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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO III DISPOSICIONES PARA EL ABANDONO Y SUS EFECTOS DOCILIDAD A LA VOLUNTAD DE DIOS ¡Qué desasido hay que
estar de todo lo que se siente o se hace para caminar por esta vía, en
la que sólo cuenta Dios y el deber de cada momento! Todas las
intenciones que vayan más allá de esto deben ser eliminadas. Es
preciso limitarse al momento presente, sin pensar en el precedente, ni en el
que va a seguir. Guardando siempre a salvo, por
supuesto, la ley de Dios, hay algo interior que te está diciendo:
«Me veo ahora inclinado a esa persona, a este libro, a recibir o a dar
tal advertencia, a presentar cierta queja, a abrirme a esa persona o a
recibir sus confidencias, a dar tal cosa o a hacer tal otra». Es preciso, entonces, seguir lo
que se presenta como moción de la gracia, sin apoyarse ni un
sólo momento en las propias reflexiones, razonamientos o esfuerzos.
Hay que tener presente todo esto, pero para el momento en que Dios venga, sin
realizar opciones propias. Dios nos da su voluntad, ya que en este estado
Él vive en nosotros. En efecto, la voluntad de Dios ha de ocupar
aquí el lugar de todos nuestros apoyos ordinarios. FIDELIDAD A LA GRACIA DEL MOMENTO Cada momento va urgiendo la
acción de cada una de las virtudes. Y el alma abandonada responde con
fidelidad en cada instante, de modo que aquello que ha leído o
escuchado lo tiene tan presente, que el novicio más abnegado no cumple
mejor que ella sus deberes. Eso lleva consigo, por ejemplo, que estas almas
son llevadas una vez a esta lectura, otra vez a otra, o bien a hacer tal
observación o cierta reflexión sobre sucesos mínimos. En
un momento concreto, les da Dios aliciente para instruirse en una doctrina, y
en otro va a sostenerles en la práctica de la virtud. En todas las cosas que van
haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior para
hacerlas, sin saber por qué. Todo lo que podrían decir
vendría a ser: «Me siento inclinado a escribir, a leer, a
preguntar, a mirar tal cosa. Sigo esta atracción, y Dios, que me la
da, pone en mis potencias un fondo y una reserva de cosas particulares, para
ser en seguida el instrumento de otras inclinaciones, que me darán el
uso de esa riqueza y reserva, para mi provecho y el de los
demás». Esto requiere que estas almas sean
sencillas, dúctiles, ligeras y dóciles al menor soplo de estos
impulsos íntimos, casi imperceptibles. Dios, que es su Señor,
tiene derecho a aplicarlas a todo lo que sea para su gloria. Y si ellas
pretenden resistir esas mociones, aferrándose a las reglas de vida por
las que se rigen las almas que avanzan con esfuerzo y modos propios, se
privarían así de mil cosas necesarias para cumplir los deberes
de los días futuros. CONTRADICCIONES Sucede, sin embargo, que como se
ignora esto, se les juzga, y se les censura por su simplicidad, y ellas, que
no censuran a nadie, que aprueban todos los estados, y que saben discernir
perfectamente los grados y progresos, se ven despreciadas por estos falsos
sabios, que no están en condiciones de gozar de esa dulce y cordial
sumisión a las órdenes de la Providencia. ¿Aprobarían estos
sabios mundanos aquella continua inestabilidad de los Apóstoles, que
no les dejaba establecerse en ninguna parte? Ni siquiera los espirituales
ordinarios son capaces de sufrir a estas almas que viven así,
pendientes en cada momento de la Providencia. Sólo algunas almas que
son como ellas las aprueban, y Dios, que instruye a los hombres por medio de
hombres, hace que aquellos que son sencillos y fieles para abandonarse a
Él, encuentren siempre algunas almas de esta naturaleza. DE GUIARSE A SÍ MISMO A SER GUIADO POR
DIOS Hay un tiempo en el que quiere
Dios ser por sí mismo la vida del alma, y perfeccionarla directamente
y de un modo secreto y desconocido. Entonces, todas las ideas propias, luces
y maneras, búsquedas y razonamientos, no son sino una fuente de
ilusiones. Y cuando el alma, después de muchas experiencias de
desatinos debidos a sus modos propios, reconoce finalmente su inutilidad, se
da cuenta de que el mismo Dios ha ocultado y confundido todos los medios con
el fin de hacerle encontrar la vida en Sí mismo. Convencida, entonces, de que por
sí misma no es más que una pura nada, y de que todo cuanto
saque de su propio fondo sólo le servirá de perjuicio, se
abandona del todo a Dios, para no tener nada más que a Él, y
vivir sólo de Él y para Él. Desde ese momento es Dios
para el alma una fuente de vida, no por ideas, luces y reflexiones, que como
he dicho, son sólo una fuente de ilusiones, sino por la eficacia y la
realidad de las gracias que derrama en ella, aunque ocultas bajo apariencias
encubiertas. Y aunque la obra divina es desconocida
para el alma, recibe sin embargo su virtud sustancia y real a través
de mil circunstancias, que al parecer sólo son para su ruina. No hay remedio para esta
oscuridad, y es preciso abismarse en ella. Allí y en todas las cosas
Dios se le comunica por la fe. El alma no es ya sino un ciego o, si se
quiere, es como un enfermo que ignora la virtud de las medicinas, de las que
sólo capta su amargura. Incluso con frecuencia tiene la
sensación de que ellas más bien le van a producir la muerte; y
las crisis y desfallecimientos que sufre parecen confirmar sus temores. Y,
sin embargo, es precisamente en esta apariencia de muerte donde encuentra su
salud, y sigue tomando las medicinas, fiado en el médico que se las
prescribe. Antes el alma, por medio de ideas
e iluminaciones, veía cuanto correspondía al plan concreto de
su perfeccionamiento. Pero ya no es así ahora, cuando la
perfección se le comunica contra toda idea, luz o sentimiento. Ahora
se le da más bien a través de todas las cruces de la
Providencia, por las actividades impuestas por los deberes actuales, por
ciertas atracciones en las que no parece haber de bueno sino que en modo
alguno llevan al pecado, pero que están todas ellas aparentemente muy
lejos de los brillos sublimes y extraordinarios de la virtud. En estas
cruces, que se suceden una tras otra, el mismo Dios, velado y oculto, se le
comunica por su gracia de una manera muy desconocida, pues el alma no siente
otra cosa que debilidad para llevar la cruz, disgusto por sus obligaciones, y
sus inclinaciones no le llevan sino hacia las prácticas más
comunes. UN REPROCHE CONTINUO En este estado, todo el ideal de
la santidad no es para ella más que un reproche continuo de sus bajas
y despreciables disposiciones. Todos los libros de vidas de santos la condenan,
sin que tenga medio para defenderse. El alma ve una santidad luminosa, que la
desola, pues ya no siente en sí fuerzas para elevarse a ella, y no
capta su propia debilidad como ordenación divina, sino como simple
cobardía. Y todas aquellas personas que tenía como amigas y que
apreciaba como distinguidas por sus virtudes o por la lucidez de sus ideas la
ven ahora con menosprecio. «¡Vaya santa!», comentan, y el
alma, creyéndolo así, viéndose confusa por tantos
esfuerzos inútiles que hace para elevarse de su bajeza, llena de
oprobios, nada tiene que responder a las acusaciones de los otros o de
sí misma. PERO DIOS OBRA EN EL CENTRO DEL ALMA Sin embargo, siente el alma en
sí una fuerza fundamental que la centra en Dios, y escucha en su
interior una voz que le asegura que todo irá bien, siempre que ella le
deje hacer a Dios y no viva sino de la fe. Como dice Jacob, «verdaderamente Dios está
aquí, y yo no lo sabía» [Gén 28,16]. Alma querida, tú andas
buscando a Dios, y Él está en todas partes. Todo te lo revela,
todo te lo da, está junto a ti, a tu alrededor, en ti misma ¡y
andas buscándole! Posees la sustancia de Dios, y buscas su idea.
Buscas la perfección, y está en todo cuanto de sí mismo
se te presenta. Tus sufrimientos, tus acciones, tus inclinaciones, son enigmas
bajo los cuales se da Dios a ti por sí mismo, mientras que vanamente
sueñas ideas sublimes, de las que no quiere servirse para morar en ti. DIOS OCULTO Y DISFRAZADO Marta quiere agradar a
Jesús con platos delicados, y Magdalena se contenta con Jesús y
le recibe del modo como Él quiere presentarse [Lc 10,38-42].
Jesús se oculta también a Magdalena bajo la figura de
jardinero, y Magdalena le busca bajo la forma que en su mente ha concebido
[Jn 20,14-16]. Los apóstoles ven realmente a Jesús, y le toman
por un fantasma [Lc 24,33-42]. Así gusta Dios de
disfrazarse para elevar al alma a una pura fe, con la que siempre le
encuentra, por más que se encubra bajo enigmas obscuros, pues ella
conoce el secreto de Dios, y le dice como a la esposa: «Allí está; miradlo
detrás de la cerca; mira por la ventana, acecha por entre las
celosías» [Cant 2,9]. ¡Oh, amor divino!,
ocúltate, salta, estremécete en los dolores, aplica el
atractivo o la obligación, mezcla, confunde, rompe como hilo
frágil todas las ideas y todas las medidas que el alma se forme. Que
ésta pierda suelo, que nada sienta, que no vea ya camino ni sendero ni
luces, que no te encuentre como en otro tiempo en tus ordinarias habitaciones
y vestiduras acostumbradas, que no te halle en la quietud de la soledad ni en
la oración, ni en la observancia de tales o cuáles
prácticas, ni tampoco en los sufrimientos, ni en las ayudas prestadas
al prójimo, ni en la huida de vanas conversaciones o de negocios. En
una palabra, que después de haber probado todos los medios y modos
conocidos de agradarte, nada consiga, ni alcance a verte en nada como en otro
tiempo. Pero haz que la inutilidad de
todos estos esfuerzos le lleve finalmente en adelante a dejarlo todo, y a
encontrarte en ti mismo, y muy pronto en todo, en todo, sin necesidad de
reflexionar. Porque, oh, amor divino, ¿no es un error no divisarte en
todo lo que es bueno y en todas las criaturas? ¿Por qué, pues,
buscarte en otras cosas que en las que tú quieres comunicarte? Amor
divino, ¿por qué querer hallarte bajo otras especies que
aquellas que tú has elegido como sacramentos tuyos, ignorando que su
escasa apariencia y leve realidad dan todo el mérito a la obediencia y
a la fe? . |