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Caminando con Jesús

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

 

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Santa Teresa de Los Andes

 

SUS ESCRITOS V

                    

 

1. DIARIO 11. La cruz del Internado.

 

2. DIARIO 54 La cruz de la separación de la familia.

 

3. CARTA 21: A su padre. Algarrobo, 2 de febrero de 1918.

 

4. CARTA 73. A su Padre Santiago, 25 de marzo de 1919.

 

5. CARTA 81 : A su hermano Luis. Cunaco, 14 de abril de 1919.

 

6. CARTA 145 : Sufrimiento afectivo y místico.

 

 

V. LA CRUZ EN TERESA

1. DIARIO 11. LA CRUZ DEL INTERNADO

En estas vacaciones fue cuando le escribí a Ud., Madre, dándole a entender mi vocación que Ud. adivinó.

Nos vinimos en marzo y yo entré al colegio; pero Ud., Madre mía, ya estaba enferma. ¡Qué pena tuve y cuánto recé por su mejoría! Pero el Señor no quiso mejorarla y le hizo apurar el cáliz de amargura que hace tomar a los que El quiere. Se la llevaron a la Maestranza. ¡Qué dolor me causó esta separación! Pero se la ofrecí junto con Ud. a Nuestro Señor y, al verla tan valerosa, tan heroica, me llenaba de valor y me preguntaba: ¿Acaso no es Jesús su apoyo y no es Él el que está para socorrerla?.

Le escribí una carta en que mostraba mi corazón, y a los pocos días la fui a ver, sin figurarme que muy pronto yo estaría allá también. En el semestre, mi mamá nos comunicó que entraríamos internas. Y a pesar de mi pena, no pude menos de agradecérselo a Nuestro Señor, que me preparaba el camino para estar más apartada de las cosas del mundo y me llamaba a vivir junto a El para que estuviera más acostumbrada a vivir separada de mi familia antes de entrar en el Carmelo. Lo que sufrí se puede ver por las líneas que escribía todos los días al acostarme, que son una especie de diario.

Jueves, 2 de septiembre 1915. Hoy hace un mes dos días que nos dijeron que entraríamos de internas. Yo creo que jamás me acostumbraré a vivir lejos de mi familia: mi padre, mi madre, esos seres que quiero tanto. ¡Ah, si supieran cómo sufro, se compadecerían! Sin embargo, me debo consolar. ¿Acaso viviré toda la vida sin separarme de ellos? Así lo quisiera yo: pagarles con mis cuidados lo que ellos han hecho por mí. Pero la voz de Dios manda más y yo debo seguir a Jesús al fin del mundo, si El lo quiere. En El encuentro todo. El solo ocupa mi pensamiento Y todo lo demás, fuera de El, es sombra, aflicción, y vanidad Por El lo dejaré todo para irme a ocultar tras las rejas del Carmen, si es Su Voluntad, y vivir sólo para El. ¡Qué dicha, qué placer! Es el Cielo en la tierra.

Pero entre tanto, qué siglos son los años que se esperan para darle el dulcísimo nombre de Esposo. Qué tristes los días de destierro. Pero El está junto a mí y me dice muy seguido: "Amiga muy querida". Esto me infunde ánimo y sigo esforzándome para hacerme un poco menos indigna del título que llevaré. ¡Ah!, ¿dónde será el lugar donde celebraremos nuestros desposorios y el lugar donde viviremos unidos? Me ha dicho el Carmen. Pero cada vez que quiero mirarlo más de cerca, parece que El lo cubre con un velo para que nada vea, y sin esperanza me retiro triste y desolada. Veo que mi cuerpo no resistirá, y todos los que están al cabo me repiten: "Es muy austera esa Orden y tú eres muy delicada". Pero Tú, Jesús, eres mi Amigo y como tal me proporcionas consuelo. Cuando salí a la casa por el día, me encontré [con] que la Madre Superiora del Carmen, sin conocerme, me había enviado un retrato de Teresita del Niño Jesús, con mi mamá; lo que me ha proporcionado mucho gusto. Me encomendaré a Teresita para que me sane y pueda ser Carmelita. Pero no quiero sino que se cumpla la voluntad de Dios. El sabe mejor lo que me conviene. ¡Oh Jesús, te amo; te adoro con toda mi alma!

 

2. DIARIO 54 LA CRUZ DE LA SEPARACIÓN DE LA FAMILIA.

Hace ocho días que estoy en el Carmelo. Ocho días de cielo. Siento de tal manera el amor divino, que hay momentos creo no voy a resistir. Quiero ser hostia pura, sacrificarme en todo continuamente por los sacerdotes y pecadores. Hice mi sacrificio sin lágrimas. Qué fortaleza me dio Dios en esos momentos. Cómo sentía despedazarse mi corazón al sentir los sollozos de mi madre y hermanos. Pero tenía a Dios y Él sólo me gastaba.

 

3. CARTA 21: A SU PADRE. ALGARROBO, 2 DE FEBRERO DE 1918

La cruz de la ausencia de su padre y posibles dificultades matrimoniales

Querido papacito: Por fin, tengo tiempo para escribirle; pues le aseguro que me había sido imposible hacerlo, pues pasamos ya en la playa o en caminatas; pero aunque no le [he] escrito, créame, papacito, que no paso un instante sin echarlo de menos, y recordarlo con mucho cariño, pues sé cuánto gozaría si estuviera aquí.

Hemos hecho varios paseos a caballo y de a pie, y otro en carreta, que creo se lo habrá contado la Lucita. Ayer hicimos uno muy bonito y muy en confianza, pues todas éramos chiquillas. Lo formamos con misiá Julia Freire de Rivas, pues somos íntimas con la niñita de ella. Fuimos 11 por todos a tomar onces a una quebrada denominada "Las Petras". Es un inmenso bosque, donde no penetra un solo rayo de sol, y en donde se encuentran los helechos más finos y preciosos como malezas. Tomamos muy ricas onces y después una chiquilla cantó. En seguida nos pusimos a jugar juegos de prendas. En fin, gozamos, pasándose en un segundo la tarde.

También salimos a andar a pie haciendo excursiones por los cerros y quebradas con la institutriz de la Luz Rivas Freire. No se imagina qué paisajes más encantadores los que vemos a cada paso:

todo lo que el campo presenta de bonito, junto con el mar que se divisa a lo lejos como un lago. Nuestro paseo favorito son los cerros de arena que le encantan a Ignacito, pues nos dejamos caer como de 3 metros, dándonos vuelta rodando.

Mi mamá no anda mucho, pues se cansa inmediatamente. El otro día estuvo, enferma con esas fatigas que siempre le dan y le duró por espacio de 1/2 hora; pero ahora, gracias a Dios, está mejor.

La Lucía está como una noche oscura con la ida de Chiro que se fue el martes con don Julio Hurtado, que lo convidó a irse por Casablanca, alojando en su fundo "Lo Orrego", y siguiendo después en auto a Valparaíso para tomar el expreso en ésa.

Lucho está muy triste también, porque se fue Paco Rivas F. Una lástima, ya que este chiquillo no lo dejaba leer. A todas horas lo venía a buscar para salir.

La Rebeca y yo muy contentas, pues salimos todo el día. Hoy vamos a salir a caballo con los Rivas, pues todo el día pasamos juntos. Hasta Ignacito, porque hay niños chicos. Ahora nos vamos a ir al baño y voy a bañar por primera vez a Nano porque antes lo bañaban aquí, al frente de la casa, pero le daba mucho susto, pero ahora vamos a una playa, donde el mar es como baño de natación y donde nado todo el tiempo.

Como Ud. ve, papacito, no falta más que Ud. para que seamos felices; pues mientras nosotros gozamos aquí, Ud. está trabajando, dándose baños de sol, para procurarnos a nosotros comodidad. No tenemos, papacito, cómo pagárselo, pues es demasiado su sacrificio; pero sus hijos lo comprendemos y lo rodearemos de nuestros cariños y cuidados, pues encuentro que es la mejor manera de agradecerle a un padre. ¿Por qué no viene siquiera unos días? No sabe la pena que me da cuando veo a las otras chiquillas felices con su papá. Por favor, venga, pues nosotras lo gozamos tan poco durante el año. El otro día estuve hablando con don Julio Hurtado y me habló mucho de Ud.

Reciba saludos y abrazos de mi mamá y demás hermanos y Ud., mi querido papacito, reciba un fuerte y apretado abrazo y beso de su hija que tanto lo quiere y recuerda, Juana; aunque Ud. ni siquiera le manda saludos en su carta; pero en fin, ya se me quitó el enojo

 

4. CARTA 73. A SU PADRE SANTIAGO, 25 DE MARZO DE 1919.

La cruz de la separación de la familia

He tenido ansias de ser feliz y he buscado la felicidad por todas partes. He soñado con ser muy rica, mas he visto que los ricos, de la noche a la mañana, se tornan pobres. Y aunque a veces esto no sucede, se ve que por un lado reinan las riquezas, y que por otro reina la pobreza de la afección y de la unión. La he buscado en la posesión del cariño de un joven cumplido, pero la idea sola de] que algún día pudiera no quererme con el mismo entusiasmo o que pudiera morirse dejándome sola en las luchas de la vida, me hace rechazar el pensamiento [de] que casándome seré feliz. No. Esto no me satisface. Para mí no está allí la felicidad. Pues ¿dónde -me preguntaba- se halla? Entonces comprendí que no he nacido para las cosas de la tierra sino para las de la eternidad. ¿Para qué negarlo por más tiempo? Sólo en Dios mi corazón ha descansado. Con El mi alma se ha sentido plenamente satisfecha, y de tal manera, que no deseo otra cosa en este mundo que el pertenecerle por completo.

Mi queridísimo papá: no se me oculta el gran favor que Dios me ha dispensado. Yo que soy la más indigna de sus hijas, sin embargo, el amor infinito de Dios ha salvado el inmenso abismo que media entre El y su pobre criatura. El ha descendido hasta mí para elevarme a la dignidad de esposa. ¿Quién soy yo sino una pobre criatura? Mas El no ha mirado mi miseria. En su infinita bondad y a pesar de mi bajeza, me ha amado con infinito amor. Sí, papacito. Sólo en DIOS he encontrado un amor eterno. ¿Con qué agradecerle? ¿Cómo pagarle sino con amor? ¿Quién puede amarme más que N. Señor, siendo infinito e inmutable? Ud., papacito, me preguntará desde cuándo pienso todo esto. Y le voy a referir todo para que vea que nadie me ha influenciado.

Desde chica amé mucho a la Sma. Virgen, a quien confiaba todos mis asuntos. Con sólo Ella me desahogaba y jamás dejaba ninguna pena ni alegría sin confiársela. Ella correspondió a ese cariño. Me protegía, y escuchaba lo que le pedía siempre. Y ella me enseñó a amar a N. Señor. Ella puso en mi alma el germen de la vocación. Sin embargo, sin comprender la gracia que me dispensaba, y sin siquiera preocuparme de ella, yo pololeaba y me divertía lo más posible. Pero cuando estuve con apendicitis y me vi muy enferma, entonces pensé lo que era la vida, y un día que me encontraba sola en mi cuarto, aburrida de estar en cama, oí la voz del Sdo. Corazón que me pedía fuera toda de El. No crea [que] esto fue ilusión, porque en ese instante me vi transformada. La que buscaba el amor de las criaturas, no deseó sino el de Dios. Iluminada con la gracia de lo alto, comprendí que el mundo era demasiado pequeño para mi alma inmortal; que sólo con lo infinito podría saciarme, porque el mundo y todo cuanto él encierra es limitado; mientras que, siendo para Dios mi alma, no se cansaría de amarlo y contemplarlo, porque en El los horizontes son infinitos.

Si para concederme tan gran bien un enemigo me llamara, ¿no era razón para que inmediatamente lo siguiera? Ahora no es enemigo, sino nuestro mejor amigo y mayor bienhechor. Es Dios mismo quien se digna llamarme para que me entregue a El. ¿Cómo no apresurarme a hacer la total ofrenda para no hacerlo esperar? Papacito, Yo ya me he entregado y estoy dispuesta a seguirlo donde El quiera. ¿Puedo desconfiar y temer cuando es Él el camino la verdad y la vida?

Con todo, yo dependo de Ud., mi papá querido. Es preciso, pues, que Ud. también me dé. Sé perfectamente que si no negó la Luciaa Chiro, pues su corazón es demasiado generoso, ¿cómo he de dudar que me dará su consentimiento para ser de Dios, cuando

de ese "si" de su corazón de padre ha de brotar la fuente de felicidad para su pobre hija? No. Lo conozco. Ud. es incapaz de negármelo, porque sé que nunca ha desechado ningún sacrificio por la felicidad de sus hijos. Comprendo que le va a costar. Para un padre no hay nada más querido sobre la tierra que sus hijos. Sin embargo, papacito, es Nuestro Señor quien me reclama. ¿Podrá negarme, cuando El no supo negarle desde la cruz ni una gota de su divina sangre? Es la Virgen, su Perpetuo Socorro, quien le pide una hija para hacerla esposa de su adorado Hijo. Y ¿podrá rehusarme? No crea, papacito, que todo lo que le digo no desgarra mi corazón. Ud. bien me conoce y sabe que soy incapaz de ocasionarle voluntariamente un sufrimiento. Pero, aunque el corazón mane sangre, es preciso seguir la voz de Dios; es preciso abandonar aquellos seres a quienes el alma se halla íntimamente ligada, para ir a morar con el Dios de amor, que sabe recompensar el más leve sacrificio. ¿Con cuánta mayor razón premiará los grandes?

Es necesario que su hija los deje. Pero téngalo presente: que no es por un hombre sino por Dios. Que por nadie lo habría hecho sino por El que tiene derecho absoluto sobre nosotros. Eso ha de servirle de consuelo: que no fue por un hombre y que después de Dios, será Ud. y mi mamá los seres que más he querido sobre la tierra.

Comprendo que la sociedad entera reprobará mi resolución pero es porque sus ojos están cerrados a la luz de la fe. Las almas que ella llama "desgraciadas" son las únicas que se precian de ser felices, porque en Dios lo encuentran todo. Siempre en el mundo hay sufrimientos horribles. Nadie puede decir sinceramente: "Yo soy feliz". Mas al penetrar en los claustros, desde cada celda brotan estas palabras que son sinceras, pues ellas su soledad y el género de vida que abrazaron no la trocarían por nada en la vida. Prueba de ello es que permanecen para siempre en los conventos. Y esto se comprende, ya que en el mundo todo es egoísmo, inconstancia e hipocresía. De esto Ud., papacito, tiene experiencia. ¿Y qué cosa mejor se puede esperar de criaturas tan miserables?

 

5. CARTA 81 : A SU HERMANO LUIS. CUNACO, 14 DE ABRIL DE 1919.

Reproche de Lucho porque no le avisó su ida al Carmelo La cruz del problema de fe de Lucho y la de la separación

Si por un instante pudieras penetrar en lo íntimo de mi pobre corazón y presenciar la lucha horrible que experimento al dejar a los seres que idolatro, me compadecerías. Mas Dios lo quiere y, aun cuando fuera necesario atravesar el fuego, no retrocedería; puesto que lo que con tantas ansias anhelo no sólo me proporcionará la felicidad en esta vida, sino la de una eternidad.

Creo que tú, más que nadie, podrás comprender que existe en el alma una sed insaciable de felicidad. No sé por qué, pero en mí la encuentro duplicada. Desde muy chica la he buscado, mas en vano, porque en todas partes sólo veo su sombra; ¿y ésa puede satisfacerme? No. Jamás -me parece- me he dejado seducir. Anhelo amar, pero algo infinito [y que] ese ser que yo ame no varíe y sea el juguete de sus pasiones, de las circunstancias del tiempo y de la vida. Amar, sí; pero al Ser inmutable, a Dios quien me ha amado infinitamente desde una eternidad. ¡Qué abismo media entre ese amor puro desinteresado e inmutable, y el que me puede ofrecer un hombre! ¿Cómo amar a un ser tan lleno de miserias y de flaquezas? ¿Qué seguridad puedo encontrar en ese corazón? Unir mi alma a otro ser que no me perfeccione con su amor, ¿encuentras que puede serme de nobles perspectivas? No. En Dios encuentro todo lo que en las criaturas no encuentro, porque son demasiado pequeñas para que puedan saciar las aspiraciones casi infinitas de mi alma. Me dirás: pero puedes amar a Dios viviendo en medio de los tuyos. No, mi Lucho querido. Nuestro Señor nada suyo reservó para S; al amarme desde el madero de la cruz. Aún dejó su cielo, su divinidad la eclipsó, y ¿yo me he de entregar a medias? ¿Encontrarías generoso de mi parte reservarme aquellos a quienes estoy más ligada? ¿Qué le ofrecería entonces? No. El amor que le tengo, Lucho querido, está por encima de todo lo creado; y aún pisoteando mi propio corazón, despedazado por el dolor, no dejaré de decirles adiós, porque lo amo y con locura. Si un hombre es capaz de enamorar a una mujer hasta el punto de dejarlo todo por él, ¿no crees, acaso, que Dios es capaz de hacer irresistible su llamamiento? Cuando a Dios se conoce; cuando en el silencio de la oración alumbra al alma con un rayo de su hermosura infinita; cuando alumbra al entendimiento con su sabiduría y poderío; cuando inflama con su bondad y misericordia, se mira todo !o de la tierra con tristeza. Y el alma, encadenada por las exigencias de su cuerpo, por las exigencias del ambiente social en que vive, se encuentra desterrada y suspira con ardientes ímpetus por contemplar sin cesar ese horizonte infinito que, a medida que se mira, se ensancha, sin encontrar en Dios limites jamás.

Lucho tan querido, te hablo de corazón a corazón. En este instante experimento todo el dolor de la separación. Te quiero como nunca te he querido. Pocos hermanos existirán tan unidos como nosotros dos. Sin embargo, te digo adiós. Sí, Lucho de mi alma. Es preciso que te diga esta palabra tan cruel por un lado, pero no si se considera cuánto dice: "A Dios". Lucho querido, allí viviremos siempre unidos. En Dios te doy eterna cita.

Si tú, querido Lucho, me hubieras visto casar con un joven bueno que no hubiera tenido fortuna y me hubiera llevado al campo, lejos de todos Uds., tú te habrías conformado. Y porque es por Dios, ¿tú te desesperas? ¿Quién puede hacerme más feliz que Dios? En El todo lo encuentro. Ahora dime, ¿qué abismo insondable hay entre Dios todopoderoso y la criatura? Y El no se desdeña de descender hasta ella para unirla a Sí y divinizarla. Y yo, ¿he desdeñar la mano del Todopoderoso, que en su gran bondad me tiende? No. Jamás. Nadie podrá convencerme que mi deber no es seguir a Dios sacrificándolo todo para pagarle su infinito amor como mejor pueda. Lo demás será bajeza de mi parte. Creo que juzgarás como yo.

En cuanto a lo que me dices que la gloria de Dios no ganaría nada si todos entran en los conventos, te encuentro razón. Pero debes agregar a esto que no todos los buenos son llamados por Dios para ser religiosos. Hay. almas que les infunde el atractivo de la perfección, y las tales faltan si no se entregan a ella. Es cierto que en el mundo se necesitan almas virtuosas, y hoy más que nunca es de absoluta necesidad el buen ejemplo; pero para permanecer en el mundo es indispensable tener especial asistencia de Dios. Yo me considero sin fuerzas para ello, porque El no me lo pide.

Pero mayor aún es la necesidad de almas que, entregadas completamente al servicio de Dios, lo alaben incesantemente por las injurias que en el mundo se le hacen; almas que le amen y le hagan compañía para reparar el abandono en que lo dejan los hombres; almas que rueguen y clamen perpetuamente por los crímenes de los pecadores; almas que se inmolen en el silencio, sin ninguna ostentación de gloria, en el fondo de los claustros por la humanidad deicida. Sí, Lucho. La carmelita da más gloria a Dios que cualquier apóstol. Santa Teresa, con su oración, salvó más almas que San Francisco Javier; y este apostolado lo hizo desconociéndolo ella misma.

Lucho, sólo me queda una cosa que decirte. Si me hubiera enamorado de un joven con quien creyera ser feliz y no hubiera sido de tu agrado, no hubiera dudado un momento en sacrificar por ti mi felicidad porque te quiero demasiado Pero no tratándose de un hombre, sino de Dios, y comprometiendo yo, no sólo la felicidad [temporal] sino la eterna, no puedo volver sobre mis pasos. Perdóname toda la pena que con mi determinación te he causado. Tú me conoces y podrás comprender mejor que nadie el dolor en que estoy sumergida, dolor tanto más grande cuanto que veo que soy yo la causa del sufrimiento de los seres que tanto amo.

 

6. CARTA 145 : SUFRIMIENTO AFECTIVO Y MÍSTICO

Al P. José BlanchcC.M.F.10 de noviembre, 1919.

El estado de mi alma es tal, que no lo puedo definir: un día tinieblas, distracciones, y la voluntad desea amar, causándome gran pena de no amar a N. Señor y de no poderlo ver. Aquí no puedo retener las lágrimas, porque llamo a mi Jesús con verdaderas congojas. Otro día, puedo recogerme en fe, pero no siento nada. Sólo puedo meditar. A estas tinieblas se sucede un poco más de luz, con lo que se aumenta mi tormento. También siento tanto mi miseria, mi inconstancia, que me odio a mí misma y me parece que nadie me quiere; lo que me hace sufrir, pues no encuentro ni en Dios ni en las criaturas consuelo ni paz. Veo el amor inmenso de mi Dios, y me siento incapaz de amarlo según las ansias que tengo. Deseo sufrir, pero me resigno a la voluntad divina.

No quisiera comunicar a nadie mis sufrimientos para sufrir más. Y apenas resuelvo esto, me vienen pensamientos de orgullo y vanidad. Veo que Jesús quiere que viva bien oculta. Y si no le digo a Nuestra Madre el estado de mi alma, me pongo terriblemente orgullosa e independiente. Y si le digo, N. Señor me lo reprocha. ¿Qué hacer? Por otra parte, creo estar apegada a ella, pues pienso con frecuencia en lo que hace y me dice. Además me gusta estar con ella, que me demuestre cariño y me da pena cuando noto que no está tan cariñosa. Antes, siempre me hacia cariños; pero una vez que N. Señor me hizo una gracia, me dijo que si quería que El se acercara, no debía dejarme tocar por criaturas. Entonces yo le dije sencillamente a N. Madre; así es que nunca más me ha tocado. Pero siempre siento en mi corazón ese deseo de manifestaciones de ternura. Más aún ahora; porque N. Señor no me las prodiga. Esto me da pena, porque sólo quiero ser de Dios, y quisiera no sólo ser despegada exteriormente, sino interiormente; pero me parece que el desear esas ternuras está innato en mí, pues no sé si se habrá dado cuenta que tengo carácter regalón y soy muy aguaguada, [guagua = niño/a] lo que me desespera. Sin embargo, se me ha quitado mucho.

Lo que me hace dudar sea apego es que su trato me lleva a Dios. Además la admiro como a una santa y su ejemplo me ayuda para ser mejor. También, cuando trato con ella de cosas de mi alma, me da mucha paz; sobre todo, como sólo con ella puedo hablar de Dios, de su amor y bondad, me expansiono; lo que es una necesidad para mi alma, aunque creo será más perfecto no buscar esa satisfacción. Le aseguro que todo este tiempo, Rdo. Padre, no he hecho más que luchar y veo que en esta turbación nada gano. Quisiera tener la luz suficiente para saberla amar en Dios, pues el pretender en mí no querer es imposible. Eso que me dijo Vuestra Reverencia de amar porque es la voluntad de Dios me parece que me aprovecharía, si le tuviera fastidio, pero no cuando el cariño me sale espontáneo. Me acuerdo que sólo dos días, cuando N. Señor me hacía favores amé verdaderamente en Dios, pues andaba engolfada en El, dé modo que lo apercibía hasta en el aire que respiramos. Para que se dé un tanto cuenta, Rdo. Padre, de la unión que Dios se dignaba concederme en su misericordia, le diré que en la noche soñaba con Jesús. Y cuando a veces me despertaba, me encontraba en sueños en contemplación en Dios. Dos veces me acaeció esto. Pero el soñar con El es casi siempre, aunque ahora rara vez.

Una vez sentía un deseo horrible de morirme por ver a N. Señor y, siendo hora de dormirme, no podría hacerlo porque lloraba sin poderme contener, cuando de repente sentí a N. Señor a mi lado, llenándome de suavidad y de paz, e inmediatamente me sentí consolada. Estuve un rato con El, y después como que se fue y dejé de sentir esa suavidad. Dígame, Rdo. Padre, ¿son ilusiones o no? Pues no puedo creer que N. Señor se vaya a acercar a mí, siendo yo una miserable pecadora. No se imagina cuánto sufro cuando de repente vienen a mi memoria los recuerdos de ese acercamiento de Jesús a mi alma. En esta mi pobre celdita, tan vacía ahora, muchas veces sentí su presencia divina. A veces se me representa tan lleno de hermosura y ternura como ya no es posible describir. Créame que todo me causa un hastío horrible; que cuando veo que encuentran algo hermoso y se alegran con ello yo me digo: "No es Jesús. El sólo es hermoso. El sólo puede hacerme gozar". Lo llamo, lo lloro, lo busco dentro de mi alma. Estoy hambrienta de comulgar, pero no se me manifiesta. Sin embargo, reconozco que todo esto lo merezco por mis pecados, y quiero sufrir. Quiero que Jesús me triture interiormente para ser hostia pura donde El pueda descansar. Quiero estar sedienta de amor para que otras almas posean ese amor que esta pobre carmelita tanto desea.

Ruegue por su pecadora. Y cuando Jesús en el santo Sacrificio muera entre sus manos, ruéguele que yo también muera a las criaturas y a mí misma para que El viva en mí. Penitencias casi no puedo hacer, aunque siento deseos de ellas. Trato de adquirir virtudes, pues soy tan pobre, sobre todo de humildad. Si tiene la bondad de contestarme, dígame cómo debo amar en Dios al prójimo.

A Dios, Rdo. Padre. En su atmósfera divina de amor permanezcamos para salvar las almas. Ruego mucho por V. Reverencia. Su pecadora, Teresa de Jesús, Carmelita.

 

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