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QUINTA SEMANA DE PASCUA
CICLO
C
DOMINGO
Lecturas
a.- Hch.
14, 21-27: Contaron a la Iglesia lo que había
hecho por medio de ellos.
b.- Ap.
21,1-5: Dios engujará las lágrimas de sus ojos.
c.- Jn. 13,
31-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.
El tema
central de este domingo es la consolidación de la comunidad cristiana y los
elementos que la constituyen: los creyentes, la vida eterna que nos espera y
el amor que en la comunidad eclesial le da su sentido y existencia. La
primera lectura es otro de los sumarios que Lucas acostumbra a hacer para
decirnos cómo el Espíritu Santo va abriendo caminos al Evangelio en el
corazón de los paganos, mientras los judíos provocan reacciones contrarias a
los apóstoles. La misión con los gentiles tuvo un comienzo querido por Dios,
que obligó a Pedro a admitir a los gentiles en el seno de la Iglesia. Antioquía
con Pablo y Bernabé comenzaron esta tarea.
Vuelven a visitar las comunidades ya evangelizadas, antes de volver a
Antioquía, iglesia madre, para
pedirles que permanezcan en la fe y en la gracia, en definitiva a permanecer
en el Señor Jesús (cfr. Hch. 11, 23.43). Estos tres momentos describen de modo
admirable la vida cristiana entendido como el hecho de permanecer y
profundizar en esa relación con el Señor Jesús, convertido en Señor de la
vida nuestra y la respuesta del creyente como un servicio a ÉL. Este
permanecer supone sufrimiento para el cristiano, son tribulaciones y
dificultades que pone el mundo y la cultura de la sociedad en que se vive.
Una manifestación de la consolidación de las comunidades es la instauración de los presbíteros
(ancianos) en cada una de ellas (cfr. Hch. 11, 30). El ayuno, la oración y la
imposición de las manos formaban parte de la institución de estos hombres
responsables de la comunidad (cfr. Hch. 13, 3; 6, 6). Aparece, lo que será
más tarde uno de los grados del ministerio sacerdotal en la Iglesia.
El apóstol
Juan nos presenta el futuro de la humanidad y de la Iglesia. Contempla
un cielo y una tierra nueva, porque todo lo antiguo ya pasó, Dios hace todo
nuevo: el mar ya no existe, tampoco la muerte, llanto, clamor y dolor, ya no
existen más; tampoco existen más la maldición y ni la noche (cfr. Ap. 21, 1.
4; 22, 3. 5. 11). La tierra y el cielo son nuevos, Jerusalén también lo es,
porque en ella triunfa la vida sobre la muerte, el orden sobre el caos, la
luz sobre las tinieblas. En el Apocalipsis, Jerusalén es la ciudad santa, se
opone a Babilonia, símbolo de la idolatría; Jerusalén es la ciudad santa,
esposa del Cordero. El movimiento del cielo y la tierra es de tipo
descendente, es la etapa final de la historia, cuando el cielo baja a la
tierra; la salvación y liberación llega finalmente a la tierra. Lo contrario
lo encontramos en Babel, cuando la humanidad quiere construir una ciudad y
llegar al cielo (cfr. Gn. 11,1-9). La Biblia, comienza con una ciudad opresora,
soberbia e idolátrica, y termina con la nueva Jerusalén, la ciudad bajada del
cielo a la tierra (cfr. Ap. 21,2).
Es Juan
quien nos presenta los momentos previos a la Pasión de Cristo:
glorificación del Hijo, búsqueda de
ese Hijo para parte de sus discípulos y mandato del amor fraterno. Jesús
promulga el mandato de amarse los unos a los otros, luego que sale Judas y
anuncia la negación de Pedro. Jesús usa un lenguaje nuevo: el Hijo del hombre
ahora es glorificado, comienza la
Pasión, luego de la salida de Judas, y pronto será
glorificado en sí mismo; el Padre ha mostrado su gloria en ÉL, pero pronto lo
demostrará de nuevo. La glorificación de Jesús comenzado con su Pasión que
encontrará su máxima expresión en la resurrección. El movimiento interno del
texto se dirige a los discípulos: Jesús piensa en ellos. No podrán seguirle
por ahora, le seguirán mas tarde reviviendo su misterio pascual en su propia
existencia cristiana. Nace la comunidad eclesial, se consolidará con Cristo
resucitado. El principio central es el mandamiento nuevo del amor, distinto a
la Ley;
mandamiento de la alianza nupcial. Es nuevo porque nace del corazón de
Cristo, de su amor, para la naciente comunidad: “Amaos como Yo os he amado”
(cfr. Lev. 19,18; Jn. 2, 1-11; 3, 29; 20, 1-18). Para Juan creer y amar,
constituyen todo el quehacer del cristiano; determinan desde la raíz el
núcleo de la existencia cristiana. La historia de Jesús, es la demostración
más clara del amor del Padre por el hombre al entregarlo a su único Hijo. ÉL
a su vez ha amado al hombre hasta el extremo de dar lo más suyo la vida y el
Espíritu, de ahí que amarse entre sí es la respuesta al amor del Padre. Esta
nueva capacidad de amar nace de Jesús, es la novedad radical, nueva creación
en la propia vida y un nuevo éxodo. Si bien Jesús se dirige al grupo de los
apóstoles, también cierto que el amor de Dios Padre se dirige al hombre, cada
hombre, toda la humanidad (cfr. Jn. 3, 18). Ese amor del Padre alcanza su
plenitud en la respuesta que cada hombre da a Dios pero pasando por el
prójimo, que constituye la comunidad eclesial. Luego, se piensa en los
foráneos es decir, los no cristianos en cuanto se desea que también
participen de ese amor divino. Es impensable
el amor al prójimo, si no existe primero en la comunidad. Sólo la
comunión con Jesús, posibilita la adhesión plena para revivir el misterio
pascual en la vida de cada miembro de la comunidad. Esta necesitará de la
muerte de Jesús en Cruz y la venida del Espíritu Santo, para que cada miembro
de la Iglesia
alcance su madurez.
LUNES
Lecturas
a.- Hch.
14,5-17: Curación en Listra.
b.- Jn. 14,
21-26: El que me ama guardará mi palabra.
La curación
del tullido realizada por Pablo, sigue el esquema de la curación realizada
por Jesús y por Pedro (cfr. Lc. 5, 18; Hch. 3, 1; 9, 32). La idea de estas
curaciones en Hechos es enseñar, que Jesús sigue obrando milagros por medio
de sus apóstoles, como proclamación del evangelio a judíos y paganos. La
reacción de éstos últimos, responde a su mentalidad pagana: creer que los
dioses, Júpiter y Hermes, Bernabé y Pablo, han tomado forma humana. Los
judíos, en cambio, hubieran pensado en hombres con poderes dados por Dios. El
colmo llega cuando ven que quieren ofrecer un sacrifico en su honor, entonces
rasgan sus vestidos, culto a los ídolos, pecado capital para los judíos. Este
gesto se hacía cuando el nombre de Dios era profanado. Pablo y Bernabé
detienen ese acto afirmando la igualdad entre los hombres, ellos no son
dioses, sino mortales; proclaman o fundamental de la fe judía: Dios es el
creador de todo y es conocido por medio del mundo visible. No se menciona ni
la historia de la salvación ni a Jesús, porque para estas gentes eran
desconocidas por el momento. Dios ha permitido que los paganos vayan por su
camino debido a la ignorancia. No obstante, Dios se ha manifestado por medio
de la naturaleza, la lluvia fecunda la tierra y da el alimento y el vino que
alegra el corazón del hombre. Se contrapone el Dios verdadero a los falsos
dioses, al Dios vivo a los dioses inertes. Todas bendiciones divinas, sin las
cuales el hombre no tendría nada de cuanto goza hoy. La predicación de Pablo
posee toda su raigambre profética, es decir, la conversión al Dios verdadero
frente al paganismo; el complemento es
la conversión al evangelio: “os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y
os volváis al Dios vivo” (v. 15).
El hecho
que Dios ame a los hombres es porque su amor a Jesucristo los une a ÉL y por
ÉL, participan en la comunión entre el Padre y el Hijo. Será en la vida
comunitaria donde se manifestará el amor de Jesús por los hermanos, por lo
que se constituye en Señor en ella.
Judas, no el Iscariote, pregunta el cómo de su manifestación, los judíos la
esperaban como algo sensacional. El Jesús de Nazaret en su apariencia
humilde, es causa de indiferencia o abierto rechazo a su persona y mensaje
estaba por acabar su proceso, comienza la hora de la glorificación. Pero
tampoco en este período se manifestará como ellos esperaban: nada de
manifestaciones apoteósicas, ni respuestas a sus inquietudes, sin poderes
venidos de Dios para convencer a los hombres o darle razón a los judíos que
esperaban su mesías glorioso. La fe seguirá siendo invisible, la aparición
del Reino de Dios está en el mundo,
aunque todo parezca que sigue igual, la gloria de Dios es sólo perceptible a
los que viven su fe. Dios sigue actuando en su Iglesia, en forma humilde y
callada, como el amor verdadero, que no hace ruido. La manifestación de Jesús
es posible el clima en que ÉL mismo vivió la Pasión, un espacio
de obediencia y amor. De ahí que Jesús se manifieste a los
creyentes y no al mundo. El Padre y el Hijo y la comunidad creyente forman un
círculo perfecto de amor y obediencia, comunión y conocimiento mutuo. Todo
cuanto enseñó Jesús los discípulos no lo asimilaron inmediatamente, sino que
había que esperar la venida del Espíritu Santo, que guiará a la comunidad hacia
la verdad que el Maestro enseñó. ÉL será el abogado que interprete la verdad,
defienda a los creyentes del error y de la mentira. Este abogado traerá a la
memoria de los creyentes las enseñanzas de Jesús, es decir, interpretarlas y
profundizarlas, en todo su sentido para enriquecer a la vida de la Iglesia desde la luz de
la resurrección.
MARTES
Lecturas
a.- Hch.
14,19-28: Fin del primer viaje apostólico
b.- Jn. 14,
27-31: La paz os dejo, mi paz os doy
Concluye el
primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, habían sembrado a manos llenas la Palabra del Señor,
habían conseguido una buena cosecha de fieles. El dolor de la lapidación
sufrida por Pablo a manos de judíos venidos de Antioquía a Iconio, les hace
exclamar más tarde. “Es necesario que pasemos muchas tribulaciones para
entrar en el Reino de Dios” (v. 22). Organizar esas nuevas comunidades
dejando presbíteros, animando a los fieles a la perseverancia, y
encomendándoles a la gracia y al poder de Jesucristo fue su apostolado.
Vueltos a Antioquia contaron sus experiencias y cuanto había hecho Dios con ellos y cómo habían
abierto la puerta de la fe a los
gentiles.
Continúa
Jesús en su discurso de despedida: el tema es la paz. Había comenzado el capítulo
con aquello de: “No se turbe vuestro corazón” (Jn. 14,1). La partida de Jesús
no debería ser causa de turbación sino de mucha paz y alegría. ¿Por qué?
Porque camina hacía su hora, hacia la humillación de la Pasión, pero camino de la
gloria del Padre. De una costumbre de saludarse y despedirse con un deseo o
saludo de paz, Jesús como hombre singular, no se va, anuncia su regreso entre
ellos. Su ida es momentánea, pero les deja su paz; don definitivo que
conseguirá en su misterio pascual: paz entre el cielo y la tierra. Por eso habla de “mí paz”, no cualquier paz,
sino la que proviene de su muerte y resurrección. La paz de Cristo, es
siempre un don y no un premio a sus méritos. ÉL la logró para nosotros; el
motivo último para dárnosla es el amor. No así, no así la paz del mundo que
es siempre interesada. (cfr. Rm. 6, 23). El ir y volver de Jesucristo es
parte de una sola realidad: su misterio de muerte y resurrección. Su
marcharse, volver al Padre, debe ser para el creyente motivo de gozo, porque
de eso dependen todos los bienes de la vida nueva en Cristo Jesús en cuanto
discípulo. Termina una parte del ministerio de Jesucristo y comienza el más
importante vivir la redención del género humano por medio de la cruz y
resucitar de entre los muertos. Se acaba este tiempo, porque se acerca el
“Príncipe de este mundo” (v. 30), que actúa por medio de Judas Iscariote
(cfr. Jn.13, 27). Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesucristo, porque
está libre de pecado, si lo tiene sobre el hombre en cuanto pecador. Sus últimas
palabras no deben hacer meditar en nuestra filiación: “pero ha de saber el
mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos.
Vámonos de aquí.» (v. 31). Jesús ama al Padre y le obedece: cumplirá su
voluntad, por eso entrega la vida. Nosotros debemos dejar que el Padre obre
en nosotros, como lo hizo en Jesús.
MIERCOLES
Lecturas
a.- Hch.
15, 1-6: Controversia en Antioquia.
b.- 15,1-8:
La vid y los sarmientos.
El problema
que plantea este pasaje de los Hechos es la apertura del evangelio a los
gentiles y por otro el integrismo de los fariseos que habían abrazado la fe
en la comunidad de Antioquía. Se trataba de salvar la libertad del evangelio y por otra la unidad de la Iglesia. La Fe en
Jesucristo, era el último estadio al que lo llevaba la fe del AT. Si bien
aceptaron la novedad del evangelio, la mentalidad judía acerca de la ley y la
validez de las prescripciones rituales (circuncisión, pureza o impureza de
alimentos, días sagrados etc., no había cambiado mucho. La fe cristiana se
había expresado hasta ese momento en categorías judías, sin embargo la Iglesia crecía en otro
terreno, el de los gentiles. Los interrogantes más importantes eran el tema
de la Ley: ¿qué
validez tenía para el nuevo pueblo de Dios? ¿Había una continuidad del plan
de Dios respecto del nuevo pueblo de Dios?
Pensaban que los gentiles sólo podían ingresar a este nuevo pueblo si
aceptaban la Ley. Pero
los cristianos venidos de la gentilidad: ¿debía volver el cristiano al
judaísmo? ¿Debía aceptar el bárbaro ritual de la circuncisión y los rituales?
El mejor razonamiento era que una Iglesia que pretendía ser universal no
podía imponer prácticas obligatorias lo que era propio de un pueblo. Una
realidad más abierta era las de las Iglesias de Antioquía y Cesarea donde se
vivía un judaísmo de la diáspora, había judíos y gentiles con una sana
convivencia: Pedro, Bernabé y Pablo son testigos de esta realidad (cfr. Hch.
10, 27. 48; 11,3; 11, 23-24). Los judaizantes, fariseos convertidos al
cristianismo exigían la práctica de la
Ley (v.1). Pablo lo plantea así: ¿Ley o Cristo?
¿Circuncisión o Cristo? Pablo luchará por la libertad de la Iglesia y del evangelio,
libre de la Ley,
pero enraizado en las Escrituras. Pablo y Bernabé son enviados a Jerusalén a
consultar a los apóstoles, y les narraron las maravillas que Dios había hecho
con ellos.
Este
evangelio nos viene hablar de la presencia de Jesús, en la vida de sus
discípulos, por medio de la alegoría de la vida y los sarmientos. Jesús, es
fuente de vida para sus creyentes y de las obras que realicen. Si bien hasta ahora se nos pedía creer en Jesús,
ahora se trata de permanecer en ÉL (Jn. 14-15). Este pasaje es sólo
comparable con el tema eucarístico, permanecer en ÉL, comer el pan de vida
(Jn. 6). La vid, planta que exige muchos cuidados, los mismos que el creyente
debe tener para con Dios; la destrucción de la viña, era símbolo de las
infidelidades y destrucción de Israel
(cfr. Is. 5; Jer. 2, 21; Sal. 80, 13-16; Ez. 19,10-40). Jesús, usa las
imágenes campestres, la vid y los sarmientos, conocidas por su auditorio,
para hablar de la unión íntima de sus discípulos con ÉL y entre ellos. Esta
vida, ya no es Israel, sino Jesús; el viñador es el Padre, Jesús siempre
dependiente del Padre. Los frutos son imagen de las buenas obras, su carencia
es signo de falte de fe o los que abandonan el camino de fe. La limpieza (v. 3), o poda, que hace el
viñador, es la obra que a hecho Jesús con sus discípulos, por medio de su
palabra, la comunicación que estableció con cada uno de ellos. Por que están
limpios deben permanecer en ÉL, aunque Jesús se marche sus discípulos deben
permanecer unidos. ÉL promete su presencia en ellos, por lo tanto la unión
con el Maestro permanece por la fe y el amor. De esta íntima unión deben
nacer los frutos, es decir, la vida divina, obras buenas que Dios espera de
sus hijos. La persona orgullosa, se aparta de Dios, no da frutos de santidad;
separación que puede ser definitiva en el día del juicio. Es el sarmiento que
separado de la vid es echada al fuego. La vida con frutos es el resultado de
la unión con Dios, donde la oración es el espacio vital entre el alma y Dios.
El auténtico discípulo da frutos para dar gloria a Dios, donde su amor y la
obediencia del hombre conforman la respuesta que el Padre espera. La razón
última del discipulado, es que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama a los que
creen en su palabra. Vía obediencia y configuración con Cristo, se llega al
amor de unión con Dios; lo mismo que el Hijo vive la unión perfecta con el
Padre.
JUEVES
Lecturas:
a.- Hch.
15,7-21: Concilio de Jerusalén.
b.- Jn. 15,
9-11: Permaneced en mi amor.
El tema de
este pasaje de los Hechos, es si los gentiles deben abrazar la Ley de Moisés. El discurso y
defensa del evangelio y la unidad de la Iglesia la hace Pedro. Fue este apóstol el que
inició este trabajo con Cornelio y la Iglesia de Jerusalén estuvo de acuerdo. Es Dios
quien envió el Espíritu Santo sobre gentiles y judíos en esa ocasión. La
purificación que hizo Dios en el corazón de os gentiles, los judíos creían
que se lograba por la Ley,
en cambio, ahora es por la fe. Recordemos que ellos llamaban impuros a los gentiles, lo que significaba
distancia. Ahora bien, si la fe purifica la conciencia del creyente es
absurdo soportar el peso de la
Ley o yugo de la
Ley; si era pesada para los judíos, para los gentiles resultaba intolerable. ¿Qué
sentido tenía imponérsela a ellos? Lo más importante es que el hombre se
salva por la fe en Jesús y no por la Ley. Luego vino la intervención de Pablo y
Bernabé que contaron las maravillas que hacía el Señor en medio de los
gentiles. El discurso de Santiago a modo de síntesis quiere ser una
confirmación de lo dicho por Pedro y Pablo pero también una adhesión pero
ordenada a justificar desde la
Escritura lo vivido por sus hermanos Pablo y Bernabé (cfr.
Am. 9, 11-12; Jer. 12, 15). Conseguida la libertad del evangelio respecto a la Ley, había que disponer
algunas obligaciones a los cristianos venidos de la gentilidad. Tenemos
entonces el decreto de los apóstoles con cuatro prohibiciones tomadas del
Levítico: no contaminarse con la carne ofrecida a los ídolos ofrecida en los
templos paganos y mucho menos comerla en los rituales de ellos, ni comprarla
en el mercado (cfr. Lev.17,8); abstención de la fornicación, se refiere al
matrimonio por razones de parentesco (cfr. Lev. 18, 6-18); comer animales con
su sangre, es decir, los que habían muerto sin sangrar, y la misma sangre.
Para ellos la vida está en la sangre y por lo tanto es de Dios (cfr. Lev. 17,
10ss). Si vemos, las prohibiciones se trata de aspectos que más rechazaba la
mentalidad judía: la idolatría y la inmoralidad sexual. Con este primer
concilio y decreto quedan abiertas las puertas para el ingreso de los
gentiles a la Iglesia
de Dios.
Este
pequeño texto de Juan nos introduce en el mandamiento del amor, que viene de
arriba: Movimiento de amor que viene del Padre, enviando por amor, al Hijo
por y para los hombres. El Hijo por amor al Padre, acepta esta misión y trae
consigo este movimiento de amor a los hombres, de esta manera el movimiento
vuelve, del hombre a Cristo y de Cristo al Padre. Es desde la obediencia al
Padre, que tiene el Hijo, que se logra este retorno de amor al seno
trinitario. Nos encontramos en el núcleo de la fe cristiana y del seguimiento
de Cristo. El evangelista nos sitúa en el
amor al hermano, porque es la fuente de las relaciones entre las
Personas de la Santa
Trinidad. Amor que se expresa en la donación de sí mismo,
capacidad de entrega y autoinmolación; Jesús antes de exigirlo lo ha
demostrado con su propio testimonio, entregar la vida por ellos en el
Calvario. Si bien, Juan aquí no lo menciona, este amor incluye también a los
enemigos (cfr. Mt. 5, 44). Es novedad en Cristo que llame a sus discípulos
“sus amigos”, porque la amistad suele darse entre iguales, hombres y mujeres
de una misma condición. ¿Cómo entender
esta amistad? Hay una nueva definición: Jesús no gana nada con nuestra
amistad, no se dan intereses comunes. Él es el Señor. Les llama amigos por la
misma razón por la que les eligió para ser sus discípulos: los ha amada hasta
el extremo de dar la vida por ellos (Jn. 13, 1). Sólo el amor divino, es el
vehículo por el cual llegamos a ser amigos fuertes de Dios, dirá Teresa de
Jesús. Amor y amistad, rigen las relaciones de Jesús con sus discípulos,
iniciativa del Padre que el Hijo comunica y vive para que los hombres la
comuniquen entre sí y la vivan para gloria del Padre.
VIERNES
Lecturas
a.- Hch.
15, 22-31: Carta apostólica de Jerusalén.
b.- Jn. 15,
12-17: Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado.
De la
reunión conciliar sale una resolución respecto a la obligatoriedad para los gentiles que se incorporaban a la Iglesia. Nombran
dos delegados propios, Judas y Silas,
además de Pablo y Bernabé
embajadores de la comunidad de Antioquía, llevan por escrito lo
acordado. Esta decisión deja ver la
autoridad de la
Iglesia de Jerusalén. La carta en cuestión es enviada a
Antioquía y otras comunidades que habían sido violentadas, en cierta forma,
por las palabras de los judaizantes. La decisión de proclamar la libertad del
Evangelio respecto a la Ley
fue asumida por el Espíritu Santo y los miembros de la comunidad. Santiago,
movido por el Espíritu Santo, habla basado en la Escritura (cfr. Am.
9,11-12), pero también supo exponer el pensar de la comunidad. Vemos la
profunda convicción de Hechos, que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia, no sólo en los
momentos de conflicto o crisis, o cuando hay que tomar una decisión, sino
siempre.
El Espíritu
Santo y los dirigentes de la comunidad, son los dos testimonios autorizados
para tomar una decisión trascendental para la Iglesia y su
futuro. Las cuatro prohibiciones están
tomadas del libro del Levítico: no contaminarse con la carne ofrecida a los
ídolos; la abstenerse de la fornicación; la prohibición de comer animales con
su sangre, prohibido consumir su misma sangre (cfr. Lv. 17, 8. 10ss; 18,
6-18). Se trata de evitar la idolatría y la inmoralidad sexual, ideas que
rechazaba la Ley
de Moisés y los propios judíos. Este comunicado causó gran alegría en la Iglesia, porque las
Escrituras se habían cumplido en su tiempo y en esos acontecimientos que les
tocaban de forma directa. No es de menor importancia la alabanza que el autor
reserva para Pablo y Bernabé, como hombres que han consagrado la vida por la
causa de Jesucristo, el Señor (v. 26). Alabanza no menor si se piensa que
Lucas, no menciona los sufrimientos que ello significó, sobre todo para
Pablo, pero define la vida del apóstol como una consagración total a la causa
del evangelio, respuesta de fe a la entrega que hizo Jesucristo de sí mismo
por los hombres (cfr. 2 Cor. 8, 5; Mc. 10, 45; Jn. 10, 17-18). Crecía la
importancia de Jerusalén, que apoya y confirma la acción de Pablo y condena
el obrar de los judíos convertidos.
La comunión
de amor y vida de Jesús con sus
discípulos tiene un origen trinitario. Jesús revierte el amor que
recibe del Padre en ellos, como es amado ÉL, así ama a los suyos. Los
discípulos son llevados a ese grado de amistad y comunión y permanecerán en
él, si guardan su mandamiento: el amor al prójimo. Amarse con entre ellos con
la misma fuerza con ÉL los ha amado. Todos los mandamientos Jesús, los resume
en su mandamiento. Su mandamiento y el mandamiento nuevo son una misma
realidad, porque nacen de una realidad más profunda: como yo os he amado
(cfr. Jn.13, 1. 30). Hemos sido elegidos por Jesús y por ellos nos eleva a la
categoría de sus amigos. Verdadera amistad que nace de Jesús para con sus
discípulos porque ÉL nos amó primero (cfr. 1Jn. 4, 19); el nombre propio del
discípulo es amigo y no siervo. La amistad en la Biblia nos presenta
ejemplos admirables como la de David y Jonatán, aunque será en la corriente
sapiencial la que explicará mejor esta realidad (cfr.1Sam. 18, 1-14-19,
1-20). Será Juan quien hable de este tema, al designar al Bautista como el
“amigo del Esposo” (cfr. Jn.3,29), Lázaro su “amigo” (cfr. Jn.11,11) y el
discípulo “amado” (cfr. Jn. 20,2). La razón última, que tiene Jesús para
llamar amigos a sus discípulos es la comunicación de su intimidad, es decir,
les comunica a sus discípulos lo que a oído del Padre. El Hijo ha sido
traspasado por la experiencia del Padre y la comunica, haciendo su voluntad,
no la ha guardado para sí, sino que les hace partícipes de ella. Ahora los
amigos del Hijo conocen los secretos del Padre. De este permanecer en
comunión con el Padre y el Hijo y los hermanos, nacen las obras, los frutos
que también deben permanecer, como la mencionada amistad divina. Todas las
preces hechas por los amigos de Jesús serán escuchadas o atendidas por al
Padre. Jesús termina su discurso con la insistencia del amor fraterno.
SABADO
Lecturas
a.- Hch.
16,1-10: Pablo inicia el segundo viaje.
b.- Jn.
15,18-21: El odio del mundo a Cristo y a sus discípulos.
Hasta ahora
Pablo y Bernabé habían trabajado juntos pero debido a alguna discusión a
motivada por Juan Marcos, que no les ayudó en sus tareas en Panfilia, Pablo
toma por compañero a Timoteo. (cfr. Hch.15, 37-40). Lo curioso es que Pablo
circuncidó a Timoteo, por ser hijo de madre judía y padre griego. La razón de
claudicar de sus propias convicciones, porque predicaba todo lo contrario,
fue para evitarle a él problemas entre los judíos (v.3). La verdadera razón
es que como hijo de madre judía debía ella haber cumplido con lo que mandaba la Ley, no estarlo para él,
significaba haber vivido un judaísmo desobediente o emancipado. Pablo, quería
judíos convertidos al cristianismo, pero no judíos emancipados o
desobedientes. Es verdad que Timoteo ya era cristiano y la circuncisión no
añadía nada, pero era más práctico para su tarea entre los judíos
convertidos. A Lucas le interesa acentuar la buena disposición de Pablo y
Timoteo de actuar de acuerdo a la
Iglesia madre de Jerusalén. No convenía que un apóstol
tuviera un pasado reprobable en el judaísmo, luego convertido al evangelio,
acompañase a Pablo en la tarea evangelizadora. Timoteo, no estaba en la misma
situación que los gentiles, de ahí que la circuncisión sanaba de raíz esta
situación. Estos dos apóstoles se convierten en voceros del decreto dispuesto
por la Iglesia
de Jerusalén; por otra parte se confirma que la tarea evangelizadora con los
gentiles está en conformidad con toda la Iglesia. Si bien
Pablo quiere ir a la provincia de Asia (Éfeso, Pérgamo), el Espíritu de Jesús, lo envía a Macedonia.
Lucas, quiere resaltar que son guiados por el Espíritu de Jesús en esa
empresa (vv. 6-7); en el evangelio nos lo presentó como un hombre lleno del
Espíritu Santo, ahora nos lo presenta a Jesús exaltado a la derecha del
Padre, glorificado, y actuando a través de su Espíritu.
El discurso
de Jesús pasa del amor por sus discípulos y entre ellos, pero al vivir en el
mundo, encontrarán lo opuesto al amor, el odio. Lo opuesto a la Iglesia, en Juan es el
mundo. Los discípulos son amados por Jesús, son sus amigos; pero el mundo los
odia; los discípulos conocen a Jesús y al Padre; el mundo no los conoce. La Iglesia fue perseguida
por los judíos, luego por los paganos, pero Jesús lo anunció: la persecución
es parte de la vida del cristiano. El mundo los odia porque no son suyos, los
cristianos no le pertenecen, son de Jesucristo el Señor. La vida del
cristiano es una condena y testimonio contra él por sus pecados. La
persecución le llegó a la
Iglesia desde el judaísmo y el siervo no será más que su
señor. Si Jesús murió crucificado, la suerte del siervo, no puede ser otra
que la persecución y cruz para llegar
a la resurrección. ¿Qué puede esperar el cristiano que vive de la palabra y
predica la muerte y resurrección de su Señor? Pero también, hay hombres y
mujeres que amaron y aman a Jesús, mientras estuvo entre los hombres por el
testimonio que dio con su vida, palabra y obras; pero también hoy porque por
medio de su Espíritu trasforma la vida de hombres y mujeres que tienen fe en
su resurrección fuente de todos los bienes para los creyentes. Hoy más que
nunca se diferencia entre quienes aman a Jesús y quienes son indiferentes.
Hay una cosa que es verdad en todo esto: que muchos no aman a Jesús, porque
no lo conocen, lo mismo podemos decir de la labor de la Iglesia a favor de los
pobres, enfermos, ancianos, trabajo en colegios y universidades, misiones
etc. La razón de este desconocimiento o indiferencia es porque ahí hay un
compromiso de amor y fidelidad, de entregar la vida por Jesucristo, su
evangelio y la Iglesia,
a favor del prójimo. Los que se comprometen con Cristo, lo hacen desde una
convicción profunda de fe, los que no
lo hacen tienen sus razones, pero una de ellas es la falta de compromiso en
la vida, no sólo en la fe, sino con el amor, la fidelidad, la paternidad o
maternidad, etc. Necesitamos creer en Jesús, para tener vida verdadera y
comprometida, su carencia es no vivir de verdad.
Fr. Julio
González C. OCD
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