén.

b.- Jn. 15, 12-17: Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado.

 

De la reunión conciliar sale una resolución respecto a la obligatoriedad  para los gentiles que se incorporaban a la Iglesia. Nombran dos delegados propios, Judas y Silas,  además de Pablo y Bernabé  embajadores de la comunidad de Antioquía, llevan por escrito lo acordado. Esta decisión deja ver la  autoridad de la Iglesia de Jerusalén. La carta en cuestión es enviada a Antioquía y otras comunidades que habían sido violentadas, en cierta forma, por las palabras de los judaizantes. La decisión de proclamar la libertad del Evangelio respecto a la Ley fue asumida por el Espíritu Santo y los miembros de la comunidad. Santiago, movido por el Espíritu Santo, habla basado en la Escritura (cfr. Am. 9,11-12), pero también supo exponer el pensar de la comunidad. Vemos la profunda convicción de Hechos, que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia, no sólo en los momentos de conflicto o crisis, o cuando hay que tomar una decisión, sino siempre.

El Espíritu Santo y los dirigentes de la comunidad, son los dos testimonios autorizados para tomar una decisión trascendental para la Iglesia y su futuro.  Las cuatro prohibiciones están tomadas del libro del Levítico: no contaminarse con la carne ofrecida a los ídolos; la abstenerse de la fornicación; la prohibición de comer animales con su sangre, prohibido consumir su misma sangre (cfr. Lv. 17, 8. 10ss; 18, 6-18). Se trata de evitar la idolatría y la inmoralidad sexual, ideas que rechazaba la Ley de Moisés y los propios judíos. Este comunicado causó gran alegría en la Iglesia, porque las Escrituras se habían cumplido en su tiempo y en esos acontecimientos que les tocaban de forma directa. No es de menor importancia la alabanza que el autor reserva para Pablo y Bernabé, como hombres que han consagrado la vida por la causa de Jesucristo, el Señor (v. 26). Alabanza no menor si se piensa que Lucas, no menciona los sufrimientos que ello significó, sobre todo para Pablo, pero define la vida del apóstol como una consagración total a la causa del evangelio, respuesta de fe a la entrega que hizo Jesucristo de sí mismo por los hombres (cfr. 2 Cor. 8, 5; Mc. 10, 45; Jn. 10, 17-18). Crecía la importancia de Jerusalén, que apoya y confirma la acción de Pablo y condena el obrar de los judíos convertidos.

La comunión de amor y vida de Jesús con sus  discípulos tiene un origen trinitario. Jesús revierte el amor que recibe del Padre en ellos, como es amado ÉL, así ama a los suyos. Los discípulos son llevados a ese grado de amistad y comunión y permanecerán en él, si guardan su mandamiento: el amor al prójimo. Amarse con entre ellos con la misma fuerza con ÉL los ha amado. Todos los mandamientos Jesús, los resume en su mandamiento. Su mandamiento y el mandamiento nuevo son una misma realidad, porque nacen de una realidad más profunda: como yo os he amado (cfr. Jn.13, 1. 30). Hemos sido elegidos por Jesús y por ellos nos eleva a la categoría de sus amigos. Verdadera amistad que nace de Jesús para con sus discípulos porque ÉL nos amó primero (cfr. 1Jn. 4, 19); el nombre propio del discípulo es amigo y no siervo. La amistad en la Biblia nos presenta ejemplos admirables como la de David y Jonatán, aunque será en la corriente sapiencial la que explicará mejor esta realidad (cfr.1Sam. 18, 1-14-19, 1-20). Será Juan quien hable de este tema, al designar al Bautista como el “amigo del Esposo” (cfr. Jn.3,29), Lázaro su “amigo” (cfr. Jn.11,11) y el discípulo “amado” (cfr. Jn. 20,2). La razón última, que tiene Jesús para llamar amigos a sus discípulos es la comunicación de su intimidad, es decir, les comunica a sus discípulos lo que a oído del Padre. El Hijo ha sido traspasado por la experiencia del Padre y la comunica, haciendo su voluntad, no la ha guardado para sí, sino que les hace partícipes de ella. Ahora los amigos del Hijo conocen los secretos del Padre. De este permanecer en comunión con el Padre y el Hijo y los hermanos, nacen las obras, los frutos que también deben permanecer, como la mencionada amistad divina. Todas las preces hechas por los amigos de Jesús serán escuchadas o atendidas por al Padre. Jesús termina su discurso con la insistencia del amor fraterno.         


SABADO

Lecturas

a.- Hch. 16,1-10: Pablo inicia el segundo viaje.

b.- Jn. 15,18-21: El odio del mundo a Cristo y a sus discípulos.

 

Hasta ahora Pablo y Bernabé habían trabajado juntos pero debido a alguna discusión a motivada por Juan Marcos, que no les ayudó en sus tareas en Panfilia, Pablo toma por compañero a Timoteo. (cfr. Hch.15, 37-40). Lo curioso es que Pablo circuncidó a Timoteo, por ser hijo de madre judía y padre griego. La razón de claudicar de sus propias convicciones, porque predicaba todo lo contrario, fue para evitarle a él problemas entre los judíos (v.3). La verdadera razón es que como hijo de madre judía debía ella haber cumplido con lo que mandaba la Ley, no estarlo para él, significaba haber vivido un judaísmo desobediente o emancipado. Pablo, quería judíos convertidos al cristianismo, pero no judíos emancipados o desobedientes. Es verdad que Timoteo ya era cristiano y la circuncisión no añadía nada, pero era más práctico para su tarea entre los judíos convertidos. A Lucas le interesa acentuar la buena disposición de Pablo y Timoteo de actuar de acuerdo a la Iglesia madre de Jerusalén. No convenía que un apóstol tuviera un pasado reprobable en el judaísmo, luego convertido al evangelio, acompañase a Pablo en la tarea evangelizadora. Timoteo, no estaba en la misma situación que los gentiles, de ahí que la circuncisión sanaba de raíz esta situación. Estos dos apóstoles se convierten en voceros del decreto dispuesto por la Iglesia de Jerusalén; por otra parte se confirma que la tarea evangelizadora con los gentiles está en conformidad con toda la Iglesia. Si bien Pablo quiere ir a la provincia de Asia (Éfeso, Pérgamo),  el Espíritu de Jesús, lo envía a Macedonia. Lucas, quiere resaltar que son guiados por el Espíritu de Jesús en esa empresa (vv. 6-7); en el evangelio nos lo presentó como un hombre lleno del Espíritu Santo, ahora nos lo presenta a Jesús exaltado a la derecha del Padre, glorificado, y actuando a través de su Espíritu. 

El discurso de Jesús pasa del amor por sus discípulos y entre ellos, pero al vivir en el mundo, encontrarán lo opuesto al amor, el odio. Lo opuesto a la Iglesia, en Juan es el mundo. Los discípulos son amados por Jesús, son sus amigos; pero el mundo los odia; los discípulos conocen a Jesús y al Padre; el mundo no los conoce. La Iglesia fue perseguida por los judíos, luego por los paganos, pero Jesús lo anunció: la persecución es parte de la vida del cristiano. El mundo los odia porque no son suyos, los cristianos no le pertenecen, son de Jesucristo el Señor. La vida del cristiano es una condena y testimonio contra él por sus pecados. La persecución le llegó a la Iglesia desde el judaísmo y el siervo no será más que su señor. Si Jesús murió crucificado, la suerte del siervo, no puede ser otra que la persecución y cruz  para llegar a la resurrección. ¿Qué puede esperar el cristiano que vive de la palabra y predica la muerte y resurrección de su Señor? Pero también, hay hombres y mujeres que amaron y aman a Jesús, mientras estuvo entre los hombres por el testimonio que dio con su vida, palabra y obras; pero también hoy porque por medio de su Espíritu trasforma la vida de hombres y mujeres que tienen fe en su resurrección fuente de todos los bienes para los creyentes. Hoy más que nunca se diferencia entre quienes aman a Jesús y quienes son indiferentes. Hay una cosa que es verdad en todo esto: que muchos no aman a Jesús, porque no lo conocen, lo mismo podemos decir de la labor de la Iglesia a favor de los pobres, enfermos, ancianos, trabajo en colegios y universidades, misiones etc. La razón de este desconocimiento o indiferencia es porque ahí hay un compromiso de amor y fidelidad, de entregar la vida por Jesucristo, su evangelio y la Iglesia, a favor del prójimo. Los que se comprometen con Cristo, lo hacen desde una convicción profunda de fe,  los que no lo hacen tienen sus razones, pero una de ellas es la falta de compromiso en la vida, no sólo en la fe, sino con el amor, la fidelidad, la paternidad o maternidad, etc. Necesitamos creer en Jesús, para tener vida verdadera y comprometida, su carencia es no vivir de verdad.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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