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“El Señor nos de luz para todo, por su
bondad; gran cosa es la discreción y confiar en los superiores y no en
nosotras”
(Mdt C 2, 17). Santa Teresa de Jesus
LA PRUDENCIA
Santo Tomás en la Secunda Secundae,
trata la moral especial que se reduce al tratado de las virtudes, que son
de dos géneros, teologales y cardinales. Estudiadas ya las teologales, se
dirige nuestra atención a las cardinales, la primera de las cuales es la
prudencia, de capital importancia, ya que es el alma, la madre, la maestra,
la moderadora y directora de todas las virtudes. Aristóteles la define como
la correcta razón en el obrar. Sin prudencia no hay virtudes: "Quita
la prudencia y las virtudes se convertirán en vicios", dice San
Bernardo.
Fray Luis de
Granada, recogiendo la enseñanza de toda la tradición filosófica,
patrística y teológica, nos ha legado la siguiente definición sabia:
"En la vida cristiana la prudencia es lo que los ojos en el cuerpo, lo
que el piloto en el navío, lo que el rey en el reino y lo que el gobernador
en el carro, que tiene por oficio llevar las riendas en la mano y guiarlo
por donde ha de caminar. Sin esta virtud, la vida espiritual sería toda
ciega, desproveída, desconcertada y llena de confusión" (Guía de
pecadores 2, 15).
LA SAGRADA ESCRITURA
Podemos espigar en
la sagrada
Escritura un haz copioso de textos laudatorios de la
prudencia: "La sensatez es tronco inconmovible" (Sb 3, 15). David
aparece como un hombre coronado por el éxito en sus empresas, porque el
Señor le dirige con la
prudencia. Es la ciencia de los santos, y hay que
pedirla, como hizo Salomón, para gobernar. "La prudencia del hombre le
hace ser paciente" (Prv 19, 11). "El
hombre prudente sigue derecho su camino" (Ib
15, 21). "Los frutos de la sabiduría son las virtudes, porque ella
enseña la templanza, la prudencia..., que son las virtudes más provechosas
para la vida del hombre" (Sab 8, 7).
EL ARTE DE LA PRUDENCIA DE BALTASAR
GRACIAN
Baltasar Gracián ofrece en aforismos, normas para la práctica de
la prudencia, como los siguientes: No ser intratable. Las verdaderas fieras
están en las ciudades. Ser inaccesible es vicio de los que se desconocen a
sí mismos, los que con los honores cambian los humores. Enfadar al
principio no es camino para la estima. Para subir al puesto agradaron a
todos, y una vez en él se quieren desquitar enfadando a todos. Por la
ocupación deben tratar con muchos, pero por aspereza y arrogancia todos les
huyen. Para éstos el mejor castigo es dejarlos estar, apartando la
prudencia junto con el trato. Elegir un modelo elevado, más para superarlo
que para imitarlo. Hay ejemplares de grandeza y textos animados por la reputación. Propóngase
como modelo, cada uno en su ocupación, a los de más mérito, no tanto para
seguirlos como para adelantarlos. Alejandro lloró, no a Aquiles sepultado,
sino a sí mismo cuando aún no había llegado a la fama. No hay nada que
excite más las ambiciones en el ánimo como el clarín de la fama ajena. El
mismo que abate la envidia alienta la nobleza. No estar
siempre de broma. La prudencia se conoce en la seriedad, que está más
acreditada que el ingenio. El que siempre está de burlas no es hombre de
veras. A éstos los igualamos con los mentirosos al no creerlos; a los unos
por recelo de la mentira, a los otros de su burla. Nunca se sabe cuándo
hablan con juicio, lo que es tanto como no tenerlo. No hay mayor desaire
que el continuo donaire. Otros ganan fama de chistosos y pierden el crédito
de prudentes. Lo jovial debe tener su momento, y la seriedad todos los
demás.
Saber adaptarse a
todos es el gran arte de ganar a todos, porque la semejanza atrae la simpatía. Observar
los caracteres y ajustarse al de cada uno. Al serio y al jovial, seguirles
la corriente, transformándose cortésmente. Esta gran destreza para vivir
necesita una gran capacidad.
EL EVANGELIO Y LOS
SANTOS
Jesús, que aún
niño resplandeció por su prudencia y sus respuestas ante los doctores en el
templo, recomendará incesantemente la prudencia en el evangelio, "sed
prudentes"... Y san Pablo pedirá la prudencia para todos, sobre todo
para los obispos: "que sean prudentes..." (1 Tim
3, 2 y Tit 2, 1). Todos los santos han sido
prudentes, y nadie puede ser canonizado, si no supera el examen de la
prudencia heroica. La prudencia en cuanto natural, como todo hábito, se
engendra por la repetición de actos. En cuanto infusa, es infundida por
Dios con la gracia santificante, por eso se pierde por un pecado grave, que
priva de la gracia y de la caridad.
LA PRUDENCIA COMO
VIRTUD SOBRENATURAL
Como virtud
sobrenatural es infundida por Dios en el entendimiento práctico, para el
recto gobierno de nuestros actos en orden al fin sobrenatural. La prudencia
tiene tres funciones: el consejo; por él se consulta y se informa antes de
obrar; el juicio o conclusión de las consultas e investigaciones, y la
decisión correspondiente; el imperio, que ordena ejecutar la acción y es el
acto principal de la prudencia.
CLASES DE
PRUDENCIA Y SUS INTEGRANTES
Hay prudencia falsa, o de la carne, que
consiste en una especial astucia y sagacidad para el mal. Y hay prudencia
de la buena: natural y adquirida por el ejercicio; sobrenatural o infusa
por la que el hombre se conduce por la luz de la razón, iluminada por la
fe; mística, por inspiración directa del Espíritu Santo, mediante el don de
consejo.
La prudencia
consta de varias partes que la integran: memoria de lo pasado: la
experiencia es madre de la ciencia; inteligencia de lo presente para
discernir; docilidad para pedir consejo de los sabios y prudentes;
sagacidad, o rapidez para resolver los casos urgentes; razón, para
reflexionar; providencia para ver de lejos y prever las consecuencias;
circunspección, que atiende a todos los datos y circunstancias; cautela o
precaución para sortear los obstáculos e inconvenientes que pueden
comprometer la empresa.
Y hay varias
especies de prudencia: la personal, y la social, que a su vez se subdivide
en gubernativa, política, familiar y militar. Hay partes derivadas: la
"eubulia" o buen consejo, que inclina
al hombre a encontrar los medios más eficaces y aptos para conseguir el
fin; la sensatez o "synesis", que se
identifica con el sentido común; y el juicio equitativo o "gnome", que es el mismo sentido común en los casos
excepcionales no previstos por la ley, y que se relaciona con la
"epiqueya", cuyo acto dirige con rectitud.
Santa Teresa pone la discreción como la constante en
todas sus empresas, y en la selección de vocaciones, en el discernimiento
de los talentos y en el trato con las gentes. Afirma que "la prudencia
es gran cosa para el gobierno". "Gran cosa es la
discreción". Discreción y suavidad es el leitmotiv de la actuación de la gran Madre. Y no
contemporiza con los que por prudencia de la carne, "van componiendo
sus sermones para no descontentar a las gentes y, sobre todo, a los
grandes".
Jesús Marti Ballester
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