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Dimensión religiosa del pecado
El amor del Padre, llevado hasta el extremo en la
entrega de su Hijo Único y el don de la reconciliación de su sobreabundante
misericordia, manifestada en la cruz y en la resurrección del mismo
Jesucristo, nos ponen al descubierto nuestra original y universal condición
de pecadores y nos hacer percibir el "oscuro e inaprensible
"misterio de la iniquidad y del pecado: "porque a todos encerró
Dios en la rebeldía para usar de misericordia con todos"; creado por
Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio,
en el propio comienzo de la historia, abusó de su libertad, levantándose
contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. La
universalidad de la salvación alcanzada por Cristo en su obra redentora nos
hace percibir la universalidad y radicalidad del pecado de la humanidad.
Universalidad de la salvación-redención y universalidad
del pecado.
En la revelación y en la conciencia cristiana, esta
realidad dramática del pecado9 tiene una dimensión estrictamente religiosa.
El concepto del pecado, sólo puede ser interpretado adecuadamente en el
contexto de las relaciones con Dios. Sólo en ese contexto, el del amor de
Dios llegado hasta el fin, y únicamente en nuestra confrontación con la
santidad y el juicio de Dios o con su bondad y misericordia presentes en el
Crucificado, hecho expiación por nosotros, es donde descubrimos la verdad
de nuestros pecados y nos percibimos verdaderamente pecadores.
Porque sabemos que Jesucristo nos ha traído la salvación
a todos, podemos conocer ahora que fuera de Jesucristo no existe salvación
posible. La afirmación del pecado pone al descubierto la universalidad y la
superabundancia de la salvación que trajo Jesucristo. La situación
incurable y desesperada de la humanidad se abre a la más grande de las
esperanzas y a la certeza de que en Jesucristo se nos da una salvación
inmensamente rica y que supera incluso la vocación y la gracia original.
Todos nos hallamos bajo el pecado
Todos los hombres, por la solidaridad radical y
universal que se da entre todos ellos, se hallan bajo el pecado, pues todos
han pecado10. Nacemos en el seno de una sociedad en la que imperan el
egoísmo, la mentira, la opresión, la eliminación del otro, la injusticia... Esto
nos marca hondamente, pues todo lo que somos, los somos junto a los otros.
Nadie escapa a la tendencia del pecado, pues está en todos y cada uno. Su
universalidad y radicalidad es tan grande que la Escritura habla del
"pecado del mundo"11, estado de pecado original y de caída
universal preexistente que se realiza en los pecados personales, por los
que cada uno se apropia de este estado y peca dentro de él.
Todos han pecado: solidaridad en el pecado.
El pecado "original" alcanza a todos.
Confundidos por la pérdida del sentido del pecado, los
hombres de hoy, tienen necesidad de volver a escuchar, como dirigida
personalmente a cada uno, la advertencia de San Juan: "si dijéramos
que no tenemos pecado nos engañaríamos a nosotros mismos". Esto
destruye las ilusiones que a veces nos hacemos de nosotros mismos como si
fuésemos justos y sin pecado, y nos urge a no eximirnos de nuestra
responsabilidad en nuestra propia culpa, a no minimizarla o a exculparla
con tanta facilidad como ocurre cuando nuestras culpas las atribuimos a los
otros, al medio, a la herencia y predisposiciones, a las estructuras y
circunstancias exteriores.
Si dijéramos que no tenemos pecado nos engañaríamos.
¿Qué es el pecado?
Pero, ¿qué es en realidad el pecado? "El pecado es
un misterio difícil de comprender pero es, sin embargo, una realidad
innegable. Cuanto mejor se conoce a Dios tanto mejor se sabe lo que es el
pecado, cuanto más se percibe su misericordia y su obra reconciliadora y
redentora por Cristo y en el Espíritu, tanto más se descubre su tremenda
realidad. En lo más hondo la conciencia de pecado es consecuencia del
reconocimiento de la gracia con la que hemos sido enriquecidos por Dios en
Cristo y de las promesas a las que hemos sido llamados. Por esto, "lo
más misterioso del pecado consiste en que es una acción humana que, en
último término, se opone a Dios. El hombre, por el pecado, como un gesto de
rivalidad, rechaza el amor de Dios", o trata de construir su yo y el
mundo "al margen de Dios", como si no existiera. El pecado actual
quizá no es vivir contra Dios sino de espaldas a Él, en desobediencia, de
hecho, a la voluntad de Dios y faltando al amor y reverencia que le son
debidos.
Cuanto mejor se conoce a Dios, mejor se sabe lo que es
el pecado.
Por el pecado el hombre rechaza el amor de Dios.
A) EL PECADO COMO NO RECONOCIMIENTO DE DIOS. ALIENACIÓN
DEL HOMBRE
El pecado consiste en no reconocer a Dios como Dios y en
no reconocer la dependencia total que el hombre tiene respecto a Él. El
pecado aliena al hombre de la verdad y lo hunde en el error... Cuando el
hombre por el pecado, se erige en realidad plenamente autónoma y
autosuficiente, criterio y medida de todo, por sí y ante sí, trastorna y
desordena hasta lo más íntimo de su ser y lejos de realizarse y alcanzar su
auténtica personalidad, su libertad y su real señorío, se autodestruye y
deshumaniza, ya que el hombre sólo es hombre cuando vive en Dios y por Él.
El pecado consiste en no reconocer a Dios como Dios:
aliena al hombre.
Por el pecado, además "el hombre alejado de Dios y
de su propia verdad, se convierte en un extraño y en un enemigo para sus
propios hermanos; actúa contra ellos injusta y violentamente; viola su
dignidad personal y rompe la convivencia pacífica. Buscando la propia
felicidad en las criaturas, las somete a la caducidad... y a la esclavitud
de la corrupción y desfigura la obra salida de las manos del creador.
Convierte al hombre en un extraño y en un enemigo para
los hermanos.
La auténtica realidad del pecado es la desobediencia a
Dios; es violación de la Ley
de Dios, tanto cuando se opone a su voluntad manifestada por su revelación
sobrenatural como cuando, volando voluntariamente la conciencia, se opone a
las "inclinaciones profundas de su naturaleza, que le orientan al bien
y que son la fuente de toda otra ley que pueda ordenar la convivencia
humana".
El pecado es desobediencia a Dios, ruptura consigo
mismo,
El último término, el pecado, implica la falta de
correspondencia al amor, al ofrecimiento y a la cercanía de Dios. De un
modo u otro, supone rechazar el amor de Dios manifestado en la larga
historia de las maravillas obradas por la misericordia creadora y salvadora
de Dios en favor de ser la recusación de Dios y de su Cristo y del Espíritu
que nos ha sido dado. Este rechazo no es sino negación e indiferencia
insolente del mismo Amor en persona, olvido e indiferencia ante Él; como si
Dios no mereciese ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y
asociativo del hombre. Es por eso exclusión de Dios en persona y, por
tanto, es "siempre ofensa a Dios porque cualquier comportamiento
humano que dañe al prójimo o al mismo hombre pecador es un atentado contra
la imagen de Dios grabada en el hombre" y un menosprecio de su amor y
de su voluntad.
B) EL PECADO DESEMBOCA EN LA DIVISIÓN ENTRE
LOS HOMBRES
El pecado desemboca dramáticamente en la división de los
hermanos y constituye como una especie de "suicidio" del mismo
hombre, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí
contradicciones y conflictos. Desgarrando de esta forma el hombre provoca
casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y
con el mundo creado.
Ruptura con los otros,
El pecado nos separa de los hombres. El pecado cometido
contra Dios es pecado cometido contra los hombres; así como cuando pecamos contra
el hombre pecamos contra Dios del que aquél es imagen. No podemos olvidar
que "quien explota al necesitado afrenta a su Hacedor" y que en
el día del juicio se dirá: "Cada vez que no lo hicisteis con uno de
estos humildes tampoco lo hicisteis conmigo".
En virtud de un arcano y benigno misterio de la voluntad
divina, reina entre los hombres una tal solidaridad sobrenatural que el
pecado de uno daña a los otros, repercute en los demás hombres y no sólo en
aquellos a los que directamente podamos perjudicar por algún pecado que les
ha afectado personalmente. Cuando se ofende a Dios y se perjudica al
prójimo se introducen en el mundo condicionamientos y obstáculos que van
mucho más allá de las acciones y de la breve vida del individuo. Afectan
asimismo, al desarrollo de los pueblos cuya aparente dilación o lenta
marcha debe ser juzgada también por esta luz. Todo pecado tiene, pues,
consecuencias y dimensiones sociales.
Tiene consecuencias y dimensiones sociales,
C) REPERCUSIÓN ECLESIAL DEL PECADO
El pecado del cristiano tiene además, una dimensión y
repercusión eclesial, pecando el cristiano ofende inseparablemente a la Iglesia. El
cristiano rompiendo por el pecado su comunión con la Iglesia, y establece
una cierta ruptura con ella más o menos grave, según sea la ofensa. Al rechazar
el cristiano con su pecado el amor de Dios, hiere a la Iglesia. La unidad
del género humano plenamente realizada en Cristo queda dañada y la santidad
de la Iglesia
queda afectada. Al pecar, el cristiano falla en su misión recibida del
Bautismo de ser signo y testimonio eficaz para el mundo del amor de Dios y
de la victoria conseguida sobre el mal; se opone, por ello, al dinamismo salvífico de la Iglesia y a su misión de iluminar las sombras
del pecado y de la muerte; así disminuye su eficacia en el mundo haciéndole
menos transparente de la luz de Cristo y de la santidad del Espíritu y
menos capaz de luchar contra el mal y la injusticia y anticipar los bienes
dudosos.
Dimensión personal y social del pecado. "El pecado
del mundo"
El pecado tiene un carácter radicalmente personal.
"No existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la
virtud o la responsabilidad de la culpa"28. El pecado, en su sentido
propio, es un acto libre de la persona individual: Tiene un origen personal,
unas consecuencias en el propio pecador y un peso sobre las conductas de
aquellos que lo cometen.
El pecado tiene un carácter radicalmente personal
Sin embargo, todo pecado, "aún el más estrictamente
individual" íntimo y secreto, repercute de algún modo en los demás,
tiene como acabamos de indicar, un carácter social.
Y un carácter social.
Es necesario ser conscientes de que el pecado no está
sólo en el corazón de los hombres sino de que vivimos en un "mundo
sometido a estructuras de pecado", "situaciones objetivas de
carácter social, político, económico, cultural, contrarias al
Evangelio", cuyo funcionamiento casi automático no pueden liberarnos
de nuestra responsabilidad personal, ya que tienen su origen en la libre
voluntad humana, individual o de los hombres asociados entre sí.
El "pecado del mundo".
Las llamadas estructuras de pecado "se fundan en el
pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos
de las personas que los introducen y hacen difícil su eliminación".
Estas estructuras son pecaminosas porque son frutos de acciones u omisiones
pecaminosas que se prolongan en el tiempo a través de objetivaciones
sociales -ordenamientos legales, culturales, etc.-.
Estas estructuras, consecuencia del pecado, verdaderas
"situaciones de pecado", "se refuerzan" entre sí y
"se difunden", oprimen al hombre, lo envuelven en una red de
mecanismos perversos que como un atmósfera de pecado marca al hombre, lo
condicionan en su conducta y lo hacen tender al pecado. Así estas
estructuras son fuente "de pecado" y le ofrecen al hombre nuevas
ocasiones para pecar, oscureciendo su conciencia, induciéndolo a
comportamientos pecaminosos, inclinándolo a la injusticia o degradándole en
formas de vida no plenamente humanas al tiempo que amparan y cultivan
serios desórdenes morales. Pero en el fondo de estas estructuras o
situaciones de pecado "hallamos siempre personas pecadoras"38,
hechas de interioridad y exterioridad y por lo mismo con actos pecaminosos
externos e internos en íntima vinculación, pues de dentro del corazón del
hombre y de su libertad interior salen las cosas malas que contaminan y
dañan al hombre39.
Pecados mortales y veniales
Lo mismo que las heridas del pecado son diversas y
variadas, también debemos diferenciar los pecados, por razón de su gravedad
como siempre ha hecho la
Iglesia a lo largo de su historia apoyada en la
revelación divina. Se ha hecho constante la doctrina que distingue entre
pecados mortales-graves y veniales.
Diferenciación de los pecados por su gravedad en
Los pecados mortales son acciones del hombre que
"nos separan de la comunión con el amor de Dios"40. Son actos
conscientes y libres mediante los cuales el hombre rompe radicalmente su
verdadera y auténtica relación con Dios, sumo bien, encamina sus pasos en
el sentido opuesto al que Dios quiere y así se aleja de Él, rechazando la
comunión en su vida y amor, separándose del principio de vida que es Él y
eligiendo por tanto la muerte41.
El pecado mortal se da no sólo en el rechazo directo y
formal del amor de Dios, es decir, "cuando la acción del hombre
procede directamente de un desprecio a Dios y al prójimo, sino también
cuando consciente y libremente, por la razón que fuere, elige algo
gravemente desordenado o transgrede
deliberadamente cualquier norma moral siempre que se trate de materia
grave. En esta desobediencia y elección "hay un desprecio al
mandamiento divino: el hombre se aparta de Dios y pierde la
caridad"42.
Pecados mortales
Estos pecados rompen la amistad con Dios y excluyen del
Reino; privan de la caridad y de la gracia santificante, destruyen la
ordenación fundamental hacia Dios, desorientan la vida y la persona entera
del hombre; impiden su perfecta realización y si el hombre persistiese
obstinadamente hasta el final de su vida, también la privaría de la
felicidad eterna.
Dada la naturaleza del pecado moral, éste afecta a la
opción fundamental del hombre, ya que supone, por la densidad de la acción
misma, un decidirse fundamentalmente contra Dios y su amor. Esto no obsta a
que haya actos que, a pesar de la importancia del objeto a que se refiere,
por no ser realizados con pleno conocimiento y deliberado consentimiento,
no llegan a dominar totalmente a la persona y a dañarle en su opción
fundamental que es la caridad de Dios.
Los pecados veniales, leves o cotidianos, sin embargo,
son los actos humanos que, sin romper la comunión y la amistad con Dios y
sin apartarle de su gracia contradicen el amor de Dios y hacen que el
hombre se detenga en su camino hacia Dios y le debilitan para vivir en
aquella comunión con Él. El cristiano no debe pensar que los pecados
veniales, por el hecho de que no le apartan de Dios, son algo de poca
importancia en su vida. Quien consciente, de modo habitual, en estos
pecados, se coloca en un plano inclinado que le conduce al pecado grave y
se va alejando poco a poco de Dios. Las personas que viven en un plano de
complacencia de los sentimientos, de búsqueda de comodidades, de dejarse
llevar por los estímulos e impresiones del mundo que les rodea, terminan,
casi de manera inevitable, viviendo sistemáticamente de espaldas al
Evangelio.
TEXTO TOMADO DEL DOCUMENTO DE LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL “DEJAOS RECONCILIAR CON
DIOS”
INSTRUCCIÓN PASTORAL SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Madrid, 10-15 de abril de 1989
Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant
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