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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO IX LA VOLUNTAD DE DIOS Y EL MOMENTO PRESENTE TESORO DE LA VOLUNTAD DIVINA Nada más razonable,
perfecto y divino que la voluntad de Dios. ¿Acaso puede crecer su
infinito valor por algunas diferencias de tiempo, lugar o cosas? Si os es
dado el secreto de encontrar esa voluntad divina en todos los momentos,
poseeréis entonces lo que es más preciso y digno de ser
deseado. ¿Qué andáis buscando, almas queridas? Vibre
libremente vuestra alma, álcense vuestros deseos más
allá de toda medida y límite, dilátese vuestro
corazón hasta el infinito: yo sé cómo pueden colmarse
todos esos ímpetus. No hay momento en que yo no pueda haceros
encontrar todo aquello que podáis desear. TESORO DEL MOMENTO PRESENTE El momento presente está
siempre lleno de tesoros infinitos, y excede completamente vuestra capacidad.
La fe es la medida, y encuentra tanto como cree. También el amor es la
medida: cuanto más ama vuestro corazón, cuanto más desea
y más cree encontrar, más encuentra. La voluntad de Dios se
presenta a cada instante como un mar inmenso, que vuestro corazón no
puede agotar. Él recibe tanto como abarca por la fe, la confianza y el
amor. Todas las demás criaturas no pueden llenar vuestro
corazón, pues éste es más grande que todo lo que no sea
Dios. Las montañas que asombran los ojos no son más que
átomos en el corazón. En esa voluntad divina, escondida y oculta
en todo lo que os va sucediendo en el momento presente, es donde
hallaréis un tesoro que excede infinitamente todos vuestros deseos. No hagáis, pues, la corte a
nadie. No adoréis lo que no son más que sombras y fantasmas,
que no pueden daros ni quitaros nada. Solamente la voluntad de Dios
realizará vuestra plenitud, sin dejaros ningún vacío.
Adoradla, pues, entregaos a ella rectamente, penetraos de ella, y abandonad
en cambio todas las apariencias. GUIARSE POR LA FE, NO POR LOS SENTIDOS El reino de la fe se establece
sobre la muerte de los sentidos, sobre su despojamiento, vacío y
mortificación; pues mientras que los sentidos adoran las criaturas, la
fe adora solamente la voluntad de Dios. Derribad los ídolos de los
sentidos, aunque éstos lloren como niños desesperados, y que la
fe triunfe, pues no puede separársele de la voluntad de Dios. Y cuando
el momento presente aflige, oprime, despoja, abruma todos los sentidos,
entonces es cuando alimenta, enriquece y vivifica la fe, que se ríe de
todas esas pérdidas, como el gobernador de una plaza inexpugnable ante
tantos asaltos inútiles. El alma que se entrega totalmente
a la voluntad de Dios, que se le ha revelado, conoce que Dios se le ha
entregado a su vez, porque en toda ocasión experimenta su auxilio poderoso.
Y goza de la felicidad de esta venida de Dios a ella con tanta más
dulzura, cuanto mejor comprende el bien inmenso que le produce abandonarse
siempre y en todos los momentos a esa voluntad adorable. ¿Pensáis que el alma
juzga las cosas como aquellos que las miden por los sentidos y que ignoran el
tesoro inestimable que ellas encierran? Aquél que sabe que tal persona
es el rey disfrazado, le recibe y trata de modo muy diverso que aquel otro
que, no viendo más que la figura de un hombre ordinario, le trata
según su apariencia. Igualmente el alma que ve la voluntad de Dios en
todas las cosas, hasta en las más pequeñas, lamentables y
mortales, las vive y recibe todas con un gozo, con una alegría y con
un respeto siempre igual. Y abre todas sus puertas para recibir con honor las
mismas cosas que otros temen y procuran evitar. Y mientras los sentidos, al
no ver sino cosas miserables, las desprecian, el corazón reconoce bajo
esa presentación tan pobre al rey majestuoso, y le respeta tanto más
cuanto que ha venido en forma tan pobre y secreta, y le ama por eso con un
amor más tierno y ardiente. MARÍA, JESÚS, LOS MAGOS, LOS
PASTORES Yo no soy capaz de expresar lo que
el corazón siente cuando recibe la voluntad de Dios en forma tan
empequeñecida, tan pobre, tan aniquilada. Ah, hasta dónde
penetra en el hermoso corazón de María esta pobreza de Dios,
este anonadamiento que llega a nacer en un pesebre, reposar sobre un poco de
paja, llorando, temblando. Preguntad a la gente de Belén, a ver
qué piensan ellos. Si este niño estuviera en un palacio,
rodeado de un lujo principesco, sin duda que le prestarían su
homenaje. Pero preguntad a María, a José, a los Magos, a los
pastores qué piensan. Os van a decir que en esta pobreza extrema encuentran
un misterio que les manifiesta aún más la grandeza y la
amabilidad de Dios. Eso mismo que defrauda a los sentidos, es lo que eleva,
acrecienta y enriquece la fe. Lo que menos nutre los sentidos, más
alimenta la fe. Adorar a Jesús en el Tabor,
amar la voluntad de Dios en las cosas extraordinarias, no indica tanto una
vida excelente de fe como amar la voluntad de Dios en las cosas comunes y
adorar a Jesús puesto en la cruz, pues la fe no alcanza su plena
excelencia sino cuando lo que parece a los sentidos la contradice y pugna por
destruirla. Es precisamente esta guerra que le hacen los sentidos lo que
ocasiona las más gloriosas victorias de la fe. Encontrar a Dios tanto en las
cosas pequeñas y comunes como en las grandes es tener una fe no
común, sino grande y extraordinaria. Contentarse con el momento
presente, es gozar y adorar la voluntad divina en lo que es preciso sufrir y
hacer en las cosas, que en su paso sucesivo constituyen el momento presente.
Las almas sencillas, por la vivacidad de su fe, adoran a Dios igualmente en
todas las situaciones, hasta en las más humillantes y nada escapa a la
lucidez de su fe. Cuanto más protestan los sentidos -«ahí
no puede estar Dios»-, con más amor reciben esa bolsita de mirra
que Dios le da; nada les confunde, nada les disgusta. MARÍA, LA VIRGEN FIEL María ve cómo huyen
los apóstoles, pero ella permanece firme al pie de la cruz,
reconociendo a su Hijo en aquella figura lamentable, escupida y llagada. Esta
apariencia tan miserable, a los ojos de esta dulce madre, no consigue sino acrecentar
su adoración y amor; y cuantas más blasfemias vomiten contra
él, mayor será la veneración de su corazón. La
vida de la fe no es sino la búsqueda continua de Dios a través
de todo aquello que le disfraza, le desfigura, y por así decirlo, le
destruye y aniquila. Sigamos contemplando a
María. Desde el pesebre hasta el Calvario, ella encuentra siempre un
Dios que todo el mundo ignora, abandona o persigue. Igualmente, las almas de
fe atraviesan una serie continua de muertes y velos, sombras y apariencias,
que se esfuerzan una y otra vez para hacer irreconocible la voluntad de Dios,
ésa que ellos siguen y aman hasta la muerte en cruz. Saben que es
siempre necesario atravesar las sombras para acercarse a ese divino sol que,
desde que amanece hasta que anochece, sean como fueren los nubarrones
obscuros que lo oculten, ilumina, calienta, y hace arder los corazones fieles
que le bendicen, le alaban y le contemplan en todos los puntos que forman ese
círculo misterioso. Apresuraos, pues, almas fieles,
contentas e infatigables y acercaos al Esposo amado que «sale a recorrer su camino, y de un
extremo del cielo llega al otro extremo» [Sal 18,6]. Nada puede
quedar oculto a sus ojos y camina igualmente sobre las pequeñas
briznas de hierba, como entre los cedros grandiosos. Bajo sus pasos poderosos
se igualan los granos de arena a las montañas. Por donde quiera que
vayáis, por allí ha pasado Él, y no tenéis
más que seguirle incesantemente para encontrarle adonde quiera que
estéis. DIOS HABLA EN LA ESCRITURA Y EN LA VIDA La palabra de Dios escrita
está llena de misterios, pero no lo está menos su palabra
realizada en los sucesos del mundo. Se trata de dos libros que verdaderamente
están sellados. La letra de uno y otro mata. Dios es el centro de la
fe, es un abismo de tinieblas, que desde ese fondo se esparcen sobre todas
sus producciones. Todas sus palabras y todas sus obras son, por así
decirlo, rayos obscuros de este sol todavía más oscuro.
Nosotros abrimos los ojos corporales para ver el sol y sus rayos, pero los
ojos de nuestra alma, por los que vemos a Dios y a sus obras, están
cerrados. Las tinieblas ocupan aquí el lugar de la luz, y la
sabiduría es una ignorancia que ve en lo invisible. La Sagrada Escritura es una
palabra obscura de un Dios todavía más misterioso. Y los
sucesos seculares son también palabras obscuras de este mismo Dios,
tan oculto y desconocido. Son como gotas de la noche, pero de un mar de noche
y de tinieblas. Todas esas gotas, todos esos arroyos, guardan el sello de su
origen. La caída de los ángeles, la de Adán, la impiedad
e idolatría de los hombres, antes y después del Diluvio, y
aún viviendo los Patriarcas, que sabían y narraban a sus hijos
la historia de la creación y de la conservación del hombre,
siendo aún tan reciente ¡son palabras de la Sagrada Escritura,
pero obscuras! Unos pocos hombres, preservados de la idolatría,
mientras todos los demás se extravían, hasta la venida del
Mesías; la impiedad que se hace universal y que manda en todo; este
pequeño número de defensores de la verdad, siempre perseguidos
y maltratados; el trato dado a Jesucristo; ¡las plagas del
Apocalipsis!... ¿Cómo es posible? ¿Ésas son las
palabras de Dios, lo que Él ha revelado e inspirado? Y los efectos de
esos terribles misterios, que continúan hasta la consumación de
los tiempos, siguen siendo la palabra viva de Dios, que nos enseña la
Sabiduría, el Poder, la Bondad. Todos los atributos divinos se
manifiestan en todo cuanto sucede en el mundo. Todo ello es una
enseñanza. Pero, ¡ay!: es necesario creer, pues ahí no se
ve nada. DIOS SIGUE HABLANDO EN EL PRESENTE ¿Qué quiere decirnos
Dios por los turcos, los Holandeses [jansenistas], los Protestantes? Todo eso
está predicando con gran claridad, todo eso está significando
las perfecciones infinitas de Dios. El Faraón y todos los impíos
que le siguieron y le siguen no están más que para eso. Pero,
sin duda, visto todo eso con ojos humanos, la letra, la apariencia, dice lo
contrario. Es preciso cerrar los ojos y dejar de cavilar con la razón
para ver ahí misterios divinos. Tú, Señor, hablas a
todos los hombres en general por todos los acontecimientos que suceden en el
universo. Las revoluciones no son más que olas de tu Providencia, que
levantan tormentas y tempestades a los ojos de la gente curiosa. Y tú también hablas
en particular a todos los hombres a través de cuanto les va sucediendo
día a día. Pero en lugar de captar ellos en todas las cosas la
voz de Dios, en lugar de respetar la oscuridad y el misterio de su Palabra,
no ven más que la materia, el azar, el humor cambiante de los hombres.
A todo tienen que contradecir, o que añadir, disminuir o reformar, y
se toman una completa libertad para cometer unos excesos que el menor de
ellos, tratándose de una sola coma de la Sagrada Escritura,
sería considerado como un atentado. «Esto es Palabra de Dios, se
dice, y en ella todo es santo y verdadero». Y si no se comprende del
todo esta Palabra, aún se le venera más y se rinde gloria y
honor a la profundidad de la sabiduría de Dios, lo cual es muy justo. APRENDER A LEER EN LOS SUCESOS DIARIOS En cambio, queridas almas, lo que
Dios os dice, las palabras que pronuncia momento a momento, no con tinta y
papel, sino con lo que vosotros sufrís o hacéis en cada
instante, todo eso ¿no merece un poco más de atención
por vuestra parte? ¿Cómo es que no respetáis en esas
palabras la verdad y la bondad de Dios? No hay cosa que no os disguste, y
para todo tenéis pronta la crítica. ¿No os dais cuenta
de que estáis midiendo por sentido y razón lo que solamente
puede ser medido por la fe? Leéis con los ojos de la fe la Palabra de
Dios en las Escrituras, pero cometéis un grave error leyéndola
con ojos humanos en sus obras. Es necesaria la fe para todo lo
que es divino. Si vivimos continuamente la vida de la fe, estaremos en un
diálogo permanente con Dios, hablaremos con Él siempre
amigablemente. Lo que es el aire para la transmisión de nuestros
pensamientos y palabras, eso es todo cuanto nos sucede en el hacer o en el
sufrir para transmitir los pensamientos y palabras de Dios. Todos esos
sucesos no serán sino el cuerpo de su Palabra, y ésta en todo
se irá manifestando. Todo así vendrá a ser santo, todo
nos resultará excelente. La gloria constituye este estado en el cielo,
pero la fe ha de establecerlo en la tierra, y no habrá diferencia sino
en la manera. PALABRAS DE DIOS ESCRITAS NO EN LIBROS, SINO EN
EL CORAZÓN Nosotros somos enseñados
verdaderamente sólo por las palabras que Dios pronuncia expresamente
para nosotros. No es, pues, por los libros, ni por la búsqueda curiosa
de historias, por lo que se adquiere sabiduría en la ciencia de Dios.
Ésa no es más que una ciencia vana y confusa, que hincha mucho
[1Cor 8,1]. Lo que de verdad nos enseña es lo que nos va sucediendo en
cada momento: eso es lo que forma en nosotros esa ciencia experimental que
Jesucristo quiso tener antes de dedicarse a enseñar al pueblo -aunque
siendo Dios, desde siempre conocía todo-. A nosotros, en todo caso,
nos es absolutamente necesaria, si queremos llegar al corazón de las
personas que Dios nos confía. Sólo se sabe perfectamente
aquello que la experiencia nos ha enseñado por el sufrimiento o la
acción. La unción del Espíritu Santo habla así a
nuestro corazón palabras de vida, y todo cuanto decimos a los otros
debe nacer de esta fuente. Lo que se lee o se ve no viene a hacerse ciencia
divina sino por esa fecundidad, esa virtud y luz que viene de lo aprendido
por la experiencia. Todo eso no es más que una masa, que requiere la
levadura y también la sal para sazonarlo, y cuando no se tienen sino
unas ideas vagas sin esta sal, uno viene a ser como un visionario que,
conociendo todos los caminos del mundo, se pierde al ir a su casa. Es necesario, pues, escuchar a
Dios incesantemente para ser doctor en esa teología virtuosa, que es
completamente práctica y experimental. Dejaos de aquello que ha sido
dicho por otros, y prestad oídos a lo que se os está diciendo a
vosotros y por vosotros. Con eso tenéis bastante para ejercitar la fe,
pues todo, en su oscuridad, la estimula, la purifica y la acrecienta. LA FE DE LOS SANTOS SABE LEER EN LA VIDA La fe es el intérprete de
Dios, que nos traduce el lenguaje de las criaturas, y sin ella, como en una
escritura cifrada, no podríamos ver más que miseria y muerte.
La fe contempla la llama de fuego que arde en la zarza de las espinas,
interpreta las cifras enigmáticas, alcanza a ver gracias y
perfecciones divinas en el galimatías y el barullo de las criaturas. Y
así la fe da a toda la tierra un aspecto celestial. Gracias a ella el
corazón se eleva y se hace capaz de entenderse con el cielo. Y de este
modo, todos los momentos son revelaciones que Dios le hace. Todo lo que vemos de
extraordinario en la vida de los santos, visiones, palabras interiores, no es
sino un destello de la excelencia de su continuo estado, oculto en el
ejercicio de la fe. Esta fe experimenta esas elevaciones, puesto que vive de
la posesión de dicho estado oculto de fe en todo lo que acontece
momento a momento. Cuando a veces surge un esplendor visible, no es porque la
fe se viera hasta entonces carente de él, sino para manifestar su
excelencia y atraer a las almas. Igualmente, la gloria del Tabor o los
milagros de Jesucristo no significaban un acrecentamiento de su excelencia,
sino que eran resplandores de vez en cuando irradiados desde la nube obscura
de su Humanidad, para hacerla amable a los hombres. Lo maravilloso de los santos es su
visión continua de fe en todas las cosas. Sin ella, todo
vendría a devaluar su santidad. Esa fe amorosa, que les permite unirse
a Dios en todas las cosas, hace que su santidad no esté nunca necesitada
de lo extraordinario. Si a veces esto viene a ser útil, es en favor de
los otros, que pueden necesitar estos signos y señales. Pero el alma
de fe, contenta en su oscuridad, deja para el prójimo todo lo sensible
y extraordinario, y toma para sí lo más común, la
voluntad de Dios, centrándose en la ordenación divina, en la
que se esconde sin deseos de manifestarse. La fe genuina no necesita en
absoluto de pruebas, y aquéllos que la necesitan no andan muy sobrados
de fe. Los que viven de la fe reciben las pruebas no como pruebas que ayuden
a creer, sino como ordenaciones de la voluntad de Dios. Y en este sentido no
hay contradicción alguna entre el estado de pura fe y esas cosas
extraordinarias que se hallan en muchos santos, a los que Dios alza para la
salvación de las almas, como luces para iluminar a los más
vacilantes. Así eran los profetas, los apóstoles y todos los
santos que Dios ha elegido para ponerlos sobre el candelero [Mt 5,15];
siempre los ha habido, y siempre los habrá. Pero en la Iglesia hay
también una infinidad de santos que viven ocultos, pues están
destinados a brillar en el cielo, y en esta vida no irradian luces
especiales, sino que viven y mueren en una gran oscuridad. Sólo la fuente puede saciar
la fe, pues los arroyos sólo sirven para acrecentarla. Si queréis
pensar, escribir, vivir como los profetas, apóstoles y santos, no
tenéis más que abandonaros a la acción de Dios, como
ellos lo hicieron. MÁS ATENCIÓN AL HOY QUE AL AYER Oh, Amor desconocido,
parecería que tus maravillas se hubiesen terminado, y que no nos
quedara sino copiar de tus antiguas obras y citar tus enseñanzas del
pasado. Ignoramos que tu acción inagotable es una fuente infinita de
nuevos pensamientos, nuevos sufrimientos, nuevas acciones, y de nuevos
santos, que no tienen necesidad alguna de copiar la vida y escritos de unos y
otros, sino de vivir en un permanente abandono a tus secretas mociones. Se dice muchas veces «oh,
los primeros siglos, la época de los santos»... Pero
¿qué se consigue con eso? ¿Acaso no es verdad que todos
los tiempos constituyen una sucesión de efectos de la acción de
Dios, que se expande sobre todos los instantes llenándolos,
santificándolos, sobrenaturalizándolos? ¿Es que en otros
tiempos pasados ha habido alguna manera de abandonarse a esa acción
divina que hoy ya no sea posible? ¿Los santos de los primeros siglos
estaban en posesión de algún secreto espiritual distinto, que
el de ir realizando en cada momento lo que la acción divina quiere
realizar en ellos? ¿Habrá que pensar que esta acción
divina dejará de difundir su gracia hasta el fin del mundo sobre las
almas que se le abandonen sin reservas? Amor querido, amor adorable,
eterno y eternamente fecundo y siempre maravilloso, acción de mi Dios:
tú eres mi libro, mi doctrina, mi ciencia; en ti están mis
pensamientos y palabras, mis acciones y cruces. No llegaré a ser lo
que tú quieres hacer de mí consultando tus obras en otros, sino
recibiendo yo tus obras en todas las cosas, por esa vía real y
antigua, el camino de mis padres. Como ellos, pensaré y hablaré
y seré iluminado. Y en esto es en lo que quiero imitarlos y citarlos a
todos, copiándoles siempre. Si no se tiene la ciencia
espiritual de saber apropiarse en todas las cosas de la acción divina,
es normal que se recurra al uso de innumerables medios. Pero esta multiplicidad
no puede dar lo que se encuentra en la unidad original, en la que cada
instrumento encuentra una moción genuina, que le lleva a actuar
incomparablemente. ATENCIÓN AL MAESTRO INTERIOR Jesús nos ha enviado un
maestro [el Espíritu Santo] al que nunca escuchamos bastante.
Él habla a todos los corazones, y le dice a cada uno la palabra de
vida, la palabra única. Pero no se le presta atención. Se
pretende saber lo que ha dicho a los otros, pero no escuchamos lo que nos
dice a nosotros mismos. Y es que no miramos suficientemente las cosas en la
entidad sobrenatural que les es dada por la acción divina. Es siempre
preciso recibirla y actuar según su impulso, a corazón abierto,
con un ánimo de plena confianza y generosidad, pues ella no puede
hacer mal alguno a quienes así la reciben. La inmensa acción, que
desde el comienzo de los siglos hasta el fin es siempre en sí la
misma, se difunde en todos los momentos y se comunica en su inmensidad e
identidad al alma sencilla que la adora y le ama, y que sólo en ella
se goza. Según dices,
estarías encantados de tener una ocasión de morir por Dios. Una
entrega de tal heroísmo, una vida de este estilo te sería
grata. Perderlo todo, morir abandonado, sacrificarse por los otros, son ideas
que te encantan. Pues bien, yo, Señor, te doy gloria, toda la gloria,
por tu acción divina y encuentro en ella toda la felicidad del
martirio, el mérito de las penitencias y el valor de los servicios
más abnegados al prójimo. Esta acción divina me basta y
de cualquier manera que me haga vivir y morir estoy con ella contento. Me
agrada ella misma mucho más que todas las cualidades de sus
instrumentos y efectos porque ella, extendiéndose sobre todas las
cosas, todo lo diviniza, cambiándolo todo en sí misma. Todo me
es cielo, todos mis instantes diarios son para mí acción divina
purísima. Por eso, en la vida y en la muerte, quiero estar contento
con ella. INMENSIDAD DE LA ACCIÓN DIVINA Sí, Amor querido, no
seré yo quien te señale horas ni maneras, pues siempre que me
visites, serás bienvenido. Yo creo, acción divina, que te has
dignado revelarme algo de tu inmensidad y ya no quiero dar paso alguno si no
en tu seno infinito. Todo lo que de ti fluye hoy, venía de ti ayer. De
la inmensidad de tu fondo brota un torrente de gracias que derramas incesantemente
sobre todas las cosas, sosteniéndolas e impulsándolas. No he de
buscarte, pues, en los estrechos límites de un libro, en una vida de
santo, o en sublimes ideas. Todas esas cosas no son más que unas gotas
de ese mar inmenso que veo difundirse sobre todas las criaturas,
inundándolas todas. Son como átomos que desaparecen en ese
abismo. No pienso, pues, buscar más esa acción divina en los
pensamientos de personas espirituales, ni mendigaré mi pan de puerta
en puerta, ni les haré más la corte. Sí, Señor,
quiero vivir de modo que te haga honor, como hijo de un padre verdadero
infinitamente sabio, bueno y poderoso. Quiero vivir según mi fe. Y ya
que creo que tu acción divina se aplica por todas las cosas y en todos
los momentos a mi perfección, quiero vivir siempre de esta grande
renta inmensa que nunca va a faltarme, renta siempre presente y adecuada a
mis necesidades. ¿Hay acaso alguna criatura
cuya acción pueda igualarse a la de Dios? Y, puesto que esta mano
increada es la que dispone por sí misma todo cuanto me sucede,
¿iré yo a buscar ayudas en las criaturas, que son impotentes,
ignorantes y egoístas? Antes moría de sed, me apresuraba de
fuente en fuente, de uno a otro arroyo, cuando de pronto una mano invisible
derrama sobre mí un diluvio, cuyas aguas me rodean por todas partes.
Todo se convierte ahora en pan que me alimenta, jabón que me limpia,
fuego que me purifica, cincel que traza en mí figuras celestiales.
Todo es instrumento de gracia para todas mis necesidades. Y cuanto yo buscaba
en tantas otras cosas, ahora me busca a mí incesantemente, y se me
entrega por todas las criaturas. ¿POR QUÉ SE IGNORA TANTO TODO
ESTO? Amor divino, ¿será
preciso que todo esto sea ignorado, que tú, por así decirlo, te
eches a los brazos de todos lleno de gracias y que, sin embargo, te anden
buscando en rincones y escondrijos donde no te van a encontrar?
¡Qué locura, no respirar al aire libre, no afirmar bien los pies
en pleno campo, carecer de agua en medio del Diluvio, no encontrar a Dios, no
gustar de Él, no recibir su unción en todas las cosas! ¿Andáis buscando
algún secreto para entregaros a Dios plenamente? No hay otro, almas
queridas, sino el de servirse de todo lo que se presenta. Todo lleva a esa
unión, todo perfecciona, fuera del pecado y de lo que falta al deber.
No hay más secreto que recibirlo todo y dejarle hacer a Dios. Todo os
dirige, os endereza y os lleva. Todo es bandera, litera y carroza
confortable. Todo es mano de Dios, tierra, aire y agua, todo es divino para
el alma. FECUNDIDAD GRANDIOSA DE LA ACCIÓN DIVINA La acción divina es
más extensa y presente que los diversos elementos. Entra en vosotros
por todos vuestros sentidos, siempre que usáis de ellos según
la voluntad de Dios, pues hay que cerrarlos y resistir a todo lo que le sea
contrario. No hay átomo que, al penetraros, no haga penetrar con
Él esta acción divina hasta la médula de vuestros
huesos. Los humores vitales que llenan vuestras venas corren por el
movimiento que Él les imprime. Todas las diferencias de fuerza o
debilidad, de euforia vital o de desfallecimiento, la vida y la muerte, no
son sino instrumentos divinos que está obrando. Y así, hasta
los mismos estados corporales son todos obras de gracia. Todos vuestros
sentimientos y pensamientos, vengan de aquí o allá, todo
procede de esta mano invisible. En fin, no hay corazón ni
espíritu creado que pueda enseñaros todo lo que esta
acción divina quiere hacer en vosotros. Pero ya lo iréis
aprendiendo por sucesivas experiencias. Vuestra vida se desliza sin cesar en
este abismo desconocido, donde no habéis de hacer nunca otra cosa que
amar, creyendo que es lo mejor aquello que os es presente, y confiando
totalmente en que esta acción, por sí misma, sólo puede
haceros bien. TODOS PODRÍAN LLEGAR A LA SANTIDAD POR
ESTA VÍA Sí, Amor querido, todas las
almas llegarían a estados sobrenaturales, sublimes, admirables,
inconcebibles, si todas se contentasen sólo con tus acciones.
Ciertamente, si se supiera dejar hacer a esta mano divina, se llegaría
a la perfección más alta. Todos la alcanzarían, pues
ella está ofrecida a todos. No hay más que abrir la boca, y
ella entra suavemente, como una bebida, pues no hay alma que no esté
llamada a una santidad maravillosa. Todos vivirían, obrarían y
hablarían con una perfección milagrosa. Imitándose unas
a otras, todas las criaturas, mediante las cosas más comunes, se
verían singularizadas por la acción divina. ¡Ay, Dios mío!
¿Cómo podría yo convencer a tus criaturas de las
verdades que estoy diciendo? ¿Por qué, poseyendo yo este
tesoro, y pudiendo enriquecer con él a todo el mundo, he de ver
secarse las almas como las plantas en el desierto? Venid, almas sencillas,
que no tenéis ninguna traza de devoción; vosotras, que no
tenéis talento alguno y que ignoráis los primeros elementos de
instrucción y método; que ni siquiera conocéis los
términos espirituales; que os admiráis y asombráis de la
elocuencia de los sabios. Venid, y yo os enseñaré un secreto
con el que vais a ser más grandes que esos hombres tan sabios. Venid,
y os haré ver cómo tenéis la perfección a vuestro
alcance, y cómo podéis encontrarla bajo vuestros pies, sobre
vuestra cabeza, a vuestro alrededor. Os uniré a Dios y os
tendré de la mano desde el primer momento en que practiquéis lo
que os diré. Venid, pero no para estudiar el
mapa de la espiritualidad, sino para poseerla y caminar con gusto por sus
senderos, sin temor a extraviaros. Venid, no para conocer la historia de la
acción divina, sino el modo de haceros objeto de ella; no para
aprender lo que ella ha hecho en el curso de los siglos y que sigue haciendo,
sino para que vengáis a ser el simple sujeto de su actuación.
No necesitáis conocer las palabras que esa acción divina hace
entender a los otros para que las repitáis después
ingeniosamente, sino que tenéis que escuchar aquéllas que os
dará a vosotros como propias. EL ESPÍRITU SANTO SIGUE ESCRIBIENDO
HISTORIAS SAGRADAS El Espíritu infinito se
difunde en todos los corazones para darles una vida absolutamente particular.
Él habla en Isaías, Jeremías, Ezequiel, en los
apóstoles, y todos, sin estudiar unos los escritos de los otros,
sirven de instrumentos a ese Espíritu para dar al mundo obras siempre
nuevas. Y si las almas supieran asimilar esta acción, su vida no
sería sino una serie de divinas escrituras, que, hasta el fin del
mundo, se seguirían escribiendo, no con tinta y papel, sino sobre sus
corazones [2Cor 3,3]. Todo esto llena el Libro de la Vida, que no
será, como la Sagrada Escritura, la historia de la acción
divina durante los siglos, desde la creación hasta el juicio final,
sino que en él serán escritas todas las acciones, pensamientos,
palabras y sufrimientos de las almas, de tal modo que la Escritura
vendrá a ser entonces una historia completa de la acción de
Dios. La continuación del Nuevo
Testamento se escribe ahora, en el presente, mediante acciones y
sufrimientos. Las almas santas han venido a suceder así a los profetas
y apóstoles, pero no para escribir Libros canónicos, sino para
continuar la historia de la acción divina con sus vidas, cada uno de cuyos
instantes son como sílabas y frases, mediante las cuales esta
acción se expresa de una manera viva. Los libros que el
Espíritu Santo inspira al presente son libros vivientes. Cada alma
santa es un volumen y este Autor celeste va haciendo, así, una
verdadera revelación de su obra interior, manifestándose en
todos los corazones y a lo largo de todos los momentos. ETERNO PLAN DE DIOS HOY, EN EL TIEMPO La acción de Dios realiza
en la sucesión de los tiempos el plan que la Sabiduría divina
ha formado acerca de todas las cosas. Todas ellas tienen en Dios su propio
plan, que sólo es conocido por la Sabiduría. Si conocierais
todos los planes divinos, excepto el vuestro, tal conocimiento no os
valdría para nada. El ejemplo a seguir, que es propuesto por la acción
divina, es el Verbo. En Él ve el modelo en el que tú debes ser
formado, es decir, Él contiene todo lo que es conveniente para todas y
cada una de las almas santas. Así, la Sagrada Escritura comprende una
parte de todo aquello que es conveniente, y las operaciones que el
Espíritu Santo forma en nuestro interior completan el resto, siempre
sobre el modelo que el Verbo le propone. Pues bien, ¿no os dais
cuenta de que el único secreto para recibir el carácter de este
plan eterno es ser un instrumento dócil en sus manos, y que los
esfuerzos y especulaciones son para esto completamente inútiles?
¿No entendéis claramente que esta obra no va adelante en
absoluto por vía de habilidad, inteligencia, sutileza de
espíritu, sino por la vía pasiva del abandono, que dispone en
todo a recibir y a ofrecerse, como un metal en el molde, como una tela bajo
el pincel, como una piedra bajo la mano del escultor? No, no es el
conocimiento de todos esos misterios divinos que la voluntad de Dios obra y
obrará en todos los siglos lo que nos hace conformes al plan que el
Verbo ha concebido sobre nosotros, sino la impresión admitida por
nosotros de este sello misterioso. Una impresión que no se hace en el
pensamiento por medio de ideas, sino en la voluntad por el abandono. FELICES CON EL PLAN DE DIOS La sabiduría del alma
sencilla consiste en contentarse con lo que le es propio, guardándose
en los límites de su camino, sin salirse de su línea, sin
curiosidad por saber cómo obra Dios, y se conforma con ver cumplida su
voluntad sobre ella. No hace, pues, ningún esfuerzo por adivinarla por
medio de comparaciones y conjeturas, ni se afana por saber más de lo
que en cada instante le revela esa voluntad divina. Escucha la palabra del
Verbo eterno cuando se hace oír en el fondo de su corazón, y no
está deseosa de saber lo que el Esposo dice a los otros,
contentándose con lo que ella misma recibe en lo interior de su
corazón. Y de esto modo, sea que reciba mucho o poco, y de la
naturaleza que sea, todo, en cada instante, la va divinizando sin ella
saberlo. Así es como el Esposo habla
a la esposa con el lenguaje real de su acción santa, que ella no
comprende, pues sólo ve lo natural de lo que le toca sufrir y hacer. Y
así es como la espiritualidad del alma es santa, completamente
substancial e íntimamente difundida en todo su ser. No la mueven a
obrar las ideas ni las palabras altisonantes, que por sí mismas no
sirven más que para hinchar el alma. Algunos dan en la vida espiritual
mucha importancia al talento, pero no es apenas necesario, y a veces resulta
perjudicial. En realidad lo único necesario es aplicarse fielmente a
aquello que Dios va dando para sufrir o hacer. VANA CURIOSIDAD ESPIRITUAL Y sin embargo, se deja este
alimento substancial divino y se ocupa el espíritu en historias
maravillosas de la obra divina, en vez de continuarlas en uno mismo por la
fidelidad. Nuestra curiosidad se satisface leyendo esas maravillas de las
obras divinas, pero esta lectura, en realidad, no sirve más que para
disgustarnos de esas cosas, pequeñas en apariencia, por las que podría
hacer Dios en nosotros cosas grandes, si no las despreciáramos.
¡Qué insensatos somos! Admiramos, bendecimos esta acción
divina en los escritos que exhiben estas historias, y cuando Dios quiere
continuar escribiéndolas sin tinta en nuestros corazones, movemos
nosotros el papel con nuestras inquietudes continuas, y además no le
dejamos escribir por la curiosidad de ver lo que Él hace en nosotros y
en los demás. Perdón, Amor divino, pues
no puede escribir aquí sino mis defectos, ya que en mí mismo no
he captado bien lo que es de verdad dejarte hacer. Todavía yo no me he
dejado poner el molde. He recorrido tus talleres, admirando tus obras de
arte, pero en modo alguno me he entregado todavía a ti con el abandono
necesario para recibir los trazos de tu pincel. Pero, en fin, aquí me
tienes, querido Maestro mío, mi Doctor, mi Padre, mi Amor querido.
Quiero ser tu discípulo y deseo ir solamente a tu escuela. He vuelto
como el hijo pródigo, hambriento de tu pan. Dejo a un lado ideas y
libros espirituales. Prescindo de conversaciones vanas, y solamente
usaré de todas esas cosas cuando lo quiera la acción divina, no
por satisfacerme, sino para obedecerte en todas las cosas que se presenten.
Quiero ocuparme en el único asunto del momento presente para amarte,
para cumplir mis obligaciones y para dejarte hacer en mí. CIENCIA SUPREMA DEL PLAN DIVINO Cuando un alma ha encontrado la
moción divina, deja todas las prácticas y obras fijas,
métodos y medios, libros, ideas y personas espirituales, a fin de
quedar suelto solamente bajo la guía de Dios y de su moción,
que viene a hacerse así el principio único de su
perfección. El alma es de este modo, bajo la mano divina, como todos
los santos han sido siempre. Sabe bien que únicamente esta
acción divina conoce el camino que le es propio, y que si se pone a
buscar medios creados no conseguirá sino apartarse de la obra
desconocida que Dios realiza en ella. En efecto, sólo la acción
divina misteriosa puede dirigir y guiar las almas por los caminos que
sólo ella conoce. Participan estas almas de la
disposición del viento, que sólo puede ser conocido en el
momento presente, pues en qué dirección haya de ir
después, según la voluntad de Dios y su ordenación
divina, únicamente podrá ser conocido en los momentos
siguientes [Jn 3,8]. Lo que Él hace en estas almas y les hace hacer,
bien sea por inspiraciones secretas inequívocas, o bien por el deber
del estado en que viven, es todo lo que ellas saben de espiritualidad: ésas
son sus visiones y revelaciones privadas, ésa es toda su
sabiduría y su don de consejo, y es tal que nunca se ven carentes de
nada. EL JUSTO VIVE DE LA FE La fe certifica a estas almas la
bondad de lo que están haciendo. Si leen o hablan, si escriben o
consultan, solamente es para discernir mejor los medios concretos de la
acción divina. Son cosas que entran en el orden providencial, y ellas
las toman en ese sentido, como todas las demás cosas, tratando de
apropiarse totalmente la moción divina, sin apropiarse de las cosas, y
aprovechándose tanto de su presencia como de su carencia. Estas almas,
continuamente apoyadas por la fe sobre esta acción infalible,
inmutable, siempre eficaz, son capaces de verla y de gozar de ella en todas
las cosas, sean grandes o pequeñas. Cada momento les comunica la
acción divina pura y entera, y así usan ellas de las cosas no
porque pongan en ellas su confianza, sino por obediencia a Dios y a esta
acción interior, que ellas por la fe encuentran perfectamente hasta en
las cosas aparentemente contrarias. Su vida se pasa así no en
búsquedas y ansiedades, no en disgustos y lamentos, sino en una
seguridad continua de tener siempre lo más perfecto. Todas las situaciones del cuerpo y
del alma, todo lo que les sucede por fuera o por dentro, aquello que cada
instante les revela, constituye para estas almas su felicidad, pues es para
ellas plenitud de acción divina. El más o el menos no tienen
importancia alguna, porque lo que esta acción realiza es siempre la
medida justa y verdadera. Y así, si ella quita pensamientos y
palabras, libros, alimentos y personas, salud y la misma vida, es lo mismo
que si diera lo contrario. Y el alma ama esa acción divina, y en uno u
otro caso la cree igualmente santificante, sin dudar nunca de la oportunidad
de su guía. Basta que las cosas estén para que el alma las
apruebe, y basta que no estén para que las considere inútiles. EL MOMENTO PRESENTE El momento presente es siempre
como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios, y el corazón
fiel le responde siempre: fiat.
Así el alma en todas las alternativas se encuentra en su centro y
lugar. Sin detenerse jamás, va viento en popa, y todos los caminos y
maneras la impulsan igualmente hacia adelante, hacia lo ancho e infinito:
todo es para ella, sin diferencia alguna, medio e instrumento de santidad, en
tanto considere siempre que eso que se presenta es lo único necesario
[Lc 10,42]. No busca ya el alma con
preferencia la oración o el silencio, el retiro o la
conversación, la lectura o la escritura, ni la reflexión o el
cesar de discurrir; no le preocupa el alejamiento o la búsqueda de
libros espirituales, o elegir entre abundancia o escasez, enfermedad o salud,
vida o muerte. Simplemente, lo que ella busca en todo momento es la voluntad
de Dios; lo único que pretende es el despojamiento, el desasimiento,
la renuncia a todo lo creado, sea real o solamente afectiva, no ser nunca
nada por sí y para sí, ser siempre en la voluntad de Dios, para
agradarle en todo, haciendo de la fidelidad al momento presente su única
alegría, como si no hubiera otra cosa en el mundo digna de su
atención. SANTIFICAR EL NOMBRE DE DIOS Si todo aquello que va sucediendo
al alma abandonada es lo único
necesario, está claro que nunca le falta nada, y que nunca
jamás deberá quejarse. Y si lo hace, es evidente que le falta
fe y que vive por la razón y los sentidos, que no alcanzan a ver esa
suficiencia magnífica de la gracia, y que por eso nunca están
contentos. Santificar
el nombre de Dios, en la expresión de la
Escritura, significa reconocer su santidad, adorarla y amarla en todas las
cosas que proceden de la boca de Dios, como palabras suyas. Lo que Dios hace
en cada momento es una palabra suya, que significa algo. Y así todas
ellas, expresando entrelazadas su voluntad, no son sino nombres y palabras
que nos revelan sus designios. La voluntad divina es única
en sí misma: no tiene más que un solo nombre misterioso e
inefable. Pero, en cambio, se multiplica hasta el infinito en sus efectos,
que son otros tantos nombres que ella toma. Y en este sentido, santificar el nombre de Dios, al
mismo tiempo que es conocer, amar y adorar ese nombre inefable, que es su
esencia, es también conocer, amar y adorar su adorable voluntad en
todos los momentos, en todos sus efectos, mirándolo todo como velos,
sombras y nombres diversos de esa voluntad eternamente santa: santa en todas
sus obras, santa en todas sus palabras, santa en todas las maneras de
presentarse, santa en todos los nombres que pueda llevar. Así es como bendecía
Job el nombre santo de Dios. La desolación total que le afligía
era bendecida por este hombre santo, porque le significaba la voluntad de
Dios. No llamaba ruina a su repentina miseria, sino que la bendecía,
mirándola como una significación del nombre santo de Dios. Y al
bendecir la voluntad divina, significada por las más terribles
apariencias, estaba confesando que era perfectamente santa, sean cuales
fuesen la forma y los nombres que tomara [Job 1,21]. Así es como David
bendecía siempre, en todo tiempo y lugar, el santo nombre divino. El
descubrimiento continuo de su manifestación, esa revelación de
la voluntad de Dios en todas las cosas, es lo que hace posible que Él
reine en nosotros, que haga su voluntad en la tierra como en el cielo, que
así nos alimente incesantemente [Mt 6,9-11]. EL PADRE NUESTRO De ese modo entendemos y vivimos
la sustancia misma de el Padre
nuestro, la oración incomparable que nos enseñó
Jesucristo. Todos los días rezamos esta oración varias veces,
según el mandamiento de Dios y de su santa Iglesia. En todos los
momentos la estamos rezando en el fondo del corazón, si nuestro amor
está pronto a sufrir y hacer todo lo que disponga la divina voluntad
adorable. Y eso que la boca manifiesta, pronunciando sucesivamente
sílabas y palabras, el corazón lo dice realmente en cada
instante. Y de este modo las almas sencillas
bendicen a Dios continuamente en lo más profundo de su corazón,
doliéndose de su impotencia, que no les permite hacerlo de otro modo.
Así se hace verdad que a estas almas de fe Dios hace donación
de sus gracias y favores incluso por aquello mismo que parece una
privación. Ése es el secreto de la Sabiduría divina,
empobrecer los sentidos enriqueciendo el corazón; un vacío de
aquéllos permite la plenitud de este otro. Y todo esto se cumple tan
universalmente, que la santidad más grande se da en las apariencias
más pequeñas. Todo lo que sucede en cada momento
lleva en sí el sello de la voluntad de Dios. ¡Qué santo
es su nombre! ¡Qué justo es, pues, bendecir lo que sucede y
tratarlo como algo sagrado, que santifica a quien se aplica!
¿Podrán considerarse los sucesos que expresan el nombre divino
sin sentir hacia ellos una veneración infinita? Son un maná
divino, que baja del cielo para darnos un crecimiento continuo en la gracia.
Son un reino de santidad que entra en el alma. Son el pan de los
ángeles, que se come en la tierra como en el cielo. Ninguno de
nuestros instantes es pequeño, pues todos llevan en sí un reino
de santidad, un alimento angélico. Venga, Señor, ese reino a
mi corazón, para santificarlo, alimentarlo, purificarlo y hacerlo
victorioso de todos mis enemigos. Precioso momento, ¡qué
pequeño pareces y qué grande eres a los ojos de mi
corazón, pues eres el medio para recibir uno a uno los dones de la
mano de un Padre que reina en los cielos! Todo lo que viene de lo alto es
excelente, todo lo que de allí viene lleva el sello de su origen
celestial. Es completamente justo, Señor, que el alma que no se
satisface en la plenitud divina del momento presente, «que desciende del Padre de las luces» [Sant 1,17],
tenga en ello su castigo, siendo incapaz de hallarse contenta con ninguna
cosa. CON LIBROS O SIN ELLOS, CON MEDIOS O SIN MEDIOS Si los libros, los ejemplos de los
santos, los discursos espirituales quitan la paz y dan sensación de
hartura, eso es una señal de que no nos hemos llenado de todas esas
cosas por un puro abandono al momento presente de la acción divina,
sino por propia avidez. La saciedad, entonces, cierra la entrada a la
plenitud de Dios, y es preciso vaciarse de todo eso. En cambio, cuando la
acción divina dispone todas esas cosas, el alma las recibe como recibe
todo, es decir, como voluntad de Dios, y hace uso de ellas en su justa
medida, para ser fiel, y pasada su hora, las deja al instante,
contentándose siempre con el momento presente. La lectura espiritual hecha por
fidelidad a la acción divina da con frecuencia inteligencia de unas
ideas que los autores nunca tuvieron. Dios se sirve así de palabras y
de obras de otros para inspirar verdades que no han sido expresadas. Quiere
iluminar por estos medios, y se sirve de ellos en el abandono. Y todo medio
dispuesto por la acción divina tiene una eficacia que supera siempre
su virtud natural y aparente. Es condición previa del
abandono llevar siempre por un camino misterioso, por el que se recibe de
Dios dones extraordinarios y milagrosos mediante el uso de cosas comunes,
naturales, fortuitas, impuestas por el azar, en las que no se ve nada
más que el curso ordinario de los acontecimientos del mundo y de los
elementos. Así, por ejemplo, los sermones más simples y las
conversaciones más comunes, igual que los libros menos notables, por
la gracia de Dios, se convierten para estas almas en fuentes de inteligencia
y sabiduría. Por eso mismo ellas recogen con todo cuidado esas migajas
que los espíritus fuertes desprecian y pisan bajo sus pies. Todo les
es precioso, todo les enriquece, guardan una indiferencia indecible frente a
todas las cosas, sin menospreciar ninguna, respetándolas todas y
obteniendo de todas alguna utilidad. ENCONTRAR A DIOS EN TODAS LAS COSAS Cuando se encuentra a Dios en
todas las cosas, el uso que de ellas se hace por su voluntad no es uso de
criaturas, sino fruición de la acción divina, que transmite sus
dones por estos diversos canales. Estas cosas no santifican en absoluto por sí
mismas, sino únicamente como instrumentos de la acción divina,
que puede comunicar y comunica con gran frecuencia sus gracias a las almas
sencillas a través de cosas que, en apariencia, son opuestas al fin
que ella se propone. La acción divina limpia con
el barro [Jn 9,6-7], igual que con la más sutil de las materias, y el
instrumento del que ella quiere servirse [la fe] es siempre único y el
mismo. La fe cree siempre que nada le falta. Nunca se queja de la carencia de
aquellos medios que estima útiles para su adelantamiento, porque sabe
bien que el Obrero que les da eficacia, los suple eficazmente por su
voluntad. En efecto, esta voluntad santa divina es la virtualidad de todas
las criaturas. CON MÁS O CON MENOS TALENTOS El talento, con todo lo que de
él depende, quiere ser considerado como el primero entre los medios
dispuestos por Dios para que de ellos nos sirvamos. Y sin embargo, es preciso
reducirlo al último lugar, como a un esclavo peligroso. El
corazón sencillo podrá obtener de él grandes servicios,
si sabe tenerlo a raya; pero sufrirá de él graves perjuicios,
si no lo mantiene bien sujeto. Cuando el alma ansía en exceso ciertos
medios creados, la acción divina le dice al corazón «mi gracia te basta»
[2Cor 12,9]. Pero si ella ansía renunciar a esos medios, la
acción divina le dice al alma que son instrumentos que ella no debe
tomar o dejar por su cuenta, sino que debe ajustarse con sencillez a la
voluntad de Dios, «usando de
todo como si no se usara» [1Cor 7,31], o bien «privada de todo, pero
poseyéndolo todo» [2Cor 6,10]. Siendo la acción divina una
plenitud indeficiente, el vacío que causa la acción propia es
una plenitud engañosa, que excluye la acción divina. La
plenitud de la acción divina, transmitida por el medio creado que ella
aplica, causa un verdadero crecimiento de santidad y simplicidad, de pureza y
desasimiento. Se recibe así al príncipe, recibiendo su
séquito. Sería hacerle injuria al príncipe no prestar
ningún homenaje a sus acompañantes, con el pretexto de que se
le quiere recibir a él solo. Apliquémonos, pues, todo esto. El
mismo Dios santo de los siglos antiguos es el Dios del presente y de los
siglos por venir, y no hay momento que Él no plenifique con su
infinita santidad. Si lo que Dios mismo elige para ti
no te satisface ¿qué otra mano que la suya podrá
contentarte? Si te disgusta la comida que la misma voluntad divina te ha
preparado ¿qué alimento será agradable a gusto tan
depravado? El alma no puede ser verdaderamente alimentada, fortalecida,
purificada, enriquecida, santificada, sino por esta plenitud divina del
momento presente. ¿Qué más quieres tú? Si puedes
encontrar ahí todos los bienes ¿para qué los andas
buscando en otras partes? ¿Entiendes tú de estas cosas
más que Dios? Si Él ha ordenado que esto sea así
¿cómo te atreves tú a desear que no sea así?
¿Piensas que pueden equivocarse su sabiduría y su bondad? Desde
el instante en que ves que Él hace una cosa ¿no has de estar
tú convencido de que es excelente? Convéncete de que la
acción divina emanada de la disposición de Dios es
necesariamente excelente, pues es su voluntad, y de que no vas a encontrar en
otra parte una santidad, por buena que sea en sí misma, que sea
más apropiada para tu santificación. CONTENTOS CON LO QUE DIOS DISPONE ¡Cuánta incredulidad
hay en el mundo! ¡Qué indignamente piensan y juzgan de Dios,
protestando sin cesar de su acción divina y tratándola como no
se trataría a un artesano experto en su oficio! El alma se
empeña en obrar dentro de sus límites y según las reglas
que forja su débil razón. Pretende una y otra vez reformar la
disposición de Dios, y todo son quejas y murmuraciones. A veces nos
sorprendemos de lo mal que los judíos trataron a Jesucristo. Y sin
embargo ¡ay, Amor divino, voluntad adorable, acción infalible,
cómo se te trata! Pero ¿es que acaso puede ser inoportuna la
voluntad divina o puede equivocarse...? Me dirás quizá:
«es que yo tengo tal asunto, me falta tal cosa, se me quitan los medios
necesarios. Este hombre se atraviesa en mis trabajos, que son tan santos.
¿No es esto indignante? Esta enfermedad me sobreviene justamente
cuando es absolutamente necesario que yo esté sano»...Y yo te
contesto: la voluntad de Dios es lo
único necesario [Lc 10,42]. Y todo lo que ella no da es
completamente inútil. No, no, queridas almas, no os falta nada. Todo
eso que llamáis reveses, contratiempos, inoportunidades, sinrazones y
contrariedades, si supierais de verdad lo que son, quedaríais
completamente avergonzados. Todo eso que decís, aunque no os deis
cuenta, son blasfemias. Todo eso no es otra cosa que la voluntad de Dios,
blasfemada por sus hijos queridos, que la desconocen. Jesús mío, cuando
estabas en la tierra, los judíos te trataron de embaucador [Lc
23,2.5.14] y te llamaron samaritano [Jn 8,48]. Y ahora, hoy mismo,
¿cómo se considera tu voluntad adorable, la tuya, que vives y
reinas por los siglos de los siglos, siempre digno de bendición y
alabanza? ¿Habrá algún momento, desde la creación
del mundo hasta nuestros días o en el tiempo futuro, hasta el juicio
final, en el que el santo nombre de Dios no sea digno de alabanza? ¡El
Nombre que llena todos los tiempos y que atraviesa todos los siglos!
¡El Nombre que hace santificantes todas las cosas! Pero
¿cómo es esto? ¿Será posible que eso que llamamos
voluntad de Dios pueda hacerme algún mal? A ningún sitio puedo
ir yo para encontrar nada mejor, si soy capaz de captar la acción
divina sobre mí, recibiendo el efecto de esa divina voluntad. OYENDO A DIOS, QUE NOS HABLA EN CADA COSA ¿Cómo habremos de
prestar oído a la palabra que Dios nos dice en el fondo del
corazón en cada momento? Si nuestros sentidos y nuestra razón
no oyen nada, si no entienden la verdad y bondad de esas palabras, ¿no
es debido a su incapacidad para la verdad divina? ¿Habrá de
extrañarme que el misterio divino desconcierte la razón humana? Dios habla, y es un misterio, es
muerte para mis sentidos y para mi razón, pues los misterios los
inmolan. Pero el misterio no es sino vida del corazón por la fe, y no
hay en esto contradicción alguna. La acción divina mortifica y
vivifica al mismo tiempo. Cuanto más se experimenta su muerte,
más se cree que da vida. Cuanto más oscuro es el misterio,
más luz tiene para iluminarnos. Por eso el alma sencilla no encuentra
nada tan divino como aquello que es menor en apariencia. Esto es lo que hace
la vida de la fe. |