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Los escritos de Teresa de Los Andes
Teresa de los Andes no es una
escritora en el sentido directo y convencional. No es una escritora
profesional. No fue ni su llamada ni su dedicación. No nos ha dejado un
listado de títulos, aunque si páginas suficientes que nos permiten hablar,
más que de obras en sentido técnico, de sus «escritos». Y estos tienen el
único título adecuado por su realidad, es decir, por su estructura. Son su
Diario y sus Cartas.
Y en sentido literario estricto
tienen las cualidades de esos dos géneros. Pero sobre todo poseen unas notas
peculiares, las de su autora, ya que se trata de dos formas en las que más
directamente se refleja quien escribe. Por otra parte son las más adecuadas
para expresar los sentimientos y estados interiores, que es lo que ella
quería y buscaba.
El Diario de Teresa de Los Andes
Esta pieza, la que más se puede
aproximar a un escrito formal, pudo tener, aunque no constan de hecho,
motivaciones externas. Teresa lo dedicó a la M. Julia Ríos, religiosa de gran
personalidad, que fue an-madora espiritual de las alumnas del Colegio del
Sagrado Corazón. Y especialmente de Juana. ¿Medió alguna sugerencia o
insinuación de la M. Julia para animar a Teresa a redactar estas páginas? La
sobria presentación o dedicatoria del Diario de la religiosa no lo indica
expresamente. La reserva y discreción de la autora nos han velado ese
importante detalle. Pero sus palabras no excluyen, antes bien apuntan esa
posibili-dad.
Pero el hecho es que no tienen un
destinatario expresamente individuado. Es la historia de su alma. Ante todo
está escrito por un imperativo interior, por exigencias del estado de su
alma. Es una redundancia de su interioridad; una necesidad de dejar
constancia de cuanto sucedía en su alma, sin otra finalidad prevista, aunque
por eso mismo sea necesario tener en cuenta la presencia de un «agente» de
más allá de la realidad y de las previsiones humanas: la Providencia.
Las carpetillas humildes y
simplicísimas utilizadas por ella tuvieron su historia. Ella misma en algún
momento preciso de su vida tuvo previsto destruirlas: «Muy pronto voy a
entregarlas [estas hojas] al fuego». Eran sus confidencias con Dios «tan
íntimas del alma, que a nadie, a ninguna criatura, le es permitido penetrar».
Ni siquiera a su madre y a su hermana preferida, Rebeca. La fecha fijada para
destruir los manuscritos era la de su entrada en el Carmelo.
Pero es en ese preciso momento cuando
se encadenan unas situaciones que hoy nos cuesta menos leer en clave
providencial: que fueran entregadas a su madre. No se cumplió que fueran a
parar a manos del P. José Blanch, que tenía previsto expurgar todo aquello
que no debiera «leer o saber su madre».
No se cumplió tampoco el deseo de
Teresa un mes antes de morir, a requerimiento del P. Blanch, de recuperar los
manuscritos para quemarlos.
La madre recibió los textos, pero
fiel y respetuosa, no los leyó; tampoco consintió que fueran destruidos. Al
fin se mostró fiel a una misteriosa intuición: «uno no sabe los designios de
Dios» (Teresa de los Andes, Teresa de Chile, p. 116). Y los manuscritos están
realizando el «misterioso designio» de ayudar a tantísimas almas como señaló
proféticamente: «Estos escritos serán de gran edificación para el pueblo de
Dios, parti-cularmente para la juventud deseosa de vivir una vida
profundamente cristiana» (lb p. 152), uno de los censores de sus escritos de
la Congregación para las Causas de los Santos.
Teresa de los Andes escribió
materialmente su Diario en dos libretas y cuatro cuadernos de factura
sencilla y al uso de su tiempo. Dos en formato de cuaderno y cuatro libretas.
Todos escritos a mano, con una caligrafía rápida, ágil, regular y segura. En
su mayor parte están escritos con tinta y algunas veces con lápiz, lo que ha
hecho que muchas páginas, sobre todo de los cuadernos pequeños, se hayan
deteriorado hasta hacer ilegible su grafía.
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