|
PARA DAR RAZÓN DE NUESTRA
ESPERANZA, SEPA DEFENDER SU FE P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá |
|
TEMA 25: LA TRANSFUSIÓN DE
SANGRE |
|
¿Prohíbe la Biblia la transfusión de
sangre? Hay
católicos que me preguntan si es verdad que la Biblia prohíbe la transfusión
de sangre... Su inquietud nace del hecho de que algunas personas, con la
Biblia en la mano, tratan de afirmar que la transfusión de sangre es un
pecado gravísimo contra Dios. Tales personas -así dicen ellos- prefieren
morir antes que aceptar una transfusión de sangre, porque dicen: es la
voluntad de Dios. En esta línea están sobre todo los Testigos de Jehová y
miembros de algunas sectas religiosas modernas. ¡Qué
triste que haya gente entre nosotros que usa la Biblia para confundir al
católico sencillo y para propagar estas teorías que son una burla a la
humanidad! A
los que piensan así les quiero recordar que nunca debemos leer la Biblia en forma
parcial; nunca debemos estudiar el Antiguo Testamento (A.T.) sin tomar en
cuenta el Nuevo Testamento (N.T.). Hay
una gran diferencia entre los dos. Aunque se complementan el A.T. y el N.T., no debemos olvidar que Jesucristo, Dios-hombre, es
el centro y el fin de toda la Biblia. Además Jesucristo, con su autoridad
humano-divina, corrigió varias cosas que se leen en el A.T. y anuló muchas
costumbres que para los judíos del A.T. eran prácticas muy importantes. Si
uno lee atentamente la Biblia verá que de la primera a la última página hay
una evolución doctrinal y moral. Es decir, que no todo en la Biblia tiene el
mismo valor o igual vigencia. Y entre esas cosas que cambió el N.T. está la ley de la sangre. ¿Qué nos enseña el A.T. acerca de la
transfusión de sangre? Antes
que nada, debemos decir que la Biblia nunca habla de la transfusión de sangre
como práctica de medicina para salvar a enfermos, simplemente porque los
antiguos no conocieron este tratamiento. Pero veamos de dónde sacan algunos
miembros de otras religiones esta creencia. Los
israelitas del A.T., como otros pueblos antiguos de aquel tiempo, pensaban
que la vida (o el alma) de cada ser estaba en la sangre. Leemos en Gén. 9, 4-5: «Lo único que no deben comer es la carne con
su alma, es decir, con su sangre... Reclamaré la sangre de ustedes, como si
fuera su alma». Así,
los antiguos creían que el alma era la sangre misma (Lev. 17, 14; Dt. 12,
23). Es decir: alma = vida = sangre. Ahora bien, Dios es el único Señor de la
vida y por eso la sangre tenía un carácter sagrado para los israelitas, la
sangre pertenecía a Dios. De este concepto antiguo que tenían los israelitas
acerca de la vida, vienen las leyes acerca de la sangre que es lo que vamos a
analizar ahora brevemente: 1 Prohibición del homicidio El
hombre fue creado a imagen de Dios, por lo cual Dios tiene poder sobre su
vida: «Si alguien derrama su sangre, Dios le pedirá cuenta de ello (Gén. 9, 5). En esto encuentra su fundamento religioso el
mandamiento que dice: «No matarás» (Ex. 20, 13). Pero en caso de homicidio
los antiguos aceptaron la venganza de sangre inocente contra el asesino:
«Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente» (Ex. 21, 23). Solamente fue
admitida una venganza limitada, porque Dios mismo se encargará de esta venganza,
haciendo recaer la sangre inocente sobre la cabeza del asesino (1 Reyes 2,
32). 2. Prohibición de la sangre como alimento
La
sangre, como signo de la vida, pertenece sólo a Dios y por eso la sangre es
parte de Dios (Lev. 3, 17). La sangre derramada es alimento de Dios, «manjar
de Yavé», y ningún hombre puede beber sangre, ni
comer carne prohibida (Dt. 12, 16). La sangre pertenece por derecho propio a
Dios, Señor de la vida. (De ahí sacan los Testigos de Jehová su enseñanza de
no aceptar la transfusión de sangre). 3. El uso de la sangre en el culto del
A.T. La
sangre es sagrada, aún la de un animal, y solamente puede ser ofrecida a Dios
en un sacrificio (Gén. 9, 5). Si no se sacrifica en
un altar, debe ser derramada en el suelo, pero no se puede comer. Además los
israelitas, como los demás hombres del pasado, se hacían de Dios una imagen
terrible y pensaban que sólo podían estar en paz con ese Dios violento
ofreciendo sacrificios y sangre (Heb. 9, 22). Era
su manera de entrar en contacto con Dios; por eso los antiguos hacían ritos
sangrientos para sellar su alianza con Dios (Ex. 24, 3-8); sacrificios para
la expiación de los pecados (Is. 4, 4); ritos pascuales
con sangre de corderos para alejar los espíritus exterminadores (Ex. 12,
7-22), etc. Con
el tiempo los israelitas descubrieron que estos sacrificios sangrientos eran
una forma de culto muy imperfecto. Y por boca del profeta Isaías, Dios
rechazó estos sacrificios: «¿De qué me sirve la
multitud de sus sacrificios? No me agrada la sangre de sus vacas, de sus
ovejas y machos cabríos» (Is.1, 11). También dice el salmista, hablando con
Dios: «Un sacrificio no te gustaría, si ofrezco un holocausto, no lo aceptas»
(Salmo 51, 16). Reflexionando
sobre estas leyes de sangre dentro del contexto del A.T. podemos decir que
Dios aceptó al pueblo de Israel con sus costumbres y tradiciones, y que Dios
educó a su pueblo a partir de su propia cultura. Pero no debemos pensar que
las leyes de sangre fueron dictadas por Dios desde el cielo, sino que fueron ela-boradas por los sacerdotes
de aquel tiempo que estaban a cargo de la conducta reli-giosa del pueblo de Israel. Las leyes sobre la sangre son
solamente una manera de educar e inculcar el sentido de carácter sagrado de
la vida. Por
muy antiguas, y a veces anticuadas que sean estas leyes, el cristiano de hoy las debe considerar con fe y buscar reflexiones nuevas
referentes a lo que Dios nos pide ahora. ¿Qué nos enseña el N.T.
acerca de esas leyes de sangre? En
el N.T. no encontramos ninguna referencia acerca de
la transfusión de san-gre. Pero hay claras
indicaciones a favor de esta práctica. 1.
Jesús repitió con el A.T. el profundo respeto por la vida: «No matarás» (Mt.
19,18), pero el Señor criticó duramente la antigua ley de la venganza de
sangre inocente: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por
diente. Pero Yo les digo: no resistan al hombre malo; al contrario si alguien
te pega en un lado de la cara, ofrécele también el otro lado» (Mt. 5, 39).
También terminó Jesús con la ley de alimentos prohibidos: «No hay ninguna
cosa fuera del hombre que al entrar en él pueda hacerle pecador o impuro»
(Mc. 7, 15). Con estas palabras está claro que la prohibición de comer «carne
con sangre» no tiene ningún valor para Jesús. 2.
Jesús quiso morir derramando su sangre, para mostrar la entrega total de su
vida por obediencia al Padre y por amor a sus hermanos (Jn. 3, 16; Rom. 8,
32). Este sacrificio de su vida terminará con todos los sacrificios de
animales del A.T., porque el sacrificio de su vida era para el perdón de
todos los pecados del mundo y la reconciliación definitiva entre Dios y los
hombres (Heb. 9, 26; Heb.
10, 5-7). «Cristo nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre»
(Apoc. 1, 5). 3.
En la Ultima Cena Jesús presentó la copa de la acción de gracias (o
Eucaristía), diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que está confirmada por
mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc. 22, 20). Y desde ahora en
adelante los hombres pueden comulgar con esta sangre de la Nueva Alianza
cuando beben el cáliz eucarístico (1 Cor. 10, 16 y 11, 25-28). La sangre de
Cristo derramada en la cruz establecerá entre los hombres y el Señor una
unión profunda que durará hasta su venida (1 Cor. 10, 16 y 11, 25-28). 4.
Jesús, el Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas (Jn. 10, 11), así también
los discípulos de Jesús han sido llamados a dar su vida por el prójimo: «El
amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos» (Jn. 15,
13). El discípulo de Jesús no debe preocuparse excesivamente por su vida y
debe ser capaz de arriesgarla por los demás, como nos enseña también el
apóstol Pablo: «Les tenemos a ustedes tanto cariño que hubiéramos querido
darles no sólo el mensaje de Dios, sino hasta nuestras propias vidas, pues
hemos llegado a quererles mucho» (1Tes. 2, 8). Esto
se manifiesta en los misioneros que han muerto por Cristo y en los mártires
cristianos de todos los tiempos. ¿Acaso no dijo Jesús: «Quien quiere salvar
su vida (su alma) la perderá, pero quien la pierda por causa mía, la hallará
para la vida eterna»? (Mt. 16, 25; 10, 39). Algunas consideraciones finales 1.
Las leyes de sangre del A.T. son un reflejo de una cultura primitiva y no
fueron dictadas por Dios y sólo tendían a inculcar al pueblo del A.T. el
sentido sagrado de la vida. Por tanto las muchas leyes de sangre del A. T. no
son doctrina eterna. Recordemos que Cristo vino a perfeccionar la antigua
Ley. Ahora sabemos muy bien que el alma humana no se identifica con una cosa
material como es la sangre. Propiamente hablando, el alma no habita en un
cuerpo con sangre, sino que se expresa en el hombre entero. Y
cuando los Tesigos de Jehová se aferran a las
creencias del A.T., ellos olvidan que la ley del A.T. fue perfeccionada por
Jesucristo y que muchas costumbres de aquel tiempo no tienen valor en la
Nueva Alianza que comenzó con Cristo. Los Testigos de Jehová y muchos otros
se quedaron en el A.T. y no aceptan la evolución que está en la Biblia; ellos
no interpretan bien toda la Biblia ya que se quedaron en una práctica judía
antigua y no siguieron el cumplimiento del N.T.
Esto sucede porque interpretan la Biblia en forma literal y parcial, y además
arreglaron la Biblia a su manera con traducciones equivocadas y malas
interpretaciones. (Ninguna de las Iglesias Cristianas acepta la Biblia
arreglada por los Testigos de Jehová). 2.
En Jesucristo fue superada la Antigua Alianza y la ley de Moisés. Los pri-meros cristianos muy pronto terminaron con muchas
prácticas del A.T., como por ejemplo, la observación del día sábado, etc. y
entre estas cosas el N.T. abolió también las leyes
de sangre. Es verdad que entre los primeros cristianos de origen judío
persistía al comienzo la ley de sangre, y algunas comunidades cristianas
judías fue-ron injustamente obligadas a observar esta práctica (Hech.15, 29).
Pero esta observancia se hizo solamente por un breve tiempo para no
escandalizar a los de conciencia débil. Pronto fue superado este problema y
las iglesias siguieron el consejo de Jesucristo: «No hay nada de fuera que
ensucie el alma» (Mc. 7,15). Finalmente
el Apóstol Pablo escribe en forma muy tajante a los colosenses: «Que nadie
les venga a molestar por cuestiones de comida o bebida» (Col.2,16). «Todos los alimentos son buenos y todas las cosas
les servirán de alimento» (1 Tim. 4,3-6). 3.
Dios es el Dios de la vida. «Dios no se complace en la muerte de nadie»
(Ez.18, 32). «No creó al hombre para dejarlo morir, sino para que viviera» (Sab. 1, 13; 2, 23). Para Jesús la vida era cosa preciosa,
y «salvar una vida» prevalecía sobre la ley del sábado (Mc. 3, 4), porque
«Dios no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc. 12, 27). El mismo sanó y
devolvió la vida como si no pudiera tolerar la presencia de la muerte. «Si
hubieras estado aquí, mi hermano Lázaro no hubiese muerto», le dijo Marta a
Jesús (Jn.11, 21). Jesús, Dios-hombre, dijo que El es la vida, y ha venido a
servir, y murió como rescate para provecho de la multitud (Mc. 10,45). 4.
Seamos seguidores de Cristo. A ejemplo de Cristo, podemos dar nuestra vida
por amor al prójimo. «Nadie tiene más amor que el que da su vida por sus
amigos» (Jn. 15, 13). Por supuesto que nuestra vida está en la mano de Dios.
Pero si Dios nos ha dado inteligencia y voluntad, y con ellas podemos salvar
la vida de otros, entonces esto es la voluntad de Dios. Todo
lo que el hombre realiza en la medicina moderna para respetar la vida y sanar
a los enfermos es voluntad de Dios. Y sería un pecado gravísimo dejar morir a
una persona que, con buenos remedios y con una transfusión de sangre, puede
ser sanada. En este sentido «dar sangre» para hacer una transfusión no es
ningún atentado contra Dios, sino que puede llegar a ser un acto heroico de
caridad. Por supuesto, que hay que atenerse a la reglamentación necesaria en
cuanto a higiene y desinfección, porque en asunto tan delicado hay que evitar
todo posible contagio de SIDA y otras enfermedades. Frente
a la transfusión de sangre, entonces, hay una sola palabra: «Conocemos el
amor con que Jesucristo dio su vida por nosotros; así también nosotros
debemos dar la vida por nuestros hermanos». Y
eso mismo vale para la donación de órganos. Es muy humano y cristiano
solidarizar con un enfermo hasta el punto de ceder los propios órganos para
ser trasplantados a otras personas que carecen de ellos. Ello
se puede hacer tanto en vida como después de la muerte. Y a diario vemos
padres que donan ojos o riñones para sus hijos, ¡qué ejemplo de caridad!
Estos son gestos que hay que recomendar, ya que tanto con la donación de
sangre como con la donación de órganos podemos salvar una vida. Cuestionario: ¿Qué
enseña la Biblia sobre este punto? ¿Por qué en el A. T. se prohibía tomar la
sangre como alimento? ¿Qué se enseña al respecto en el N. T.? ¿Cuál fue la
Doctrina de Jesús? ¿Qué se quería inculcar al Pueblo de Dios con las leyes de
sangre? ¿Perfeccionó Jesús esta legislación? ¿Qué dice San Pablo en Col. 2
16? ¿Se puede hacer la transfusión de sangre en beneficio de los enfermos?
¿Se pueden hacer trasplantes? ¿Qué pensar de los donantes de órganos? |
|
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |