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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO X EL SECRETO DE LA ESPIRITUALIDAD ESTÁ EN AMAR A DIOS Y SERVIRLE, UNIÉNDOSE A SU SANTA VOLUNTAD EN TODO LO QUE HAY QUE HACER O SUFRIR VER AL SEÑOR EN TODO LO QUE SUCEDE Todas las criaturas viven en la mano
de Dios. Los sentidos no ven otra cosa que la acción de la criatura,
pero la fe cree en la acción divina y la ve en todo. La fe ve que
Jesucristo vive y obra en todo el curso de los siglos, y que el menor
instante y el más pequeño átomo contienen una porción
de esta vida oculta y de esta acción misteriosa. La acción de
las criaturas es un velo que cubre los profundos misterios de la
acción divina. Jesucristo, después de su
resurrección, sorprendió a los discípulos en sus
apariciones, presentándose a ellos bajo figuras que le disfrazaban. Y
en cuanto le reconocían, desaparecía. Ese mismo Jesús,
que vive por siempre, siempre operante, también hoy sorprende a las
almas que no tienen una fe suficientemente pura y penetrante. No hay momento
alguno en que Dios no se presente bajo la apariencia de alguna pena,
obligación o deber. Todo lo que sucede en nosotros,
alrededor de nosotros o a través de nosotros, envuelve y encubre su
acción divina invisible. Muchas veces nos sorprende, y cuando
reconocemos su presencia, desaparece. Pero si viésemos a través
del velo, si estuviéramos más vigilantes y atentos, Dios se nos
revelaría sin cesar y nosotros gozaríamos de su acción
en todo lo que nos sucede. Entonces, en dada instante y circunstancia
diríamos: «¡Es el
Señor!» [Jn 21,7]. Y en todas las situaciones que vamos
recibiendo descubriríamos un don de Dios, que las criaturas son muy
débiles instrumentos, que nada nos falta, y que la solicitud continua
de Dios le hace darnos todo lo que nos conviene. ESTA FE NOS GUARDA EN LA PAZ Y EL GOZO Si tuviéramos fe, nos
serían gratas todas las criaturas, las acariciaríamos,
agradeciéndoles interiormente que sirvan y sean tan favorables a
nuestra perfección, aplicadas por la mano de Dios. La fe es la madre de la dulzura,
de la confianza y del gozo. Es incapaz de sentir otra cosa que ternura y
compasión por los enemigos, que tanto se enriquecen a sus expensas.
Cuanto más dura es la acción de la criatura, más
beneficiosa para el alma la vuelve la acción de Dios. No hay
instrumento que la estropee, pues las manos del Obrero sobrenatural solamente
son implacables para alejar del alma todo lo que pueda perjudicarla. La voluntad de Dios solamente
tiene dulzura, favores y gracias para las almas fieles. Es imposible confiar en
ella demasiado o abandonársele en exceso. Ella puede y quiere siempre
lo que más contribuirá a nuestra perfección, con tal,
claro está, que le dejemos hacer a Dios. La fe no duda de esto. Cuanto
más se revuelven los sentidos, incrédulos, desesperados, inseguros,
con más fuerza asegura la fe: «¡aquí está
Dios! ¡Todo va bien!». No hay cosa que la fe no sea capaz de
asimilar y superar. Atraviesa todas las tinieblas, y por mucho que se
esfuercen las sombras, penetra en ellas hasta llegar a la verdad, la abraza
con fuerza y nunca se separa de ella. Más temo yo mi propia
acción y la de mis amigos que la de mis enemigos. No hay prudencia
mayor que ésa de «no resistir al malvado» [Mt 5,39], y la
de no hacerle más oposición que el simple abandono. Esto es ir
adelante viento en popa, guardando el corazón siempre en paz. Con esas
persecuciones nuestros enemigos hacen de galeotes, que nos llevan a puerto
con el trabajo de su remar. EN LA SIMPLICIDAD DEL ABANDONO No hay defensa más segura
contra la prudencia de la carne que la simplicidad. Sabe eludir ésta
admirablemente todas las trampas sin conocerlas, sin sospecharlas incluso. La
acción divina le mueve a tomar medidas tan justas, que llega a
sorprender a los que querían sorprenderle. Se aprovecha de todos sus
esfuerzos, y los intentos para abatirla le sirven de escalones para elevarse.
Todas las contradicciones se vuelven en su favor, y dejando hacer a sus
enemigos, que son instrumentos, obtiene de ellos un servicio tan continuo y
suficiente, que lo único que ha de temer es participar y trabajar en
una obra de la que Dios quiere ser el único principio. La simplicidad no ha de hacer otra
cosa que contemplar en paz lo que Dios hace, y seguir con sencillez las
mociones de la gracia, que siempre son felizmente guiadas por la prudencia
sobrenatural del Espíritu divino, que abarca infaliblemente las
circunstancias más íntimas de cada cosa, y que conduce al alma
tan hábilmente, sin que ella lo sepa, que todo lo que se le opone es
siempre destruido. El movimiento único e infalible
de la acción divina mueve siempre oportunamente el alma sencilla, y
ésta corresponde a todo muy sabiamente, llevada por su íntima
dirección. Por eso quiere todo aquello que le sucede, todo lo que
ocurre, todo lo que experimenta, excepto el pecado. Esto unas veces lo hace
conscientemente, otras sin darse cuenta, movida sólo de un instinto
secreto que la impulsa a decir, hacer o dejar las cosas, sin una razón
clara. Muchas veces la ocasión o la razón que determinan al
alma fiel son simplemente de orden natural, sin que a sus ojos o a los de los
demás se muestre ningún misterio especial en ese puro azar o
necesidad o conveniencia. Y sin embargo, la acción de Dios, que es la
inteligencia, sabiduría y consejo de sus amigos, se sirve en su favor
de todas esas cosas tan simples, se las apropia y las endereza de tal modo
que vienen a frustrarse los planes de quienes pretendían dañar
al alma. Atentar contra un alma sencilla es
lo mismo que atentar contra Dios. ¿Qué podrá hacerse
contra el Omnipotente, «cuyos
caminos son inescrutables» [Rm 11,33]? Dios mismo toma como suya
la causa del alma sencilla. No hace falta, pues, que ella investigue las
intrigas de sus enemigos, que enfrente su inquietud a la inquietud de ellos,
espiando atentamente todos sus movimientos. Su Esposo la descarga de todos
estos cuidados, y ella, confiándose a Él, descansa llena de paz
y seguridad. EL ABANDONO TODO LO SIMPLIFICA La acción divina libera al
alma y le evita tener que usar de todos esos medios rastreros e inquietos,
tan empleados por la prudencia humana. Todo eso va bien para Herodes y los
fariseos, pero los Reyes magos no tienen más que seguir en paz su
estrella. Y al niño le basta dejarse llevar en los brazos de su madre.
Cuando sus enemigos lleven adelante sus manejos, cuanto más hagan por
perjudicarle, hostilizarle y sorprenderle, más libre y tranquilo
irá, sin pretender rehuirles, sin tratar de halagarles para evitar sus
golpes, envidias y malas intenciones: sus persecuciones le son favorables. Así vivía Jesucristo
en Judea, y así es como vive todavía en las almas sencillas.
Sigue siendo generoso, dulce, libre, pacífico, sin temer nada ni
necesitar de nadie, viendo todas las criaturas como instrumentos en las manos
de su Padre para servirle, unas por sus pasiones criminales, otras por sus
santas acciones, aquéllas por sus contradicciones, éstas por su
obediencia y fidelidad. Todo viene a ser ordenado maravillosamente por la
acción divina, y nada falta ni sobra, ni hay más males o bienes
de lo preciso. La voluntad de Dios dispone en
cada momento el instrumento que conviene, y el alma sencilla, sostenida por
la fe, encuentra todo bien y no desea ni más ni menos de lo que tiene.
Bendice, pues, en todo momento la mano divina, que derrama suavemente sus
aguas tan santificantes en el fondo del alma; y así recibe con igual
dulzura a los amigos y a los enemigos, pues ésa es la forma que tiene
Jesús de tratar como instrumento divino a todas las cosas. En esa actitud espiritual no se
necesita de nadie, y sin embargo de todos se necesita. Hay que recibir la
acción divina, cuya ordenación es en todo necesaria,
según su calidad y naturaleza, y corresponder con dulzura y humildad.
Así lo enseñó San Pablo [1Cor 9,19-23], y así lo
había vivido Jesucristo, tratando con sencillez a los sencillos y con
bondad a los groseros. Pertenece exclusivamente a la
gracia marcar con ese sello sobrenatural a las almas, distinguiendo y
apropiándose maravillosamente de la naturaleza de cada persona. Es
esto algo que no puede aprenderse en los libros, pues es verdaderamente un
espíritu profético, el efecto de una íntima
revelación. Es, en fin, una enseñanza del Espíritu
Santo. Y para vivirlo es necesario haber llegado al último grado del
abandono, al desasimiento más completo de todo objeto, deseo o
interés propio, por santo que sea. Es preciso tener como único
asunto en este mundo el dejarse pasivamente en la acción divina, para
entregarse a todo lo que exigen las obligaciones del propio estado, dejando
hacer al Espíritu Santo en el interior, sin ir mirando lo que hace,
incluso estando bien a gusto de no saberlo. Todo cuando sucede en el mundo es
solamente para el bien de las almas fieles a la voluntad de Dios. LA ESTATUA IMPONENTE DEL MUNDO, HECHA DE ORO Y BRONCE, HIERRO Y BARRO La figura del mundo es presentada
bajo el aspecto de una estatua de oro, bronce, hierro y barro [Dan 2,31-35].
Este misterio de iniquidad [mostrado en sueños al rey Nabucodonosor]
no es sino el oscuro conjunto de todas las acciones interiores y exteriores
de los hijos de las tinieblas, que son la Bestia salida del abismo para hacer
la guerra a los hombres espirituales [Apoc 13]. Y todo lo que sucede en la
historia hasta el presente es la continuación de esa guerra. Las
Bestias se suceden unas a otras, el abismo las devora y las vomita de nuevo
en medio de nuevos vapores. El combate entre Lucifer y San
Miguel comenzó en el cielo y perdura en la tierra [Dan 122,13.21; Apoc
12,7]. El corazón de este ángel soberbio y envidioso es un
abismo insondable de toda clase de males. Por él entró en el
cielo la revuelta de ángeles contra ángeles, y desde la
creación del mundo todo su empeño es suscitar entre los hombres
nuevos malvados que ocupen el lugar de los que él se ha tragado.
Lucifer es, pues, el jefe de aquellos que se le someten libremente. Este misterio de iniquidad
está hecho de odio a la voluntad de Dios y produce un desorden
diabólico, un caos misterioso, pues oculta bajo hermosas apariencias
males irremediables e infinitos. Todos los malos, desde Caín hasta los
que hoy arrasan la faz de la tierra, han tenido siempre apariencia de
grandes, de príncipes poderosos, que centraban la atención del
mundo y que suscitaban la adoración de los hombres [Apoc 13,3-4]. Y
esta apariencia fascinante y engañosa es un misterio: no hay en ella
sino Bestias surgidas del abismo, unas detrás de otras, con el fin de
trastornar y falsificar el orden dispuesto por Dios. Pero la ordenación divina,
que es otro misterio, ha suscitado siempre hombres verdaderamente grandes y
poderosos, que han dado el golpe mortal a esas Bestias. Y a medida que el
abismo ha vomitado otras nuevas, el cielo ha hecho nacer también
héroes capaces de vencerlas. La historia antigua, sagrada y profana,
es la historia de esta guerra, en la que la voluntad de Dios permanece
siempre victoriosa. Los que se han alineado con ella, igualmente, han vencido
y son felices por toda la eternidad. Por el contrario, la maldad nunca ha
sido capaz de proteger a los desertores, sino que les ha pagado con la muerte
y una muerte eterna. ¡El malo siempre se cree
invencible en su maldad! Pero, Dios mío, ¿quien podrá
resistirte? [Rm 9,19-24]. Aunque un alma sola tuviera en contra suya a todas
las fuerzas del infierno y del mundo, nada tendría que temer si se
abandona a la voluntad de Dios. Y esa apariencia monstruosa de la maldad, que
parece tan poderosa, esa cabeza de oro, ese cuerpo de plata, bronce y hierro,
no es más que un fantasma de polvo brillante. Una piedrecilla, cayendo
sobre ella, la derrumba, dejándola a merced del viento [Dan 2,34-35]. EL ESPÍRITU DIVINO VENCE SIEMPRE A LA BESTIA MUNDANA ¡Qué admirablemente
va trazando todos los siglos el Espíritu Santo! Todas esas
revoluciones, que conmueven tanto a los hombres, que irrumpen con tal
luminosidad, como si fueran astros que brillan sobre las cabezas de los
pueblos, tantos acontecimientos extraordinarios, todo eso no es más
que un sueño efímero, que huye de la memoria de Nabucodonosor
cuando se despierta, por fuertes que fueran las huellas que grabaran en su
espíritu. Todas esas Bestias sólo
surgen en el mundo para ejercitar la valentía de los hijos de Dios. Y
cuando éstos ya están suficientemente adiestrados, Dios les
concede la fuerza para matar las Bestias. Y el cielo al punto eleva a los
vencedores, y el infierno traga a los vencidos. Al punto surge una nueva Bestia y
Dios suscita nuevos guerreros para darle batalla. Y así, esta vida no
es sino un espectáculo continuo que alegra el cielo, ejercita a los
santos y confunde al infierno. Todos los enemigos del bien vienen a ser
esclavos de la justicia, y la acción divina construye la
Jerusalén celeste con trozos de Babilonia, compuesta por piezas usadas
y rotas. ¿Sirven para algo las
más altas luces, las revelaciones divinas, si no se ama la voluntad de
Dios? Lucifer no fue capaz de aprobar esta voluntad. La decisión de la
acción divina que Dios le revelaba al mostrarle el misterio de la
Encarnación, le encendió de envidia. En cambio, un alma
sencilla, iluminada por la luz de la fe, no se cansa de admirar, alabar y
amar la voluntad de Dios, descubriéndola no solamente en las criaturas
santas, sino incluso en el desorden y confusión más
caóticos. Un grano de fe pura ilumina más el alma sencilla que
a Lucifer todas sus luces tan elevadas. LA VICTORIA CIERTA DE LA FIDELIDAD La sabiduría del alma fiel
a sus obligaciones, tranquilamente sometida a las mociones íntimas de
la gracia, dulce y humilde con todos, vale mucho más que la más
profunda penetración de los mayores misterios. Si sólo
viéramos la oculta acción divina en todo el orgullo y dureza de
las criaturas, la recibiríamos con dulzura y respeto. Sus
desórdenes, por aparatosos que sean, son incapaces de romper el orden
divino. Por eso, dulce y humildemente,
nunca hay que dejar esa unión con la acción divina que esas
cosas implican consigo y comunican. Como tampoco hay que detenerse a mirar la
vía que siguen, sino asegurarse en el propio camino. De este modo es
como, ajustándose suavemente a las cosas, caen los cedros y se
derriban las rocas que no nos dejaban pasar. Si queremos vencer infaliblemente
a todos nuestros adversarios, basta que les opongamos estas armas. Jesucristo
nos las ha puesto en las manos para que nos defendamos, y nada debemos temer
si nos servimos de ellas sin cobardía, con generosidad, pues en eso
consiste la acción de los divinos instrumentos. Es Dios quien hace lo
sublime y maravilloso, y jamás una acción particular que haga
la guerra a Dios puede resistir a quien está unido a la acción
divina por la dulzura y la humildad. LUCIFER ES LA REBELDÍA CONTRA LA VOLUNTAD DE DIOS PROVIDENTE ¿Quién es Lucifer?
Un espíritu bellísimo, el más inteligente de todos; pero
un espíritu descontento de Dios y de sus designios. Pues bien, el
misterio de iniquidad no es sino la extensión de esa inconformidad,
que se manifiesta de todas las maneras posibles. Lucifer, en cuanto
está en su mano, no querría dejar nada en el orden que Dios ha
dispuesto. Y allí donde él penetra, veréis siempre una
desfiguración de la obra de Dios. Cuanta más luz,
sabiduría y capacidad tiene una persona, mayores son para ella los
peligros, si no está fundamentada en la piedad, que consiste en estar
conformes con Dios y con su voluntad. Estamos unidos a la acción
divina por un corazón puro, bien ordenado, y sin él todo lo que
se haga viene a ser algo puramente natural y, de ordinario, es una verdadera
resistencia a la acción divina. En realidad, Dios no tiene otros
instrumentos que los humildes, pues siempre es contradicho por los soberbios
que, sin embargo, no pueden menos de servirle como esclavos en el
cumplimiento de sus designios. EL ALMA SENCILLA RECONOCE Y ACEPTA EN TODO LA VOLUNTAD DE DIOS Cuando veo un alma que hace de
Dios y de la fidelidad a su voluntad su todo, por más pobre que
esté de otras cosas, me digo: «he aquí un alma con
grandes talentos para servir a Dios». Así venían a ser
las apariencias de la santísima Virgen y de San José. Sin esta
actitud, en cambio, todas las demás cualidades me dan miedo, temo la
acción de Lucifer en ellos, y me mantengo en guardia, pues todo ese
encanto no es más que un brillo sensible, como una frágil y
quebradiza copa de cristal. La voluntad de Dios es toda la
estrategia de un alma sencilla, que es capaz de reconocerla hasta en aquellas
acciones irregulares que el soberbio realiza para humillarla. El soberbio
desprecia al alma sencilla, pero ante ésta él no es nada, pues
ella solamente ve a Dios en él y en todas sus acciones. A veces el soberbio, viendo al
alma sencilla tan humilde, se imagina que se ve afectada por su desprecio; y
no comprende que su humildad es solamente signo de su reverencia amorosa
hacia Dios y su voluntad, a quien capta en la misma acción del
soberbio. No, pobre insensato, no. Tú al alma sencilla no le das
ningún miedo; lo que le das es compasión. Ella está
respondiendo a Dios, cuanto tú piensas que te habla a ti. Es con
Él con quien lleva su negocio y no contigo, que solamente eres para
ella como un esclavo, o mejor, como una mera apariencia bajo la cual
Él se disfraza. Por eso cuando tú te elevas, ella se anonada; y
cuando tú crees apresarla, es ella la que te captura a ti. Tus
malicias y violencias son para ella simplemente favores de la divina
Providencia. El soberbio, pues, es un verdadero enigma, pero el alma
sencilla, iluminada por la fe, lo descifra con toda claridad. LA CIENCIA SUPREMA: CONOCER Y ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS Este conocimiento de la
acción divina en todo lo que pasa en cada momento es la
sabiduría más sutil que en esta vida puede tenerse de las cosas
de Dios. Es una revelación continua, es un diálogo con Dios que
se renueva incesantemente, es gozar del Esposo no en lo oculto, a escondidas,
en la bodega o en la viña, sino al descubierto y en público,
sin miedo a nadie. Es un océano de paz, gozo, amor y de conformidad
con un Dios visto, conocido o, mejor aún, creído, viviendo y
operando siempre lo más perfecto, en cuanto se presenta en todos los
instantes. Es el paraíso eterno que, verdaderamente, se hace presente
en las cosas pequeñas, cubiertas de tinieblas. Pero el Espíritu
de Dios, que en esta vida compone secretamente todos estos fragmentos con su
acción continua y fecunda, dirá en el día de la muerte:
«hágase la luz» [Gén 1,3], y se verán
entonces los tesoros que encerraba la fe en ese abismo de paz y de
conformidad con Dios, que se encuentra a cada momento en todo lo que hay que
sufrir o hacer. Cuando Dios quiere darse al alma
de este modo, todo lo común se hace extraordinario y, por serlo
verdaderamente, no lo parece. Y es que este camino es por sí mismo
extraordinario y por eso mismo no es necesario adornarlo con maravillas prestadas.
Es un milagro, una revelación y un gozo permanente, con algunas
pequeñas imperfecciones. Su condición propia, sin embargo, no
es poseer apariencias sensibles y maravillosas, sino hacer maravillosas todas
las cosas comunes y sensibles. Así es como vivía la Virgen. |