Caminando con Jesus

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

 

SOBRE EL AUTOR DE LA OBRA

EL ABANDONO EN LA DIVINA PROVIDENCIA

JEAN PIERRE DE CAUSSADE

 

EL AUTOR

Jean-Pierre de Caussade (1675-1751), nacido en Quercy, ingresa en la Compañía de Jesús en Tolosa, en 1693, y a partir de 1715 se dedica a la predicación y a la enseñanza, viviendo sucesivamente en varias residencias. Entre 1729 y 1739 es asidua su relación con las religiosas de la Visitación de Nancy, y dirige su casa de ejercicios desde 1733.

Varias de estas visitandinas reciben de Caussade un profundo influjo espiritual en dirección espiritual y por carta, y todas ellas a través de frecuentes retiros comunitarios. Especialmente receptiva se muestra la superiora, Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen, que reúne muchas cartas espirituales del Padre. También la sobrina de la M. de Rosen, la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg, superiora desde 1738, tiene en gran estima la enseñanza del Padre de Caussade, y ella también guarda un gran número de cartas suyas de dirección. Estas cartas, con otras instrucciones y avisos del mismo autor, fueron coleccionadas y copiadas varias veces.

En 1740, el P. Caussade es destinado a Perpignan como rector del colegio jesuita, y al año siguiente publica sus Instructions spirituelles.

LA OBRA SOBRE L'ABANDON

Mucho más tarde, en 1861, se publicarán algunos escritos del padre de Caussade sobre el Abandono. En efecto, una colección de cartas e instrucciones suyas dirigidas a sus visitandinas en torno a este tema llega a las manos del eminente jesuita P. Henri Ramière (1821-1884), Director del Apostolado de la Oración y gran apóstol del Corazón de Jesús. Él es quien descubre con entusiasmo la calidad espiritual de estos escritos, y su fuerza doctrinal frente a las tendencias quietistas y jansenistas.

Es, pues, el P. Ramière quien reorganiza completamente ese conjunto de escritos, y los publica en París en 1861 con el título L'Abandon à la Providence divine envisagé comme le moyen le plus facile de santification; ouvrage inédit du R. P. J. Pierre Caussade. La obra alcanza gran éxito, y las visitandinas de Nancy le hacen llegar al P. Ramière otros dos cuadernos con 101 y 24 cartas más, de modo que éste, en la quinta edición del libro (1867), integra todas ellas en el tratado sobre el Abandono que se hará clásico. Así fue como, bajo la docta pluma de Ramière, los antiguos escritos del padre de Caussade experimentan un gran número de añadidos aclaratorios, supresiones, glosas e introducciones.

L'Abandon viene de este modo a hacerse un clásico de la literatura espiritual moderna, y ha tenido muchas ediciones y traducciones, también en el siglo XX, como puede verse al final en la Nota bibliográfica.

LA PRESENTE EDICIÓN

El jesuita Michel Olphe-Galliard es uno de los mejores conocedores de Jean-Pierre de Caussade en nuestro tiempo, y después de haber publicado las Lettres spirituelles de éste, partiendo de ese trabajo, edita de nuevo L'Abandon à la Providence divine (Desclée de Brouwer, París 1962, 324 pgs.; ib. 1966, 151 pgs.). En estas ediciones no reproduce ya el texto retocado por Ramière, sino que se limita a publicar los auténticos escritos del padre de Caussade sobre el abandono.

Pues bien, de esta última edición de los escritos originales de Caussade sobre el Abandono (1966) hemos realizado la traducción que aquí ofrecemos. Sólo nos hemos permitido introducir en el texto unos subtítulos que faciliten su lectura, y hemos añadido también entre corchetes las referencias de los lugares citados en el texto, bíblicos casi todos. Buena parte de estas referencias se incluyen ya en la edición de Olphe-Galliard.

UNA OBRA IMPERFECTA

El Abandono del P. de Caussade es sin duda una obra imperfecta, ante todo, porque se trata principalmente de un conjunto de cartas ocasionales de dirección espiritual o de fragmentos de instrucciones. Esto implica inevitablemente un gran desorden en la exposición de las ideas, una falta de precisión teológica en ciertas expresiones -normal en un género íntimo y epistolar-, y también un cierto énfasis ocasional y literario, que no siempre guarda del todo la armonía propia de una verdad espiritual completa.

Pero la mayor imperfección, también debida a las causas señaladas, viene constituida por las frecuentes reiteraciones. La obra, en efecto, es una serie de «variaciones sobre un mismo tema», el tema precioso del abandono en la acción divina providente. Podría asemejarse al Bolero de Maurice Ravel, donde un mismo tema melódico se repite una y otra vez a lo largo de la obra, con maravillosas variaciones tímbricas y rítmicas de la orquesta.

UNA OBRA GENIAL

A pesar de estas imperfecciones, en cierto modo necesarias, el Abandono del Padre de Caussade es un obra genial. No significa esto que sea absolutamente original; si así lo fuera, sería ajena a la mejor tradición espiritual cristiana, y por tanto falsa. No, la espiritualidad del abandono, muy al contrario, tiene innumerables precedentes. En realidad, el tema del abandono espiritual, aunque expresado con otros términos, está presente en toda la historia de la espiritualidad cristiana, desde su inicio.

Si buscamos los precedentes más próximos al abandono de Caussade, habremos de recordar, por ejemplo, la indiferencia espiritual de San Ignacio de Loyola (1491-1556, «Ejercicios espirituales» 16, 23, 234); la conformidad con la voluntad de Dios, enseñada por el jesuita Alonso Rodríguez (1526-1616, «Ejercicio de perfección», I, cp. 8) y por tantos otros autores; el abandono confiado de San Francisco de Sales (1567-1622, «Traité de l'Amour de Dieu», lib. 8-9); o el notable «Discours sur l'acte d'abandon à Dieu», de Bossuet (1627-1704).

Parece cierto, sin embargo, que el Padre de Caussade, por especial don de Dios, ha vivido personalmente y ha expresado con genial elocuencia la santificación diaria del momento presente, la fuerza santificante de las pequeñas cosas de cada día, en las que la fe ha de captar continuamente la ordenación bondadosa de la Providencia divina.

El mismo de Caussade se confiesa misionero de la voluntad divina: «Dios mío, yo quiero con toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad, y enseñarle a todo el mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de todos como la santidad». Basta para alcanzar ésta vivir fielmente las pequeñas cosas de la vida diaria, cumpliendo bien los deberes del propio estado, sea el que fuere, y mantener siempre y en toda circunstancia, con la gracia de Dios, un fiat permanente a la voluntad divina.

A partir de la publicación, en 1861, del Abandono del P. de Caussade, el espíritu de esta obra, e incluso no pocas de sus expresiones e imágenes concretas, reaparecen una y otra vez en muchos autores espirituales, sobre todo de la tradición francesa. Hallamos, por ejemplo, su indudable influjo, directo o indirecto, en la infancia espiritual, es decir, en el caminito de Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), en el santo abandono del cisterciense Vital Lehodey (1857-1948), o en el precioso libro La Providence et la confiance en Dieu: fidélité et abandon (1953), del dominico Réginald Garrigou-Lagrange.

ALGUNOS AVISOS

Con mucha alegría, pues, ofrecemos ahora una nueva edición del Abandono del padre de Caussade. Y lo hacemos sin reserva alguna, seguros de que los lectores actuales están muy lejos de verse tentados a error por las imprecisiones que puedan darse en esta obra.

El autor, es cierto, de tal modo enfatiza en estos textos la fuerza santificante del momento presente que en algunas páginas apenas alude al tema del discernimiento, como si el momento presente expresara siempre de modo inequívoco la moción de gracia que Dios ofrece con él. Tampoco dice casi nada, por ejemplo, de la Eucaristía y de los sacramentos, como clave decisiva de toda la santificación cristiana, o de la importancia de la pobreza, de la mortificación, de la fidelidad a una regla de vida o de la perseverancia en ciertas prácticas religiosas.

Cuando este autor, en fin, ensalza tanto la fuerza santificadora del momento presente, tenga éste la forma que tenga, podría también malentenderse su enseñanza, como si en orden a la santidad viniera a dar lo mismo pobreza o riqueza, vivir de este modo o de tal otro. Pero él sabe bien que la conversión cristiana, bajo la acción del Espíritu Santo, implica renovaciones no sólo interiores, en el corazón, sino también exteriores, en los modos de vida, y que a veces estas renovaciones han de ser muy grandes: «vino nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). Sin ellas se puede echar a perder la vida interior.

Muchas de las objeciones que se pueden hacer -y se han hecho- a de Caussade han de resolverse alegando que él da por supuestas muchas cuestiones ascéticas propias de una vida espiritual incipiente, pues sus escritos van dirigidos a personas de vida espiritual avanzada. Notemos, por ejemplo, que tampoco en San Juan de la Cruz la vida litúrgica y sacramental es presentada con frecuencia en sus obras mayores como la clave de toda conversión de vida, sin que por eso el Santo Doctor ignore esta verdad. Simplemente, un escritor habla de lo que está tratando, sin que por eso niegue intencionalmente o menosprecie necesariamente lo que silencia.

Otras veces de Caussade, llevado por su impulso literario, encarece en gran medida la lectura del Libro de la Vida diaria, recordando escasamente que sin la Sagrada Escritura y los libros espirituales apenas es posible entender nada del libro diario que el Espíritu Santo escribe en nosotros. Pero se trata sólo de contraposiciones retóricas, literarias, expresadas en un género epistolar exhortativo.

Por otra parte, aunque de Caussade diga con cierta frecuencia que la acción divina necesita encontrar corazones sencillos para realizar su obra, es claro que, hablando de Dios, se trata de expresiones antropomórficas, que han de ser bien entendidas. El autor sabe perfectamente que toda la buena voluntad que Dios encuentra en el hombre procede de Su gracia previa, ha sido causada por ella, y que Él, propiamente, no necesita hallar en la persona nada precedente a su gracia para poder concederle sus dones. Precisamente, la primacía de la gracia -total, continua, universal- es una de las verdades más claramente expuestas por de Caussade.

Todos estas insuficiencias de la presente obra son perfectamente explicables si tenemos en cuenta que se trata de un conjunto ocasional de cartas y de instrucciones dadas por el autor sobre el tema concreto del abandono.

Entre ya, pues, el lector en los escritos del padre de Caussade sobre el Abandono en la Providencia divina. Por sí mismo comprobará que este religioso ejemplar, como Santa Teresa, nunca habla sino de lo que él mismo ha experimentado profundamente en sí y en otros. Y en muchas de las páginas que siguen hallará luces tan verdaderas y tan bellas que solamente pueden proceder del Espíritu Santo.

José María Iraburu

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