PASCUA

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Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

CICLO C 2010

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

TERCERA SEMANA DE PASCUA

CICLO C

 

 


DOMINGO

Lecturas:

a.-Hch. 2, 14. 22-28: No era posible que la muerte dominará a Jesús

b.- 1Pe. 1, 17-21: Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo.

c.- Jn. 21,1-19: ¡Es el Señor! Simón, ¿me amas?

 

Este es el segundo discurso de Pedro a los judíos. Presenta a Jesús como acreditado por Dios, respaldado por ÉL para realizar milagros prodigios y signos en medio del pueblo; el mismo que fue entregado en manos de los impíos y que fue clavado en una cruz y muerto, a este Dios lo resucitó, no podía quedar atrapado en los lazos de la muerte, ni conocer la corrupción, porque conoció el camino de la vida (cfr. Sal. 16, 8-11). Con la resurrección de Jesús han llegado los últimos tiempos. Si bien Jesús tiene la legitimación divina, parece contradecirse con la muerte en cruz. Pero todo hay que decirlo: la muerte de Jesús estaba dentro del plan de Dios Padre, anunciado por las Escrituras, su resurrección supera el escándalo de la cruz.

El apóstol Pedro nos presenta en forma dinámica el pasado, el presente y el futuro de la revelación en Cristo. Es desde el presente que establecemos una relación filial con Dios, fruto de la revelación hecha por Jesús y la acción del Espíritu Santo en el espíritu del creyente (cfr. Rom. 8, 15). Todo este presente, hunde sus raíces en el pasado, en la obra realzada por Cristo, a favor nuestro. Alto fue el precio que pagó por nuestra redención que vivió Israel al ser liberado de la servidumbre en Egipto y en Babilonia. Ahora se trata de nuestra redención del pecado, el mal y la muerte eterna, cuyo precio pagó Dios en Cristo, derramando  su sangre como Cordero inmaculado. La respuesta del cristiano es una vida moral digna para corresponder al precio que se pagó por su rescate. La sangre de Cristo derramada trajo la paz entre Dios y los hombres; su sangre compra el rescate, la redención de la humanidad. Es el sacrificio perfecto de Cristo Cordero inmolado por los pecados del mundo. Este Cordero había sido predestinado desde toda la eternidad para llevar a cabo este sacrificio. Predestinado y manifestado en el tiempo desde la Encarnación (cfr. 1Tim. 3, 16). Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y lo glorificó, con lo que se demuestra que Dios está a nuestro favor, cimiento de nuestra fe y esperanza; para eso lo resucitó Dios Padre para que en ÉL pongamos nuestra fe y esperanza. De ahí que nuestro camino sea hacia ese futuro de vida eterna.

En el evangelio el protagonismo lo tiene en forma indiscutible Simón Pedro, luego de Jesús Resucitado. Encontramos una aparición a los discípulos y luego un diálogo del Resucitado con Pedro. En cada una de estas escenas encontramos dos temas: la pesca y la comida. Mientras que en el diálogo con Pedro recibe el encargo de la misión pastoral y su futuro martirio en Roma. Esta es la tercera aparición de Jesús Resucitado: esta vez en las orillas del lago de Galilea. Es reconocido por Juan, quien se lo comunica a Pedro. Luego de no haber pescado nada echan las redes a la derecha de la barca, por mandato de Jesús y obtienen una gran pesca, símbolo de la futura misión universal de la Iglesia. Ellos habían sido constituidos, pescadores de hombres. A la pesca siguió una cena en clave eucarística: “Venid y comed” (v. 12), preparada por el propio Jesús, con peces y pan. El gesto de tomar el pan en sus manos, lo mismo con el pecado y repartirlo, recuerda la multiplicación de los panes y los peces, lo mismo que en la última Cena y en la casa de Emaús. Qué bien queda descrito cómo Jesús, prepara un banquete para el cristiano. El otro momento, es la triple confesión de amor y de fidelidad a Cristo Jesús, que hace Pedro, luego que Jesús, le pregunta si lo ama. Esta es la gran rehabilitación de Pedro, después que lo negara en la Pasión. A cada pregunta respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero” (vv. 15-17). Pedro, pasó el examen de amor, para ser vicario de Cristo en el pueblo que le fue confiado. Le anuncia su futuro testimonio de amor en el martirio, con lo que Pedro sellará su vida dedicada a la predicación y servicio al prójimo. La comunidad eclesial deberá apostar por toda causa justa, servicio a la verdad, a la libertad, al progreso humano y social, sufriendo y padeciendo por el evangelio, como todos los apóstoles y mártires, que beben el mismo cáliz de Jesús. Este es el testimonio que la Iglesia y la sociedad necesitan con urgencia.


LUNES

Lecturas

a.- Hch. 6, 8-15: Prisión del diácono Esteban.

b.- Jn. 6, 22-29: La obra que Dios quiere: creer en su enviado.

 

El autor de los Hechos fija su atención en Esteban uno de los siete diáconos. Es acusado de predicar contra Moisés y Yahvé, contra el lugar santo y la Ley y que Jesús destruiría el templo (cfr. Mc. 14, 58; Jn. 2, 19ss) y cambiaría las costumbres que les había transmitido Moisés (vv.11.13-14). La acusación viene de los miembros de la  sinagoga de los Libertos ante el Sanedrín; Esteban, en cierto modo, revive la pasión de Cristo en su vida, con incluso, el mismo procedimiento que usaron los judíos contra Jesús: falsos testimonios, calumnias, el pueblo que se levanta contra él.  Terminada la acusación la mirada airada de los miembros del Sanedrín, esperaban una respuesta, de aquel que ponía en duda lo que ellos consideraban más sagrado: Esteban se había convertido, como Jesús, en un peligro de la identidad judía. Los miembros del Sanedrín contemplaron la gloria de Dios reflejada en el rostro de Esteban, favor concedido a los testigos escogidos, para anunciar la obra de Yahvé: la Resurrección de Jesucristo. (cfr. Mt. 17, 2; Ex. 34, 29ss).

El evangelista Juan, nos quiere comunicar cómo luego de la multiplicación de los panes, la gente busca a Jesús irresistiblemente, pero no porque crean en ÉL, sino más bien por curiosidad, por hambre, en todo caso, no es el seguimiento que exige Jesús, el de ellos. El signo apuntaba hacia una realidad más profunda que la muchedumbre no comprendió. Debían buscar el pan imperecedero, la eucaristía (v.23). Jesús habla de este pan, “alimento que permanece para la vida eterna” (v. 27). El que coma de ese alimento tendrá un juicio favorable en el último día y la vida eterna que daré el Hijo del Hombre, sellado por Dios, es decir, legitimado por Dios (cfr. Dn.7). Es el alimento que produce vida eterna y que ÉL les ofrece, anunciado por el maná del Éxodo, pan bajado del cielo, que es Cristo, don del Padre.  La gente pregunta: ¿Qué obra de Dios, han de realizar? Sólo una cosa: Creer en Aquel que el Padre ha enviado (v. 29). Si el Hijo ha venido con el sello divino, la obra salvífica de Dios, exige del hombre es creer, la fe. Aceptar la obra realizada por Dios en Cristo Jesús, eso es lo que hay que reconocer. Se llega a Jesús, por la fuerza de atracción que realiza el Padre en el interior de cada hombre y la adhesión que provoca en quien contemple a Cristo, obra de su amoroso poder. Quien se une a Cristo Jesús no conocerá la muerte, sino la vida eterna.


MARTES

Lecturas

a.-Hch. 7, 51-59; 8,1: Martirio de San Esteban.

b.- Jn. 6, 30-35: Mi Padre os da el verdadero pan del cielo.

 

El encendido discurso de Esteban, destaca las infidelidades del pueblo de Israel para con Dios, rechazo de su palabra. Persiguieron a los profetas hasta morir mártires, y ahora, cargan con la culpa de la muerte de Jesucristo, Justo (cfr. Jn. 3, 14: Sap. 2,10ss), es decir, al Mesías, el Siervo sufriente (cfr. Jn. 3, 14; Sab. 2,10ss).  La Ley había sido por Yahvé a Moisés, pero Israel, la rechazó con su infidelidad, por lo mismo rechazó al Mesías a quien conducía esta expresión de la voluntad divina. Por lo que venía a decir que la Ley y el templo habían sido superados. Las palabras de Esteban en contra del Sanedrín era una crítica muy dura para sus oídos, para sus conciencias, rechinaban sus dientes de ira (v. 54). El colmo fue cuando dice ver al Hijo del Hombre, sentado a la derecha de Dios (v. 56), palabras insoportables a sus oídos. Era como si Esteban afirmara que había tenido una epifanía, Dios aprobaba sus palabras, que los cristianos, sus hermanos, estaban en vías de salvación, mientras ellos permanecían resistiendo a la voluntad de Dios. El Sanedrín escuchas las palabras de Esteban como una blasfemia, el acusado se convierte en un acusador de los mismos que habían condenado de Jesús. Lo sacan fuera de la ciudad y Esteban muere lapidado, como testigo de Jesús. Pablo, cuida los vestidos de aquellos que lanzan las piedras o sea ejecutan la sentencia. Esteban ora con la sabiduría de los salmos  y la dirige a Jesús, como centro gravitacional del creyente en el momento de la muerte, con la certeza de saber que Jesús ha sido exaltado a la diestra del Padre. Si la semejanza no fuera poca con la Pasión de Jesucristo, el diácono Esteban, entrega su espíritu perdonando a sus enemigos. Se cumplen las palabras de Jesús pronunciadas durante su Pasión, que desde ese momento estaría sentado a la derecha del poder de Dios.  (cfr. Lc. 22,69).

Juan, nos presenta en el evangelio, la reacción de la gente: la obra que Dios que hagan es creer en su Enviado, esto quiere decir, aceptar su Persona, su Palabra, fe. “¿Qué estaría justificando estas exigencias de Jesús? Si se presenta como un profeta al estilo de Moisés, debe realizar signos parecidos a los que él realizó. Le señalan el maná que sus padres comieron, como un signo venido del cielo, asociado a la pascua. Todo eso ya está cumplido: ÉL es el pan de Dios bajado del cielo. Pero atentos, que no fue Moisés, quien les dio el pan del cielo sino su Padre que está en los cielos. Moisés, les dio un pan perecedero, pan sobrenatural, si se quiere, pero que saciaba sólo el hambre natural. Jesús ofrece algo más, satisfacer todas las apetencias y exigencias existenciales del hombre. Jesús ofrece pan de vida eterna, que quita toda hambre. Venir a ÉL para saciarse, está muy ligado al tema de la fe, venir a ÉL es signo de creer en ÉL. La gente comprendió que ese pan era el verdadero, el que necesitaban, de ahí la exclamación: “Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.” (vv. 34-35). Este es el pan de Dios para el hombre que crea. Acercarse en la liturgia eucarística a recibir este pan de vida eterna, es para crecer en comunión con Dios Padre y con el prójimo que tenemos ahí a nuestro lado, compartiendo el mismo banquete preparado por el Señor Resucitado.    


MIERCOLES

Lecturas

a.- Hch. 8,1-8: Persecución contra la Iglesia y predicación de Felipe

b.- Jn. 6, 35-40: El que cree tiene vida eterna.

 

A la muerte de Esteban siguió una persecución contra la Iglesia, sólo los apóstoles permanecieren en Jerusalén, mientras que todos los demás huyeron dispersándose por las regiones de Judea y Samaría (v. 1). Esta persecución debió afectar mayormente a los dirigentes de la sinagoga de los Libertos, los helenistas, grupo más radical, que el de los hebreos de la Diáspora, que quería una ruptura con el judaísmo del templo. El martirio de Esteban, abrió las puertas a los paganos y es Felipe uno de los siete diáconos que comienza su trabajo misional entre los paganos. Tiene los mismos atributos que los apóstoles: predica y hace milagros en Samaría. Este pueblo que era considerado apóstatas y lejos de la salvación, acoge la predicación de Felipe, realiza exorcismos, sana a los enfermos. El texto señala la alegría que llevó Felipe con su predicación y milagros a aquellas gentes; alegría y gozo, frutos de la acción del Espíritu Santo. Samaría como otras ciudades se agrega a la lista de pueblos convertidos al evangelio que en Roma encontrará su cénit, en la mentalidad de Lucas.

Juan continúa presentando el discurso de Jesús sobre el Pan de vida que se refiere a la revelación de su Persona y la revelación que el Padre le mandó comunicarnos. Hay cuatro ideas o temas fundamentales que hay que considerar: Jesús es Pan de vida, todo los que le ha entregado el Padre vendrán a ÉL, como Enviado viene ha hacer la voluntad de su Padre y ésta es que todos los que le ha entregado, alcancen la resurrección en el día final, porque quien crea en el Hijo, tendrá vida eterna. La iniciativa es de Dios, viene al hombre en Jesús de Nazaret,  su respuesta es la fe. Es el Padre quien le entrega todo al Hijo, los hombres y mujeres a salvar, estos recibirán la vida eterna, porque han creído en Jesús, resucitarán en el último día.  La fe es don y compromiso, tarea del hombre que debe decidir: acepta o no acepta a Jesucristo, creer o no creer. Yo soy el pan de vida. Jesús se presenta como el alimento para la vida de los hombres. Es el la revelación del Padre pan de vida que hay que comer en la eucaristía, eternidad aquí y ahora, vida eterna y resurrección vivida en el tiempo camino de la eternidad.


JUEVES

Lecturas

a.- Hch. 8,26-40: Felipe y el etíope.

b.- Jn. 6, 44-51: Yo soy el pan vivo.

 

Los Hechos nos presentan, cómo el evangelio se iba expandiendo más y más, conquistando terrenos vedados hasta hacía poco tiempo. El etíope era un pagano, además por ser eunuco, excluido de la asamblea litúrgica judía (Dt. 23, 1). Quizás era simpatizante de la religión judía, de sus principios religiosos, pero no partícipe de la comunidad judía por su condición, sería el primer pagano admitido en el seno de la Iglesia. Felipe, uno de los siete diáconos, es presentado como evangelista (cfr. Hch. 21,8), predica y obra prodigios. Evangeliza Samaría, muy cercanos a los judíos, por lengua y religión, aunque considerados por éstos como cismáticos y fuera de la salvación.  La obra es del Señor que manda a Felipe a ir hacia el etíope y ponerse en camino. Se ve que el etíope hacía la lectura griega de la Biblia, en concreto del pasaje de Isaías (53,7-8); lo hace en alta voz. Texto difícil, que buscaba comprender quien era la persona dispuesta a realizar a favor del pueblo todo lo que decía la profecía. La Iglesia, aplicó el pasaje a Jesucristo el Señor. Para Felipe, en cambio, es el punto de partida de su trabajo apostólico. Luego de su catequesis y de anunciarle la Buena Nueva de Jesús al etíope germina la pregunta: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (v. 36). Hecha la profesión de fe, es decir, creer en Jesucristo, fue bautizado. Felipe continuó predicando el Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo.

El evangelista nos presenta la clara reacción de los judíos ante la frase de Jesús: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo” (Jn. 6,41). Todos conocen el origen de Jesús. La murmuración del pueblo, recuerda la de los israelitas en el desierto contra Yahvé y su servidor Moisés. Mantiene en el trasfondo el evangelista el tema del maná, el milagro de la multiplicación de los panes y el nuevo tema del pan de vida. La respuesta al origen de Jesús la encontramos cuando nos enseña que es el enviado y revelador del Padre, está en Dios y desde Dios baja para alimentar al hombre (vv.44-46). El mejor camino para conocer a Jesús y su origen es la fe, atraído por el Padre, a dar una respuesta manifestada en la Palabra. Es en la Escritura donde encontramos el comienzo del camino para ser guiados por el Padre hacia su Hijo. Así han hecho los que escudriñan las Escrituras rectamente, escuchan al Padre, son adoctrinados por ÉL. Hay que sentir la atracción de Dios hacia Jesús en la propia existencia para que cese la murmuración. Dios obra y enseña por medio de su Hijo y en lo interior, en el tiempo anunciado por el profeta (cfr. Is. 54,13). Comer el pan de Dios preparado para el hombre, es la etapa final de la historia de la salvación por la venida de Jesús y creer en ÉL, es entrar en esta dinámica de vida nueva que prepara el juicio. Sólo este pan de vida, Jesús, se realiza el proyecto de salvación que Dios tiene para el hombre: sólo ÉL vence la muerte, lo que no hizo el maná, sólo ÉL es el pan vivo que baja del cielo, no el maná, sólo Él comunica vida eterna. Se acentúa el hecho de comer y el asimilar la plenitud de la vida de Jesús  del que se acerca a Jesús. Hoy más que nunca los cristianos necesitamos escuchar a Dios, para aprender, reconocer a su Hijo en su palabra y en la Eucaristía como alimento que sacie el hambre de vida, de Dios, de dignidad humana robada, de verdad y de justicia, de paz y amor que existe como vacío en nuestra sociedad. Muchos creyentes absorbidos por sus ocupaciones al reflexionar un poco, ven que sus fundamentos de fe han sido, sino del todo, corroídos por el materialismo. Unos reaccionan positivamente y vuelven a la fe, otros la abandonan, sin embargo, Dios quiere enseñarnos el camino hacia su Hijo, desde la Escritura.


VIERNES

Lecturas

a.- Hch. 9, 1-20: Conversión de San Pablo.

b.- Jn. 6, 51-59: Mi carne es verdadera comida.

 

La primera lectura nos presenta la conversión de Pablo. Tres veces narra Pablo este encuentro con Cristo Resucitado, lo que habla de su importancia, pero hay que destacar además, que él no sólo lo narra sino que lo afirma: ha visto el Señor (cfr. 9, 1; 15,8; Gál. 1,15). Para Pablo su conversión y vocación fue algo inmediato, en cambio, sabemos que hubo personas que mediaron en este proceso de hacerse cristiano (Gál. 1, 1. 11-12; 9,10). El diálogo que encontramos al comienzo presenta a Jesucristo con la iniciativa, como siempre, llamando al hombre, éste responde, pero es Cristo quien tiene la última palabra. Comunica su voluntad y la misión que le encomienda, Pablo la recibe (cfr. Hch. 9, 4-6; 22,7-10; 26,14-16). La misión que le encomienda al Señor, recreado por Lucas, tiene elementos que describen la vocación y la misión de los grandes profetas de Israel (cfr. Ez.1-2; Jer.1; Is.6), y Jesús se dirige a Pablo como si Yahvé llamara a uno de lo antiguos profetas y ofrece la llamada vocacional. La visión de Pablo y Ananías, hablan a las claras que es Dios quien dirige esta historia de salvación, para este instrumento elegido del Resucitado (cfr. Hch. 9, 10-16). La aparición de Cristo a Pablo transformó toda su existencia, lo encaminó hacia una misión que le fue encomendada por Dios: la conversión de los gentiles.

El evangelista Juan nos presenta un avance respecto a lo que nos viene diciendo sobre el pan de vida. Un primer paso será creer en Jesús, para tener vida eterna, ahora se agrega el hecho que debemos comer su carne (v. 51), para tener el mismo efecto. El protagonismo que hasta ahora como dador del pan de vida, pasa al Hijo, que da a comer su carne y su sangre. Comer en este contexto se refiere a la institución de la Eucaristía; la palabra carne nos relaciona más al momento de la institución, que la palabra cuerpo. Su misma carne es el pan de vida, Jesús habla en futuro, de su muerte, alusión a la Encarnación y la Eucaristía. Queda unido el significado eucarístico con el aspecto sacrificial (cfr. 1 Cor. 11,24; 3, 15-16). Comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, nos habla de un Cristo Dios y Hombre verdadero. La Eucaristía perpetúa el misterio de la Encarnación y de la muerte y Resurrección de Cristo. La vida eterna nos viene de la participación activa, creyente del sacramento: sin fe no hay Eucaristía. Vida eterna y resurrección en el último día (v. 54) nos hablan de una escatología futura y otra presente, la misma que nos viene por la unión al Hijo del Hombre, por la Eucaristía (cfr. 1 Cor. 11, 26; Mc. 14, 25; Lc. 22, 18). Esta vida eterna se obtiene viviendo la comunión con Jesús,  la misma que existe entre el Padre y el Hijo, es decir, comer y beber, su cuerpo y sangre, nos da vida eterna, comunión de amor y conocimiento. 


SABADO

Lecturas

a.-Hch. 9, 31-42: Pedro en sana a un paralítico y resucita a una mujer.

b.- Jn. 6, 60-69: Reacciones al discurso del pan de vida.

 

La primera lectura nos presenta otro de los sumarios, síntesis que usa Lucas para hablarnos de la paz que gozaba la Iglesia en ese momento. Las iglesias se iban multiplicando por el territorio de Judea, Samaria y Galilea, pero más importante era su crecimiento interior, el servicio que prestaban los creyentes al Señor Jesús, Juez de vivos y muertos, como algo esencial de la vida cristiana (cfr. Hch. 10, 42; 17, 31).  Esa paz y tranquilidad daba paso, como la persecución, a una mayor expansión del Evangelio, espacio para la predicación y las obras, fruto de la fe de las personas. Las dos visitas que hace Pedro a Lida y Jope, en Galilea, habían sido evangelizadas antes por el diácono Felipe. Lucas, al narrar estos milagros realizados por Pedro y Pablo en los Hechos deja en claro, que es Jesús quien actúa por medio de su Espíritu, en ellos por la semejanza que encontramos con los realizados por Cristo en los Sinópticos. Pedro sana al paralítico de la misma forma como al comienzo de la narración de los Hechos (cfr. Lc. 5, 17ss). La resurrección de Tabitá, evoca otros milagros realizados por Jesús (cfr. Lc. 8, 40). En ambos casos la reacción de la gente fue una gran adhesión a Jesucristo y a su evangelio.

Las reacciones al discurso de Jesús no se hacen esperar: decepción para unos, escándalo para otros, porque lo entendieron en forma literal. Aparece una vez más la incomprensión tan propia del evangelio de Juan, ante el discurso de Jesús: habla de comer su carne. Pero la reacción y comentarios de la gente acerca de lo duro de su lenguaje (v. 60), conociendo su interior, afirma: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?... «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” (vv. 61-63). Jesús es el Hijo del Hombre, pan de  vida, carne y sangre que comunican vida eterna. Si hace esta entrega es porque es el Hijo del Hombre. Para quien crea, esto no va a ser causa de escándalo, sino que acepta la Palabra de Jesús; se escandaliza quien no conoce realmente a Jesús. El Espíritu es el que da vida, sólo quien posee la plenitud del Espíritu, puede entregar su carne y sangre como alimento y principio de vida eterna.  La pregunta a sus propios discípulos es comprensible: “¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (vv. 67-69). Pedro en nombre de todos los discípulos confirma su adhesión a Jesús, como el Santo de Dios. Las palabras de Pedro son una clara profesión de fe (cfr. Mt. 16, 16). Juan quiere recalcar que sólo después de la Ascensión del Hijo del Hombre a la diestra del Padre, es posible recibir el don de la Eucaristía y la mención del Espíritu Santo se refiere a la fe que se necesita para vislumbrar en la Eucaristía, el cuerpo y la sangre de Jesús, Hijo del Hombre. Sólo la acción del Espíritu hace de la Eucaristía un don del Resucitado para su Iglesia.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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