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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO II MODO DE ACTUAR EN EL ESTADO DE ABANDONO Y
PASIVIDAD, Y ANTES DE QUE SE HAYA LLEGADO A ÉL ESTADO ACTIVO Y ESTADO PASIVO Hay un tiempo en que el alma vive en Dios, y otro en que Dios vive en el alma. Y lo que es
propio de uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando Dios vive en el alma, ésta
debe abandonarse totalmente a su providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe proveerse con mucha solicitud y
regularidad de todos los medios de los que puede aprovecharse para llegar a
esa unión con Dios. En efecto, todos sus caminos están
trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su guía está a su
lado, y todo está regulado, hasta las horas de hablar. TIEMPO DEL ABANDONO Pero cuando Dios vive en el alma, ella no ha de
hacer nada desde sí misma, sino aquello que le es dado hacer en cada
momento movida por el principio que la anima. Ya no hay provisiones, ni
caminos trazados. Es como un niño a quien se lleva donde se quiere, y
que se limita a ver las cosas que se le van presentando. No hay ya libros
señalados para esta persona. No raras veces se ve privada de director
espiritual, y Dios las deja sin otro apoyo que Él mismo. Permanece
así en la tiniebla y el olvido, el abandono, la muerte y la nada. Esta persona experimenta sus
necesidades y miserias sin saber por dónde ni cuándo le
vendrá el auxilio. Simplemente, espera en paz y sin inquietud que le
venga la asistencia, puestos sólo en el cielo los ojos de su
esperanza. Dios, que en esta esposa suya no halla ninguna disposición
más pura que esta total dimisión de todo lo que ella es, para
solamente ser por gracia y por acción divina, le proporciona oportunamente
libros y pensamientos, proyectos y avisos, consejos y ejemplos de
sabiduría. Todo lo que las otras almas encuentran con su esfuerzo,
ésta lo recibe en su abandono. Todo lo que las otras guardan con
precaución, para retomarlo cuando les convenga, ella lo recibe en el
momento en que lo necesita, admitiendo precisamente sólo aquello que
Dios tiene a bien darle, para así vivir solamente de Él. Las otras almas emprenden para la
gloria de Dios un sin fin de cosas, pero ésta a veces está en
un rincón del mundo, como los restos de un vasija rota, que ya no
sirva para nada. El alma que se ve en tal estado, desprendida de las
criaturas, pero gozando de Dios por un amor muy real, muy verdadero, muy
activo, aunque infuso, en el reposo, no se inclina a ninguna cosa por su
propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en sus
manos para servirle de la manera que Él disponga. Muchas veces ignora para
qué sirve, pero Dios lo sabe bien. Quizá los hombres la estimen
inútil, y las apariencias apoyan este juicio; pero la verdad es que,
por medios y secretos y canales desconocidos, ella difunde una infinidad de
gracias sobre personas que muchas veces la ignoran y en las que ella tampoco
piensa. ES YA DIOS QUIEN OBRA EN EL ALMA En estas almas solitarias, todo es
eficacia, todo predica, todo es apostólico. Dios da a su silencio, a
su reposo, a su olvido, a su desprendimiento, a sus palabras, a sus gestos,
una cierta virtud que opera sin ellas saberlo en las almas. Y como estas
almas son dirigidas por las acciones ocasionales de mil criaturas, de las que
se sirve la gracia para instruirles sin que ellas de den cuenta, así
también sirven ellas de confortación y de dirección a no
pocas almas, sin que exista para ello ninguna vinculación o
relación expresa. Es Dios quien obra en estas almas,
pero por movimientos imprevistos y muchas veces desconocidos, de manera que
son como Jesús, del que manaba
una virtud que curaba a otros [Lc 6,19]. La diferencia está en
que ellas no sienten la irradiación de esa virtud, a la que no
contribuyen por una cooperación activa; son, más bien, como un
bálsamo oculto, cuyo perfume se siente sin conocerlo, y que él
mismo se ignora. El estado espiritual que describo
se parece sobre todo al estado de Jesús, de la santísima Virgen
y de San José. VOLUNTAD DIVINA YA EXPRESADA Y VOLUNTAD DIVINA
PROVIDENTE Se trata de una plena dependencia
respecto a lo que Dios quiera y de una pasividad continua para ser y para
obrar, según la libre voluntad de Dios. Y aquí es preciso
destacar que ésta es una voluntad desconocida, imprevisible, fortuita
o, por así decirlo, casual. Yo le llamaría una voluntad de pura providencia, para
distinguirla de aquella voluntad que
señala obligaciones precisas, de las que nadie puede
dispensarse. Pues bien, dejando aparte esta
voluntad señalada y precisa, digo que estas almas a las que me refiero
viven pendientes de esa otra que yo llamo de pura providencia. Y así sucede que su vida, aunque muy
extraordinaria, no ofrece sin embargo nada que no sea muy común y ordinario.
Son personas que cumplen sus deberes religiosos y los de su estado, lo mismo
que aparentemente vienen haciendo los demás. ALMAS LLEVADAS POR DIOS PROVIDENTE Observadles con atención, y
no apreciaréis nada impresionante, ni especial. Todas ellas viven el
curso de los acontecimientos ordinarios, y aquello que podría
distinguirlas no resulta asequible a los sentidos. Lo que parece representar
todo para ellas es esa dependencia continua que mantienen respecto de la
voluntad de Dios. Esta voluntad de pura providencia las hace siempre
señoras de sí mismas, por la continua sumisión de su
corazón. Y sea que cooperen ellas expresamente o que obedezcan sin
advertirlo, están sirviendo para el bien de las almas. No hay honores ni salarios para un
servicio que, a los ojos del mundo, cumplen estas almas en la mayor desnudez
e inutilidad. Libres, por su situación, de casi todas las obligaciones
exteriores, estas almas son poco aptas para el trato mundano o para los
negocios, lo mismo que para las reflexiones o conductas complicadas. No es
fácil servirse de ellas para nada, y más bien dan la imagen de
personas débiles de cuerpo y de espíritu, de imaginación
y de pasiones. No se les ocurre nada, no piensan en nada, no prevén nada,
no se toman a pecho nada. Son, por decirlo así, muy bastas, y no se ve
en ellas el adorno que la cultura, el estudio y la reflexión dan al
hombre. Se ve en ellas lo que la naturaleza muestra en los niños que
no han recibido aún formación alguna de sus maestros. Son en
ellas patentes ciertos pequeños defectos, de los que no son más
culpables que esos niños sin formación, pero que chocan
más vistos en ellas que en éstos. Y es que Dios despoja a estas
almas de todo, menos de la inocencia, para que no tengan nada sino a
Él mismo. PARECEN DESPRECIABLES E INÚTILES El mundo, que ignora este
misterio, y que sólo juzga por las apariencias, no encuentra en estas
almas absolutamente nada de lo que a él le agrada y estima. Las
rechaza y desprecia. Más aún, vienen a hacerse piedras de escándalo
para todos. Cuanto más se las conoce, menos se entienden y más
oposición suscitan. En realidad, no se sabe qué decir o pensar
de ellas. Hay algo, sin embargo, no se sabe qué, que habla a su favor.
Pero en lugar de seguir este instinto, o al menos en lugar de suspender el
juicio, se prefiere seguir la malignidad. Y así se espía sus
acciones con mala intención, y lo mismo que los fariseos reprobaban
las maneras de Jesús, se mira a estas almas con prejuicios negativos,
que todo lo hacen parecer ridículo o culpable. Y a esto se junta que estas pobres
almas se ven a sí mismas como inferiores. Unidas simplemente a Dios
por la fe y el amor, todo lo sensible que ven en sí mismas les parece
un desorden. Y eso les previene aún más contra sí mismas,
cuando se comparan con quienes pasan por santos, persona bien capaces de
sujetarse a reglas y métodos, que en toda su personas y sus acciones
dan un testimonio de vida ordenada. Entonces, la vista de sí mismas
les llena de confusión y les resulta insoportable. De ahí nacen así,
del fondo de su corazón, suspiros y gemidos amargos, que no expresan
sino ese exceso de dolor y de aflicción que les abruma.
Acordémonos de que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo;
él estaba aniquilado como hombre, y como Dios, lleno de gloria. Estas
almas, sin participar de su gloria, sienten sólo esas aniquilaciones
que en ellas producen sus tristes y dolorosas apariencias. A los ojos del
mundo vienen a ser lo que era Jesús a los ojos de Herodes y de su
corte. De todo esto, me parece, es
fácil concluir que estas almas de abandono no pueden, al contrario de
las otras, ocuparse en deseos, búsquedas, cuidados, ni tampoco
vincularse a ciertas personas o actividades, ni sujetarse a ciertos
métodos o planes bien concertados para hablar, obrar o leer. Todo esto
supondría que estaban en condiciones de disponer de sí mismas;
pero todo eso viene excluido por el mismo estado de abandono en el que se
encuentran. DESASIDAS Y ENTREGADAS A DIOS En este estado -es un estado de
vida-, la persona está en Dios por una cesión plena y completa
de todos sus derechos sobre sí misma, sobre sus palabras y acciones,
pensamientos y proyectos, sobre el empleo de su tiempo y sobre todas las
relaciones que pueda tener. Solamente permanece un solo deber que cumplir:
tener siempre los ojos fijos sobre el Señor que se ha dado, y
mantenerse siempre a la escucha, para adivinar y captar su voluntad,
ejecutándola al instante. Ningún ejemplo mejor que el de un
servidor que no está junto a su señor sino para obedecer a cada
instante todas las órdenes que le pueda dar, y que de ningún
modo está para emplear su tiempo en gestionar sus propios asuntos, que
debe abandonar, para permanecer al servicio de su Señor en todo
momento. De este modo, estas almas de las
que hablamos son, por su estado, solitarias y libres, desasidas de todo, para
contentarse con amar en paz a Dios, que las posee, y con cumplir fielmente el
deber presente, según la voluntad expresada por Dios, sin permitirse
ninguna reflexión, ni andar dando vueltas para examinar consecuencias,
causas o motivos. Ha de bastarles ir adelante cumpliendo con sencillez sus
deberes, como si no hubiera en el mundo otra cosa que Dios y esta apremiante
obligación. EL MOMENTO PRESENTE El momento presente es, pues, como
un desierto, donde el alma sencilla sólo ve a Dios, y de Él
goza, sin ocuparse de nada más que de lo que Él quiera de ella:
todo lo demás queda a un lado, olvidado, abandonado a la Providencia.
Esta alma, como un instrumento, no recibe ni hace sino en la medida en que la
acción íntima de Dios la ocupa pasivamente en ella misma o la
aplica a lo exterior. Y esta dedicación a lo exterior va
acompañada por su parte con una cooperación libre y activa,
aunque infusa y mística. Dios, por tanto, contento de su buena
disposición y hallando en ella cuanto es preciso para que actúe
en cuanto Él lo ordene, le ahorra trabajos, dándole aquello que
de otra manera hubiera sido fruto de sus esfuerzos y del ejercicio de su
buena voluntad. CAMINANDO BAJO LA GUÍA DE UN AMIGO Es como si alguien, viendo que un
amigo va a hacer un viaje, para ayudarle, penetrase al punto en este amigo, y
bajo su apariencia, hiciese el camino por su propia actividad, de tal modo
que a este amigo no le quedara sino la voluntad de andar, mientras iba
caminando llevado por este ajeno impulso. Este caminar sería libre, puesto que sería
efecto de la determinación libre del amigo que así era ayudado;
sería activo, ya que se
trataría de un caminar real; sería infuso, pues se realizaría sin acción propia; y
sería místico,
puesto que su principio permanecería oculto. En todo caso, para explicar la
clase de cooperación que se da en esta marcha imaginaria,
adviértase que es completamente diversa del cumplimiento que ese amigo
hace de sus obligaciones. Aquí la acción por la que las cumple
no es mística ni infusa, sino libre y activa, como se comprende
obviamente. Y así, en la obediencia a la voluntad de Dios que se da en
el abandono y la pasividad, el alma no pone nada de su parte, fuera de su
habitual buena voluntad general, que quiere todo y no quiere nada, es decir,
que se hace un instrumento sin acción propia desde el momento en que
se pone en manos del obrero. Por el contrario, la obediencia que se presta a
la voluntad de Dios manifestada y determinada se produce en un estado común
de advertencia, de solicitud atenta, de prudencia y discreción,
según que la gracia actúe sensiblemente o deje a la persona en
sus esfuerzos ordinarios. VÍA PURA Y SENCILLA En el abandono, pues, el alma deja
que Dios actúe en todo lo demás, guardándose sólo
para sí el amor y la obediencia al deber presente, pues en esto el
alma actuará siempre. Este amor del alma, infuso en el silencio, es
una verdadera acción, a la que ella se obliga perpetuamente. Debe, en
efecto, conservarla sin cesar y mantenerse continuamente en estas
disposiciones en que el deber la pone, lo cual el alma no puede hacer,
evidentemente, sin actuar. Y así esta obediencia al deber presente es
al mismo tiempo una acción por la que ella se consagra entera a la
voluntad exterior de Dios, sin esperar nada extraordinario. Ésta es, pues, la regla, el
método, la ley, la vía pura, sencilla y segura de esta alma:
una ley invariable, que está vigente en todo tiempo, lugar y
circunstancia de vida. Es una línea recta, por la que el alma camina valiente
y fielmente, sin desviarse a derecha o a izquierda, y sin ocuparse de otra
cosa. Y todo lo que vaya más allá de esto es recibido por ella
pasivamente y realizado en el abandono. Es decir, es activa en todo lo que viene prescrito por el deber presente, y
es, en cambio, pasiva y abandonada
en todo lo demás, en lo que no hace nada por sí misma, sino
acoger en paz la moción divina. No hay camino espiritual que sea
más seguro que esta sencilla vía, ni que sea tan claro y
fácil, tan amable y tan libre de errores e ilusiones. La persona ama a
Dios, cumple sus deberes cristianos, frecuenta los sacramentos, practica las
obras exteriores de religión que obligan a todos, obedece a sus
superiores, cumple sus deberes de estado, resiste continuamente las
tentaciones de la carne, la sangre y el demonio. Nadie, en efecto, es
más atento y vigilante para cumplir con sus obligaciones que las almas
que van por esta vía. NO FALTAN CONTRADICTORES Y si ésta es la verdad,
¿cómo es posible que tantas veces sean objeto de
contradicción? Una de las contradicciones que más
frecuentemente han de sufrir consiste en que, después de que han
cumplido con lo que los doctores más estrictos exigen de todos los
cristianos, todavía se pretende imponerles ciertas prácticas
enojosas, a las que la Iglesia no obliga en modo alguno. Y si ellas se
resisten, son acusadas de espiritualidad ilusoria. Pero analicemos el asunto. Si un
cristiano se limita a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y en todo lo
demás, sin meditaciones y contemplaciones, sin lecturas ni
dirección espiritual, se entrega al trato mundano o a otros asuntos de
la vida civil ¿puede decirse que va descaminado? A nadie se le ocurre
ni remotamente acusarle de ello. Pues bien, comprendamos que mientras no se
moleste para nada al cristiano que acabo de describir, es de justicia no
inquietar a esta alma que, no solamente cumple los preceptos como
aquél, e incluso mejor, sino que añade prácticas
interiores y exteriores de piedad, que el otro ni siquiera conoce o, si las
conoce, las mira con indiferencia. A pesar de todo, el prejuicio
llega a afirmar que esta alma se engaña, se equivoca, pues
después de someterse a todo lo que la Iglesia prescribe, se considera
libre para entregarse sin trabas a los íntimos impulsos de Dios, y
para seguir las mociones de su gracia en todos los momentos en los que no se
ve expresamente obligada a nada concreto. En una palabra, se le condena
porque se dedica a amar a Dios en el tiempo que otros dedican al juego o a
sus asuntos mundanos. ¿No es esto una injusticia manifiesta? Es preciso insistir en ello. Si
uno se mantiene en el nivel y estilo comunes, aunque sólo se confiese
una vez al año, nadie tiene nada que decir, y se le deja vivir en paz,
contentándose eventualmente con exhortarle a algo más, eso
sí, sin presionarle demasiado y sin hacérselo sentir como una
obligación. Ahora bien, si alguno se sale de la costumbre
común, enseguida se le abruma con normas, reglas y métodos. Y
si él no pasa por ello, y no acepta lo que el arte de la piedad ha
establecido, o si no lo observa con constancia, la cosa es clara: todos temen
por él, y su camino resulta claramente sospechoso. Ahora bien,
¿no es cosa sabida que todas las prácticas, por buenas y santas
que sean, no son, después de todo, sino caminos que conducen a la unión
con Dios? ¿Para que, pues, ha de ejercitarse en ellas aquél que
no está ya en el camino, sino en la meta? Todo esto, sin embargo, se le
exige a esta alma, que se supone víctima de engañosas
ilusiones. En realidad ella hizo el camino como los demás, siguiendo
al principio fielmente todas las prácticas normales. Pero ahora van a
esforzarse en vano quienes pretendan que siga sujeta a ellas. Una vez que
Dios, conmovido por los esfuerzos que ella hizo para avanzar con esos medios,
ha venido junto a ella, tomando a su cargo conducirla a la feliz
unión; una vez que ella ha llegado a esa hermosa zona, en la que
solamente se respira el abandono, y en donde comienza a poseerse a Dios por
el amor; una vez, en fin, que Dios bondadoso, sustituyendo sus empeños
y esfuerzos, se ha hecho principio de su actividad, ya los pasados
métodos han perdido para ella toda su utilidad, y no son más
que un camino ya recorrido, que quedó atrás. Exigirle, pues, al
alma que vuelva a adoptar aquellos métodos o que continúe
siguiéndolos, equivale a pretender que abandone el término al
que llegó, para volver al camino que a él le condujo. PERSEVERANDO EN LA PAZ Son pretensiones y esfuerzos
vanos. Si esta alma tiene algo de experiencia, no se afectará en nada
al oír este griterío, y permanecerá sin turbación
ni inquietud alguna en esa paz tan íntima, en la que con tanto fruto
se ejercita su amor. En ese centro es donde hallará su descanso o, si
se quiere, ahí encontrará la línea recta trazada por el
mismo Dios, la que ella seguirá siempre. Avanzará continuamente
por ella, y en cada momento todos sus deberes le serán marcados
siguiendo la dirección de esta línea. A medida que se vayan
éstos presentando, ella los cumplirá sin vacilaciones y sin
prisas. Y en todo lo demás guardará una absoluta libertad,
siempre pronta a obedecer las mociones de la gracia en cuanto las sienta,
abandonándose así al cuidado de la Providencia. DIRECCIÓN ESPIRITUAL Por lo demás, esta alma
necesita menos que otras la dirección espiritual, pues no ha llegado
donde está sino por medio de muy expertos y excelentes directores, y
es algo providencial que ahora se quede sin ayuda, cuando el que tenía
está lejos o murió. Incluso en este caso está
dispuesta a dejarse guiar, y espera con paz el momento de la acción de
la Providencia, sin pensar ya después en ello. De vez en cuando, en
este tiempo de privación, encontrará personas, sin conocerlas
ni saber de dónde provienen, por las que sentirá una secreta
confianza que Dios le inspira. Él quiere servirse de ellas como de una
señal, por la que comunicarle alguna luz, aunque sólo sea
pasajera. El alma, entonces, consulta y sigue con toda docilidad los consejos
que recibe. Pero cuando faltan estas ayudas, guarda fidelidad a las
orientaciones que le fueron dadas por su primer director. Y así
está siempre muy dirigida, bien por los antiguos consejos recibidos
hace tiempo, o bien por estos avisos ocasionales. A éstos se atienen
ellas hasta que Dios les dé alguien a quien puedan confiarse por
completo, o hasta que se los lleve de este mundo, después de que ellas
hayan caminado en el abandono bajo su guía. . |