PORTADA DEL WEB

Caminando con Jesús

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

 

VOLVER A TERESITA

Santa Teresa de Los Andes

 

SUS ESCRITOS III

                    

 

1. DIARIO 15. Seguir a Cristo sufriente, único amor. Aspecto mariano.

2. DIARIO 16. Carta a Rebeca. Seguirle en el Carmelo, enamorada.

3. DIARIO 31. Seguir a Cristo en la pobreza, humildad y fidelidad

4. DIARIO 55: Sufrimiento por seguirle. Compartir el dolor. Entrega de la voluntad.

5. CARTA 40. A Elena Salas González. Seguir a Jesús en amor, fe, oración, obediencia, pobreza, Carmelo.

6. CARTA 65 . A una amiga. Seguimiento en la vida religiosa, sufrimiento, sequedades,

voluntad de Dios.

7. CARTA 83: Seguimiento subiendo al Calvario, despedazada como Jesús.

8. CARTA 86: Seguimiento como víctima, camino del Calvario. Abandono. Decisión.

A la Madre Angélica Teresa. Santiago, 20 de abril 1919.

9. CARTA 104 Seguimiento con amor en lo negativo de la vida, sed de almas, por la entrega amorosa a Jesús.

 

 

III. SEGUIMIENTO DE CRISTO

1. DIARIO 15. Seguir a Cristo sufriente, único amor. Aspecto mariano

Hoy desde que me levanté estoy muy triste. Parece que de repente se me parte el corazón. Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuesta tanto, pero basta que El lo pida para que yo procure hacerlo. Me gusta el sufrimiento por dos razones: la primera, porque Jesús siempre prefirió el sufrimiento, desde su nacimiento hasta morir en la cruz. Luego ha de ser algo muy grande para que el Todopoderoso busque en todo el sufrimiento. Segundo: me gusta porque en el yunque del dolor se labran las almas. Y porque Jesús, a las almas que más quiere, envía este regalo que tanto le gustó a El.

Me dijo que El había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. "¿Acaso no eres tú la que me buscas y la que quieres parecerte a Mí? Luego ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría".

 

2. DIARIO 16. CARTA A REBECA. SEGUIRLE EN EL CARMELO, ENAMORADA.

15 DE ABRIL DE 1916.

Querida Rebeca: aprovecho un instante del estudio para poderte dar mil felicidades en el día de tu cumpleaños, pues un año más de vida ha de hacerte más seria y formal y también ha de ser motivo para reflexionar sobre la vocación que Dios te ha confiado. Créeme, Rebeca, que a los catorce y quince años uno comprende su vocación. Se siente una voz y una luz que le muestra la ruta de su vida. Ese faro alumbró para mí a los catorce años. Cambié de rumbo y me propuse el camino que debía seguir y hoy vengo a hacerte confidencias de los proyectos ideales que me he forjado.

Hasta hoy nos [ha] alumbrado la misma estrella. Pero mañana no estaremos quizás juntas bajo su sombra protectora. Esta estrella es el hogar, es la familia. Es preciso separarnos y nuestros corazones, que habían formado uno sólo, mañana quizás se separarán. Ayer me parece que no entenderías mi lenguaje; pero hoy tienes catorce años, edad [en] que puedes comprenderme. Así pues, creo que te inclinarás hacia mí y me darás la razón.

En pocas palabras te confiaré el secreto de mi vida. Muy luego nos separaremos y ese deseo que siempre abrigamos en nuestra niñez de vivir siempre unidas, va a ser muy luego fracasado por otro ideal más alto de nuestra juventud. Tenemos que seguir distintos caminos en la vida. A mí me ha tocado la mejor parte, lo mismo que a la Magdalena. El Divino Maestro se ha compadecido de mi. Acercándose, me ha dicho muy por lo bajo: "Deja a tu padre y madre y todo cuanto tienes y sígueme". (D 16)

¿Quién podrá rehusar la mano del Todopoderoso que se abaja a la más indigna de sus criaturas? ¡Qué feliz soy, hermanita querida! He sido cautivada en las redes amorosas del Divino Pescador. Quisiera hacerte comprender esta felicidad. Yo puedo decir con certeza que soy su prometida y que muy luego celebraremos nuestros desposorios en el Carmen. Voy a ser Carmelita, ¿qué te parece? No quisiera tener en mi alma ningún pliegue escondido para ti. Pero tú sabes que no puedo decirte de palabra todo lo que siento y por eso he resuelto hacerlo por escrito.

Me he entregado a El. El ocho de diciembre me comprometí. Todo lo que lo quiero me es imposible decirlo. Mi pensamiento no se ocupa sino en El. Es mi ideal. Es un ideal infinito. Suspiro por el día de irme al Carmen para no ocuparme sino de El, para confundirme en El y para no vivir sino la vida de El: Amar y sufrir para salvar las almas. Sí, sedienta estoy de ellas porque sé que es lo que más quiere mi Jesús. ¡Oh, le amo tanto! (D 16)

Quisiera inflamarte en ese amor. ¡Qué dicha la mía si pudiera darte a El! ¡Oh, nunca tengo necesidad de nada, porque en Jesús encuentro todo lo que busco! El jamás me abandona. Jamás disminuye su amor. Es tan puro. Es tan bello. Es la Bondad misma. Pídele por mí, Rebequita. Necesito oraciones. Veo que mi vocación es muy grande: salvar almas, dar obreros a la Viña de Cristo. Todos los sacrificios que hagamos es poco en comparación del valor de un alma. Dios entregó su vida por ellas y nosotros cuánto descuidamos su salvación. Yo, como prometida, tengo que tener sed de almas, ofrecerle a mi Novio la sangre que por cada una de ellas ha derramado. ¿Y cual es el medio de ganar almas? La oración, la mortificación y el sufrimiento.

El viene con una Cruz, y sobre ella está escrita una sola palabra que conmueve mi corazón hasta sus más íntimas fibras: "Amor" ¡Oh, qué bello se ve con su túnica de sangre! Esa sangre vale para mí más que las joyas y los diamantes de toda la tierra.

Los que se aman en la tierra, mi querida Rebeca, como tú lo ves en la Lucía y Chiro, no tratan sino de tener una sola alma y un solo ideal. Mas son vanos sus esfuerzos pues las criaturas son tan impotentes. Mas no pasa eso en nuestra unión. Jesús vive ya en mi corazón. Yo trato de unirme, asemejarme y confundirme en El. Yo soy la gota de agua que he de perderme en el Océano Infinito. Mas hay un abismo que la gota no puede traspasar; mas el océano se desborda con tal que la gota de agua permanezca en el más completo abandono de sí misma; que viva en un susurro continuo llamando al Océano Divino.

Mas yo no soy sino un pobre pajarito sin alas. ¿Y quién me las dará para irme a anidar para siempre junto a El? El amor. Oh, sí, le amo y quisiera morir por El. Es tanto lo que lo quiero que quisiera ser martirizada para demostrarle que le amo.

Sin duda que tu corazón de hermana se desgarra al oírme hablar de separación, al oírme murmurar esa palabra: adiós para siempre en la tierra para encerrarme en el Carmen. Mas no temas, hermanita querida. No existirá jamás separación entre nuestras almas. Yo viviré en El. Busca a Jesús y con El me encontrarás y allí los tres seguiremos los coloquios íntimos que hemos de continuar allá en la eternidad ¡Qué feliz soy! Te convido a pasar con Jesús en el fondo de tu alma. He leído en la vida de Isabel de la Trinidad que esta santita le había dicho a N. Señor hiciera de su alma su casita. Hagamos nosotros otro tanto. Vivamos con Jesús dentro de nosotras mismas, mi pichita querida. El nos dirá cosas desconocidas. Es tan dulce su arrullo de amor. Y así, como Isabel [de la Trinidad], encontraremos el Cielo en la tierra, porque Dios es el Cielo.

Diremos a Jesús en la Comunión que edifique en nuestras almas una casita; que nosotras pondremos el material que ha de ser nuestros actos de vencimiento [y] el olvido de nosotras mismas, haciendo desaparecer el yo, que es el dios que adoramos interiormente. Esto cuesta y nos arrancará gritos de dolor. Pero Jesús pide ese trono y hay que dárselo. La caridad ha de ser el arma para combatir a ese dios.

Ocupémonos del prójimo, de servirle, aunque nos cause repugnancia hacerlo. De esta manera conseguiremos que el trono de nuestro corazón sea ocupado por su Dueño, por Dios nuestro Creador.

Venzámonos. Obedezcamos en todo. Seamos humildes. ¡Somos tan miserables! Seamos pacientes y puras como los ángeles y tendremos la felicidad de ver que Jesús, que es un buen arquitecto, edifique una segunda casa de Betania, donde tú te ocuparás de servirlo en la persona de tus prójimos como lo hacía Marta, y yo como Magdalena permaneceré contemplándolo y oyendo su palabra de vida. Es imposible que, mientras estemos en el colegio, El exija de nosotras esa total unión que no consiste sino en ocuparnos de El. Pero podemos cada hora ofrecerle un ramillete de amor.

Amemos al divino Niño que sufre tanto sin encontrar consuelo en las criaturas. Que El encuentre en nuestras almas un refugio un asilo donde guarecerse en medio del odio de sus enemigos y un jardín de delicias que le haga olvidar el olvido de sus amigos.

Termino. Adiós. Contéstame esta carta y guárdame el más completo secreto. Tu hermana que te quiere en Jesús Juana.

3. DIARIO 31. Seguir a Cristo en la pobreza, humildad y fidelidad

Jueves 16 [8.1917]. Jesús mío, perdóname. Soy tan orgullosa que no sé aceptar con humildad la más ligera humillación. Jesús querido, enséñame la humildad y envíame humillaciones, aunque soy indigna de ellas. Jesús querido, quiero ser pobre, humilde, obediente, pura, como era mi Madre y como Tú, Jesús. Haz de tu casita un palacio, un cielo. Anhelo vivir adorándote como las ángeles, sentir mi nada en tu presencia. Soy tan imperfecta. Quiero ser pobre como Tú y, ya que no puedo serlo, quiero no amar nada las riquezas, etc.

Lunes 20 [8.1917]. ¿Dios mío, por qué me habéis abandonado? Jesús mío, quizás he sido ingrata para contigo. Me siento insensible, fría como el mármol, sin poder ni meditar ni aún comulgar con devoción. Jesús mío, te lo ofrezco por mis pecados y por los pecadores y el Santo Padre y sacerdotes. Me uno a tu abandono en el Calvario.

Martes 21 [8.1917]. Hoy he estado más unida a mi Jesús. Le amo. Esta mañana tocó mi corazón y me resucitó de mi letargo. ¡Oh, le amo! Me pidió tres cosas: 1ª Que guardara el silencio; 2ª Que viviera con espíritu de fe; 3ª Que diera gracias por la comunión en la mañana, y en la tarde que me preparara para la otra. Lo primero, cumplí. Perdón Jesús, mañana seré más fiel.

Miércoles 22 [8.1917]. Si no me ayudara Jesús en mis resoluciones, las echaría todas en un abismo para no acordarme de ellas. Pero espero en Aquel que me conforta. A ver si mañana seré mejor que hoy, pues cuando salgo me distraigo más; no me recojo tanto. Recibí carta del Padre Colom. Me habla de la elección del monasterio. ¿Qué hacer? No sé qué hacer, verdaderamente. Por otra parte me dicen que no piense, pues falta mucho. Pero sólo falta un año, pues quiero entrar de religiosa a los 18 años.

Jueves 23 [8.1917]. Jesús me dijo que obedeciera a mi confesor. Que me pusiera en sus divinas manos; que no me inquietara en nada, pues ya El me dijo de dónde sería. Examiné lo que me llevaba al Carmen y por lo principal es porque allá viviré ya como en el Cielo, pues ya no me separaré de Dios ni un instante. Le alabaré y cantaré sus misericordias constantemente, sin mezclarme para nada con el mundo. Por otra parte, los rigores de la penitencia me atraen, pues siento deseos de martirizar mi cuerpo, despedazarlo con los azotes, no dándole en nada gusto para reparar las veces que le di a él gusto y se lo negué a mi alma. Me gustan las Carmelitas porque son tan sencillas, tan alegres, y Jesús debió ser así. Pero vi también que la vida de la carmelita consiste en sufrir, en amar y rezar. Cuando los consuelos de la oración me sean negados, ¿qué será de mí? Temblé. Mas Jesús me dijo: "¿Crees que te abandonaré?"

Viernes 24 [8.1917]. Quiero dejar escrito un acontecimiento que me sucedió, que aunque pequeño, me sirvió para humillarme. Estábamos en instrucción cuando una abeja u otro bicho más grande se acercó a mi. Sin saber cómo di un salto y arranqué para afuera de la sala; pero después me dio vergüenza de no haberme sabido vencer, pero en fin ofrecí la humillación a Dios y entré. Entonces la M. Izquierdo me miró tan fija y profundamente que hubiera querido que me tragara la tierra, como recordándome mi poca vigilancia sobre mis inclinaciones. Oh, cuán pequeña y miserable me vi. Estaba sola. Jesús me dejó y yo, sin Jesús, ¿qué soy sino miseria? Después le fui a pedir perdón a la Madre. Confieso que me costó; pero me dirigí a mi Madre, y Ella, como siempre, me ayudó. La M. Izquierdo me dijo "bueno" inmediatamente. Creo que hubiera preferido que me hubiera reprendido. Entonces me acordé de Jesús, de su misericordia cuando miró a Pedro y lo enterneció con su mirada. Doy gracias a Dios de este acontecimiento, pues no lo ofendí, mas sirvió para humillarme.

Me fui a confesar el viernes [24.8.1917]. Me dijo el Padre que no me inquietara por las distracciones, pues me servían para humillarme. Me dijo que cuando tuviera duda sobre una cosa, hiciera el término medio.

Sábado 25 [8.1917]. ¡Cuánto amo a mi Madre! ¡Cuánto me ama Ella! Hoy es el día de su Corazón Inmaculado. Qué tiernamente hablaron de Ella en el sermón. Llegué a llorar después. Tanto la amaba. Estoy triste. Yo no sé lo que tengo. Cuánto me cuesta acostumbrarme a ponerme la última en todo. Jesús me dijo que El estaba siempre en el último lugar.

4. DIARIO 55: Sufrimiento por seguirle.

Compartir el dolor. Entrega de la voluntad

[Mayo 20.1919]. En la noche sentí una pena inmensa por la separación. Se me representaba la Rebeca sola en nuestro cuarto llorando. Deseaba ardientemente abrazar y estrechar a cada uno de los que abandoné por Jesús. No sabía ya la pena que sentía y si declarársela a nuestra Madrecita, pues me parecía que era buscar consuelos en las criaturas. Pero le dije a N. Señor que, si ella venial a dejarnos [al noviciado], le diría; si no, me callaría. Pero N. Señor, como siempre me regalonea, permitió, contra la costumbre, que viniera. Le dije mi pena y ella me llevó al coro donde me llegaba a estremecer de la violencia del dolor. Gracias a las oraciones de nuestra Madrecita quedé más en paz y pude dormir después.

22 de mayo [1919]. N. Señor en la oración me manifestó cómo El había sido triturado por nosotros y convertido en hostia. Me dijo que para ser hostia era necesario morir a sí misma. Una hostia -una carmelita- debe crucificar su pensamiento, rechazando todo aquello que no sea de Dios. Siempre tener el pensamiento enclavado en El. Los deseos, dirigidos a la gloria de Dios, a la santificación del alma. Una hostia no tiene voluntad propia, donde quiera la transportan. Una hostia no ve, no oye, no se comunica exteriormente sino en el interior.

Después me mostró cómo, a pesar de su agonía en el altar, las criaturas no lo amaban, no reparaban en El. Esto me ha tenido muy apenada todo el día. Es una especie de martirio, pues me siento sin fuerzas para amarle como debiera; muy miserable, e incapaz de ofrecerle ningún consuelo. Además veo la ingratitud de los hombres. Esto me produce una amargura indecible. Para mayor tormento, me llegó carta de mi mamacita en que me dice ruegue para que N. Señor se lleve a Miguel, porque está muy malo. Esto me tiene fuera de mi misma, porque es mi propia sangre la que ofende a Dios. Estoy incapaz de nada. Tanto es el amor que experimento y la amargura por los pecados. N. Señor me dijo en la comunión lo consolara. Se me presenta a cada instante como agonizante. ¡Es horrible...! Me dijo lo acariciara, lo besara, porque esto le servía de consuelo.

26 de mayo 1919. Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amoratados. Sin facciones. Pálido. Demacrado. Tiene la túnica hasta la mitad del cuerpo. Las espaldas están cubiertas de una multitud de lancetas, que entiendo son los pecados. En las paletas, tiene dos llagas que permiten verle los huesos blancos, y enclavados en los huecos de estas heridas, lancetas que llegan hasta penetrar en los huesos. En la espina dorsal tiene lancetas que le duelen horriblemente. Por ambos lados corre la sangre a torrentes e inunda todo el suelo. La Sma. Virgen está a su lado de pie, llorando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía. No puedo llorar, pero me cubro entera de transpiración y las manos se me hielan y el corazón me duele y se me corta la respiración.

Con esta visión, todo se me hace amargo y no encuentro gusto nada más que en estar acompañando a N. Señor. Pero encuentro más perfecto hacerlo todo sin demostrar exteriormente ninguna pena. Con mi Madrecita he conversado, pues sentía necesidad de que lo consolasen almas que no fueran tan miserables como la mía. N. Señor me dijo que tanto nuestra Madrecita y Hermanitas como yo lo habíamos consolado. No sé cómo agradecerle a N. Señor me haga participante de sus sufrimientos y que encuentre consuelo en mí, pecadora miserable. Lo único que me pide es que no hable de mí misma, viva sólo para Dios y para consolarlo. Que sufra en silencio. Pero como a veces ya no puedo más, me desahogo con mi Madrecita. ¿Hasta cuándo buscaré las criaturas? Deseo no morirme sino hasta el fin del mundo para vivir siempre al pie del sagrario, confortando al Señor en su agonía.

 

5. CARTA 40. A ELENA SALAS GONZÁLEZ.

Seguir a Jesús en amor, fe, oración, obediencia, pobreza, Carmelo.

Querida Elena: ¿Qué te parecen mis proyectos? ¿No encuentras que son demasiado ideales para mí que soy tan miserable? Cuando pienso en las grandezas que se encierran en la vocación me confundo y no sé cómo agradecerle a N. Señor el haberse fijado en una criatura tan ruin.

Dime, ¿hay algo más grande sobre la tierra que el Dios eterno, inmutable, el todopoderoso, busque en la tierra un alma para hacerla su esposa; busque un corazón humano para unirlo a su Corazón Divino y hacer en el amor la fusión más completa? Más aún, ¿que Dios baje a la tierra y viva allí en la Eucaristía muriendo de amor por un alma? Imagínate el amor más grande de la tierra, ¿qué es en comparación del de un Dios Infinito?

El amor humano generalmente tiene principio a los 7 años. Desde esta edad se puede concebir en el corazón del hombre la pasión del amor. Pero en Dios ese amor es infinito. El es eterno, y su amor eterno es. El amor humano estriba en la hermosura del cuerpo y en la bondad del corazón. Pues siendo el hombre un compuesto de alma y de cuerpo debe tener su objeto proporcionado. Debe, pues, la mujer reunir la hermosura del cuerpo, para que el marido se complazca en mirarla y también debe tener la belleza moral, pues la hermosura del rostro, sin la última, no vale nada. Mas es tan difícil reunir ambas, que estoy convencida que la pasión que un día llenaba su corazón, después se convierte en cariño y por último en indiferencia.

¿Cómo se puede querer por un instante, cuando se sabe que ese amor un día no será correspondido? Ahora bien, ¿cómo puede enamorarse uno de un ser imperfecto, de un ser que a cada instante se le noten deficiencias de carácter y cualidades y multitud de defectos? ¿Cómo se puede querer a un hombre, cuando Dios nos pone un limite en este amor? Antes que a todos los seres debemos querer y servir al Creador; ya entonces el hombre es segundo término. No, no puedo comprender ese amor; no comprendo cómo pueden enamorarse así.

El amor es la fusión de dos almas en una para perfeccionarse mutuamente. ¿Cómo se podrá unir un alma a otra más perfectamente que lo que Dios se une con la nuestra? El alma unida a Dios se diviniza de tal manera que llega a desear y obrar conforme a Jesucristo. ¿Hay algo más grande en el mundo que Dios? ¿Hay algo más grande que un alma divinizada? ¿No es esta la mayor grandeza a que puede aspirar el hombre? Es verdad que no lo vemos con nuestros ojos del cuerpo. Mas Dios se nos hace visible por la fe. No lo palpamos con nuestras manos, mas lo palpamos en cada de sus obras.

Créeme. Sinceramente te lo digo: yo antes creía imposible poder llegar a enamorarse de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de N. Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de El y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, El está conmigo dentro de mi pobre corazón. Es su casita donde yo habito; es mi cielo aquí en la tierra. Vivo con El y, a pesar de estar en los paseos, ambos conversamos sin que nadie nos sorprenda ni pueda interrumpirnos. Si tú lo conocieras lo bastante, lo amarías. Si estuvieras con El una hora en oración, podrías saber lo que es cielo en la tierra.

Pídele a la Sma. Virgen que sea tu guía; que sea la estrella, el faro que luzca en medio de las tinieblas de tu vida. Que te muestre el puerto donde has de desembarcar para llegar a la celestial Jerusalén. La voluntad de Dios es que seamos virtuosas. Tengamos el suficiente carácter para ser verdaderas Hijas de María, tanto en el colegio como en la casa. Lo demostraremos si somos obedientes. Obedecer, tal como obedecía N. Señor Jesucristo en Nazaret, aún a sus inferiores, porque era la voluntad de su Padre. Obedecer sin replicar y sin indagar si tienen razón o no en mandarnos, sometiendo así nuestro juicio al del superior o inferior. Siendo puras como los ángeles. Jamás detenernos en un pensamiento impuro, ni fijar nuestra vista en algo menos decente. Tener mucha modestia en el vestirnos, pensando cómo lo haría la Sma. Virgen. Debemos tratar de ser caritativas. No hablar jamás mal del prójimo. Defenderlo en cuanto podamos, o desviar la conversación a otro asunto sin que lo noten, si no podemos defenderlo.

Manifestarnos siempre cual somos, es decir, sin andar disimulando lo que pensamos (sólo que la prudencia lo estime necesario). Y nuestro pensamiento ha de ser el que corresponde a una Hija de María. Jamás dejarnos vencer por el respeto humano, y recurrir a la Sma. Virgen, si nos vemos vencidos por él. Ser humildes. Tratemos primero de no hablar de nosotras mismas para nada, ni en pro ni en contra, como de una persona que ni siquiera se habla de ella porque se desprecia.

Después, tratar de obedecer aún a los inferiores considerando que todos tienen derecho a mandarnos, porque somos muy miserables. Cuando se nos reprenda, no disculparnos en nada y decir que en adelante trataremos de corregirnos. Lo que ante todo procuraremos es vivir en esa oración continua en que la Virgen vivía. Si Dios a cada instante se nos da con amor infinito, ¿no nos corresponde a nosotros, criaturas miserables, darnos a El con todo nuestro ser, de modo que todas nuestras obras vayan dirigidas a El con toda la intensidad de amor de que somos capaces? Ofrecernos a El con amor para cumplir su adorable voluntad, he ahí el plan de santidad que concibo. Dios es amor, ¿qué busca en las almas sino amor? Antes de cada acción debemos darle una mirada. El está en nuestra alma, ¿con quién podemos estar más unidas? Allí ofrezcámosle hacer aquella acción, no por los pecadores, ni con ningún interés, sino porque le amamos. ¡Cuánto lo agradece El que es la misma bondad! Si nosotras agradecemos el cariño humano, ¿qué será aquél Corazón lleno de ternuras que dijo que quería sólo un poco de amor?

 

6. CARTA 65 . A UNA AMIGA. SEGUIMIENTO EN LA VIDA RELIGIOSA, SUFRIMIENTO, SEQUEDADES, VOLUNTAD DE DIOS.

Querida hermanita: Que la gracia del Espíritu Santo sea en tu alma. No te extrañes no te haya contestado tu cartita encantadora; pero me es sumamente difícil, pues tengo que emplear un rato muy largo para conversar con mi hermanita y el tiempo anda escaso.

Estas letras que pongo bajo la protección de mi Madre Santísima y que las escribo en unión con mi Jesús, han de hacerte ver el interés que tengo por ti y lo mucho que deseo seas toda de El -no importa dónde- con tal que seas una santa. Te aconsejo que en cuestión de vocación consultes con el Padre Falgueras o con un padre que sea tu confesor, pues ellos reciben especiales luces sobre el camino por donde han de guiar las almas. De todos modos, yo te daré algunas señales que te pueden servir para conocerla y vayas pensando mientras no puedas consultarlo

Te voy a hacer las siguientes preguntas: ¿Deseas mucho pertenecer sólo a Dios y servirle en cuanto te sea posible con la mayor perfección? Ese fue el ideal que Dios se propuso al crearnos: que lo sirviéramos y amáramos sobre todas las cosas. ¿No encuentras que es demasiado el consagrarle a Dios toda una vida? El vive para nosotras y no hace otra cosa que amarnos. ¿Crees que podrá quedar saciado tu corazón con el amor de las criaturas, que la mayor parte de las veces es inconstante y pasajero? ¿No dejan en tu corazón un vacío, una tristeza las diversiones mundanas y los paseos? En cambio Dios nos ama y ese amor es inmutable, y cuando pasamos un rato con N. Señor orando con fervor o hacemos el bien por amor a El, ¿no nos sentimos felices y tranquilos? ¿Te parece a ti que el matrimonio con un joven que sea un ventajoso partido, con el que puedas formar un hogar cristiano, te atraiga? ¿No te gustaría más ser de Dios, vivir despreciada y desconocida del mundo en un convento, formando miles de corazones cristianos, siendo madre de esas almas, convirtiéndolas y llevándolas a Dios? ¿Qué importa ser alabada, ser apreciada por las criaturas cuando éstas no son nada? ¿No importa más ser querida y apreciada de Dios? ¿Qué importa sacrificarse en el destierro por pocos años, si se ha de demostrar en esos años el amor a un Dios que nos amó eternamente? Morir sufriendo por las almas que costaron la sangre de un Dios infinito ¿encuentras que es mucho? O, si me dieran todo el mundo, toda su vana ostentación, ¿no dudaría en irme a mi conventito pobre y desconocido? Además, ¿quién como N. Señor podrá querernos? Nadie en el mundo. Ni aún nuestras propias madres. Su amor es infinito. Si amamos a aquellos que nos aman; si se entregan muchas a aquellos que más las aman, ¿no es natural que nosotras que hemos comprendido el amor de Dios nos entreguemos a El? El supera a todas las criaturas en hermosura, en bondad, en sabiduría, en santidad, en poder, en justicia, en amor. Si amamos a los seres que tienen cualidades extraordinarias, ¿por qué no amarlo a El, que las reúne todas con infinita perfección?

Hermanita, piensa en todo esto. Y si eres capaz de renunciar a todas las comodidades por vivir con El, para ser la esposa del divino Crucificado; si sientes que serás capaz -claro que ayudada por El -es porque Dios te quiere para Sí, ya que te da el valor para abandonarlo todo, y te da su amor para que lo sigas al calvario. Sí, ser esposa de Cristo es ser crucificada, pues así como los esposos comparten las alegrías y las penas, las riquezas y las pobrezas así también la que es esposa del Crucificado, del Obediente hasta la muerte, del que no tiene dónde reclinar la cabeza, ¿no debe ser crucificada por el mundo, no debe ser obediente hasta morir sin voluntad, no debe ser pobre hasta no tener sino a Jesús para reclinar sobre su pecho su cabeza? La vida religiosa, hermanita mía, no es sino vida de sacrificio. El alma se ha dado a Dios y debe darse enteramente, pues el amor no deja nada para sí; todo lo consume, para que de esas cenizas se levante una persona sola: Cristo. La criatura se consumió en la divinidad.

Ella no tiene voluntad, sino lo que diga Jesús por sus superiores. Si la mandan trabajar, aunque esté enferma lo debe hacer. Si le ordenan rezar y después dejar ese rezo e irse a sus hermanas, lo debe hacer. Y esto sin decir palabra. Jesús obedeció en silencio. Su espíritu y su corazón deben someterse en silencio. Cristo era superior a las criaturas, vera el mal que le causaban los judíos al darle la muerte y, sin embargo, se sometía enteramente, sin murmurar. Sufre la religiosa en vencerse a sí misma, en despreciarse y humillarse, en vencer sus defectos y adquirir las virtudes para ser perfecta, en amar y servir con alegría y caridad a aquellas de sus hermanas que no tienen buena voluntad para con ella. Sufre mortificando su cuerpo, viviendo en continua austeridad, negándose toda comodidad; y eso, por toda la vida. Mas ¿qué importa si Dios está con ella?

Mas, hermanita, hay otros sufrimientos aún mayores que no sé si los comprenderás. Estos son las sequedades del espíritu, que consisten en verse enteramente abandonada de Dios; en no sentir ningún fervor en la oración. Como somos tan miserables nos apegamos al fervor sensible, a sentir el amor de Dios sensiblemente, y vamos muchas veces a la oración a buscar los consuelos de Dios pero no a Dios. Esto es imperfección y N. Señor purga a veces a las almas que quiere dándoles estas sequedades, y sólo cuando ya no les importa sentir o no el fervor sensible, entonces las regala y las consuela. Este es el mayor sufrimiento, pues es del alma: se ve abandonada a sus fuerzas, separada de Dios a quien tanto ama, y cercada de tentaciones; llena de flaquezas. ¿Cómo será este sufrimiento, que Nuestro Señor, que no se quejó durante toda su pasión, al verse abandonado de Dios lo llamó con gran angustia: "Dios mío, por qué me habéis abandonado?" Cuando en el huerto se sintió débil al ver lo que iba a sufrir y experimento en su alma el dolor de la Pasión, dijo: "Si es posible, Padre mío, pase de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad sino la tuya". ¡Cuánto mayor será, pues, para el alma verse sola sin Aquel por quien lo dejó todo! Mas Dios le deja sola aparentemente, pues Dios está a su lado invisiblemente con su gracia, y puede sacar de esa prueba mayor humildad al ver qué poco puede por sí misma, y mayor amor al ver que, a pesar de ser miserable, Dios la ha llamado y amado más que a otras criaturas.

En cuanto a lo que me dices te hable de las Carmelitas y..., lo haré para otra carta, pues veo que primero está que te resuelvas a ser de Dios. Después te dirá dónde le debes servir. En todas partes puedes ser santa, con tal que observes perfectamente la Regla.

Me dices que quieres ser la casita de Dios. Me alegro mucho por ello, pues veo por eso que lo quieres. Sor Isabel de la Trinidad decía: "Dios es el cielo y Dios está en mi alma". Luego tenemos el cielo en nuestra alma. Ahora bien, ¿qué se hace en el cielo? Amar, contemplar a Dios y glorificarle. He aquí lo que trataremos de hacer: amarlo antes que a nadie. El que ama siempre piensa en el amado. Nosotras pensemos constantemente en El; pero ya que es esto imposible, al menos pensemos muy a menudo en El Contemplémosle allí, en el fondo de nuestra alma, unido a nosotras. Contemplémosle orando a su eterno Padre por las almas y por los pecadores, y unámonos a esa divina oración. Contemplémosle trabajando a nuestro lado. Ahora lo miro escribiendo y me uno a El. Contemplémosle -dice santa Teresa- alegre como en el Tabor, si estamos alegres; triste como en el Huerto si estamos tristes; y así en todo. Contemplémosle en las criaturas. Así nos será más fácil tener caridad. Si somos humilladas, lo somos por El. Si somos alabadas, lo somos por El. Si servimos, servimos a El; y así en todo. Así el alma queda simplificada y unida a El; siempre piensa y ve a El.

Por último, en el cielo se cantan sus alabanzas y se le glorifica por sus obras; seamos, pues, como Isabel de la Trinidad, alabanza de su gloria. Es decir, obremos todo por amor y siempre lo más perfecto, de manera que, al vernos las demás personas, puedan decir: "qué virtuosa es". Y ¿para quién es la gloria de nuestra virtud sino para Dios, ya que es Él el que obra en nosotras? Nada podemos por nosotras mismas. Propongámonos en todo lo que hacemos la gloria de Dios y todo por amor a El; de esta manera nuestras obras serán con pureza, pues obraremos por El en El y para El. Si nuestras obras son puras, nosotras también lo seremos; así nuestro Señor estará contento en nuestras almas. Viviendo así, viviremos vida de cielo en la tierra. Y ¿cómo podremos demostrarle más nuestro amor a Dios que haciéndole encontrar el cielo en la tierra? Dios va a ser pues el dueño de nuestra alma, de nuestra casita. El dueño de casa es el que manda y vela por la casa, y todos le obedecen y se guían por su parecer. Hagámoslo así también nosotras.

En el cielo se hace siempre la voluntad de Dios, ya que N. Señor nos enseñó a decir: "Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo". ¿Quieres que te diga con franqueza que -yo lo sé por experiencia-, si hay algo que le gusta a Dios, es que nos abandonemos, pero completamente, a su divina voluntad; pero de tal manera, mi querida hermanita, que no podamos decir "quiero" porque le hemos dado nuestro querer a Dios? Por ejemplo: deseamos salir: "Señor, si Tú lo quieres, saldré; si no, no, y me quedaré feliz". Si por el contrario, tenemos que salir a paseo y no tenemos ganas: "Cómo Tú lo quieres, iré feliz, pues me ayudará a amarte".

En pedirle por nuestras familias y por nosotras, decirle siempre: "Estos son los seres que quiero en Ti; Tú ves sus necesidades. Si quieres Tú, Señor, remédialas". Y quedarnos tranquilas con su divina voluntad. No pedirle nada, sino decirle "dame lo que Tú quieras". Esta es la mayor gloria de Dios, y no te niego que cuesta, pues a veces, sin darse cuenta uno, le pide; pero decirle: "no, Señor, lo que quiero, sino lo que Tú quieras".

Dime también si haces oración y cuánto rato. Examínate después cómo la has hecho y apunta las inspiraciones de N. Señor que has recibido en ella, para que las leas y no se te olviden. Cuánto te latearán mis cartas, hermanita; perdóname y reza para que cumpla lo que te he dicho, si Dios lo quiere que yo lo haré por ti.

El otro día hicimos un paseo precioso a caballo. Fuimos muy lejos, a un lugar muy pintoresco. No sabemos si mañana haremos otro a navegar en el río Loncomilla. Todo lo que veo me lleva a amar a Jesús, que lo ha hecho todo, y a glorificarlo por sus obras.

Rezo por tu abuelita. ¿Cómo está? Ojalá, si Dios lo quiere, se mejore. Vivamos unidas en el Corazón de Jesús. A?Dios, casita de Dios Juana, H. de M.

 

7. CARTA 83: SEGUIMIENTO SUBIENDO AL CALVARIO, DESPEDAZADA COMO JESÚS.

Al P. Julián Cea, C.M.F. JESÚS Santiago, abril de 1919

Rdo. Padre Julián Cea

Rdo. Padre: Ayer,l al volver del fundo de unas amigas, me encontré con su carta que de tanto provecho ha sido para mi alma. La carta anterior también la recibí, pero no quería contestarla hasta no darle la noticia del consentimiento de mi papacito. Gracias a Dios, lo tengo para el 7 de mayo. No puedo dudar es un milagro de San José, pues fue el domingo 3?° de los dedicados a este santo. No tengo cómo agradecerle a mi Jesús tanta bondad para con esta alma tan miserable e infiel. Estoy feliz al contemplar las puertas de mi Carmelo ya abiertas para recibirme. Sólo me restan 20 días más o menos, y después... el Calvario, el Cielo. Ya estoy subiendo su cima. El dolor de la separación es tan intenso, que no hay palabras para expresarlo. Sin embargo Dios me sostiene y aún cuando veo que todos los míos lloran, permanezco sin hacerlo, sin demostrar siquiera pena. Es esto lo que me pide N. Señor. Más aún, que ni siquiera diga a nadie que sufro; que ante los demás permanezca como insensible. Créame, Rdo. Padre. Esto es horrible; pero cuento con la gracia de Dios que en estos momentos sobrepasa todo límite.

Sus cartas me infunden ánimo. Dígame si hay otra manera de realizar el sacrificio más perfectamente, pues yo quiero dar a Dios lo más que pueda darle. Continúo en las mismas disposiciones de espíritu, pero verdaderamente que me encuentro con la gracia de Dios muy por encima de todo lo que siento. Lo amo, pero sin sentir ese amor como me sucedía antes, que me sentía sin fuerzas y desfallecida. Ahora no es as;; estoy más unida a El, pero sin sentir nada.

¡Cuánto le agradezco el interés que tiene por mi alma! Que Dios se lo pague. En mi subida al Calvario lo tengo muy presente. Acepto con sumo agradecimiento el convite que me hace para ofrecernos como mártires. Es todo mi ideal. Sin embargo, nunca le pido a N. Señor esta gracia porque soy demasiado indigna de ella. Además creí que era más perfecto no pedirle nada más que el cumplir su voluntad, y fuera de ello no deseo nada más.

Pero hace un año -creo- N. Señor se me reveló un día cuando estaba expuesto, con una caridad infinita. Entonces me hizo comprender su amor no correspondido por los hombres. Me pidió me ofreciera como victima de amor y expiación y me aseguró iba a sufrir mucho en mi vida. Después de esto, yo no quise sin consultarlo al confesor ofrecerme como víctima, y me dio permiso, pero por cierto tiempo. Tuve varios meses muchos sufrimientos interiores, pero cesaron después.

Le ruego que el viernes santo a las tres, si no es mucho pedirle, me ofrezca a N. Señor para siempre por sus manos de sacerdote. Dios no rehusará esta ofrenda completa de todo mi ser para ir despedazada y martirizada por su amor. Que yo sea toda de El y para siempre. Ofrézcame, le ruego, con una amiga íntima que tiene mis mismos ideales y un alma parecida a la mía, aunque mejor; es una santita. Rece para que Dios le manifieste su voluntad, pues, aunque desea ser carmelita, no puede pedir el permiso...

Le vuelvo a repetir: Dios le pague por todas sus oraciones, sobre todo, por la gran bondad que tiene en recordarme durante la Consagración. Le aseguro me ha hecho feliz, pues ten(a ansias verdaderas de que un sacerdote me ofreciera y bañara en esa sangre divina. Me considero muy indigna de semejante ofrenda. Pero creo que, a fuerza de tantas oraciones, Dios completará en mí la obra de mi santificación. Seré santa con la gracia de Dios.

Ruegue por los míos, para que El les dé valor para darme a mi Divino Esposo Jesucristo. Adiós. Junto al Divino Crucificado encontrará a esta indigna carmelita que ruega porque sea un santo mártir misionero del Corazón de Maria. Su affma en J.M.J.T Teresa de Jesús

 

8. CARTA 86: SEGUIMIENTO COMO VÍCTIMA, CAMINO DEL CALVARIO. ABANDONO. DECISIÓN.

A la Madre Angélica Teresa. Santiago, 20 de abril 1919

Reverenda Madre: ¡Aleluya! Es la primera palabra que brota de mis labios en este momento. ¡Cómo me gustaría darles personalmente a Ud. mi Rda. y queridísima Madre y a todas mis hermanitas el saludó de Pascual Pero que N. Señor sea el que lleve mis saludos y El les haga presentes mis deseos de paz y de santa alegría para mi Madrecita y Hermanitas.

¡Cuán feliz se siente el corazón cuando se entona el "Gloria in excelsis" después de ver a N. Señor sufrir tanto por nuestro amor! ¡Después de presenciar la escena horrible del Calvario el viernes, con cuántas ansias espera el alma que ama presenciar el domingo la escena del triunfo más completo de N. Señor sobre la muerte y sobre el pecado! El viernes a las 3 P.M. le pedí a la Sma. Virgen me ofreciera junto con la Divina Víctima. Que primero me purificara con esa sangre divina, y después me diera para siempre y completamente a Dios, para que no tuviera otro ideal que cumplir la voluntad de Dios con amor y con el fin de glorificarlo.

Sólo me restan 17 días para permanecer en el mundo. Me parecen ya las cosas tan pequeñas que no tengo cómo agradecerle a N. Señor su llamamiento. Pocos días más, y viviré; porque la vida del mundo es muerte. Viviré "abscondita in Christo". Qué vida más ideal, mi Rda. Madre, es la que N. Señor me dará. Ya todo el mundo desaparecerá para mí, para encontrar tras las rejas de mi Carmelo horizontes sin límites, horizontes divinos que el mundo no comprende.

Pero no crea que voy en busca del Tabor sino del Calvario. Por la gracia de Dios, he comprendido que la vida de la carmelita es una abnegación continua, no sólo de la carne, sino de la voluntad y del juicio. Y aunque a veces esto me hace estremecer, sin embargo no quiero otra cosa que la cruz. Antes me parecía que Dios daría a las almas que se entregan a El los goces y dulzuras de la oración, y que sólo por sentirlas era de encerrarse en el convento. Pero hoy comprendo que eso no es buscar a Dios, sino a sí misma; y me preparo, no para regalos, sino para sequedades y abandonos, en una palabra, para cumplir la voluntad de Dios.

Le aseguro que no sé qué daría por predicar al mundo entero el abandono ciego en manos de Dios. Créame que lo he palpado en mis asuntos, pues no le he pedido nada sino lo que El quiera y nada más. Le he dicho a mi Jesús que El sea el Capitán. Que ordene. Que su soldado lo seguirá hasta la muerte, pero siempre que lo ayude con su gracia.

Mi Madre tan querida: desde ahora me pongo en sus manos, para que vaya formando a esta indigna carmelita. Quiero ser una santa carmelita. Sería una locura que, después de sacrificarlo todo, no fuera una carmelita según el ideal de mi Madre Santa Teresa; que mi Jesús no pudiera decirme que era totalmente de El. ¡Qué feliz estoy porque luego ya no tendré que estar disimulando que soy del buen Jesús! Ahora no tengo un momento para estar tranquila con N. Señor y sin preocupaciones. Desde el 7 ya no habrá nadie entre Dios y su sierva Teresa. ¡Qué felicidad!

Hoy llega mi papacito con mis hermanos, que creo sabrán. No sé cómo irán a portarse conmigo. En fin, lo que quiera Dios. Mi hermano Lucho me escribió una carta muy tierna y cariñosa y me ruega que no me vaya, porque en el mundo puedo no casarme y hacer mayor bien. Pero yo le contesté refutándole sus argumentos, y que ya está decidido.

Mi sobrinita Luz está muy bien. La encuentro encantadora. ¡Como será esa almita templo de la Sma. Trinidad! La quiero muchísimo y me encanta tenerla en los brazos. Mucho le agradeció mi hermana su recuerdo precioso; pero no sus deseos que fuera carmelita. Salude a mis queridas Hermanitas, por quienes tanto rezo, aunque poco valen mis oraciones, y que muy pronto tendré la dicha de vivir junto a ellas. ¡Qué honor vivir entre santas! Por la fuerza tendré que serlo. Y Ud., mi Rda. Madre, reciba el sincero y filial afecto que le profesa su hija en el C.J.M. Juana

 

9. CARTA 104 SEGUIMIENTO CON AMOR EN LO NEGATIVO DE LA VIDA, SED DE ALMAS, POR LA ENTREGA AMOROSA A JESÚS.

J.M.J.T. Convento del Espíritu Santo, mayo de 1919

Señora Lucía Solar de Fernández Que Jesús sea con mi mamachita querida:

Hoy, como es domingo, no tenemos tantos quehaceres, y nuestra Madrecita me permite me traslade un momentito a su lado para conversar. Pero ahora tiene que poner dos sillas, porque voy con mi Jesús. Ya nos es imposible separarnos. ¡Qué felicidad...

No sabe cuánto gozo con sus cartitas. Todas ellas me dicen que los sentimientos divinos de mi alma encuentran un eco fiel en la de mi mamachita querida. ¡Cuántas gracias le doy a mi buen Jesús por haberme dado una madre como la que tengo, una madre que sólo mira los intereses divinos! Amemos, mamacita, a ese Jesús que es tan aborrecido y ofendido. Consolémosle a cada segundo diciendo que le amamos. Le gusta tanto este canto no interrumpido de amor... Amémosle en cada uno de nuestros actos, haciéndolos con perfección y sólo por agradar a El. Amemos su adorable Voluntad en cada una de las circunstancias de nuestra vida. Cuando se ama, todo es alegría; la Cruz no pesa; el martirio no se siente; se vive más en el Cielo que en la tierra. La vida del Carmelo es de amar. Esta es nuestra ocupación.

Le aseguro, mamacita, que es hambre, que es sed insaciable la que siento porque las almas busquen a Dios. Pero que le busquen no por el temor, sino por la confianza ilimitada en su Divino Amor. Cuando un alma se entrega así, Jesús lo hace todo, porque ve que esa alma es miserable e incapaz de todo bien, y como la ve llena de buena voluntad y desconfiada de sí misma, se conmueve su amante Corazón y la toma por su cuenta.

Busque, mamacita, a Dios de esta manera y verá que Dios se acercará más a Ud. y la arrojará más hondamente en el océano infinito de amor. Parece que a N. Señor le agrada mucho esto, pues hace sentir su presencia al alma sensiblemente. Abandonémosle todo, mamachita linda, a su adorable Voluntad, y El todo lo hará, porque nos ama infinitamente.

Respecto a lo que me dice de Miguel, me ha dado mucha pena y rezo muchísimo por él. Ya sabe que he venido al Carmen para convertirlo. Nuestra Madrecita, con su excesiva bondad, está ofreciendo todo por él y todas mis hermanitas rezan también. Confiemos, y el Sdo. Corazón lo arreglará todo para su gloria. Las súplicas de una madre Dios no las desoye jamás. Así pues, suframos, oremos y amemos. Esta ha de ser nuestra consigna para conseguirlo

No se imagina cómo me cuida nuestra Madrecita. Llegó el otro día al colmo de creer que no tenía bastante ropa en la cama, y después de tocar para recogerse, ella misma fue a buscarme más ropa para abrigarme; y en todo obra así. Me regalonea demasiado. Me llega a confundir, pues no merezco que nadie se preocupe de mí. Pero parece que está de acuerdo con N. Señor, pues los dos no se dan tasa para colmarme de cuidados. ¿Qué hacer sino agradecer ?

Estoy feliz, pues tengo el oficio de despertadora. Me levanto un cuarto de hora antes para despertar a mis hermanitas. Es lo más delicioso, pues está oscuro todavía, con luna. Y soy la primera que me voy al coro. Allí, delante de N. Señor, sola, cuántas cosas no le digo, mamachita linda, por todos; pues a esa hora tiene que estar muy generoso, pues toda la noche acopia las gracias para las almas. Me encanta este oficio, pues tengo que llamar a mis hermanas a la oración, y ya que mis alabanzas son tan pobres al menos llamo a otras almas que saben amar y alabar mejor al Divino Prisionero. Hoy también fui a la cocina para aprender a cocinar. Me encanta, y recordaba a la Susana en sus apuros.

Principiamos el mes del Sdo. Corazón. Ya supondrá con qué devoción y recogimiento se hace. Primer mes del Sdo. Corazón en el Carmen, ¿no es un sueño? Rezan esa oración que Ud. rezaba: "Oh Jesús, os consagro mi corazón" y que tanto me encanta. Tenemos un Niñito Jesús regalado por nuestra Madre Margarita en el Noviciado. Antes lo tenían en el coro y, desde que llegué, lo trajeron para acá. Todas ayer reclamaban al Niñito Jesús pero nuestra Madrecita no nos lo quiso quitar. Se lo habían llevado al coro y El se vino con su Teresa, y he pasado una hora encerrada en mi celdita diciéndole mil disparates, porque estoy loca, pero bien loca...

El jueves entramos a retiro por ocho días para prepararnos a Pentecostés. ¡Qué rico! Rece por su Teresita para que sea loca endiosada, ¿no? Ojalá, mamacita, les pidiera a las Madres del S. Corazón ese canto "Repetiré canto de amor". Creo que lo llaman "amor y sacrificio", pues mis hermanitas desean cantarlo; y también "Cor Jesu, Rex", que ojalá los prestaran y se podrían copiar. Por favor, envíenos lo más ligero posible los encargos hechos en la carta a la Rebeca. Dios le pagará todo, mamacita.

Adiós. Se acaba el papel y el tiempo. Nuestra Madrecita le envía cariñosos recuerdos. Lo mismo mis hermanitas. Deles a mi papacito y hermanos un abrazo muy apretado, y Ud. reciba el inmenso cariño de su indigna Teresa de Jesús, Carmelita

Saludos especiales para mi tía Juanita, misiá Julia, Sra. Ester Pellé, Madre Josefina. De cada una me acuerdo especialmente. Lo mismo dígales a misiá Juanita Ossa y niñitas. Me acaban de entregar sus cartas. Agradézcales mucho a nombre de nuestra Madrecita y Hermanitas su regalito, y que pronto les escribiré. Saludo a mi mamita, y a la Rosa y cada una de las de casa. ¿Qué es de Lucecita? A Dios. En El vivamos alabando y amando. ¿Cuándo se va la Rebeca al Colegio? Saludos para las Madres, que muy unida les estoy. Vino el Padre Avertano y me confesé con él. Me gustó mucho. Es muy santo y espiritual.

 

www.caminando-con-jesus.org

caminandoconjesus@vtr.net