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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO IV EL ESTADO DE ABANDONO, SU NECESIDAD Y SUS
MARAVILLAS VOLUNTAD DIVINA, FIESTA CONTINUA ¡Qué verdades tan
inmensas permanecen ocultas en este estado! ¡Qué verdad es que
toda cruz, toda acción, toda inclinación de la
ordenación divina, comunica a Dios, lo da, de una manera que no puede
explicarse sino por comparación con el más augusto misterio [de
la Eucaristía]! Y por eso, ¡qué misteriosa es en su
simplicidad y bajeza aparente la vida más santa! ¡Oh, banquete,
oh fiesta perpetua! Un Dios que se da continuamente y que es siempre recibido
no en el esplendor, en lo sublime y luminoso, sino en lo que es debilidad,
desconcierto, nada. Dios elige aquello que la estimación natural
desprecia y todo lo que la prudencia humana deja a un lado. Dios está
en el misterio y se da a las almas en la medida en que éstas creen y
le encuentran en él. La anchura, la solidez y la
firmeza de la piedra, sólo se encuentran en la vasta extensión
de la voluntad divina, que se presenta sin cesar bajo el velo de las cruces y
acciones más ordinarias. Es en la sombra de éstas donde Dios
esconde su mano para sostenernos y conducirnos. Esta convicción debe
bastar a un alma para llevarla al más sublime abandono. Y en el
momento en que así lo hace, queda ya a cubierto de la
contradicción de las lenguas, pues el alma no tiene nada que decir ni
hacer en su defensa, puesto que su obra es la obra de Dios, y no en otra
parte puede hallarse su justificación. Además, sus efectos y
consecuencias le justificarán suficientemente, y bastará con
dejar que todo vaya adelante. «El día al día le pasa el
mensaje» [Sal 18,3]. IMPULSO CONTINUO DE GRACIA Cuando uno no se gobierna por sus
propias ideas, no necesita defenderse con palabras. Nuestras palabras no
pueden expresar más que las ideas que concebimos; y si no existen
estas ideas, tampoco hay palabras, porque ¿para qué servirían?
¿Para dar razón de lo que se hace? Pero si es que el ama no
conoce esa razón, que permanece oculta en el principio que le hace
actuar, y del que sólo siente el impulso de una manera inefable. Es
preciso, pues, dejar que cada momento sostenga la causa del momento
siguiente; y todo se sostiene en este encadenamiento divino, todo resulta
firme y sólido, y la razón de lo que precede se ve por el
efecto de lo que le sigue. Quedó atrás una vida
de pensamientos, imaginaciones, una vida de palabras múltiples. Ya no
es todo eso lo que ocupa al alma, lo que la alimenta y entretiene. Ya ella no
se mueve ni se sostiene con esas cosas. El alma no ve ni prevé ya por
dónde habrá de avanzar. No se ayuda ya con reflexiones para
animarse al trabajo y aguantar las incomodidades del camino, y va pasando por
todo en el sentimiento más íntimo de su debilidad. El camino se
va abriendo a su paso, entra en él, y por él marcha sin ninguna
vacilación. Esta alma es pura y santa, simple y verdadera: camina por
la línea recta de los mandamientos de Dios, en una continua
adhesión al mismo Dios, que incesantemente encuentra en todos los
puntos de esta línea. No se entretiene ya en buscar a
Dios en los libros, en las infinitas cuestiones y en la vicisitudes
interiores. Abandona el papel y las discusiones, y Él se da al alma y
viene a encontrarla. No sigue buscando ya caminos y vías que le
conduzcan, pues el mismo Dios le traza el camino, y a medida que ella avanza,
lo encuentra claro y abierto. Así es que todo lo que le queda por
hacer es mantenerse bien asida de la mano de Dios, que se le ofrece
directamente a cada paso y en cada momento, en los diversos objetos que
encuentra día a día, y que se van presentando sucesivamente. El alma sólo tiene, pues,
que recibir la eternidad divina en el deslizamiento de las sombras del
tiempo. Estas sombras varían, pero el Eterno que ocultan es siempre el
mismo. Por eso el alma, sin apego a nada, debe abandonarse en el seno de la
Providencia, seguir constantemente el amor por el camino de la cruz, de los
deberes ciertos y de las mociones indudables. CAMINO LLANO Y RECTO DEL ABANDONO ¡Qué claro y luminoso
es este camino! Lo defiendo y lo enseño sin ningún temor, y
estoy seguro de que todos me comprenden cuando digo que toda nuestra
santificación consiste en recibir en cada instante las penas y deberes
de nuestro estado como velos que nos ocultan y nos dan al mismo Dios. En el abandono la única
regla es el momento presente. En este estado el alma es ligera como una
pluma, fluida como el agua, simple como un niño, móvil como una
pelota, para recibir y seguir todos los impulsos de la gracia. Estas almas no
tienen la consistencia y rigidez de un metal fundido. Cómo éste
acepta todos los trazos del molde donde le fundieron, así estas almas
se amoldan y ajustan con la misma facilidad a todas las formas que Dios les
va dando. Su disposición, en una palabra, es semejante a la del aire,
siempre dócil a todo soplo y siempre configurado a todo. VIVIR MURIENDO Una observación importante
a todo esto es que en esta actitud de abandono, en esta vía de fe,
todo lo que va pasando en el alma y en el cuerpo, en los asuntos y diversos
acontecimientos, presenta una apariencia de muerte, que no debe
extrañar. ¿Y qué esperabais? Es la condición
propia de este estado. Dios tiene sus designios sobre las almas y, bajo
oscuros velos, los ejecuta todos muy felizmente. Y entiendo por esos velos
las contrariedades, las enfermedades corporales, las debilidades
espirituales. En las manos de Dios todo eso prospera, todo se resuelve para
bien. Precisamente por esas cosas que son desolación para la
naturaleza, Él prepara el cumplimiento de sus más altos
designios: «Todas las cosas
cooperan para el bien de aquéllos que son escogidos por su libre
elección» [Rm 8,28]. EL JUSTO VIVE DE LA FE Él vivifica así bajo
las sombras, cuando los sentidos se ven aterrorizados, y es entonces la fe la
que, llena de valor y seguridad, obtiene de cuanto sucede lo bueno y lo
mejor. La fe sabe que la acción divina todo lo dispone y conduce,
menos el pecado, y por eso entiende que es su deber adorarla en todo cuanto
sucede, amarla y recibirla siempre con los brazos abiertos. La persona cobra
así en todo un aire alegre, de confianza, elevándose en todas
las cosas por encima de unas apariencias que sólo sirven para las
victorias de la fe. Éste es el medio que yo os doy para honrar a Dios
y tratarlo como a Dios. Vivir de la fe es, pues, vivir la
alegría, la seguridad, la certeza, la confianza de que todo lo que es
preciso hacer o sufrir en cada momento es por disposición de Dios. Y
si a veces este designio resulta incomprensible, es para animar y fortalecer
esta vida de fe; para eso Dios hace entrar al alma en medio de estas olas
tumultuosas de tantas penas y turbaciones, contradicciones, desfallecimientos
y fracasos. En efecto, es precisa la fe para encontrar a Dios en todo eso, y
hallar esta vida divina que ni se ve ni se siente, pero que se da en todo
momento de forma desconocida, pero bien cierta. La apariencia de muerte en el
cuerpo, de condenación en el alma, de trastorno en las empresas, eso
es lo que alimenta y sostiene la fe. Ella atraviesa todo eso y llega a
apoyarse en la mano de Dios, que le da la vida en todo aquello en lo que no
haya pecado cierto. Por eso es necesario que el alma de fe camine siempre segura,
tomando todo como un velo y disfraz de Dios, cuya presencia más
íntima estremece y atemoriza las potencias. FUERZA Y FIDELIDAD DE LA FE No hay corazón más
valiente que un corazón lleno de fe, que no ve más que vida
divina en los trabajos y peligros más mortales. Si fuera preciso beber
un veneno, atravesar la brecha de un muro, servir como esclavo entre los
apestados, en todo eso encontrará una plenitud de vida divina, que se
le da no solamente gota a gota, sino que, en un instante, inunda y sumerge el
alma. Un ejército de soldados semejantes resultaría invencible.
Y es que el impulso de la fe eleva el corazón y lo dilata más
allá y por encima de todo lo que se presente. La vida de la fe o el instinto de
la fe son una misma cosa. Este instinto hace gozarse en la bondad de Dios, es
una confianza fundada en la esperanza de su protección, que vuelve
agradable todo y que hace recibir todo con buen ánimo; es, pues, una
indiferencia que nos dispone a todos los lugares, a todos los estados y a todas
las personas. La fe nunca es desgraciada, nunca enferma, ni nunca está
en pecado mortal. La fe viva está siempre en Dios, siempre en su
acción, más allá de las apariencias contrarias que
oscurecen los sentidos. Y cuando éstos, espantados, le gritan de
pronto al alma: «¡desgraciada, estás perdida, ya no hay
solución!», la fe al instante afirma con una voz más
fuerte: «aguanta firme, avanza, y no temas nada». FE Y ABANDONO ENTRE TORMENTAS Dejando aparte las enfermedades
evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las
medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las
almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias
que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía
para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por
tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su
camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía,
sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace
con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y
que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las
delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu.
Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un
cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y
generosa, que un siglo de temores y cuidados. Más aún, quien vive
abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el
aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que
temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y
protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que
no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos
espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por
allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas
hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia
humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y
se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina
manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan
totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que
cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su
imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren
las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir
felizmente sus vanas historias. Sí, la divina Providencia
conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por
medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y
eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de
aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y
curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas
imaginaciones humanas. Vamos, pues, alma mía.
Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras
nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero
omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo,
dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo
materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y
vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para
seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como
pasos demos bajo su guía. DIOS ES QUIEN ESCRIBE NUESTRA VIDA El espíritu de Dios es el
que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las
almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya
materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino
la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres.
Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos
nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos
presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son
únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa,
que se acrecienta todos los días. Un alma santa es aquella que se
somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo
que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del
hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios
no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo
determina y elige según sus designios, como un arquitecto
señala y escoge las piedras. Así pues, es preciso amar a
Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual
fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si
éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino
de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima
más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la
voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse
enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como
también las inquietudes producidas por el cuidado de la
salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos
ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos
ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas. CONFIADOS, DEJÉMOSLE HACER A DIOS Vamos, alma mía, vamos con
la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de
nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros
y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en
interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos
perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para
hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de
nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus
interminables vueltas y revueltas. Vamos, alma mía,
atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas
de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de
los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones.
Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista
en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso,
ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra
vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma,
donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e
inmutable. ABANDONO Y PAZ EN TODAS LAS COSAS Es en esa estancia, completamente
espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al
alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y
demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus
agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre,
desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su
voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la
fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera
felicidad. Y este estado glorioso del
corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que
ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo
estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una
facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque
las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan
aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas
diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber
sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo
que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es
este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna. El alma de fe, que conoce el
secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en
lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está
íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo
recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma,
dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la
obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con
fidelidad y exactitud sus obligaciones. El alma recibe distintas
impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a
que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su
bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe,
y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones. . |