TIEMPO ORDINARIO

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Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ORDINARIO

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

NOVENA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO C

 

 


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

a.- Prov. 8, 22-31: Antes de comenzar la tierra, la Sabiduría ya había sido engendrada.

b.- Rm. 5, 1-5: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.

c.- Jn. 16, 12-15: Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu recibirá de lo mío y os lo anunciará.

Dos son los temas de este pasaje bíblico: la sabiduría fue creada antes de toda criatura y trabajó en la formación del universo entero. Una vez creada la sabiduría preside e inspira el resto de la obra de la creación del universo. Ella es  como una hija,   delicia del hogar, de su  padre y de sus hermanos. A estas alturas de la revelación, la sabiduría es solo una personificación,  y todavía no una persona en vías de revelación del misterio y dogma trinitario. Poco a poco la sabiduría comienza como una personificación hasta conseguir realismo y entidad (cfr. Prov. 14,1; 1,20-33; 3,16-19; Eclo. 4,11-19; 14,20; 15,10; 24,1-29). Aquí la sabiduría habla en primera persona, de sí misma, hasta que en forma ascendente parece participar de la naturaleza divina ya que el misterio trinitario se habría de revelar en el NT, aunque usando los conceptos y términos del Antiguo. Jesús anunciado como Sabiduría de Dios, al igual que la sabiduría, Cristo participa en la creación y conservación del mundo (Mt. 11,9; Lc. 11, 49; 1 Cor. 1, 24-30; Col. 1, 16-17; 1Cor. 10,4). Reflejo e influjo de este pasaje de la Sabiduría la encontramos en la cristología de Juan, en el prólogo de su evangelio, nos presenta la vida intra-trinitaria  del Verbo de Dios.

El apóstol Pablo, insiste en el tema de la gratuidad de la fe y por lo mismo, es una propuesta a hacer a los hombres de buena voluntad, con temor y temblor, a todos lo que quieran escucharlo. De esa gratuidad de la fe, nace la esperanza de la gloria de Dios, es decir, los bienes escatológicos: la resurrección y la vida eterna. El realismo paulino, existencial acepta las tribulaciones del tiempo presente, pero ellas ayudan a fortalecer la constancia, la autenticidad, la esperanza que no defrauda. La vida del cristiano está marcada por la esperanza teologal, ya posee la reconciliación con Dios, pero, no ha superado todas sus debilidades, particularmente la muerte. Pero Dios Padre tiene la iniciativa de un amor gratuito para superar el pesimismo de la vida de muchos. Su amor ha sido derramado  en el corazón de los hombres por medio del misterio pascual de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo. El amor con que  Dios nos ama, del que el Espíritu Santo es prenda, y por su presencia activa, es testigo (cfr. Rm. 8,5: Ga. 4,5). Por medio de este amor nos dirigimos al Padre desde nuestra condición de hijos, porque el amor es recíproco.  Por él también amamos al prójimo con el mismo amor con el Padre ama al Hijo y cada uno de nosotros. 

El evangelio nos presenta como muchos de los temas que enseñó Jesús los discípulos no podían con ellos. Les faltaba tiempo para la comprensión plena de ellos, muchos hechos en su momento no fueron captados en su totalidad, puesto que debieron esperar la luz de la resurrección y de Pentecostés (cfr. Jn. 2, 22; 12, 16). La verdad completa se comprende no en un sentido de cantidad de verdades que Jesús no alcanzó a enseñar y las completará el Espíritu Santo. La verdad completa se refiere a la comprensión en profundidad del misterio de  la persona de Jesucristo y de su misión redentora, evangelizadora. Toda esta misteriosa realidad no podía ser captada por los discípulos, debieron esperar la resurrección, Pentecostés y el devenir de la vida de la Iglesia, para conseguir la suficiente claridad sobre el misterio de la persona de Jesús como mesías y enviado del Padre. Un testimonio de cuanto decimos lo encontramos en los evangelistas, los hechos de los apóstoles Juan y Pablo, principalmente. El apóstol habla de la verdad completa no de nuevas verdades, es decir, de un conocimiento más hondo de cuanto dijo e hizo Jesús. No hay contradicción por lo tanto cuando afirma a los apóstoles, que les ha comunicado, todo cuanto había oído a su Padre (cfr. Jn. 15, 15). Este conocimiento de la verdad debe llevar al cristiano a conocer profundamente la realidad en que se vive, como los profetas del AT, evitando así la superficialidad de una fe que no influye en la sociedad, sino que cultiva una dimensión profética. Es el Espíritu Santo quien glorifica a Jesús, porque será ÉL quien haga comprender a los discípulos el misterio de  humillación vivido por Cristo Jesús en su Pascua, principio de su exaltación y elevación hacia el Padre. Era necesario que descubrieran en Cristo, al enviado del Padre para la salvación del mundo. Sólo Cristo Jesús que conoce los secretos de Dios, como su Espíritu, podía darlo a conocer, revelarlo a los hombres. 

Un día Teresa comprendió, cuanto se puede en esta vida, el misterio trinitario. “Estando una vez rezando el salmo de Quicumque vult, se me dio a entender la manera cómo era un solo Dios y tres Personas tan claro, que yo me espanté y consolé mucho. Hízome grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas; y para cuando pienso o se trata de la Santísima Trinidad, parece entiendo cómo puede ser, y esme de mucho contento.” (Libro de la Vida 39,25).


LUNES

a.- 2Pe. 1,1-7: Nos ha dado lo bienes prometidos

b.- Mc. 12,1-12: Los viñadores.

Esta parábola tiene como trasfondo la célebre alegoría del profeta Isaías (5,1-7). Pero hay que reconocer, que en el relato del evangelio, no es la conducta de la viña, el centro  de la narración, sino la actitud de los viñadores; los protagonistas son ellos. Llama la atención que Dios pareciera no ser hebreo, porque arrienda la viña y se marcha. Se puede pensar que Dios no está con Israel, no es su pueblo, no está vinculado a las necesidades de su pueblo elegido. Les dio una tarea que cumplir a los encargados o responsables y se marchó. El dueño, Dios, para ser más preciso sigue presente, pero sin ejercer protagonismo. Dios manifiesta una gran confianza y autoridad sobre los dirigentes, es decir, los viñadores. Éstos son los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. La comunicación de Dios y su pueblo Israel es a través de los profetas, pero éstos son maltratados, golpeados e inclusive muertos. Dios decide, entonces, enviar a su “amadísimo hijo” (cfr. Jn. 1,11; 9,7). Los viñadores saben que el hijo es el heredero, el único que puede llevar a cabo la redención del mundo, el proyecto salvífico del Padre. La nueva religión predicada por Jesús les quitaría el monopolio religioso y económico, por eso deciden matarlo. Ese monopolio está destinado a desaparecer, el amo vendrá y destruirá a los viñadores. En realidad el amor alquilará la viña otros viñadores, he aquí el centro de la alegoría, Israel pierde su privilegio, es decir, se priva de recibir el evangelio que está dirigido a todos. Los jefes religiosos se dieron cuenta que la parábola iba por ellos, trataron de apresarle, pero por respeto a la gente lo dejaron marchar. El Hijo amado, Jesús, ya no viene a recoger los frutos, sino que viene entre los labradores, como uno de tantos y los que crean en su palabra lo seguirán. Ya nadie recogerá los frutos, porque Jesús entiende la vida del hombre como una entrega al prójimo, como ÉL hace con la suya, lo mimo harán los seguidores. Esos son los frutos que el Padre desea; la muerte del Hijo, a manos de los viñadores, es la máxima expresión de su entrega a la voluntad salvífica del Padre.  

Somos los nuevos viñadores, el Señor Jesús nos da todo para ser buenos siervos suyos. Teresa de Jesús trabajó por la Viña, la Iglesia,  admirablemente. “Cuando no nos damos a Su Majestad con la determinación que El se da a nosotros, harto hace de dejarnos en oración mental y visitarnos de cuando en cuando, como a criados que están en su viña; mas estotros son hijos regalados, ni los querría quitar de cabe sí, ni los quita, porque ya ellos no se quieren quitar; siéntalos a su mesa, dales de lo que come hasta quitar el bocado de la boca para dársele” (CV 16,5).


MARTES

a.- 2Pe. 3,12-15.17-18: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva.

b.- Mc. 12,13-17: El tributo al César.

 

La alabanza que le echan a Jesús, fariseos y herodianos, resume muy bien el estilo y el comportamiento de Jesús (v. 14). La pregunta que le presenta este grupo, va torcida desde el comienzo. Se trata de hacerle caer en una trampa para desprestigiarle frente al pueblo. La pregunta tiene dos respuestas, pero cada una de ellas va comprometer en forma grave a una de las partes, frente a la gente cae en desgracia o frente a las autoridades romanas.  En el fondo, eran las maquinaciones del poder religioso que había decidido dar caza a Jesús, desenmascara a sus interlocutores quienes aludían un problema de conciencia que quería que el maestro les resolviera (cfr. Mc. 11,27). La pregunta encerraba un problema muy serio porque muchos judíos se resistían a pagar un tributo al emperador, aludiendo la autoridad de Dios sobre Israel y no la humana de una autoridad extranjera. Sólo Dios, era el Señor absoluto en Israel y ningún otro poder se le podía igualar. Jesús, les pide le traigan una moneda y su respuesta lo hace salir bien de la trampa que le habían tendido. ¿Cómo entenderla? Hay que comprenderla desde el absoluto poder de Dios, que para Jesús era incuestionable, el César esta supeditado a Dios, porque de ÉL recibe todo poder y sus ordenes se obedecen. La autoridad está al servicio del prójimo, así lo plantea el evangelio, así hay que devolver o dar a Dios lo que le pertenece. Con los ojos de Jesús, contemplemos al Padre, ternura, Abbá, démosle lo que le pertenece: la vida entera, los bienes que nos regala, la fe convertida en obras de misericordia, la esperanza revestida en camino de eternidad y la caridad hecha contemplación y búsqueda de su Rostro reflejado en el de cada hermano.

Darle a Dios, es devolverle lo que ÉL nos dado. Seamos responsables de la fe recibida y de nuestra vida cristiana como lo fue Teresa de Jesús, nuestra Madre. “Mas cuando ya llega el alma a contemplación  que es lo que ahora más aquí tratamos, el temor de Dios también anda muy al descubierto, como el amor; no va disimulado aun en lo exterior.  Y estas son las ilusiones que yo querría, hermanas, temiésemos mucho, y supliquemos siempre a Dios no sea tan recia la tentación que le ofendamos; sino que nos la dé conforme a la fortaleza que nos ha de dar para vencerla. Esto es lo que hace al caso; este temor es el que yo deseo nunca se quite de nosotras, que es lo que nos ha de valer” (CV 41,1).


MIERCOLES

a.- 2 Tim.1,1-3,6-12: Aviva el fuego de la gracia de Dios.

b.- Mc. 12, 18-27: Resurrección de los muertos

 

En este verdadero desfile de grupos religiosos que pretenden culpar a Jesús de algo, descubrirlo en alguna contradicción, primero fue el Sanedrín, luego fariseos y herodianos, ahora les toca el turno a los saduceos (cfr. Mc. 11, 27; 12, 13-17). Este grupo estaba compuesto por la clase sacerdotal y otra laical, del primero se escogía al sumo sacerdote, la segunda la componía la nobleza. No creían en la resurrección ni aceptaban la tradición oral de los antepasados. Eran los más contrarios a Jesús, además por el tema del dinero, que ellos controlaban en el templo; Jesús es el Señor de  la vida y contrario a los placeres de la carne; cuando los menciona siempre los encuentra que están equivocados (cfr. Mc. 12, 24. 27). Con ello afirma que no sólo el sumo sacerdocio está en el error, sino también el templo de Jerusalén. Le plantean que la resurrección no está basada en la Escritura. Esta idea de vida después de la muerte, es relativamente tardía en revelarse en la Escritura, aunque los fariseos la interpretaban como una continuidad  de esta vida. Algunos escritos manifiestan que el amor de Dios no puede terminar con la muerte, se permanece en su amor incluso después del deceso (cfr. Sal. 63,4), más en el post-exilio ya se habla con mayor claridad (cfr. Dn. 12, 12; Sal. 16, 10-11; 49, 16; 2 Mac.10, 47). El libro de la Sabiduría habla claramente de la inmortalidad del alma, se ve la influencia griega al respecto. Le plantean el caso de la mujer casada con siete hermanos que no dejaron hijos y murieron pronto (cfr. Dt. 25, 5-10). Jesús les plantea que la vida eterna no será una continuidad de ésta vida, sino que hombres y mujeres será como ángeles, no habrá matrimonios. Se trata de una recreación, es el hombre resucitado. Jesús apunta al texto de Ex. 3,6, hace una lectura desde sí mismo, tiene de Dios la experiencia que es esencialmente vida; esa experiencia no puede ser rota por la muerte; por esos sus amigos aunque mueran no pueden carecer de esa vida nueva. Lo que hace Jesús es una exégesis existencial. Los patriarcas, los amigos de Dios, son personajes del pasado, están vivos, viven con Él.  Jesús, en el fondo, se está revelando a sí mismo, se ha  manifestado como Hijo de Dios, dueño de la vida. Dios Padre es ternura, es vida nueva, de ahí que el hombre no puede morir.

Teresa de Jesús, antes de su conversión, vivió luchando con una sombra de muerte; luego de su encuentro con Cristo, se siente como resucitada: “¿Quién nos quita estar con El después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde ya está glorificado, y no le miraremos tan fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los caminos, perseguido de los que hacía tanto bien, no creído de los Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra pensar en tantos trabajos como pasó. Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un memento de nosotros.” (Vida 22,6).


JUEVES

a.- 2Tim. 2,8-15: La palabra de Dios no está encadenada. 

b.- Mc. 12, 28-34: Este es el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste.

Encontramos ahora, que es un escriba, el que acerca a Jesús para preguntar: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?  Para los rabinos lo más importante era el sábado; la respuesta de Jesús, si bien no es original, sí lo será por el contenido, la centralidad y la comprensión que se da a Dios y el hombre. Marcos, menciona cuatro fuentes de donde debe brotar el amor a Dios en el hombre: “con todo el corazón, con toda el alma, con toda su mente y con todas tus fuerzas” (v. 30). Se afirma que Dios debe ser el centro afectivo del hombre, su proyección de futuro, su eje. La lectura que hace Jesús de Levítico es literal (19,8), es decir, desde lo esencial lee todo el resto. La respuesta de Jesús, dejó admirado al escriba, porque afirma la unicidad de Dios, por una parte,  y por otra, se unen el amor a Dios y al prójimo. Ambos preceptos quedan con la misma obligación de ser cumplidos; poseen el mismo valor (cfr. Dt. 4,36; Ex. 8,6; Is. 45, 2). Lo más importante de las palabras del sabio judío, consisten en afirmar, que ese amor total a Dios y al prójimo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios (v. 33). Detrás de esta respuesta, en el contexto en que se produce, el templo, donde Jesús había hecho callar a los saduceos, es una crítica a las prácticas efectuadas en el en ese mismo lugar y a las instituciones de Israel. Se deduce, que el evangelista quiere transmitirnos, que es Dios la única pasión que mueve al hombre, fuente, que Jesús cariñosamente denomina Abbá, desde donde fluye el amor al prójimo y crece la capacidad de relacionarse con él. La alabanza que le echa Jesús al escriba, “no estás lejos del reino de Dios” (v. 34), le conmina a poner en práctica la teoría que conoce. Este mandamiento es siempre nuevo para el cristiano, porque lo cumple, necesita mantenerlo como norte de su vida afectiva y de fe. Quizás en los tiempos que corren, es el mandamiento que más hace reconocible a un cristiano en nuestra sociedad. 

La Santa Madre Teresa de Jesús, nos invita a vivir este mandamiento en la comunidad donde estemos, como ejercicio de unas sólidas virtudes teologales. “Qué bueno y verdadero amor será el de la hermana, que puede aprovechar a todas” (CV 7,8).


VIERNES

a.- 2Tim. 3,10-17: El cristiano será perseguido.

b.- Mc.  12, 35-37: La multitud lo escuchaba con gusto. El Mesías, hijo de David.

Este evangelio se centra en una pregunta que hace Jesús, toma la palabra, sigue en el templo; la respuesta se encamina a una autodefinición de su persona y misión. Los escribas, afirman que el Mesías es hijo de David, siendo que el salmo 110,1, escrito por el mismo David, le llame Señor “¿Cómo entonces puede ser hijo suyo?” (v. 37). Varios textos mencionaban la ascendencia davídica del Mesías (cfr. 2Sam 7,12ss; Is. 11,1; Jr. 23, 5; Ez. 34,23; 37,24; Sal. 89, 20ss); lo mismo en el NT: el ciego lo proclama así, lo mismo el pueblo a su entrada en Jerusalén (cfr. Mc. 10,47; 11,10; Rm. 1,3; 2 Tm. 2,8; Mt. 1,1-17: Lc. 3, 23-38). La intención de Jesús, no es confirmar una ascendencia biológica y moral con David, sino más bien resaltar que el Mesías es superior a David porque todo el proceso del AT dependía de ÉL. Les quiere hacer ver que la Escritura, enseña todo lo contrario de lo que creen: si el propio David le llama Señor: ¿cómo puede ser su hijo? Con ello les sugiere no sólo que el Mesías es superior a David, sino su mesianismo será muy diferente de lo que ellos piensan. Rechaza en el fondo, el mesianismo davídico nacionalista, promocionado por el judaísmo oficial. La restauración del trono de Dios y la superioridad de Israel en la región era contrario a los planes salvíficos de Dios. El texto al que alude Jesús no quiere reflejar ni inferioridad, ni identidad mesiánica; el Mesías es superior. Este pasaje refleja la comunión que existía entre Jesús y sus interlocutores: “La muchedumbre lo oía con agrado” (v. 37).  Escuchar a Jesús es clave para ser un buen discípulo y apóstol.   

No cansarse de oír hablar de Dios, a decir de Teresa de Jesús,  es una expresión de quien tiene hambre de Dios, de su palabra y presencia en el alma. El oído hace de puerta y vía para llegar al alma. “De hablar de Dios u oír de ÉL, casi nunca me cansaba, y esto después que comencé oración” (CV 8,12).


SABADO

a.- 2Tim.4,1-8: Cumple tu tarea de evangelizador.

b.- Mc. 12,38-44: Guardaos de la levadura de los letrados.

Los escribas eran hombres cultos, autoridad en la interpretación de la Escritura; la mayoría pertenecía al Sanedrín y en su mayoría era fariseos. Jesús pide a los suyos tener cuidado de sus actitudes: la presunción y la vanidad, amantes del dinero y egoístas. Contrarios a la enseñanza del maestro de Nazaret que considera la grandeza del hombre en el servicio al prójimo, la donación de sí mismo a los demás, como la viuda del templo. Simulan devoción, para que las viudas les confíen la administración de sus bienes para robar. La viuda del templo, representa  el ideal del seguidor de Jesús, mientras a ésta mujer la alaba, a los escribas les asegura un juicio muy riguroso. En el trasfondo de estos dos pasajes, se vislumbra una realidad importante a considerar: la vivencia de la fe y tener una cultura religiosa. La fe es vida nueva, que transforma la existencia del creyente, en cambio, el saber de Dios puede convertirse en una información más, un negocio, pero no lo que predicó Jesús o los apóstoles. La viuda del templo, hizo de su fe una entrega de la vida en esas dos pequeñas e insignificantes monedas, dio todo lo que poseía a Dios en el templo. Un peligro nuestro y de ciertos movimientos eclesiales, es quizás saber mucho de Dios, pero en definitiva, no conocer al Dios de la vida, al Padre que nos dio a conocer Jesucristo.

La Santa Madre Teresa huyó de vanidades, puesto que las conoció, antes de su conversión, ahora aconseja: “Si es verdad la amistad que quiere tener con su Majestad, no haya miedo de vanagloria” (C                                

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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