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Caminando
con Jesús Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant |
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SANTA
TERESA DE JESÚS DOCTORA DE
LA IGLESIA UNIVERSAL Juan Pablo
II Homilía de su Santidad Pablo VI
pronunciada por el Papa Pablo VI, en al basílica de San Pedro, durante el
acto de la proclamación de Santa Teresa como doctora de la Iglesia Universal Acabamos de conferir o, mejor dicho,
acabamos de reconocer a Santa Teresa de Jesús el título de doctora de la
Iglesia. El solo hecho de mencionar en este lugar
y en esta circunstancia, el nombre de esta santa tan singular y tan grande,
suscita en nuestro espíritu un cúmulo de pensamientos. El primero es la evocación de la figura
de Santa Teresa. La vemos ante nosotros como una mujer excepcional, como a
una religiosa que, envuelta toda ella de humildad, de penitencia y de
sencillez, irradia en torno a sí la llama de la vitalidad humana y de su
dinámica espiritualidad; la vemos, además, como reformadora y fundadora de
una histórica e insigne Orden religiosa, como escritora genial y fecunda,
como maestra de vida espiritual, como contemplativa incomparable e incansable
alma activa. ¡Qué grande, única y humana, que atrayente es esta figura! Antes de hablar de otra cosa, nos
sentimos tentados a hablar de ella, de esta santa interesantísima bajo tantos
aspectos. Pero no esperéis que, en este momento, os hablemos de la persona y
de la obra de Teresa de Jesús. Sería suficiente la doble biografía recogida
en el volumen preparado con tanto esmero por nuestra Sagrada Congregación
para las causas de los santos para desanimar a quien pretendiese condensar en
breves palabras la semblanza histórica y biográfica de esta santa, que parece
desbordar las líneas descriptivas en las que uno quisiera encerrarlas. Por
otra parte, no es precisamente en ella donde quisiéramos fijar durante un
momento nuestra atención, sino más bien en el acto que ha tenido lugar hace
poco, en el hecho que acabamos de grabar en la historia de la Iglesia y que
confiamos a la piedad y a la reflexión del Pueblo de Dios, en la confesión
del título de doctora a Teresa de Avila, a Santa
Teresa de Jesús, la eximia carmelita. El significado de este acto es muy claro.
Un acto que quiere ser intencionalmente luminoso, y que podría encontrar su
imagen simbólica en una lámpara encendida ante la humilde y majestuosa figura
de la Santa. Un acto luminoso por el haz de luz que ese mismo título doctoral
proyecta sobre ella; un acto luminoso por el otro haz de luz que ese mismo
título doctoral proyecta sobre nosotros. 1) SIGNIFICACIÓN DEL TÍTULO CONCEDIDO A
SANTA TERESA Hablemos primero sobre ella, sobre
Teresa. La luz del título doctoral pone de relieve valores indiscutibles que
ya le habían sido ampliamente reconocidos; ante todo, la santidad de vida,
valor este oficialmente proclamado el 12 de marzo de 1622 - Santa Teresa
había muerto 30 años antes- por nuestro predecesor Gregorio XV en el célebre
acto de la canonización que incluyó en el libro de los santos, junto con esta
santa carmelita, a Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador,
todos ellos gloria de la España católica, y al mismo tiempo al
florentino-romano Felipe Neri. Por otra parte, la
luz del título doctoral pone de relieve la eminencia de la doctrina y esto de
un modo especial. 2) LOS CARISMAS DE LA DOCTRINA TERESIANA La doctrina de Teresa de Avila brilla por los carismas de la verdad, de la
fidelidad a la fe católica, de la utilidad para la formación de las almas. Y
podríamos resaltar de modo particular otro carisma, el de la sabiduría, que
nos hace pensar en el aspecto más atrayente y al mismo tiempo más misterioso
del doctorado de Santa Teresa, o sea, en el influjo de la inspiración divina
en ésta prodigiosa y mística escritora. ¿De dónde le venía a Teresa el tesoro de
su doctrina?. Sin duda alguna, le venía de su
inteligencia y de su formación cultural y espiritual, de sus lecturas, de su
trato con los grandes maestros de la teología y de espiritualidad, de su
singular sensibilidad, de su habitual e intensa disciplina ascética, de su
meditación contemplativa, en una palabra de su correspondencia a la gracia
acogida en su alma, extraordinariamente rica y preparada para la práctica y
para la experiencia de la oración. Pero¿ era ésta la única fuente de su
eminente doctrina?.¿ O acaso no se encuentran en
Santa Teresa hechos, actos y estados en los que ella no es el agente, sino
más bien el paciente, o sea, fenómenos pasivos y sufridos, místicos en el
verdadero sentido de la palabra, de tal forma que deben ser atribuidos a una
acción extraordinaria del Espíritu Santo?. Estamos, sin duda alguna, ante un alma en
la que se manifiesta la iniciativa divina extraordinaria del Espíritu Santo? . Estamos, sin duda alguna, ante un alma en
la que se manifiesta la iniciativa extraordinaria, sentida y posteriormente
descrita llana, fiel y estupendamente por Teresa con un lenguaje literario peculiarísimo. 3) UNA VIDA CONSAGRADA A LA CONTEMPLACIÓN Y
COMPROMETIDA EN LA ACCIÓN Al llegar aquí, las preguntas se
multiplican. La originalidad de la acción mística es uno de los fenómenos
psicológicos más delicados y más complejos, en los que pueden influir muchos
factores, y obligan al estudioso a tomar las más severas cautelas, al mismo
tiempo que en ellos se manifiestan de modo sorprendente las maravillas del
alma humana, y entre ellas la más comprensiva de todas: el amor, que
encuentra en la profundidad del corazón sus expresiones más variadas y más
auténticas; ese amor que llegamos a llamar matrimonio espiritual, porque no
es otra cosa que el encuentro del amor divino inundante, que desciende al
encuentro del amor humano, que tiende a subir con todas sus fuerzas. Se trata de la unión con Dios más íntima
y más fuerte que sea dado experimentar a un alma viviente en esta tierra, de
una unión que se convierte en luz y en sabiduría, sabiduría de las cosas
divinas y sabiduría de las cosas humanas. De todos estos secretos nos habla la
doctrina de Santa Teresa. Son los secretos de la oración. Esta es su
enseñanza. Ella tuvo el privilegio y el mérito de conocer estos secretos por
vía de la experiencia, vivida en la santidad de una vida consagrada a la
contemplación y, al mismo tiempo, comprometida en la acción, por vía de
experiencia simultáneamente sufrida y gozada en la efusión de carismas
espirituales extraordinarios. Santa Teresa ha sido capaz de contarnos estos
secretos, hasta el punto de que se la considera como uno de los supremos
maestros de la vida espiritual. No en vano la estatua de la fundadora Teresa
colocada en la basílica lleva la inscripción que tan bien define a la Santa: Mater spiritualium. 4) MAESTRA DE ORACIÓN Todos reconocían, podemos decir que con
unánime consentimiento, ésta prerrogativa de Santa Teresa de ser madre y
maestra de las personas espirituales. Una madre llena de encantadora
sencillez, una maestra llena de admirable profundidad. El consentimiento de
la tradición de los santos, de los teólogos, de los fieles y de los
estudiosos, se lo había ganado ya. Ahora lo hemos confirmado nosotros, a fin
de que, nimbada por este título magistral, tenga en adelante una misión más
autorizada que llevar a cabo dentro de su familia religiosa, en la Iglesia
orante y en el mundo, por medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de
la oración. Esta es la luz, hecha hoy más viva y
penetrante, que el título de doctora conferido a Santas Teresa reverbera
sobre nosotros. El mensaje de oración nos llega a
nosotros, hijos de la Iglesia, en una hora caracterizada por un gran esfuerzo
de reforma y de renovación de la oración litúrgica; nos llega a nosotros,
tentados, por el reclamo y por el compromiso del mundo exterior, a ceder al
trajín de la vida moderna y a perder los verdaderos tesoros de nuestra alma
por la conquista de los seductores tesoros de la tierra. Este mensaje llega a nosotros, hijos de
nuestro tiempo, mientras no sólo se va perdiendo la costumbre del coloquio
con Dios, sino también el sentido y la necesidad de adorarlo y de invocarlo. Llega a nosotros el mensaje de la
oración, canto y música del espíritu penetrado por la gracia y abierto al
diálogo de la fe, de la esperanza y de la caridad, mientras la exploración
psicoanalítica desmonta el frágil y complicado instrumento que somos, no para
escuchar la voces de la humanidad dolorida y redimida, sino para escuchar el
confuso murmullo del subconsciente animal y los gritos de las indomadas
pasiones y de la angustia desesperada. Llega ahora a nosotros el sublime y sencillo
mensaje de la oración de parte de la sabia Teresa, que nos exhorta a
comprender "el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone para
tener oración con voluntad…,que no es otra cosa la
oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces
tratando a solas con quien sabemos nos ama". Este es, en síntesis, el mensaje que nos
da Santa Teresa de Jesús, doctora de la santa Iglesia. Escuchémoslo y
hagámoslo nuestro. 5) LA MUJER NO ESTÁ DESTINADA A TENER EN EL
IGLESIA FUNCIONES JERÁRQUICAS Debemos añadir dos observaciones que nos
parecen importantes. En primer lugar hay que notar que santa Teresa de Avila es la primera mujer a quien la Iglesia confiere el
título de doctora; y esto no sin recordar las severas palabras de S. Pablo:
"Las mujeres cállense en las iglesias"( 1
Cor 14,34); lo cual quiere decir todavía hoy que la mujer no está destinada a
tener en la Iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio. ¿Se
habrá violado entonces el precepto apostólico?. Podemos responder con claridad: no.
Realmente no se trata de un título que compromete funciones jerárquicas de
magisterio, pero a la vez debemos señalar que este hecho no supone en ningún
modo un menosprecio de la sublime misión de la mujer en el seno del Pueblo de
Dios. Por el contrario, ella, al ser
incorporada a la Iglesia por el bautismo, participa de ese sacerdocio común
de los fieles, que la capacita y la obliga a "confesar delante de los
hombres la fe que recibió de Dios mediante la Iglesia". Y en esa confesión de fe de tantas
mujeres han llegado a las cimas más elevadas, hasta el punto que su palabra y
sus escritos han sido luz y guía de sus hermanos. Luz alimentada cada día en
el contacto íntimo con Dios, aún en las formas más elevadas en la oración
mística, para la cual San Francisco de Sales llega a decir que poseen una
especial capacidad. Luz hecha vida de manera sublime para el bien y el
servicio de los hombres. Por eso el concilio ha querido reconocer
la preciosa colaboración, con la gracia divina, que las mujeres están
llamadas a ejercer para instaurar el Reino de Dios en la tierra, y, al
exaltar la grandeza de su misión, no duda en invitarlas igualmente a ayudar
" a que la humanidad no decaiga", "a reconciliar a los hombres
con la vida", "a salvar la paz del mundo". 6) TERESA, SANTA ESPAÑOLA CON TEMPLE DE
REFORMADORA En segundo lugar, no queremos pasar por
alto el hecho de que Santa Teresa era española, y con razón España la
considera una de sus grandes glorias. En su personalidad se aprecian los
rasgos de su patria: la reciedumbre de espíritu, la profundidad de
sentimientos, la sinceridad de alma, el amor a la Iglesia. Su figura se
centra en una época gloriosa de santos y de maestros que marcan su siglo con
el florecimiento de la espiritualidad. Los escucha con la humildad de la
discípula, a la vez que sabe juzgarlos con la perspicacia de una gran maestra
de vida espiritual, y como tal la consideran ellos. Por otra parte, dentro y fuera de las
fronteras patrias se agitan violentos los aires de la Reforma, enfrentando
entre sí a los hijos de la Iglesia. Ella, por su amor a la verdad y por el
trato íntimo con el Maestro, hubo de afrontar sinsabores e incomprensiones de
toda índole, y no sabía como dar paz a su espíritu ante la rotura de la
unidad: "Fatiguéme mucho- escribe- y, como si
yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba redimiese
tanto mal" Este su sentir con la Iglesia, probado en
el dolor que consumía sus fuerzas, la llevó a reaccionar con toda la entereza
de su espíritu castellano en un afán de edificar el reino de Dios; ella
decidió penetrar en el mundo que la rodeaba con una visión reformadora para
darle un sentido, una armonía, un alma cristiana. 7) HIJA DE LA IGLESIA A distancia de cinco siglos, Santa Teresa
de Avila sigue marcando las huellas de su misión
espiritual, de la nobleza de su corazón, sediento de catolicidad; de su amor,
despojado de todo apego terreno para entregarse totalmente a la Iglesia. Bien
pudo decir, antes de su último suspiro, como resumen de su vida:" En
fin, soy hija de la Iglesia". En esta expresión, presagio y gusto de la
gloria de los bienaventurados para Teresa de Jesús, queremos adivinar la
herencia espiritual por ella legada a España entera. Debemos ver asimismo una
llamada dirigida a todos a hacernos eco de su voz, convirtiéndola en lema de
nuestra vida para poder repetir con ella: ¡Somos hijos de la Iglesia! Con nuestra bendición apostólica. Pablo VI |