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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO VIII HAY QUE SACRIFICARSE A DIOS POR AMOR AL DEBER.
FIDELIDAD PARA CUMPLIRLO Y PARTE DEL ALMA EN LA OBRA DE LA
SANTIFICACIÓN. DIOS HACE TODO EL RESTO ÉL SOLO. OFRENDA SACRIFICIAL CONTINUA «Ofreced
sacrificios legítimos, y confiad en el Señor» [Sal 4,6]. En efecto, el grande y sólido fundamento de la vida
espiritual es darse a Dios, y estar siempre sujeto en todo a su voluntad, en
lo interior y exterior, olvidándose de sí mismo, como de una
cosa vendida y entregada, sobre la cual no se tiene ya derecho alguno. Todo,
pues, ha de ser para agradar a Dios, de modo que Él sea toda nuestra
alegría, y que su felicidad y su gloria, su ser, venga a ser nuestro
único bien. Apoyada sobre este fundamento, el
alma ha de centrar toda su vida en alegrarse de que Dios sea Dios, dejando su
propio ser de tal modo entregado a su voluntad que esté igualmente
contenta con hacer esto, aquello o lo contrario, según disponga el
beneplácito divino, sin andar cavilando sobre lo que su voluntad
santísima ordena. VOLUNTAD DIVINA OBLIGANTE Y VOLUNTAD DIVINA
OPERANTE La voluntad de Dios dispone de nuestro
ser de dos maneras: o le obliga a hacer ciertas cosas, o simplemente obra en
él. El primer modo exige de nosotros el fiel cumplimiento de esa
voluntad manifestada o inspirada; el segundo, una simple y pasiva
sumisión a las mociones de esa voluntad de Dios. Pues bien, el
abandono comprende todo eso, pues no es sino la perfecta sumisión a
las disposiciones de Dios según la condición del momento
presente. Y poco le importa al alma saber de cuál de los modos
está obligada a abandonarse o cuáles son las cualidades del
momento presente; lo único que le importa es estar abandonada sin
reservas. EL ABANDONO ES FIDELIDAD A TODA CLASE DE
VOLUNTAD DIVINA El abandono comprende en el
corazón todas las maneras posibles de fidelidad, porque estando el
propio ser entregado a la voluntad de Dios, y hecha esta cesión de
sí mismo por puro amor, afecta a todas las operaciones posibles de ese
beneplácito divino. Así el alma en cada instante se ejercita en
un infinito abandono, pues todas las condiciones y maneras posibles
están comprendidas en su virtud. Según esto, no es en
absoluto asunto del alma determinar concretamente el objeto de la
sumisión que debe a Dios, sino que su única ocupación ha
de ser simplemente estar sumisa en todo y presta a todo. Eso es lo esencial del
abandono, eso es lo que Dios exige del alma, ésa es la donación
libre del corazón que Él solicita: la abnegación, la
obediencia, el amor. El resto es asunto de Dios. Y sea que el alma actúe
atentamente para cumplir el deber al que su estado y compromisos le obligan,
sea que ella siga dulcemente una moción inspirada, o sea que ella se
someta pacíficamente al impulso de la gracia en cuerpo y alma, en todo
esto afirma en el fondo de su corazón un mismo acto universal y
general de abandono, que en modo alguno está limitado por el
término y efecto especial que se ve al momento, sino que, en realidad,
tiene todo el mérito y la eficacia que la buena voluntad sincera
siempre tiene cuando el efecto no depende de ella en absoluto; lo que ella ha
querido hacer Dios lo tiene por hecho. Si el deseo de Dios pone
límites al ejercicio de las facultades particulares, no se los pone a
la voluntad. El deseo de Dios, el ser y la esencia de Dios, son el objeto de
la voluntad y, a través del amor, Dios se une a ella sin límite
alguno, sin forma ni medida. Y si este amor no se realiza en las facultades
particulares más que en un objeto u otro bien concreto, es
precisamente porque la voluntad de Dios tiene en ellas su propia
perfección, y se reduce, por así decir, se hace más
pequeña en la cualidad del momento presente, y de esta forma pasa a
las facultades y de éstas al corazón, porque éste es
puro, sin límites y sin reserva, y se comunica a él a causa de
su infinita capacidad, obrada por la pureza del amor que, habiendo hecho el
vacío de todas las cosas, le hace capaz de Dios. SANTO DESASIMIENTO Oh santo desasimiento, tú
abres lugar a Dios. Oh pureza, disposición a todo, sumisión sin
reserva, tú atraes a Dios al fondo del corazón. Sea lo que
fuere de todo lo demás, tú, Señor, eres todo mi bien.
Haz todo lo que quieras de este pequeño ser. Que actúe, que
tenga inspiraciones, que reciba más o menos tus mociones, todo es lo
mismo, y todo es tuyo, de ti y para ti. Yo no quiero por mí mismo ver
o hacer nada, pues todos los instantes de mi vida son tuyos, y ninguno
está bajo mi disposición. Todo es tuyo, y yo no debo
añadir nada, ni disminuirlo, ni buscar, ni reflexionar. La
ordenación de todo es tuya. A ti corresponde ordenarlo todo: la santidad,
la perfección, la salud, la dirección, la mortificación.
Todo es asunto tuyo, y el mío no es otro, Señor, que estar
contento de ti, sin apropiarme acción ni pasión alguna,
dejándolo todo a tu libre voluntad. AMOR PURO ES PURO DON DE DIOS La doctrina del amor puro no se
adquiere más que por la gracia Dios, y no por el propio esfuerzo. Dios
instruye el corazón no por medio de ideas, sino por penas y reveses.
Esta ciencia es un conocimiento práctico por el que se gusta de Dios
como único bien. Para adquirir esta ciencia es preciso estar desasido
de todos los bienes particulares; y para llegar a ello, hace falta verse
privado de ellos. Y así, no es sino por medio de contrariedades
continuas y de una larga serie de mortificaciones de todas clases, respecto a
inclinaciones y afecciones concretas, por lo que llega a vivirse en el puro
amor. AMOR PURO ES TOTAL INDIFERENCIA Hay que llegar, pues, a un punto
en que, para uno, todo lo creado no sea ya nada, y Dios lo sea todo. Y por
eso es necesario que Dios se oponga a todas las afecciones particulares del
alma, de manera que, desde el momento en que ella se adhiere a alguna forma
especial, a una cierta idea de espiritualidad, a algún medio de
perfección o devoción, a unos planes, a tales vías o
caminos que den acceso a ciertas metas, a algunas personas que presten su
ayuda, o en fin, a cualquier criatura que sea, Dios confunde nuestros planes
y permite que en vez de conseguir nuestros proyectos, no encontremos en todo
eso sino confusión y turbación, vacío y desatino. Apenas el alma se ha dicho:
«Por ahí es por donde hay que ir, con esta persona es con quien
tengo que hablar, así es como hay que actuar», en seguida Dios
dice todo lo contrario y retira su virtud de esos medios decididos por el
alma. Y así, no encontrando en todo sino pura criatura y,
consiguientemente, pura nada, el alma se ve obligada a recurrir al mismo Dios
y a contentarse con Él. VACÍO DE SÍ, ABNEGACIÓN
PERFECTA Un alma para quien el bien y la
felicidad de Dios son los suyos, no se inclina ya por amor, ni por confianza
en las cosas creadas, y las admite solamente por deber, es decir, por
voluntad de Dios, y por la concreta determinación de su voluntad.
Ella, por encima de la abundancia y por debajo de la privación, vive
en la plenitud de Dios, que es su bien permanente. Dios encuentra, pues, esta alma
completamente vacía de inclinaciones propias, de movimientos propios,
de elecciones propias. Es como un sujeto muerto, abandonado a una
indiferencia universal. La plenitud del ser divino, manifestándose así
en el fondo del corazón, tiende sobre la superficie de todos los seres
creados un velo de nada, que elimina todas sus distinciones y variedades.
Así la criatura, en el fondo de su corazón, queda sin virtud ni
eficacia, y el corazón se ve sin tendencias e inclinaciones hacia las
criaturas, pues la majestad de Dios llena toda su capacidad. El corazón que vive de Dios
de esta manera queda muerto a todo el resto, y todo lo demás queda
muerto para él. Corresponde a Dios, que da la vida a todas las cosas,
vivificar el alma en relación a las criaturas, y a éstas en
referencia al alma. La voluntad de Dios es esta vida. El corazón,
movido por esta voluntad divina, es llevado hacia las criaturas y, por esta
misma voluntad, las criaturas son llevadas hacia el alma, para que puedan ser
acogidas por ella. Sin esta virtud divina de la libre
disposición de Dios, lo creado no es recibido por el alma, y el alma
no se dirige a ello. Esta reducción de todo lo creado, primero a la
nada y seguidamente al punto de la ordenación de Dios, hace que en
cada instante Dios sea para el alma Dios mismo y todas las cosas. Pues cada
momento es, en el fondo del alma, un contentamiento de Dios solo y un
abandono sin límites a todo lo creado posible, o mejor, a todo lo
creado o creable por la voluntad de Dios. Y así cada momento lo
contiene todo. VÍA SIMPLE Y UNIVERSAL La práctica de una
teología tan admirable consiste en una cosa tan simple, tan
fácil, tan presente, que no hay más que quererla para tenerla.
Este desasimiento, este amor tan puro y universal, es actividad y es
pasividad; consiste, pues, en aquello que el alma debe hacer con la gracia y
en aquello que la gracia debe obrar en ella, sin exigir otra cosa que
abandono y consentimiento pasivo, es decir, todo aquello que Dios quiere
hacer por sí mismo -eso que la teología mística explica
mediante una infinidad de concepciones sutiles, que con frecuencia más
vale ignorar, pues para vivirlo sólo se necesita el puro olvido y el
abandono. Al alma le basta con saber lo que
debe hacer, que es lo más sencillo del mundo: amar a Dios como a su
gran y único todo, estar contenta de cómo es Él, y
aplicarse a sus obligados deberes con solicitud y prudencia. Un alma
sencilla, por este único ejercicio, por este camino tan recto, tan
luminoso y cierto, adelanta con pasos seguros y con toda confianza. Y todas
las maravillas explicadas por la teología mística, cruces y
favores interiores, son obradas en ella por la voluntad de Dios sin que ella
lo sepa, pues no se ocupa de otra cosa que de amar y obedecer. PASIVIDAD FIELMENTE ACTIVA Dios mismo, «Él solo hizo grandes
maravillas» [Sal 135,4], Él solo es el que hizo todo esto
y lo hizo por tales medios que, cuanto más se abandona el alma, se
distancia y separa de todo lo que pasa en ella, más y mejor
perfecciona Él su obra. Por el contrario, las reflexiones,
búsquedas e industrias del alma, no valdrían ya sino para
oponerse a la manera de obrar de Dios, en la que está todo su bien,
porque Él la santifica, la purifica, la dirige, la ilumina, la eleva,
la dilata, la hace útil a los demás, y la vuelve
apostólica, por medios y maneras en los que la reflexión no
alcanza sino a ver lo contrario. Todo, cada momento presente,
parece contribuir a sacar el alma de su camino de amor y de sencilla
obediencia. Es necesario, pues, tener un abandono y un coraje heroico para
mantenerse estable en la simple fidelidad activa, haciendo el alma su parte
con seguridad, mientras que la gracia hace la suya con un aire y estilo que
hace creer al alma que estuviera engañada y perdida. LA PASIÓN DEL SEÑOR Esto es, al menos, lo que llega a
los oídos del alma, y si tiene el valor de no inmutarse por el ronco
gruñido de truenos y relámpagos, tempestades y rayos, y marcha
con paso firme por el sendero del amor y de la obediencia al deber y a la
gracia presente, puede decirse que el alma se hace semejante a Jesús,
y que está participando del estado de su Pasión, durante la
cual este divino Salvador camina serenamente en el amor de su Padre y en la
sumisión a su voluntad, dejándose hacer aquello que en apariencia
parece lo más contrario a la dignidad de un alma tan santa como la
suya. Los Corazones de Jesús y de
María afrontan el rugido de esta noche tan obscura, y dejan que el
huracán les envuelva en su torbellino. Un diluvio de calamidades,
todas ellas aparentemente opuestas a los designios de Dios y a su voluntad,
hunden en el abismo las almas de Jesús y de María, y, sin
embargo, sacando ánimos de la flaqueza, siguen caminando sin venirse
abajo por el camino del amor y de la obediencia. Fijan sus ojos solamente en
aquello que deben cumplir y, dejándole hacer a Dios, que les
está mirando, sienten sobre sí todo el peso de esta
acción divina. Gimen bajo este peso, pero ni vacilan con dudas, ni se
detienen un solo instante. Tienen fe en que todo irá bien, con tal de
que el corazón deje obrar a Dios y permanezca en su camino. CARA FEA Y CARA BELLA DEL TAPIZ Cuando el alma va bien, todo va
bien, porque aquella parte que corresponde a Dios, es decir, su
acción, es, por así decirlo, el centro y la consecuencia de la
fidelidad del alma: ella impulsa al alma, y el alma se apoya en ella.
Ésta viene a ser como la cara de un tapiz magnífico, que va
siendo tejido punto por punto por el revés. El obrero no alcanza a ver
más que cada punto y su aguja, y todos estos puntos, dados
sucesivamente, van trazando figuras bellísimas, que no van
manifestándose hasta que, una vez acabada la obra, se expone a la luz
de cara. Pero mientras dura el tiempo del trabajo toda esa maravilla
permanecía oculta. Lo mismo sucede en un alma que se
abandona a Dios. Solamente alcanza a ver la voluntad divina y su propio
deber. Y el cumplimiento de este deber viene a ser en cada momento un punto
imperceptible que se añade a la obra. Y sin embargo, mediante estos
puntos, Dios va obrando sus maravillas, de las que alguna vez hay indicios
visibles ya en el tiempo, pero que no podrán ser conocidas del todo
hasta el día grande de la eternidad. FIELES A LOS MANDAMIENTOS, DÓCILES A LA
ORDENACIÓN PROVIDENTE ¡Qué llena de bondad
y de sabiduría está la acción de Dios! De tal modo ha
reservado Él a su sola gracia y acción todo lo más
sublime y elevado, lo más grande y admirable, en el camino de la
perfección y santidad, y de tal modo ha dejado a las almas, ayudadas
por el auxilio de su gracia, lo que es pequeño, claro y fácil,
que no hay nadie en el mundo a quien no sea dada la posibilidad de llegar a
la perfección más eminente. Todo lo que pertenece al estado de
la vida, a los deberes, a las condiciones corporales, todo está al
alcance del cristiano. Y en todo eso, dejando a un lado el pecado, es en lo
que Dios quiere que el hombre empeñe su fidelidad activa. Él no
espera de nosotros más que vernos cumplir su voluntad significada por
el deber, según nuestras fuerzas corporales y espirituales, y permanecer
celosos en nuestras otras obligaciones, en la medida en que nos sea posible. ¿Puede haber algo
más fácil y razonable? Ése es todo el trabajo que Dios
exige al alma en la obra de su santificación. Y eso sí, lo
exige a grandes y pequeños, sanos y enfermos, es decir, a todos, en
todo tiempo y en todo lugar. Es cierto que Él sólo pide de
nuestra parte algo asequible y fácil, ya que basta con mantener esa
actitud sencilla para llegar a una gran santidad. DEBERES GENERALES Y DEBERES PARTICULARES ¿Y cuál es, pues,
ese deber que constituye por nuestra parte toda la esencia de la santidad? Se
da de dos modos. Hay, en primer lugar, un deber general, que Dios impone a
todos los hombres. Y en segundo lugar, unos deberes particulares, que
prescribe a cada uno, y por los que vincula a cada hombre a estados
concretos. Así es, por consiguiente, como Dios nos manda cumplir los
mandamientos que nos obligan a su amor, y así es como nos invita a
seguir sus consejos, en la medida en que su realización se hace
posible por las mociones de la gracia. Por tanto, lo que Él pide de
cada uno nunca va más allá de las fuerzas que ha recibido, y
esto manifiesta su equidad. Escuchadme vosotros, que
aspiráis a la perfección, y que desfallecéis a la vista
de lo que hicieron los santos y de lo que os prescriben los libros de
espiritualidad; vosotros, que estáis abrumados por las tremendas ideas
que os habéis forjado sobre la perfección. Conoced esto que
parecéis ignorar. Dios quiere que yo escriba todo esto para vuestra
confortación. CAMINO FÁCIL HACIA LA SANTIDAD Nuestro Dios bondadoso ha puesto a
nuestro alcance todas las cosas necesarias y comunes del orden natural, como
el aire, el agua, la tierra. No hay nada más necesario que respirar,
dormir, comer, y al mismo tiempo, nada más fácil que eso. Pues
bien, en el orden sobrenatural el amor y la fidelidad son igualmente
necesarios, y no es posible que nos sean tan difíciles como a veces
nos lo presentan. Y Dios quiere contentarse en todas estas cosas, incluidas
las más pequeñas, con la parte que el alma debe poner en la
obra de su perfeccionamiento. Él mismo lo explica claramente,
eliminando toda duda: «Venera a
Dios y cumple sus mandatos, y eso es todo el hombre» [Qoh
12,13]. Es decir, eso es todo lo que el
hombre debe hacer de su parte, y en eso consiste su fidelidad activa. Que
él cumpla su parte y Dios hará el resto. La gracia reserva para
sí sola las maravillas que sabe obrar, y que van más
allá de toda inteligencia humana, pues «ni oído oyó, ni el ojo vio, ni el corazón
del hombre llegó» [1Cor 2,9] a captar lo que Dios ha
concebido en su mente, ha decidido en su voluntad y ha ejecutado por su
potencia en las almas que se le abandonan con sencillez. LIENZO O PIEDRA QUE SE ABANDONAN AL ARTISTA Ese lienzo tan armonioso, esa capa
tan bien aplicada, esos rasgos tan bellos, tan bien acabados, estas figuras
admirables, sólo las manos de la Sabiduría divina saben
hacerlo, partiendo de la sencilla tela de amor y obediencia que el alma
tiende sin reflexionar, sin buscar, sin andar cavilando por saber lo que Dios
hace, pues se fía de Él, se le abandona, y concentrada en su
deber, no piensa ni en sí misma, ni en lo que necesita, ni en los
medios para procurárselo. Cuanto más se aplica el
alma a sus pequeños trabajos, tan sencillos y ocultos, tan
inadvertidos y menospreciables al exterior, más la llena Dios de
cualidades diversas, la embellece, la enriquece con los bordados y colores
que va mezclando: «El
Señor hizo milagros en mi favor» [Sal 4,4]. Un lienzo abandonado simplemente a
ciegas a la acción de un pincel no siente en cada momento sino la
simple aplicación del pincel. Y una piedra inerte en cada golpe de
cincel que recibe no puede sentir otra cosa que una punta cruel que la
destruye. Esta piedra, al recibir tantos golpes, en modo alguno capta la
figura que el obrero va realizando en ella. No siente más que un
cincel que la disminuye, la raspa, la corta, la desfigura. Y esta pobre
piedra, por ejemplo, en la que se va configurando un crucifijo o una estatua,
y que lo ignora, si se le preguntara: «¿pero qué te
está pasando?», respondería: «no me lo preguntes a
mí, pues lo único que yo sé y hago es aguantar firme
bajo la mano de mi artista, amarle y sufrir su acción para la obra a
que me ha destinado. Él es el que sabe cómo ejecutarla. Yo no
tengo ni idea de lo que hace y de cómo me voy transformando bajo su
operación. Lo único que sé es que lo que él hace
es lo mejor y lo más perfecto, y por eso recibo cada golpe de cincel
como lo más excelente para mí, aunque, si te he de decir la
verdad, no puedo menos de sentir cada golpe como una ruina, una
destrucción, una desfiguración. Pero dejo a un lado este
sentimiento y, contenta del momento presente, no pienso sino en lo que es mi
deber, y recibo la operación de este hábil artista sin
entenderla y sin cavilar sobre ella». DEJÉMOSLE HACER A DIOS Sí, queridas almas, almas
sencillas, dejad a Dios lo que le corresponde y, con paz y dulzura, id
hilando vuestro copo. Estad convencidas de que lo que os pasa tanto interior
como exteriormente, es lo mejor. Dejadle hacer a Dios y estadle abandonadas.
Permitid que la punta del cincel y de la aguja actúen. No
sintáis en todas estas vicisitudes tan grandes una simple
aplicación de colores, que parecen emborronar vuestra tela. Y a todas
esas operaciones no reaccionéis sino con la manera totalmente uniforme
y simple de un completo abandono, con el olvido propio y con el cumplimiento
de vuestro deber. Seguid, pues, vuestra marcha y, sin saber el mapa del
país, los alrededores, los nombres, las circunstancias, los lugares,
seguid a ciegas vuestro camino y todo lo preciso se os dará
pasivamente. Buscad únicamente el reino de Dios y su justicia por el
amor y la obediencia, y todo se os dará por añadidura [Mt
6,33]. Cuántas veces se ven
personas que se preguntan con inquietud: «¿quién nos
dará la santidad y la perfección, la mortificación, la
dirección?». Dejadles decir, dejad que busquen en los libros los
términos y condiciones de esta maravillosa obra, su naturaleza y sus
fases. Pero vosotros permaneced en paz unidos a Dios por vuestro amor, y
caminad a ciegas por el camino cierto y derecho de vuestras obligaciones. Los ángeles, en esta noche,
están a vuestro lado, y sus manos os rodean como una barrera. Si Dios
quiere de vosotros algo más, su inspiración ya os lo
hará conocer. La voluntad de Dios da a todas las cosas un orden
sobrenatural y divino. Todo lo que toca y abarca, y todos los objetos sobre
los que se extiende, llegan a santidad y perfección, porque su virtud
no tiene límites. SIEMPRE FIELES A LOS DEBERES PROPIOS Para divinizar así todas
las cosas y no desviarse ni torcerse, es necesario siempre discernir si la
inspiración recibida de Dios, la que como tal entiende el alma, no le
separa en absoluto de sus deberes de estado; en cuyo caso, la ordenación
de Dios debe ser preferida, sin que haya nada que temer, excluir o
distinguir. Es para el alma el momento precioso, el más santificante
para ella, y puede estar segura de que así cumple la voluntad de Dios. Cada santo es santo por el
cumplimiento de estos mismos deberes a que Dios la aplica. En modo alguno hay
que medir la santidad por las cosas mismas, por su naturaleza y cualidades
propias, sino por el cumplimiento de esa voluntad divina que santifica el
alma y obra en ella iluminándola, purificándola y mortificándola.
Toda la virtud de lo que llamamos santo está, pues, en esta voluntad
de Dios. Y así nada se debe buscar, nada rechazar, sino tomarlo todo
de su parte y nada sin ella. Libros, sabios consejos, oraciones vocales,
afecciones interiores, vienen ordenados por la voluntad de Dios, son todo
cosas que iluminan, dirigen, unifican. QUIETISMO INSENSATO Por eso el quietismo es
insensato, al no querer usar de todos esos medios y al desechar todo lo
sensible, pues hay sin duda almas a las que Dios quiere llevar por esta
vía, y tanto su estado como sus inclinaciones interiores lo
están indicando muy claramente. Es insensato, igualmente, el quietismo
cuando propone modalidades de abandono en las que se rechaza toda actividad
propia y se pretende una completa quietud, pues si la voluntad de Dios es que
se procure uno por sí mismo ciertas cosas, el verdadero abandono
consiste en hacerlas. En vano, pues, dicen: «lo
más perfecto es la sumisión a la ordenación de
Dios». Sí, es cierto, pero esta ordenación para unos se
limita al cumplimiento de los deberes de su estado y a lo que viene de la
Providencia sin ninguna actividad. Esto es lo más perfecto para
éstos. Pero para otros, además de lo que procede de la
Providencia sin actividad, esa ordenación divina señala
también no pocos deberes concretos, diversas acciones que van
más allá del propio estado. La gracia y la inspiración
indican entonces lo que dispone la voluntad de Dios. Y lo más perfecto
para estas almas es añadir todas esas cosas inspiradas, pero con las
precauciones que la inspiración exige para no faltar a los deberes de
estado y a las obligaciones de pura providencia. NO MÁS SANTOS POR HACER ESTO O LO OTRO Figurarse que estas almas son
más o menos perfectas precisamente a causa de las diferentes cosas a
las que son movidas, es poner la perfección no en la sumisión a
la voluntad de Dios, sino en las cosas mismas. Dios se configura en los
santos a su gusto, y es su voluntad la que los hace a todos, y todos se
someten a su ordenación. Esta sumisión es el verdadero
abandono, y en eso consiste lo más perfecto. Cumplir los deberes de su estado y
conformarse con las disposiciones de la Providencia, es común a todos
los santos. Y es la vocación que Dios da a todos en general. Algunos
santos viven ocultos en la oscuridad, porque el mundo es muy peligroso y
ellos quieren evitar sus escollos; pero no es en eso en donde radica su
santidad. Sencillamente, cuanto más se someten a la voluntad de Dios,
más se santifican. Del mismo modo, no hay que creer
que aquellos santos en los que Dios hace resplandecer las virtudes por
acciones notables y extraordinarias, mediante gracias e inspiraciones que se
concilian con los deberes dispuestos por Dios, caminen por eso menos por la
vía del abandono. En absoluto. No estarían abandonados a Dios y
a su voluntad, y todos sus momentos no serían voluntad de Dios, si se
contentaran con los deberes de su estado y de las obligaciones de pura
providencia. Ellos han de extenderse y medirse según la amplitud de
los designios de Dios en esa vía que les es requerida por la gracia,
siendo para ellos la inspiración un deber al que han de ser fieles. Y
lo mismo que hay almas en las que todo su deber está marcado por una
ley exterior y que deben mantenerse encerradas en ella, pues en ella les
guarda la voluntad de Dios, también hay otras que, además de su
deber exterior, han de ser fieles a esa ley interior que el Espíritu
Santo grava en su corazón. ¿Y quiénes
serán los más santos? Pura y vana curiosidad sería
tratar de indagarlo. Cada uno debe seguir el camino que le ha sido
señalado [1Cor 7,17.20 y 24]. La santidad consiste en someterse a la
voluntad de Dios y a lo que de más perfecto hay en esa voluntad, sin
mirar a las cosas en sí mismas, porque no es la cantidad o la calidad
de ellas lo que obra la santidad, sino el perfecto cumplimiento de lo
mandado. En efecto, por más que nos afanemos para multiplicar nuestras
buenas obras, consiguiendo reunirlas en abundancia, siempre seremos muy
pobres, si su principio no es la voluntad de Dios, sino el amor propio, o si
por lo menos no rectificamos éste en cuanto captamos sus pretensiones.
JESÚS, MARÍA Y JOSÉ Para decirlo más
claramente: hay santidad en la medida en que amamos la voluntad de Dios, y
cuanto más amamos la ordenación y voluntad divina, cualquiera
que sea la naturaleza contenida en su ordenación, tanto más
santos seremos. Y esto lo vemos claramente en Jesús, María y
José, pues en su vida particular hubo mucha más grandeza y
forma que materia, y nunca se ha dicho que estas personas tan santas buscaran
la santidad de las cosas, sino únicamente la santidad en las cosas.
Es, pues, necesario concluir que no existen caminos particulares o singulares
que sean más perfectos, sino que lo más perfecto en general es
la sumisión a la voluntad de Dios, cada uno según su estado y
condición. HAY TRES DEBERES Hay un primer deber, referente a
lo necesario, que es obligado cumplir. Un segundo deber es el del abandono y
la pura pasividad. Y hay un tercero que requiere un corazón sencillo,
dulce y suave, es decir, movilidad del alma al soplo de la gracia, que le
mueve a hacer todo, y por la que ha de dejarse llevar, obedeciendo sencilla y
libremente sus mociones. Y para evitar engaños, nunca deja Dios de dar
a las almas sabios guías, con discernimiento para señalar la
libertad o la reserva que convienen al seguir esas inspiraciones. Pues bien, es el tercer deber el
que propiamente excede toda ley, toda forma y toda manera determinada. Es el
que hace que este designio sea tan extraordinario y singular, es él quien
regula sus oraciones vocales, sus palabras interiores, el sentimiento de sus
facultades y la luminosidad de su vida, ciertas austeridades, este celo,
aquella prodigalidad total de sí mismo hacia el prójimo. Y como
todo esto pertenece a la ley interior del Espíritu Santo, nadie se lo
ha de imponer y prescribir a sí mismo, ni desearlo, ni quejarse de no
tener estas gracias que nos permiten procurar esas virtudes no comunes, ya
que ellas, en una u otra circunstancia, deben surgir sólo por la
voluntad de Dios. Sin esto, como hemos dicho, será preciso temer las
ilusiones en que nuestro espíritu podría caer. Conviene dejar claro que Dios
quiere mantener ciertas almas ocultas, obscuras y pequeñas a sus ojos
y a los de los demás, y que muy lejos de mandarles cosas
espectaculares, las va llevando justamente a lo contrario. Y si estas almas
son muy cultas, se engañarían si tomasen este camino: el suyo
consiste en caminar fielmente, y han de encontrar la paz en su
pequeñez. Entre las dos vías no hay,
pues, más diferencia que la que pueda haber en el amor y la
sumisión que se tenga hacia la voluntad de Dios. Pues si en esto un
alma va más allá de lo que van aquellas otras que parecen
cumplir mayores trabajos exteriores, ¿quién pondría en
duda que la santidad de aquélla fuera la más alta? Ya se ve,
por tanto, que cada alma debe contentarse con los deberes de su estado y las
obligaciones de pura providencia. Está claro que eso es lo que exige
Dios de todas las almas. NO QUERER SINO LO QUE DIOS QUIERA Y por lo que se refiere a la
gracia y moción viva recibida en el alma, es preciso no quererla por
uno mismo, ni estimular el sentimiento interior. El esfuerzo natural es algo
directamente opuesto y aún contrario a esa infusión gratuita y
ésta debe darse en la paz. Es la voz del Esposo la que ha de despertar
a la esposa [Cant 8,4], que no debe moverse sino en la medida en que le
impulsa el soplo del Espíritu Santo. Si ella se mueve por sí
misma, no conseguirá absolutamente nada. Cuando ella no siente ninguna
gracia que le incline hacia esas maravillas que hacen admirables a los
santos, es preciso que ella misma se diga honradamente: «Dios ha
querido esas cosas en ciertos santos, pero no lo quiere en mí».
SI SE CONOCIERA ESTE CAMINO... Pienso yo que si las almas que
aspiran a la perfección conocieran bien y practicaran esta doctrina,
se evitarían muchos trabajos. Y lo mismo digo de las personas del
mundo. Si conociesen las primeras el mérito escondido en sus deberes
diarios y en las actividades propias de su estado; y si las segundas
entendieran que la santidad consiste muy principalmente en cosas
pequeñas, de las que no hacen caso, creyéndolas insignificantes
al efecto -pues se han hecho de la santidad unas ideas asombrosas que, por
muy buenas que sean, no hacen sino perjudicarles, pues la limitan a lo
brillante y maravilloso-; si todas, unas y otras, comprendiesen que la
santidad consiste en todas las cruces providenciales de cada momento, las
inherentes al estado propio; y que todo eso que no tiene nada de
extraordinario puede conducir a la más alta perfección, y que
la piedra filosofal es la obediencia a la voluntad de Dios, que transforma en
oro divino todas y cada una de sus ocupaciones... ¡qué felices
serían! Cómo entenderían que para ser santo no es
necesario sino hacer lo que hacen y sufrir lo que sufren. Cómo
verían que eso que ellas dejan perder y estiman en nada
bastaría para adquirir una santidad eminente. MISIONERO DE LA VOLUNTAD DIVINA Dios mío, yo quiero con
toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad y enseñarle a todo el
mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de
todos como la santidad. Cuánto desearía yo poder convencer a
todos de que así como el buen ladrón y el malo [crucificados
junto a Jesús] no tenían que hacer o sufrir cosas distintas
para ser santos, del mismo modo dos almas, una mundana y otra muy interior y
espiritual no tienen que hacer o sufrir una más que otra; que la que
se condena, se condena haciendo por capricho aquello mismo que el otro que se
salva hace por sumisión a la voluntad divina; y que la que se pierde,
se pierde sufriendo con rebeldía y protesta aquello mismo que la otra
sufre con resignación. Es en el corazón donde está la
diferencia. Almas queridas, que leéis
esto, creed que la santidad no va a costaros más. Haced lo que
hacéis y sufrid lo que sufrís: es vuestro corazón
solamente lo que hay que cambiar. Ese corazón que es la voluntad, y
ese cambio que consiste en querer todo lo que os va sucediendo por voluntad
de Dios. Sí, la santidad del corazón es un simple fiat, una
simple disposición de la voluntad, que se conforma a la de Dios.
¿Hay cosa más fácil? Porque ¿quién no
amará una voluntad tan amable y tan buena? Sólo por ese amor
todo se hace divino. |