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PARA DAR RAZÓN DE
NUESTRA ESPERANZA, SEPA DEFENDER SU FE P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá |
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TEMA 16: EL AMOR ES LO MÁS
GRANDE |
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Queridos hermanos: En
mis visitas a las distintas comunidades, me doy cuenta de que hay mucha gente
entre nosotros que tiene gran respeto por la Biblia. Algunos se reúnen hasta
tres y cuatro veces en la semana para leer la Biblia. Y me alegro de que amen
este libro sagrado. Pero
también me doy cuenta de que hay personas entre nosotros, que son muy de la
Biblia, y al mismo tiempo son capaces de despreciar y hablar mal del prójimo;
personas que duermen en la noche con la Biblia al lado, pero por nada quieren
saludar a su vecino, ni tampoco quieren prestar algún servicio a una persona
necesitada. Otros recorren pueblo tras pueblo para leer y enseñar la Palabra
de Dios, pero se olvidan de cuidar a su madre enferma; se esfuerzan por vivir
como ángeles la Biblia, pero se olvidan de ser «buena gente». Queridos
hermanos, debemos tener mucho cuidado con estas actitudes. Sí, debemos leer y
meditar la Biblia, y debemos amar mucho este libro. Pero no debemos dejar a
un lado lo más grande que nos enseña la Biblia: «el amor a Dios y el amor al
prójimo». En
esta carta les quiero hablar acerca de este tema central de la Biblia, quiero
que leamos juntos las páginas más hermosas de este libro sagrado, pero
también estoy consciente de que es el mandamiento más difícil de cumplir. 1. No a la hipocresía: No
basta conocer la Biblia de memoria; el demonio conoce la Biblia mejor que
todos nosotros y era capaz de discutir con el mismo Jesús lanzándole textos
bíblicos (Mt. 4, 1-11). Pero el demonio no ama y por eso está lejos de Dios.
¿De qué me sirve conocer la Biblia entera si no tengo amor? ¡De nada me
sirve! 2. No basta tener fe sin tener obras de
amor: «No
olvides que también los demonios creen y, sin embargo, tiemblan delan-te de Dios» (Sant. 2, 19). La fe sin el amor es una
fe muerta. ¿No dijo el apóstol Pablo que «la fe se hace eficaz por el amor»
(Gal. 5, 6)? 3.
No basta decir: «Señor, Señor» El
que dice que ama a Dios y luego habla mal del prójimo es un mentiroso. Y el
que no ama no conoce a Dios (1Juan 4, 20). Dice Jesús: «No todos los que
dicen Señor, Señor, van a entrar en el reino de los cielos, sino los que
hacen la voluntad de mi Padre Celestial» (Mt. 7, 21). 4.
No bastan las apariencias. No
basta ser un hombre muy devoto y cumplir con las oraciones y pagar los
diezmos... y luego criticar al otro que piensa distinto. Los
fariseos de la Biblia eran hombres sumamente devotos, muy observantes de la
ley y pagaban estrictamente los diezmos, pero no olvidemos que fueron
precisamente estos hombres devotos los que hicieron sufrir mucho a Jesús y
finalmente lo llevaron a la muerte en la cruz. 5. «Si yo no tengo amor, yo nada soy» (1
Cor. 13, 2) Si
yo no tengo amor de nada me sirve estudiar la Biblia, de nada me sirve ir al
templo y hacer largas oraciones y vigilias nocturnas. Dios
es amor, y el que no ama no está en Dios (1 Juan 4, 7). ¡Lo más grande de
nuestra religión es el Amor! 6. El que ama a Dios, ama al prójimo Un
día un maestro de la ley se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál
es el prime-ro de todos los mandamientos?» Jesús
le contestó: «El primer mandamiento es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es
el único Señor. Ama pues al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el primer
mandamiento. Y el segundo es parecido, y es: Ama a tu prójimo como te amas a
ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos» (Mc. 12, 28-31). 7. ¿Por qué es éste el mandamiento más
grande? Simplemente
porque DIOS ES AMOR. El amor viene de Dios. Todo el que tiene amor es hijo de
Dios y conoce a Dios. El que vive en el amor vive en Dios y Dios vive en él
(1 Jn. 4, 7-16). El
amor de Dios consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio por nuestros
pecados (1 Jn. 4,10). La
prueba más grande de amor nos la dio Jesucristo. El se entregó por amor a
nosotros y derramó hasta la última gota de su sangre por nosotros. Ojalá que podamos comprender cada vez más «cuán ancho,
largo, profundo y alto es el amor de Cristo. Que conozcamos este amor» (Ef.
3, 18-19), y que seamos imitadores de este amor. 8. No seamos mentirosos Pero
si alguno dice: «Yo amo a Dios» y al mismo tiempo odia a su hermano al cual
ve, tampoco puede amar a Dios, al cual no ve (1 Jn. 4, 20). Si alguno dice
que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad. El
que odia a su hermano vive y anda en la oscuridad, y no sabe a dónde va,
porque la oscuridad lo ha vuelto ciego (1 Jn. 2, 9-10). Nosotros
hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros
hermanos. El que no ama a su hermano, sigue muerto. Todo el que odia a su
hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino puede tener vida en
su corazón (1 Jn. 3, 14-15). 9. Amémonos unos a otros. Algunos
piensan que el amor al prójimo es solamente amar a sus amigos o sus hermanos,
y que pueden «guardar rencor a su enemigo», como en el Antiguo Testamento
(Lev. 19, 18). Pero Jesús nos dice otra cosa: «Tengan amor para sus enemigos,
bendigan a los que les maldicen, hagan bien a los que les odian, oren por los
que les insultan y les maltratan... Pues si ustedes aman solamente a los que
les aman a ustedes, ¿qué premio van a recibir por eso? Hasta los pecadores
hacen eso. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué de bueno hacen?, pues
hasta los que no conocen a Dios hacen eso» (Mt. 5, 44-47). Queridos
hermanos, este amor al prójimo que Jesús nos pide no es nada fácil. Pero los
que tratan de amar así, serán llamados hijos de Dios (Mt. 5, 45). El verdadero
discípulo de Cristo debe ver en cada hombre a su hermano: «Bendigan a los que
les maltratan. Pidan para ellos bendiciones y no maldiciones» (Rom. 12, 14).
«Cada vez que podamos, hagamos bien a todos» (Gal. 6, 10). Si amamos de
verdad, Dios mismo llena nuestro corazón con su amor (Rom. 5, 5), y este amor
nos empuja a amar a todos los hombres, a no ofender al prójimo (Mt. 5,
21-30), a ser sinceros con todos (Mt. 5, 33-37), a renunciar a la venganza, a
hacer el bien a todos (Mt. 5, 43-48), a no condenar a nadie (Mt. 7, 1), a
amar con obras (Mt. 7, 12). 10. La fe y las obras Escuchemos
lo que dice el apóstol Santiago, cap. 2, 14-20:
«Hermanos míos, ¿de qué sirve que alguien diga que tiene fe, si no hace nada
bueno? ¿puede acaso salvarlo esa fe? Supongamos que
a algún hermano o hermana le faltan la ropa y la comida necesaria para el
día, y que uno de ustedes le dice: 'Que te vaya bien; tápate del frío y
come', pero no le da lo que necesita para el cuerpo; ¿de qué sirve eso? Así
pasa con la fe, si no se demuestra con lo que la persona hace, la fe por sí
sola es una cosa muerta». Pero
tal vez alguien dirá: «Tú tienes fe, y yo hago bien. Muéstrame, pues, tu fe
aparte del bien que haces, y yo te mostraré mi fe por medio del bien que
hago. Tú tienes fe suficiente para creer que hay un solo Dios, y en esto
haces bien; pero también los demonios creen eso, y tiemblan de miedo. Pero
¿no quieres reconocer que si la fe que uno tiene no se demuestra con el bien
que hace, es una fe muerta?». 11. Jesucristo juzgará nuestras obras Leemos
en Mateo 25, 31-46: Aquel día el Hijo del hombre nos va a juzgar, no sobre
nuestra fe, no nos juzgará sobre nuestros conocimientos bíblicos, no nos
juzgará sobre nuestras vigilias en el templo, no nos juzgará sobre los
diezmos... El
Hijo del hombre se sentará en su trono y separará a los unos de los otros y a
los que estarán a su derecha les dirá: «Vengan ustedes, los que han sido
bendecidos de mi Padre, reciban el Reino que está preparado para ustedes, pues
tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber;
anduve como forastero y me dieron alojamiento... En verdad les digo que
cualquier cosa que hicieron por uno de estos mis hermanos, por humilde que
sea, a mí me lo hicieron». Queridos hermanos: Jesucristo
se identifica con los pobres, los marginados, los enfermos, los encarcelados
de nuestro tiempo. Ahí encontramos el rostro de Cristo, y ¿cuántas veces
hemos despreciado este rostro? Y cuando dejamos de hacer el bien con uno de
estos más pequeños, también con Jesús dejamos de hacerlo. Meditando
estos textos sobre el mandamiento más importante de la Biblia, muchas veces
pienso que nosotros los cristianos debemos sentirnos avergonzados, puesto que
con nuestras discusiones sobre religión y nuestras divisiones somos un
escándalo para todo el mundo y faltamos gravemente al mandamiento del amor. A
veces me da la impresión de que hasta ahora no hemos hecho nada y que debemos
aprender de nuevo a ser obedientes a la voz de Cristo: «Les doy un mandamiento
nuevo: que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo, ustedes deben
amarse también los unos a los otros» (Jn. 13, 34). No
nos desanimemos, pero comencemos ahora con la práctica del amor, el amor
verdadero a Dios y al prójimo. El himno al amor Para
terminar, hermanos, leamos juntos el cántico del amor que escribió San Pablo
para los que buscaban en aquel tiempo los dones del Espíritu Santo. Aquellos
cristianos que ansiaban el don de lenguas, el don de profecía, el don del
profundo conocimiento, el don de la fe, pero, sin darse cuenta, muchos se
olvidaron del camino más excelente para encontrarse con Dios: el camino del
amor. «Si
yo hablo en lenguas de hombres y de ángeles, pero no tengo amor, no soy más
que un tambor que resuena o un platillo que hace ruido. Si yo doy mensajes
recibidos de Dios y conozco todas las cosas secretas, tengo toda clase de
conocimientos y tengo toda la fe necesaria para cambiar los cerros de lugar,
pero no tengo amor, yo nada soy. Si reparto todo lo que tengo y si entrego
hasta mi propio cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me
sirve. El que tiene amor tiene paciencia, es bondadoso, no es presumido ni
orgulloso, no es grosero ni egoísta... no se alegra del pecado de los otros
sino de la verdad. Todo lo soporta con confian-za, todo lo espera con paciencia. El amor nunca muere» (1
Cor. 13, 1-8). Coplas
por el Amor Querer
sólo por querer es
la fineza mayor, el
querer por interés no es fineza ni
es amor. En
aquella santa Cena dijo
el divino Maestro el
que quiera ser mayor que tome el
último asiento. Ni
los clavos ni el madero me
tienen crucificado, sino
sólo tu pecado y lo mucho que
te quiero. Cuestionario: ¿Basta
ser un apóstol de la Biblia para salvarse? ¿Es sólo esto lo que Jesús espera
de nosotros? ¿Qué hacen hoy algunos fanáticos de la Biblia? ¿Cuál es el
precepto más grande que Dios nos dejó? ¿Qué significa que Dios es Amor? ¿Qué
dijo Jesús sobre la Fe y las obras? ¿Cómo nos juzgará Jesús? ¿Con quién se
identifica Jesús? ¿Qué dice el cántico de la caridad (Cor. 13, 1-8)? |
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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |