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4. EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON
LA DIVINA PROVIDENCIA
La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia,
a causa de las preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo
realizan bien.
1. Actos de fe, de esperanza y de
caridad
I. En primer lugar se hace un acto de fe en la
Providencia divina. Se intenta penetrarse bien de esta verdad de que Dios
toma un cuidado continuo y muy atento, no solamente de todas las cosas en
general, sino también de cada una en particular, de nosotros sobre todo, de
nuestra alma, de nuestro cuerpo, de todo lo que nos interesa; que su
solicitud, a la que nada escapa, se extiende a nuestra reputación, a
nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a nuestra salud
como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte y hasta
al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.
II. Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza.
Entonces, se excita uno a una firme confianza en que esta Providencia
divina proveerá a todo lo que nos concierne, que nos dirigirá, nos
defenderá con una vigilancia y una afección más que paternal y nos
gobernará de tal modo que suceda lo que suceda, si nos sometemos a su
dirección, todo nos será favorable y volverá en bien nuestro, incluso las
cosas que parezcan más contrarias.
III. A estos dos actos hay que añadir el de la caridad.
Se testimonia a la divina Providencia el más vivo afecto, el amor más
tierno, como un niño lo testimonia a su buena madre refugiándose en sus
brazos; se hacen protestas de un amor absoluto por todos sus designios, por
impenetrables que sean, sabiendo que son el fruto de una sabiduría infinita
que no puede equivocarse y de una bondad soberana que no puede querer más
que la perfección de sus criaturas; se hace de tal modo que este aprecio
sea bastante práctico para disponemos a hablar de buena gana de la
Providencia e incluso a tomar su defensa altamente contra los que se
permitan negarla o criticaría.
2. ACTO DE FILIAL ABANDONO A LA
PROVIDENCIA
Después de haber renovado muchas veces estos actos
y de haberse penetrado bien de ellos, el alma se abandona
a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un
niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de
David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das
seguridad (Sal. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo profeta: El Señor es mi
Pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas.
Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor de su nombre y por
mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y cubierto por vuestra
protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso, en medio de mis
enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu
cayado son mi consuelo. Tú pones ante mi una mesa,
enfrente de mis enemigos. Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los
días de mi vida, y estaré en la casa del Señor por muy largos años (Sal.
22).
Llena de la alegría que le inspira también suaves
palabras el alma recibe con respeto a esta dichosa disposición, todos los
acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos
los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz
deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud. Pero esto no
quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo
necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos que se
presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano,
para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da
a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más
que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre
disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los
designios de la voluntad divina.
3. UTILIDAD DE ESTE EJERCICIO
¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma
dispuesta de este modo!
Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una
criatura tan apegada a su Providencia, tan dependiente de su conducta,
llena de una esperanza tan firme y disfrutando de un reposo de espíritu tan
profundo en espera de lo que tenga a bien enviarle. Y también, ¡cuánto
cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela sobre las menores cosas que le
interesan: Inspira a los hombres establecidos para gobernarla todo lo que
es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo que sea, esos hombres
quisieran obrar en relación con ella de un modo que le fuera perjudicial,
Él haría surgir obstáculos a sus designios por caminos secretos e
inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para esta
alma querida.
El Señor guarda a cuantos le aman (Sal. 144,20). Si la
Escritura da ojos a este Dios de bondad, es para velar por ellos; si le
atribuye orejas es para escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien
les toque, toca al Señor en la niña de los ojos. Los niños serán llevados a
la cadera, dice el Señor por boca del profeta Isaías, y serán acariciados
sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo, así os consolaré yo
a vosotros (Is. 66, 12-13). En Oseas: Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé
en brazos(Os. 11,3). Mucho tiempo antes Moisés
había dicho: En el desierto has visto como te ha llevado el Señor, tu Dios,
como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que habéis recorrido
hasta llegar a este lugar (Deut. 1, 31). También
dice Dios en Isaías: Mamarás a los pechos de los reyes, recibirás un
alimento delicioso y divino, y sabrás, mediante una dulce experiencia, con
qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador (Is. 60, 16). ¡ Oh! ¡ dichosa situación para
un alma!
En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de
la felicidad que gusta el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba
en reposo y en paz en el arca con los leones, los tigres, los osos porque
Dios le conducía mientras que las espantosas lluvias caían del cielo y en
medio del trastorno general de los elementos y de toda la naturaleza. Por
el contrario, los demás estaban en la más extraña confusión de cuerpo y de
espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus hijos y hasta ellos mismos
se perdían, tragados despiadadamente por las olas. Del mismo modo el alma
que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga
con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del
cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos
el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab. 17, 1-2) están en continua agitación y, no
teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un
funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.
Abandonémonos completamente a la divina Providencia,
dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus
verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre;
confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud
que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos
proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella
nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a
que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de
la eterna felicidad que nos ha sido prometida.
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