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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO VI PURA FE Y ABANDONO A LA ACCIÓN DIVINA EL AMIGO OCULTO QUE NOS GUÍA EN TODO Vayamos adelante en la
contemplación de la acción divina. Lo que ella quita en
apariencia a la buena voluntad, se lo vuelve a dar secretamente, de modo que
nunca le falte lo necesario. Pongo un ejemplo. Imaginad que alguien ayudara a
un amigo por medio de unas donaciones, dejándole entrever que proceden
de él; y que, en un momento dado, por el bien de ese amigo, y
aparentando no querer obligarle más, no dejara tampoco de ayudarle,
pero ahora sin darse a conocer. El amigo, sin sospechar el truco y este
secreto de su amistad, se quedaría molesto. ¡Qué de
cavilaciones! ¡Qué de pensamientos sobre la conducta del
bienhechor! Pero imaginad que el misterio un
día se desvelara. Sólo Dios sabe qué sentimientos se
alzarían a un tiempo de su alma: gozo, ternura, enternecimiento,
agradecimiento, amor, confusión, admiración. ¿No
crecería con esto el ardor de su afecto amistoso? ¿Y esta
prueba no le afirmaría en su adhesión a él,
haciéndole más fuerte frente a futuras posibles sorpresas? La aplicación es
fácil. Cuanto más parece perderse con Dios, más se gana.
Cuanto más reduce Él en lo natural, más da en lo
sobrenatural. Se le amaba antes un tanto por sus dones; parecen faltar sus
dones, y finalmente se viene a amarle por Él mismo. Es así, por
la aparente sustracción de sus mismos dones, por lo que Él
prepara el alma para este don, que es el mayor y el más amplio de sus
dones, pues los comprende todos. TODO ES PARA BIEN Según esto, una vez que las
almas se han sometido totalmente a su acción deben, pues,
interpretarlo todo favorablemente, sea, por ejemplo, la pérdida del
más excelente de los directores, sea la vaga desconfianza que sienten
por otros que se ofrecen a serlo, y más de lo deseable -pues, en
general, esos directores demasiado prontos a ofrecer a las almas su
guía merecen que se desconfíe un poquito de ellos.
Aquéllos que están verdaderamente animados por el
espíritu de Dios no muestran de ordinario tan oficiosidad y
suficiencia. Más que buscar ellos, son buscados; e incluso entonces van
siempre adelante con una cierta desconfianza en sí mismos-. GUIADOS POR MOCIONES, MÁS QUE POR IDEAS Pero volviendo a estas almas,
puede decirse que su corazón es el intérprete de la voluntad de
Dios. Hay que sondear aquello que dice el corazón, pues él la
interpreta según las circunstancias. La acción divina revela
sus deseos al corazón no por ideas, sino por mociones. Ella se los
descubre o por hallazgos, haciéndole obrar a la aventura, o por
necesidad, no permitiéndole otra opción que aquélla que
se le presenta, o por la aplicación eventual de medios necesarios,
como, por ejemplo, cuando es preciso decir o hacer algo en un primer
movimiento, o en un impulso sobrenatural o extraordinario; o bien, en fin,
por una aplicación activa de inclinación o alejamiento,
según la cual se acerque o aleje de cierto objeto. Pues bien, si juzgamos por la
apariencias, en ese dejarse ir hacia lo incierto no hay sino una gran falta
de virtud. Si se juzga la cuestión por las reglas ordinarias, esa
conducta carece por completo de regularidad, uniformidad y concierto. Y sin
embargo, la verdad es que se necesita el máximo grado de virtud para
llegar a ese estado espiritual, y normalmente no se alcanza dicho estado sino
después de haberse ejercitado largo tiempo en los modos ordinarios. La
virtud de este estado es la más pura virtud, es, simplemente, la misma
perfección. Es como un músico que
uniera a un prolongado ejercicio un conocimiento perfecto de la
música. Su arte sería tan pleno que, sin pensarlo, todo lo que
hiciera en el campo de su arte llevaría el sello de la
perfección. Y si se examinaran sus composiciones, se hallaría
en ellas una conformidad perfecta con todo lo que prescriben las reglas de la
música. Nunca este músico habrá cumplido mejor con esas
reglas que cuando, libre su genio de su constricción escrupulosa, ha
actuado sin temor alguno, de tal modo que sus impromptus, como
verdaderas obras de arte, llenarán de admiración a los
entendidos. LA FIDELIDAD A LA OBLIGACIÓN LLEVA A LA
LIBERTAD DEL AMOR Así es como en el alma
largamente ejercitada en la ciencia y en la práctica de la vida
espiritual, siguiendo las normas del razonamiento y los métodos de los
que ella se servía para secundar la gracia, va formándose poco
a poco un hábito por el que resulta connatural obrar según fe y
razón. Resulta entonces que esta alma no podrá hacer nada mejor
que aquello que se le ocurre en principio, sin que recurra a esa serie de
reflexiones que en otro tiempo necesitaba. Lo que le conviene ahora es obrar
como a la aventura, confiándose a la gracia, que no va a
engañarle. Lo que ella va obrando en este estado de simplicidad, al
menos para los ojos iluminados y los espíritus sabios, es algo
maravilloso. Sin reglas, nada más reglado; sin que ande midiendo, nada
más mesurado; sin reflexión, nada más eficaz; y sin
previsiones, nada más ajustado a los acontecimientos que sobrevienen. CRISIS DOLOROSA Y sin embargo, el alma se
encuentra como perdida en este estado. Ya no encuentra apoyo y conocimiento
ni en las reflexiones que antes guiaban y disponían sus obras, ni
tampoco en la gracia, pues ésta obra en ella ahora sin que lo sienta.
Pero es precisamente en este despojamiento donde ella reencuentra todo, pues
esa misma gracia, bajo una nueva forma y un espíritu nuevo, devuelve
al alma el céntuplo de lo que le ha quitado por la pureza de sus
mociones ocultas. Es, sin duda, para el alma un gran
golpe de muerte ese perder de vista la voluntad divina, que se retira de
delante de sus ojos, por así decirlo, para mantenerse detrás de
ella, impulsándola ante sí, y no siendo ya su objeto, sino su
principio activo. Es sabido por experiencia que nada inflama tanto los deseos
de esta voluntad como cuando el corazón sufre esa pérdida.
Ahí surgen gemidos desde los más profundo, y no hay consolación
sensible alguna. Que Dios arrebate un
corazón, que no quiere otra cosa que Dios, es gran secreto de amor. Y
lo es bien grande, pues es por esta vía, y sólo por ella, por
donde la pura fe y la pura esperanza llegan a establecerse en un alma.
Entonces se cree lo que no se ve, y se espera aquello que no se posee
sensiblemente. Cuánto nos perfecciona esta conducta secreta, la de una
acción divina de la se es sujeto e instrumento, sin que de ello haya
apariencia alguna, pues en todo aparece lo que se hace como si fuera pura
casualidad o inclinación natural. HUMILLACIÓN Todo esto humilla al alma. Cuando
habla por inspiración, siente como si sólo hablara por
naturaleza. Nunca ve el espíritu que le está impulsando. El
más divino de los soplos espanta al alma, y todo lo que hace o siente
viene a resultarle siempre despreciable, como si todo lo que en ella se
produce fuera fallido e imperfecto. Se admira siempre de los demás, de
los que se ve cien veces inferior. No hay cosa que haga que no le produzca
confusión. Desconfía de todas sus luces, no puede apoyarse en
ninguno de sus pensamientos, muestra una sumisión excesiva hacia los
inferiores, que estima veraces, y la acción divina no parece
distanciar el alma de los virtuosos sino para hundirla en una profunda humildad,
que por lo demás al alma no le parece virtud, sino, a su juicio, mera
justicia. Y en todo esto resulta admirable
ver esta alma, a los ojos de aquellos de los que Dios la distancia
interiormente, y a los ojos de ella misma, aparece como situada en sentimientos
muy contrarios, pues no aparenta sino obstinación, desobediencia y
turbación, desprecio e indignación sin remedio. Y cuanto
más quiere el alma reformar sus desórdenes, más crecen
éstos, ya que son verdaderas inspiraciones de la gracia las que
desvían al alma de los escollos en donde ella naufragaría; y
además el amor que habla a su corazón la aleja de esto
prácticamente, a pesar de todos sus estados de espíritu que, en
conciencia, ella se cree obligada a seguirlos. ¡Qué procedimientos
sigue la acción divina! Santifica Él realmente al ama bajo unas
apariencias tales que no muestran otra cosa que humillación. Y esto es
en verdad admirable y divino, y se da ahí una santidad completamente
extraordinaria, que no puede sino acrecentar la humildad. Ahí se dan
favores, caricias, dones de la gracia ciertísimos, y los frutos de esa
pura fe no se corrompen, en absoluto: tienen la corteza demasiado
árida y dura. CRECE EL CORAZÓN COMO GUSANO DE SEDA Viva, pues, mi corazón en
medio de la oscuridad y el secreto de Dios, y que de su raíz interior,
por la secreta virtud divina, crezcan ramas, flores y frutos, y aunque yo no
pueda verlos, sean alimento y gozo para los demás. Da, corazón
mío, a todas las almas que vengan a descansar bajo tu sombra, buscando
refresco, frutos oportunos no para tu gusto, sino para el de ellos. Que los
tiernos vástagos que la gracia injerte en ti reciban una savia
indeterminada, que lleve en sí todas las propiedades que convengan a
cada uno de estos injertos. Hazte todo a todos [1Cor 9,22], y por ti mismo no
seas sino abandono e indiferencia. Vive, corazón, quieto y
encerrado, como un gusanito en el estrecho y oscuro calabozo de tu miserable
capullo, hasta que el calor de la gracia te forme y suscite tu
eclosión [Sta. Teresa, V Moradas 2]. Aliméntate con todas las
hojas que esta misma gracia te presenta, y tranquilo en medio de la actividad
a que te lleva tu abandono, no te aflijas por la pérdida de tu quietud
interior. Detente cuando la acción divina te detenga. Pierde, en estas
variaciones de cesación o actividad, en incomprensibles metamorfosis,
todas tus antiguas formas, métodos y maneras. Acepta, muriendo y
resucitando, las formas nuevas que esa misma acción divina te
irá designando. Así es como has de formar
callandito tu seda, haciendo algo que no te es dado ver ni sentir.
Sufrirás en todo tu ser una agitación oculta, que
condenarás tu mismo. Y envidiarás secretamente a los que
están muertos o quietos, sin pensar que quizá no han llegado aún
al término en que tú te encuentras, y sentirás admiración
por ellos, sin saber que los has dejado atrás. La agitación de
tu abandono te hará hilar una seda con que se gloriarán de
vestirse los príncipes de la Iglesia, los grandes de la tierra y las
almas de todas clases. Y después de todo esto
¿qué será de ti, gusanito? ¡Oh, maravilla de la
gracia! Tú hallas todos los medios para dar mil formas a las almas;
pero ¿quién sabe a dónde quiere llevar a un alma la
gracia? ¿Quién podrá adivinar, si no lo hubiese visto,
lo que hace la naturaleza de un gusano de seda? [V Moradas 2,2]. Basta con ir
dándole hojas, y la naturaleza hace el resto. DE DÍA Y DE NOCHE, SIN SABER CÓMO Del mismo modo, almas queridas,
tampoco conocéis vosotras de dónde venís ni a
dónde vais. No sabéis qué idea de Dios os saca la divina
Sabiduría y a qué término os conduce. No os queda, pues,
otro recurso que el entero y pasivo abandono a la acción divina,
dejándole hacer a Dios lo que quiera, sin reflexión, sin
modelo, sin ejemplo, sin método, actuando cuando es el momento de
obrar, cesando cuando la hora de parar, perdiendo cuando es momento de
perder. Y así es como, insensiblemente, obrando o cesando por mociones
o por abandono, se leen o se dejan los libros, se habla con las personas o se
calla, se escribe o se deja la pluma, sin saber nunca lo que seguirá
después. Y finalmente, después de no
pocas transformaciones, el alma perfeccionada recibe alas para volar a los
cielos, después de haber dejado en la tierra una semilla fecunda para
perpetuar su estado en las almas. |