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El sacramento del matrimonio «Este
es un gran misterio, y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,32) Indice de este capitulo y vínculos
para la lectura 87.
El sacramento del matrimonio en la carta a los Efesios. 88.
Vida cristiana de la familia 89.
Relación de los cónyuges a imagen de la relación de Cristo con la Iglesia, 90.
El matrimonio, signo visible del eterno misterio divino 91.
El esposo y la esposa en el misterio de Cristo y de la Iglesia 92.
El amor de cristo a la Iglesia, modelo del amor conyugal 93.
La sacramentalidad del matrimonio 94.
El amor de Dios al pueblo elegido, signo del amor conyugal 95.
El amor de Dios a su pueblo y el amor nupcial en los profetas. 96.
El matrimonio como analogía del amor nupcial entre Cristo y la Iglesia 97.
El matrimonio, sacramento primordial 98.
El matrimonio sacramento, restauración del sacramento primordial 99.
El matrimonio y la nueva economía sacramental 100.
La sacramentalidad del matrimonio y la redención
del cuerpo. 101.
El matrimonio, «ethos» de la redención del cuerpo 102.
Matrimonio sacramental y la vida según el Espíritu 103.
El matrimonio sacramento y la significación esponsal
y redentora del amor, 104.
El «lenguaje del cuerpo» en la comunión del matrimonio sacramental 105.
La significación esponsal del cuerpo y la condición
esponsal de la alianza,
106.
El matrimonio como alianza de personas 107.
El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia 108.
La veracidad en el «lenguaje del cuerpo» 109.
El amor conyugal en el Cantar de los Cantares 110.
El amor masculino y femenino en el Cantar 111.
La verdad sobre el amor en el Cantar 112.
El amor espiritual en el libro de Tobías 113.
El amor conyugal en la Carta a los Efesios El
sacramento del matrimonio «Este
es un gran misterio, y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,32) 87. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO EN LA CARTA A LOS
EFESIOS (28-VII-82/1-VIII-82) 1. Iniciamos hoy un nuevo capítulo
sobre el tema del matrimonio, leyendo las palabras de San Pablo a los
Efesios: «Las casadas estén sujetas a sus
maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo
es cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo. Y
como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo. «Vosotros, los maridos, amad a
vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para
santificarla, purificándola mediante el lavado del agua con la palabra, a fin
de presentársela a si gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante,
sino santa e intachable. Los maridos deben amar a sus mujeres como a su
propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, y nadie aborrece
jamás su propia carne, sino que la alimenta y la abriga como Cristo a la
Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. ‘Por esto dejará el hombre a su
padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne’. Gran
misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia. Por lo
demás, ame cada uno a su mujer, y ámela como a sí mismo, y la mujer
reverencie a su marido), (Ef 5, 22-33). 2. Conviene someter a análisis
profundo el citado texto, contenido en el capítulo 5 de la Carta a los
Efesios, así como, anteriormente, he analizado, cada una de las palabras de
Cristo que parecen tener un significado-clave para la teología del cuerpo. Se
trataba de las palabras con las que Cristo se remitía al «principio» (Mt
19, 4; Mc 10, 6), al «corazón» humano, en el sermón de la montaña (Mt
5, 28) y a la resurrección futura (cf. Mt 22, 30; Mc 12,
25; Lc 20, 35). El texto entresacado ahora de la Carta a los Efesios
constituye como el «coronamiento» de esas sintéticas palabras-clave a que me
he referido. Si de ellas ha salido la teología del cuerpo en sus rasgos
evangélicos, sencillos y al mismo tiempo fundamentales,
hay que presuponer, en cierto sentido esta teología al interpretar el
mencionado paso de la Carta a los Efesios. Y, por lo mismo, si se quiere interpretar
dicho paso hay que hacerlo a la luz de lo que Cristo nos dijo
sobre el cuerpo humano. El habló no sólo refiriéndose al hombre «histórico» y
por lo mismo al hombre, siempre «contemporáneo», de la concupiscencia (a su
«corazón»), sino también poniendo de relieve, por un lado, las perspectivas
del «principio», o sea, de la inocencia original y de la justicia y, por
otro, las perspectivas escatológicas de la resurrección de los cuerpos,
cuando «ni tomarán mujeres ni maridos» (cf. Lc 20, 35). Todo esto
forma parte de la óptica teológica de la «redención de nuestro cuerpo» (Rom
8, 23). 3. También las palabras del autor de
la Carta a los Efesios (1) tienen como centro el cuerpo; y esto, tanto en su significado
metafórico, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, como en su significado
concreto el cuerpo humano en su perenne masculinidad y feminidad, en su
perenne destino a la unión en el matrimonio, como dice el libro del Génesis:
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer;
y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gén
2, 24). ¿De que forma aparecen y convergen
estos dos significados del cuerpo en el párrafo de la Carta a los Efesios? ¿Y
por qué aparecen y convergen en ella? Estos son los interrogantes que
hay que hacerse esperando respuestas no tanto inmediatas y directas, cuanto
más bien profundas y a largo plazo a las que nos han preparado ya los
análisis precedentes. En efecto, ese paso de la Carta a los Efesios no se
puede entender correctamente si no es en el amplio contexto bíblico,
considerándolo como «coronamiento» de los temas y de las verdades que, a
través de la Palabra de Dios revelada en la Sagrada Escritura, van y vienen
como grandes olas. Se trata de temas centrales y de verdades esenciales. Y
por eso el citado texto de la Carta a los Efesios es también un texto-clave y
«clásico». 4. Es un texto muy conocido en la liturgia
en la que aparece siempre relacionado con el sacramento del
matrimonio. La lex orandi de la Iglesia ve en él una referencia
explícita a este sacramento: y la lex orandi presupone y al mismo tiempo expresa siempre la
lex credendi. Admitiendo
esta premisa hemos de preguntarnos enseguida: ¿Cómo emerge la verdad sobre
la sacramentalidad del matrimonio en este texto
«clásico» de la Carta a los Efesios? ¿Cómo se expresa y se confirma en
él? Se verá claramente que la respuesta a estos interrogantes no puede ser
inmediata y directa, sino gradual y «a largo plazo». Esto se ve incluso en
una primera lectura de este texto, que nos lleva al libro del Génesis y
consiguientemente «al principió», y que, en la descripción de las relaciones
entre Cristo y la Iglesia toma de los escritos de los Profetas del Antiguo
Testamento la bien conocida analogía del amor nupcial entre Dios y su
pueblo escogido. Sin examinar estas relaciones resultaría difícil responder a
la pregunta sobre cómo la Carta a los Efesios trata de la sacramentalidad del matrimonio. Así se ve cómo la
prevista respuesta ha de pasar a través de todo el ámbito de los problemas
analizados precedentemente, es decir, a través de la teología del cuerpo. 5. El sacramento o la sacramentalidad -en el sentido más general de este
término- se cruza con el cuerpo y presupone la «teología del cuerpo».
Efectivamente, el sacramento según el significado generalmente
conocido, es un signo visible. El cuerpo en su aspecto visible significa
la «visibilidad» del mundo y del hombre. Así, pues, de alguna manera -aunque
sea de forma muy general- el cuerpo entra en la definición del sacramento,
siendo él mismo «signo visible de una realidad invisible», es decir, de la
realidad espiritual, trascendente, divina. Con este signo -y mediante este
signo- Dios se da al hombre en su trascendente verdad y en su amor. El
sacramento es signo de la gracia y es un signo eficaz. No solo la
indica y expresa de modo visible en forma de signo, sino que la
produce y contribuye eficazmente a hacer que la gracia se convierta en parte
del hombre y que en él se realice y se cumpla la obra de la
salvación la obra presente en los designios de Dios desde la eternidad y
revelada plenamente por Jesucristo. 6. Diría que esta primera lectura del
texto «clásico» de la Carta a los Efesios indica la dirección en la que se
desarrollarán nuestros ulteriores análisis. Es necesario que éstos comiencen
por la preliminar comprensión del texto en sí mismo; pero
luego deben llevar, por decirlo así, más allá de sus confines, para
comprender dentro de lo posible «hasta el fondo» la inmensa riqueza de verdad
revelada por Dios y contenida en esa estupenda página. Utilizando la conocida
expresión de la Constitución Gaudium et spes, se puede decir que ese texto tomado de la Carta
a los Efesios «revela -de modo especial- el hombre al hombre y le
indica su altísima vocación» (Gaudium
et spes 22): en cuanto que el hombre participa
de la experiencia de la persona encarnada. De hecho Dios, creando al hombre a
su imagen, desde el principio lo creó «varón y mujer» (Gén
1, 27). En los análisis sucesivos trataremos
de comprender mas profundamente -sobre todo a la luz del citado texto de la
Carta a los Efesios- el sacramento (especialmente, el matrimonio como
sacramento): primero, en la dimensión de la Alianza y de la gracia, y
después, en la dimensión del signo sacramental. (1) El problema de la paternidad
paulina de la Carta a los Efesios, reconocida por algunos exegetas y negada
por otros, puede resolverse con una posición media, que aquí aceptamos
como hipótesis de trabajo: o sea, que San Pablo confió algunos
conceptos a su secretario, el cual después los desarrolló y perfiló. Es ésta
la solución provisional del problema que tenemos presente, al hablar del
«Autor de la Carta a los Efesios», del «Apóstol» y de «San Pablo». 88.
VIDA CRISTIANA DE LA FAMILIA (4-VIII-82/8-VIII-82) 1. En nuestra reflexión precedente
cité el capítulo V de la Carta a los Efesios (vv.
22-23). Ahora, después de una primera lectura sobre este texto «clásico»,
conviene examinar el modo en que este pasaje -tan importante para el
ministerio de la Iglesia, como para la sacramentalidad
del matrimonio- se encuadra en el contexto inmediato de toda la Carta. Aun sabiendo que hay una serie de
problemas discutidos entre los escrituristas
respecto a los destinatarios, a la paternidad e incluso a la fecha de su
composición, es necesario constatar que la Carta a los Efesios tiene una
estructura muy significativa. El autor comienza esta Carta presentando el
plan eterno de la salvación del hombre en Jesucristo. «...Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo... en El nos eligió... para que fuésemos santos e inmaculados ante
El en caridad, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo,
conforme al beneplácito de su voluntad, para la alabanza del esplendor de su
gracia, que nos otorgó gratuitamente en el Amado, en quien tenemos la
redención por su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas de su
gracia..., para realizarlo al cumplirse los tiempos, recapitulando todas las
cosas en Cristo...» (Ef 1, 3. 4-7. 10). El autor de la Carta a los Efesios,
después de haber presentado con palabras llenas de gratitud el designio que,
desde la eternidad, está en Dios y, a la vez, se realiza ya en la vida de la
humanidad, ruega al Señor para que los hombres (y directamente los
destinatarios de la Carta) conozcan plenamente a Cristo como cabeza: «...le
puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia que es su cuerpo la
plenitud del que lo acaba todo en todos» (1, 22-23). La humanidad pecadora
está llamada a una vida nueva en Cristo, en quien los gentiles y los judíos
deben unirse como en un templo (cf. 2. 11-21). El Apóstol es heraldo del
misterio de Cristo entre los gentiles, a los cuales se dirige sobre todo,
doblando «las rodillas ante el Padre», y pidiendo que les conceda, «según la
riqueza de su gloria, ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior
por su Espíritu» (3, 14. 16). 2. Después de esta revelación tan
profunda y sugestiva del misterio de Cristo en la Iglesia, el autor pasa, en
la segunda parte de la Carta, a orientaciones más detalladas, que
miran a definir la vida cristiana como vocación que brota del plan divino,
del que hemos hablado anteriormente, es decir, del misterio de Cristo en la
Iglesia. También el autor toca aquí diversas cuestiones, validas siempre para
la vida cristiana. Exhorta a conservar la utilidad subrayando al mismo tiempo
que esta unidad se construye sobre la multiplicidad y diversidad de los dones
de Cristo. A cada uno se le ha dado un don diverso, pero todos, como
cristianos, deben «vestirse del hombre nuevo, creado según Dios en
justicia y santidad verdaderas» (4, 24). A esto está vinculada una llamada
categórica a superar los vicios y adquirir las virtudes correspondientes a la
vocación que todos han obtenido en Cristo (cf. 4, 25-32). El autor escribe:
«Sed, en fin, imitadores de Dios, como hijos amados, y caminad en el
amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros... en sacrificio»
(5, 1-2). 3. En el capítulo V de la
Carta a los Efesios estas llamadas se hacen aún más concretas. El autor
condena severamente los abusos paganos, escribiendo: «Fuisteis algún tiempo
tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la
luz» (5, 8). Y luego: «No seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la
voluntad de Dios. Y no os embriaguéis de vino (referencia al Libro de los
Proverbios 23, 31)..., al contrario, llenáos
del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales,
cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones» (5, 17-19). El autor
de la Carta quiere ilustrar con estas palabras el clima de vida espiritual,
que debe animar a toda comunidad cristiana. Y, pasa luego, a la
comunidad doméstica, esto es, a la familia. Efectivamente, escribe: «Llenáos del Espíritu.. dando siempre gracias a Dios Padre por todas las cosas en
nombre de nuestro Señor Jesucristo, sujetos los unos a los otros en el temor
de Cristo» 15, 20-21). Y precisamente así entramos en el pasaje de la Carta
que será tema de nuestro análisis particular. Podemos constatar fácilmente
que el contenido esencial de este texto «clásico» aparece en el cruce de los dos
principales hilos conductores de toda la Carta a los Efesios: el primero,
el del misterio de Cristo que, como expresión del plan divino para la
salvación del hombre, se realiza en la Iglesia; el segundo, el de la vocación
cristiana como modelo de vida para cada uno de los bautizados y cada una de
las comunidades, correspondiente al misterio de Cristo, o sea, el plan divino
para la salvación del hombre. 4. En el contexto inmediato del
pasaje citado, el autor de la Carta trata de explicar de qué modo la vocación
cristiana, concebida así, debe realizarse y manifestarse en las relaciones entre
todos los miembros de una familia: por lo tanto, no sólo entre
el marido y la mujer (de quienes trata precisamente el pasaje del capítulo 5,
22-23, elegido por nosotros), sino también entre padres e hijos. El autor
escribe: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque es justo.
Honra a tu padre y a tu madre. Tal es el primer mandamiento, seguido de
promesa, para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra. Y
vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina
y en la enseñanza del Señor» (6, 1-4). A continuación se habla de los deberes
de los siervos con relación a los amos y viceversa, de los amos en relación a
los siervos, esto es, a los esclavos (cf. 6, 5-9), lo que se refiere también
a las orientaciones concernientes a la familia en sentido amplio.
Efectivamente, la familia estaba constituida no sólo por los padres e hijos
(según la sucesión de generaciones), sino también pertenecían a ellas en
sentido amplio incluso los siervos de ambos sexos: esclavos y esclavas. 5. Así, pues el texto de la Carta a
los Efesios, que nos proponemos hacer objeto de un análisis profundo, se
halla en el contenido inmediato de enseñanzas sobre las obligaciones morales
de la sociedad familiar (las llamadas «Haustaflen»
o códigos domésticos, según la definición de Lutero). Encontramos también
instrucciones análogas en otras Cartas (por ejemplo, en la dirigida a los
Colosenses, 3, 18-4, y en la primera Carta de Pedro, 2, 13-3, 7). Además,
este contexto inmediato forma parte de nuestro pasaje, en cuanto también el
texto «clásico» que hemos elegido trata de los deberes recíprocos de los
maridos y de las mujeres. Sin embargo, hay que notar que el pasaje 5. 22-23
de la Carta a los Efesios se centra de suyo exclusivamente en los cónyuges
y en el matrimonio y lo que respecta a la familia, también en sentido
amplio, se halla ya en el contexto. Pero antes de disponernos a hacer un
análisis profundo del texto, conviene añadir que toda la Carta termina con un
estupendo estimulo a la lucha espiritual (cf. 6, 10-20), con breves
recomendaciones (cf. 6, 21-22) y una felicitación final (cf. 6, 23-24). La
llamada a la lucha espiritual parece estar lógicamente fundada en la
argumentación de toda la Carta. Esa llamada es, por decirlo así, la conclusión
explícita de sus principales hilos conductores. Teniendo así ante los ojos la
estructura total de toda la Carta a los Efesios, en el primer análisis
trataremos de clasificar el significado de las palabras: «sujetaos los unos a
los otros en el temor de Cristo» (5, 21), dirigidas a los maridos y a las
mujeres. 89. RELACIÓN DE LOS CÓNYUGES A IMAGEN DE LA RELACIÓN DE CRISTO CON LA
IGLESIA (11-VIII-82/15-VIII-82) 1. Comenzamos hoy un análisis más
detallado del pasaje de la Carta a los Efesios 5, 21-33. El autor,
dirigiéndose a los cónyuges, les recomienda que estén «sujetos los unos a
los otros en el temor de Cristo» (5, 21). Se trata aquí de una relación de
doble dimensión o de doble grado: recíproco y comunitario El
uno precisa y caracteriza al otro. Las relaciones recíprocas del
marido y de la mujer deben brotar de su común relación con Cristo. El autor
de la Carta habla del «temor de Cristo» en un sentido análogo a cuando habla
del «temor de Dios». En este caso, no se trata de temor o miedo, que es una
actitud defensiva ante la amenaza de un mal, sino que se trata sobre todo de
respeto por la santidad, por lo sacrum: se
trata de la pietas que en el leaguaje del Antiguo Testamento fue expresada también con
el término «temor de Dios» (cf. por ejemplo, Sal 103, 11; Prov 1, 7; 23, 17; Sir 1, 11-16).
Efectivamente, esta pietas, nacida de la profunda
conciencia del misterio de Cristo debe constituir la base de
las relaciones recíprocas entre los cónyuges. 2. Igual que el contexto
inmediato, también el texto elegido por nosotros tiene un carácter
«parenético» es decir, de instrucción moral. El autor de la Carta desea
indicar a los cónyuges cómo deben ser sus relaciones recíprocas y todo su
comportamiento. Deduce las propias indicaciones y directrices del misterio de
Cristo presentado al comienzo de la Carta. Este misterio debe estar
espiritualmente presente en las recíprocas relaciones de los cónyuges.
Penetrando sus corazones, engendrando en ellos ese santo «temor de Cristo»
(es decir, precisamente la pietas) el
misterio de Cristo debe llevarlos a estar «sujetos los unos a los otros»: el
misterio de la elección, desde la eternidad, de cada uno de ellos en
Cristo «para ser hijos adoptivos» de Dios. 3. La expresión que abre nuestro
pasaje de Ef 5, 21-33, al que nos hemos acercado gracias al análisis
del contexto remoto e inmediato, tiene una elocuencia muy particular. El
autor habla de la mutua sujeción de los cónyuges, marido y mujer, y de este
modo da también a conocer cómo hay que entender las palabras que escribirá
luego sobre la sumisión de la mujer al marido. Efectivamente, leemos:
«Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor» (5, 22). Al
expresarse así, el autor no intenta decir que el marido es «amo» de la mujer
y que el contrato inter-personal propio del
matrimonio es un contrato de dominio del marido sobre la mujer. En cambio,
expresa otro concepto: esto es, que la mujer, en su relación con Cristo -que
es para los dos cónyuges el único Señor- puede y debe encontrar la motivación
de esa relación con el marido, que brota de la esencia misma del matrimonio y
de la familia. Sin embargo, esta relación no es sumisión unilateral. El
matrimonio, según la doctrina de la Carta a los Efesios, excluye ese
componente del contrato que gravaba y, a veces, no cesa de gravar sobre esta
institución. En efecto, el marido y la mujer están «sujetos los unos a los
otros», están mutuamente subordinados. La fuente de esta sumisión
recíproca está en la pietas cristiana, y su
expresión es el amor. 4. El autor de la Carta subraya de
modo particular este amor, al dirigirse a los maridos. Efectivamente escribe:
«Y vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres»... y con esta manera de
expresarse destruye cualquier temor que hubiera podido suscitar (dada la
sensibilidad contemporánea) la frase precedente: «Las casadas estén sujetas a
sus maridos». El amor excluye todo género de sumisión, en virtud de la cual
la mujer se convertiría en sierva o esclava del marido, objeto de sumisión
unilateral. El amor cierta mente hace que simultáneamente también el
marido esté sujeto a la mujer, y sometido en esto al Señor mismo igual
que la mujer al marido. La comunidad o unidad que deben formar por el
matrimonio, se realiza a través de una recíproca donación, que es también una
mutua sumisión. Cristo es fuente y, a la vez, modelo de esta sumisión que, al
ser recíproca «en el temor de Cristo», confiere a la unión conyugal un
carácter profundo y maduro. Múltiples factores de índole psicológica o de
costumbre, se transforman en esta fuente y ante este modelo, de manera que
hacen surgir, diría, una nueva y preciosa «fusión» de los comportamientos y
de las relaciones bilaterales. 5. El autor de la Carta a los Efesios
no teme aceptar los conceptos propios de la mentalidad y de las costumbres de
entonces; no teme hablar de la sumisión de la mujer al marido; ni tampoco
teme (también en el último versículo del texto que hemos citado) recomendar a
la mujer que «reverencie a su marido» (5, 33). Efectivamente, es cierto que
cuando el marido y la mujer se sometan el uno al otro «en el temor de
Cristo», todo encontrará su justo equilibrio, es decir corresponderá a su
vocación cristiana en el misterio de Cristo. 6. Ciertamente es diversa nuestra
sensibilidad contemporánea, diversas son también las mentalidades y las
costumbres, y es diferente la situación social de la mujer con relación al
hombre. No obstante, el fundamental principio parenético que encontramos en
la Carta a los Efesios, sigue siendo el mismo y ofrece los mismos frutos. La
sumisión recíproca «en el temor de Cristo» -sumisión que nace del fundamento
de las pietas cristiana- forma
siempre esa profunda y sólida estructura que integra la comunidad de los
cónyuges, en la que se realiza la verdadera «comunión» de las
personas. 7. El autor del texto a los Efesios,
que comenzó su Carta con una magnífica visión del plan eterno de Dios para
con la humanidad, no se limita a poner de relieve solamente los aspectos
tradicionales de las costumbres o los aspectos éticos del matrimonio, sino
que sobrepasa el ámbito de la enseñanza y, al escribir sobre las relaciones
recíprocas de los cónyuges, descubre en ellas la dimensión del misterio de
Cristo, de quien él es heraldo y apóstol. «Las casadas estén sujetas a sus
maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es
cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo. Y como la Iglesia está sujeta a
Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo. Vosotros, los maridos, amad a
vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...» (5,
22 23). De este modo, la enseñanza propia de esta parte parenética de
la Carta en cierto sentido se inserta en la realidad misma del misterio oculto
desde la eternidad en Dios y revelado a la humanidad en Jesucristo. En
la Carta a los Efesios somos testigos diría, de un encuentro
particular de ese misterio con la esencia misma de la vocación al matrimonio.
¿Cómo hay que entender este encuentro? 8. En el texto de la Carta a los
Efesios este encuentro se presenta ante todo como una gran analogía. Leemos
allí: «Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor...»; he
aquí el primer miembro de la analogía. «Porque el marido es cabeza de la
mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia...» éste es el segundo miembro,
que constituye la clarificación y la motivación del primero. «Y como la
Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos...»: a la
relación de Cristo con la Iglesia, presentada antes, se expresa ahora como
relación de la Iglesia con Cristo, y aquí está comprendiendo el siguiente
miembro de la analogía. Finalmente: «Vosotros, los maridos, amad a vuestras
mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...»: he aquí el
último miembro de la analogía. La continuación del texto de la Carta
desarrolla el pensamiento fundamental, contenido en el pasaje que acabamos de
citar; y todo el texto de la Carta a los Efesios en el capítulo 5 (vv. 21-33) está totalmente penetrado por la misma
analogía; esto es, la relación recíproca entre los cónyuges, marido y mujer,
los cristianos la entienden a imagen de la relación entre Cristo y la
Iglesia. 90. EL MATRIMONIO, SIGNO VISIBLE DEL ETERNO MISTERIO DIVINO (18-VIII-82/22-VIII-82) 1. Al analizar los respectivos
componentes de la Carta a los Efesios, constatamos en el capítulo anterior
que la relación recíproca entre los cónyuges, marido y mujer, los cristianos
la entienden a imagen de la relación entre Cristo y la Iglesia. Esta relación es, al mismo tiempo,
revelación y realización del misterio de la salvación, de la elección de
amor, «escondida» desde la eternidad en Dios. En esta revelación y
realización el misterio de la salvación comprende el rasgo particular del
amor nupcial en la relación de Cristo con la Iglesia, y por esto se puede
expresar de la manera más adecuada recurriendo a la analogía de la relación
que hay -que debe haber- entre marido y mujer dentro del matrimonio. Esta analogía
esclarece el misterio al menos hasta cierto punto. Más aun, parece que,
según el autor de la Carta a los Efesios, esta analogía es complementaria de
la del «Cuerpo místico» (cf. Ef 1, 22-23), cuando tratamos de expresar
el misterio de la relación de Cristo con la Iglesia, y remontándonos aún más
lejos, el misterio del amor eterno de Dios al hombre, a la humanidad: el
misterio que se expresa y se realiza en el tiempo a través de la relación de
Cristo con la Iglesia. 2. Si -como hemos dicho- esta
analogía ilumina el misterio, a su vez es iluminada por ese misterio.
La relación nupcial que une a los cónyuges, marido y mujer, debe -según
el autor de la Carta a los Efesios- ayudarnos a comprender el amor que une a
Cristo con la Iglesia, el amor recíproco de Cristo y de la Iglesia, en el que
se realiza el eterno designio divino de la salvación del hombre. Sin embargo,
el significado de la analogía no se agota aquí. La analogía utilizada en la
Carta a los Efesios, al esclarecer el misterio de la relación entre Cristo y
la Iglesia, descubre a la vez, la verdad esencial sobre el
matrimonio esto es, que el matrimonio corresponde a la vocación de los
cristianos únicamente cuando refleja el amor que Cristo-Esposo dona a la
Iglesia, su Esposa, y con el que la Iglesia (a semejanza de la mujer
«sometida», por lo tanto, plenamente donada) trata de corresponder a Cristo.
Este es el amor redentor, salvador, el amor con el que el hombre, desde la
eternidad, ha sido amado por Dios en Cristo: «En El nos eligió antes de la
constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El...» (Ef
1, 4). 3. El matrimonio corresponde a la vocación
de los cristianos en cuanto cónyuges sólo si, precisamente, se refleja
y se realiza en él ese amor. Esto aparecerá claro si tratamos de leer de
nuevo la analogía paulina en dirección inversa es decir,
partiendo de la relación de Cristo con la Iglesia, y dirigiéndonos luego
a la relación del marido y de la mujer en el matrimonio. En el texto se usa
el tono exhortativo: «Las mujeres estén sujetas a sus maridos..., como la
Iglesia está sujeta a Cristo». Y, por otra parte: «Vosotros, los maridos,
amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia...». Estas expresiones
demuestran que se trata de una obligación moral. Sin embargo, para poder
recomendar esta obligación, es necesario admitir que en la esencia mismo del matrimonio se encierra una partícula del
mismo misterio. De otro modo, toda esta analogía estaría suspendida en el
aire. La invitación del autor de la Carta a los Efesios, dirigida a los
cónyuges, para que modelen sus relaciones recíprocas a semejanza de las
relaciones de Cristo con la Iglesia «como-así» estaría privada
de una base real, como si le faltara la tierra bajo los pies. Esta es la
lógica de la analogía utilizada en el citado texto a los Efesios. 4. Como se ve, esta analogía actúa en
dos direcciones. Si, por una parte, nos permite comprender mejor la esencia
de la relación de Cristo con la Iglesia, por otra, a la vez, nos permite
penetrar más profundamente en la esencia del matrimonio, al que están
llamados los cristianos. Manifiesta, en cierto sentido, el modo en que este
matrimonio, en su esencia más profunda, emerge del misterio del amor
eterno de Dios al hombre y a la humanidad: de ese misterio salvífico que se realiza en el tiempo mediante el amor
nupcial de Cristo a la Iglesia. Partiendo de las palabras de la Carta a los
Efesios (5, 22-33), podemos desarrollar luego el pensamiento contenido en la
gran analogía paulina en dos direcciones: tanto en la dirección de una
comprensión más profunda de la Iglesia, como en la dirección de una
comprensión más profunda del matrimonio. En nuestras consideraciones
seguiremos, ante todo, esta segunda, recordando que en la base de la
comprensión del matrimonio en su esencia misma, está la relación nupcial de
Cristo con la Iglesia. Esta relación se analiza más detalladamente aún para
poder establecer-suponiendo la analogía con el matrimonio cómo éste se
convierte en signo visible del eterno misterio divino, a imagen de la
Iglesia unida con Cristo. De este modo la Carta a los Efesios nos lleva a las
bases mismas de la sacramentalidad del
matrimonio. 5. Comencemos, pues, un análisis
detallado del texto. Cuando leemos en la Carta a los Efesios que «el marido
es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, y salvador de su
cuerpo» (5, 23), podemos suponer que el autor, que ha aclarado ya antes que
la sumisión de la mujer al marido, como cabeza, se entiende como sumisión
recíproca «en el temor de Cristo», se remonta al concepto arraigado en la
mentalidad del tiempo, para expresar ante todo la verdad acerca de la
relación de Cristo con la Iglesia, esto es, que Cristo es cabeza de la
Iglesia. Es cabeza como «salvador de su cuerpo». Precisamente la Iglesia es
ese cuerpo que -estando sometido en todo a Cristo como a su cabeza- recibe de
El todo aquello por lo que viene a ser y es su cuerpo: es decir, la plenitud
de la salvación como don de Cristo, el cual «se ha entregado a sí mismo por
ella» hasta el fin. La «entrega» de Cristo al Padre por medio de la
obediencia hasta la muerte de cruz adquiere aquí un sentido estrictamente eclesiológico: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó
por ella» (Ef 5, 25). A través de una donación total por
amor ha formado a la Iglesia como su cuerpo y continuamente
la edifica, convirtiéndose en su cabeza. Como cabeza es salvador de su cuerpo
y, a la vez, como salvador es cabeza. Como cabeza y salvador de la Iglesia es
también esposo de su esposa. 6. La Iglesia es ella misma en tanto
en cuanto, como cuerpo, recibe de Cristo, su cabeza, todo el don de la
salvación como fruto del amor de Cristo y de su entrega por la Iglesia: fruto
de la entrega de Cristo hasta el fin. Ese don de si al Padre por medio de la
obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2,
8), es al mismo tiempo, según la Carta a los Efesios, un «entregarse a sí
mismo por la Iglesia». En esta expresión, diría que el amor redentor se
transforma en amor nupcial: Cristo, al entregarse a sí mismo
por la Iglesia, con el mismo acto redentor se ha unido de una vez para
siempre con ella, como el esposo con la esposa, como el marido con la mujer,
entregándose a través de todo lo que, de una vez para siempre, está incluido
en ese su «darse a sí mismo» por la Iglesia. De este modo, el misterio de la
redención del cuerpo lleva en si, de alguna manera, el misterio «de las bodas
del Cordero» (cf. Ap 19, 7). Puesto que Cristo es cabeza del cuerpo,
todo el don salvífico de la redención penetra a la
Iglesia como al cuerpo de esa cabeza, y forma continuamente la más profunda,
esencial sustancia de su vida. Y la forma de manera nupcial, ya que en el
texto citado la analogía del cuerpo-cabeza pasa a la analogía del
esposo-esposa, o mejor, del marido-mujer. Lo demuestran los pasajes sucesivos
del texto a los que nos conviene pasar más adelante. 91. EL ESPOSO Y LA ESPOSA EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA (25-VIII-82/29-VIII-82) 1. En las precedentes reflexiones
sobre el capítulo 5 de la Carta a los Efesios (21-33) hemos llamado
especialmente la atención sobre la analogía de la relación que existe entre
Cristo y la Iglesia, y de la que existe entre el esposo y la esposa, esto es,
entre el marido y la mujer, unidos por el vínculo matrimonial. Antes de
disponernos al análisis de los pasajes siguientes del texto en cuestión,
debemos tomar conciencia del hecho de que en el ámbito de la fundamental
analogía paulina: Cristo e Iglesia, por una parte, hombre y mujer, como
esposos, por otra, hay también una analogía suplementaria: esto
es, la analogía de la Cabeza y del Cuerpo. Precisamente esta analogía ccnfiere un significado principalmente eclesiológico al enunciado que analizamos: la Iglesia,
como tal, está formada por Cristo; está constituida por El en su parte
esencial, como el cuerpo por la cabeza. La unión del cuerpo con la cabeza es
sobre todo de naturaleza orgánica, es, sencillamente, la unión somática del
organismo humano. Sobre esta unión orgánica se funda, de modo directo la
unión biológica, en cuanto se puede decir que «el cuerpo vive de la cabeza»
(si bien del mismo modo, aunque de otra manera, la cabeza vive del cuerpo). Y
además, si se trata del hombre, sobre esta unión orgánica se funda también la
unión psíquica, entendida en su integridad y, en definitiva, la unidad
integral de la persona humana. 2. Como ya he dicho (al menos en el
pasaje analizado), el autor de la Carta a los Efesios ha introducido la
analogía suplementaria de la cabeza y del cuerpo en el ámbito de la analogía
del matrimonio. Parece incluso que haya concebido la primera analogía:
«cabeza, cuerpo», de manera más central desde el punto de vista de la verdad
sobre Cristo y sobre la Iglesia, que él proclama. Sin embargo, hay que
afirmar del mismo modo que no la ha puesto al lado o fuera de la
analogía del matrimonio como vínculo nupcial. Más aún, al contrario. En
todo el texto de la Carta a los Efesios (5, 22-33), y especialmente en la
primera parte, de la que nos estamos ocupando (5, 22-23), el autor habla como
si en el matrimonio también el marido fuera «cabeza de la mujer», y la mujer
«cuerpo del marido», cual si los dos cónyuges formaran una unión orgánica.
Esto puede hallar su fundamento en el texto del Génesis donde se habla de
«una sola carne» (Gén 2, 24), o sea, en el mismo
texto al que se referirá el autor de la Carta a los Efesios después en el
marco de su gran analogía. No obstante, en el texto del libro del Génesis se
pone claramente de relieve que se trata del hombre y de la mujer como de dos
distintos sujetos personales, que deciden conscientemente su unión conyugal,
definida por el arcaico texto con los términos: «una sola carne». Y también
en la Carta a los Efesios queda igualmente claro. El autor se sirve de una
doble analogía: cabeza-cuerpo, marido-mujer, a fin de ilustrar con claridad la
naturaleza de la unión entre Cristo y la Iglesia. En cierto sentido,
especialmente en este primer pasaje del texto a los Efesios 5, 22-23, la
dimensión eclesiológica parece decisiva y predominante. 3. «Las casadas estén sujetas a sus
maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es
cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo. Y como la Iglesia está sujeta a
Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo. Vosotros, los maridos, amad a
vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...» (Ef
5, 22-25). Esta analogía suplementaria
«cabeza-cuerpo» hace que en el ámbito de todo el pasaje de la Carta a los
Efesios 5, 22-33, nos encontremos con dos sujetos distintos, los cuales, en
virtud de una especial relación recíproca, vienen a ser, en cierto sentido
un solo sujeto: la cabeza constituye juntamente con el cuerpo un
sujeto (en el sentido físico y metafísico), un organismo, una persona humana,
un ser. No cabe duda de que Cristo es un sujeto diverso de la Iglesia, sin
embargo, en virtud de una relación especial, se une con ella, como en una
unión orgánica de cabeza y cuerpo: la Iglesia es así fuertemente, así esencialmente
ella misma en virtud de la unión con Cristo (místico). ¿Se puede decir lo
mismo de los esposos, del hombre y de la mujer, unidos por un vínculo
matrimonial? Si el autor de la Carta a los Efesios ve la analogía de la
unión de la cabeza con el cuerpo también en el matrimonio, esta analogía,
en cierto sentido, parece referirse al matrimonio, teniendo en cuenta la
unión que Cristo constituye con la Iglesia y la Iglesia con Cristo. La
analogía, pues, se refiere sobre todo al matrimonio mismo como a la unión en
virtud de la cual «serán dos una sola carne» (Ef 5, 31; cf. Gén 2, 24). 4. Sin embargo, esta analogía no
oscurece la individualidad de los sujetos: la del marido y la de
la mujer, es decir, la esencial bi-subjetividad que
está en la base de la imagen de «un solo cuerpo», más aún, la esencial bi-subjetividad del marido y de la mujer en el
matrimonio, que hace de ellos, en cierto sentido, «un solo Cuerpo», pasa, en
el ámbito de todo el texto que estamos examinando (Ef 5, 22-33), a la
imagen de la Iglesia-Cuerpo, unido con Cristo como Cabeza. Esto se ve
especialmente en la continuación de este texto, donde el autor describe la
relación de Cristo con la Iglesia precisamente mediante la imagen de la
relación del marido con la mujer. En esta descripción la Iglesia-Cuerpo de
Cristo aparece claramente como el sujeto segundo de la unión conyugal, al
cual el sujeto primero, Cristo, manifiesta el amor con que la ha amado,
entregándose «a sí mismo por ella». Ese amor es imagen y, sobre todo, modelo
del amor que el marido debe manifestar a la mujer en el matrimonio cuando
ambos están sometidos uno al otro «en el temor de Cristo». 5. Efectivamente, leemos: «Vosotros,
los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se
entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del
agua, con la palabra, a fin de presentársela así gloriosa, sin mancha o
arruga o cosa semejante, sino santa e inmaculada. Los maridos deben amar a
sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se
ama, y nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la alimenta y la abriga
como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por esto dejará
el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una
carne» (Ef 5, 25-31). 6. Es fácil descubrir que en esta
parte del texto de la Carta a los Efesios 5, 22-33 «prevalece»
claramente la bi-subjetividad: se
pone de relieve tanto en la relación Cristo-Iglesia como en la relación
marido-mujer. Esto no quiere decir que desaparezca la imagen de un sujeto
único: la imagen de «un solo cuerpo». Esta se conserva incluso en el pasaje
de nuestro texto, y en cierto sentido está allí todavía mejor explicada. Lo
veremos con mayor claridad al analizar detalladamente el pasaje antes citado.
Así, pues, el autor de la Carta a los Efesios habla del amor de Cristo a la
Iglesia, explicando el modo en que se expresa ese amor, y presentando, a la
vez, tanto ese amor como sus expresiones cual modelo que debe seguir el
marido con relación a la propia mujer. El amor de Cristo a la Iglesia tiene
como finalidad esencialmente su santificación: «Cristo amó a la
Iglesia y se entregó por ella... para santificarla» (Ef 5, 25-26). En
el principio de esta santificación está el bautismo fruto
primero y esencial de la entrega de si que Cristo ha hecho por la Iglesia. En
este texto el bautismo no es llamado por su propio nombre, sino definido como
purificación «mediante el lavado del agua, con la palabra» (Ef 5-26).
Este lavado, con la potencia que se deriva de la donación redentora de
sí, que Cristo ha hecho por la Iglesia, realiza la purificación fundamental
mediante la cual el amor de El a la Iglesia adquiere un carácter nupcial a
los ojos del autor de la Carta. 7. Es sabido que en el sacramento del
bautismo participa un sujeto individual en la Iglesia. Sin embargo, el autor
de la Carta, a través de ese sujeto individual del bautismo ve a toda la
Iglesia. El amor nupcial de Cristo se refiere a ella, a la Iglesia, siempre
que una persona individual recibe en ella la purificación fundamental por
medio del bautismo. El que recibe el bautismo, en virtud del amor redentor de
Cristo, se hace, al mismo tiempo, participe de su amor nupcial a la Iglesia.
«El lavado del agua, con la palabra» en nuestro texto es la expresión del
amor nupcial en el sentido de que prepara a la esposa (Iglesia) para el
esposo, hace a la Iglesia esposa de Cristo, diría «in actu
primo». Algunos estudiosos de la Biblia observan aquí que, en el texto que
hemos citado, el «lavado del agua» evoca la ablución ritual que precedía a
los desposorios, y que constituía un importante rito religioso incluso entre
los griegos. 8. Como sacramento del bautismo el
«lavado del agua con la palabra» (Ef 5, 26) convierte a la Iglesia en
esposa no sólo «in actu primo», sino
también en la perspectiva más lejana, o sea, en la perspectiva
escatológica. Esta se abre ante nosotros cuando, en la Carta a los
Efesios, leemos que «el lavado del agua» sirve, por parte del esposo, «a fin
de presentársela así gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino
santa e inmaculada» (Ef 5, 27). La expresión «presentársela» parece
indicar el momento del desposorio, cuando la esposa es llevada al esposo,
vestida ya con el traje nupcial, y adornada para la boda. El texto citado
pone de relieve que el mismo Cristo-Esposo se preocupa de adornar a la
Esposa-Iglesia, procura que esté hermosa con la belleza de la gracia, hermosa
gracias al don de la salvación en su plenitud, concedido ya desde el
sacramento del bautismo. Pero el bautismo es sólo el comienzo, del que deberá
surgir la figura de la Iglesia gloriosa (como leemos en el texto), cual fruto
definitivo del amor redentor y nupcial, solamente en la última venida de
Cristo (parusía). Vemos con cuánta profundidad el autor
de la Carta a los Efesios escruta la realidad sacramental, al proclamar su
gran analogía: tanto la unión de Cristo con la Iglesia, como la unión nupcial
del hombre y de la mujer en el matrimonio quedan iluminados de este modo por
una especial luz sobrenatural. 92. EL AMOR DE CRISTO A LA IGLESIA, MODELO DEL AMOR CONYUGAL (1-IX-82/5-IX-82) 1. El autor de la Carta a los
Efesios, al proclamar la analogía entre el vínculo nupcial que une a Cristo y
a la Iglesia, y el que une al marido y la mujer en el matrimonio, escribe
así. «Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la
Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el
lavado del agua, con la palabra, a fin de presentársela así gloriosa, sin
mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (Ef 5,
25-27). 2. Es significativo que la
imagen de la Iglesia gloriosa se presente, en el texto citado, como una esposa
toda ella hermosa en su cuerpo. Ciertamente, se trata de una metáfora;
pero resulta muy elocuente y testimonia cuán profundamente incide la
importancia del cuerpo en la analogía del amor nupcial. La Iglesia «gloriosa»
es la que no tiene «mancha ni arruga». «Mancha» puede entenderse como signo
de fealdad, «arruga» como signo de envejecimiento y senilidad. En el sentido
metafórico, tanto una como otra expresión indican los defectos morales, el
pecado. Se puede añadir que en San Pablo el «hombre viejo» significa el
hombre del pecado (cf. Rom 6, 6). Cristo, pues, con su amor redentor y
nupcial hace ciertamente que la Iglesia no sólo venga a estar sin pecado,
sino que se conserve «eternamente joven». 3. Como puede verse, el ámbito de la
metáfora es muy amplio. Las expresiones que se refieren directa e
inmediatamente al cuerpo humano, caracterizándolo en las relaciones
recíprocas entre el esposo y la esposa, entre el marido y la mujer, indican,
al mismo tiempo, atributos y cualidades de orden moral, espiritual y
sobrenatural. Esto es esencial para tal analogía. Por tanto, el autor de la
Carta puede definir el estado «glorioso» de la Iglesia en relación con el
estado del cuerpo de la esposa, libre de señales de fealdad o envejecimiento
(«o cosa semejante»), sencillamente como santidad y ausencia del pecado: Así
es la Iglesia «santa e intachable». Resulta obvio, pues de qué belleza
de la esposa se trata, en que sentido la Iglesia es Cuerpo de Cristo y en qué
sentido ese Cuerpo-Esposa acoge el don del Esposo que «amó a la Iglesia y se
entregó por ella». No obstante, es significativo que San Pablo explique toda
esta realidad que por esencia es espiritual y sobrenatural, por medio de la
semejanza del cuerpo y del amor, en virtud de los cuales los esposos, marido
y mujer, se hacen «una sola carne». 4. En todo el pasaje del texto citado
esta bien claramente conservado el principio de la bi-subjetividad: Cristo-Iglesia,
Esposo-Esposa (marido-mujer). El autor presenta el amor de Cristo a la
Iglesia -ese amor que hace de la Iglesia el Cuerpo de Cristo, del que El es
la Cabeza- como modelo del amor de los esposos y como modelo de las bodas del
esposo y la esposa. El amor obliga al esposo-marido a ser solícito del bien
de la esposa-mujer, le compromete a desear su belleza y, al mismo tiempo, a
sentir esta belleza física. El esposo se fija con atención en su esposa como
con la creadora, amorosa inquietud de encontrar todo lo que de bueno y de
bello hay en ella y desea para ella. El bien que quien ama crea, con su amor,
en la persona amada, es como una verificación del mismo amor y su medida. Al
entregarse a sí mismo de la manera más desinteresada, el que ama no lo hace
al margen de esta medida y de esta verificación. 5. Cuando el autor de la Carta a los
Efesios -en los siguientes versículos del texto (5, 28-29) piensa
exclusivamente en los esposos mismos, la analogía de la relación de Cristo
con la Iglesia resuena aún más profundamente y le impulsa a expresarse así:
«Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo» (Ef
5, 28). Aquí retorna, pues, el tema de «una sola carne», que en
dicha frase y en las frases siguientes no sólo se reitera, sino que también
se esclarece. Si los maridos deben amar a sus mujeres como al propio cuerpo,
esto significa que esa uni-subjetividad se funda
sobre la base de la bi-subjetividad y no tiene
carácter real, sino intencional: el cuerpo de la mujer no es el cuerpo propio
del marido, pero debe amarlo como a su propio cuerpo. Se trata, pues, de la
unidad, no en el sentido ontológico, sino moral: de la unidad por
amor. 6. «El que ama a su mujer, a sí mismo
se ama» (Ef 5, 28). Esta frase confirma aún más ese carácter de
unidad. En cierto sentido el amor hace del «yo» del otro el propio «yo»: el
«yo» de la mujer, diría, se convierte por amor en el «yo» del marido. El
cuerpo es la expresión de ese «yo» y el fundamento de su identidad. La unión
del marido y de la mujer en el amor se expresa también a través del cuerpo.
Se expresa en la relación recíproca, aunque el autor de la Carta a los
Efesios lo indique sobre todo por parte del marido. Este es el resultado de
la estructura de la imagen total. Aunque los cónyuges deben estar «sometidos
unos a los otros en el temor de Cristo» (esto ya se puso de relieve en el
primer versículo del texto citado: (Ef 5, 22-23), sin embargo,
a continuación el marido es sobre todo, el que ama y la mujer,
en cambio, la que es amada. Se podría incluso arriesgar la idea de que
la «sumisión» de la mujer al marido, entendida en el contexto de todo el
pasaje (5, 22-23) de la Carta a los Efesios, significaba, sobre todo,
«experimentar el amor». Tanto más cuanto que esta «sumisión» se refiere a la
imagen de la sumisión de la Iglesia a Cristo, que consiste ciertamente en
experimentar su amor. La Iglesia, como esposa, al ser objeto del amor
redentor de Cristo Esposo, se convierte en su cuerpo. La mujer, al ser objeto
del amor nupcial del marido, se convierte en «una sola carne» con él en
cierto sentido, en su «propia» carne. El autor repetirá esta idea una vez más
en la última frase del pasaje que estamos analizando: «Por lo demás, ame cada
uno a su mujer, y ámela como a sí mismo» (Ef 5, 33). 7. Esta es la unidad moral,
condicionada y constituida por el amor. El amor no solo une a dos sujetos,
sino que les permite compenetrarse mutuamente, perteneciendo espiritualmente
el uno al otro, hasta tal punto que el autor de la Carta puede afirmar: «El
que ama a su mujer, a sí mismo se ama» (Ef 5, 28). El
«yo» se hace, en cierto sentido, el «tú», y el «tú» el «yo» (se entiende en
sentido moral). Y por esto la continuación del texto que estamos analizando,
dice así: «Nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la alimenta y la
abriga como Cristo a la Iglesia, por que somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,
29-30). La frase que inicialmente se refiere aún a las relaciones de
los cónyuges, en la fase sucesiva retorna explícitamente a la relación Cristo
Iglesia, y así, a la luz de esa relación, nos induce a definir el sentido de
toda la frase. El autor, después de haber explicado el carácter de la
relación del marido con la propia mujer, formando «una sola carne», quiere
reforzar aún más su afirmación precedente «El que ama a su mujer, a sí mismo
se aman» y, en cierto sentido, sostenerla con la negación y la exclusión
de la posibilidad opuesta («nadie aborrece jamás su propia carne», Ef 5,
29). En la unión por amor, el cuerpo «del otro» se convierte en
«propio», en el sentido de que se tiene solicitud del bien del cuerpo del
otro como del propio. Dichas palabras, al caracterizar el amor «carnal» que
debe unir a los esposos, expresan, puede decirse, el contenido más general y,
a la vez, el más esencial. Parece que hablan de este amor, sobre todo, con el
leaguaje del «ágape». 8. La expresión, según la cual, el
hombre «alimenta y abriga» la propia carne -es decir, el marido «alimenta y
abriga» la carne de la mujer como la suya propia- parece indicar más bien la
solicitud de los padres, la relación tutelar, mejor que la ternura conyugal.
Se debe buscar la motivación de este carácter en el hecho de que el autor
pasa aquí indistintamente de la relación que une a los esposos a la relación
entre Cristo y la Iglesia. Las expresiones que se refieren al cuidado del
cuerpo, y ante todo a su nutrición, a su alimentación, sugieren
a muchos estudiosos de la Sagrada Escritura una referencia a la Eucaristía,
con la que Cristo, en su amor nupcial, «alimenta» a la Iglesia. Si
estas expresiones, aunque en tono menor, indican el carácter específico del
amor conyugal, especialmente del amor en virtud del cual los cónyuges se
hacen «una sola carne», al mismo tiempo, ayudan a comprender, al menos de
modo general, la dignidad del cuerpo y el imperativo moral de tener cuidado
por su bien: de ese bien que corresponde a su dignidad. El parangón con la
Iglesia como Cuerpo de Cristo, Cuerpo de su amor redentor y, a la vez,
nupcial, debe dejar en la conciencia de los destinatarios de la Carta a los
Efesios (5, 22-23) un sentido profundo del «sacrum»
del cuerpo humano en general, y especialmente en el matrimonio, como «lugar»
donde este sentido del «sacrum» determina de manera
particularmente profunda las relaciones recíprocas de las personas y, sobre
todo, las del hombre con la mujer, en cuanto mujer y madre de sus hijos. 93. LA SACRAMENTALIDAD DEL MATRIMONIO (8-IX-82/12-IX-82) 1. El autor de la Carta a los Efesios
escribe: «Nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la alimenta y la
abriga como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo» (Ef
5, 29-30). Después de este versículo, el autor juzga oportuno citar el que en
toda la Biblia puede ser considerado el texto fundamental sobre el
matrimonio, texto contenido en el Génesis, capítulo 2, 24: «Por esto dejará
el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una
carne» (Ef 5, 31: Gén 2, 24). Se
puede deducir del contexto inmediato de la Carta a los Efesios que la cita
del libro del Génesis (Gén 2, 24) es aquí
necesaria no tanto para recordar la unidad de los esposos, definida «desde el
principio» en la obra de la creación, cuanto para presentar el misterio de
Cristo con la Iglesia, de donde el autor deduce la verdad sobre la unidad de
los cónyuges. Este es el punto más importante de todo el texto, en cierto
sentido, su clave angular. El autor de la Carta a los Efesios encierra en
estas palabras todo lo que ha dicho anteriormente, al trazar la analogía y
presentar la semejanza entre la unidad de los esposos y la unidad de Cristo
con la Iglesia. Al citar las palabras del libro del Génesis (Gén 2-24) el autor pone de relieve
que las bases de esta analogía se buscan en la línea que, dentro del plan salvífico de Dios, une el matrimonio, como la más
antigua revelación (y «manifestación») de ese plan en el mundo
creado, con la revelación y «manifestación» definitiva, esto es, la
revelación de que «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef
5, 25), dando a su amor redentor un carácter y sentido nupcial. 2. Así, pues, esta analogía que
impregna el texto de la Carta a los Efesios (5, 22-23) tiene su base última
en el plan salvífico de Dios. Esto quedará aún más
claro y evidente cuando situemos el pasaje del texto, que hemos analizado, en
el contexto general de la Carta a los Efesios. Entonces se comprenderá más
fácilmente la razón por la que el autor, después de haber citado las palabras
del libro del Génesis (2, 24), escribe: «Gran misterio este, pero entendido de
Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32). En el contexto global de la Carta a
los Efesios y ademán en el contexto más amplio de las palabras de la Sagrada
Escritura, que revelan el plan salvífico de Dios
«desde el principio», es necesario admitir que el término «mysterion» significa aquí el misterio antes
oculto en la mente divina y después revelado en la historia del hombre.
Efectivamente, se trata de un misterio «grande», dada su importancia:
ese misterio, como plan salvífico de Dios con
relación a la humanidad, es, en cierto sentido, el tema central de toda
revelación, su realidad central. Es lo que Dios, como Creador y Padre desea
transmitir sobre todo a los hombres en su Palabra. 3. Se trataba de transmitir no sólo la «buena noticia» sobre la salvación, sino de comenzar, al mismo tiempo, la obra de la salvación, como fruto de la gracia que santifica al hombre para la vida eterna en la unión con Dios. Precisamente en el camino de esta revelación-realización, San Pablo pone de relieve la continuidad entre la más antigua Alianza, que Dios estableció al constituir el matrimonio ya en la obra de la creación, y la Alianza definitiva en la que Cristo, después de haber amado a la Iglesia y haberse entregado por ella, se une a la misma de modo nupcial, esto es, como corresponde a la imagen de los esposos. Esta continuidad de la iniciativa salvífica de Dios constituye la base esencial de la gran analogía contenida en la Carta a los Efesios. La continuidad de la iniciativa salvífica de Dios significa la continuidad e incluso la identidad del misterio, del «gran misterio», en las diversas fases de su revelación -por lo tanto, en cierto sentido, de su «manifestación»- y, a la vez, de su realización; en la fase «más antigua» desde el punto de vista de la historia del hombre y de la salvación, y en la fase «de l |