|
1. VERDADES CONSOLADORAS
Una de las verdades mejor establecidas y de las más
consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto
el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas
y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si
habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es
solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte
a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe
mortal.
Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos
atribuirlo a Dios? Sí, también le podéis acusar a Él del mal que sufrís.
Pero no es la causa del pecado que comete vuestro enemigo al maltrataros, y
sí es la causa del mal que os hace este enemigo mientras peca.
No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la
perversa voluntad que tiene de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder.
No dudéis, si recibís alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido.
Aunque todas las criaturas se aliaran contra vosotros, si el Creador no lo
quiere, si Él no se une a ellas, si Él no les da la fuerza y los medios
para ejecutar sus malos designios, nunca llegarán a hacer nada: No tendrías
ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto, decía el
Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo podemos decir a los demonios y a los
hombres, incluso a las criaturas privadas de razón y de sentimiento. No, no
me afligiríais, ni me incomodaríais como hacéis si Dios no lo hubiera
ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os da el poder de tentarme
y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si no os fuera dado de lo
Alto.
Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este
artículo de nuestra fe, no se necesitaría más para ahogar todas nuestras
murmuraciones en las pérdidas, en todas las desgracias que nos suceden. Es
el Señor quien me había dado los bienes, es Él mismo quien me los ha
quitado; no es ni esta partida, ni este juez, ni este ladrón quien me ha
arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha envenenado con sus
medicamentos; si este hijo ha muerto... todo esto pertenecía a Dios y no ha
querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.
A) CONFIEMOS EN LA
SABIDURÍA DE DIOS
Es una verdad de fe que Dios dirige todos los
acontecimientos de que se lamenta el mundo; y aún más, no podemos dudar de
que todos los males que Dios nos envía nos sean muy útiles: no podemos
dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la luz para discernir lo que
nos conviene.
Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve
mejor que nosotros lo que nos es útil, ¿no será una locura pensar que
nosotros vemos las cosas mejor que Dios mismo, que Dios que está exento de
las pasiones que nos ciegan, que penetra en el porvenir, que prevé los
acontecimientos y el efecto que cada causa debe producir? Vosotros sabéis
que a veces los accidentes más importunos tienen consecuencias dichosas, y
que por el contrario los éxitos más favorables pueden acabar finalmente de
manera funesta. También es una regla que Dios observa a menudo, de ir a sus
fines por caminos totalmente opuestos a los que la prudencia humana
acostumbra escoger.
En la ignorancia en que estamos de lo que debe
acaecernos posteriormente, ¿cómo osaremos murmurar de lo que sufrimos por
la permisión de Dios? ¿No tememos que nuestras quejas conduzcan a error, y
que nos quejamos cuando tenemos el mayor motivo para felicitamos de su
Providencia? José es vendido, se le lleva como esclavo, y se le encarcela;
si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de su felicidad, pues son
otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta el trono de Egipto.
Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario irlas a buscar muy
lejos e inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto; pero
si esta pena le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto
que todo esto estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle
de parte del Señor, para que sea el rey de su pueblo.
¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos
delante de Dios, y veamos las razones que habrá tenido de enviarnos estas
cruces que hemos recibido tan a pesar nuestro! He lamentado la muerte del
hijo único en la flor de la edad: ¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos
meses o algunos años más, hubiera perecido a manos de un enemigo, y habría
muerto en pecado mortal. No he podido consolarme de la ruptura de este
matrimonio: Si Dios hubiera permitido que se hubiera realizado, habría
pasado mis días en el duelo y la miseria. Debo treinta o cuarenta años de
vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta impaciencia. Debo mi
salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. Mi
alma se hubiera perdido de no perder este dinero. ¿De qué nos
molestamos?... ¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos
abandonamos a la buena fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su
profesión; él manda que se os hagan las operaciones más violentas, alguna
vez que os abran el cráneo con el hierro; que se os horade, que os corten
un miembro para detener la gangrena, que podría llegar hasta el corazón. Se
sufre todo esto, se queda agradecido y se le recompensa liberalmente,
porque se juzga que no lo haría si el remedio no fuera necesario, porque se
piensa que hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos el mismo honor a
Dios! Se diría que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos miedo de que
nos descaminara. ¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que puede
equivocarse y cuyos menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis
someteros a la dirección del Señor?
Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente
todo lo que Él quiere; se nos vería pedirle con lágrimas las mismas
aficiones que procuramos apartar por nuestros votos y nuestras oraciones. A
todos nos dice lo que dijo a los hijos del Zebedeo: Nescítis quid petatis;
hombres ciegos, tengo piedad de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís;
dejadme dirigir vuestros intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor
que vosotros lo que necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración
a vuestros sentimientos y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin
recurso.
B) CUANDO
DIOS NOS PRUEBA
¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios
permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero
interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que
ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de
ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para
ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado,
velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar
todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad
que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa
de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y
para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el
que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el
que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse
a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande
desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para
perjudicarnos! &emdash;¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano
sobre mí! &emdash;¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido
perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? &emdash;¡Me
hace caminar por un camino espinoso! &emdash;¿Si no hay otro para ir al
cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que
sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que
vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya
señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de
amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo
presenta; amándoos tanto corno lo hace, ¿podría trataros con rigor si no
tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis
oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que
rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había
reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su
persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha
preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os
suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para
hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos
parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha
incluso desde esta vida.
C) ARROJARSE EN LOS
BRAZOS DE DIOS
Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de
todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha
recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar
su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente
de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos
es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados
casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor;
que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma
para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus
planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una
necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera
de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.
Después de percibir todo esto, supongo también que se
arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo
así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en
todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada
más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera;
afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad
perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna
autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle
violencia o de darle un momento de inquietud.
Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen
tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco
personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la
riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la
indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.
Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir:
Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene
Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete
únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha
nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de
nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y
los supera a todos.
En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la
voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor
turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo
represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve
venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y
contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo
o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue
inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.
De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre
sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores
de Dios.
D) PRÁCTICA DEL
ABANDONO CONFIADO
Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz
sumisión. Un camino seguro para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta
virtud. Pero como las grandes ocasiones de practicarla son bastante raras,
es necesario aprovechar las pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos
prepara en seguida para soportar los mayores reveses, sin conmovernos. No
hay nadie a quien no sucedan cien cosillas contrarias a sus deseos e
inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por la
inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del
azar o del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias. Toda nuestra
vida está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen bajo
nuestras pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil
movimientos involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de
impaciencia, mil enfados pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil
turbaciones que alteran la paz de nuestra alma al menos por un momento. Se
nos escapa por ejemplo una palabra que no quisiéremos haber dicho o nos han
dicho otra que nos ofende; un criado sirve mal o con demasiada lentitud, un
niño os molesta, un importuno os detiene, un atolondrado tropieza con
vosotros, un caballo os cubre de lodo, hace un tiempo que os desagrada,
vuestro trabajo no va como desearíais, se rompe un mueble, se mancha un
traje o se rompe. Sé que en todo esto no hay que ejercitar una virtud
heroica, pero os digo que bastaría para adquirirla infaliblemente si
quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado para ofrecer a Dios tolas
estas contrariedades y aceptarlas como dadas por su Providencia, y si
además se dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima con Dios, será
capaz en poco tiempo de soportar los más tristes y funestos accidentes de
la vida.
A este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan
útil para nosotros y tan agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir
también otro. Pensad todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda
sucederos de molesto a lo largo del día. Podría suceder que en este día os
trajeran la nueva de un naufragio, de una bancarrota, de un incendio; quizá
antes de la noche recibiréis alguna gran afrenta, alguna confusión
sangrante; tal vez sea la muerte la que os arrebatará la persona más
querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir vosotros mismos de una
manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males en caso de que
quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en este
sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a
querer o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.
En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto
sentir, en lugar de perder el tiempo quejándose de los hombres o de la
fortuna, id a arrojaros a los pies de vuestro divino Maestro, para pedirle
la gracia de soportar este infortunio con constancia. Un hombre que ha
recibido una llaga mortal, si es prudente no correrá detrás del que le ha
herido, sino ante todo irá al médico que puede curarle. Pero si en
semejantes encuentros, buscarais la causa de vuestros males, también
entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el causante de vuestro
mal.
Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea
éste el primero de todos vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo,
el trato que os ha dado, el azote de que se ha servido para probaros. Besad
mil veces las manos de vuestro Maestro crucificado, esas manos que os han
herido, que han hecho todo el mal que os aflige. Repetid a menudo aquellas
palabras que también Él decía a su Padre, en lo más agudo de su dolor:
Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía; Fiat voluntas tua. Sí mi
Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre, en el cielo y en la
tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la tierra como se
cumple en el cielo.
|