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CUARTA
SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo
B) Del 5 al 11 de
febrero 2012 Fr. Julio González
Carretti ocd Ir
a los días: a.-
Job.7, 1-4.6-7: Me harto de dar vueltas al alba. Job representa al hombre que busca
la verdad, la plenitud desde el dolor y la desesperanza más profunda de
quien, se siente abandonado de los hombres y de Dios. Paradojalmente, también
ve que su vida pasa pronto y teme la
muerte, pasa de la paciencia a la contestación y rebeldía, sin dejar de ser un gran creyente, mantiene la fe. La
lectura nos presenta parte de la experiencia de vida de Job, quizás la más
amarga. Compara su vida, como la del soldado, cuando presta su servicio, pero
no ve lo heroico de ella, sino el servicio que presta a otros, bajo mando
autoritario, lo mismo dicen las imágenes del mercenario y del esclavo, que
reciben un salario mínimo. Con estas perspectivas, la vida se presenta como
triste, y que lo único que se desea, es que pase pronto. Job, al final de
todo, pareciera tener nostalgia de la vida, quizás desesperanzada, antes de
morir, pide a Dios un espacio de paz, para sus últimos días. Hay que tener en
cuenta, que en el tiempo en que se escribes este libro no se tenía una idea
de vida después de la muerte. La revelación ha sido progresiva de parte de
Dios, por lo tanto, este libro de Job, es un buen testimonio de la conquista
de la verdad, es decir, la colaboración del hombre al descubrimiento del
misterio de Dios y de sí mismo. Job experimenta el desasimiento total, de
bienes materiales, de su entorno social, la incomprensión de su familia,
siente que hasta Dios lo ha abandonado. El dolor de Job, no es sólo personal,
expresa el dolor de los exiliados en el destierro de Babilonia, por la
pérdida de la vida civil y religiosa de sus instituciones, apoyo fundamental
para la comunidad. Job pasa del dolor existencial de la vida que lleva, llega
a incluso a maldecir el día en que nació (cfr. Jb.3, 20-23), a ver que sus días pasan demasiado a prisa,
y se asusta con la llegada de la muerte ( Jb. 7,6-9). Job, lejos de ser un paciente, es un
contestatario, un rebelde, pero al mismo tiempo es un creyente, que habla y
se queja, vive su noche acerca de Dios y su justicia, pero en plena crisis
mantiene la fe. Ahí está Job, aprendiendo a armonizar la tensión: entre la fe
en un Dios justo con el problema del mal en su vida y en su entorno. b.-
1Cor. 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no evangelizo! En esta lectura, Pablo está
respondiendo a las inquietudes de los corintios: les ha hablado acerca de la
carne ofrecida a los ídolos, y de cómo debe la caridad prevalecer sobre usos
y costumbres paganas. Esa misma caridad le ha hecho renunciar a ciertos
derechos que tenía por ser apóstol, lo mismo deben hacer los corintios,
renunciando a ciertos manjares, aunque sean lícitos, pero con el fin, de no
escandalizar a los débiles en la fe. El se declara un hombre libre, un
apóstol de Jesucristo, es más los corintios son el mejor sello de su
apostolado. Luego, para comprender mejor el texto central que meditamos,
habla de sus derechos y de la renuncia que ha hecho, por el bien de las almas
(cfr. 1Cor. 9,3-14; 15-27). ¿A que ha
renunciado? A vivir a expensas de las
comunidades a las que evangeliza, a tener gente a sus servicio, como hacían
los otros apóstoles (vv.5-6: Hch.1,
14; Gal. 1,19). Con ejemplos tomados de la vida normal: el soldado, el
agricultor, el pastor, todos tienen derecho natural de vivir de su trabajo,
también la ley de Moisés así lo establecía (cfr. Dt. 25, 4). La ayuda de los fieles, es una compensación
por los bienes espirituales que el predicador les proporciona (cfr. Rm.15, 27; 2 Cor. 9,
11-14). Finalmente, da otros argumentos de cómo las comunidades deben costear
el trabajo apostólico, la practica judía lo acredita (cfr.
Lev .6, 16-26; Nm.18, 8), lo mismo hacen los
gentiles (v.13) y el mandato del Señor (v.14; Mt.10, 10; Lc.10, 7). Es
categórico en afirmar, que no hace uso de estos derechos, porque vive del
trabajo de sus manos y que sólo en algunas ocasiones recibió ayuda económicas
(cfr. 1Cor. 4,12; 2 Cor.11,7;
1 Tes.2,9; 2Cor.11,9; Flp.4,15-16). Prefiere morir,
antes que alguien le prive de predicar el evangelio gratuitamente, sin hacer
valer sus derechos todo por la evangelización (vv.15-18).
Sus palabras son admirables por su sentido y energía, puesto que su gloria no
la pone en el hecho de predicar, lo que considera un deber, sino en el
desinterés sobre esos derechos, con tal de salvaguardar la libertad del
evangelio en su tarea de evangelizador. Se hace siervo de todos, para ganarse
a algunos, con el fin de facilitar el camino al evangelio y conseguir adeptos
(vv.19-22; Cfr. Rm.14, 15; Gál. 2,14; Hch. 21, 23-26). Goza pensando en participar en lo bienes
futuros del Evangelio, él y sus
colaboradores (v.23; cfr. 1Cor.15, 19; Rm. 8,17-18). La
invitación final del apóstol es como los atletas en el estadio (1Cor.9,
24-27), corramos hacia la meta de la vida eterna para recibir la corona
inmarcesible de la gloria de la santidad. c.- Mc. 1, 29-39: Curó a muchos
enfermos de diversos males. El evangelio, nos muestra tres
momentos: la curación de la suegra de Pedro (vv.29-31;
un sumario de la actividad de Jesús (vv.32-34) y la
preocupación de Jesús por llegar a otros pueblos y gentes (vv.35-39). Es la primera acción de este tipo que narra el
evangelista Marco: pasado el sábado, seguirá sanando de sus males a muchos enfermos; junto a las
expulsiones de demonios, que son una manifestación de la llegada del reino de
Dios al hombre, el reino de Satanás, tiene los días contados (v. 34). En una
jerarquía de importancia, la predicación de la palabra de Dios será lo
fundamental, esa es su misión, para eso ha venido, ese mensaje llega
directamente a los hombres (v. 38). Las curaciones que realiza Jesús, son
signo de la salvación que Dios reserva a los hombres, pero siempre late el
peligro de quedarse en lo externo, como la liberación de ciertos males, sin
profundizar lo suficiente el hecho salvífico que
está aconteciendo. Contrarresta esta actitud, la tentación de un mesianismo
fácil, con la actitud de Jesús en la búsqueda de soledad, para orar al Padre,
lo que hace con frecuencia (v. 35). Pasado el sábado, Jesús sigue en casa de
Pedro, la gente lo espera para que sane a muchos de sus enfermedades, y
nuevamente expulsar demonios; la intención del evangelista, es mostrar la
compasión de Dios, con esos enfermos, pero los hombres no lo entienden así, y
sólo buscan la curación (v. 37). Cuando menciona los demonios, deja claro que
Jesús, no les permitía hablar, porque sabían quien era (v. 34), Jesús quiere
que hablen los hombres, y reconozcan el poder sanador de Dios, reflexión que
les lleve a comprender el sentido de esas acciones realizadas por el maestro
de Nazaret. Consciente de su misión, Jesús nutre su actividad con la oración
solitaria, comunión con su Padre del cielo, para seguir, en otro pueblo la
predicación, evitando todo protagonismo, porque para eso ha venido. Las tres
secciones tienen un denominador común: la superioridad de Jesús sobre las
diversas manifestaciones del mal, como son las enfermedades y la expulsión de
demonios. Incluso la curación de la fiebre de la suegra de Pedro, tiene esa
connotación, ya que dicho estado febril se pensaba era de origen diabólico y
cuando Jesús increpa a la fiebre, lo hace como si fuera una persona (cfr. Lc. 4,39; Lv. 26,15-16).
Jesús vence la enfermedad en la mujer, símbolo del poder del mal sobre la
persona. De esta forma el evangelista Marco, va presentando la personalidad
de Jesús, su misterio, como vencedor de Satanás. Hay que destacar, el gesto
de Jesús de tomarle la mano, y poner de pie a la mujer, la arranca de su
estado febril, gesto de amor y misericordia, donde su servicio salvífico, se ve recompensado con el servicio que la
mujer le presta en casa. La Iglesia primitiva, aprendió que esa generosidad
en la predicación, es el primer paso para llevar a los hombres de todos los
tiempos a las fuentes de la salvación. También hoy Jesús sigue sanando, desde
lo interior al hombre por la fuerza de su Espíritu, con la palabra de vida y
luz venida del cielo, para liberar de toda esclavitud. La buena fama de
Jesús, es aurora de la entrada del Evangelio en nuestras vidas. Santa Teresa cuando se
reencuentra con la oración habla del bien que hay en no dejarla por nada del mundo. “¡Oh bondad
infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo
de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros!
¡Cuán cierto es sufrir Vos a quien os sufre que
estéis con él! ¡Oh qué buen amigo hacéis, Señor, cómo le vais regalando y
sufriendo y esperáis a que se haga a vuestra condición, y tan de mientras le
sufrís Vos la suya! Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y
con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido. He visto esto
claro por mí y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure
llegar a Vos por esta particular amistad. Los malos que no son de vuestra condición, para que
los hagáis buenos con que os sufran estéis con ellos, siquiera dos horas cada
día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de cuidados y
pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta fuerza que se hacen a querer
estar en tan buena compañía (miráis que en esto a los principios no pueden
más, ni después algunas veces), forzáis Vos, Señor, los demonios para que no
los acometan y que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y dáiselas a ellos para vencer. Sí, que no matáis a
nadie Vida de todas las vidas de los que se fían en Vos, y de los que os
quieren por amigo; sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud, y dáisla al alma.” (Vida 8,6). a.-Gn.
1, 1-9: Dijo Dios y así fue. b.- Mc. 6, 53-56: Los que lo
tocaban se ponían sanos. Este evangelio es un resumen de
la actividad taumaturga de Cristo Jesús: por donde iba le ponían las camillas
con enfermos para que los sanara, cuantos lo tocaban también recobraban la
salud. Es tanta la tarea de sanar enfermos, que el evangelista no dice que
Jesús predicara. El gesto de tocar a Jesús, tiene un significado mayor que el
sólo echo de librarse de la enfermedad. En ese tiempo, la enfermedad tenía un
gran componente religioso, ya se veía como efecto del pecado personal del
enfermo o de sus padres, cuyo pecado pagaban los hijos. Sólo Dios podía
perdonar los pecados, sólo Jesús podía devolverles la salud de ahí que con
firmeza Jesús añada a la curación: “Tus pecados quedan perdonados”. En
múltiples ocasiones, Jesús relaciona las curaciones de enfermos con la venida
del Reino de Dios a la realidad humana, los milagros que realiza son signos
de la llegada del anuncio del Evangelio. Es en la sinagoga de Nazaret, donde
se autoaplicó el texto de Isaías, considerándose el Ungido de Dios para
anunciar la buena nueva a los pobres, a los ciegos y libertad a los oprimidos
(cfr. Lc. 4, 18). Nuevamente se remite a las
curaciones, cuando el Bautista de la cárcel, le envía emisarios a preguntar
si es ÉL el Mesías: “Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el
que ha de venir o debemos esperar a otro?» En aquel momento curó a muchos de
sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos
ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que
habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los
muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel
que no halle escándalo en mí!» (Lc.7, 20-23). El hecho de tocar a Jesús, va
más allá de la curación, se trata más bien de alcanzar lo divino, que brota
del joven maestro Jesús de Nazaret, en quien la gente veía el poder y la
fuerza de Dios. Era el paso de la fe natural a la fe en el Dios de Jesús,
pues precisamente de la fe, es de donde nacen los milagros de Jesús, signos
del Reino, en medio de los hombres necesitados de esperanza. Se trata para
nosotros de tocar a Jesús, a un nivel
mucho más profundo que los de su tiempo; se trata de creer que es el Hijo de
Dios, el Mesías, enviado por el Padre a su pueblo. Vemos que la fe, es un
encuentro personal con Dios a través de su Hijo, sacramento de salvación para
el que cree en ÉL. Sólo la fe es el camino para tocar a Jesús, imagen,
sustancia y palabra del Padre para el hombre de hoy. San Juan de la Cruz en su poema
“Llama de amor viva” identifica al Hijo como el toque delicado del Padre para
con el hombre. Cuando comenta la estrofa segunda: “¡O cauterio suave!/ ¡O
regalada llaga!/ ¡O mano blanda! ¡O toque delicado,/
que a vida eterna sabe/ y toda deuda paga!,/ /matando muerte en vida la has
trocado.” Comenta: “La cual mano, según habemos dicho, es el piadoso y
omnipotente Padre. La cual habemos de entender que, pues es tan generosa y
dadivosa cuanto poderosa y rica, ricas y poderosas dádivas da al alma, cuando
se abre para hacerla mercedes; y así llámala mano blanda, que es como si
dijera: ¡Oh mano tanto más blanda para esta mi alma, que tocas asentando blandamente,
cuanto si asentases algo pesada hundirías todo el mundo, pues de tu solo
mirar la tierra se estremece (Sal.103,32) las gentes se desatan y desfallecen
y los montes se desmenuzan! (Hab 3,6).¡Oh, pues,
otra vez grande mano, pues así como fuiste dura y rigurosa para Job (19,21),
tocándole tan mala vez ásperamente, para mí eres tanto más amigable y suave
que a él fuiste dura, cuanto más amigable y graciosa y blandamente de asiento
tocas en mi alma! Porque tú haces morir y tú haces vivir, y no hay quien
rehúya de tu mano (Dt. 32, 39). Mas tú ¡oh divina
vida!, nunca matas sino para dar vida, así como nunca llagas sino para sanar.
Cuando castigas, levemente tocas, y eso basta para consumir el mundo; pero
cuando regalas, muy de propósito asientas, y así del regalo de tu dulzura no
hay número. Llagásteme para sanarme ¡oh divina
mano!, y mataste en mí lo que me tenía muerta sin la vida de Dios en que
ahora me veo vivir. Y esto hiciste tú con la liberalidad de tu generosa
gracia, de que usaste conmigo con el toque que me tocaste de resplandor de tu
gloria y figura de tu sustancia (Hb 1,3), que es tu
Unigénito Hijo, en el cual, siendo él tu Sabiduría, tocas fuertemente desde
un fin hasta otro fin (Sab 7,24); y este Unigénito
Hijo tuyo, ¡oh mano misericordiosa del Padre!, es el toque delicado con que
me tocaste en la fuerza de tu cauterio y me llagaste.” (Llama B 2,16). a.- Gn.
1, 20: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. b.- Mc. 7, 1-13: Dejáis a un lado el
mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. El tema de este evangelio, se
refiere a las tradiciones judías defendidas por los fariseos: las
purificaciones y el corbán. Todo comienza con la
pregunta de un grupo de fariseos: “Por ello, los fariseos y los escribas le
preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven
conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos
impuras?» (v. 5). Para ellos no se trata de comer sin lavarse las manos, sino
que tiene un sentido religioso de pureza legal. Por ser una tradición
rabínica, sólo obligaba a los sacerdotes al servicio del templo, pero entendida así, se hizo extensiva a todos.
Esta pureza legal, también se contraía cuando se entraba en contacto con
pecadores e impuros. Jesús responde con el pasaje de Isaías: “Dice el Señor:
Por cuanto ese pueblo se me ha allegado con su boca, y me han honrado con sus
labios, mientras que su corazón está lejos de mí, y el temor que me tiene son
preceptos enseñados por hombres” (Is. 29,13). Más
aún, les demuestra cómo la tradición rabínica anula la palabra de Dios: el
cuarto mandamiento obliga honrar a los padres, sostenerlos en caso de
necesidad. La tradición permitía pronunciar la formula del juramento del corbán, es decir, lo que podían recibir los padres si lo
declaro corbán, es decir, ofrenda al templo, con lo
cual el hijo retenía sus bienes, y se eximía de ayudar a sus padres.
Demuestra en la práctica, cómo los fariseos invalidaban la palabra de Dios, a
favor de la tradición hecha de casuística y ficción cultual. Eran muchos ese
tipo de casos (v. 13). Con esta intervención, Jesús declara la necesidad de
vivir una religión auténtica. Toda
tradición humana, que anula un
mandamiento de Dios es falsa, y no sirve para el hombre. Se debe hacer la voluntad
de Dios, cumplir su voluntad hacer que los hombres participen de la vida
eterna (cfr. Mt.7, 21). Es el único medio, para
entrar en comunión con Dios, mediante una religión verdadera y segura, porque
se demuestra el amor y la fe que se ha acogido como un don suyo. Escuchar a
Cristo, es esencial para conocer la voluntad del Padre por medio del
evangelio orado y vivido. El Maestro de Nazaret, rechaza el formalismo, la
casuística en que había caído la religión, en mano de maestros de la ley y
fariseos. No rechaza, ni la ley de Moisés, ni la tradición viva de la fe,
sino la actitud hipócrita, de querer poner la tradición humana por sobre la
ley divina. Jesús como buen judío, cumplió la ley de Moisés, pero la vivió
con apertura y libertad, lo que de alguna manera anunciaba su caída. De ahí
que condena las tradiciones muertas, para preservar el espíritu de la ley. En
esta narración se deja ver los problemas de la primitiva comunidad
judeocristiana, aferrada todavía a estas tradiciones, sin acoger del todo la novedad
del evangelio, en espíritu y verdad (cfr. Jn.
4,23), en el sentido de acoger entre ellos a los gentiles convertidos. En
nuestra realidad, la Iglesia debe valorar en su justa medida las
manifestaciones religiosas de nuestros pueblos, cuando corren el peligro de
estar vacías de compromiso de vida evangélica, compromiso eclesial, y no sólo belleza
litúrgica. Juan de la Cruz, critica
fuertemente, a quienes quieren ser espirituales, y se quedan sólo el lo
externo de la vivencia de la fe. “Que prosigue encaminando el espíritu al
recogimiento interior acerca de lo dicho. La causa, pues, por que algunos
espirituales nunca acaban de entrar en los gozos verdaderos del espíritu, es
porque nunca acaban ellos de alzar el apetito del gozo de estas cosas exteriores
y visibles. Adviertan estos tales que, aunque el lugar decente y dedicado
para oración es el templo y oratorio visible, y la imagen para motivo, que no
ha de ser de manera que se emplee el jugo y sabor del alma en el templo
visible y motivo, y se olvide de orar en el templo vivo, que es el
recogimiento interior del alma. Porque para advertirnos esto, dijo el Apóstol
(1 Cor. 3, 6; 6, 19): Mirad, que vuestros cuerpos son templos vivos del
Espíritu Santo, que mora en vosotros. Y a esta consideración nos envía la
autoridad que habemos alegado de Cristo (Jn. 4, 24), es a saber: a los
verdaderos adoradores conviene adorar en espíritu y verdad. Porque muy poco
caso hace Dios de tus oratorios y lugares acomodados si, por tener el apetito
y gusto asido a ellos, tienes algo menos de desnudez interior, que es la
pobreza espiritual en negación de todas las cosas que puedes poseer. Debes,
pues, para purgar la voluntad del gozo y apetito vano en esto y enderezarlo a
Dios en tu oración, sólo mirar que tu conciencia este pura y tu voluntad
entera en Dios, y la mente puesta de veras en el; y, como he dicho, escoger
el lugar más apartado y solitario que pudieres, y convertir todo el gozo de
la voluntad en invocar y glorificar a Dios; y de esotros gustillos del
exterior no hagas caso, antes los procures negar. Porque, si se hace el alma
al sabor de la devoción sensible, nunca atinará a pasar a la fuerza del
deleite del espíritu, que se halla en la desnudez espiritual mediante el
recogimiento interior.” (3 Subida 40,1-2).
a.- Gn.
2, 4-9: El hombre en medio del paraíso. b.- Mc. 7, 14-23: Lo que sale de
dentro es lo que hace impuro al hombre. Este evangelio, quiere ser una
respuesta, a la situación que había criticado acerca de las tradiciones
judías. Su doctrina consiste en establecer, que lo que hace impuro al hombre,
no es lo que entra en él, sino lo que sale de su corazón, de su conciencia.
Interioriza la ley de Moisés, la religión, la vida religiosa del hombre de
fe; establece lo esencial de lo moral: la conciencia del hombre como fuente
de moralidad. Lo que entra en el hombre llega a su estomago y es desechado,
con lo que declara alimentos puros todos los alimentos. ¿Qué es lo que hace
impuro al hombre? “Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al
hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones
malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades,
fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas
perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.» (vv.
20-23; cfr. Gál. 5,
19ss). Con esta declaración Jesús
establece que todo participa de la bondad de la creación de Dios Padre, es
decir, no hay nada puro o impuro, sagrado o profano en sí mismo, sino que es
el corazón del hombre y su libertad quien elige el bien o el mal, si hace
buen uso o mal uso de ella respecto a Dios. Juntamente con esto, hay que
advertir que el corazón se convierte en la sede de Dios, lugar de encuentro
de Dios con el hombre, centro de la persona. Lo que procede del corazón, es
lo que contamina al hombre, que para los judíos, era la sede de la
inteligencia y de la voluntad. Sólo las personas pueden ser pura o impuras,
es decir, gratas o no gratas a Dios, desde el punto de vista religioso. Jesús
propone una jerarquía de valores, desde la salvación que ofrece. Esto es
precisamente, lo que no comprenden las autoridades religiosas de su tiempo,
los fariseos, quienes se escandalizan de las palabras de Cristo, que los
llamó guías de ciegos (Mt. 15, 12). Lo curioso de estos hombres piadosos, es
que tenían grandes valores por su piedad y observancia de la Ley mosaica.
Eran laicos, sin afanes de poder, tenían fe en la resurrección, no se
contaminaban con los que consideraban pecadores, los que no cumplían.
Respecto a la Escritura aceptaban no sólo la Torá o
Pentateuco, sino también las tradiciones rabínicas (Mishná).
El error de los fariseos fue dar mayor importancia a la ley, por sobre el
amor, a los ritos que a las actitudes interiores o morales, los que
indudablemente les hizo caer en la hipocresía religiosa, acentuando el amor a
Dios, pero en desprecio del prójimo. Uno de los puntos en que Jesús vuelve la
mirada a la Escritura, y hace de estos mandamientos uno sólo, con cuya
originalidad, pone los cimientos de su doctrina cristiana sobre el amor a
Dios y al prójimo. Estas dos visiones de la realidad, la farisaica y
cristiana continuarán en el tiempo en medio de las nuevas comunidades de la Iglesia. Pablo deberá aventurar la gratuidad
de la salvación para todos los hombres de todos los tiempos por medio de la
fe en Cristo Jesús. Peligro constante también para el cristiano, cuando su
búsqueda de Dios se limita a cumplir leyes. Es el Evangelio, la ley de
Cristo, la que nos proporciona la libertad interior y la fidelidad en la
respuesta personal, que el corazón da a Dios Trinidad, que ahí vive y
mora. Santa Teresa de Jesús,
experimenta la Verdad de Dios en la oración: “Estando una vez en oración, era
tanto el deleite que en mí sentí, que, como indigna de tal bien, comencé a
pensar en cómo merecía mejor estar en el lugar que yo había visto estar para
mí en el infierno, que como he dicho
nunca olvido de la manera que allí me vi. Comencé con esta consideración a
inflamar más mi alma y vínome un arrebatamiento de espíritu de suerte que yo
no lo sé decir. Parecióme estar metido y lleno de
aquella majestad que he entendido otras veces. En esta Majestad se me dio a
entender una verdad, que es cumplimiento de todas las verdades; no sé yo
decir cómo, porque no vi nada. Dijéronme,
sin ver quién, mas bien entendí ser la misma Verdad:
No es poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho me
debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades
de la Escritura con clara verdad; no faltará una tilde de ella. A mí me
pareció que siempre había creído esto, y que todos los fieles lo creían.
Díjome: ¡Ay, hija, qué pocos me aman con verdad!, que si me amasen, no les
encubriría Yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que
todo es mentira lo que no es agradable a Mí. Con claridad verás esto que
ahora no entiendes en lo que aprovecha a tu alma. Y así lo he visto, sea el
Señor alabado, que después acá tanta vanidad y mentira me parece lo que yo no
veo va guiado al servicio de Dios, que no lo sabría yo decir como lo entiendo
y la lástima que me hacen los que veo con la oscuridad que están en esta
verdad, y con esto otras ganancias que aquí diré y muchas no sabré decir.
Díjome aquí el Señor una particular palabra de grandísimo favor. Yo no sé
cómo esto fue, porque no vi nada; mas quedé de una
suerte que tampoco sé decir con grandísima fortaleza y muy de veras
para cumplir con todas mis fuerzas la más pequeña parte de la Escritura
divina. Paréceme que ninguna cosa se me pondría delante que no pasase por
esto. Quedóme una verdad esta divina Verdad que se
me representó, sin saber cómo ni qué, esculpida, que me hace temer un nuevo
acatamiento a Dios, porque da noticia de Su majestad y poder de una manera
que no se puede decir: sé entender que es una gran cosa. Quedóme
muy gran gana de no hablar sino cosas muy verdaderas, que vayan delante de lo
que acá se trata en el mundo, y así comencé a tener pena de vivir en él. Dejóme con gran ternura y regalo y humildad; paréceme
que, sin entender cómo, me dio el Señor aquí mucho; no me quedó ninguna
sospecha de que era ilusión. No vi nada, mas
entendí el gran bien que hay en no hacer caso de cosa que no sea para
llegarnos más a Dios, y así entendí qué cosa es andar un alma en verdad
delante de la misma Verdad. Esto que entendí es darme el Señor a entender que
es la misma Verdad.” (Vida 40, 1-3). a.-
Gn. 2,18-25: Y serán los dos una sola carne. b.- Mc. 7, 24-30: No está bien
echarles a los perros el pan de los hijos. El pasaje de la siro-fenicia,
luego de las discusiones de Jesús con los fariseos, nos habla de la
superación de la casuística de los fariseos. La actitud de esta mujer,
demuestra que lo que cuenta ante es Dios es: la fe. Por poseerla y
manifestarla logra de Jesús cuanto necesita para su hija, lo que rompe la
exclusividad que creían tener los judíos respecto a la salvación de Dios. La
fe y la salvación, son para todo hombre y mujer que tenga fe. El diálogo que
mantiene con Jesús es duro: “Esta mujer era pagana, sirofenicia
de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. El le decía:
«Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de
los hijos y echárselo a los perritos.»Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que
también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños.» El, entonces,
le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija.»
Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el
demonio se había ido.” (vv. 26-30). En cierto modo,
Jesús alaba la humildad de la mujer, y le concede, cuanto pide. Vemos como en
la evangelización llevada a cabo por Jesús, ya hay un ingreso de paganos en
el Reino de Dios, tarea que continuarán los apóstoles, donde Pablo posee un
trabajo admirable en ese campo (cfr. Gal. 3,26s), y
la Iglesia hasta nuestros días. La actitud de la siro-fencia,
es modelo de fe y oración para todo
cristiano. Su oración es una súplica, con un carácter muy personal, porque su
fe está centrada en la persona de Jesús de Nazaret, a quien llama Señor. Una
súplica hecha oración a favor del prójimo, en este caso, su hija. En esta
oración encontramos los elementos esenciales de toda actitud orante: la fe,
la humildad, que engendra confianza y perseverancia puesta a prueba. La mejor
presentación de esta oración, es que nace de la pobreza de espíritu, abierta
a la salvación que ofrece la predicación de Jesús, a su voluntad y su
justicia del Reino de Dios, y orientada al prójimo. Todo este conjunto de
elementos, tan bien entrelazados, hacen de la fe y la oración, un ramillete
de actitudes, expresión de lo fundamental del cristianismo, donde la
respuesta personal y eclesial, la consolidan como un camino de santidad. La
fe, es el núcleo fundamental de la respuesta, que puede el hombre dar a Dios,
a su iniciativa salvífica de amor y redención. La
oración, es la misma fe, revestida de diálogo personal e íntimo entre el
creyente y Dios Padre, orientada a la vida y a la sociedad, donde se mueve y
trabaja por la llegada y construcción del Reino de Dios en el corazón de los hombres. Santa Teresa de Jesús, respecto
a revelaciones interiores, enseña que la humildad debe ser la que ayude a
discernir ese tipo de gracias. “Si Nuestro Señor por su bondad, quiere
representarme a un alma para que más le conozca o ame, o mostrarla algún
secreto suyo a hacerla algunos particulares regalos y mercedes, y ella, como
he dicho, con esto (que había de confundirse y conocer cuán poco lo merece su
bajeza) se tiene luego por santa, y le parece por algún servicio que ha hecho
le viene esta merced, claro está que el bien grande que de aquí la podía
venir convierte en mal como el araña. Pues digamos ahora que el demonio, por
incitar a soberbia, hace estas apariciones. Si entonces el alma, pensando son
de Dios, se humilla, y conoce no ser merecedora de tan gran merced, y se
esfuerza a servir más, porque viéndose rica, mereciendo aun no comer las
migajas que caen de las personas que ha oído hacer Dios estas mercedes
(quiero decir, ni ser sierva de ninguna), humíllase
y comienza a esforzarse a hacer penitencia y a tener más oración y a tener
más cuenta con no ofender a este Señor que piensa es el que la hace esta
merced, y a obedecer con más perfección, yo aseguro que no torne el demonio,
sino que se vaya corrido y que ningún daño deje en el alma.” (Fundaciones
8,4). a.- Gn.
3, 1-8: Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal. b.- Mc. 7, 31-37: Hace oír a los
sordos y hablar a los mudos. La curación del sordomudo,
sucede en territorio de paganos, es decir fuera de las fronteras de Israel,
en la Decápolis, en Tiro y Sidon.
Marcos sigue el esquema tradicional para estos efectos: situación del
enfermo, sanación de parte de Jesús, reacción de la gente. Al comienzo en
enfermo no dice nada por su condición, el acto de fe lo colocan los amigos o
parientes que le piden a Jesús les imponga las manos. La actitud de Jesús, es
apartarlo, tocarle los oídos y su lengua, la mojó con su saliva, porque,
según la mentalidad de la época, en ella se encontraban propiedades curativas
(vv. 34-37). La apertura de los oídos y la soltura
de la lengua, además de ser un gesto usado por los curanderos de la época, es
un gesto sacramental, porque realizan lo que significan en el caso de Jesús.
Estos mismos gestos leídos en clave litúrgica, nos hablan del Bautismo, en que también se
ungían los sentidos a los catecúmenos en la Iglesia primitiva, seguía la
imposición de manos y el rito del Effetá. Lo que
hace el Maestro de Nazaret, apartado de los curiosos, es porque quiere evitar
todo sentido mágico, pero también hay que reconocer que es difícil
comunicarse con quien no oye ni habla, por lo tanto el lenguaje táctil es la
opción. Pero Jesús, agregó la mirada al cielo, suspiró y dijo: “Effetá” (ábrete). Gesto, oración con Dios, pero también,
una profunda comunión con el dolor humano. Todo esto tiene su efecto: “se
abrieron sus oídos, y al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba
correctamente. Jesús les mandó que ha nadie se lo contaran” (v. 35-36). La
reacción del hombre, y de la gente es inmediata, el primero comienza ha
hablar y la gente dice: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y
hablar los mudos” (v. 37). El evangelista presenta una paradoja: mientras
Jesús, en territorio judío, les manda callar acerca del milagro, los paganos
se convierten en pregoneros, anunciadores de la salvación, que ha obrado con
su gesto. En estas palabras encontramos referencias al Génesis, Dios Creador
que luego de haberlo hecho todo, vió que todo era
muy bueno (cfr. Gn.1,1; 2,4). La palabra de Jesús, crea vida en este
sordomudo, realiza una nueva creación, un nacimiento nuevo para este hombre.
Su palabra, como la de Dios, es eficaz, crea lo que quiere, la vida, la
comunicación con los suyos; es liberado de la enfermedad y limitación por los
signos del Reino de Dios. Una segunda referencia, esta vez, a Isaías, el
cumplimiento de las profecías de la era mesiánica (Is.
35, 5). Los milagros, son signos del Reino, que avalan su predicación, desde
entonces, quedan unidos el anuncio y el compromiso que libera al hombre de
sus cadenas. Desde el inicio de su ministerio Jesús, opta por los pobres y
enfermos, los pecadores y marginados, compromiso que por siglos la Iglesia ha
mantenido en sus servicios a las generaciones de cristianos hasta hoy. Santa Teresa de Jesús describe
cómo Dios mueve al alma para ser oída por ÉL cuando quiere ser escuchado.
“Deshaciéndome estoy, hermanas, por daros a entender esta operación de amor y
no sé cómo porque parece cosa contraria dar a entender el Amado claramente
que está con el alma y parecer que la llama con una señal tan cierta que no
se puede dudar y un silbo tan penetrativo para entenderle el alma que no le
puede dejar de oír; porque no parece sino que, en hablando el Esposo, que
está en la séptima morada, por esta manera
que no es habla formada , toda la gente que está en las otras no se
osan bullir: ni sentidos, ni imaginación, ni potencias. ¡Oh mi poderoso Dios,
qué grandes son vuestros secretos, y qué diferentes las cosas del espíritu a
cuanto por acá se puede ver ni entender, pues con ninguna cosa se puede
declarar ésta, tan pequeña para las muy grandes que obráis con las almas!” (6
Moradas 2, 3). a.-
Gn.3, 9-24: El expulsado del paraíso. b.- Mc. 8, 1-10: La gente comió
hasta quedar satisfecha. Segunda multiplicación de los panes para los
paganos. La primera multiplicación, que
nos narró Marcos, había sido en Israel (cfr. Mc. 6,
31-34), a favor de los judíos; esta segunda ocurre en tierra de paganos, en
la Decápolis. Las dos narraciones responden a un
solo hecho histórico, pero que suscitó dos tradiciones: una judía y otra
helenista, y que Marcos recogió sin más. Las semejanzas que encontramos son:
la compasión por la muchedumbre, dialogo con los discípulos, comida de panes
y peces en el desierto, saciedad, las sobras, el número de los participantes.
Aquí también encontramos una gran muchedumbre, pero a diferencia de los
discípulos que son quienes se preocupan de las necesidades de la gente, aquí
es Jesús quien se preocupa de ello, manifestando la ternura de su corazón por
esas personas, venidas de lejos y hambrientas porque ya llevan tres días con
ÉL (v. 2). El contrapunto lo dan los discípulos, que sólo ven dificultades,
cómo conseguir pan para tanta gente, o sea están lejos de preocuparse por la
gente. Es Jesús quien los implica preguntando: ¿cuántos panes tienen? (v. 5).
Lo humano de Jesús, se deja sentir en su preocupación por el hambre de la
gente, llevan tres días con ÉL, escuchándole, algunos habían venido de lejos.
Estos últimos, son los judíos de la diáspora, como también los gentiles. Se
puede entender como una expresión bíblica, que quiere destacar, que la acción
de Jesús va en su beneficio. Este milagro de los panes que son multiplicados,
tiene sus referencias bíblicas en el maná del desierto que Yahvé hizo
aparecer para su pueblo Israel, y ambos son un preludio de la Eucaristía, que
Jesús instituirá víspera de su entrega en la Cruz, como banquete y sacrificio
para su pueblo, la Iglesia. Aquí se repetirán los signos y los gestos de este
milagro hecho para los gentiles, con lo cual, se manifiesta la invitación
universal a la salvación y al banquete del reino de Dios. Se dan los gestos
eucarísticos básicos: tomar los panes, dar gracias a Dios por los beneficios,
parte los panes y los entrega a los discípulos para distribuirlos. El pan
recibido, bendecido, partido para todos, anticipa la entrega de Cristo
inmolado se entrega para ser comido por la asamblea. Este pan, es figura, del
Pan bajado del cielo, donde Cristo Jesús, es Pan de vida para quien lo come (cfr. Jn. 6, 51). Si ese pan dado a los hombres para
saciar su hambre, creó comunión con Dios y entre ellos, mucho más el Pan de
la Eucaristía, que es comunión con la Santísima Trinidad, Padre que nos da a
su Hijo y el Hijo que nos da su Cuerpo y Sangre, el Espíritu Santo transforma
el pan, en Cuerpo de Cristo, también
es vínculo de unión entre los que han comulgado en la misma celebración (cfr. Jn. 6, 52-58). Si la celebración de la Eucaristía es
comunitaria, que no sea sólo presencia
física, sino verdadera comunión espiritual, es decir, comunión de verdaderos
hermanos, con toda la comunidad eclesial que celebra el sacrificio de Cristo
(cfr. 1Cor.10, 16-17). La celebración de la
Eucaristía, no acaba ahí, porque también hay que compartir ese pan con los
más pobres, expresión de piedad y amor al prójimo. Es la comunidad eclesial
la que celebra la Eucaristía, la misma que es caritativa con los más
necesitados, asume con un compromiso social serio y fecundo. Jesús igualmente
que a ellos y a nosotros nos despide saciados de su Palabra y de su Pan
celestial. Santa Teresa de Jesús, cuando
comenta el Padre Nuestro, “el pan nuestro de cada día” comenta: “¿Pensáis que
no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar y gran medicina
aun para los males corporales? Yo sé que los es, y conozco una persona de
grandes enfermedades, que estando muchas veces con graves dolores, como con
la mano se le quitaban y quedaba buena del todo. Esto muy ordinario, y de
males muy conocidos que no se podían fingir, a mi parecer. Y porque de las
maravillas que hace este santísimo Pan en los que dignamente le reciben son
muy notorias, no digo muchas que pudiera decir de esta persona que he dicho,
que lo podía yo saber y sé que no es mentira. Mas ésta habíala el Señor dado
tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir quisieran ser en el
tiempo que andaba Cristo nuestro Bien en el mundo, se reía entre sí,
pareciéndole que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento
como entonces, que ¿qué más se les daba?” (Camino de Perfección 34, 6). Fr. Julio González Carretti Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant ocds |