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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO V EL ESTADO DE PURA FE EN PURA FE El estado de pura fe es cierta
unión de fe, esperanza y caridad en un solo acto que une el
corazón a Dios y a su acción. Estas tres virtudes unidas forman
una sola virtud, un solo acto, una elevación única del
corazón a Dios y un simple abandono a su acción. Pues bien, ¿cómo
expresar esta divina unión, esta esencia espiritual?
¿Cómo encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su
idea, y que haga concebir la unidad de su trinidad? Ya no son tres virtudes,
sino una sola fruición y gozo de Dios y de su voluntad. Este objeto
adorable se ve, se ama y se espera de él todas las cosas. A esto se le
puede llamar amor puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad
mística puede dársele el nombre de pura fe, aunque bajo este
nombre haya que entender las tres virtudes teologales. Nada hay más cierto
que este estado en lo que respecta a Dios, y nada más desinteresado en
lo que respecta al corazón. Por la unión de Dios y del
corazón el estado de pura fe tiene, del lado de Dios, la certeza de la
fe, y del lado de la libertad del corazón, la certeza sazonada por el
temor y la esperanza. ¡Qué unidad tan
preciosa la de la trinidad de tan excelentes virtudes! Creed, pues, esperad,
amad, pero por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os comunica
y que produce en vuestro corazón. Ésta es la unión del
Nombre de Dios, que el Espíritu difunde en el centro del
corazón. He aquí esta palabra y revelación
mística, esta prenda de la predestinación y de todas sus
felices consecuencias: «¡Qué
bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de
corazón!» [Sal 72,1]. EN PURO AMOR Este toque en las almas abrasadas
se llama puro amor, pues
derrama un torrente de gozo desbordante sobre todas las facultades, con
plenitud de confianza y de luz. Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese
mismo toque se llama pura fe,
porque la oscuridad y las sombras de la noche son todas ellas puras. El puro amor ve, siente y cree. La
pura fe cree sin ver ni sentir. Ésta es la diferencia entre uno y
otra, que no se funda sino en apariencias que no son las mismas, pues, en realidad,
así como el estado de pura fe no carece de amor, del mismo modo el
estado del puro amor no carece ni de fe ni de abandono. Pero se emplean estos
términos a causa de lo que predomina en cada estado. La mezcla diferente de estas
virtudes bajo este toque del Espíritu marca la variedad de todos los
estados de la vida sobrenatural, y como Dios los puede mezclar en infinitos
modos, no hay alma que no reciba este precioso toque con alguna peculiaridad
propia de ella. Pero ¿qué más da? Se trata siempre de fe,
esperanza y caridad. ABANDONO CONFIADO, CAMINO UNIVERSAL Pues bien, el abandono es el medio
universal para recibir de algún modo las virtudes generales de esos
toques. No todas las almas pueden aspirar al mismo modo y al mismo estado
bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden unirse a Dios, todas
pueden abandonarse a su acción, todas ser esposas abandonadas en
Él, todas recibir las gracias del estado que les es propio, todas, en
fin, encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y en la
excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda alma puede aspirar a
una corona, sea de amor o sea de fe, que siempre es el reino de Dios. Es cierto que existe una
diferencia, pues mientras unas están en las tinieblas, otras
están en la luz. Pero, digámoslo ya, ¿qué importa
esto, con tal de que unas y otras estén unidas a Dios y a su
acción? ¿Es el nombre del estado lo que cuenta? ¿En eso
está su distinción y su excelencia? De ningún modo. Lo
decisivo es la unión con el mismo Dios y con su acción. La
manera debe ser indiferente al alma. Prediquemos, pues, a todas las
almas no tanto el estado de pura fe o de puro amor, de cruz o de caricias,
pues eso no puede darse por igual a todas y de la misma manera. Prediquemos
en cambio a todos los corazones sencillos y entregados a Dios el abandono a
la acción divina en general, y hagamos comprender a todos que por
estos medios recibirán el estado particular que esta acción
divina les ha elegido y destinado desde toda la eternidad. TODOS LLAMADOS A LA SANTIDAD No desanimemos, no rechacemos, no
alejemos a nadie de la más eminente perfección. Jesús
llama a todo el mundo a la perfección, pues a todos exige que sean
fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos vengan a formar su Cuerpo
místico, cuyos miembros no pueden llamarle Señor con verdad
sino en la medida en que sus voluntades se hallen perfectamente de acuerdo
con la suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la
invitación de este dulce y amable Salvador no exige de ellas nada que
sea difícil, ni extraordinario. Él no les exige ninguna
habilidad especial; solamente quiere que su buena voluntad esté unida
a la suya, para así conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la medida
de esa unión. ¡Sí, almas queridas!
Dios no quiere más que vuestro corazón. Si buscáis este
tesoro, este reino en que sólo Dios reina, lo encontraréis. Si
vuestro corazón se entrega totalmente a Dios hallaréis, desde
ese momento, aquel tesoro, aquel mismo reino que deseáis y
buscáis. Cuando se ama a Dios y su voluntad, se goza de Dios y de su
querer, y este gozo corresponde perfectamente al deseo que se tiene de
amarlo. Amar a Dios es desear sinceramente amarle. Y porque se le ama, por
eso se quiere ser instrumento de su acción, para que su amor obre en
nosotros y a través de nosotros. LO DE MENOS ES TENER O NO TALENTOS La acción divina
corresponde a la voluntad del alma sencilla y santa, y no a sus habilidades.
Corresponde a su pureza de intención, y no a los medios que elige, a
los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los medios que adopta.
En todo esto puede engañarse el alma. Y no es raro que suceda. Pero su
rectitud y su buena intención no le engañan jamás. Y
Dios conoce y ve esta buena disposición de la persona, no se fija en
el resto, y toma como hecho todo lo bueno que ésta infaliblemente
haría, si conocimientos más exactos secundasen su buena
voluntad. Nada, pues, tiene que temer el
alma de buena voluntad. Si cae, no puede caer sino en esta omnipotente mano,
que la conduce y levanta, en sus mismos extravíos, que la aproxima al
fin cuando se aleja de él, que la vuelve a su camino cuando se
extravió. El alma encuentra siempre un apoyo en esta mano divina, que
la guía entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el esfuerzo y
la astucia de las facultades ciegas que la desvían; le hace ver
cómo debe despreciarlas, contando sólo con ella y
abandonándose enteramente a su infalible gobierno. En todo caso, los
errores en que caen las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por
lo que jamás se encuentran sin recurso, pues, como dice la Escritura, «todo coopera para su bien»
[Rm 8,28]. TODOS LOS ESTADOS SON SANTOS Y SANTIFICANTES Éste es, Amor querido, el
abandono que yo predico, y no un estado particular. Considero con gran amor
todos los estados en que tu gracia pone a las almas y, sin tener más
estima por uno que por otro, enseño a todas un medio general para
llegar a aquél que tú les has designado. Solamente pido a todas
esa voluntad de abandonarse completamente a tu guía. Tú les
harás llegar infaliblemente a aquel estado que es el más
excelente para ellas. Ésta es la fe que les
predico, el abandono, hecho de confianza y fe. No pido sino la voluntad de
entregarse a la acción divina, para ser su instrumento, creyendo que
obra en todo instante y en todas las cosas, con más o menos feliz
resultado, según la mayor o menor buena voluntad del alma. Ésta
es la fe que predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un
estado general de buena voluntad, que abraza todas las diferencias de estado
y circunstancias particulares en que Dios pone a cada alma, y donde, bajo
distintas formas, les comunica las gracias que desde la eternidad les tiene
preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí también
hablo a toda clase de almas, porque la verdadera intuición de mi
corazón es anunciar a todos el secreto evangélico y «ser todo para todos»
[1Cor 9,22]. CON GRACIAS EXTRAORDINARIAS O SIN ELLAS En esta disposición feliz,
creo que es para mí un deber, que cumplo gustoso, «llorar con los que lloran, alegrarme
con los alegres» [Rm 12,15], hablar a los ignorantes en su
lenguaje, y emplear con los sabios términos doctos y elegantes. Quiero
hacer ver a todos que todos pueden pretender no las mismas cosas, pero
sí un mismo amor, un mismo abandono, un mismo Dios, una misma
docilidad a su acción, y que todos puedan llegar así a una gran
santidad. Aquello que decimos gracias y
favores extraordinarios se denomina así por el escaso número de
almas que por una fidelidad constante se hacen dignas de recibirlos. El
día del juicio se entenderá bien. Entonces se verá muy
claramente que esto no viene de que Dios no quiera comunicarlas, sino
sólo por culpa de quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A
qué sobreabundancia de bienes se abre el seno de quien mantiene
siempre constante la sumisión total de una buena voluntad! Cuando nuestro divino Salvador
vivía entre los hombres, los que no le veneraban, los que no
ponían en Él su confianza, eran los únicos que no
disfrutaban de los favores que a todos dispensaba. Y esto sólo ha de
atribuirse a sus malas disposiciones. Es cierto también que no todos
pueden aspirar a los mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de
excelencia; pero si todos, fieles a la gracia, correspondiesen en su medida,
todos estarían contentos, porque llegarían todos al nivel de
excelencia y de gracia que satisfaría plenamente sus deseos. Y
estarían contentos según naturaleza y según gracia,
porque la naturaleza y la gracia se confunden en el mismo deseo anhelante que
del fondo del corazón se alza hacia tan preciosos dones. CONTENTOS CON EL DON DE DIOS Si uno no recibe los talentos
propios de un estado, recibirá los peculiares de otro. Unos
estarán en pura fe, otros en otra situación de espíritu.
En la misma naturaleza creada, cada criatura tiene lo que conviene a su
especie: cada flor tiene su encanto, cada animal su instinto, cada criatura
su perfección. Así, en cada estado diverso de la vida
espiritual, cada persona tiene su gracia específica, y cada uno está
contento si su buena voluntad sabe acomodarse al estado elegido para
él por la Providencia. Desde que esta buena voluntad nace
en el corazón de un alma, ésta se sumerge en la acción
divina y ésta obrará más o menos en ella, según
esté más o menos abandonada. Por lo demás, el arte de
abandonarse no es otro que el arte de amar. El amor encuentra a Dios en todo,
y nada le rehúsa. ¿Cómo rehusarlo? El amor no puede
pretender otra cosa que lo que quiere el amor. Cuando Dios actúa en el
hombre sólo tiene en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad de las
otras potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando Él
encuentra un corazón bueno y puro, recto y simple, dócil,
filial y respetuoso, ya no necesita más, sino que se apodera de ese
corazón, posee todas y cada una de sus potencias, y va concertando
todo tan a favor del alma, que en todas las circunstancias halla ésta
cómo santificarse. Y aquello mismo que es veneno mortal para otros,
resulta inocuo por completo cuando actúa el contraveneno de la buena
voluntad. Si el alma llega al borde de un
precipicio, la acción divina le sujeta; y si en él cayera,
suspendería su caída. Y aún si cayera del todo, ella le
levantará. Después de todo, las faltas de estas almas no suelen
ser sino faltas de debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe
siempre transformarlas para su provecho espiritual. PAZ BAJO LA GUÍA DE DIOS El Señor, por secretas
insinuaciones, les va haciendo entender siempre a estas almas lo que han de
decir o hacer según las circunstancias: «los que temen a Dios poseen una mente recta» [Sal
110,10]. En efecto, iluminados por la divina inteligencia, se ven
acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los
malos senderos en que entraron por ignorancia. Y cuando se metieron sin saberlo
en una situación perjudicial, la Providencia gobierna las cosas de tal
suerte que todo se remedia y se vuelve en bien para ellas. Por más que
estas almas se vean envueltas en las mallas de múltiples intrigas, la
Providencia rompe esos lazos, confunde a sus autores, y les infundo «un espíritu de
vértigo», que les hace caer en sus mismas trampas [Is
19,14]. Bajo su guía, las almas a quienes se quería sorprender
hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la apariencia, sirven
después para sacarlas de todos los apuros en que su rectitud y la
malicia de sus enemigos las habían puesto. TOBÍAS ¡Qué finísima
sabiduría lleva consigo la buena voluntad! ¡Cuánta
ingenio en su candor inocente! ¡Cuántos misterios secretos se
esconden en su invariable rectitud!... Recordad, si no, al joven
Tobías [Tob 6,2-6]. No es más que un muchacho, pero a su lado
está Rafael. Con este guía angélico camina seguro, nada
le espanta y nada le falta. Los mismos adversarios que encuentra son los que
le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo marino se vuelve para
él un dulce y suave alimento. Se va viendo ocupado en bodas y
banquetes, pues así lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene, sin
duda, otros negocios importantes, pero están abandonados a esa
inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y todos estos asuntos se
van arreglando y concluyendo con tal éxito que él solo no lo
hubiera logrado tan felizmente de no tratarse en realidad de una
bendición. Sin embargo, la madre de Tobías llora, llena de
amargas preocupaciones, mientras que el padre está lleno de fe. Vuelve
al fin este hijo, y toda la casa se llena de alegría [7,14-16]. UN CORAZÓN PURO Que los demás,
Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré
más un solo don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios
mío, no te haré más que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal
50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz es el que te posee!
Él ve dentro de sí a Dios, por la viveza de su fe. Le ve en
todas las cosas y en todos los instantes, obrando dentro y fuera de
él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y conducido por
Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero Dios piensa
por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación
providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra
disposición. En su pura sencillez, si el
corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo
ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien
dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus
inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su
beneplácito. Él conoce también que ese corazón
apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga de dárselo.
A este corazón no le importan las contrariedades. Quiere ir al
Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba a dar contra un escollo, el
timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino,
vientos o mareas, sin nada de esto, siempre sus viajes terminan felizmente.
Si se le cruzan los piratas en el mar, un golpe de viento inesperado le pone
fuera de su alcance. ¡Oh buena voluntad,
corazón puro! Qué sabiamente reconoció Jesús tu
lugar al colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8]. ¡Qué
mayor felicidad que la de poseer a Dios y ser al mismo tiempo poseído
por Él! Estado maravilloso y lleno de encanto, en el que se duerme
tranquilamente en el seno de la Providencia, se juega inocentemente con la
divina Sabiduría [Prov 8,30], sin inquietud alguna sobre lo acertado
de su curso, que no sufre ninguna interrupción y que se cumple siempre
felizmente, a través de escollos, piratas y continuas tempestades. ¡Oh corazón puro,
buena voluntad! Tú eres el verdadero fundamento de todos los estados
espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones maravillosos de la
pura fe, la esperanza, la pura confianza y el puro amor. En tu tronco brotan
las flores del desierto, esas gracias tan preciosas que no suelen florecer
sino en aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios, como en una
casa deshabitada, establece su morada, excluyendo a todo otro morador. Tú eres esa fuente
abundante de donde manan todos los arroyos que riegan el vergel del Esposo y
amenizan el jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué
verdad puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y veréis que
soy padre del amor hermoso, amor que distingue lo más perfecto y lo
abraza. Yo soy el que hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al
mal y lo evita sin turbación. Yo soy el que enciende las luces que nos
descubren las grandezas de Dios y la hermosura de la virtud que le honra. Yo
soy, en fin, quien suscita los ardientes deseos que, acompañados de la
santa esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la espera de
aquel Dios cuya posesión un día debe hacer, como ahora pero
mucho más gozosamente, la felicidad de estas almas fieles. Y tú, corazón bueno,
tú puedes convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables
tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos espirituales, y es en ti
donde ofrecen esa belleza, atracción y encanto que de ti proceden. Los
frutos maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que resplandecen y
alimentan, proceden de tus ricos plantíos. Tú eres «la tierra que mana leche y
miel» [Sir 46,8], tus pechos destilan néctar delicioso,
en tu seno descansa «la bolsita
de mirra» [Cant 1,13], y de tus dedos fluye con abundancia y
pureza el vino delicioso con que el Esposo convida a sus amigos [5,5]. LLAVE DE LOS TESOROS CELESTIALES Vamos pues, almas queridas,
corramos, volemos al lado de esta Madre amorosa que nos llama. Vayamos al
instante, y perdámonos en Dios, en su mismo corazón,
embriagándonos con el licor de esta buena voluntad. Tengamos en el
corazón la llave de los tesoros celestiales, y emprendamos ahora mismo
nuestro camino hacia el cielo, sin temor alguno de encontrarlo cerrado: esa
llave nos abrirá todas las puertas. No habrá lugar, por secreto
que sea, donde no nos sea dado penetrar. Nada estará cerrado para
nosotros, ni el jardín [de la Esposa: Cant 4,12], ni la bodega, ni la
viña. Respiraremos si nos agrada el aire del campo, paseando a nuestro
gusto. En fin, iremos y vendremos, entraremos y saldremos libremente con esta
llave de David [Apoc 3,7], que es la llave de la ciencia [Lc 11,52], la llave
del Abismo [Apoc 9,1], que guarda en su seno los tesoros profundos y secretos
de la Sabiduría divina [Sab 7,14]. Esta llave divina abre las puertas
de la muerte mística, penetrando sus tinieblas sagradas; da acceso al
profundo lago y al foso de los leones. Ella es la que adentra las almas en
estos oscuros calabozos, para sacarlas de ellos sanas y salvas. En fin, esta
llave nos introduce en la feliz morada de la inteligencia y de la luz, donde
el Esposo toma el aire en el descanso del mediodía [Cant 1,6], donde
se sabe bien pronto, en cuanto se le ve, cómo obtener un beso de su
boca [1,1], y cómo compartir confiadamente su lecho nupcial, donde se
aprenden los secretos del amor. ¡Secretos divinos, que no está
permitido revelar y que ninguna lengua humana es capaz de expresar! DIOS REINA EN UN CORAZÓN PURO ¡Amemos, pues, almas
queridas! Todos los bienes, para enriquecernos, no esperan sino el amor.
Él da la santidad y todos los dones que le acompañan, dones
inefables que fluyen por todas partes, a derecha e izquierda, de los
corazones abiertos a ella. Ésta es la semilla divina de la eternidad,
que jamás podrá alabarse dignamente. Vale más poseerla
en secreto, que ensalzarla con débiles palabras. Pero no es preciso
cantar tu alabanza solamente cuando se está poseído por ti.
Pues cuando tú posees un corazón puro, leer, escribir, hablar,
hacer esto o lo contrario, todo es lo mismo para el corazón. Ya nada
busca, nada evita; solitario o apóstol, sano o enfermo, sencillo o
elocuente, todo viene a ser lo que tú dictas al corazón. Y el corazón, como un eco
fiel tuyo, lo repite todo a las demás potencias. En este compuesto
material y espiritual del hombre, en el que tú, Señor, quieres
establecer tu reino, es el corazón el que gobierna bajo tu guía.
Y como ya no hay en él otros movimientos que los que tú le
inspiras, todo objeto que tú le ofreces le agrada, al mismo tiempo que
aborrece cuanto el demonio y la naturaleza le presentan en contrario. Y si
alguna vez permites que se deje engañar, sólo es para que
vuelta a ti más sabio y más humilde. . |