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I PARTE Al
principio «El
Creador al principio los hizo hombre y mujer» (Mt 19,4; Mc 10,6) Indice de este capitulo y vínculos para la lectura 1. Los
fundamentos de la familia a la luz de Cristo 2.
Primer relato de la creación del hombre 3.
Segundo relato de la creación del hombre 4.
Inocencia original y redención de Cristo 5. La
soledad original del hombre 6. El
primer hombre, imagen de Dios 7. Entre
la inmortalidad y la muerte 9.
Comunión interpersonal e imagen de Dios 10. El
matrimonio uno e indisoluble 11. Las
experiencias primordiales del hombre. 13. El
misterio de la creación del hombre: varón y mujer. 15.
Significado «esponsal» del cuerpo humano 16.
Inocencia, felicidad, pureza de corazón 17.
Donación mutua en la felicidad de la inocencia. 18.
Vocación original al matrimonio. 19.
Llamados a la santidad y a la gloria. 20. El
«conocerse» en la convivencia matrimonial. 21.
Dignidad de la generación humana. 22.
Conocimiento conyugal y procreación. 23. Los
problemas del matrimonio en la visión integral del hombre. Al principio «El Creador al principio los
hizo hombre y mujer» (Mt 19,4; Mc 10,6) 1. LOS FUNDAMENTOS DE LA FAMILIA A LA
LUZ DE CRISTO (5-IX-79/9-IX-79) 1.
Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima
Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el
otoño del próximo año. El tema del Sínodo: «De muneribus
familiæ christianæ
(Misión de la familia cristiana»), concentra nuestra atención sobre esta
comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es
fundamental. Precisamente de esta expresión, «desde el principio» se
sirve el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el
Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué
significa esta palabra «principio». Queremos además aclarar por qué Cristo se
remite al «principio» precisamente en esta circunstancia y, por tanto, nos
proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada
Escritura. 2.
Jesucristo se refirió dos veces al «principio», durante la conversación con
los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del
matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente: «Se
le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es
lícito repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió:
¿No habéis leido que al principio el Creador los
hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la
madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera
que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo
separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces ¿cómo es que Moisés ordenó
dar libelo de divorcio al repudiar? Díjole El: Por
la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero
al principio no fue así» (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss). Cristo
no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de
introducirla, en cierto sentido no aprueba la dimensión que ellos han
intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las
controversias jurídico casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces
«al principio». Procediendo así, hace clara referencia a las palabras
correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores
sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca
la conclusión y se cierra la conversación. 3.
«Principio» significa, pues, aquello de que habla el libro del
Génesis. Por lo tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27, en forma resumida:
«Al principio el Creador los hizo varón y hembra», mientras que el pasaje
original completo dice así textualmente: «Creó Dios al hombre a imagen suya,
a imagen de Dios lo creó y los creó varón y hembra». A continuación el
Maestro se remite al Génesis 2, 24: «Por eso dejará el hombre a su
padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola
carne». Citando estas palabras casi «in extenso», por completo, Cristo les da
un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser
hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de
hecho: «dejará... se unirá... vendrán a ser una sola carne»). El significado
normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita
misma, sino que añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por
tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre». Ese «no lo separe» es
determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24
enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el
contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más
antigua. 4.
Al llegar a este punto se podría sostener que el problema está concluido, que
las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios
desde el «principio», como la creación del hombre. Incluso podría parecer que
el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que
establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la
autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión
significativa: «desde el principio», repetida dos veces, induce claramente a
los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al
hombre en el misterio de la creación, como «varón y hembra», para entender
correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto
es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de
entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto,
debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de
Cristo. 5.
Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias
generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos
más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss). Para responder a
la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese
«principio» al que se refirió de modo tan significativo; y así seguiremos de
lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los
participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman
parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente
responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia
cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra
época, en el mundo contemporáneo. El
ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante
los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas,
acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al
Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a
las raíces profundas de las que brota este tema. 2. PRIMER RELATO DE LA CREACIÓN DEL HOMBRE (12-IX-79/16-IX-79) 1.
En el capítulo precedente comenzamos el ciclo de reflexiones sobre la
respuesta que Cristo Señor dio a sus interlocutores acerca de la pregunta
sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los interlocutores
fariseos, como recordamos, apelaron a la ley de Moisés; Cristo, en cambio, se
remitió al «principio», citando las palabras del libro del Génesis. El «principio», en este
caso, se refiere a lo que trata una de las primeras páginas del libro del
Génesis. Si queremos hacer un análisis de esta realidad, debemos sin duda
dirigirnos, ante todo al texto. Efectivamente, las palabras pronunciadas por
Cristo en la conversación con los fariseos, que nos relatan el capítulo 19 de
San Mateo y el 10 de San Marcos, constituyen un pasaje que a su vez se encuadra
en un contexto bien definido, sin el cual no pueden ser entendidas ni
interpretadas justamente. Este contexto lo ofrecen las palabras: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo
varón y hembra...?» (Mt 19, 4), y hace referencia al llamado primer
relato de la creación del hombre inserto en el ciclo de los siete días de la
creación del mundo (Gén 1, 1-2, 4).
En cambio el contexto más próximo a las otras palabras de Cristo, tomadas del
Génesis 2, 24, es el llamado segundo relato de la creación del hombre (Gén 2, 5-25), pero indirectamente es todo el
capítulo tercero del Génesis. El segundo relato de la creación del hombre
forma una unidad conceptual y estilística con la descripción de la inocencia
original, de la felicidad del hombre e incluso de su primera caída. Dado lo
específico del contenido expresado en las palabras de Cristo, tomadas primera
frase del capítulo cuarto del Génesis, que trata de la concepción y
nacimiento del hombre de padres terrenos. Así intentamos hacerlo en el presente
análisis. 2.
Desde el punto de vista de la crítica bíblica, es necesario recordar
inmediatamente que el primer relato de la creación del hombre es
cronológicamente posterior al segundo. El origen de este último es mucho
más remoto. Este texto más antiguo se define como «yahvista»
porque para nombrar a Dios se sirve del término «Yahvé». Es difícil no quedar
impresionados por el hecho de que la imagen de Dios que presenta tiene rasgos
antropomórficos bastante relevantes (efectivamente, entre otras cosas, leemos
allí que «formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra, y le inspiró en
el rostro aliento de vida»; Gén 2, 7).
Respecto a esta descripción, el primer relato, es decir, precisamente el
considerado cronológicamente más reciente, es mucho más maduro, tanto por lo
que se refiere a la imagen de Dios, como por la formulación de las verdades
esenciales sobre el hombre. Este relato proviene de la tradición sacerdotal y
al mismo tiempo «elohista» de «Elohim»,
término que emplea para nombrar a Dios. 3.
Dado que en esta narración la creación del hombre como varón y hembra,
a la que se refiere Jesús en su respuesta según Mt 19, está incluida
en el ritmo de los siete días de la creación del mundo, se le podría atribuir
sobre todo un carácter cosmológico; el hombre es creado sobre la tierra y al
mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena
subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1,
28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque el hombre esté tan
estrechamente unido al mundo visible, sin embargo, la narración bíblica no
habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios
(«Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó...»; Gén 1, 27). En el ciclo de los siete días de la
creación es evidente una gradación precisa (1); en cambio, el hombre no es
creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes
de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar
una decisión: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza...» (Gén 1, 26). 4.
El nivel de ese primer relato de la creación del hombre, aunque cronológicamente
posterior, es, sobre todo, de carácter teológico. De esto es índice
especialmente la definición del hombre sobre la base de su relación con Dios
(«a imagen de Dios lo creó»), que incluye al mismo tiempo la afirmación de la
imposibilidad absoluta de reducir el hombre al «mundo». Ya a la luz de las
primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser ni comprendido ni
explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del «mundo», es decir, el
conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto también él hombre es cuerpo.
El Génesis 1, 27 constata que esta verdad esencial acerca del hombre se
refiere tanto al varón como a la hembra: «Dios creó al hombre a su imagen...,
varón y hembra los creó» (2). Es necesario reconocer que el primer relato es
conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho
objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del
hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las
palabras de la primera bendición: «Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread
y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad» (Gén 1, 28). 5.
El primer relato de la creación del hombre, que, como hemos constatado, es de
índole teológica, esconde en sí una potente carga metafísica. No se olvide
que precisamente este texto del libro del Génesis se ha convertido en la
fuente de las más profundas inspiraciones para los pensadores que han
intentado comprender el «ser» y el «existir». (Quizá sólo el capítulo tercero
del libro del Exodo pueda resistir la comparación
con este texto) (3). A pesar de algunas expresiones pormenorizadas y
plásticas del paisaje, el hombre está definido allí, ante todo, en las
dimensiones del ser y del existir («esse»).
Está definido de modo más metafísico que físico. Al misterio de su creación
(«a imagen de Dios lo creó») corresponde la perspectiva de la procreación
(«procread y multiplicaos, y henchid la tierra»), de ese devenir en el mundo
y en el tiempo, de ese «fieri» que está
necesariamente unido a la situación metafísica de la creación: del ser
contingente (contingens). Precisamente en
este contexto metafísico de la descripción del Génesis 1, es necesario
entender la entidad del bien, esto es, el aspecto del valor. Efectivamente,
este aspecto vuelve en el ritmo de casi todos los días de la creación y
alcanza el culmen después de la creación del
hombre: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén
1, 31). Por lo que se puede decir con certeza que el primer capítulo del
Génesis ha formado un punto indiscutible de referencia y la base sólida para
una metafísica e incluso para una antropología y una ética, según la cual «ens et bonum convertuntur». Sin duda, todo esto tiene su
significado también para la teología y sobre todo para la teología del
cuerpo. 6.
Al llegar aquí, interrumpimos nuestras consideraciones. En el próximo
capítulo nos ocuparemos del segundo relato de la creación, es decir, del que,
según los escrituristas, es más antiguo
cronológicamente. La expresión «teología del cuerpo» que acabo de usar,
merece una explicación más exacta, pero la aplazamos para otro encuentro.
Antes debemos tratar de profundizar en ese pasaje del libro del Génesis, al
que Cristo se remitió. (1)
Al hablar de la materia inanimada, el autor bíblico emplea diferentes
predicados, como «separó», «llamó», «hizo», «puso». En cambio, al hablar de
los seres dotados de vida, usa los términos «creó» y «bendijo». Dios les
ordena: «Procread y multiplicaos». Este mandato se refiere tanto a los
animales como al hombre, indicando que les es común la corporalidad (cf. Gén 1, 22-28). Sin
embargo, la creación del hombre se distingue esencialmente en la descripción
bíblica de las precedentes obras de Dios. No sólo va precedida de una
introducción solemne, como si se tratara de una deliberación de Dios antes de
este acto importante, sino que, sobre todo, la dignidad excepcional del
hombre se pone de relieve por la «semejanza» con Dios, de quien es imagen. Al
crear la materia inanimada Dios «separaba»; a los animales les manda procrear
y multiplicarse; pero la diferencia del sexo está subrayada sólo respecto al
hombre («varón y hembra los creó»), bendiciendo al mismo tiempo su
fecundidad, es decir, el vínculo de las personas (Gén
1, 27-28). (2)
El texto original dice: «Dios
creó al hombre (haadam-sustantivo colectivo: ¿la
humanidad? / a su imagen; / a imagen de Dios los
creó; / macho (zakar-masculino) y hembra (uneqebah-femenino) los creó» (Gén
1, 27). (3)
«Hæc sublimis
veritas»; «Yo soy el que soy» (Ex 3,14) es objeto de reflexión
para muchos filósofos, comenzando por San Agustín, quien pensaba que Platón
debía conocer este texto porque le parecía muy cercano a sus concepciones. La
doctrina agustiniana de la divina «essentialitas»
ejerció, mediante San Anselmo, un profundo influjo en la teología de Ricardo
de San Víctor, de Alejandro de Hales y de San Buenaventura. «Pour passer de cette interprétation philosophique du texte de l’Exode
á celle qu’allait saint Thomas il fallait nécessairement franchir la distance qui sépare l’être
de l’essence’ de ‘l’être
de l’existence’. Les preuves
thomistes de l’existence
de Dieu l’ont franchie» Diversa
es la posición del maestro Eckhart, que, basándose
en este texto, atribuye a Dios la «puritas essendi»:
«est aliquid altius ente...» (cf. E. Gilson, Le Thomisme, Paris
1944 [Vrin] págs.
122-127; E. Gilson, History of Christian Philosophy in the Middle Ages,
London 1955 [Sheed and Ward] 810). 3. SEGUNDO RELATO DE LA CREACIÓN DEL HOMBRE (19-IX-79/23-IX-79) 1.
Respecto a las palabras de Cristo sobre el tema del matrimonio, en las que se
remite al «principio», dirigimos nuestra atención, hace una semana, al primer
relato de la creación del hombre en el libro del Génesis (cap.
1). Hoy pasaremos al segundo relato que, frecuentemente es conocido por «yahvista», ya que en él a Dios se le llama «Yahvé». El
segundo relato de la creación del hombre (vinculado a la presentación
tanto de la inocencia y felicidad originales, como a la primera caída) tiene
un carácter diverso por su naturaleza. Aun no queriendo anticipar los
detalles de esta narración -porque nos convendrá retornar a ellos en análisis
ulteriores- debemos constatar que todo el texto, al formular la verdad
sobre el hombre, nos sorprende con sus profundidad típica, distinta de la del primer
capítulo del Génesis. Se puede decir que es una profundidad de naturaleza
sobre todo subjetiva y, por lo tanto, en cierto sentido, psicológica. El
capítulo 2 del Génesis constituye, en cierto modo, la más antigua descripción
registrada de la autocomprensión del hombre y,
junto con el capítulo 3, es el primer testimonio de la conciencia humana. Con
una reflexión profunda sobre este texto -a través de toda la forma arcaica de
la narración, que manifiesta su primitivo carácter mítico (1)- encontramos
allí «in núcleo» casi todos los elementos del análisis del hombre, a los que
es tan sensible la antropología filosófica moderna y sobre todo la contemporánea.
Se podría decir que el Génesis 2 presenta la creación del hombre
especialmente en el aspecto de su subjetividad. Confrontando a la vez ambos
relatos, llegamos a la convicción de que esta subjetividad corresponde a la
realidad objetiva del hombre creado «a imagen de Dios». E incluso este hecho
es -de otro modo- importante para la teología del cuerpo, como veremos en los
análisis siguientes. 2.
Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se
remite al «principio», indica ante todo la creación del hombre con referencia
al Génesis 1, 27: «El Creador al principio los creó varón y mujer»: sólo a
continuación cita el texto del Génesis 2, 24. Las palabras que describen
directamente la unidad e indisolubilidad del matrimonio, se encuentran en
el contexto inmediato del segundo relato de la creación, cuyo rasgo
característico es la creación por separado de la mujer (cf. Gén 2, 18-23), mientras que el relato de la
creación del primer hombre (varón) se halla en el Gén
2, 5- «Estaban
ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gén 2, 25). Aunque
el texto yahvista sea muy conciso en su conjunto,
basta sin embargo para diferenciar y contraponer con claridad esas dos
situaciones originarias. Hablamos aquí de situaciones, teniendo ante los
ojos el relato que es una descripción de acontecimientos. No obstante, a
través de esta descripción y de todos sus pormenores, surge la diferencia
esencial entre el estado pecaminoso del hombre y el de su inocencia
original (3). La teología sistemática entreverá en estas dos situaciones
antitéticas dos estados diversos de la naturaleza humana: status naturæ integræ (estado de
naturaleza íntegra) y status naturæ lapsæ (estada de naturaleza caída). Todo esto brota
de ese texto «yahvista» del Gén
2 y 3, que encierra en sí la palabra más antigua de la revelación, y
evidentemente tiene un significado fundamental para la teología del hombre y
para la teología del cuerpo. 4.
Cuando Cristo, refiriéndose al «principio», lleva a sus interlocutores a las
palabras del Gén 2, 24, les ordena, en
cierto sentido, sobrepasar el límite que, en el texto yahvista
del Génesis, hay entre la primera y la segunda situación del hombre. No
aprueba lo que «por dureza del... corazón» permitió Moisés, y se remite a las
palabras de la primera disposición divina, que en este texto está
expresamente ligada al estado de inocencia original del hombre. Esto
significa que esta disposición no ha perdido su vigencia, aunque el hombre
haya perdido la inocencia primitiva. La respuesta de Cristo es
decisiva y sin equívocos. Por eso debemos sacar de ella las conclusiones
normativas, que tienen un significado esencial no sólo para la ética, sino
sobre todo para la teología del hombre y para la teología del cuerpo, que,
como un punto particular de la antropología teológica, se establece sobre el
fundamento de la palabra de Dios que se revela. Trataremos de sacar estas
conclusiones en el próximo encuentro. (1)
Si en el lenguaje del racionalismo del siglo XIX el término «mito» indicaba
lo que no se contenía en la realidad, el producto de la imaginación (Wundt), o lo que es irracional (Lévy
Bruhl), el siglo XX ha modificado la concepción del
mito. L.
Walk ve en el mito la filosofía natural,
primitiva y arreligiosa; R. Otto lo
considera instrumento de conocimiento religioso; para C. G. Jung, en cambio, el mito es manifestación de los
arquetipos y la expresión del «inconsciente colectivo», símbolo de los
procesos interiores. M.
Eliade descubre en el mito la estructura de la
realidad que es inaccesible a la investigación racional y empírica:
efectivamente, el mito transforma el suceso en categoría y hace capaz de
percibir la realidad trascendente; no es sólo símbolo de los procesos
interiores (como afirma Jung), sino un acto
autónomo y creativo del espíritu humano, mediante el cual se actúa la
revelación (cf. Traité d’historie des religions,
París 1949, pág. 363; Images et symboles. París, 1952, págs. 199-235). Según
P. Tillich el mito es un símbolo,
constituido por los elementos de la realidad para presentar lo absoluto y la
trascendencia del ser, a los que tiende el acto religioso. H. Schlier subraya en el mito no conoce los hechos
históricos y no tiene necesidad de ellos, en cuanto describe lo que es
destino cósmico del hombre que es siempre igual. Finalmente,
el mito tiende a conocer lo que es incognoscible. Según
P. Ricoeur: «Le mythe
est autre chose qu’une explication du monde,de l’histoire ete de la destinée; il exprime, en terme de mode, voire d’outremonde
ou de second monde, la compréhension que l’homme pren de luimême par rapport au fondement
et à la limite de son existence (...). Il exprime dans un langage objectif le sens que ‘lhomme prend de sa dépendance
à l’egard de cela qui se tient à la limite et à l’origine
de son monde» (P. Ricoeur, Le Conflit des interprétations,
París [Seuil] 1969, pág. 383). «Le
mythe adamique est par excellence le mythe anthropologique; Adam veut dire
Homme; mais tout mythe de l’homme primordial’ n’est pas ‘mythe adamique’,
qui... est seul propement anthropologique; par là trois traits sont désignes: -
le mythe étiologique rapporte l’origine du mal à un ancêtre de l’humanité actuelle dont la condition est homogène à la nôtre (...). -
le mythe étiologique est la tentative la plus extrême pour dédoubler l’origine du mal et du bien. L’intention de ce mythe est de donner consistance à une origine radicale
du mal distincte de l’origine plus originaire
de l’êtrebon des choses
(...). Cette distinction du radical et d’originaire est essentielle au caractère anthropologique du mythe adamique; c’est elle quie fait de l’homme un commencement du mal au sein d’une
création qui a déja son commencement absolu dans l’acte
createur de Dieu. -
le mythe adamique subordonne à la figure centrale
de l’homme primordial d’autres
figures qui tendent à décentrer le récit,sans
pourtant supprimer le primat de la figure adamique
(...). Le
mythe,en nommant Adam, l’homme, explicite l’universalité
concrète du mal humain; l’esprit de pénitence se donne dans le mythe adamique le symbole de cette universalité. Nous retrovons ainsi (...) la fonction universalisante du mythe. Mais en même temps mous
retrouvons les deux autres fonctions, également suscitées par l’expérience pénitentielle
(...). Le mythe protohistorique
servit ainsi non sulement à généraliser l’expérience d’Israel à l’humanité de tous les temps et de tous les lieux,mais à étendre
à celleci la grande tensión de la condammantion et de la misericorde
que les prophétes avaient
enseigné à discerner dans le prope destin d’Israel. Enfin, dernière fonction du mthe,
motivée dans la foi d’Israel: le mythe prepare la spéculation en
explorant le point de rupture
de l’ontologique et de l’historique»
(P. Ricoeur, Finitude
et culpabilité: II. Symbolique
du mal, París 1960 [Aubier],
págs. 218-227. (2)
En cuanto a la etimología, no se excluye que el término hebreo ‘is se
derive de una raíz que significa «fuerza» (‘is o también ‘ws); en cambio ‘issà
está unido a una serie de términos semíticos, cuyo significado oscila entre
«hembra» y «mujer». La
etimología propuesta por el texto bíblico es de carácter popular y sirve para
subrayar la unidad del origen del hombre y de la mujer; esto parece
confirmado por la asonancia de ambas palabras. (3)
«El mismo lenguaje religioso pide la trasposición
de las «imágenes» o mejor, «modalidades simbólicas» a «modalidades
conceptuales» de expresión. A
primera vista esta trasposición puede parecer un
cambio puramente extrínseco (...). El lenguaje simbólico parece
inadecuado para emprender el camino del concepto por un motivo que es
peculiar de la cultura occidental. En esta cultura el lenguaje religioso ha
estado siempre condicionado por otro lenguaje, el filosófico, que es el
lenguaje conceptual por excelencia (...). Si es verdad que un
vocabulario religioso es comprendido sólo en una comunidad que lo interpreta
y según una tradición de interpretación, sin embargo también es verdad que no
existe tradición de interpretación que no esté «mediatizada» por alguna
concepción filosófica. He
aquí que la palabra «Dios», que en los textos bíblicos recibe su significado
por la convergencia de diversos modos de la narración (relatos y
profecías, textos de legislación y literatura sapiencial, proverbios e
himnos) -vista esta convergencia, tanto como el punto de intersección, como
el horizonte que se desvanece en toda y cualquier forma- debió ser absorbida
en el espacio conceptual, para ser reinterpretada en los términos del
Absoluto filosófico como primer motor, causa primera, Actus
Essendi, ser perfecto, etc. Nuestro concepto de
Dios pertenece, pues, a una ontoteología, en la que
se organiza toda la constelación de las palabras-clave de la semántica
teológica, pero en un marco de significados dictados por la metafísica». (Paul Ricoeur, Ermeneutica bíblica, Brescia
1978, Morcelliana, págs. 140-141; título original:
Biblical Hermeneutics,
Montana 1975). La
cuestión sobre si la reducción metafísica expresa realmente el contenido que
oculta en si el lenguaje simbólico y metafórico, es un tema aparte. 4. INOCENCIA ORIGINAL Y REDENCIÓN DE
CRISTO (26-IX-79/30-IX79) 1.
Cristo, respondiendo a la pregunta sobre la unidad y la indisolubilidad del
matrimonio, se remitió a lo que está escrito en el libro del Génesis sobre el
tema del matrimonio. En nuestras dos reflexiones precedentes hemos sometido a
análisis tanto al llamado texto elohista (Gén 1), como el yahvista
(Gén 2). Hoy queremos sacar algunas
conclusiones de este análisis. Cuando
Cristo se refiere al «principio», lleva a sus interlocutores a superar, en
cierto modo, el límite que, en el libro del Génesis, hay entre el estado de
inocencia original y el estado pecaminoso que comienza con la caída original. Simbólicamente
se puede vincular este límite con el árbol de la ciencia del bien y del mal,
que en el texto yahvista delimita dos situaciones
diametralmente opuestas: la situación de la inocencia original y la del
pecado original. Estas situaciones tienen una dimensión propia en el hombre,
en su interior, en su conocimiento, conciencia, opción y decisión, y todo
esto en relación con Dios Creador que, en el texto yahvista
(Gén 2 y 3) es, al mismo tiempo, el Dios de
la Alianza, de la alianza más antigua del Creador con su criatura, es decir,
con el hombre. El árbol de la ciencia del bien y del mal, como expresión y
símbolo de la alianza con Dios, rota en el corazón del hombre, delimita y
contrapone dos situaciones y dos estados diametralmente opuestos: el de la
inocencia original y el del pecado original, y a la vez del estado pecaminoso
hereditario en el hombre que deriva de dicho pecado. Sin embargo, las
palabras de Cristo, que se refieren al «principio», nos permiten
encontrar en el hombre una continuidad esencial y un vínculo entre estos
dos diversos estados o dimensiones del ser humano. El estado de pecado forma
parte del «hombre histórico», tanto del que se habla en Mateo 19, esto es,
del interlocutor de Cristo entonces, como también de cualquier otro
interlocutor potencial o actual de todos los tiempos de la historia y, por lo
tanto, naturalmente, también del hombre de hoy. Pero ese estado -el estado
«histórico» precisamente- en cada uno de los hombres, sin excepción alguna,
hunde las raíces en su propia «prehistoria» teológica, que es el estado de la
inocencia original. 2.
No se trata aquí de sola dialéctica. Las leyes del conocer responden a las
del ser. Es imposible entender el estado pecaminoso «histórico», sin
referirse o remitirse (y Cristo efectivamente a él se remite) al estado de
inocencia original (en cierto sentido «prehistórica») y fundamental. El
brotar, pues, del estado pecaminoso, como dimensión de la existencia humana,
está, desde los comienzos, en relación con esta inocencia real del hombre
como estado original y fundamental, como dimensión de ser creado «a imagen de
Dios». Y así sucede no sólo para el primer hombre, varón y mujer, como dramatis personæ
y protagonista de las vicisitudes descritas en el texto yahvista
de los capítulos 2 y 3 del Génesis, sino también para todo el recorrido
histórico de la existencia humana. El hombre histórico está, pues por así
decirlo, arraigado en su prehistoria teológica revelada; y por esto cada
punto de su estado pecaminoso histórico se explica (tanto para el alma como
para el cuerpo) con referencia a la inocencia original. Se puede decir que
esta referencia es «coheredad» del pecado, y precisamente del pecado
original. Si este pecado significa, en cada hombre histórico, un estado de
gracia perdida, entonces comporta también una referencia a esa gracia, que
era precisamente la gracia de la inocencia original. 3.
Cuando Cristo, según el capítulo 19 de San Mateo, se remite al «principio»,
con esta expresión no indica sólo el estado de inocencia original como
horizonte perdido de la existencia humana en la historia. Tenemos el derecho
de atribuir al mismo tiempo toda la elocuencia del misterio de la redención a
las palabras que El pronuncia con sus propios labios. Efectivamente, ya en el
ámbito del mismo texto yahvista del Gén 2 y 3, somos testigos de que el hombre, varón
y mujer, después de haber roto la alianza original con su Creador, recibe la
primera promesa de redención en las palabras del llamado Protoevangelio
en el Gén 3, 15 (1), y comienza a vivir en
la perspectiva teológica de la redención. Así, pues, el hombre
«histórico» -tanto el interlocutor de Cristo de aquel tiempo, del que habla
Mt 19, como el hombre de hoy- participa de esta perspectiva. El participa
no sólo en la historia del estado pecaminoso humano como sujeto y cocreador. Por lo tanto, está no sólo cerrado, a causa de
su estado pecaminoso, respecto a la inocencia original, sino que está al
mismo tiempo abierto hacia el misterio de la redenci-cuerpo
lo percibimos sobre todo con la experiencia. A la luz de las mencionadas
consideraciones fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción
de que esta nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse
en los umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con
ella permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de la perspectiva
de la redención del cuerpo garantiza la continuidad y la unidad entre el
estado hereditario del pecado del hombre y su inocencia original, aunque esta
inocencia la haya perdido históricamente de modo irremediable. También es
evidente que Cristo tiene el máximo derecho de responder a la pregunta que le
propusieron los doctores de la Ley y de la Alianza (como leemos en Mt
19 y en Mc 10), en la perspectiva de la redención sobre la cual se
apoya la misma Alianza. 4.
Si en el contexto de la teología del hombre-cuerpo, así delineado
sustancialmente, pensamos en el método de los análisis ulteriores
acerca de la revelación del «principio», en el que es esencial la referencia
a los primeros capítulos del libro del Génesis, debemos dirigir
inmediatamente nuestra atención a un factor que es particularmente importante
para la interpretación teológica: importante porque consiste en la relación
entre revelación y experiencia. En la interpretación de la revelación acerca del
hombre y sobre todo acerca del cuerpo, debemos referirnos a la experiencia
por razones comprensibles, ya que el hombre-cuerpo lo percibimos sobre todo
con la experiencia. A la luz de las mencionadas consideraciones
fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción de que esta
nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse en los
umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con ella
permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de las mismas consideraciones introductorias,
debemos llegar a la convicción de que nuestra experiencia humana es, en
este caso, un medio de algún modo legítimo para la interpretación
teológica, y es, en cierto sentido, un punto de referencia indispensable,
al que debemos remitirnos en la interpretación del «principio». El análisis
más detallado del texto nos permitirá tener una visión más clara de él. 5.
Parece que las palabras de la carta a los Romanos 8, 23, que acabamos de
citar, orientan mejor nuestras investigaciones, centradas en la revelación de
ese «principio», al que se refirió Cristo en su conversación sobre la
indisolubilidad del matrimonio (Mt 19 y Mc 10). Todos los
análisis sucesivos que se harán a este propósito basándose en los primeros
capítulos del Génesis, reflejarán casi necesariamente la verdad de las
palabras paulinas: «Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos
dentro de nosotros mismos, suspirando por... la redención de nuestro cuerpo».
Si nos ponemos en esta actitud -tan profundamente concorde
con la experiencia (2)-, el «principio» debe hablarnos con la gran riqueza de
luz que proviene de la revelación, a la que desea responder sobre todo la
teología. La continuación de los análisis nos explicará por qué y en qué
sentido ésta debe ser teología del cuerpo. (1)
Ya la traducción griega del Antiguo Testamento, la de los Setenta, que se
remonta más o menos al siglo II a.C., interpreta el Gén
3, 15 en el sentido mesiánico, aplicando el pronombre masculino autós refiriéndose al sustantivo neutro
griego sperma (semen de la Vulgata).
La traducción judía mantiene esta interpretación. La
exégesis cristiana, comenzando por San Ireneo (Adv. Hær.
III, 23, 7) ve este texto como «Protoevangelio»,
que preanuncia la victoria sobre Satanás traída por Jesucristo. Aunque en los
últimos siglos los estudiosos de la Sagrada Escritura hayan interpretado
diversamente esta perícopa, y algunos de ellos
impugnen la interpretación mesiánica, sin embargo en los últimos tiempos se retorna
a ella bajo un aspecto un poco distinto. El autor yahvista
une efectivamente la prehistoria con la historia de Israel, que alcanza su
cumbre en la dinastía mesiánica de David, que llevará a cumplimiento las
promesas del Gén 3, 15 (cf. 2 Sam 7,
12). El
Nuevo Testamento ha ilustrado el cumplimiento de la promesa en la misma
perspectiva mesiánica: Jesús es Mesías, descendiente de David (Rom 1,
3; 2 Tim 2, 8), nacido mujer (Gál 4,
4), nuevo Adán-David (1 Cor 15), que debe reinar «hasta poner a todos
sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25). Y finalmente (Apoc 12, 1-10) presenta el cumplimiento final de
la profecía del Gén 3, 15, que aun no siendo
anuncio claro e inmediato de Jesús, como Mesías de Israel, sin embargo
conduce a El a través de la tradición real y mesiánica que une al Antiguo y
al Nuevo Testamento. (2)
Hablando aquí de la relación entre la «experiencia» y la «revelación», más
aún, de una convergencia sorprendente entre ellas, sólo queremos constatar
que el hombre, en su estado actual de existir en el cuerpo, experimenta
múltiples limitaciones, sufrimientos, pasiones, debilidades y finalmente la
misma muerte, los cuales, al mismo tiempo, refieren este su existir en el
cuerpo a un diverso estado o dimensión. Cuando San Pablo escribe sobre la
«redención del cuerpo», habla con el lenguaje de la revelación; la
experiencia efectivamente no está en condiciones de captar este contenido, o
mejor esta realidad. Al mismo tiempo en el conjunto de este contenido el
autor de Rom 8, 23 toma de nuevo todo lo que, tanto a él como, en
cierto modo, a todo hombre (independientemente de su relación con la
revelación) se le ha ofrecido a través de la experiencia de la existencia
humana que es una existencia en el cuerpo. Tenemos,
pues, el derecho de hablar de la relación entre la experiencia y la
revelación, más aún, tenemos el derecho de proponer el problema de su
relación recíproca, si bien para muchos entre la una y la otra hay una línea
de demarcación que es una línea de total antítesis y de antinomía
radical. Esta línea, a su parecer, debe ser trazada sin duda entre la fe y la
ciencia, entre la teología y la filosofía. Al formular este punto de vista,
se tienen en cuenta más bien conceptos abstractos que no el hombre como
sujeto vivo. 5. LA SOLEDAD ORIGINAL DEL HOMBRE (10-X-79/14-X-79) 1.
En la última reflexión del presente ciclo hemos llegado a una conclusión
introductoria, sacada de las palabras del libro del Génesis sobre la creación
del hombre como varón y mujer. A estas palabras, o sea, al «principio» se
refirió el Señor Jesús en su conversación sobre la indisolubilidad del
matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 1-12). Pero la conclusión a
que hemos llegado no pone fin todavía a la serie de nuestros análisis.
Efectivamente, debemos leer de nuevo las narraciones del capítulo primero y
segundo del libro del Génesis en un contexto más amplio, que nos permitirá
establecer una serie de significados del texto antiguo, al que se refirió
Cristo. Por tanto, hoy reflexionaremos sobre el significado de la soledad
originaria del hombre. 2.
El punto de partida para esta reflexión nos lo dan directamente las
siguientes palabras del libro del Génesis: «No es bueno que el hombre (varón)
esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén
2, 18). Es Dios Yahvé quien dice estas palabras. Forman parte del segundo
relato de la creación del hombre y provienen, por lo tanto, de la tradición yahvista. Como hemos recordado anteriormente, es
significativo que, en cuanto al texto yahvista, el
relato de la creación del hombre (varón) es un pasaje aislado (cf. Gén 2, 7), que precede al relato de la creación de
la primera mujer (cf. Gén 2, 21-22). Además
es significativo que el primer hombre (‘adam),
creado del «polvo de la tierra», sólo después de la creación de la primera
mujer es definido como varón (‘is). Así, pues, cuando Dios-Yahvé
pronuncia las palabras sobre la soledad, las refiere a la soledad del
«hombre» en cuanto tal, y no sólo a la del varón (1). Pero
es difícil, basándose sólo en este hecho, ir demasiado lejos al sacar las
conclusiones. Sin embargo, el contexto completo de esa soledad de la que
habla el Génesis 2, 18, puede convencernos de que se trata de la soledad del
«hombre» (varón y mujer), y no sólo de la soledad del hombre-varón, producida
por la ausencia de la mujer. Parece, pues, basándonos en todo el contexto,
que esta soledad tiene dos significados: uno, que se deriva de la
naturaleza misma del hombre, es decir, de su humanidad (y esto es
evidente en el relato del Gén 2), y otro,
que se deriva de la relación varón-mujer, y esto es evidente, en cierto
modo, en base al primer significado. Un análisis detallado de la descripción
parece confirmarlo. 3.
El problema de la soledad se manifiesta únicamente en el contexto del segundo
relato de la creación del hombre. En el primer relato no existe este
problema. Allí el hombre es creado en un solo acto como «varón y mujer»
(«Dios creó al hombre a imagen suya... varón y mujer los creó», Gén 1, 27). El segundo relato que, como ya hemos
mencionado, habla primero de la creación del hombre y sólo después de la
creación de la mujer de la «costilla» del varón, concentra nuestra atención
sobre el hecho de que «el hombre está solo», y esto se presenta como un
problema antropológico fundamental, anterior, en cierto sentido, al propuesto
por el hecho de que este hombre sea varón y mujer. Este problema es anterior
no tanto en el sentido cronológico, cuanto en el sentido existencial: es
anterior «por su naturaleza». Así se revelará también él problema de la
soledad del hombre desde el punto de vista de la teología del cuerpo, si
llegamos a hacer un análisis profundo del segundo relato de la creación en el
Génesis 2. 4.
La afirmación de Dios-Yahvé «no es bueno que el hombre esté solo», aparece no
sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer («voy a
hacerle una ayuda semejante a él»), sino también en el contexto más amplio de
motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la
soledad originaria del hombre. El texto yahvista
vincula ante todo la creación del hombre con la necesidad de «trabajar la
tierra» (Gén 2, 5), y esto correspondería,
en el primer relato, a la vocación de someter y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28). Después el segundo relato de la
creación habla de poner al hombre en el «jardín en Edén», y de este modo nos
introduce en el estado de su felicidad original. Hasta este momento el hombre
es objeto de la acción creadora de Dios-Yahvé, quien al mismo tiempo, como
legislador, establece las condiciones de la primera alianza con el hombre. Ya
a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una
expresión ulterior cuando el Señor Dios «trajo ante el hombre (varón) todos
cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para
que viese cómo las llamaría» (Gén 2, 19).
Así, pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está
definido a base de un «test» específico, o de un
examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente
a sí mismo). Mediante este «test», el hombre toma
conciencia de la propia superioridad, es decir, de que no puede ponerse al
nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra. En
efecto, como dice el texto, «y fuese el nombre de todos los vivientes el
que él les diera» (Gén 2, 19). «Y dio el
hombre nombre a todos los ganados, y a todas la aves del cielo, y a todas las
bestias del campo; pero -termina el autor- entre todos ellos no había para el
hombre (varón) ayuda semejante a él» (Gén 2,
19-20). 5.
Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la
creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aun
independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se
encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como
en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la
definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en la propia identidad». La
constatación de que el hombre «está solo» en medio del mundo visible y, en
especial, entre los seres vivientes tiene un significado negativo en este
estudio, en cuanto expresa lo que él «no es». No obstante, la constatación de
no poderse identificar esencialmente con el mundo visible de los otros seres
vivientes (animalia) tiene, al mismo tiempo,
un aspecto positivo para este estudio primario: aun cuando esta constatación
no es todavía una definición completa, constituye, sin embargo, uno de sus
elementos. Si aceptamos la tradición aristotélica en la lógica y en la
antropología, sería necesario definir este elemento como «genero próximo» (genus proximum)
(2). 6.
El texto yahvista nos permite, sin embargo,
descubrir incluso elementos ulteriores en ese maravilloso paisaje, en el que
el hombre se encuentra solo frente a Dios, sobre todo para expresar, a través
de una primera autodefinición, el propio autoconocimiento,
como manifestación primitiva y fundamental de humanidad. El autoconocimiento va a la par del conocimiento del mundo,
de todas las criaturas visibles, de todos los seres vivientes a los que el
hombre ha dado nombre para afirmar frente a ellos la propia diversidad. Así,
pues, la conciencia revela al hombre como el que posee la facultad
cognoscitiva respecto al mundo visible. Con este conocimiento que
lo hace salir, en cierto modo, fuera del propio ser, al mismo tiempo el
hombre se revela a sí mismo en toda la peculiaridad de su ser. No está
solamente esencial y subjetivamente solo. En efecto, soledad significa
también subjetividad del hombre, la cual se constituye a través del autoconocimiento. El
hombre está solo porque es «diferente» del mundo visible, del mundo de los
seres vivientes. Analizando el texto del libro del Génesis, somos testigos,
en cierto sentido, de cómo el hombre «se distingue» frente a Dios-Yahvé de
todo el mundo de los seres vivientes (animalia) con
el primer acto de autoconciencia, y de cómo, por lo tanto, se revela a sí
mismo y, a la vez, se afirma en el mundo visible con «esperanza». Ese proceso
delineado de modo tan incisivo en el Génesis 2, 19-20, proceso en búsqueda de
una definición de sí, no lleva sólo a indicar -empalmando con la tradición
aristotélica- el genus proximum, que en el capítulo 2 del Génesis se expresa
con las palabras: «ha puesto el hombre», al que corresponde, la «diferencia»
específica que, según la definición de Aristóteles, es noûs, zoom noetikón. Este proceso lleva también él primer
bosquejo del ser humano como persona humana con la subjetividad propia que la
caracteriza. Interrumpimos
aquí el análisis del significado de la soledad originaria del hombre. Lo reanudaremos
en los capítulos sucesivos. (1)
El texto hebreo llama constantemente al primer hombre ha’adam,
mientras el termino ‘is («varón») se introduce solamente cuando surge
la confrontación con la ‘isa («mujer»). «El
hombre», pues, estaba solitario sin referencia al sexo. Pero
en la traducción a algunas lenguas europeas es difícil expresar este concepto
del Génesis, porque «hombre» y «varón» se definen ordinariamente con una sola
palabra: «homo», «uomo», «hombre», «man». (2) «An essential (quidditive)
definition is a statement which explains the essence or nature of
things. It will be essential when we can define a thing by its proximate
genus and specific differentia. The proximate genus includes
within its comprehension all the essential elements of the genera above it
and therefore includes all the beings that are cognate or similar in nature
to the thing that is being defined; the specific differentia, on the
other hand brings in the distinctive element which separates this thing from
all others of a similar nature, by because an animal is a «sentient, living,
material substance» (...) The specific differentia «rational» is the one
distinctive essential element which distinguishes man» and every other
«animal». It therefore makes lum a species of him
own and separates him from every other «animal» and every other, genus above
animal, ineluding plants, inanimate bodies and
substance. Furthermore, since the
specific differentia is the distinctive element in the essence of man, it
includes all the characteristic «properties» which lie in the nature of man as
man, namely power of speech, morality, governoment,
religión, immortality, etc.: realities which are
absent in all other beings in this physical world». (C.N. Bittle,
The Science of Correct Thinking, Logic, 6. EL PRIMER HOMBRE, IMAGEN DE DIOS (24-X-79/28-X-79) 1.
En la reflexión precedente comenzamos a analizar el significado de la soledad
originaria del hombre. El punto de partida nos lo da el texto yahvista y en particular las palabras siguientes: «No es
bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén 2, 18). El análisis de los relativos pasajes
del libro del Génesis (cap. 2) nos ha llevado a
conclusiones sorprendentes que miran a la antropología, esto es, a la ciencia
fundamental acerca del hombre, encerrada en este libro. Efectivamente, en
frases relativamente escasas, el texto antiguo bosqueja al hombre como persona
con la subjetividad que la caracteriza. Cuando
Dios-Yahvé da a este primer hombre, así formado, el dominio en relación con
todos los árboles que crecen en el «jardín en Edén», sobre todo en relación
con el de la ciencia del bien y del mal, a los rasgos del hombre, antes
descritos, se añade el momento de la opción o de la autodeterminación, es
decir, de la libre voluntad. De este modo, la imagen del hombre, como persona
dotada de una subjetividad propia, aparece ante nosotros como acabada en su
primer esbozo. En
el concepto de soledad originaria se incluye tanto la autoconciencia, como la
autodeterminación. El hecho de que el hombre esté «solo» encierra en sí esta
estructura ontológica y, al mismo tiempo, es un índice de auténtica
comprensión. Sin esto, no podemos entender correctamente las palabras que
siguen y que constituyen el preludio a la creación de la primera mujer: «Voy
a hacerle una ayuda». Pero, sobre todo, sin el significado tan profundo de la
soledad originaria del hombre, no puede entenderse e interpretarse
correctamente toda la situación del hombre creado a «imagen de Dios», que es
la situación de la primera, mejor aún, de la primitiva Alianza con Dios. 2.
Este hombre, de quien dice el relato del capítulo primero que fue creado «a
imagen de Dios», se manifiesta en el segundo relato como sujeto de la Alianza,
esto es, sujeto, constituido como persona, constituido a medida de «partner del Absoluto», en cuanto debe
discernir y elegir conscientemente entre el bien y el mal, entre la vida y la
muerte. Las palabras del primer mandamiento de Dios-Yahvé (Gén 2, 16-17) que hablan directamente de la
sumisión y dependencia del hombre-creatura de su
Creador, revelan precisamente de modo indirecto este nivel de humanidad como
sujeto de la Alianza y «partner del Absoluto». El
hombre está solo; esto quiere decir que él, a través de la propia humanidad,
a través de lo que él es, queda constituido al mismo tiempo en una relación
única, exclusiva e irrepetible con Dios mismo. La definición
antropológica contenida en el texto yahvista se
acerca por su parte a lo que expresa la definición teológica del hombre, que
encontramos en el primer relato de la creación («Hagamos al hombre a nuestra
imagen, a nuestra semejanza»: Gén 1, 26). 3. El hombre, así formado, pertenece al mundo visible, es cuerpo entre los cuerpos. Al volver a tomar y, en cierto modo, al reconstruir el significado de la soledad originaria, lo aplicamos al hombre en su totalidad. El cuerpo, mediante el cual el hombre participa del mundo creado visible, lo hace al mismo tiempo consciente de estar «solo». De otro modo no hubiera sido capaz de llegar a esa convicción, a la que, en efecto, como leemos (cf. Gén 2, 20), ha llegado, si su cuerpo no le hubiera ayudado a comprenderlo, haciendo la cosa evidente. La conciencia de la soledad habría podido romperse a causa del mismo cuerpo. El hombre ‘adam, habría podido llegar a la conclusión de ser sustancialmente semejante a los otros seres vivientes (animalia), basándose en la experiencia del propio cuerpo. Y, en cambio, como leemos, no llegó a esta conclusión, más bien llegó a la persuasión de estar «solo». El texto yahvista nunca habla directamente del cuerpo; incluso cuando dice «Formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra», habla del hombre y no del cuerpo. Esto no obstante, el relato tomado en su conjunto nos ofrece bases suficientes para percibir a este hombre, crea |