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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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CAPÍTULO XI EN EL PURO
ABANDONO EN DIOS TODO LO QUE PARECE OSCURIDAD ES ACTIVIDAD DE LA FE CAMINANDO A
CIEGAS, EN TOTAL SEGURIDAD Hay un género de santidad
en el que todas las comunicaciones divinas son luminosas y claras. En cambio,
en la vía pasiva de la fe, todo lo que Dios comunica participa de su
naturaleza y de la tiniebla inaccesible que rodea su trono. Y el alma se ve
confusa, perdida en la oscuridad. Teme a veces, como el profeta, ir a caer en
la fosa, caminando a través de las tinieblas. No, alma fiel, no temas nada. En
tu camino, bajo la guía solícita de Dios, no hay nada
más seguro e infalible que las tinieblas de la fe. ¿Pero hacia
qué lado ir, cuando la fe se hace tan obscura? Camina por donde
buenamente puedas. Cuando uno no tiene camino y avanza en una oscuridad
total, no se puede extraviar. No es posible dirigirse a ninguna meta y no hay
objeto alguno ante los ojos. «Pero yo siento como si
cayera en cada momento en un precipicio. Todo me apena. Ya me doy cuenta de
que obro por abandono en Dios, pero parece como si no pudiera hacer nada
obrando por las virtudes. Oigo a todas las virtudes, que se lamentan porque
me alejo de ellas. Y cuanto más me conmueven y afectan esas quejas,
más siento obscuramente que me alejo de ellas. Estimo sinceramente la
virtud, pero me muevo por la inclinación interior. No estoy seguro de
que me lleve bien, pero nada puede impedirme que lo crea». El espíritu ansía la
luz, pero el corazón no quiere sino las tinieblas. Todas las personas
y espíritus lúcidos agradan a mi espíritu, pero mi
corazón sólo gusta de conversaciones y palabras que no
comprende en absoluto. Y todo su estado y camino son efectos del don de la
fe, que lleva a amar y gustar de principios, verdades y caminos de los que el
espíritu no tiene ni objeto, ni ideas, y en los que tiembla, se
estremece y se tambalea. La seguridad está, no
sé cómo, en el fondo de mi corazón, y éste camina
según es impulsado, convencido de la bondad de su impulso, no por
evidencia, sino por testimonio de su fe. Es imposible que Dios guíe un
alma sin comunicarle una certeza de la bondad de su camino, tanto más
grande cuanto menos se siente. Y esta certeza afirma su victoria sobre todas
las criaturas, sobre todos los miedos y los esfuerzos, sobre todas las ideas
espirituales. Es inútil entonces gritar,
luchar, buscar mejor. La esposa siente al Esposo sin sentirlo, pues cuando
ella le va a tocar, Él desaparece. Siente que el Esposo la rodea con
su brazo derecho [Cant 2,6], y prefiere perderse, abandonándose a su
guía, que le va llevando sin razón y sin orden, a tratar de
asegurarse, esforzándose en seguir los caminos señalados por la
virtud. A OSCURAS,
EN LA PAZ DEL ABANDONO Vamos, pues, alma mía, vamos
a Dios por el abandono, y ya que la virtud exige industria y esfuerzos,
confesémosle nuestra impotencia y confiemos en que Dios no
permitirá que no podamos andar a pie, si Él no ha decidido en
su bondad llevarnos en brazos. Y siendo así
¿qué necesidad tenemos de luz, Señor, de ver y sentir,
de seguridad, ideas y reflexiones, ya que no vamos a pie, sino llevados en
brazos de la Providencia? Cuantas más tinieblas, abismos,
obstáculos, muertes, desiertos, temores, persecuciones, sequedades,
pobrezas, aburrimientos, angustias, desesperaciones, purgatorios e infiernos
haya en nuestro camino, más grandes serán nuestra fe y nuestra
confianza. Bastará con levantar los ojos a ti para vernos protegidos
de tan grandes peligros. Entonces nos olvidaremos de los
caminos y de sus condiciones, nos olvidaremos de nosotros mismos y,
absolutamente abandonados a la sabiduría, bondad y potencia de nuestro
Guía, solamente nos acordaremos de amarte, de evitar todo pecado,
incluso el más pequeño, y de cumplir las obligaciones de nuestro
deber. Éste será el
único cuidado, Amor querido, que tú encargas a tus queridos
hijos pequeños, ocupándote tú de todo el resto. Y ellos,
cuanto más terrible sea este resto, más esperan y reconocen tu
presencia. No se preocupan más que de amar, como si ellos ya no
existieran. Y cumplen sus pequeños deberes como un niño que en
el regazo de su madre se ocupa en sus entretenimientos, como si en el mundo
no existieran más que su madre y sus juegos. El alma ha de ir más
allá de todo lo que le hace sombra. La noche no es tiempo de obrar,
sino de descansar. La luz de la razón solamente puede acrecentar las
tinieblas de la fe, y el rayo de luz que las atraviesa ha de venir de
más alto que ellas. Cuando Dios se comunica a un alma
como vida, no se presenta ya a sus ojos como camino y como verdad [Jn 14,6].
La esposa busca al Esposo en la noche [Cant 3,1], y él está
detrás de ella, la tiene entre sus manos y la impulsa. Ella le busca
delante, sin encontrarle. Pero él ya no es objeto de ideas, sino
principio e impulso. En la acción divina hay
recursos secretos e inesperados, maravillosos y desconocidos, para todas las
necesidades, problemas y perturbaciones, caídas y contradicciones,
incertidumbres e inquietudes, así como para las dudas de unas almas
que ya no confían en su propia acción. Cuanto más se
complica la situación, más feliz se espera el desenlace. UN
CÁNTICO NUEVO: TODO VA BIEN El corazón asegura:
«todo irá bien», pues es Dios quien realiza la obra. No
hay miedo. El mismo miedo, la privación, la desolación no son
más que versos de cánticos de tinieblas, que son cantados con
entusiasmo sin omitir ni una sílaba, en la certeza de que todo culmina
en el Gloria Patri. Así es como de su extravío hace el
alma su propio camino. Las mismas tinieblas sirven para guiar, y las dudas
para dar seguridad. Y cuanto menos ve Isaac dónde encontrar algo para
hacer el sacrificio, más lo espera todo Abraham de la Providencia
[Gén 22,7-8]. Las almas que caminan en la luz
cantan cánticos de luz, y las que caminan en tinieblas cantan un
cántico de tinieblas. Hay que dejar que cada uno cante de principio a
fin la partitura que Dios le ha dado. No hay que añadir nada a lo que
Él completa, sino dejar que caigan una a una las gotas de hiel de esas
divinas amarguras embriagantes. Jeremías, Ezequiel, pasando por estas
tinieblas, no tenían más palabras que suspiros y sollozos, y no
encontraban consolación sino en la continuación de sus
lamentos. Por eso, quien hubiera detenido el curso de sus lágrimas,
nos habría privado de algunas de las páginas más
hermosas de la Escritura. El mismo Espíritu que llena de
desolación es el único que puede consolar. Son aguas diferentes
que manan de una misma fuente. EN TINIEBLAS
ABSOLUTAS Cuando Dios sorprende a un alma,
ésta debe temblar; y cuando la amenaza, ha de anonadarse. No hay
más que dejar que actúe y se desarrolle la acción
divina, pues ella lleva a lo largo de su curso el mal y la medicina. Llorad, queridas almas, temblad,
pasad por la inquietud y la agonía. No hagáis ningún
esfuerzo por evitar estos temblores divinos, estos gemidos celestiales.
Recibid en el fondo de vuestras almas las mismas olas que aquel mar de
amargura arrojó sobre el alma santa de Jesús. Id siempre
adelante y el mismo aliento de gracia que hizo correr vuestras
lágrimas ha de secarlas. Se disiparán las nubes, el sol
irradiará su luz, la primavera os cubrirá de flores [Cant
2,11-12], y lo que sigue a vuestro abandono os hará encontrar la
variedad admirable que lleva en sí el curso de la acción
divina. SOÑANDO
O DESPERTADOS POR DIOS En realidad, es cosa muy vana que
el hombre se preocupe. Todo lo que en él sucede es algo semejante a un
sueño, en el que una sombra sigue y destruye la sombra precedente,
sucediéndose en los que duermen las imaginaciones, unas tristes, otras
alegres. El alma no es sino el juguete de estas apariencias que se devoran
entre sí. El despertar le hace ver al alma que nada de eso
tenía importancia alguna, y ya no se tiene en cuenta de todas esas
impresiones ni los peligros ni las felicidades del sueño. Puede decirse, Señor, que
tú tienes dormidos en tu seno a todos tus hijos mientras dura la noche
de la fe. Y que te complaces en hacer pasar por sus almas una infinita
variedad de sentimientos, que en el fondo no son más que santas y misteriosas
ensoñaciones. Éstas, a quienes están sumergidos en esa
noche y sueño, causan verdaderos temores, angustias y sufrimientos,
que en el día de la gloria tú disiparás y
convertirás en verdaderas y firmes alegrías. Será entonces, al despertar
del sueño, cuando las almas santas, completamente lúcidas y
libres para discernir, se llenarán de admiración al conocer las
sutilezas y las invenciones, las delicadezas y trucos amorosos del Esposo, y
entenderán hasta qué punto «sus caminos son inescrutables» [Rm 11,33],
verán cómo era imposible descifrar sus enigmas, descubrir sus
artimañas, y cómo no había modo alguno de recibir
consolación cuando Él quería infundir temor y alarma. Al
despertarse, Jeremías, David y otros como ellos, pudieron ver que
aquello que les había desolado inconsolablemente era motivo de gozo
para Dios y sus ángeles. TRUCOS DEL
AMOR DIVINO PROVIDENTE «No
despertéis a la esposa» [Cant 3,5],
espíritus hábiles, artificios, acciones humanas. Dejadla
sufrir, temblar, correr, buscar. Es cierto, el Esposo juega a
engañarla y se disfraza, mientras ella sueña y sus penas no son
más que sueños nocturnos. Pero dejad que siga durmiendo, dejad
que el Esposo trabaje en esta alma querida suya, y represente en ella lo que
solamente Él sabe trazar y expresar. Dejadle continuar con sus
representaciones. Él la despertará en su momento. José hace llorar a
Benjamín [Gén 44,1-17; 45,1-6, haciendo esconder dinero en los
sacos de su hermanos y su propia copa en el costal del niño].
Servidores de José, ¡no descubráis su secreto al
pequeño! José le engaña, y su engaño pone a
prueba toda su astucia. Benjamín y sus hermanos se ven sumidos en un
dolor inmenso, pero no es sino un juego de José. Los pobres hermanos
no ven otra cosa que un mal sin salida. No les digáis nada, que
él solucionará todo. Él mismo les despertará de
su engaño, y admirarán su sabiduría, que les ha hecho
ver un mal tan grande y desesperado en lo que para ellos va a ser causa de la
mayor alegría. QUIETISTAS Quietistas ignorantes y sin experiencia, que pretendéis en la esposa una
paz y una insensibilidad que no hubo en Jesús y en María, ni en
David o los profetas, ni en los apóstoles: ¡qué poco
conocéis el poder de la acción divina, su extensión y su
fuerza, la variedad y eficacia de las sombras de la pura fe! No tenéis
ni idea del sueño de la esposa en esta noche profunda. Vuestra
doctrina se manifiesta falsa en las admirables operaciones y juegos que el
Espíritu Santo nos describe en el Cantar de los Cantares. Todas
sus palabras están desmintiendo vuestras doctrinas. EN PURA FE,
EN UN PURGATORIO ¡El estado de pura fe es un
estado de pura cruz! Todo allí es sombrío, todo es penoso. Es
una noche que entenebrece todo lo que se presenta. El alma, es cierto,
está resignada, incluso está contenta de la felicidad de Dios,
pero no siente nada que no sea un purgatorio, en el que todo lo que siente y
percibe es sufrimiento, y el mayor de todos es no hallar en sí misma
más que resignación, y tener una tendencia tan fuerte hacia su
propia felicidad, como si la de Dios viniera a serle indiferente y lejana. ¡Qué diferencia tan
grande hay entre obrar según principios objetivos, por un principio
ideal, de imitación o de doctrina, y obrar por el principio de la
moción divina! El alma es empujada hacia adelante sin ver el camino
abierto ante sus ojos. No va ni por donde ella ha visto, ni según lo
que ha leído. Así es como va la acción propia, y no
puede ir de otro modo, ni asumir otros riesgos. Pero la acción divina
es siempre nueva, no vuelve nunca sobre sus antiguos pasos, y va abriendo
siempre caminos nuevos. Las almas que ella conduce no saben dónde van,
y sus senderos no están ni en los libros ni en sus reflexiones. La
acción divina les va abriendo camino continuamente y entran en
él empujadas por su impulso. UN GUÍA
AMIGO NOS GUÍA EN LA NOCHE Cuando uno es conducido por un
guía a través de un país desconocido, de noche, por los
campos, sin camino, según su instinto, sin tomar consejo de nadie, y
sin querer descubrir sus planes, ¿puede tomarse otra actitud que la del
abandono? ¿Sirve de algo mirar dónde está uno,
interrogar a los que pasan, consultar el mapa o a otros viajeros? El plan y,
por decirlo así, el capricho del guía, que quiere que se
confíe en él, se verían contrariados por todo eso. Le
agrada poner a prueba la inquietud y la desconfianza del que es conducido,
pues lo que pretende es que se confíe totalmente a él; y si se
asegura de que es bien guiado, ya no habría ahí ni fe ni
abandono. La acción divina es
esencialmente buena, y no quiere en absoluto ser cambiada o controlada.
Comenzó a obrar desde la creación del mundo y, desde entonces,
fecunda e inagotable, obra sin limitación alguna, dando cada
día y momento nuevas pruebas de su poder. Hacía esto ayer, y
hoy hace esto otro. Es la misma acción que se va aplicando a todos los
momentos por medio de efectos siempre nuevos, y así se irá
desplegando eternamente. DIOS CONDUCE
EN LA NOCHE A SUS SANTOS Esa acción divina es la que
ha hecho a Abel, Noé, Abraham, bajo modelos diferentes. Isaac es un
original suyo, y Jacob no es una copia ni de José ni de él.
Moisés no ha tenido a nadie semejante entre sus antepasados. David y
los profetas son todos distintos de los patriarcas. San Juan Bautista es
más grande que todos ellos. Jesucristo es el
primogénito: los apóstoles obran más por la
moción de su espíritu que por la imitación de sus obras.
Y Jesucristo no se ha imitado a sí mismo, ni ha seguido a la letra sus
propias doctrinas. El Espíritu divino inspira siempre su santa alma, y
él, abandonado siempre a su inspiración, no tiene necesidad de
consultar al momento precedente para dar forma al siguiente. La moción
de la gracia da forma a todos sus instantes siguiendo el modelo de las
verdades eternas que la Santísima Trinidad guarda en su invisible e
impenetrable sabiduría. El alma de Jesucristo recibe en cada momento
las órdenes y las realiza, haciéndolas visibles. El Evangelio
nos va mostrando la continuidad de estas verdades en la vida de Jesucristo, y
Él mismo, siempre vivo y operante, vive y obra continuamente, también
hoy, nuevas cosas en las almas santas. ABANDONO
PERFECTO DE JESUCRISTO Así pues, si queréis
vivir evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la
acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este abandono, y «es el mismo ayer y hoy y
siempre» [Heb 13,8], para continuar siempre su vida y no para
recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho está, y lo que resta, lo va
haciendo en todo momento. Cada santo recibe una parte de esta vida divina.
Jesucristo es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus
santos. La vida de cada santo es la misma vida de Jesucristo, es un Evangelio
nuevo. Las mejillas del Esposo son
comparadas a los jardines y arreates, llenos de flores perfumadas [Cant
5,13]. La acción divina es el jardinero que diversifica su jardín
de modo admirable. Es éste un jardín que no se parece a
ningún otro, y entre todas sus flores no hay dos que sean iguales,
gracias al abandono por el que se entregan ellas el cultivo del jardinero,
dejándole hacer en ellas cuanto le place, contentándose ellas
con hacer lo que es propio de su naturaleza y condición. El Evangelio,
toda la Escritura y la ley común se resumen en dejarle hacer a Dios y
hacer aquello que Él exige de nosotros. CAMINO
FÁCIL, SENCILLO, RECTO Ésta es, sin más, la
acción fácil, sencilla y propia de todos los instrumentos
divinos. Es el único secreto del abandono, un secreto sin secreto, un
arte sin artificio. Es el camino recto. Dios, que lo exige a todos, lo ha
manifestado claramente, haciéndolo inteligible y muy sencillo. Lo que
hay de oscuro en el camino de la pura fe no es aquello que el alma debe
practicar, sino aquella acción que Dios se ha reservado. Nada
más fácil y claro que lo primero. El misterio está en lo
que Dios hace por sí mismo. Considerad, por ejemplo, lo que
sucede en la Eucaristía. Lo que es necesario para consagrar el cuerpo
de Jesucristo es tan sencillo y fácil que cualquiera, por basto que
sea, puede realizarlo, si tiene el carácter sacerdotal. Y sin embargo,
es el misterio de los misterios, donde todo permanece escondido y
oculto, tan incomprensible, que cuando se es más iluminado y
espiritual, más fe se necesita para creerlo. El camino de la pura fe es en esto
algo semejante. Su objetivo es encontrar a Dios en cada momento, y esto es lo
más alto, lo más místico, lo más beatífico
que pueda haber. Es un fondo inagotable de pensamientos, discursos y
escrituras, es un conjunto y una fuente de maravillas. Sin embargo, para
lograr un objetivo tan prodigioso ¿qué es lo que hace falta?
Una cosa solo: dejar hacer a Dios y hacer todo lo que Él quiere,
según el propio estado. CAMINO
OCULTO Y OSCURO No puede haber en la vida
espiritual nada más sencillo y más al alcance de todos.
Éste es, pues, el camino maravilloso y oscuro. Para caminar por
él el alma necesita una gran fe, pues todo se presenta tan dudoso que
la razón siempre halla motivos para protestar. Aquí es preciso
creer en lo que no se ve. A juicio de los judíos, los profetas fueron
santos, pero este Jesús es un «embaucador»
[Mt 27,63; Lc 23,2.5.14]. ¡Qué poca fe tiene el alma que, como
ellos, se escandaliza de Él! Desde el principio del mundo
Jesucristo vive en nosotros, y en nosotros obra durante toda su vida.
Aquél que se nos entrega hasta el fin del mundo permanece siempre.
Jesús vivió y vive hoy una vida que comenzó en sí
mismo, que continúa en sus santos y que no terminará
jamás. ¡Oh, vida de Jesús, que comprende y excede todos
los siglos! Si todo el mundo es incapaz de contener todo lo que podría
escribirse acerca de Jesús, todo lo que Él hizo o dijo, toda su
vida; si el Evangelio no nos da sino unos pocos trazos; si sus primeros
tiempos son tan desconocidos y tan fecundos, ¿cuántos
Evangelios sería preciso escribir para contar la historia de todos los
instantes de esta vida mística de Jesucristo, que multiplica sus
maravillas hasta el infinito y las multiplicará eternamente, pues en
realidad todos los tiempos no son sino la historia de la acción
divina? EVANGELIO
VIVO Y DIARIO QUE SIGUE ESCRIBIENDO EL ESPÍRITU SANTO El Espíritu Santo ha hecho
consignar en caracteres infalibles e indudables algunos instantes de esa
larga historia. Ha recogido en las Escrituras algunas gotas de ese mar,
manifestando los secretos e ignorados caminos por los que Jesucristo ha
aparecido en el mundo. En medio de la confusión de los hijos de los
hombres, se ven así los canales y venas por donde se reconoce el
origen, la raza, la genealogía de este Primogénito. Todo el
Antiguo Testamento es solamente un caminito entre los innumerables e
inescrutables caminos de esta obra divina, que así señala no
más que lo necesario para llegar hasta Jesús. Y el resto ha
quedado escondido en los tesoros de la sabiduría del Espíritu
divino. En efecto, de todo este
océano de la acción divina solamente ha manifestado un hilillo
de agua que, llegando hasta Jesús, se pierde en los apóstoles y
queda abismado en el Apocalipsis. De manera que el único objeto de
nuestra fe es el resto de la historia de la acción divina, es decir,
toda la vida mística que Jesús lleva en las almas santas hasta
el fin de los siglos. Todo cuanto se ha escrito es
sólo lo más evidente. Pero ahora nosotros estamos en los siglos
de la fe, y el Espíritu Santo escribe los Evangelios solamente en los
corazones. Todas las acciones y momentos de los santos son Evangelio del
Espíritu Santo, en el que las almas son el papel, y sus sufrimientos y
acciones son la tinta. El Espíritu Santo, por la pluma de su
acción, escribe un Evangelio vivo, que solamente podrá ser
leído en el día de la gloria, cuando, después de salir
de la prensa de esta vida, sea publicado. ¡Qué bellísima
historia! ¡Qué libro tan hermoso escribe el Espíritu
Santo en el presente! Almas santas, es un libro que está en prensa
todavía, pero no hay día en que no se vayan componiendo las
letras, aplicando la tinta, imprimiendo las hojas. Nosotros, sin embargo,
permanecemos en la noche de la fe, y el papel resulta más negro que la
tinta. No se aprecia en los caracteres sino pura confusión, es como
una lengua de otro mundo, no se entiende nada. Es un Evangelio que solamente
podréis leer en el cielo. LA FE SABE
LEER ESTE LIBRO DE VIDA Si pudiéramos ver la vida y
mirar todas las criaturas no en sí mismas, sino en su principio.
Más aún, si pudiéramos ver la vida de Dios en todos los
objetos, cómo los mueve la acción divina, cómo los
mezcla, los junta, los opone, los impulsa entre términos contrarios,
reconoceríamos entonces que todo tiene su razón de ser, su
medida, proporción y relación en esta obra divina. Pero ¿cómo leer este
libro en el que los caracteres son desconocidos, innumerables, todos
revueltos y cubiertos de tinta? Si la combinación de veinticuatro
letras puede ser tan inmensa que basta para componer infinidad de
volúmenes diferentes, cada uno admirable en su género,
¿quién podrá expresar lo que Dios hace en el universo?
¿Quién será capaz de leer y entender el sentido de un
libro tan inmenso, en el que no hay letra que no tenga su forma particular, y
que en su pequeñez no encierre profundos misterios? Los misterios no se ve ni se
sienten: son objetos de la fe. Y la fe los cree, juzgándolos buenos y
verdaderos, sólo por su principio divino, pues en sí mismos son
tan obscuros, que todas sus apariencias no sirven más que para
ocultarlos y esconderlos, y para cegar a quienes pretenden juzgarlos por la
sola razón. ESPÍRITU
SANTO, ENSÉÑAME A LEER EL MOMENTO PRESENTE ¡Oh, Espíritu divino,
enséñame a leer en este libro de la vida! Quiero hacerme
discípulo tuyo y, como un niño pequeño, creer lo que no
alcanzo a entender. Me basta que mi Maestro lo diga. Él ha dicho esto,
lo ha pronunciado, ha juntado las letras de este modo, y eso me basta. Pienso
que todo es como Él lo ha dicho, aunque no entiendo nada, porque
Él es la verdad infalible. Todo lo que dice, todo lo que ve, es la
verdad. Él quiere que se junten ciertas letras para formar un nombre,
y de éste se deriven otros. No hay más que tres, que seis, no
hay más que aquello, pues basta: con menos no tendría sentido.
Él es el único que, conociendo los pensamientos, es capaz de
juntar las letras para hacer un escrito. Todo tiene significado, todo posee
un sentido perfecto. Esta línea termina aquí, porque así
conviene. No falta una coma, ni hay un punto inútil. Esto lo creo ahora, en el
presente, y cuando en el día de la gloria me sean revelados tantos
misterios, alcanzaré a ver con claridad todo lo que ahora no comprendo
sino confusamente, todo lo que se me muestra tan revuelto y embrollado, tan
desordenado e imaginario. Y entonces todo me alegrará, me
llenaré de un gozo eterno por la bondad y el orden, la razón,
la sabiduría y las incomprensibles maravillas que descubriré. Todo lo que vemos ahora es vanidad
y mentira. La verdad de las cosas está en Dios. ¡Y qué
diferentes son las ideas de Dios de nuestras ilusiones! ¿Cómo
entender, si no, que estando continuamente advertidos de que todo esto que
pasa en el mundo no es más que una sombra, una figura, un misterio de
fe, nos conduzcamos, sin embargo, en todo humanamente, guiados por el sentido
natural de las cosas, que no alcanza nunca a descifrar el enigma?. Caemos una
y otra vez en la trampa, como insensatos, porque no levantamos los ojos al
principio divino, a la fuente, al origen de las cosas, donde todo tiene otro
nombre y otras cualidades, donde todo es sobrenatural, divino, santificante,
donde todo es parte de la plenitud de Jesucristo, donde todo es piedra de la
Jerusalén celeste [Apoc. 3,12], donde todo se integra y hace entrar en
este edificio maravilloso. Vivimos según lo que vemos
y sentimos, y hacemos inútil esta luz de la fe que podría
conducirnos con tanta seguridad por este laberinto, donde hay tantas
tinieblas e imágenes, entre las que nos extraviamos como necios. No
avanzamos guiados por la fe, que solamente ve a Dios y las cosas en Dios, y
que vive siempre de Él, dejando a un lado lo visible, y yendo
más allá de las figuras. La fe es la antorcha del tiempo, y
ella sola alcanza la verdad invisible, toca lo impalpable, ve todo este mundo
como si no existiese, pues ve algo muy distinto de lo que es aparente. La fe
es la llave de los tesoros, la llave del abismo [Apoc 9,1] y de la ciencia de
Dios [Lc 11,52]. La fe denuncia la mentira de todas las criaturas, y por ella
Dios se revela y manifiesta en todas las cosas, divinizándolas. Ella
es la que quita el velo y descubre la verdad eterna. Cuando un alma recibe esta
inteligencia de la fe, Dios le habla por medio de todas las criaturas. El
universo es para ella una Escritura viviente, que el dedo de Dios traza
incesantemente ante sus ojos. La historia de todos los momentos que pasan es
una historia sagrada. Los Libros santos, que el Espíritu de Dios ha
inspirado, no son para ella más que el comienzo de las
enseñanzas divinas. Todo lo que sucede y que no
está consignado en las Escrituras es para ella una continuación
de éstas. Y lo que está escrito no es más que el
comentario de lo que no está. La fe juzga del uno por lo otro. La
síntesis escrita no es más que la introducción a la
historia de la plenitud de la acción divina, que se encuentra resumida
en las Escrituras. El alma descubre en ella los secretos para penetrar en los
misterios que encierran toda su plenitud. |