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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO I CÓMO NOS HABLA DIOS Y CÓMO
DEBEMOS ESCUCHARLE DIOS HABLA HOY COMO AYER Dios nos sigue hablando hoy como
hablaba en otros tiempos a nuestros padres, cuando no había ni
directores espirituales ni métodos. El cumplimiento de las
órdenes de Dios constituía toda su espiritualidad. Ésta
no se reducía a un arte que necesitase explicarse de un modo sublime y
detallado, y en el que hubiese tantos preceptos, instrucciones y
máximas, como parece exigen hoy nuestras actuales necesidades. No
sucedía a así en los primeros tiempos, en que había
más rectitud y sencillez. Entonces se sabía
únicamente que cada instante trae consigo un deber, que es preciso
cumplir con fidelidad, y esto era suficiente para los hombres espirituales de
entonces. Fija su atención en el deber de cada instante, se asemejaban
a la aguja que marca las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio que
debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por el impulso divino,
se volvían fácilmente hacia el nuevo objeto que Dios les
presentaba en cada hora del día. MARÍA, ABANDONADA EN DIOS Éstos eran los ocultos
medios de la conducta de María, la más simple de todas las
criaturas y la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al
ángel, contentándose con decirle: Hágase en mí
según tu palabra [Lc 1,38], sintetiza toda la teología
mística de sus antepasados. Entonces como ahora, todo se
reducía al más puro y sencillo abandono del alma a la voluntad
de Dios, bajo cualquier forma que se presentase. Esta disposición, tan
alta y bella, que constituía el fondo del alma de María, brilla
admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat mihi. Es la misma
exactamente que aquellas otras que nuestro Señor quiere que tengamos
siempre en nuestro corazón y en nuestros labios: Hágase tu
voluntad [Mt 6,10]. Es verdad que lo que se exige de
María en este solemne instante es gloriosísimo para ella; pero
todo el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la voluntad de
Dios la que mueve su corazón. Esta voluntad de Dios es la regla
única que María sigue y que en todo ve. Sus ocupaciones todas,
sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que sombras, más
o menos brillantes, en las que encuentra siempre e igualmente con qué
glorificar a Dios, reconociendo en todo la mano del Omnipotente. Su
espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que debe hacer o
padecer en cada momento como un don de la mano de Aquél que llena de
bienes un corazón que no se alimenta sino de Él, y no de sus
criaturas. La virtud del Altísimo la
cubrirá con su sombra [Lc 1,35], y esta
sombra no es sino lo que cada momento presenta en forma de deberes,
atracciones y cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la naturaleza,
se esparcen sobre los objetos sensibles, como velos que los ocultan. Y del
mismo modo, en el orden moral y sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias,
encubren la verdad de la voluntad divina, la única realidad que merece
nuestra atención. Así es como María se
encuentra siempre dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre sus
facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena su fe de
Aquél que es siempre el mismo. Retírate ya, arcángel, que
eres también una sombra. Pasó tu instante y desapareces.
María sigue y va siempre adelante, y tú ya estás muy
lejos. Pero el Espíritu Santo, que bajo el aspecto sensible de esa
misión ha entrado en ella, ya nunca la abandonará. Casi no vemos rasgo alguno
extraordinario en el exterior de la santísima Virgen. No es, al menos,
eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy simple y
común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren las
personas de su condición. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los
demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con
otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a
Nazaret, de donde la alejara la persecución de Herodes; y vive con Jesús
y José, que trabajan para procurarse el pan cotidiano. DEJÉMONOS LLEVAR POR DIOS EN CADA
INSTANTE Pero ¿de qué pan se
alimenta la fe de María y de José, cuál es el sacramento
de todos sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre bajo la
apariencia común de los acontecimientos que los llenan? Lo que
allí sucede es visible, es lo que ordinariamente vemos en todos los
hombres; pero lo invisible que la fe allí descubre y reconoce es nada
menos que el mismo Dios realizando obras grandes [Lc 1,49]. ¡Oh Pan de los
ángeles, maná celeste, perla evangélica, sacramento del
momento presente! Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan
viles del establo y la cuna, la paja y el heno... ¿Pero a quién
se lo das? A los hambrientos los colma de bienes [Lc. 1,53]. Dios se
revela a los pequeños en las cosas más pequeñas; y los
grandes, que solo miran la apariencia, no le reconocen, no lo descubren ni
aun en las grandes. ¿Hay algún modo
secreto para encontrar este tesoro, este grano de mostaza, esta dracma? En
absoluto. Es un tesoro que está en todas partes, y que se ofrece a
nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas todas, amigas y
enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo hacen fluir por todas las
facultades de nuestro cuerpo y potencias de nuestra alma, hasta el centro
mismo del corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos será
llenada. Sí, la acción divina inunda el universo, penetra y
envuelve todas las criaturas, y en cualquier parte que estén ellas,
ella está, las adelanta, las acompaña, las sigue. Lo
único que hay que hacer es dejarse llevar por su impulso. ES CAMINO PARA TODOS Quiera Dios que los reyes y sus
ministros, los príncipes de la Iglesia y del mundo, sacerdotes,
soldados, ciudadanos, todos, en una palabra, se convenzan de la facilidad con
que pueden llegar a una santidad eminente. Para conseguirla sólo es
necesario cumplir fielmente con los sencillos deberes del cristianismo y del
propio estado, abrazar con paciencia las cruces que éstos traen
consigo, someterse a los designios de la Providencia, cumpliendo incesantemente
todo cuanto el presente nos ofrezca para hacer o padecer Ésta es toda la
espiritualidad que santificó a los Patriarcas y Profetas, cuando
todavía no existían tantos métodos y maestros.
Ésta es la espiritualidad de todas las edades y de todo estado, que
ciertamente no pueden santificarse de un modo más alto, más
extraordinario, y al mismo tiempo, más fácil: la
práctica sencilla de aquello que Dios, único director de las
almas, les da en cada momento para hacer o sufrir, al mismo tiempo que se
obedecen las leyes de la Iglesia o las del príncipe. Si se viviera así, los
mismos sacerdotes apenas serían necesarios, más que para los
sacramentos. Las demás cosas, sin ellos, resultarían
santificantes en todos y en cada uno de los momentos. Y esas almas sencillas,
que no se cansan de consultar sobre los medios para ir a Dios, se
verían liberadas de fardos pesados y peligrosos, que aquellos que
disfrutan gobernándolas les imponen sin necesidad. . |