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La conversión
Con Cristo todo ha cambiado: ha sido enderezado y
corregido el curso de la historia de la humanidad, se ha iniciado un final
gozoso y se ha operado para este mundo su conversión. Él nos ha traído el
año de gracia. Como respuesta a esta gracia reconciliadora y restauradora
de Dios, así como acogerla, al hombre le compete ahora cambiar la
orientación de su vida, la mentalidad, la forma de vivir y de actuar y
emprender libremente el camino de vuelta a la casa del Padre.
Respuesta a la gracia reconciliadora de Dios.
La reconciliación sin la penitencia, estaría en
contradicción con la misma dignidad del hombre, ya que el hombre no se
vería implicado como hombre, como ser libre y responsable, sino que
quedaría reducido a un papel de sujeto meramente pasivo. Y la penitencia,
sin la previa reconciliación concedida por Dios, sería del todo vana,
engendraría la desesperación y comportaría la negación de la verdad de
Dios, como si Dios fuese el autor de la más profunda alienación del hombre
respecto a sí mismo.
El don de la reconciliación reclama la respuesta humana
libre de la penitencia, de la conversión.
Características de la conversión cristiana
Jesucristo proclama la llegada del Reino como un don salvífico y llama a los pecadores a la conversión,
revelando a Dios como Padre misericordioso.
Jesús llama a la conversión.
Desde entonces este Reino, salvación y reconciliación de
Dios, todo hombre puede recibirlo como gracia y misericordia; pero a la vez
cada uno debe conquistarlo con esfuerzo y lucha personal y, ante todo,
mediante un total cambio interior, una conversión radical de toda la
persona, una transformación profunda de la mente y el corazón. Esta
conversión, decisión y respuesta libre a la iniciativa gratuita de Dios que
llama personalmente, llega a ese fondo en el que se juega el sentido y el
sin sentido de la vida, la orientación última del humano vivir; opera una
transformación de la existencia misma del hombre, una transposición radical
de las finalidades últimas que orientan el conjunto de su vida y una nueva
visión del mundo con otros ojos -los de Dios- confiriéndole otro sentido,
el querido por Él y el descubierto en la aceptación de su Evangelio.
La conversión afecta a la orientación última del hombre.
El hombre que se convierte abandona cuanto le tenía alejado
de Dios, rompe con su autosuficiencia -sus idolatrías y pecados- renuncia a
su actitud fundamental enfocada a la autoseguridad
para dejarle todo el espacio de Dios en su vida como la realidad
verdaderamente amable y valiosa, el único apoyo fiel y seguro, el criterio
último y definitivo de nuestro obrar y el juicio inapelable de nuestras
vidas.
Quien se convierte abandona cuanto le tenía alejado de
Dios
El convertido deja todo por ese tesoro escondido que
irrumpe en su vida y se vuelve a Dios como Realidad Suprema e
incondicional, y así le abre el centro de su persona y le acoge como raíz y
sentido de su existencia con una adhesión personal llena de confianza
absoluta y firme esperanza en Él. El convertido se ve embarcado por
completo en todo el hecho de la conversión hasta el punto de operarse en él
como un nuevo nacimiento, el surgimiento de una nueva criatura que reconoce
que no hay, fuera de Dios, poder alguno al que debamos someter nuestra vida
ni del que podamos esperar la salvación.
Y se vuelve a Dios como Realidad Suprema.
De esta manera, la penitencia o conversión, por la que
se alcanza el Reino anunciado por Jesucristo, comporta la íntima y total
transfiguración y renovación de todo el hombre -de su sentir, juzgar y
disponer-. Esta renovación se realiza además, en el hombre a la luz de la
santidad y la caridad de Dios que en su Hijo se nos ha manifestado y
comunicado plenamente.
La conversión comporta la total transformación del
hombre.
La conversión, realidad primariamente personal:
Conversión y arrepentimiento
La conversión, por su misma naturaleza, es ante todo y
primariamente una realidad personal. Acontece en la intimidad de la
persona, en su encuentro con Dios, y conlleva una honda modificación de la
orientación existencial que marca, a partir de entonces, la conducta total.
La conversión de una transformación interior, personal e intransferible que
llega hasta el último fundamento del ser del hombre.
Realidad primariamente personal.
Se trata de una opción fundamental por Dios como Dios;
una opción fundamental que nace libremente en lo hondo del corazón humano y
comporta su disponibilidad a renovar la propia existencia, conformándola
con la voluntad de Dios.
Opción fundamental por Dios.
Por esto, conversión es obediencia y fe y se inserta en el
entramado de la alianza: no hay conversión sin nuestra libre decisión de
obedecer a la llamada de Dios con la ayuda de su gracia; tampoco hay
conversión sin esa confianza nuestra enteramente puesta en Dios que nos
hace reconocer nuestra insuficiencia y nuestro pecado a la par que nos
remite a Él como el único que nos salva por medio de Jesucristo y en cuyas
manos nos ponemos con disponibilidad incondicionada. El anuncio y la
invitación a la conversión nos convocan a cada uno a dirigirnos gozosamente
a Dios con la confianza de que en Él encontraremos el perdón y la plena
realización de nuestra libertad haciéndonos en verdad hombres nuevos con la
novedad de Jesucristo.
No hay conversión sin la libre decisión.
El pecador, como el hijo pródigo de la parábola,
libremente alejado de la casa paterna para vivir independientemente la
propia existencia con todas sus consecuencias de vacío, de soledad, ruina y
miseria, llega un momento en que, sin duda movido por la gracia
misericordiosa, se encuentra sólo, con la dignidad perdida y con hambre;
entra dentro de sí, vuelve en sí y toma conciencia de su real situación
personal y, se reconoce a sí mismo "desilusionado por el vacío que lo
había fascinado; deshonrado... mientras buscaba construirse un mundo todo
para sí; alejado del Señor y lejos de la casa de su Padre y atormentado
desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión
con el Padre".
El arrepentimiento:
- toma de conciencia de sí.
En la soledad de la conciencia y enfrentándose a su propia
mismidad, ante la presencia inefable de la mirada misericordiosa y
escrutadora de Dios, confrontándose con Él y con su voluntad expresada en
su Palabra y en la desnudez de la sinceridad consigo mismo, donde no cabe
el engaño, percibe cuánto se ha alejado de su vocación y de su verdad de
hijo, echada a perder por él mismo, reconoce y dice ahora no ya solamente
que "existe el pecado", sino "yo he pecado", "yo
soy pecador por tales cosas". Y decide volver: "Me levantaré e
iré a mi Padre y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya
no soy digno de ser llamado hijo tuyo".
- reconocimiento de que ha pecado.
Como el publicano del Evangelio, en el reconocimiento de
su desnudez y vacío causado por el propio pecado, el pecador tiene, a pesar
de todo, el valor y el atrevimiento de confiar en el Dios viviente y
misericordioso, en el Dios, abba, que está por
encima de débitos y recompensas y, arriesgándolo todo, se encamina hacia
Él, se pone libremente en sus manos por la entrega confiada de su vida entera.
- Confianza en Dios y camino hacia Él
La conversión y el arrepentimiento cristiano están
impregnados de fe y de confianza en el Dios que nos ama indefectiblemente.
Por esto es un gesto de suprema confianza y un acto central de amor a Dios
por ser quien es, bondad infinita.
Por ser quien es, bondad infinita
Todo ello implica inseparablemente por parte del
pecador, el dolor sincero de haberse alejado personalmente del Padre y
haberle ofendido junto con el rechazo claro y decidido del propio pecado y
el propósito de no volver a pecar por el amor que se tiene a Dios y que
renace con el arrepentimiento. No le basta, pues, al pecador volver a sí
mismo y advertir su situación de pecado y ni siquiera recordar la bondad de
Dios, "lento a la ira y rico en clemencia", capaz de no echarle
en cara las culpas cometidas. Es necesario que el pecador se arrepienta,
decida volver toda su persona hacia Dios, corregirse no sólo en tal o cual
punto concreto, sino cuestionarse a sí mismo en la totalidad del propio ser
y disponerse para el cambio sin reservas. La conversión exige ruptura con
el viejo mundo de pecado.
- dolor sincero
- rechazo del propio pecado y
- propósito de no volver a pecar.
Supone, la decidida voluntad de no volver a pecar
expresada y realizada normalmente en un lento y laborioso proceso de
maduración y de vida nueva, con sus altibajos y aún sus retrocesos
prosiguiendo el camino hacia adelante, a pesar de las recaídas, con
humildad y confianza, puestos los ojos en Aquel que nos busca y sale a
nuestro encuentro. Es bueno recordar que la conversión junto a las
innegables exigencias que comporta un cambio radical, es "aún más un
acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad
interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más
profundo de sí mismo y, con ello una recuperación de la alegría perdida, la
alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha
dejado de gustar".
Este proceso nada fácil de la conversión personal,
porque supone un desdecirse de actitudes vitalmente aceptadas y romper
lazos afectivos que rompen el corazón, ha de ir acompañado de la oración
humilde. Sólo con la gracia se puede llevar a cabo el milagro del
arrepentimiento. La
Iglesia primitiva vivió al máximo esta experiencia de fe
y acompañó el proceso penitencial de los pecadores con dilatados ayunos y
súplicas comunitarias.
Necesidad de la oración y de la gracia para el
arrepentimiento.
La conversión personal tiene una dimensión comunitaria
Pero el carácter de toda conversión, piedra angular de
la conversión cristiana, no nos encierra en un mundo individualista e
intimista. La conversión cristiana, por una parte, tiene siempre la
característica de reconciliación con Dios a través de la reconciliación con
la comunidad de la
Iglesia. La conversión personal, por otra parte, tiene
una dimensión comunitaria y está reclamando e implicando una conversión y
renovación de la humanidad, del mundo y de la Iglesia.
La conversión personal no puede dejar de incluir la
comunitaria y estructural.
Como hay una solidaridad en el pecado, hay también una
solidaridad en la
conversión. La conversión personal no puede dejar de
incluir la comunitaria y estructural. Quienes se convierten personalmente a
Dios, movidos por la caridad fraterna, han de contribuir a la
transformación de las "estructuras de pecado" y a la construcción
de una nueva sociedad más justa y más humana según el designio de Dios.
No hay humanidad nueva sin hombres nuevos.
La auténtica conversión interior hace necesariamente también
referencia a la sociedad y a las estructuras, pero, de suyo ha de
distinguirse de su transformación. Jesús reclamó permanentemente el cambio
del "corazón" y dejó a los hombres el cuidado de construir el
mundo exigido por ese cambio.
Es preciso, en este punto advertir con claridad sobre el
peligro de ciertas tendencias proclives a la privatización de la conversión
así como de otras que no valoran suficientemente la conversión interior y
fijan unilateralmente su atención en la transformación de las realidades
estructurales. Es preciso recordar aquellas palabras de Pablo VI: "La
verdad es que no hay humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres
nuevos con la novedad del Bautismo y de la vida según el Evangelio (hombres
convertidos)". La
Iglesia considera ciertamente importante y urgente la
edificación de estructuras más humanas, más justas, más respetuosas de los
derechos de la persona, menos opresivas y menos avasalladoras; pero es
consciente de que aún las mejores estructuras, los sistemas más idealizados,
se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre
no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y de mente por parte
de quienes viven en esas estructuras o las rigen.
Bautismo y conversión cristiana
La penitencia o conversión cristiana encuentra la raíz
de su originalidad en el misterio pascual de la muerte y resurrección de
Jesucristo, del que es siempre fruto y reflejo. Por ello, hemos de mirar al
Bautismo, sacramento por el que somos incorporados a este Misterio pascual
para poder percibir la hondura y significación última de la conversión
cristiana, ya que es en el Bautismo, donde el cristiano recibe el don
fundamental de esta conversión.
En el Bautismo somos incorporados al Misterio pascual de
Cristo.
En el Bautismo la conversión es radical, penetra hasta
el mismo ser del hombre que renace91 en Cristo y en Él se convierte en una
criatura nueva92. En el Bautismo pasamos de las tinieblas a la luz, de la
muerte a la vida, de la mundanidad a la vida
eterna; y así, toda nuestra vida interior y exterior queda orientada en la
dirección de la conversión bautismal.
En el Bautismo la conversión es radical.
Incorporados a Cristo y regenerados como hijos de Dios, los
bautizados son unos convertidos, el pecado en ellos no tiene razón de
ser93; tratan de vivir una vida nueva cuyo modelo es la existencia
reconciliada. Echados los cimientos de una nueva existencia por el
Bautismo, el cristiano bautizado queda orientado a seguir un itinerario
vital que, de suyo, es opuesto a cualquier proceso de retorno o vuelta
atrás...
La trayectoria existencial iniciada como opción libre y
fundamental en el Bautismo, se expresa en un modo de vivir como hijos de
Dios y ciudadanos del Reino de los cielos. Los bautizados, preparados
interiormente para la acción y poniendo toda su esperanza en la gracia que
les traerá la revelación de Jesucristo, como hijos obedientes, no han de
amoldarse a los deseos que tenían antes "en los día de su ignorancia":
"El que os llamó, nos recuerda la carta de Pedro, es santo; como él
sed también vosotros santos en toda vuestra conducta", porque dice la Escritura:
"seréis santos porque yo soy santo". Esto implica que los
bautizados, por la misma dinámica del Bautismo, están llamados a emprender
y realizar, en libertad y en disponibilidad a la gracia, un camino hacia el
ideal de justicia al que tenemos que tender; es decir, a emprender y seguir
un proceso de transformación de sus vidas cada vez más irradiantes de la
santidad y de la gloria de Dios redoblando su ánimo en ratificar su
llamamiento y elección.
Y se inicia el modo de vivir nuevo como hijos de Dios,
No ha de extrañarnos, sin embargo, que nuestra opción
cristiana del Bautismo, a pesar de nuestra buena voluntad, no domine
totalmente nuestro "sentir, juzgar y disponer", y que tendencias
y modos mundanos de vivir nos acompañen hasta el término de nuestra vida
para probar la verdad de nuestra fidelidad a Dios y para ejercitarnos en el
combate cristiano con unas actitudes totalmente informadas por la caridad
que es la meta de la conversión.
Al que no somos enteramente fieles los bautizados.
Por ello mismo, la existencia del bautizado en la tierra
se ha de caracterizar por esa disposición penitencial de conversión en un
constante proceso de transformación interior y exterior puestos los ojos en
la victoria de Cristo sobre el pecado y en la conquista del hombre nuevo
que se renueva sin cesar y es incompatible con el pecado.
La existencia del bautizado reclama la disposición
penitencial
Y de este modo, "como todos caemos en muchas
faltas", necesitamos constantemente de la misericordia de Dios y todos
los días debemos orar: "perdónanos nuestras deudas" y proseguir
incansablemente, con humildad y confianza en la misericordia de Dios, el
camino de conversión y penitencia, de lucha contra las fuerzas del pecado y
de compromiso en la edificación del hombre nuevo que se debe construir
sobre Jesucristo.
Porque todos caemos en muchas faltas.
TEXTO TOMADO DEL DOCUMENTO DE LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL “DEJAOS RECONCILIAR CON
DIOS”
INSTRUCCIÓN PASTORAL SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Madrid, 10-15 de abril de 1989
Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant
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