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3. RECURSO A LA ORACIÓN
Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo
tan a menudo y tan solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor
parte de los cristianos se quejan todos los días de no ser escuchados.
Pues, no se puede atribuir la esterilidad de nuestras oraciones a la
naturaleza de los bienes que pedimos, ya que no ha exceptuado nada en sus
promesas: Omnia quaecumque
Orantes petitis credite
quia accipietis (creed
que obtendréis cuanto pidiereis por la oración). Tampoco se puede atribuir
esta esterilidad a la indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a
toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit accipit
(quien pide, recibe). ¿De dónde puede venir que tantas oraciones nuestras
sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los
hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen
demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al
Señor o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón
por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y
con poca insistencia.
Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su
Padre, concedernos todo, incluso las cosas mas pequeñas; pero nos ha
prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de
esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho:
Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará
por añadidura: Quaerite primum
regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.
PARA OBTENER
BIENES
No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo
que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear
estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este
respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más
importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores.
He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le
había dado la libertad de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de
concederle la sabiduría, que necesitaba para cumplir santamente con sus
deberes de la realeza. No hizo ninguna mención ni de los tesoros ni de la
gloria del mundo; creyó que haciéndole Dios una oferta tan ventajosa
tendría la ocasión de obtener bienes considerables. Su prudencia le mereció
en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía. Quia
postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos, nec divitias..., ecce feci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la
has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas,
porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec
quae non postulasti, divitias scilicet et gloriam.
Si este es el orden que Dios observa en la distribución
de sus gracias, no nos debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin
éxito. Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la
diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa
de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar
para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis
y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de
ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de
vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del
mundo, el desapego de las criaturas; tras estos primeros pasos de un celo
regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de
vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera
escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera
contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.
Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser
perjudicial y de ordinario así es; he aquí por qué somos rechazados.
Murmuramos, acusamos al Cielo de dureza, de poca fidelidad en sus promesas.
Pero nuestro Dios es un Padre lleno de bondad, que prefiere sufrir nuestras
quejas y nuestras murmuraciones, antes que apaciguarías con presentes que
nos serían funestos.
PARA APARTAR LOS
MALES
Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de
los males de que deseamos vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por
una gran fortuna, que se contentaría con salir de esta extrema indigencia
en la que sus desgracias lo han reducido; deja la gloria y la alta
reputación para los que la ansían, desearía tan sólo evitar el oprobio en
que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en fin, puede pasarse de los
placeres, pero sufre dolores que no puede soportar; desde hace tiempo está
rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere suavizarlos; pero le
encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males secretos mucho mayores
que los males de que os quejáis, sin embargo son males de los que no pedís
ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad de las oraciones
que habéis hecho para ser curados de los males exteriores, haría ya mucho
tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La pobreza
os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por
naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias
estas medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un
dique contra la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente
que os arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no
sería amaros, sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las
virtudes que no tenéis. Si el Señor os viera con cierto deseo de estas
virtudes, os las concedería sin dilación y no sería necesario pedir el
resto.
NO SE PIDE
BASTANTE
Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada,
porque Dios no podría limitar su liberalidad a pequeños objetos, sin
perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego observéis que no digo que no se
puedan pedir prosperidades temporales sin ofenderle, y pedir ser liberados
de las cruces bajo las que gemimos; sé que para rectificar las oraciones
por las que se solicita este tipo de gracias basta con pedirlas con la
condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni a nuestra
propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el
escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo
que en tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.
¿Queréis que os dé un buen método para pedir la
felicidad incluso temporal, método capaz de forzar a Dios para que os
escuche? Decidle de todo corazón: Dios mío, dadme tantas riquezas que mi
corazón sea satisfecho o inspiradme un desprecio tan grande que no las
desee más; libradme de la pobreza o hacédmela tan amable que la prefiera a
todos los tesoros de la tierra; que cesen estos dolores, o lo que será aún
más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias para mí y que lejos de
afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a su vez, la fuente
más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis dejármela, sin
que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema; podéis hacer,
que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de refrigerio, como
lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os pido lo uno o
lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la posesión
de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo soy
por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio más gloria a
vuestro nombre quedará estaré aún más reconocido.
He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un
verdadero cristiano. Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto
de vuestros votos? En primer lugar estaréis contento
suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los que están deseosos de
bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar, no solamente no
obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis perdido, sino que
ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el disfrute de las
riquezas; y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os inspirará a la
vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y además os
dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que
sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que
vuestra dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se
puede desear algo más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa
es digna de ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con
insistencia. Pues la razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente
porque se pide poco, es también porque, se pida poco o mucho, no se pide
bastante.
PERSEVERANCIA EN
LA ORACIÓN
¿Queréis que todas vuestras oraciones sean
eficaces infaliblemente? ¿Queréis forzar a Dios a satisfacer todos vuestros
deseos? En primer lugar digo que no hay que cansarse de orar. Los que se
cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de
confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si
pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera
un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace
en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os
hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza
en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores
dilaciones por rechazos absolutos.
Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la
bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que
desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que cuando veo que más
me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la
esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada,
hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de
solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no
dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan
larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido
que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado
rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás
hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido;
ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mi el creer que seré
pagado liberalmente.
En efecto, la. conversión de
san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de diez y seis
años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más
perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se limitaban a ver
reducida la incontinencia de este joven en los límites del matrimonio, y
tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de castidad
evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera cristiano,
y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.
En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía
y Dios hizo de él la columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su
tiempo. Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se
hubiera desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal
crecía cada día, que este hijo desgraciado se comprometía cada día en
nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza había añadido la
avaricia y la ambición; silo hubiera abandonado todo entonces por
desesperación, ¡ cuál hubiera sido su ilusión!
¿Qué agravio no hubiera hecho a su hijo? ¡ De qué
consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera
frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!
UNA CONFIANZA
OBSTINADA
Para terminar, me dirijo a aquellas personas que
veo inclinadas a los pies del altar, para obtener estas preciosas gracias
que Dios tiene tanta complacencia en vernos pedir. Almas dichosas, a
quienes Dios da a conocer la vanidad de las cosas mundanas, almas que gemís
bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis para ser librados de ellas,
almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de amar a Dios y de
servirle como los santos le han servido y usted que solicita la conversión
de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed
constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechaza hoy,
mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os
será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean
inútiles: Se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en
proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un
tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros
deseos.
Es necesario descubriros hasta el fin los resortes
secretos de la Providencia: La negativa que recibís ahora no es más que un
fingimiento del que Dios se sirve para inflamar más vuestro fervor. Ved
cómo obra respecto a la Cananea, cómo rehúsa verla y oírla, cómo la trata
de extranjera y más duramente aún. ¿No diréis que la importunidad de esta
mujer le irrita más y más? Sin embargo, dentro de Él, la admira y está
encantado de su confianza y de su humildad; y por esto la rechaza. ¡ Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la
crueldad con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaos
de dejaros sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca
que sois rechazados.
Haced como la Cananea, servios contra Dios mismo de las
razones que pueda tener para rechazaros. Es cierto debéis decir, que
favorecerme sería dar a los perros el pan de los hijos, no merezco la
gracia que pido, pero tampoco pretendo que se me conceda por mis méritos,
es por los méritos de mi amable Redentor. Si, Señor, debéis temer que haya
más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y que queriendo
hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de vuestros
beneficios, os seria menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No es
justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que
yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! dichoso de ti que
has comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le
agrada la violencia que le hacéis, quiere ser vencida. Haceos notar por
vuestra importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia;
forzad a Dios a dejar el disfraz y a deciros con admiración:
Magna est fides
tua, fiat tibi sicut vis: Grande es tu fe;
confieso que no puedo resistirte más; vete, tendrás lo que deseas, tanto en
esta vida como en la otra.
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