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“La humildad es andar en la verdad”
(Santa Teresa de Jesus, VI M 10, 8).
LA HUMILDAD
Dice el P. Granada que ningún
hombre humilde es iracundo. La virtud retarda todo lo posible las medidas
de la justicia necesarias. Santa Teresa, que ha visto a personas alteradas
por la ira, se asombra ante el dominio de la cólera del Padre Ambrosio
Mariano, y sobre todo, de no haber visto en ningún momento alterado a san
Juan de la Cruz,
a pesar de que ella es la misma ocasión. Y de sí misma escribe en una de
sus cartas que "Está tan enojada con la priora de Alba, que no quiere
escribirle ni tener cuenta con ella".
El mismo San Juan de la Cruz había hecho la
experiencia de hasta donde puede conducir a la persona la falta de freno
del apetito de la ira y en general de los apetitos, que así llama él a las
pasiones, y de una manera más evidente a los que comienzan el camino
cristiano, que él llama principiantes. En la Subida del Monte
Carmelo hace un estudio minucioso de estas personas, y antes de destacar el
cambio realizado en los perfectos o proficientes, que ya disfrutan de la
paz de sus luchas, pone su foco en los fallos o defectos de los
principiantes y hace su estudio y de antemano los cataloga.
CATALOGA SAN JUAN DE LA CRUZ
Cataloga San Juan de la Cruz los defectos de los
principiantes.— Dice un refrán: Los novicios
parecen santos... y no lo son…. Los padres jóvenes, ni lo parecen ni lo
son. Soberbia oculta: El demonio les aumenta el deseo de hacer cosas porque
sabe que no les sirven de nada, sino que se convierten en vicio. Tienen
satisfacción de sus obras y de si mismos. Hablan cosas espirituales delante
de otros. Las enseñan y no las aprenden. Cuando les enseñan algo se hacen
los enterados. Condenan en su corazón cuando no ven a los otros devotos
como ellos querrían y lo dicen como el fariseo, despreciando al publicano.
Quisieran ser ellos solos tenidos por buenos. Y condenan y murmuran mirando
la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el suyo. Cuando sus confesores y
superiores no les aprueban el espíritu dicen que no son comprendidos.
Buscan quien les apruebe porque desean alabanza y estima. Huyen como de la
muerte de los que les deshace sus planes para ponerlos en camino más
seguro, y les toman manía. Por su presunción: hacen muchas promesas y
cumplen pocas. Desean que los demás comprendan su espíritu y para esto
hacen muestras de movimientos, gestos, suspiros y otras ceremonias.
Recuenta sus batallitas y se complacen en que se enteren del cambio de sus
vidas, con verdadera codicia de que se sepa, llenos de envidias e
inquietudes. Disimulan sus pecados. Tienen en poco sus faltas. Se entristecen
por ellas, pensando que ya habían de ser santos. Se enfadan consigo mismos
con impaciencia, con deseos de que Dios les quite sus pecados no por Dios,
sino para estar tranquilos. Con lo que se harían más soberbios y
presuntuosos. Son enemigos de alabar a los demás, y muy amigos de que los
alaben a ellos, buscando óleo por defuera...
LOS QUE VAN EN PERFECCION
En cambio los que van en
perfección. Tienen sus cosas en nada. No están satisfechos de sí mismos.
Tienen a todos por mejores y los cobran santa emulación. Preocupados de
amar a Dios no miran si los otros hacen o no hacen. Ven a todos mejores que
ellos. Como se tienen en poco también quieren que los demás los tengan en
poco y que les deshagan y desestimen sus cosas. Y si los alaban no lo ven
merecido. Desean que se les enseñe. Están dispuestos a caminar por otro
camino si se lo mandan. Se alegran de que alaben a los otros. No tienen
ganas de decir sus cosas. En cambio tienen gana de decir sus faltas y
pecados y no sus virtudes y así se inclinan mas a tratar su alma con quien
en menos tiene sus cosas y su espíritu. Nosotros vemos y comprobamos la
eficacia de un potente motor de coche, de un ordenador, o cualquier otro
aparato mecánico, aunque no conozcamos su mecanismo; el poder de un
discurso pronunciado por una inteligencia penetrante; la persuasión de una
persona genial; la pintura de una figura creada por un artista total,
Rafael, Boticelli, Giotto,
El Greco, Velázquez, Zurbarán…;
la maravilla permanente de Wagner, Beethoven…; pero carecemos de antena para detectar el
misterio de la gracia y de la operación de Dios a través de un hombre
santo. No lo distinguimos. Es misterioso, pero existe. Y de él depende la
extensión mayor o menor del Reino de Dios. Extensión que no es algo
abstracto sino muy concreto y apreciable en nuestra acción o en nuestro
silencio: una palabra ungida que pega fortaleza; un párrafo leído que hace
pensar y decidir; una actitud silenciosa que pacifica. El reino va
creciendo así como la semilla enterrada, como el grano que se pudre en el
surco y germina lentamente pero inevitablemente; como el rocío que vivifica
y alegra el despertar de la mañana. ¡Qué hermosura de misión la que nos ha
encargado Jesús y fecunda con su Espíritu Santo!
PREPARACION DEL EVANGELIZADOR
Ni ordenado ni laicos podemos
salir a evangelizar con el espíritu a medio cocer, y quiera Dios que a ello
llegue nuestro estado y no nos encontremos en grados inferiores. Porque
podemos hacer ruido pero sin vivir en serio es espíritu del Seño, no
daremos al Señor. Y encima, se pierde el mérito junto con el fruto. Ya
recibieron su paga. Nosotros tantas veces comenzamos nuestra misión
profética sin haber crecido… Un director espiritual de seminario mostraba
su extrañeza por lo pronto que se desinflaban los nuevos sacerdotes recién
ordenados. No advertía que se cosecha lo que se siembra. Ambiente
competitivo de estudio, ansia de salir cuanto antes al mundo sin la
preparación adecuada. Prisa por la exigencia de cubrir los puestos
canónicos. En resumen, soldados sin instrucción, no digo teórica, sino de
transformación personal. Escaso adiestramiento en las virtudes de humildad
profunda, de caridad verdadera, de castidad sin represión, de
desprendimiento de la vanidad, y todo lo que se supone y que no se tiene,
no presagian otra cosa que lo que ocurre que, por decirlo con brevedad, no
es sino enviar a ejercer la cirugía a internos que nunca practicaron. Urge
la preparación personal sin prisas si se busca el progreso del evangelio.
Por eso Santa Teresa, cuando escribe Camino de perfección, antes de lanzar
las almas al apostolado les prepara con la adquisición de las virtudes.
Es verdad que las cualidades
sobrenaturales deben tener por soporte las naturales, para lo cual primero
hay que limar el natural, las cualidades humanas, quitando los defectos,
pues si un escultor quiere esculpir un Cristo y la madera tiene grietas,
por mucho que se esmere, si no pule antes las grietas, aparecerá el defecto
en la imagen.
VIRTUD DE LA
HUMILDAD
El alma del hombre siente una
irresistible inclinación a alcanzar un elevado ideal, un algo superior y
elevado, por eso el hombre aspira a grandezas. Para alcanzar ese ideal
existen dos caminos, el de la soberbia, que siguieron los ángeles rebeldes,
Adán, algunos filósofos paganos, y tantos y tantísimos
hombres, que cayeron en un estado miserable por dejarse arrastrar por el
orgullo, comidos por la ambición de elevarse sobre los demás; y el de la
humildad, por el que el hombre, como María y como Cristo, es ensalzado por
Dios: "Porque miró la humillación de su esclava". "Dios
ensalza a los humildes y abate a los soberbios". "El que se
humilla será ensalzado, el que se ensalza, será abatido"
Santo Tomás estudia la humildad
en la 2-2, 161, y dice: "La humildad significa cierto laudable
rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior". La humildad es
una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad
para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe
luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a
Dios. Por eso para santa Teresa "la humildad es andar en verdad; que
lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser
nada; y quien esto no entiende anda en mentira".
FUNDAMENTOS
Los fundamentos de la humildad
son la verdad y la
justicia. La gloria de todo lo bueno que tiene el hombre,
pertenece a Dios. Así dice San Bernardo: "Con un conocimiento
verdaderísimo de sí el hombre se desprecia a sí mismo".
Pero la humildad no viene a
negar cualidades verdaderas, sino a hacer fructificar los talentos (Mt 25, 14). Así como la fe es el fundamento positivo de
la vida cristiana porque establece el contacto inicial con Dios, la
humildad remueve los impedimentos de la vida divina en el hombre, que son
la soberbia y la vanagloria que obstaculizan la gracia, dice Santo Tomás en
la 2-2 161, 5. Por eso es el fundamento del edificio, "todo este
edificio va fundamentado en humildad" nos dirá santa Teresa. La Humildad, que es el
cimiento de todo el edificio, como escribió santa Teresa en las Moradas
Séptimas 4, 9.
LA HUMILDAD EN LA PRÁCTICA
«Sed humildes unos con otros» (1
Pe 5). Excelente manera de practicar la humildad se nos ofrece al tener que
recibir la
corrección. Hay que estar abiertos a la corrección
fraterna. Que se nos puedan decir nuestras faltas sin que nos enfademos ni
nos defendamos, sin que tratemos de justificarnos. Agradeciendo la
corrección como una colaboración que nos prestan para mejorarnos. Quien
bien te quiere, llorar te hará. Pero es más fácil que busquemos la compañía
de los que nos adulan con su palabra o con su silencio en el que queremos
interpretar su afecto hacia nosotros, su damos la razón y su dejarnos hacer
lo que nosotros pretendemos. Es bueno que nos juntemos con quienes nos
puedan enseñar. Será perjudicial que no queramos más que enseñar nosotros.
Porque nos cerraríamos y pronto nos quedaríamos pobres, al no ensanchar más
los horizontes.
Aprender de todos y manifestar
que estamos aprendiendo. Confesar que aquello no lo habíamos entendido
hasta hoy. Aceptar nuestra limitación no nos humilla sino que nos
ennoblece. Pocas veces se está dispuesto a querer aparecer como ignorante
en una materia y es propio de almas inmaduras querer dar la impresión de
que se lo saben todo, y de que aquello ellos ya lo sabían. Y con ello, la
sencillez: «Llaneza, muchacho, que toda afectación es mala», dice don
Quijote a Sancho. Sencillez en el hablar, sencillez en el escribir,
naturalidad en el trato, como en familia, como entre hermanos educados y
amantes.
NO SOLO EN PALABRAS
Pero la humildad va más allá de
las palabras. No consiste ciertamente en hacer profesión de nuestra
inutilidad, quedándonos por dentro la conciencia engañada por un deseo de
no vernos tal y como realmente somos. Humildad ante Dios es un
reconocimiento de la realidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestros
actos. Pero le cuesta a la naturaleza aceptarse tal cual es ansiosa, como
está, de ser más de lo que se es.
Para ello y precisamente para
ello, hay que empezar partiendo de ese ser y de ese carácter y de esa
condición. Todo lo que no sea descender hasta ese bajo fondo, será poner
parches y no llegar nunca a la eficacia de la evolución del carácter. Pero
para las personas orgullosas por pasión dominante, es extremadamente
difícil la
corrección. Razón de más para que acepten la humillación.
REPARAR
Carácter altivo, genio fuerte,
temperamento violento. Fallan. Caen. Se dan cuenta, cuando se dan, según la
conciencia más o menos afinada, según el talento con exigencia de matizar y
delicadeza.
Quieren arreglarlo. Se lo pide
su conciencia y no viven en paz, ni pueden llevar presencia de Dios, ni
pueden hacer oración.
Y llega el momento de la gracia. Y desean de
veras arreglarlo. Pero desean arreglarlo, es decir, deshacer el entuerto,
con el mínimo esfuerzo. Pondrán una sonrisa. Dirigirán la palabra
suavizada. Dirán algo que pueda poner vaselina al chirriante arranque de
genio... Pero no les vale. Porque se puede tratar de su formación. Y eso no
sería formación, porque dejaría el mismo mal, pero encubierto. Podría
servir para una política de convivencia fría y aparentemente pacífica. Pero
no sirve para la
virtud. Para la virtud, para adquirir la verdadera
humildad, es necesaria una reparación clara. Una confesión sincera. Un
reconocimiento de ese carácter. Mira, perdona, yo soy el primero en
lamentarlo. Y no quiero ser así. Pero no puedo. Has de ayudarme. Un
reconocimiento sencillo y humilde glorifica más a Dios y restablece la
armonía social, y la eleva a mayor altura que la que tenía antes del
destemplado arranque de genio. A eso hay que llegar. No debe el hombre
creer fácilmente que es mejor de lo que es. Ni debe tener miedo de
reconocer su limitación: A veces es sólo eso lo que hace falta. Que él lo
vea. Y lo manifieste con llaneza. Ganará más puntos. Y se hará amable a
Dios ya los hombres.
CRECIMIENTO EN LA ORACIÓN
Y ese despego es necesario para
que se desarrolle la vida de oración. Porque cuando se oye hablar de apegos
y de desapegos inmediatamente las personas piensan en apegos a algo que
está fuera de sí. No. El apego mayor, el que tarda más en desaparecer, es
el apego al yo inferior. Más. Los apegos a lo exterior tienen su raíz en
quien goza, o teme, que es el yo inferior. Ese despego del yo ha de venir
como fruto de una sincera y desnuda oración. A la vez que potenciará la
misma oración. Porque el desapego es limpieza y
son los limpios de corazón los que ven a Dios (Mt
5, 8). Además, por ser la humildad el fundamento de todas las virtudes, y
porque sin ella no puede darse verdadera vida cristiana, ha de ser deseada
por todo discípulo de Cristo que quiera imitar las virtudes de su Maestro y
dar al mundo un testimonio de vida convincente.
CONOCIMIENTO PROPIO
Para conseguir esta virtud, tan
rara en el mundo, donde abunda la soberbia de la vida, es indispensable que
se reflexione a menudo en lo que somos en el orden natural y en el
sobrenatural. En aquél, miseria, ceniza, nada. En éste, pecadores e
inclinados al mal y merecedores del eterno castigo. Frecuentemente nos
manda la Iglesia
recitar: «Humillémonos ante el Señor». «Reconozcamos nuestros pecados». Si
pensamos en nuestros pecados nos humillaremos de verdad. Esta humildad
transformará nuestras relaciones sociales al hacemos más comprensivos con
los defectos de nuestro prójimo si pensamos que Dios nos ha perdonado tanto
a nosotros (Mt 18,21-34). Esta humildad no nos
dejará ver la paja en el ojo ajeno sino que nos centrará en la viga que
tenemos atravesada en el nuestro (Mt 7,3). El
reconocimiento verdaderísimo de nuestra vida conseguirá que nos veamos despreciables
y viles a nuestros propios ojos. Esto nos llevará a confiar en Dios y a
orar siempre para que fortalezca nuestra debilidad.
LA HUMILDAD ES TAMBIÉN PARA HOY
Pero hoy ocurre que se da la
impresión de que la virtud de la humildad ya no es de este tiempo. La Iglesia antigua enseñó
y vivió equivocadamente la virtud de la humildad. Pero
en la Iglesia
moderna ya no hay por qué ni enseñar ni vivir la humildad. Hoy la
humildad se ha convertido en la propia estima. En nombre de un respeto
sagrado a la personalidad, de un arrumbamiento fatal de todo lo que sea
respeto, reverencia, sumisión..., se ataca desfavorablemente de palabra y
de obra la virtud cristianísima de la humildad. ¡Cuántas asambleas,
reuniones, conciliábulos, convocados, por otra parte, en el nombre de
Cristo, han fallado por su base y han hecho daño y lo siguen haciendo, por
la falta de humildad!...
PERO EL CONCILIO NO HA DICHO ESO
Pero el Concilio no ha dicho
eso. Ni siquiera ha soslayado el tema, como no queriendo tomar cartas en el
asunto. Ha afirmado categóricamente la necesidad de que los cristianos
vivan en humildad a ejemplo de Cristo. Oigamos lo que nos dice en la Constitución Dogmática
sobre la Iglesia:
«La Iglesia,
enriquecida con los dones de su Fundador, observando sus preceptos de caridad,
de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de
Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y
constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino» (Ibid. 5.)
Observando fielmente sus
preceptos de humildad... Toda la
Iglesia ha recibido de Cristo mandato de practicar la
humildad y esto, como espontáneamente, como floración nueva de su Reino. No
se puede construir la
Iglesia sin humildad, porque sin humildad no hay espíritu
" de Cristo, y los que no tienen el Espíritu de Cristo no son suyos (Rm 8,9). Su labor en la Iglesia será siempre
infecunda. Un poco de movimiento exterior, un mucho parecer que hacen y
acontecen, pero en realidad, no hacen nada. O hacen algo peor que nada, que
es creer que hacen y que su acción es imprescindible. San Pablo tenía un
miedo horroroso a los tales y así amonesta severamente a Timoteo que no
elija a nadie para gobernar la
Iglesia que sea neófito: «No neófito, no sea que,
hinchado, venga a incurrir en el juicio del diablo» (1Tim 3,6). Es fácil y
corriente que la inexperiencia, y la larga práctica de la virtud de que
carece el recién converso, le ensoberbezca, le hipersensibilicen
a cualquier aire de contradicción y tenga que sufrir por ello, él primero,
y la Iglesia
después, unas consecuencias que no se dieran de no haberle dado el
espaldarazo del primer plano.
SENTIR CON CRISTO
Sigue el Concilio diciéndonos en
qué estima tiene la virtud insigne de la humildad: «La Iglesia considera
también la amonestación del Apóstol, quien, animando a los fieles a la
práctica de la caridad, les exhorta a que sientan en sí lo que se debe
sentir en Cristo Jesús, que se anonadó a sí mismo tomando la forma de
esclavo..., hecho obediente hasta la muerte y por nosotros se hizo pobre,
siendo rico. y como este testimonio e imitación de la caridad y humildad de
Cristo habrá siempre discípulos dispuestos a darlo, se alegra la Madre Iglesia de
encontrar en su seno a muchos, hombres y mujeres, que sigan más de cerca el
anonadamiento del Salvador y la pongan en más clara evidencia, aceptando la
pobreza con la libertad de los hijos de Dios y renunciando a su propia
voluntad; pues esos se someten al hombre por Dios en materia de perfección,
más allá de lo que están obligados por el precepto, para asemejarse más a
Cristo obediente (42). Unida a la humildad nace la pobreza y la obediencia
en las orientaciones conciliares.
EL PADRE LACORDAIRE
Y sin humildad, desengañémonos,
no haremos nada. Grabemos bien esta convicción en nuestro espíritu para vivirla
como necesidad vital de crecimiento en el mundo del espíritu, pues, según Lacordaire, es imposible llegar a nada en el cielo ni
en la tierra sin la humillación y el dolor. De él declara Monseñor Bougaud que cuando él era joven sacerdote y el P. Lacordaire estaba en el apogeo de su gloria, le pidió
que lo confesara. Ésta es la relación bajo juramento de Mons. Bougaud: «Voy, me dijo, a Toulouse con esperanza de
fundar allí una casa de la
Orden. Mil obstáculos se oponen, y será milagro que no
fracase, Pero tengo un medio que ya me ha dado buenos resultados, y es
inclinar al cielo humillándome. Por eso vengo a rogarle se digne oír, no ya
mi confesión semanal (me confesé hace ocho días), sino la confesión de
todos los pecados de mi vida desde la primera infancia». Comenzó y no
faltaré al sigilo diciendo que me hizo relación de toda su existencia,
declaración de todas sus culpas de niño, adolescente, sacerdote, religioso,
con humildad arrepentimiento y fervor enteramente extraordinarios…
Terminada la confesión, sin pedirme permiso, el Padre se postró a mis pies
y los besó repetidas veces, llamándose miserable y declarándose merecedor
de todo vituperio...Sacó unas disciplinas de fuertes correas y me pidió le
diese cien golpes de disciplina. Ante mi resistencia, ¿me lo niega, Padre,
hijo mío?» Aquella mirada, el acento puesto en las palabras nunca se me
borrarán de la
memoria. Tomé pues las disciplinas ya ello ¿por qué
no?" ¿Porqué impedir a aquel grande hombre ser aún más grande,
humillándose voluntariamente? El P. Lacordaire
era muy nervioso y muy sensible a los quince o veinte golpes, comenzó a
exhalar un gemido profundo y dulce que duró hasta el fin…
Acabado este sangriento
ministerio, se levantó, se echa mi cuello, me cubrió de caricias y de
abrazos y, el seguida, desligando mis labios del sagrado sigilo de 1
confesión, me autorizó para recordarle sus culpas, decirlas a quien
quisiere; y especialmente, cuando le encontrase, para echárselas en cara y
tratarle cual merecí esto es con la disciplina, declarándome que me daba
absoluto derecho de humillarle y castigarle siempre que yo quisiera» (Lacordaire, P. Chocarne, Ed. Difusión, Tucumán -Buenos Aires). El edificio de la
vida espiritual todo ha de ir fundado en humildad. Por eso mientras más
cercanos a Dios por la oración, más perfecta ha de ser esta virtud, y si
no, va todo perdido. Todo el cimiento de la oración va fundado en humildad,
y mientras más se abaja un alma y se empequeñece en la oración, más la ensalza Dios
(Santa Teresa, «Moradas Séptimas», 4, 9.).
DIOS ABATE A LOS SOBERBIOS Y EXALTA A LOS HUMILDES.
Si las almas no se determinan
bien de veras a adquirir la virtud de la humildad, no hayan
miedo que aprovechen mucho. Dios no las subirá mucho porque sabe que no hay
cimientos, y exaltadas, la caída sería más ruidosa (Santa Teresa Moradas
séptimas).
Y con ser tan necesaria esta
virtud es la más difícil de alcanzar y la que más brilla por su ausencia
incluso entre las gentes piadosas. ¡Cuesta tanto el desprendimiento de lo
que más amamos, de nuestra voluntad, de los puntos de vista o criterios
propios...!
¡Es tan arduo morir en nuestra
más secreta intimidad! Aparecer ante los demás como humildes es
relativamente fácil. Serlo de veras, matar el amor propio, enterrarlo bien
enterrado muchos metros bajo la tierra, sobrepuja las humanas
posibilidades. «Non oritur in terra
nostra». La humildad no crece en nuestra tierra
-dijo san Juan Berckmans.
PEDIR LA
HUMILDAD
Es necesario que pidamos a Dios
este don tan principal, esta tan sublime gracia de la virtud egregia de la humildad. De Él
viene todo lo bueno, y de Él nos ha de venir la humildad, y Él la concede a
los que se la piden humilde y confiadamente. El Beato Dom
Columba Marmión solía pedirla rezando estas
preces humildes y que tanta paz dejan al que piadosamente las saborea:
• Jesús, dulce y humilde de
corazón, óyenos.
• Jesús, dulce y humilde de
corazón, escúchanos. Del deseo de ser estimados, líbranos, Jesús. Del deseo
de ser amados, líbranos, Jesús.
• Del deseo de ser buscados, líbranos,
Jesús. Del deseo de ser alabados, líbranos, Jesús. Del deseo de ser
honrados, líbranos, Jesús.
• Del deseo de ser preferidos,
líbranos, Jesús.
• Del deseo de ser consultados,
líbranos, Jesús. Del deseo de ser aprobados, líbranos, Jesús. Del deseo de
ser halagados, líbranos, Jesús.
• Del temor de ser humillados,
líbranos, Jesús.
• Del temor de ser despreciados,
líbranos, Jesús. Del temor de ser rechazados, líbranos, Jesús.
• Del temor de ser calumniados, líbrranos, Jesús. Del temor de ser olvidados, líbranos,
Jesús.
• Del temor de ser
ridiculizados, líbranos, Jesús. Del temor de ser burlados, líbranos, Jesús.
• Del temor de ser injuriados,
líbranos, Jesús.
• Oh
María, Madre de los humildes, rogad por nosotros. San José, protector de
las almas humildes, rogad por nosotros.
• San Miguel, que fuiste el
primero en abatir el orgullo, rogad por nosotros.
• Todos los justos, santificados
por la humildad, rogad por nosotros.
• ¡Oh
Jesús!, cuya primera enseñanza ha sido ésta: «Aprended de Mí, que soy manso
y humilde de corazón, enseñadnos a ser humildes de corazón como Vos.
CRISTO HUMILDE
Fortalecerá el deseo de ser
humildes la
amorosa Contemplación de Cristo humilde antes de nacer,
en su nacimiento, en su vida oculta de Nazaret.
Él es un pobre aldeano, un obrero manual, sin estudios en Academias ni
Universidades, sin dejar traslucir un solo rayo de su divinidad. La
humildad de Jesús en su vida pública. Escoge sus discípulos entre los más
ignorantes y rudos; pescadores y un publicano. Busca y prefiere a los
pobres, a los pecadores, a los afligidos, a los niños... Vive pobremente,
predica con sencillez, enseña con ejemplos populares al alcance de la
inteligencia del pues «Cristo no hizo alarde de su categoría de Dios. Tomó
condición de esclavo pasando por uno de tantos» (Flp
2, 7). ¡Qué ridículos los pobrecitos hombres! Las condecoraciones, los
halagos. Y, ¡pobre del que venga a quitárnoslo! Hemos de meditar mucho en
la actitud de Cristo humillado. ¿Un Cristo escupido y tú te exaltas? Eso un
contrasentido. La religión es humildad, amor, serio de los hombres hasta la cruz. También María,
nos ayudará con su ejemplo y con su plegaria de Madre a conseguir la
perfección de esta joya la humildad. (De mi libro CAMINOS DE LUZ).
Jesús Marti Ballester
www.jmarti.ciberia.es
jmarti@ciberia.es
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