PASCUA

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Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

CICLO C 2010

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

SEPTIMA SEMANA DE PASCUA

CICLO C

 

 


ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS

                                     

DOMINGO

Lecturas:

a.- Hch. 1, 1-11: Jesús se elevó a la vista de ellos.

b.- Ef. 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.

c.-  Lc. 24, 46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

En la primera lectura encontramos el discurso de despedida y la narración de la Ascensión. Lucas, nos recuerda que por cuarenta días Jesús se apareció a sus discípulos, es el tema del futuro kerigma que deberán predicar los discípulos y también esos cuarenta días son la continuidad de la comunidad apostólica antes de la Resurrección. En su despedida les pide el Resucitado que no se alejen de Jerusalén, porque el evangelio debe expandirse desde donde había comenzado todo (cfr. Lc. 1, 5). Al autor le interesa resaltar que el evangelio predicado y vivido, comienza en Jerusalén y se extenderá hasta las naciones paganas hasta llegar a Roma con Pablo, cumpliéndose las palabras de Jesús: seréis mis testigos hasta los confines de la tierra (Hch. 1, 8). Jerusalén, es lugar del cumplimiento de la promesa del Padre, la efusión del Espíritu Santo, bautismo que Jesús había prometido y que garantiza su presencia en los momentos difíciles en la propagación del evangelio (cfr. Hch. 2, 7; 11,16; Mc. 13,11; Lc. 3,16; Jn.7, 37-39). La mención de la restauración de la monarquía davídica, obedece a la no comprensión del Reino de Dios, pensado por los apóstoles como los reinos de la tierra, pero también se pensaba que a la efusión del Espíritu, correspondía la llegada de los últimos tiempos.  Jesús, se limita a decir que el fin no corresponde a ellos pensarlo, es el Padre quien posee la iniciativa de los momentos de la historia y por lo mismo le corresponde también fijar su culminación. En cambio, la misión de ellos será predicar el evangelio a todas las naciones, promesa y mandato, la Iglesia es misionera y sus límites son el mundo entero. Se rompe el cerco religioso judío o la exclusividad de la salvación. Los discípulos recibirán el Espíritu para ser testigos del Resucitado ahí donde prediquen la Buena Nueva.

La Ascensión es narrada con los símbolos de tradición y significado bíblico como es la nube, el cielo, las vestiduras blancas de los varones, que hablan de la presencia divina, lo sobrenatural. La mirada al cielo y la llamada de  atención de los varones angélicos a los apóstoles, refleja la esperanza de un fin inmediato del mundo. Las palabras de los varones orientan a los creyentes sobre el significado de la Ascensión y de la Parusía: no deben quedarse mirando el cielo, sino más bien, no perderla de vista. Ese Jesús que subió vendrá…Lucas, con esta narración tiene en mente una sola idea: el camino ascendente de Jesús hacia el Padre. EL lenguaje narrativo está al servicio de este misterio de nuestra fe.

El apóstol Pablo, nos introduce en el tema del triunfo y supremacía de Cristo, luego de su misterio Pascual y exaltación a los cielos. Su Padre, nos concederá por la fe que tenemos en Cristo Jesús, la sabiduría para conocerle perfectamente, iluminará el corazón de los fieles para descubrir la esperanza a la que hemos sido llamados por el Padre; estimar el grado de gloria, la herencia otorgada a los santos y la fuerza con que obra su poder, la misma con que resucitó a Jesucristo el Señor, ahora sentado a su diestra, obra en nosotros hoy  (vv. 18ss). Dios conoce el corazón del hombre y el hombre ha de amarlo precisamente, con todo el corazón porque ha sido depositado en él el don del Espíritu (cfr. Lc. 16,15; Hch. 1, 24; Rm. 8, 27; Mc.12, 29-30; Rm. 5, 5; 2Cor. 1, 22; Gal. 4,6). Jesucristo, también vive en el corazón de los hombres sencillos, rectos y  puros (cfr. Ef. 3,17; Hch. 2, 46; 2Cor. 11, 3; Ef. 6,5;  Col. 3, 22; Hch. 8,21; Mt. 5,8; St. 4,8). Dios Padre,  colocó a Cristo por sobre todo poder cósmico y angélico del presente y del futuro; lo hizo también cabeza de su Iglesia. La Ascensión de Cristo a los cielos, abre el camino para nuestro propio subir al Padre, como coronación de toda una vida fe y de esperanza en su amor.

En este evangelio asistimos a las últimas instrucciones que Jesús dejó a su Iglesia: palabras y obras que la tradición nos recuerda. En ese tiempo Jesús resucitado estaba con ellos visible, experimentable. Pero subirá al cielo, al Padre y se acabarán las apariciones del Resucitado, y la Iglesia esperará su parusía. (Lc. 17, 22). Toda la actividad de Jesús dominada por el cumplimiento de las Escrituras en su vida, lo mismo al comienzo de su ministerio que ahora al culminarlo (cfr. Lc. 4, 21; v. 44), lo mismo la ley, los profetas y los salmos hablan de Cristo (cfr. Lc. 16,17; 4,21). Es el tiempo del Mesías, tiempo de la realización de las promesas. Si bien Jesús explicó las Escrituras, los apóstoles no comprendieron que era el Mesías, sólo después de la resurrección les abrió la mente para la comprensión de la Escritura. La fe en Jesús de Nazaret es obra del Resucitado, como también la apertura de la inteligencia a las Escrituras. Sólo la luz pascual extiende la comprensión del AT, conduce al conocimiento de Jesús, salvador de Israel y del mundo.

Lo que anuncian las Escrituras es la salvación para todos los pueblos. La salvación viene de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este nombre es la presencia activa de Jesús, cuentan con su promesa de estar siempre con ellos (cfr. Hch. 4,12). A todas las naciones se predica el evangelio en las palabras del Bautista, se cumple la promesa de Isaías (cfr. Lc. 3, 6; Is. 40, 5), en el cántico de Simeón (Lc. 2, 32; Is. 42,6). La salvación comienza a predicarse en Jerusalén (cfr. Jn. 4, 22; Hch. 3, 25; Gen. 12, 3). Se anuncia la conversión y el perdón de los pecados, y la vida nueva que dona el Resucitado, porque es el autor de la vida (cfr. Hch. 3,15; 5,31). La predicación de todas las naciones se presenta como cumplimiento de las Escrituras, lo mismo podemos afirmar de la pasión y la resurrección. Al tiempo de las promesas sigue, viene su cumplimiento en Cristo, y luego el tiempo de la Iglesia, días hechos de testimonio y misión.

Los apóstoles son testigos de todo eso; son testigos de todos los momentos importantes de la vida de Jesús. Ahora les ofrece la ayuda del Espíritu Santo, promesa que cumplirá una vez que sea glorificado y suba al Padre (cfr. Mt. 28, 18; Jn. 15,26; Joel 3,1-5; Hch. 2, 16-21). El mismo Espíritu que ungió a Jesús ahora también ungirá a los apóstoles; será el tiempo de la Iglesia, es decir, del Espíritu (cfr. Hch. 10, 38; 2, 33). Los apóstoles deberán esperar al Espíritu Santo, establecerse en la ciudad, permanecer reflexionando y meditando, perseverar en la oración con María, la madre de Jesús  (cfr. Hch. 10, 39; Hch.1, 14). Jerusalén será la sede donde los apóstoles serán revestidos de lo alto, la fuerza del Espíritu Santo.

Cerca de Betania, camino del desierto, cerca de Jerusalén, sobre el monte de los Olivos. Desde ahí salió el Mesías glorioso a cumplir con su destino de muerte y resurrección, hacia Jerusalén; esta era la ciudad para que Cristo Jesús subiera a la gloria   del Padre y para enviar el Espíritu Santo (cfr. Lc. 19, 28-38; Hch. 1, 12). Jesús bendice en forma solemne a sus apóstoles, como un sumo sacerdote (cfr. Eclo.  50,22); se despide para subir al cielo, en ÉL serán benditas todas las naciones (cfr. Hch. 3, 25). En su Ascensión al cielo, la atención se fija en la despedida, terminaron las apariciones del Resucitado, sus días entre los hombres concluyeron, todas las peregrinaciones de Jesús han llegado a su meta: sube al cielo. El Resucitado vive a la derecha del Padre, pero volverá.

Los apóstoles se despiden de Jesús postrados ante ÉL para recibir su bendición. Vuelven a Jerusalén, cumplen la última voluntad de Jesús. Su alegría y gozo es preludio del regreso del Señor Jesús. En su entrada en Jerusalén, Jesús tomó el templo para sí, era su casa, con lo que echó los cimientos de la comunidad eclesial (cfr. Lc. 19, 45). El templo seguirá siendo lugar de oración, de la comunidad de la Ascensión de  y de Pentecostés (cfr. Hch. 2, 46; 3, 1; 5, 12. 20; 4,2). Lucas, termina su evangelio, con los discípulos en el templo, bendiciendo a Dios, porque, había sido bendecida por el sacerdote Cristo Jesús, la alabanza de la Iglesia es su excelsa correspondencia a su eterna bendición. Comienza la alabanza incesante de la Iglesia a Dios, porque en ella reside la fuente de la salvación para el mundo entero.


LUNES

Lecturas

a.- Hch. 19,1-8: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo?

b.- Jn.16, 29-33: Tened valor: Yo he vencido al mundo.

 

Este pasaje de los Hechos deja al descubierto que existían cristianos que habían sido bautizados con el bautismo de Juan, como en el caso de Apolo (cfr. Hch. 18, 25). A diferencia de aquel, éstos no están vinculados a ninguna sinagoga ni tampoco comunidad cristiana, no han oído hablar del Espíritu Santo, en cambio, Apolo fue descrito como hombre lleno del Espíritu Santo (v. 8; cfr. Hch. 18,27; 18. 25. 27). Vemos cómo en las comunidades había hombres y mujeres que todavía no eran plenamente cristianos, puesto que eran discípulos del Bautista y de Jesús. Es evidente que la predicación de Juan llegó a la diáspora y estos discípulos del Bautista, oyeron hablar de Jesús y lo aceptaron luego a Jesús como Mesías, pero se ve que les faltaba una mayor formación acerca del misterio y la persona del Maestro de Nazaret. Necesitaban recibir el Bautismo de Jesús para ser verdaderos cristianos dentro de la Iglesia. Es Pablo, quien los bautiza y por la imposición de manos, reciben el Espíritu Santo quedando incorporados en la naciente comunidad de Éfeso. Afirmar Pablo, que el Bautismo de Juan era de penitencia y conversión, lo refiere inmediatamente a Jesús, es decir, la auténtica conversión supone la confesión de  fe en Jesús, para convertirse en cristiano. La imposición de manos llevada a cabo por Pablo, recuerda la praxis común que tenía los apóstoles al respecto y cómo Pedro y Juan impusieron las manos a los que habían abrazado la fe (cfr. Hch. 8,17). Si bien Pablo, tiene la misma categoría que Pedro y los demás apóstoles, él por humildad, reserva ese título sólo para los Doce. Finalmente los recién bautizados, recibieron el don de lenguas y profecía (v. 6). Vemos el éxito que tuvo Pablo, en esas jornadas misioneras en Éfeso.

El evangelio nos presenta un momento de claridad entre los discípulos respecto a los discursos de Jesús, que hasta el momento no habían comprendido. Ahora los discípulos comprenden a Jesús, porque además hablaba con mayor claridad (cfr. Jn. 14-16), influenciados ciertamente por la luz de la Pascua que se avecina y la luz del Espíritu que brilla en la nueva comunidad. La mayor claridad de las palabras de Jesús, implica una mayor aceptación del Revelador, el enviado del Padre. Aceptación hecha por fe, pero al mismo tiempo, con la certeza que la palabra de Dios concede al creyente. Sólo a la luz de la fe, la vida eterna es presente, lo mismo que la fe de los discípulos es presentada como un saber y creer (cfr. Jn. 6, 69). Jesús, lo sabe todo, es un saber que comunica a los suyos, como enviado del Padre, responde las inquietudes de los hombres. La pregunta de Jesús: “Ahora creéis” (v.31), parece más bien un confirmar la desconfianza en una fe parcial, ya que la fe completa está unida al misterio de la hora de Jesús, es decir, a su muerte y resurrección. La auténtica fe, está unida al escándalo de la Cruz, de ahí que cuando se anunció este escándalo, los apóstoles se dispersaron y abandonaron a Jesús (v. 32), pero el Hijo no está sólo porque el Padre siempre está con ÉL. Los creyentes muchas veces dejan a Jesús, se refugian en el mundo, dando la impresión que el vencedor del momento fuera Satanás, como príncipe de este mundo. El único vencedor es Jesús, porque realmente jamás está solo, el Padre está con ÉL, porque ni Jesús ni el Padre pueden ser vencidos. El anuncio de abandono de Jesús, por parte de los discípulos, es para que tengan paz en ÉL. Cosas de la fe. Junto al “Creo Señor”, que profesa el creyente, sabe muy bien que, es necesaria la ayuda del Señor: “Aumenta mi fe” (Mc. 9, 24). El fundamento último de la paz del discípulo, nace de la fe en Cristo Jesús, por lo tanto, ÉL es nuestra paz. La certeza de fe del creyente se apoya no en su decisión de creer, sino en Aquel en quien cree firmemente. Necesitamos conocer cada vez más a Jesús, como los apóstoles, escucharle, para que nuestro saber hunda sus raíces en Aquel que el Padre no envió para nuestra salvación. Que la Cruz no sea escándalo para nosotros, no dejemos solo a Jesús, siempre nos necesita, mejor dicho, somos nosotros quienes le necesitamos siempre.  


MARTES

Lecturas

a.-Hch. 20,17-27: Pablo habla a los presbíteros de Éfeso.

b.- Jn. 17, 1-11: Padre, glorifica a tu Hijo.

 

Los Hechos nos presenta el discurso de Pablo en Mileto, a los presbíteros de esa comunidad. Es la despedida del apóstol, luego de toda una tarea evangelizadora a modo de síntesis. La primera parte  habla de su pasado, actividad en Éfeso; la segunda se refiere al presente, está encadenado; la tercera anuncia su muerte y la cuarta, habla del futuro de la Iglesia y las doctrinas erróneas que vendrán. Denominador común en el discurso es el la ejemplaridad de Pablo, es decir, tiene un fundamento real la misma vida del apóstol que conocemos por sus cartas, es un ejemplo a imitar (cfr.1 Cor. 4, 16; 11,1; Gál. 4, 12; 2 Cor. 3, 1). Pablo, termina su actividad pastoral en libertad, tal como lo presenta Lucas, es el misionero ideal y responsable excepcional de la comunidad cristiana.  La vida apostólica de Pablo es un servicio continuo al Señor, con una humildad  admirable, reconocida o no, es el que derrama lágrimas por sus preocupación pastoral, sufriendo en sí los dolores de Cristo, mientras los judíos trabajan en contra de la tarea apostólica de Pablo (cfr. Gál. 1, 10; Flp. 1,1; 2, 22; 2 Cor. 11,7; Flp. 4, 12; 2 Cor. 2,4; Gál. 4, 19-20; 2 Cor. 1,5; Col. 1,24).   El centro de su predicación era la conversión y creer en Jesucristo y todo eso por fidelidad al ministerio recibido: dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios (vv. 21. 24). El evangelio lo presenta Pablo con muchas denominaciones pero con un denominador común: palabra de Dios. Palabra de la gracia, evangelio de la gracia, palabra de salud (cfr. v. 24; Hch. 14, 3; 20,24; 13,26).

También es palabra del reino, palabra de la cruz, palabra de reconciliación, palabra de verdad, palabra de vida (cfr. Mt. 13, 19; 1Cor. 1, 18; 2 Cor. 5,19; Ef. 1, 13).

El evangelio nos presenta el comienzo de la oración sacerdotal de Jesús. Su oración tiene como trasfondo lo que vendrá la pasión, muerte y resurrección, pero sin mención de tristeza alguna, ya que para Juan, el Maestro comienza su glorificación desde el comienzo de  su pasión. Llegada su hora pide al Padre que le devuelva la gloria que tenía, para poder glorificarlo a ÉL. En su pasión Cristo es Señor, Rey soberano, autoridad; la manifestación de gloria que pide al Padre, es para poder dar vida eterna a los que crean en ÉL. Juan define al cristiano como aquel que conoce al Hijo del Hombre, quien en vida humilde y su entrega a la muerte y resurrección está constituido en Señor; el que descubre que en la pasión comenzó su exaltación y glorificación; quien ve en Jesús al Padre y acepta el nuevo estilo de vida, vida eterna. El Hijo a glorificado al Padre, realizando de forma perfecta la misión que le encomendó, es ahora, en el momento sublime del Calvario, lo glorifique y que su Padre le devuelva la gloria que tenía antes de la creación del mundo (cfr. Jn.1,1). Esta gloria al Padre ha consistido en darlo a conocer a los hombres, han aceptado la palabra que les ha comunicado de su parte, en forma obediente y responsable ese mensaje. Toda la enseñanza, procede en definitiva del Padre, el mismo procede como enviado del Padre. Han creído en su misión y origen. Finalmente, ruega por los discípulos, no por el mundo, sino por aquellos que llevarán a cabo la gran misión evangelizadora en el mundo. Como ÉL, los discípulos son de arriba y de abajo, es decir, están en el mundo perteneciendo al de arriba, al cielo.    


MIERCOLES

Lecturas

a.- Hch. 20, 28-38: Despedida de los presbíteros de Efeso.

b.- Jn. 17, 6. 11-19: Padre, santifícalos en la verdad.

 

En este discurso Pablo pide a los presbíteros celo, humildad y renuncia al egoísmo. El deseo implícito de Pablo es traspasar su responsabilidad y ejemplaridad de vida en la fundación y gobierno de las comunidades a los presbíteros de la Iglesia. Dios los llamó para apacentar el rebaño de su Hijo que adquirió con su muerte y resurrección. Es el Espíritu Santo el responsable de la elección de los dirigentes de las comunidades (cfr. Hch. 13, 1). Si bien la imagen del rebaño es conocida en el AT, en el Nuevo, es la comunidad cristiana, el nuevo rebaño del Señor Jesús (cfr. Lc. 15,4; Jn. 10; 1 Pe. 2, 25). Luego ese título pasará a los apóstoles y más tarde a los encargados por la comunidad local (cfr. Jn. 21, 15-17; 1 Cor. 9,7; 1 Pe. 5, 2-3). La Iglesia les ha sido confiada por Cristo, no son sus amos o dueños, Él la adquirió con su propia sangre, esta es la razón de la redención y origen de la comunidad eclesial. Pablo, advierte la no culpa en los desvíos doctrinales que puedan sufrir como comunidad, porque los peligros provienen del exterior y del interior, persecuciones y herejías. Su trabajó consistió en predicar, se ganó el pan con la labor de sus manos, no fue gravoso para nadie; fue humilde en el trato y en la presentación de la doctrina en forma pública y en las casas. ÉL representa a la Iglesia apostólica y legítima de Cristo, cosa que los maestros gnósticos que se habían infiltrado, también en el judaísmo, no pueden invocar.  Los presbíteros deben ser como Pablo, un soporte para la comunidad en lo doctrinal y en lo pastoral para sus comunidades, evitando la dispersión y la herejía (v. 28. 31).  Si bien los responsables son los dirigentes, es Dios quien debe velar por ellos. ÉL debe continuar la obra comenzada por ellos con la recepción de la palabra de  gracia divina que les ha confiado y el cuidado pastoral. La gracia es la actualización de la obra de Dios realizada en Cristo dentro de la comunidad eclesial, que edifica al creyente y a la propia Iglesia. Santificados son los creyentes, familia de Dios, con derecho a la herencia prometida desde antiguo (cfr. Dt. 33, 3-4). Finalmente, Pablo nos comunica que conoce la palabra de Jesús mientras estaba vivo, y no sólo la conocía sino la seguía. Por primera vez Lucas, relaciona a Pablo con la predicación terrena de Jesús, es decir, no sólo lo vio Resucitado, sino que conoce su predicación: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (v. 35). Con una palabra, no suya, sino de Jesús, Pablo se despide de la comunidad. Palabra que suena a bienaventuranza, que beatifica no actitudes sino directamente a las personas. Quien la pone en práctica, da generosamente, libre de todo egoísmo, sólo por amor, vive la nueva condición de hijos de Dios.

Seguimos en la oración sacerdotal de Jesús al Padre. En este pasaje del evangelio Jesús, pide la protección del Padre para sus discípulos y para los que creerán en ÉL en el futuro. La idea es que los proteja de todo aquello que los pudiera hacer desistir de su fe y de la vida nueva de cristianos, no del sufrimiento y la muerte (v. 11). El nombre de Dios, significa su manifestación, el mismo Jesús, es ahora manifestación del poder de ese nombre de Dios en la tierra. Por esa manifestación del nombre de Dios, quiere que sus discípulos sean protegidos de no perder la fe; otra manifestación del Nombre de Dios es la del amor. El nombre de Dios es amor, lo que pide Jesús, es que se mantengan en el amor mutuo, amor que los hace partícipes a los hombres de la misma comunión que existe entre el Padre y el Hijo. La unidad de la Iglesia debe ser manifestación de este amor trinitario.

Durante el ejercicio de su ministerio, Jesús, los cuidó y protegió a aquellos que el Padre le confió, excepto el hijo de la perdición, o sea Judas, el que lo traicionó.  En el evangelio de Juan, este hijo de la perdición representa el mal (Jn. 2, 3; 13, 18). Ahora, se presenta el ministerio terreno de Jesús y el que  vivirán los apóstoles en el futuro, porque ÉL vuelve al Padre, luego de su misterio pascual. Esta última parte la vivirán en la tristeza, por la partida de Jesús, pero también en la alegría de saber que ÉL es el enviado del Padre que les ha comunicado la palabra de la vida, es decir el evangelio. Si bien Jesús vuelve al Padre, luego de su resurrección, los discípulos deberán permanecer en el mundo, para dar frutos de santidad en favor del testimonio de la fe recibida. El riesgo que tienen los discípulos es precisamente perder la fe, en medio de un mundo, dominado por el demonio, de ahí que Jesús insiste en su oración al Padre: líbralos del mal.  Ser santificados en la verdad, equivale a consagrar a los discípulos en la verdad para que realicen la misión de evangelizar en medio del mundo. Pero no lo podrán realizar sino desde la palabra que Jesús les ha comunicado. La santificación  que Jesús quiere para sus discípulos es en la verdad que Él les enseñó con su palabras y obras. La santificación, en definitiva, de los discípulos comienza con el misterio pascual de muerte y resurrección de Jesucristo, entrega total que hace de su existencia al Padre por la redención de la  humanidad, cuyo resultado es la misión que ahora ellos deben realizar de cara a la sociedad actual.


JUEVES

Lecturas

a.-Hch. 22, 30; 23, 6-11: Pablo ante sanedrín.

b.- Jn. 17, 20-26: Padre, que sean uno con nosotros.

 

Este pasaje de los Hechos, nos describen con lujo de detalles la presencia de Pablo ante el Sanedrín. Inteligentemente Pablo provoca la división entre el auditorio, compuesto en su mayoría por fariseos y saduceos, mencionando el tema de la resurrección, los primeros se ponen a favor del acusado, los otros en su contra, hasta el punto que el tribuno, por salvar a Pablo de la muerte, lo envía a la prisión. En un punto estaban de acuerdo ambas facciones, la intangibilidad de la Ley de Moisés, por lo tanto, en cuanto a la interpretación que hacía Pablo  estaban en total desacuerdo. La intención de Lucas, es más que narrar un hecho histórico, que no niega, pretende personalizar la justificación del cristianismo y el sinsentido del judaísmo. En otras palabras Pablo fue acusado injustamente ante las autoridades judías. También hay que considerar que Lucas, si bien nos presenta estas discusiones entre cristianos y judíos, no olvida, que por otra parte, es la resurrección un punto de común acuerdo, al menos con los fariseos. Hay una esperanza común entre el judaísmo y el cristianismo, ahora si ellos son fieles a su fe, deberían aceptar a Jesús como mesías y su resurrección. El problema es que  niegan esas verdades en la persona de Jesús y en sus representantes, por lo mismo no son fieles a su credo. 

Meditamos la última parte de la oración sacerdotal de Jesús. Ruega por todos aquellos que creerán en ÉL en el futuro por medio de la palabra de los apóstoles. Es una clara petición por todos los creyentes, para los cuales también pide la unidad; comunión entre ellos, un reflejo de la existe entre el Padre y el Hijo, pero también es participación en su vida divina. Así como el Padre está en Jesús, así los creyentes debes estar en ellos, para que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre. Vínculo de esta unidad es el amor, la única forma humana de estar en el otro; amor y obediencia para hacer la voluntad del Padre. La gloria de Dios es Dios mismo cuando se manifiesta, ahora se ha manifestado en Cristo, y les comunica esa gloria a los discípulos; Dios vive en ellos, como Cristo vive en sus discípulos, se crea la unidad y la inhabitación divina en el hombre. El mundo creerá en Cristo cuando sus discípulos vivan en unidad, la  fe y el amor, cercanos al hombre y a la sociedad donde comparten alegrías y penas. Los hombres podrán ver la gloria de Cristo, en cuanto los discípulos no decaigan en su fe, participación eficaz en su gloria y en la filiación divina. El Padre justo, lo han conocido los apóstoles, porque han estado cerca del que ÉL ha enviado como su Revelador. El evangelista trata de revelarnos la transformación del hombre que acepta a Jesús, como venido del cielo y que se hace presente en sus discípulos por medio de su muerte y resurrección. Es Dios, hecho hombre, que irrumpe en la vida del creyente, para que pueda tener experiencia de lo divino en su existencia diaria, a través del misterio de Cristo Jesús. Quiere que donde está ÉL estén también los suyos para que contemplen su gloria  su amor los acompañe siempre (v. 26).  El cristiano está llamado a vivir esta intimidad divina.


VIERNES

Lecturas

a.- Hch. 25, 13-21: Pablo ante el rey Agripa.

b.- Jn. 21, 15-19: Simón, ¿me amas? Apacienta mis ovejas.

 

Nos encontramos con Pablo encarcelado en Cesaréa, frente a Porcio Festo nuevo procurador,  que sucedió a Félix, y sus enemigos los judíos que quieren condenar a muerte al acusado. El nuevo procurador, hombre apegado a ley romana, dice que no puede condenar a nadie sin tener derecho a defenderse, a tener un juicio. Vistas las partes en el juicio, Festo no  condena a Pablo porque no ve motivos para ello, al menos lo que exponen los judíos, no son motivos para ser castigado de muerte. Las acusaciones  trataban sobre un cierto Jesús, ya muerto, pero que Pablo, afirmaba que estaba vivo (v.19); en otras palabras, las acusaciones eran de carácter religioso. Lo mismo había afirmado Claudio Lisias (cfr. Hch. 23, 39). Festo ve que todo eso no es de su competencia, sugiere a Pablo si quiere ir a Jerusalén, para que alguien de las autoridades judías pueda dar informes y así poder dar sentencia con mayor fundamento. Como Pablo ya había apelado al César, debía ser custodiado, hasta ser llevado a Roma (cfr. Hch. 25,11). La intención de Lucas, es demostrar la inocencia de Pablo y el movimiento cristiano; no contradicen en nada las leyes de orden público romano. En ese juicio el tema era la resurrección de Jesucristo, tema que escapa al orden civil y público de Roma, por lo mismo el procurador dilató el juicio sobre Pablo.    

El evangelista nos presenta un interrogatorio de Jesús a Pedro, luego de la pesca milagrosa. La pregunta es: “Simón, Simón ¿me ama más que estos?” (v. 15). La idea de Jesús, es preguntarle a Pedro si lo ama con el mismo amor que él predicó durante su vida pública y sobre todo en la noche de la  última cena, si lo ama más que el resto de los discípulos. Pedro, lo quiere, lo siente, sabe que es su amigo. A la tercera pregunta, Jesús quiere profundizar esa amistad, recordarle sus negaciones,  Pedro no duda, y le confiesa su amor desde el conocimiento que Jesús tiene de él. Como a un amigo, Jesús le confía el cuidado de su rebaño y de sus ovejas, es decir, la totalidad del rebaño. Deberá darles alimento y guiarlos es decir, dar la vida por el rebaño y luz para el camino. Y como su amigo dará gloria a Dios, como ÉL, muriendo en la Cruz. Jesús anuncia a Pedro no sólo que lo “atarán” y lo harán prisionero sino que “extenderá las manos”, lo que podría evocar la crucifixión que sufrirá Pedro al final de sus días (v. 18). La triple confesión de amor ha superado la triple negación. Ahora Pedro está en condiciones espirituales para poder seguir a Jesús, de ahí la llamada a seguirle que le hace, con la misma fuerza, con que lo llamó la primera vez (cfr. Jn. 1, 42). A Pedro se le confía la Iglesia que deberá guiar movido por el Espíritu Santo porque Jesús lo amaba y encontró en él una respuesta de amor. Si Jesús nos hiciera esa pregunta cuál sería nuestra respuesta. Para que se acreciente nuestro amor al Señor, debemos cultivar una exquisita amistad con Él, por medio de la escucha de su palabra, la recepción de la Eucaristía, poner por obra su evangelio de gracia y salvación. La Iglesia, necesita el testimonio de amor y fidelidad a Jesucristo en cada uno de sus hijos para sentirnos verdaderos discípulos, amigos de Cristo, dispuestos como ÉL a dar la vida por el prójimo.  


SABADO

Lecturas

a.- Hch. 28,16-20.30-31: San Pablo en Roma.

b.- Jn. 21, 19-25: El discípulo amado.

 

Llegado a Roma, Pablo reúne a los judíos de la ciudad, le informan que no han llegado noticias de Jerusalén sobre él; les informa de su proceso, como fue acusado de conspirar contra el pueblo y las costumbres religiosas de sus padres, lo que es completamente falso; tuvo que apelar al César porque cuando las autoridades romanas quisieron liberar, lo judíos se opusieron. Lucas, con esto nos quiere hacer creer que el proceso de Pablo, se debe principalmente a querer mantenerse fiel a la esperanza de Israel.  Otro día les predicó acerca del Reino de Dios, de Jesús, basándose en la Ley y en los Profetas, unos aceptaron el mensaje, otros lo rechazaron, pero Pablo deja en claro que este endurecimiento de los corazones había sido anunciado por boca del profeta: “Ve a encontrar a este pueblo y dile: Escucharéis bien, pero no entenderéis,  miraréis bien, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, y con sus oídos oigan, y con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los cure.  Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán.” (vv. 26-28; cfr. Is. 6,9-10). El autor de los Hechos culmina el viaje de Pablo en Roma, porque con ellos quiere coronar la carrera de un hombre de Dios, que a pesar de llevar cadenas, no deja de predicar en evangelio. Su presencia en Roma es como la síntesis de toda su obra: la misión entre los gentiles, sufrir las maquinaciones de los judíos y el evangelio que en la persona de Pablo, ha recorrido un camino de dolor y gloria, desde Cesaréa a Roma. Es el hombre de Dios que encadenado, sigue predicando el evangelio, cumpliéndose las palabras del resucitado: “Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra” (Hch.1, 8). Luego de los dos años de libertad vigilada, seguramente Pablo, fue liberado de esa primera cautividad romana. Luego de alcanzar la libertad, pudo realizar su viaje a España y más tarde, después de realizar nuevas labores misioneras, sufrió una segunda cautividad romana culminando su vida con el martirio.    

El autor del evangelio, nos presenta al discípulo amado como el ideal del discípulo que siempre siguió a Jesús (v. 20). Pedro,  ahora se interesa por Juan, si él como amigo de Jesús, se le anuncia el martirio, cuál será el final de Juan, el discípulo amado. Jesús no responde esas curiosidades, sólo le señala que lo único que le ha de importar al cristiano es el seguimiento de ÉL, los detalles se los reserva, queda en sus manos; ÉL tiene cuidado de todos sus discípulos. A Pedro por segunda vez le señala: “Tú sígueme” (v.22; cfr. Jn. 21,19). Algunos apoyándose en las palabras de Jesús, pensaron que Juan no moriría, pero el autor, aclara que Jesús no quiso decir eso. Cuando murió el apóstol, ciertamente en la comunidad causó gran conmoción, en el sentido que esperaban que estuviera vivo para cuando viniera el Señor Jesús. De ahí la necesidad de aclarar la sentencia de Jesús (v. 21), por lo mismo, la comunidad joánica, añade una nueva conclusión del evangelio. Al testimonio de Pedro, se añade el del discípulo amado, quien da testimonio del contenido de este evangelio, porque él lo escribió. El “nosotros” que da testimonio que todo lo escrito es verdad, revela la intervención de la comunidad cristiana que nació en torno a la palabra del discípulo que Jesús amaba. La comunidad confirma que el evangelio es del apóstol Juan. La Iglesia teniendo en alta estima este evangelio nos invita, a que como Juan, dejemos que Jesús escriba su evangelio en la vida de cada uno de  los discípulos que se sienten amados por ÉL.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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