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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO VII EL ORDEN DE LA PROVIDENCIA ES EL QUE NOS
SANTIFICA. PEQUEÑEZ DE ESTA ORDENACIÓN EN AQUELLOS QUE DIOS
SANTIFICA SIN BRILLO Y SIN ESFUERZOS ORDENACIÓN DIVINA PROVIDENTE Orden de Dios, beneplácito
de Dios, voluntad de Dios, acción de Dios, la gracia, todo esto no es
más que una sola cosa. Y en esta vida el fin de esta obra divina es la
perfección. Ese fin se produce en nuestras almas y se desarrolla y
acrecienta en secreto, sin que ellas lo sepan. La teología abunda en
concepciones y palabras que explican las maravillas de esa obra en todas las
dimensiones de cada alma. Toda esa especulación puede conocerse, y de
ella se puede hablar admirablemente, escribir, instruir y dirigir las almas.
Pero si solamente se tiene esta especulación en el pensamiento, ante
las almas que reciben el término de la ordenación de Dios y de
su divina voluntad -que no conocen todas esas teorías, de las que no
sabrían hablar-, se viene a ser como un médico enfermo ante
personas sencillas que están en perfecta salud. INTERIOR INSTINTO, NO REFLEXIONES O LIBROS La ordenación de Dios, su
voluntad divina, cuando es recibida por un alma fiel, obra en ella este fin
divino sin que ella lo sepa, como una medicina tomada por obediencia obra la
salud en un enfermo, sin que él sepa ni pretenda saber nada de
medicina. Así como el que calienta es el fuego, y no la
filosofía y la teoría científica sobre este elemento y
sus efectos, así es en la ordenación de Dios: es su voluntad la
que obra la santidad en nuestras almas, y no las curiosas especulaciones que
podamos hacer sobre ese principio y ese fin. Cuando se tiene sed, para
saciarla, es preciso dejar los libros que explican ese fenómeno, y
beber. La curiosidad de saber sólo es capaz de aumentar la sed de
conocer. Del mismo modo, cuando se está sediento de santidad, la mera
curiosidad de saber sólo consigue alejarla. Hay que dejarse de
especulaciones interminables, y beber sencillamente todo cuanto el orden de
Dios nos presenta para hacer o sufrir. Eso que nos va sucediendo en cada
momento por la providencia de Dios es para nosotros lo más santo, lo
mejor y más divino. LA CIENCIA DEL MOMENTO PRESENTE Toda nuestra ciencia consiste en
conocer esta disposición divina del momento presente. Por ejemplo,
cualquier lectura que no se haga por voluntad de Dios, ciertamente
será dañosa. El orden y la voluntad de Dios es la gracia, que
obra en el fondo de nuestros corazones al leer, lo mismo que durante todas
las otras cosas que vamos haciendo, y no por sí mismas las ideas,
especies o lecturas, pues si éstas no son portadoras de la virtud
vivificante de la disposición ordenada por Dios, solamente son letra
muerta, que vacía el corazón, al mismo tiempo que hincha el
espíritu [1Cor 8,1]. Por el contrario, cuando esta
voluntad divina fluye en el alma de una sencilla muchacha ignorante, a
través de sufrimientos y acciones muy concretos, en la turbulencia de
la vida diaria, obra en el fondo de su corazón ese fin misterioso del
ser sobrenatural, sin que su espíritu reciba ninguna idea natural. En
cambio, el hombre soberbio, que estudia los libros espirituales por vana
curiosidad, y no por impulso de la voluntad de Dios, no recibe más que
letra muerta en su espíritu, y éste se deseca y endurece cada
vez más. VOLUNTAD DIVINA SIEMPRE BENÉFICA La ordenación de Dios y su
voluntad divina es la vida del alma, cualquiera que sea la apariencia en que
se le aplique o sea recibida. Cualquier modo de unión de esa voluntad
divina con el espíritu alimenta al alma y la hace crecer siempre hacia
lo mejor. No es esto ni aquello lo que produce tan felices efectos, es
siempre la ordenación de Dios en el momento presente. Aquello que era
mejor en el pasado, ya no lo es, porque ya está destituido de la voluntad
divina, que se manifiesta ahora bajo otras apariencias para mostrar el deber
del momento presente. Y es este deber, cualquiera que sea su apariencia, lo
que en el presente viene a ser más santificante para el alma. Cuando la divina voluntad ofrece la
lectura como un deber presente, la lectura produce en el corazón
frutos misteriosos. Si manda dejarla para entregarse actualmente a
contemplar, esta contemplación forma en el fondo del corazón el
hombre nuevo, y la lectura entonces sería no sólo
inútil, sino perjudicial. Si esta misma divina voluntad manda dejar la
contemplación para atender en confesión a unos penitentes, y
esto va a llevar un tiempo considerable, este deber da forma a Jesucristo en
el fondo del corazón, y toda la dulzura de la contemplación no
serviría más que para destruirla. La ordenación de Dios es la
plenitud de todos nuestros momentos, y fluye bajo mil apariencias diferentes,
que forman sucesivamente nuestro deber presente, configurando, acrecentando y
consumando en nosotros el hombre nuevo, hasta llegar a la plenitud que la
Sabiduría divina nos destina. HACE CRECER EN CRISTO DÍA A DÍA Y este misterioso crecimiento «en la edad de Jesucristo»
[Ef 4,15] es el fin producido por la ordenación de Dios, es el fruto
de su gracia y de su voluntad. Este fruto se produce, crece y se alimenta por
el cumplimiento de aquellos deberes sucesivos, que la voluntad del mismo Dios
nos presenta, de tal modo que cumpliéndolos en esta santa voluntad es
siempre lo mejor. Así pues, no hay más que dejar obrar a la
voluntad divina, abandonándose ciegamente en una confianza perfecta.
Ella es infinitamente sabia, infinitamente potente, infinitamente
benéfica para aquellas almas que esperan totalmente en ella sin
reservas, que no aman ni buscan sino a ella sola, y que creen con una fe y
una confianza inquebrantables que lo que ella hace en cada momento es lo
mejor, sin buscar en otra parte más o menos, sin andar evaluando los
diversos aspectos materiales de la ordenación divina, en lo que
solamente habría una pura búsqueda del amor propio. Lo verdaderamente esencial y real,
la virtud de todas las cosas, lo que las arregla y hace favorables para el
alma, es la voluntad de Dios, sin la cual todo es vacío, nada y
mentira, vanidad, letra, corteza y muerte. La voluntad de Dios es, en cambio,
salvación, salud, vida del cuerpo y del alma, cualquiera que sea la
experiencia bajo la cual se les aplique. Que el espíritu tenga las
ideas que prefiera, que el cuerpo sienta lo que pueda, sufra el espíritu
distracciones y turbaciones, padezca el cuerpo una enfermedad mortal, sin
embargo, esta divina voluntad es siempre, en el momento presente, la vida del
cuerpo y del alma, porque, después de todo, uno y otra, en cualquier
estado en que se encuentren, están siempre sostenidos por ella. TODO ES NADA SIN LA VOLUNTAD DE DIOS Sin la voluntad de Dios, el pan es
veneno, y con ella, remedio saludable. Sin ella, los libros ciegan, y con
ella el atolladero más oscuro viene a hacerse una luz. Ella es todo lo
bueno y lo verdadero de todas las cosas. En todas ella se da como Dios, y
Dios es el ser universal. Por eso no se debe andar mirando las relaciones que
tienen las cosas respecto al espíritu o al cuerpo, para juzgar de su
virtud, pues en este sentido todo es indiferente. Es la voluntad de Dios la
que da a las cosas, las que sean, eficacia para formar a Jesucristo en
nuestros corazones. Y en modo alguno hay que poner límites a esa
voluntad. La acción divina no quiere
encontrar obstáculo alguno en la criatura. Todo le es igualmente
útil o inútil. Todo es nada sin ella, y la nada es todo con
ella. La contemplación, la meditación, las oraciones vocales,
el silencio interior, los actos de las potencias sensibles, distintos u
obscuros, el retiro o la acción, serán lo que fueren en sí
mismos, pero lo mejor de todo eso para el alma es todo lo que Dios quiere en
el momento presente. Por eso el alma debe mirar todas esas alternativas con
una perfecta indiferencia, viendo que en sí mismas no son nada. INDIFERENCIA ESPIRITUAL El alma que no ve las cosas sino
en Dios, las toma o las deja según su beneplácito, y así
vive, se alimenta y espera solamente de su voluntad, y no de las cosas, que
no tienen fuerza ni virtud sino por Él. Y así, ante cualquier
situación y en todo momento, debe decir como San Pablo: «Señor ¿qué
quieres que haga?» [Hch 22,10]. No esto o lo otro, sino lo que
tú quieras. El espíritu quiere esto, el cuerpo desea aquello,
pero yo, Señor, sólo quiero tu santa voluntad. La
contemplación o la acción, la oración vocal o mental, activa
o silenciosa, de fe o de luz, con formas claras o en gracia general, todo,
Señor, por sí mismo es nada, porque tu voluntad es lo
único real y la única fuerza de todo eso. Ella sola es el
centro de mi devoción, y no las cosas, por sublimes y elevadas que
sean, pues el fin de la gracia no es la perfección de la mente, sino
la del corazón. TEMPLOS DE LA TRINIDAD La presencia de Dios, que
santifica nuestras almas, es esta morada de la Santísima Trinidad, que
toma posesión de nuestros corazones, cuando éstos se someten a
la voluntad divina. Porque la presencia de Dios que se realiza por el acto de
la contemplación no obra en nosotros esta íntima unión
sino como todas las otras cosas que se viven según la
ordenación de Dios. Entre todas ellas, la contemplación
tendrá siempre el primer lugar, porque es el medio más
excelente para unirse a Dios; pero siempre y cuando su voluntad ordene que se
ejercite. Gozamos de Dios y lo poseemos por
la unión con su voluntad, y buscar ese divino gozo por otros medios
sería una ilusión. La voluntad de Dios es el medio universal.
El medio no es ni esta manera ni esta otra, pues Él tiene la virtud de
santificar todas las maneras y todos los modos particulares. Esta divina
voluntad se une a nuestras almas de mil modos diferentes, y aquél que
nos apropia es siempre el mejor para nosotros. Todos los modos deben ser
estimados y amado, porque todos pueden ser ordenación de Dios, que se
acomoda a cada alma para obrar en ella la unión divina, eligiendo para
aquella el modo propio. Y el alma debe contentarse con esta elección,
sin elegir nada distinto por sí misma, prefiriendo seguir esta
voluntad adorable, hasta el punto de amarla y estimarla igual que aquellos
otros modos destinados a otras. Por ejemplo, si la voluntad divina
me manda oraciones vocales, sentimientos afectivos, luces sobre los
misterios, yo debo amar también el silencio y la desnudez que la vida
de fe opera en otros; pero, en cuanto a mí, me entregaré a
practicar este deber presente, y por él me uniré a Dios. QUIETISTAS De ningún modo se me
ocurrirá reducir toda la religión, como hacen los quietistas,
a la aniquilación de actos distintos, menospreciando todos los
demás medios, porque lo que perfecciona es la ordenación de
Dios, y Él es quien hace bueno para el alma todo medio al cual la
aplica. No, yo no pondré límites, ni maneras, ni condiciones a
la voluntad de Dios, sino que me empeñaré en recibirla bajo
todas las formas por las que se me quiera comunicar, y estimaré
también todas las otras por las que Él quiera unirse a los
demás. DIOS DA UN CAMINO A CADA ALMA Según esto, todas las almas
sencillas no tienen sino un solo camino general, que se diferencia y
particulariza en todo para formar la variedad de los vestidos
místicos. Y todas las almas sencillas se aprueban y estiman
mutuamente, diciéndose entre ellas: «Vamos adelante, cada una
por su camino, con la misma meta, unidas en un mismo empeño y en una
misma ordenación de Dios, diversificada en cada una de
nosotras». Así es como hay que leer la
vida de los santos y los libros espirituales, sin hacer nunca cambios que nos
lleven a dejar nuestro camino. Por eso mismo, es absolutamente necesario
hacer lecturas y mantener conversaciones sólo según la voluntad
de Dios, pues cuando esta voluntad hace de todo eso un deber presente, el
alma, muy lejos de hacer cambios falsos, se ve confirmada en su propio camino
por esas mismas cosas tan diferentes que ve en su lectura. Pero si la
voluntad de Dios no nos propone la lectura ni la consulta espiritual como un
deber presente, de todo ello saldrá siempre perturbación, y
vendrá a darse en una confusión de ideas y en una
variación continua, pues sin la ordenación de Dios, en nada
puede haber orden. EL PAN VIVO DEL MOMENTO PRESENTE ¿Hasta cuándo
andaremos llenando la capacidad de nuestra alma de las penas e inquietudes
particulares acerca de nuestros momentos presentes? ¿Cuándo
conseguiremos que en nosotros «Dios
sea todo en todas las cosas» [1Cor 15,28]? Dejemos que esto y
aquello nos muestren lo que de verdad son, y nosotros, más allá
de todo eso, vivamos muy puramente de Dios mismo. Por esto es por lo que Dios
permite tantas destrucciones y aniquilamientos, tantas muertes, obscuridades,
confusiones y miserias en todo lo que sucede a ciertas almas. Todo lo que
sufren y hacen se muestra muy pequeño y despreciable a sus propios
ojos y a los de los demás. En todos los instantes de su vida no hay
nada que brille, todo es común. Dentro, turbación; fuera,
contradicción y planes fracasados. Un cuerpo débil y sujeto a
mil necesidades, cuyas sensaciones son todo lo contrario de la admirable
pobreza y austeridad de los santos. No se ven limosnas excesivas, ni un celo
ardiente y expansivo, y el alma, en cuanto a los sentidos y al
espíritu, está siendo alimentada por un pan completamente
repugnante, que no corresponde en absoluto a su gusto; ella aspira a otras
cosas muy distintas, pero todos los caminos que conducen a esa santidad tan
deseada se le muestran cerrados. Es necesario vivir de esta pan de
angustia, de este pan de ceniza, con una congoja interior y exterior
continua. Es necesario aceptar una modalidad de santidad que sin cesar
contraría de una manera cruel e irremediable. La voluntad sufre
hambre, pero no halla medio de saciarlo. ¿Para qué todo esto?
Todo esto es para que el alma sea mortificada en todo aquello que en ella hay
de más espiritual e íntimo, de modo que, no encontrando gusto
ni satisfacción en nada de lo que le sucede, ponga todo su gusto en
Dios, que la lleva expresamente por esta vía, para que sólo
Él mismo pueda agradarle. Dejemos, pues, la corteza de
nuestra penosa vida, ya que no sirve más que para humillarnos ante
nuestros ojos y ante los demás. O mejor, ocultémonos bajo esa
corteza y gocemos de Dios, el único que es todo nuestro bien. Sirvámonos
de esta enfermedad, de estas limitaciones y preocupaciones, de estas
necesidades de alimentos, vestidos o muebles, de estas desgracias, de ese
desprecio de algunos, de esos temores e incertidumbres, de todas esas
turbaciones, para encontrar todo nuestro bien en el gozo de Dios que, a
través de todas esas cosas, se nos da totalmente como nuestro
único bien. POBRE APARIENCIA DE LA PRESENCIA DIVINA Dios muchas veces quiere estar
entre nosotros pobremente, sin el acompañamiento de esos signos de la
santidad que hacen admirables a los santos. Lo que sucede es que Dios solo
quiere ser el único objeto de nuestro corazón, y desea ser
Él solo quien nos agrade. Sabe muy bien que somos muy débiles,
y que si nos concediera el esplendor de la austeridad y del celo apostólico,
de la limosna y de la pobreza, pondríamos en ello parte de nuestro
gozo. Pero es el caso que en nuestro camino no hay nada que no nos sea
desagradable, y precisamente por este medio es Dios toda nuestra
santificación y nuestro apoyo. Y lo único que puede hacer el
mundo es despreciarnos y dejarnos gozar en paz de nuestro tesoro. Dios quiere ser el principio de
todo lo que hay en nosotros de santo, y por eso todo lo que depende de
nosotros y de nuestra fidelidad activa es tan pequeño y,
aparentemente, opuesto a la santidad. Sólo por vía pasiva puede
haber algo verdaderamente grande en nosotros. Así que, no nos
preocupemos más. Dejemos a Dios el cuidado de nuestra santidad;
Él conoce bien los medios. Todos ellos dependen de una solicitud y de
una operación singular de su Providencia. Todos ellos operan en
nosotros ordinariamente sin que lo sepamos, a través de aquello que
más tememos, y por donde menos esperamos. CONTENTOS CON EL PAN QUE DIOS NOS DA Caminemos en paz en los
pequeños deberes de nuestra fidelidad activa, sin aspirar a grandes
cosas, pues Dios no quiere dársenos por medio de nuestras
preocupaciones. Nosotros vamos a ser los santos de Dios, de su gracia y de su
providencia especial. Como Él sabe bien el rango que quiere
concedernos, dejémosle hacer. Y sin formarnos falsas ideas y vanos
procedimientos de santificación, contentémonos con amarle sin
cesar, caminando con simplicidad por el sendero que El nos ha trazado, y en
el que todo es tan pequeño a nuestros ojos y a los del mundo. |