Fr. Julio González C. OCD

 

CUARESMA-2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar - Chile

                         

CUARTO DOMINGO

LUNES   MARTES   MIERCOLES   JUEVES   VIERNES   SABADO


 

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

(Ciclo A)

 

DOMINGO DE LA CUARTA SEMANA

Lecturas

a.- 1 Sam. 16, 1. 6-7. 10-13: Samuel unge a David como rey.

b.- Ef. 5, 8-14: Caminad como hijos de la luz.

c.- Jn. 9, 1-41: El ciego de nacimiento.

San Juan de la Cruz: “Porque la fe que es el secreto que habemos dicho, son los pies con que el alma va a Dios y el amor es la guía que la encamina” (CB 1,11).

  Cuanto más nos acercamos a la fiesta de Pascua, más nos acercamos a luz. El cristiano recibe la luz en el bautismo por la fe y Jesús resplandece como luz del mundo en la existencia del hombre. El bautismo cristiano es el sacramento de la fe que ilumina toda la existencia del nuevo cristiano: su mente y corazón, su inteligencia y voluntad, todo su ser. Sus obras son fruto de ser hijo de la luz, que camina en la fe y en el amor de hijo de Dios, que el Espíritu Santo actualiza continuamente.

  El relato del ciego de nacimiento es otra catequesis de iniciación bautismal, donde Jesús se revela como luz del mundo, Mesías e Hijo de Dios. El ciego pasa de su ceguera a la visión de la luz natural y a la luz de la fe en Cristo Jesús. Sin embargo, mientras el ciego pasa de la dependencia e ignorancia de la fe, adquiere  la plena autonomía y cree en Jesús, en un proceso de liberación obrada por ÉL y la acepta la fe;  los fariseos, de jueces de esta situación hecha en sábado, juzgan a Cristo como un pecador del cual no puede venir nada bueno, pasan a ser hombres incrédulos respecto del Mesías y de ver, pasan a ser ciegos. Mientras en Cristo el ciego encuentra la luz del mundo y de la fe, los fariseos pierden la capacidad de la luz y la fe en Dios. Clara contradicción.

  La proclamación de Jesús como Mesías y luz del mundo es signo de la llegada del reino de Dios, liberación para el hombre, del pecado y del mal; triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la visión sobre la ceguera natural, de la fe sobre la incredulidad, de Jesús Mesías, sobre los jefes religioso de Jerusalén. Una vez más Jesús se revela no sólo como luz del mundo, sino que como bandera discutida, piedra de tropiezo, que revela la actitud interior de los hombres y el juicio de Dios; Jesucristo descubre al interior del hombre su opción: saca  la luz o tinieblas que ahí existe, fe o incredulidad, fe o claro rechazo, obras buenas o malas, juicio o aceptación.

  Caminar como hijos de la luz, significa vivir iluminados por la luz de la fe. Pasamos de las tinieblas del pecado a la fe, de una mala conducta a las  obras de justicia y santidad; obras que nacen del cultivo de nuevas actitudes propias del cristiano, amor a Dios y al prójimo, oración frecuente que se celebra en los sacramentos que alimentan la vida cristiana hasta crear esa noble sintonía  entre fe y obrar, obras que exige a diario.    

  En este tiempo de cuaresma debemos volver a la mística bautismal, es decir, revisar las opciones que hemos hecho en el seguimiento de Cristo, las motivaciones que tenemos para seguir siendo cristiano de a pie, las obras de la fe que sean para glorificar al Padre, para sentir y ser verdadera luz del mundo. El verdadero discípulo de Cristo camina en la luz de la vida, es decir, vive en su Presencia para ser iluminado por su gracia, por su amor.

  Si alguna vez fuimos ciegos, es oportuno, hoy pedir a Jesús que nos conceda una renovada luz de fe y de amor para caminar a ÉL y a la vida verdadera y no la apariencia que produce la ceguera espiritual. San Juan de la Cruz, maestro de la fe y del amor nos lleva a vivir esta dimensión bautismal para que sea al amor quien nos descubra todos los tesoros de la fe y de la unión con Dios.


 

LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Is. 65, 17-21: Voy a crear un cielo y una tierra nuevo

b.- Jn. 4, 43-54: Sanación del hijo de un funcionario real.

San Juan de la Cruz: “Y este es el poder de su palabra en el Evangelio, con que sanaba los enfermos, resucitaba los muertos, etc., solamente con decirlo. Y a este talle hace locuciones a algunas almas, sustanciales. Y son de tanto momento y precio, que le son al alma vida y virtud y bien incomparable, porque la hace más bien una palabra de estas que cuanto el alma ha hecho toda su vida” (2S 31,1).

  Se acerca la Pascua de Jesús y las lecturas nos hablan de una realidad totalmente nueva. La victoria de Cristo sobre la muerte es nuestra si creemos en ÉL y renovamos las promesas del Bautismo. El alba de la resurrección es el primer día de ese cielo nuevo y tierra nuevos, la nueva creación de la que nos habla Isaías.

  El pasaje del profeta se cumple en clave mesiánica en Cristo que tiene poder sobre la enfermedad y la muerte como nos narra Juan: la curación del hijo de un funcionario real afectado por una enfermedad mortal, la súplica de su padre a Jesús logra  el milagro de sanar a distancia a su hijo (v. 50). Es el poder de Jesús que sana, signo de la llegada de los tiempos del Mesías; se manifiesta como la vida misma en persona que comparte con quien la necesita, como en este caso con el hijo del funcionario.

  Pero la curación del hijo no es todo, hay más para ese padre cuando comprueba, por boca de sus criados, que su hijo efectivamente está sano,  a la misma hora en que Jesús se lo había dicho (vv.51-52), cree en el Mesías, él y toda su familia (v. 53). Es otra catequesis de iniciación bautismal: el funcionario primero creyó en el poder taumatúrgico de Jesús, luego en su palabra cuando le dice que ya está sano y finalmente en su persona. Para el funcionario el contacto con la vida nueva y el de su familia le viene por Jesús, nueva creación, no pasa como este mundo, es el paso de la muerte a la vida (Jn. 5, 24). El poder sanador de Jesús sobre la enfermedad se extiende a la muerte y al pecado, si Cristo resucita, es porque la muerte y la enfermedad no tienen la última palabra sino la vida y la salvación de Dios para aquel que lo acepta por el Bautismo y la fe. La entrega de su vida por el hombre  pecador es para que goce de la resurrección que ÉL ha conseguido sobre la muerte, hacernos partícipes de la vida nueva de resucitado en la eternidad.

  La oración el funcionario la hace en un momento de aflicción, con lo cual reconoce su dependencia de Dios ante una situación superior a sus capacidades, consigue la salud para su hijo. Este tipo de oración no es la única que el cristiano debe hacer, para profundizar en la amistad con Dios, pasando por la actitud de quien se arrepiente de sus pecados, de agradecimiento, de alabanza por tanta bondad, de adoración. Se trata de superar la visión que tienen algunos cristiano de acordarse de Dios sólo cuando se le necesita, olvidándolo después de conseguida la gracia que se obtiene, lo que representa una visión miope de la fe.  

  El cristiano cuando se dirige a su Padre en vuelo de amor de hijo, vive en lo interior su voz, que le revela sus secretos por medio de su Hijo, y el Amor los fecunda hasta convertirlos en realidad, es decir en vocación a la santidad con las particularidades que ÉL le imprime a cada discípulo.

  “Palabras sustanciales” dice el místico fueron las que le dijo Jesucristo al funcionario real: “Vete, que tu hijo vive” (v. 50). Palabras que fueron vida para su hijo, para él y toda su familia. Palabras sustanciales que le comunicaron la fe y creyó en Jesús, signo, que transformó sus vidas como quiere transformar también las nuestras. Sus palabras hay que oírlas en silencio amoroso, con música callada, en fe dialogante.


 

MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.-  Ez. 47, 1. 9.12: La fuente del templo.

b.- Jn. 5,1-3.5-16: Curación en la piscina de Betsaida.

San Juan de la Cruz: “Porque cuanto Dios es más creído y servido sin testimonios y señales, tanto más es del alma ensalzado, pues cree de Dios más que las señales y milagros le pueden dar a entender” (3 S 32,3).

  El agua es protagonista de ambas lecturas. En la primera el profeta en el exilio babilónico contempla la nueva Jerusalén y del templo nacen ríos de aguan que a su paso todo lo fecundan, el desierto cobra vida, y en el mar muerto, habrá hasta peces. El agua símbolo señalado de vida y creación nueva y en el NT símbolo de los bienes mesiánicos y de sabiduría. Hay claras reminiscencias a los ríos que regaban el edén (Gen. 2,10ss) y en la nueva Sión, en la Jerusalén celestial (Ap. 22, 1ss).

  En Cristo, el agua es vida nueva, vida de resucitado, anuncio del bautismo en el Espíritu. El Mesías es esa bendición de la que habla el profeta, cuando convierte el agua en vino nuevo del Reino de Dios y junto al pozo de Jacob le dio el agua viva a la Samaritana, agua que salta hasta la vida eterna apagando su sed para siempre. Jesucristo, es el agua viva, don del Padre que unido al conocimiento de su persona y doctrina, es salvación para el mundo, para el hombre sediento de creer. El agua hace referencia también al Espíritu Santo y al Bautismo, vida nueva (Jn. 3, 5). La sed la apaga Cristo si bebemos del Espíritu que en el bautismo nos hizo criaturas nuevas, torrentes de agua viva en el espíritu (Jn. 7, 37ss). 

  Agua y Espíritu, íntimamente unidos al bautismo, es decir, para regeneración del hombre pecador que cree en Jesús Salvador. La cuaresma brinda la oportunidad de volver siempre a empezar la vida bautismal, revivir nuestra condición de hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la vida eterna, para morir al pecado, comprometernos a superar un pecado concreto en este tiempo, una actitud que cambiar, para resucitar con ÉL a la vida nueva de Dios con una virtud o nueva actitud, fruto del trabajo espiritual de la gracia y esfuerzo de esta cuaresma.

  La curación del paralítico en la piscina nace del querer de Cristo y de la necesidad del enfermo que una vez sano toma su camilla y se marcha. Como era sábado, los fariseos recriminan al hombre que había sido sanado por llevar la camilla en ese día. Desde ese momento los fariseos acosan a Jesús por hacer esas sanaciones en sábado, oposición que irá creciendo, hasta culminar en el misterio pascual.

  Las palabras del paralítico nos deben hacer meditar: “Señor, no tengo a nadie que me ayude” (v.7), son la voz de una humanidad doliente que espera un Salvador. Será precisamente ÉL quien asuma los dolores, dolencias y enfermedades, los toma sobre sí, como enseña Isaías,  varón de dolores acostumbrado a sufrimientos (Is. 53, 3), que con su pasión y su sangre y agua que brotaron de su costado en la Cruz nos confirió la salud a todos (Jn. 19, 34). Es precisamente en el alba de la resurrección donde el proyecto original de Dios se completó y comenzó la creación nueva con el nuevo Adán, dando a todo hombre que cree la posibilidad de vivir en Él y recrearlo con su aporte de gracia y santidad desde su condición de hijo de la resurrección.

  ¿Quieres quedar sano? Pregunta Jesús a la Iglesia y a la sociedad actual. ¿Quieres dejar tu condición de paralítico y caminar? En el Bautismo vencimos con Cristo la muerte y la enfermedad, ahí nacimos a la vida eterna con agua y Espíritu Santo continuamente debemos volver a la fuente para crecer en filiación divina y pertenencia eclesial. La vida del cristiano depende de su opción bautismal vivida y renovada en la vida de oración. 

  El místico no exhorta a busca a Dios por el camino de la fe oscura y desnuda, dejar que Dios se manifieste en la vida cotidiana pero agudizar  la mirada de amor para descubrir su presencia  en todo su proceso de conversión para evitar que todo quede en ilusión o buenas intenciones.


 

MIERCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Is. 49, 8-15: El amor de una madre.

b.- Jn. 5, 17-30: El Hijo da la vida a los que creen.

San Juan de la Cruz: “Quien huye de la oración, huye de todo lo bueno” (D. 185).

   La lectura de Isaías nos sitúa en el destierro babilónico, donde los israelitas recuerdan los beneficios de antaño que Yahvé les proporcionaba. Ahora se sienten abandonados, tristes llenos de amargura. Los que están en tinieblas, son llamados a la luz; los guía el Compasivo a manantiales de agua. Por boca del profeta Dios les recuerda su fidelidad y su amor que culmina con la imagen de la madre que no olvida su cariño por su hijo. “Pero dice Sión: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado” ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?  Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is. 49, 14-15).

  Un nuevo motivo de escándalo de parte de Jesús para los fariseos, con mayor razón quieren matarle, no sólo por violar el sábado, sino por llamar a Dios su Padre e igualarse a ÉL. “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo…En  verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace…Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere” (vv. 19-21). Es el discurso de la obra del Hijo, que provoca las iras de los judíos porque no podían concebir que Jesús se identificara con Dios en su actividad como Juez,  no como Creador, puesto que con el Sabbat, el descanso, la creación había concluido. Efectivamente, Dios descansó, luego de terminar con la Creación, al séptimo día, pero manteniendo la vida que había creado; lo mismo Jesús da salud y vida, incluso el sábado, porque Él es Señor del sábado, descanso que se estableció para el hombre y no el hombre para el sábado.

  La gran obra de Jesús es decirle al hombre que Dios lo ama como Padre y comunicarle la vida divina, vida eterna. Ese amor de Dios creó todo de la nada, lo mismo hoy, crea vida nueva en el hombre, lo regenera, lo hace pasar de la muerte a la vida verdadera de hijo de Dios. Las palabras de Jesús son claras: “El que escucha mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (v. 24).

  Como humanos que somos la palabra cumple la función de comunicarnos entre sí: Dios usa el lenguaje para comunicarnos su palabra y ésta es Jesucristo, su Hijo; por ÉL se nos revela, se nos entrega. El Verbo se hizo carne, para habitar con nosotros y revelarnos a Dios como Padre como el mejor Padre, anunciarnos la salvación que trae el Reino de los cielos. El Evangelio de la vida y de la salvación debe llegar por la predicación de la Iglesia y de los cristianos a la existencia de todo ser humano con sus luchas y esperanzas, alegrías y realidades más dolorosas, hasta establecer la justicia en la humanidad.

  Así como Israel en el exilio, el cristiano de hoy se pregunta, si Dios no nos habrá abandonado al ver tanto mal en la sociedad, tanto dolor, etc. Es cuando más necesitamos revivir nuestra fe y la oración de creer que Dios nos sigue amando con el primer amor con que le conocimos en nuestra historia personal y revisar si no somos nosotros demasiado pesimistas y no damos suficiente testimonio de la propia esperanza en Dios. Solo el encuentro en la oración personal con Dios, nos comunica su vida y su amor, ya que la oración es encuentro con quien sabemos nos ama, como dijo Teresa de Jesús (V 8, 5). Sin oración no somos nada, sino un manojo marchito de deseos que sin Dios nunca se realizarán.  

  Si queremos que la Palabra del Hijo sea vida nueva para quien la escucha debemos acogerla en clima de oración y contemplación. No dejemos la oración, como aconseja el místico, y Dios revelará nuestra vocación a la vida nueva, que penetra y baja hasta lo profundo del alma, y encuentra en nosotros su morada, no como concepto frío y abstracto, sino como comunión de luz y amor con ÉL en el silencio que labra y dibuja al hombre nuevo, con mano fuerte y toque delicado.


 

JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.-Ex. 32,7-14: Idolatría del pueblo con el becerro de oro

b.- Jn. 5, 31-47: Testigos a favor de Cristo.

San Juan de la Cruz: “Pues ¿que diré de otros intentos que tienen algunos de intereses en las fiestas que celebran? Porque por lo que su gusto o el de los hombres hacen, no lo toma Dios a su cuenta, antes muchos se estarán holgando de los que comunican en las fiestas de Dios, y Dios se estará con ellos enojando; como lo hizo con los hijos de Israel cuando hacían fiesta cantando y bailando a su ídolo, pensando que hacían fiesta a Dios, de los cuales mató muchos millares (Ex. 32, 7­28)… Porque la causa por que Dios ha de ser servido es sólo por ser el quien es, y no interponiendo otros fines. Y así, no sirviéndole sólo por quien el es, es servirle sin causa final de Dios” (3S 39, 3).

  En ambas lecturas aparece la increencia, ya sea con la adoración del becerro del Éxodo o la negación a reconocer en Cristo, al Mesías de Dios, de parte de los judíos que leemos en el Evangelio.

  Moisés ha tenido que detener con su intercesión la ira de Yahvé contra su pueblo, luego de realizar la alianza cae en la idolatría olvidando el pacto, olvidando a Yahvé que define a este pueblo como de dura cerviz (v. 9). El recuerdo de las hazañas hechas en el pasado y la promesa de multiplicar su pueblo son los argumentos que usa Moisés para que cambie  Yahvé su decisión. 

  Juan, nos presenta esta continua lucha entre Cristo y los judíos, la batalla entre la luz de la verdad y la mala fe de los judíos contra el Mesías. Todo comenzó con la curación del paralítico de la piscina de Betsaida donde Jesús se defiende presentando testigos hasta convertirse en juez de sus enemigos. El primer testimonio es el de Juan Bautista “él dio testimonio de la verdad” (v.33), pero hay un testimonio mayor, el de las obras que realiza que atestiguan que es enviado del Padre (v. 36), más aún es el propio Padre que da testimonio a favor del Mesías en su bautismo y en su transfiguración (v. 37; cfr. Mt. 3,17; 17,1-9). Finalmente el movimiento de la escena cambia y constituye a Jesucristo en juez de sus opositores: no han oído nunca la voz del Padre, tampoco han visto su rostro por eso no reconocen a su enviado (vv. 37-38). Los maestros de la Ley investigan las Escrituras pero no poseen vida eterna porque no reconocen que ellas hablan de ÉL, el que no cree no tiene vida en sí (vv. 39-40). La gloria del Hijo viene del Padre y no de hombre alguno, Jesús declara conocer a sus interlocutores y en ellos no está el amor de Dios, al que ha venido enviado por el Padre, no lo reciben a otros quizás lo acojan; á ÉL que les habla y declara ser Hijo, no lo aceptan (v.40-43). Cuestiona el creer o la fe que poseen,  por su actitud serán juzgados por Moisés ya que escribió de ÉL, si creyeran a su  palabra, creerían en el Mesías (vv. 44-47).

  A pesar de todos estos argumentos no creen en Cristo. ¿Dónde radica su problema? En la fe, que siempre es un don de Dios, pero que necesita la colaboración del hombre, les falta humildad porque hasta esta apertura del ser humano a Dios, es también obra de Dios. Jesús les enrostra dos motivos de su incredulidad: la falta del amor y de la verdad de Dios y que no buscan la gloria de Dios, de ahí que sean orgullosos y reciben la gloria de los hombres, actitud muy propia de los fariseos. Permanecen en las tinieblas, rechazan la luz porque sus obras son malas, pero Cristo les advierte que no será ÉL quien los juzgue sino Moisés, en quien tienen puesta su esperanza. Sólo la fe hace contemplar en el rostro de Cristo la luz de Dios; luz que da vida a los hombres con su perdón a los pecadores, sanación integral. Obras que son del Padre y que el Hijo hace porque esa es su voluntad, manifestación de su amor; sin embargo, son rechazadas por los judíos.

  En la increencia y paganismo que  invade nuestra sociedad existen muchos tipos de becerros de oro  que son elevados a la categoría de ídolos. Muchos no poseen ni el amor y la verdad de Dios, por lo mismo, egoístas e idolatras. No aceptan a Dios como Padre y mucho menos a su Hijo como un Dios Crucificado, que ama a los pequeños y pecadores, marginados y pobres de la sociedad. Jesucristo desde la Cruz, juzga al mundo y derriba a todos lo ídolos que el hombre se construye: poder, riqueza, soberbia de la vida y bienestar, consumismo. También hoy el cristiano debe padecer la increencia del hombre de hoy, pero con la inteligencia iluminada por la fe revisará su testimonio, su entrega al prójimo, su  relación con Dios y con su Hijo en la vida sacramental y la oración, en definitiva, su vivir el Evangelio como cristiano comprometido.      

  Debido a las consecuencias de la increencia en la vida del hombre y en la sociedad, el ateísmo debe ser considerado como un reto en el sentido de saber que siempre ha habido tiempos recios para la fe cristiana. Del cristiano se espera que reconozca su propia situación de incredulidad en su vida, no sólo la mirar a los demás, trabajar una seria conversión, para dar testimonio del seguimiento de Cristo. Eso que queda por convertir al Señor es una oportunidad para acercarse a los no creyentes y hacer la propuesta del Evangelio de Jesús. La identidad cristiana es tarea diaria que crece en la fe puesta en comunión con Dios en la oración (1Cor. 4, 13) y la luz que viene del resucitado es vida para el orante.

  El místico nos invita a dar culto al verdadero Dios, sin otros intereses de por medio, ni mucho menos servirse de la religión para provecho propio. Sólo la fe vivida en espíritu y en verdad, hacen que el amor sea guía que nos conduzca a Dios.


 

VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

Sab. 2, 1.12-22: Condenaremos a muerte al justo.

Jn. 7, 1-2. 10. 25-30: Trataban de prender a Jesús.

San Juan de la Cruz: “¡Oh si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, sino es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en esto el alma su consolación y deseo, y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina, desea primero el padecer en la espesura de la cruz para entrar en ella!” (CB 36,13).

  La primera lectura nos presenta al justo perseguido, víctima del odio de los malvados. Es la increencia de la sociedad helenista que ataca al judío de la diáspora. La denuncia que hacen es precisamente lo que los coloca entre los malvados, pues sus acciones siendo malas, las consideran buenas: “Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener el conocimiento de Dios  y se llama a sí mismo hijo del Señor. Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito” (vv. 12-17). Su propia denuncia los condena, mientras que el justo brilla con luz que viene de su fidelidad a la ley de Dios.

  Lo mismo sucede con Jesús en el Evangelio, también se considera Hijo de Dios, también es un reproche viviente para los jefes religiosos de Jerusalén, que se sirven de la religión y no sirven a su pueblo como lo mandaba la Ley. Murmuran de ÉL sobre si era o no el Mesías: “Decían algunos de los de Jerusalén: « ¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que este es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es” (vv. 25-27). Es el comienzo del final de Jesús, sube a Jerusalén en secreto, aunque todavía no ha llegado su hora. Ante los que murmuran les increpa diciendo abiertamente: “Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: “Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy.      Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él  y él es el que me ha enviado” (vv. 28-29). Lo que queda claro es que Jesús se manifiesta como Mesías e Hijo de Dios y por ellos los judíos preparan su muerte.

  El rechazo nace de la ceguera de los maestros de la Ley, son conocedores de la Escritura, pero no conocen a Dios. ¿Qué ven en Jesús? Un hombre ordinario, pero un peligro para su seguridad, para el  sistema religioso que habían creado. No conocen a Dios, y su maldad y ceguera, los pierde. Ni el triste espectáculo de la Cruz los conmueve a creer (Mt. 27, 42). La persecución del Maestro es la persecución de los discípulos y de los que crean en el futuro (Jn. 15, 18ss; 2 Tm. 3, 12). El cristiano también es signo de contradicción para la sociedad por su opción de fe y a los valores, sus criterios no son los que pregona el mundo. El cristiano está llamado a revivir el misterio de su Maestro, de vida, muerte y resurrección, por la salvación del mundo. 

  Como nuestro Maestro nos enseña el amor y la paz, el discípulo, no puede convivir con la violencia, la injusticia, la mentira que domina a nuestra sociedad. Es la continua victoria del bien sobre el mal, la luz sobre las tinieblas, la verdad sobre la mentira. La oposición a la fe que vive el cristiano diariamente debe ser combatida con la fuerza del Espíritu de Dios, manteniendo su opción bautismal, asumiendo como Jesucristo su destino y la victoria final a la que nos invita. El texto a los Hebreos puede venir en nuestra ayuda: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó  la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb. 1,1-2). Alcanzar la derecha del Padre y del Hijo,  es nuestra meta y recibir la corona merecida luego de correr la carrera: completar nuestra fe.

  El padecer por el Amado, nos enseña el místico, es parte de nuestra fe y un tesoro de la Iglesia, por el testimonio siempre presente de los testigos singulares, los mártires de Cristo, que con su vida son un estímulo, para no abandonar la carrera. En las tribulaciones que se sufren por la fe está la puerta para entrar en la espesura de la Cruz y la sabiduría, de la que habla San Juan de la Cruz, quien bien supo eso de llamarse “de la Cruz”. Su palabra es auténtica, palabra vivida, transida de amor humano y divino. 


 

SABADO DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

Jer. 11,18-20: Cordero manso llevado al matadero

Jn. 7,40-53: El origen de Jesús

San Juan de la Cruz: “El camino de padecer es más seguro y aun más provechoso que el de gozar y hacer: lo uno, porque en el padecer se le añaden fuerzas de Dios, y en el hacer y gozar ejercita el alma sus flaquezas e imperfecciones; y lo otro, porque en el padecer se van ejercitando y ganando las virtudes y purificando el alma y haciendo más sabia y cauta”.(2N 16,9).

  Jeremías rechazado por su pueblo, lo confiesa, lo que Dios le revela, es la maldad de sus enemigos.  “Destruyamos  el árbol en su vigor; borrémoslo de la tierra de los vivos, y su nombre no vuelva a mentarse” (v. 19). El profeta clama venganza a Yahvé, actitud muy propia del AT, ya que ha puesto en sus manos su causa. Sin embargo mientras este profeta clama venganza para sus enemigos, Cristo, seis siglos más tarde les perdona amándolos desde la Cruz, porque no saben lo que hacen (Lc. 23, 34).

  Jesús, suscita inquietudes entre los judíos: ¿Es el Mesías?  ¿El Cristo? Si bien la gente lo reconoce como profeta, los expertos de la Ley consideran que de Galilea no puede venir ningún profeta. Si viene, vendrá del linaje de David, y de Belén, su pueblo natal. Son los sacerdotes y fariseos los que no creen en Cristo; la admiración que provoca su palabra paraliza prácticamente a los guardias del Templo, y por ello son recriminados por los sacerdotes, pues debían haberlo apresado (vv. 45-47). La declaración de uno de ellos manifiesta su ceguera: “¿Acaso ha  creído en él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la ley son unos malditos?” (vv. 48-49). Nicodemo, amigo de Jesús, en secreto, trata de defenderle aplicando la ley y pidiéndoles que le escuchen antes de juzgarlo. También a él le quieren hacer callar y le preguntan si también él es galileo, y aseguran que de Galilea no vienen los profetas.

  Sin la visión de fe es imposible acercarse a Jesús y reconocerlo como el enviado de Dios: su misterio, su persona se dan conocer sólo mediante el don inestimable de la fe. Los fariseos se cierran a la verdad y a la evidencia, su mala voluntad les pone una venda sobre los ojos. La actitud de Nicodemo es de valentía, da la cara por Jesús frente a sus enemigos, porque ha abierto su corazón a la verdad y quizá con fe lo reconoce como profeta, en su interior. Pero ante el argumento legal de sus colegas, él calla, no dice más; mide a Jesús con un criterio legal, de Galilea no se puede tomar en serio a ningún hombre.

  Defender la propia fe con argumentos, pero sobre todo con el testimonio, es parte integral de nuestro saber vivir en medio de no creyentes. Defender a Jesucristo y su Iglesia, debe hacer del cristiano un hombre valiente para confesar su fe. Traicionar la fe, por respetos humanos puede llevar al hombre a incluso claudicar en su convicciones. La palabra de Dios ha de ser criterio de nuestro comportamiento, la vara con que debemos medir nuestras actitudes para ir conformándonos a Jesús, el Señor (Rm. 8, 29). No debemos temer a quienes pueden matar el cuerpo pero no el alma, reconocerle en esta vida es asegurarse su reconocimiento ante el Padre de los cielos, negarle ante los hombres,  es nuestra perdición (cfr. Mt. 10, 28ss).

  Hoy son millones los cristianos, que cual lámparas de fuego, viven su fe y por eso, son luz para el mundo. Fuerte estímulo para quien duda o está en vías de recuperar su andar en fe. Los primeros han optado seriamente por Cristo, su Evangelio, su Iglesia y sobre todo defienden a sus hermanos, rostros de Cristo, más necesitados. En la serenidad o en las situaciones extremas de persecución, el cristiano debe dar testimonio de su fe en Cristo en esta sociedad sin Dios, su fuerza cómo se siente si se pide, desde un espíritu pobre y confiado.

   Padecer por Cristo, enseña el místico carmelita, es camino seguro para ejercitase en las virtudes teologales. Padecer lo entendemos por sufrir tribulaciones por la defensa de la fe, ahí donde nos encontremos alcanzando sabiduría y fortaleza.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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