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Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia
¿Quién nos librará de esta iniquidad que pesa sobre
nosotros? "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" y el
misterio de la infinita piedad de Dios-Cristo ha penetrado hasta las raíces
más escondidas de nuestra iniquidad para que así como reinó el pecado
causando la muerte, así también, por Jesucristo Señor nuestro, reine la
gracia por la justicia para la vida eterna. En Él ha sido demolida nuestra
antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovado en
plenitud la salvación.
En Cristo ha sido reconstruido cuanto estaba derrumbado.
El misterio de la reconciliación en la historia de la
salvación
Dios, Padre Santo, que hizo todas las cosas con
sabiduría y amor, y admirablemente creó al hombre, cuando éste por
desobediencia perdió su amistad, no lo abandonó al poder de la muerte, sino
que, compadecido, tendió la mano a todos para que le encuentre el que le
busca y viva con Él el que se convierta. Con su paciencia ilimitada, su
incansable fidelidad al plan de reconciliación, su admirable pedagogía con
todas las generaciones, y con la palabra y llamada a la penitencia de los
profetas, el Señor fue conduciendo a los hombres con la esperanza de la
salvación, porque Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta
y vuelva a Él y viva, como admirablemente expresa la parábola del Hijo
pródigo, página central de la revelación y parábola de la entera historia
de la familia humana.
Dios quiere que el pecador se convierta y viva.
Cristo, nuestra reconciliación y nuestra paz
"El Padre de toda misericordia y Dios de todo
consuelo", volviendo hacia nosotros sus ojos misericordiosos
-"convirtiéndose hacia nosotros"- probó el amor que nos tiene en
que "siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros", por
todos, de modo que, "cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con
Dios y por la muerte de su Hijo" y "estando muertos por los
pecados nos ha hecho vivir con Cristo". "Y esto no se debe a
nosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras para
que nadie pueda presumir"55, puesto que Dios mismo estaba en Cristo
reconciliando consigo sin pedirle cuentas de sus pecados".
Desde la "unión admirable" "en cierto
modo con todos los hombres" del Hijo de Dios en la Encarnación
hasta el Misterio Pascual, todo el misterio de Cristo converge en torno a
su misión de reconciliador: Él es nuestra paz.
El misterio de Cristo converge en su misión de
reconciliación
La reconciliación en el corazón mismo del evangelio
El perdón de los pecados está en el corazón mismo del
anuncio evangélico desde su mismo comienzo. Jesús declara repetidamente que
ha venido para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc
19, 8) y no se contentó solo con exhortar a los pecadores a que se
convirtiesen e hiciesen penitencia, sino que acogió a los pecadores para
reconciliarlos con el Padre y les perdonó los pecados como en el caso de la
pecadora, del paralítico o de la mujer adúltera. Comió con publicanos y pecadores y su comprensión hacia el
pecador la expresó en varias parábolas61. Como signo, además, de que tenía
poder para perdonar los pecados, curó a los enfermos de sus dolencias. Esta
centralidad del perdón de los pecados en toda la obra de Jesús quedó
consagrada para siempre en el cáliz de su "sangre derramada por muchos
para el perdón de los pecados". Finalmente, Él mismo fue entregado por
nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación y nos otorgó el
Espíritu de Santidad para remisión de los pecados63.
Esta obra no podría considerarse acabada con su muerte:
debía alcanzar a todos los hombres, que tras Él siguieron pecando.
Que tras su muerte, debía alcanzar a todos.
Jesucristo resucitado confía a sus apóstoles el
ministerio de la reconciliación
Cristo resucitado confió a los Apóstoles continuadores
de lo que Él hizo64, la misión de anunciar a todos los hombres el perdón y
la reconciliación que Dios mismo les ofrecía en la muerte y resurrección de
su Hijo, encargándoles predicar el camino de conversión abierto a todos,
junto con el poder de atar y desatar, de perdonar y retener eficazmente los
pecados. Al darles el Espíritu Santo y revestirles de la fuerza de lo alto,
predican en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas
las naciones67. Como Jesús, también los apóstoles, movidos y animados por
el Espíritu Santo, inauguran su misión con la exhortación a la Penitencia el día
de Pentecostés, proclaman "un bautizo para el perdón de los
pecados", e indican que la conversión, llevada a su cumplimiento en el
bautismo, es la condición primera para la salvación.
Los Apóstoles enviados por Cristo resucitado, continúan
la obra de reconciliación.
La Iglesia no ha dejado nunca de anunciar la reconciliación y
predicar la conversión
Desde entonces, y a lo largo de toda su historia, la Iglesia no ha cesado
jamás de predicar la conversión y la reconciliación, ni ha dejado de
perdonar los pecados porque tiene conciencia de ser dispensadora de la
gracia del perdón, merecido por Cristo una vez por todas y porque el
Espíritu Santo, principal agente de la remisión de los pecados, habita en
ella.
La Iglesia, por esto, como la define el Vaticano II, es en Cristo
como un sacramento, o sea, "signo e instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad de todo el género humano". Ella debe buscar ante
todo llevar a los hombres a la reconciliación plena, proclamando la misericordia
de Dios y exhortando a los hombres a la penitencia para que abandonen el
pecado y se conviertan a Dios. Ella debe hacer presente la reconciliación,
significando y otorgando en nombre de Cristo su victoria sobre el pecado y
su reconciliación por medio de los sacramentos, de manera particular de la
celebración de la
Penitencia que como ningún otro acto significa más
directamente la penitencia del hombre cristiano y la reconciliación de Dios
con él.
La Iglesia prolonga sacramentalmente la reconciliación.
El don de la reconciliación abarca la práctica totalidad
del mensaje de la salvación. los bienes de la reconciliación
Con este mensaje de la reconciliación estamos abarcando
la práctica totalidad del mensaje de la salvación: en su doble aspecto de
paz restablecida entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí, la
reconciliación es el primer fruto de la redención. Por
ella los hombres han encontrado de nuevo a Dios y la esperanza y ya desde
ahora participan de la gloria de Dios.
La reconciliación abarca la totalidad del mensaje de la
salvación.
La reconciliación es ese don irrevocable ofrecido por la
misericordia del Padre a todos los hombres para que puedan participar de la
purificación, santificación y renovación personal y social en la comunión
de amor que llegará a la perfección cuando toda "la Iglesia de los Santos,
en la felicidad suprema del amor adore a Dios y al ‘Cordero que ha sido
inmolado’".
Don irrevocable del Padre
La reconciliación restablece a los hombres en su verdad más
profunda y les conduce a la comunión con Dios a la que están ordenados por
amoroso designio divino, como el Bien Sumo y fin último ofrecido a su
verdadera libertad.
Dios reconciliador alcanza al hombre en su interioridad
más profunda, dándole un corazón nuevo74 y haciéndole participar del
Espíritu y de sus dones que lo sitúan en una nueva forma de existencia que
sólo puede desplegarse por completo en la resurrección, aunque aquí se
pueda ya vivir en esperanza por la fe y la caridad.
Restablece al hombre en su verdad y le conduce a la
comunión con Dios,
De la muerte en la cruz y de la resurrección de Cristo
brota por obra del Espíritu Santo la criatura nueva75, el hombre nuevo76,
la comunidad humana nueva77, el orden cósmico nuevo78, en el cual el hombre
goza generosamente de la paz con Dios y con los hermanos:
Le hace ser hombre nuevo,
* Por la reconciliación se revela el
verdadero rostro de Dios al hombre y éste es conducido a la experiencia del
misterio de Dios como amor misericordioso en la que se le revela su propio
misterio, se conoce mejor a sí mismo y alcanza su verdad: criatura llamada
a entregarse totalmente y en libertad a Dios, a vivir en paz consigo mismo
y a amar a los demás. Reintegrada a su verdad más profunda por la
reconciliación con Dios, la persona humana, desgarrada por el pecado,
reencuentra su unidad interior y su libertad más auténtica y se hace capaz
de vivir conforme a su dignidad personal en el servicio responsable a Dios
y a los hermanos.
Le reconcilia consigo mismo y con Dios,
* El hombre reconciliado es capacitado
para establecer una relación armoniosa y auténtica con los demás: se hace
próximo a sus hermanos dando lugar a relaciones fundadas sobre el
reconocimiento de la dignidad del otro, de la justicia y de la paz. La
reconciliación, una vez recibida es, como la gracia y como la vida, un
impulso y una corriente que transforma a sus beneficiarios en agentes y
transmisores de la misma79, es decir, en sus testigos. Esta reconciliación
adquiere entonces una dimensión pública. De la reconciliación con Dios y
consigo mismo nace la posibilidad y la urgencia de una reconciliación
fraterna y social. En virtud de este don, el hombre dotado de la
misericordia universal, puede vivir una relación nueva con los demás, con un
espíritu universal y ampliamente generoso, reconociendo a todos y por igual
su dignidad inviolable como personas, imágenes vivas e hijos de Dios, y
desarrollando así una nueva comunidad humana, fundada en la justicia y
justificada por el amor y el espíritu de Dios misericordioso que hace salir
su sol sobre buenos y malos.
Le reconcilia con los otros y
* La plena
reconciliación de todos los hombres se extiende a su vez a toda la creación
que está sometida a la injusticia por quienes la explotan abusando de ella,
al margen de su naturaleza. La reconciliación, pues, aporta la capacidad y
el deber de una nueva y justa relación con las realidades terrenas y los
asuntos temporales.
En suma, el acoger la acción reconciliadora de Dios abre
al hombre a un nuevo sentido de Dios vivo y actuante en el mundo y en la
historia, al verdadero sentido del pecado como violación de la alianza de
amor con Dios, a una más clara visión de sí mismo, de sus valores y
exigencias, de su libertad responsable y de su conciencia moral, que han de
traducirse en unas relaciones reconciliadas con los demás y con el mundo.
TEXTO TOMADO DEL DOCUMENTO DE LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL “DEJAOS RECONCILIAR CON
DIOS”
INSTRUCCIÓN PASTORAL SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Madrid, 10-15 de abril de 1989
Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant
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