DICCIONARIO GEOGRÁFICO DE LA BIBLIA

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

DICCIONARIO GEOGRÁFICO DE LA BIBLIA

Preparado desde los artículos selectos del “Manual de la Biblia”

por H. Martens, Parte II, y otros datos Geográficos

     Para Usos Internos y Didácticos Solamente —

 

 

INDICE DE TOPONIMOS Y LUGARES GEOGRAFICOS

ABILENE.

ASDOD/AZOTO.

BABILONIA.

BEER-SEBA/BERSABÉE.

BELÉN.

BETANIA (MONTE DE LOS OLIVOS).

BET-EL.

BET-SAN.

CAFARNAÚM.

CANÁ.

CARMELO.

CESAREA.

DAMASCO.

DAN.

DECÁPOLIS.

ÉFESO.

EMMAÚS.

ENGUEDI.

ESYÓN-GUÉBER.

ÉUFRATES.

GALAAD.

GALILEA.

GARIZIM.

GENESARET.

GUILBOA.

HEBRÓN.

HERMÓN.

ITUREA.

JASOR.

JERICÓ.

JERUSALÉN.

SIÓN.

LA CIUDAD DE DAVID.

LA TUMBA DE DAVID.

EL CENÁCULO.

LA CASA DE CAIFÁS.

LA FORTALEZA ANTONIA.

EL PALACIO REAL.

EL VALLE DEL CEDRÓN.

EL VALLE DE GEHINNOM.

SILOÉ.

LA PISCINA DE BETESDA.

EL TEMPLO.

EL MONTE CALVARIO.

JORDÁN, RÍO.

JUDÁ, MONTAÑA DE.

MAMRÉ.

MAQUERONTE.

MEGUIDDÓ.

MESOPOTAMIA.

MUERTO, MAR.

NAÍM.

NAZARET.

NEBÓ.

NÍNIVE.

OLIVOS, MONTE DE LOS.

ROJO, MAR (MAR DE LOS JUNCOS).

SAMARÍA.

SAREFTÁ.

SIDÓN.

SIKAR.

SIKEM.

SILÓ.

SINAÍ.

SODOMA.

SUSA.

TABOR.

TIBERÍADES.

TIGRIS.

TIRO.

UR.

YABBOQ.

YAFFÁ/JOPPE.

YIZREEL.

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Los países de la Biblia se enmarcan en su casi totalidad dentro de los límites del “Creciente Fértil,” exceptuando Egipto y los países de misión a los que se desplazaron los apóstoles. Y entre los países del Creciente Fértil tienen un papel destacado los territorios, pueblos y Estados de Mesopotamia. Pero el “país de la Biblia” por antonomasia es la pequeña Palestina que, con sus 220 km de norte a sur y sus 115 km de este a oeste, sólo representa una minúscula franja en un mapa-mundi a gran escala.

Esa Peleset o “tierra de los filisteos” se llama hoy cada vez más ‘Eres Yisra’el (País de Israel), según el uso de los israelíes del moderno Estado de Israel. Pero convendría no olvidar que Palestina no coincide exactamente, desde el punto de vista geográfico, con el actual Estado de Israel. Palestina es la parte meridional del antiguo país de Siria; más concretamente, el país costero del sudeste del Mediterráneo y una parte del desierto siro-arábigo, con el que limita por el este. Al norte limita con las estribaciones meridionales del Líbano-Antilíbano, y en el sur con los valles secos que desde el mar Muerto corren en dirección sur y suroeste.

La costa tiene algunas ensenadas practicables, que se acomodaron como puertos: Cesárea Marítima, la ciudad construida por Herodes, y Yaffá/Joppe. Sin embargo las mejores ensenadas portuarias, con las ciudades de Yabné/Yamnia, Asdod/Azot(o), Asquelón y Gaza, estuvieron en manos de los filisteos, por lo que sólo en virtud de acuerdos pudieron utilizarlas Israel y los judíos.

La llanura de aproximadamente unos 20 km de ancha, al este de la costa, es una depresión, ocasionalmente surcada por dunas y terrenos silicocalcáreos. Entre Cesárea y Yaffá/Joppe esa franja recibe el nombre de Llanura de Sarón, con agua abundante y ricos pastos, aunque la fertilidad es común a otros sectores de dicha costa. Hoy esa llanura constituye la huerta más importante de Israel. Detrás de esa franja costera va elevándose en varios escalones la meseta palestinense (con una profundidad de 75 a 85 km), aunque cortada de norte a sur por una gran falla o depresión del Jordán. Pero la altiplanicie originaria presenta en buena parte un carácter diferente por los basaltos, que se formaron con las erupciones volcánicas sobre la piedra arenisca y calcárea, probablemente al abrirse la citada falla de norte a sur.

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ABILENE.

Territorio sirio sobre el Antilíbano; hasta el año 34 a.C. formó parte de Iturea, que tras la ejecución de su rey Lisanias dividieron los romanos en cuatro partes. Una de ellas fue el territorio o región de Abilene, de unos 150 km de larga por 30-40 km de ancha. El tetrarca Lisanias, mencionado en el Evangelio de Lucas (3:1), está documentado además por una inscripción encontrada en las proximidades de Abila; pero nada sabemos ni de él ni de su tetrarquía de Abilene. Sólo a partir del 37 d.C. vuelve Abilene a aparecer en la historia.

Abilene tomó el nombre de su capital Abila, en la pendiente oriental del Antilíbano, a 30 km al noroeste de Damasco. Estaba junto al río Amana (hoy Barada), que corre en dirección de Damasco formando un oasis muy fértil. Que allí esté enterrado Abel (y de ahí el nombre de Abi-la), pero algunos opinan  que es un disparate que debió de ocurrírsele a algún guía turístico árabe.

ASDOD/AZOTO.

Asdod (hebreo) o Azoto (griego), a 5 km de la costa mediterránea, fue en sus orígenes una ciudad anaquita, proscrita hacia el 2000 por los egipcios (“textos egipcios de execración”). Desde el período de los hicsos en Siria debió de existir la ciudad Estado de Asdod.

En el reparto ideal de Canaán entre las doce tribus de Israel se la asigna a Judá, que no pudo conquistarla. Poco antes del año 1100 a.C. cayó en manos de los filisteos convirtiéndose en una de sus ciudades importantes.

La relevancia de Asdod en el marco de las cinco ciudades filisteas se echa de ver por su templo, en el que se veneraba a Dagón, el dios principal de los filisteos, templo que la arqueología no ha encontrado hasta ahora.

Tampoco David sometió directamente a Asdod; pero el libro de Crónicas dice que el rey Ozías de Judá la sometió (2Cró 26:6).

Después que los asirios dominaron el reino israelita del norte, también cayó en sus manos el territorio de los filisteos; en el 711 a.C. Asdod pasó a ser la capital de la provincia asiría (As-dudu), hasta que el recuperado Egipto volvió a someter hacia el 650 la región costera. Pero Ne-bukadnezzar de Babilonia volvió a arrebatársela a Egipto, pasando a ser provincia babilónica y más tarde persa (Azotos). A la muerte de Alejandro Magno Asdod pudo recuperar su independencia.

Tras el exilio babilónico de los judíos Asdod pasó a ser miembro de una coalición con la que los árabes y los ammonitas intentaron impedir la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, lo que según parece impresionó poco al pueblo, ya que muchos judíos se desposaron con muchachas de Asdod. En las campañas expansionistas del rey Juan Hircano fue conquistada y sometida por los judíos, hasta que en el 63 a.C. los romanos la declararon Estado libre.

El diácono Felipe anunció en Asdod y en toda la región costera “hasta llegar a Cesárea” la buena nueva del evangelio (Act 8:40).

El nombre antiguo se ha conservado a través de los tiempos en la aldea árabe de Esdud. Hoy Israel ha levantado en “Asdod Yam” (Asdod sobre el Mar) una nueva ciudad industrial (con el proyecto de un gran puerto), que tiene por cometido hacer de nuevo realidad al nombre antiguo y famoso.

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BABILONIA.

Babilonia, sobre el río Eufrates, es la capital incontrovertible de Mesopotamia, por cuya posesión combatieron siempre hasta los imperios no babilónicos de Mesopotamia. Su ascensión empezó con el rey Hammurabi (siglo XVIII a.C.); pero el primer soberano del imperio persa Ciron ya no la eligió como su capital (536 a.C.), de modo que a partir de entonces no desempeñó ya un papel político.

Cuando después de su gran campaña asiática Alejandro Magno regresó a Babilonia decidió reconstruir el templo y la gran torre sagrada, que el rey persa Jerjes había destruido después de una sublevación, y pensó asimismo en convertirla en capital de su imperio griego. Pero Alejandro moría en la ciudad el año 323 a.C., por lo que la historia de Babilonia como capital terminó definitivamente.

Las excavaciones apenas han sacado nada a la luz de la Babilonia más antigua; los asirios arrasaron la ciudad hasta sus cimientos (703 a.C.); pero la Babilonia de Nebukadnezzar (605-562 a.C.) nos es hoy bastante bien conocida gracias a los esfuerzos arqueológicos. Su muralla de 18 km de larga fue la obra de fortificación más importante de la antigüedad. En la orilla oriental del Eufrates, el río rodeaba tres cuartas partes del bloque de la ciudad antigua, y en un gigantesco recodo un segundo muro cerraba la ciudad nueva del este; el cuarto o tercer “muro” era el Eufrates. En la orilla occidental del río la protegía así mismo por tres de sus lados una gruesa muralla con taludes exteriores que rodeaba el bloque de la ciudad nueva de poniente. Las puertas estaban fortificadas.

Entre el muro norte en la ribera oriental y el río se alzó pujante un barrio fortificado con tres grandes complejos de fortificaciones con obras de avanzadilla y la ciudadela. En la entrada a la fortaleza residencial de los soberanos y de la ciudad se hallaba la puerta de Istar con sus famosos relieves esmaltados sobre el fondo azul del muro.

Así mismo en la orilla oriental, adonde conducía el ancho puente central desde la ciudad nueva, se encontraba el segundo recinto sagrado de gran extensión (800 x 500 m) con la ziggurat (“torre babilónica”) y el templo de Marduk (“Esagila”). Desde el recinto sagrado una calle procesional (de 25 m de ancha) conducía hasta la puerta de Istar; era la calle más suntuosa de la ciudad, de 1 km de larga, por la que era trasladada la imagen del dios hasta el palacio real en la fiesta de Año Nuevo. Con esa visita oficial del dios se invocaban sus bendiciones sobre el gobierno del soberano.

De Babilonia partía de continuo el falseamiento religioso del culto en el templo de Jerusalén bajo el dominio de asirios y babilonios. Por Babilonia fueron oprimidos Israel y Judá; y en Babilonia vivieron los miembros de la familia real de Judá que habían sido deportados y que allí estuvieron como “huéspedes bajo vigilancia.” En la cautividad babilónica corrió peligro de perderse la fe de los deportados bajo la suntuosidad y el poder de la gran metrópoli. De ahí que Babilonia se trocara en el símbolo de los poderes hostiles a Dios, y cuándo Roma asumió esas funciones también fue designada como la nueva “Babel” (cf. 1Pe 5:13; Ap 14:8).

Puede completarse el tema con los artículos sobre la torre de Babel, los asirios y los babilonios.

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BEER-SEBA/BERSABÉE.

El nombre hebreo suena Beerseba, que muy bien puede traducirse por “pozo de los siete.” El topónimo es naturalmente más antiguo que el relato de los siete corderos que Abraham entregó a Abimélek, cuando hicieron el trato del pozo en favor del patriarca (Gen 21:22ss). La interpretación bíblica es precisamente una historia sugerida por el mismo nombre.

Recientemente se han hecho excavaciones en Beer-Seba (como se llama también hoy en el Estado de Israel), que demuestran la ocupación del territorio desde el milenio IV o III a.C. Probablemente el asentamiento fue un importante cruce de comunicaciones de las grandes rutas mercantiles que iban del territorio fenicio a Egipto y desde el mar Mediterráneo al Rojo. Del calcolítico (que en Palestina corresponde aproximadamente al 4500-3000 a.C.) podrían ser varios poblados de cuevas (aldeas) en wadi Seba, al sur de la ciudad antigua de Beer-Seba, que confirmarían la hipótesis sostenida desde hace largo tiempo. Pero esas excavaciones sólo tienen un valor histórico para los datos de la Biblia en tanto en cuanto nos ayudan a fijar la imagen de la región: la Beer-Seba de Abraham no era un lugar aislado en el desierto, sino un territorio habitado (desde muchísimo tiempo antes ya por entonces). Abraham llegó a la región unos mil quinientos años después (hacia 1750 a.C.) de la época que se asigna a las mentadas cuevas.

El tesoro de la región eran los pozos de wadi Seba, importantes para las rutas comerciales a que nos hemos referido, y también para los nómadas y seminómadas que se asentaban en sus proximidades. El tributo por la utilización de los pozos lo recibía el reyezuelo de la ciudad, de la que tal vez persista algo bajo tell Seba, a unos 3 km al este de wadi Seba.

Cuál fuese el aspecto de Beer-Seba y sus alrededores en tiempo de Abraham es difícil de decir. Estaba en el desierto, pero era sin duda un lugar fértil. La Biblia cuenta que Abraham se retiró a Beer-Seba tras la destrucción de Sodoma. Allí excavó un pozo, plantó un tamarisco “e invocó el nombre del Señor.” Lo que en tales tradiciones haya de historia en sentido estricto no lo sabemos. Pero la narración apunta ciertamente al hecho de que ya antes del establecimiento de la liga de las doce tribus en Beer-Seba hubo un santuario cananeo, en el que también Abraham era venerado como patriarca, por ejemplo, de la tribu de Judá.

Cuando, con la entrada de Judá en la alianza de las doce tribus, Abraham se convirtió en un patriarca de Israel, también el santuario de Beer-Seba pasó a ser un venerable santuario israe-lita. Con toda seguridad hay que vincular también a Abraham con el lugar, de modo que lo visitase y allí rindiese adoración a ‘el ‘olam, el “Dios eterno.”

Comoquiera que sea, a través de los relatos abrahámicos el lugar estuvo vinculado o entró en la tradición de Israel: de allí partió el patriarca con su hijo Isaac para ofrecerlo en sacrificio, y allí regresó después (Gen 22:19); y allí regresaría más tarde Isaac volviendo a excavar el viejo pozo, después de haber abandonado el emplazamiento por las malas cosechas desplazándose ha-cia el sur (Gen 26). ¡Beer-Seba no desaparece de las tradiciones de Israel! Y tampoco como san-tuario, pues que allí construyó Isaac un altar.

De Beer-Seba emigró a su vez Jacob hacia Mesopotamia, y cuando más tarde marcha a Egipto para volver a ver a su hijo José, “llegó a Beer-Seba, donde ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac” (Gen 46:1). En el reparto ideal de los lugares de Canaán, Josué asigna Beer-Seba a la tribu de Simeón (Jos 19:2), y a partir de entonces, cuando se hablaba del emplazamiento de todos los hijos de Israel se decía “desde Dan a Beer-Seba” (2Sam 17:11), indicando esta última ciudad la frontera meridional. Pese a ello no se puede suponer el santuario de Beer-Seba como un santuario puramente israelita. Allí, por ejemplo, acudían también los edomitas para ofrecer sacrificios junto con sus “hermanos” israelitas. Tal vez incluso Beer-Seba es el lugar de origen de narraciones como la de Esaú y Jacob, su parentesco, su enemistad y reconciliación.

Beer-Seba continuó siendo o llegó a ser un santuario importante. Allí estableció Samuel como jueces a sus dos hijos mayores, Yoel y Abiyyá; “pero sus hijos no siguieron los caminos de su padre, sino que se inclinaron a la avaricia, recibieron regalos y torcieron la justicia” (1Sam 8:3). Por todo ello el pueblo pidió un rey, porque de lo que había sido capaz Samuel no lo fueron sus hijos. Y ello ocurría en Beer-Seba, en el punto de cruce de las caravanas y donde probable-mente no eran pocas las ocasiones para torcer la justicia.

Al tiempo de la separación de los dos reinos Beer-Seba era un lugar importante de culto, del que el profeta Amos habla con duras palabras porque en él se mezclaban el culto de Yahveh y el culto de Baal. De ahí que el rey Yosías destruyera el santuario de Beer-Seba, cuando llevó a cabo su reforma. Es probable que después del destierro de Babilonia las gentes de Judá volviesen a ocupar la abandonada Beer-Seba.

El visitante que llega hoy a Beer-Seba no encuentra ya mucho de la atmósfera abrahámica; el lugar se ha convertido en una gran ciudad moderna en medio del desierto. Desde ella, el Estado moderno de Israel ha iniciado la colonización del Néguev.

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BELÉN.

A 7 km largos de Jerusalén, sobre la carretera que conduce a Hebrón, se asienta “Belén, en el país de Judá” (hoy una pequeña ciudad). El topónimo Betlejem es antiquísimo y recibe distintas interpretaciones. Probablemente hay que derivarlo de un lugar de culto cananeo, como sugiere la designación de Bit Ilu Lajama (“casa de la diosa Lajama”) que aparece en las cartas de Amarna (290:16). La forma acuñada betlejem (“casa del pan”) podría haberse formado después, cuando el culto de la diosa pertenecía ya al pasado, cuando ya ni siquiera era un cambio consciente del antiguo topónimo cultual en una designación general que podía referirse a la fertilidad cerealista de los valles de Belén.

La Belén del siglo XI a.C. se considera generalmente una aldea pequeña de criadores de ovejas y campesinos. Pero, aun siendo pequeña, no hay duda de que se la subestima un tanto insistiendo exclusivamente en esa característica. En Judá siempre fue la avanzadilla más adelantada frente a la ciudad yebusea de Jerusalén, que por su importancia militar para la seguridad del país debió de estar siempre ocupada por hombres de singular valor.

Además, también en el período israelita Belén siguió siendo un lugar ilustre por su centro de culto que entonces era ya un lugar de culto yahvista. Así puede deducirse de 1Sam 16:2:“Lleva contigo una becerra y di: He venido a ofrecer un sacrificio a Yahveh.” Así hace hablar el narrador a Dios, que da instrucciones a Samuel, cuando éste temía acudir a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí (Jesé). El lugar de sacrificios (a la diosa y más tarde a Yahveh) hay que suponerlo en las cuevas del lugar, que hoy se muestran como las cuevas del nacimiento (de Jesús); el lugar quedaba al este de la ciudad antigua.

Queda, pues, demostrada la condición de Belén como lugar de sacrificios al tiempo en que se redactaron los libros de Samuel. Pero en 1Sam 16:2 se podría ver simultáneamente una indicación precisa del tiempo de redacción de dichos libros, pues que el lugar se menciona con toda ingenuidad como un centro legítimo de sacrificios a Yahveh, por lo que cabría suponer que tales historias fueron consignadas por escrito antes del rey Yosías (641-609 a.C.), que desplegó su celo contra los lugares altos.

Con la ascensión del betlemita David a la dignidad de rey no parece que Belén lograse nada especial; David eligió para lugar de su unción el santuario tribal de Mamré, y la ciudad cercana de Hebrón para su residencia.

El sucesor de Salomón en Judá, su hijo Roboam, sí que hizo fortificar la aldea de Belén, incrementando así una vez más su importancia militar.

En los siglos de la penetración del espíritu helenista en Palestina (desde aproximadamente el 330 a.C.), el antiguo lugar de culto experimentó un nuevo esplendor, favorecido tal vez por la presencia de las cuevas, y Belén se convirtió en lugar de culto a Adonis. Lo cual demuestra, por una parte, que el recuerdo de la “casa de la diosa Lajama,” una diosa de la fertilidad, nunca había desaparecido por completo, de modo que Lajama pudo ser sustituida por Adonis, el dios del ciclo de la floración y marchitamiento de las plantas. Por otra parte, las cuevas de la región ofrecían un emplazamiento ideal para las lamentaciones del culto funerario en pleno verano. En los tiempos de mayor rigidez religiosa judía (la época de Jesús y la siguiente) es posible que tales cultos se interrumpieran; pero volvieron a florecer más tarde, cuando la comunidad judía desapareció en tiempos del emperador Adriano (137 d.C.).

Varios evangelistas se refieren a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. El sentido kerigmático de esa distinción se apoya en Miq 5:1:“Pero tú, Belén, Éfrata, aunque eres pequeña entre los clanes de Judá, de ti ha de salir el que dominará en Israel.” Como David y, por ende, la dinastía legítima de Judá, ¡también el rey Mesías tenía que proceder de Belén!

Sobre el lugar preciso del nacimiento de Jesús en Belén nada seguro se nos ha transmitido. Las cuevas tradicionales se brindaban casi espontáneamente como lugar de veneración del misterioso nacimiento. Ciertamente que con ello no se excluye el que José pudiera elegir las cuevas de culto abandonadas como lugar de refugio; menos aún se descarta el que buscase alguna otra cueva, o que el nacimiento de Jesús tuviera lugar en una casa tal vez parcialmente excavada en la roca: el pesebre puede también referirse a una casa. Comoquiera que fuese, el emperador Constantino hizo levantar una basílica cristiana sobre las cuevas, que desde aproximadamente el 160 d.C. eran veneradas como el lugar de nacimiento de Jesús.

El campo de los pastores, al que se refiere el Evangelio de Lucas, debe de entenderse como la elevación al este de la ciudad. Con esa representación tradujo Jerónimo en el texto de Le 2:15 el propósito de los pastores: “Transeamus, pasemos a Belén...” Esos campos de los pastores constituyen el terreno de transición de la hondonada fértil, al oeste de la cual se alzaba Belén, hacia el desierto estéril. Esos campos de los pastores son también los pastizales en que el joven David apacentaba el ganado menor, según refiere el libro de 1Sam 16:11.

En cualquier caso, con la “iglesia de los pastores” la tradición ha desplazado el lugar de la vela nocturna de los pastores al valle al este de Belén. Lo cual obedecería al hecho de que los pastores no vigilaban a las ovejas pastantes, sino a las ovejas cuando dormían, sin que necesariamente los establos tuvieran que hallarse en el lugar de los pastos. Pero esa “iglesia de los pastores” (keniset er-rawat) podría también transmitir el nombre de “Rut,” que espigaba en el campo de cebada de Booz, en el valle de Belén.

La tumba de Raquel, la esposa favorita del patriarca Jacob, en el valle junto a Belén, no es histórica. Raquel — que según las narraciones bíblicas murió al dar a luz a Benjamín (Gen 35:16-19) — fue sepultada junto al camino de Bet-El a Efratá. Pero esa “Efratá” no puede ser Belén, aunque también se llame así, por su ocupación por el clan efratí. La tumba o la supuesta tumba de la tradición del Génesis de la madre de la tribu de Benjamín sólo podía encontrarse en el territorio tribal benjaminita; cualquier otra localización de la misma privaría de sentido al relato de que fue enterrada en el camino de Bet-El a Efratá. La mención del nombre de “Belén” en Gen 35:19 es una glosa del tiempo en que ya se veneraba la tumba de Raquel en la ciudad davídica.

Mucho antes del tiempo de Jesús se veneraba en el valle cerca de Belén la tumba de Raquel, tal vez ya desde la época de la división de los reinos (que se inició el 932 a.C.), cuando la tumba que todos veneraban como de la madre tribal quedó en territorio del Israel separado o fue destruida. No puede ponerse en duda que en tiempos de Jesús se veneraba en Belén la verdadera tumba de Raquel, de modo que Mateo pudo citar espontáneamente el versículo de Jer 31:15 al referirse a la matanza de los inocentes, aunque allí se hablase de Rama: “Raquel está llorando a sus hijos” (Mt 2:18).

La actual “tumba de Raquel” es una pequeña construcción musulmana con cúpula, en que tanto las madres mahometanas como las judías y las cristianas invocan la ayuda de la “madre Raquel” para sus necesidades, adornando su cenotafio respetuosamente con paños multicolores. De ahí que los habitantes del lugar designen también la tumba como “la casa de las telas abigarradas.”

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BETANIA (MONTE DE LOS OLIVOS).

De acuerdo con la tradición evangélica, Betania quedaba al este del monte de los Olivos. En cierto modo cabe localizarla un poco mejor mediante su asentamiento en el camino de ida de Jerusalén a Jericó y mediante la “tumba de Lázaro.” Desde aproximadamente el 300 d.C. esa tumba se señala en el mismo sitio; antes del 380 fue ligada a una iglesia. La tumba actual muestra una cámara rupestre con tumbas de banco; es decir, el tipo de sepulcro corriente en tiempo de Jesús. Su autenticidad no puede afirmarse de modo rotundo, pero la localización descansa seguramente en el conocimiento de la ubicación de la antigua Betania, que ha de buscarse en las proximidades de dicha tumba.

La tumba se encuentra en una suave pendiente del ras Essiyah, un monte que precede al monte de los Olivos. Probablemente a todo el macizo se le conocía como “monte de los Olivos.” En cualquier caso, aquí estaba el acceso al monte de los Olivos llegando desde el semidesierto.

La aldea actual se llama el-Azariye (Lugar de Lázaro). Pero su posición — en las inmediaciones de la tumba de Lázaro — difícilmente puede identificarse con la ubicación de la Betania antigua. Si se toma al pie de la letra el dato de Jn 11:18 (según el cual Betania estaba a 15 estadios, es decir, unos 3 km, de Jerusalén), el lugar antiguo habría quedado a un km más al este de la tumba, ya que la tumba en el-Azariye dista aproximadamente 2 km de Jerusalén. Restos del asentamiento — entre los que se cuentan algunas cisternas — confirman dicha ubicación. El uso coetáneo de enterrar a los difuntos fuera de los lugares de vivienda confirmaría así mismo la distancia entre la tumba y la ubicación del lugar antiguo.

En esa zona, 1 km al este de la tumba de Lázaro, habría que ubicar por lo mismo las casas de Marta y María y de Simón el Leproso (cf. Mt 26:6; Mc 14:3). Los diferentes lugares, antiguos y nuevos, donde se venera el recuerdo de la “casa de Marta,” de la “casa de María,” de la “casa de Simón el Leproso,” etc., resultan localizaciones imposibles y caprichosas, aunque las apoye la mejor tradición con gran abundancia de testimonios escritos.

El nombre de “Betania” significa “casa (o lugar) de Ananyá,” en el territorio de la tribu de Benjamín (Neh 11:32), como ha demostrado W.F. Albright, cuya opinión se ha impuesto. Con ello quedan eliminadas todas las explicaciones anteriores (”casa de la miseria,” “casa de Anas,” etc.). Pero sigue sin explicar tanto el motivo como el momento en que el antiguo topónimo de Ananyá fue ampliado con el prefijo bet (casa).

En cierto modo Betania puede considerarse como un lugar rico, o al menos como un lugar con habitantes ricos, cuyos campos se extendían penetrando en el semidesierto.

BET-EL.

En el período preisraelita Bet-El fue un santuario cananeo (bet-‘el = “casa del dios”), que tal vez incluso dio nombre a la divinidad allí venerada; en este último caso la fórmula “Yo soy el Dios Bet-El” (Gen 31:13) sería preferible traducirla “Yo soy el Dios de Bet-El.”

El lugar del asentamiento junto al recinto del santuario se llamaba Luz, sin duda por los almendros (luz), que ponían su nota característica en la campiña de Bet-El. En la Biblia se yuxtaponen Luz y Bet-El, como lo demuestra el trazado de la frontera tribal entre Efraím y Benjamín, que “salía de Betel-Luz” (Jos 16:2). Cierto que a veces a Luz también se la llama “Bet-El”; pero por lo general ese nombre indica el lugar de los sacrificios, que quedaba aproximadamente a un km al este del asentamiento. Sólo desde la supresión del santuario por el rey Yosías hay que entender por “Bet-El” la ciudad.

La ciudad — y con ella también el santuario — tuvo un papel importante en el período de los hicsos. En 1957 se excavaron los restos de una imponente muralla de circunvalación (de 3,38 m de espesor) perteneciente a los comienzos del período hicso en Canaán, y de finales de ese período los restos de una fortificación bien amurallada. Cabe suponer que Bet-El constituyó un importante punto de apoyo de los hicsos en Canaán.

Los israelitas conquistaron y destruyeron Bel-El al apoderarse del país; pero más tarde se apropiaron de su venerable santuario transformándolo en lugar de culto a Yahveh; es decir, que el dios de Bet-El se identificó con Yahveh. Los documentos bíblicos de la apropiación se remontan narrativamente a la época de los patriarcas, con la construcción de un altar en Bet-El por par-te de Abraham (Gen 12:8) y la erección de una piedra por parte de Jacob (Gen 28:17-22). Verosímilmente puede deducirse de la última narración que el centro del santuario era una massebá de piedra y que entre las ofrendas habituales del lugar estaba la ofrenda de aceite. En ese empleo del aceite se recogía la tradición del país.

Probablemente en el período israelita fue Bet-El el centro de culto de la tribu de Benjamín. Pero en su conjunto debió de ser bien modesto, a juzgar por el escaso nivel de vida de Israel al tiempo de la conquista y de los jueces.

Tras la división de los reinos (932 a.C.), el primer rey del reino del norte, Israel, de nombre Yeroboam, hizo de Bet-El el santuario nacional erigiendo allí la imagen de un becerro; esta última forma de culto no enlazaba con una tradición de Bet-El. La medida supuso un vigoroso impulso para Bet-El (y para Luz), como lo certifican los hallazgos de las excavaciones.

Como después del 932 a.C. Jerusalén era la ciudad más septentrional del reino meridional de Judá, los reyes sureños intentaron ganar algo de la franja de territorio fronterizo con el norte. Bet-El quedaba a sólo 17 km de Jerusalén, por lo que entraba en la zona de lucha e incluso bajo el rey Abiyyá fue judaica por algún tiempo (914 a.C.); pero el rey Basa de Israel (910-897 a.C.) la devolvía a la soberanía del reino norteño, en el que se mantuvo hasta el 725 a.C.

Los profetas Amos y Oseas, que actuaron bajo Yeroboam II (782-747 a.C.) en el reino del norte, alzaron sus voces contra las aberraciones de Bet-El, cuyo culto al parecer había adoptado unas formas marcadamente cananeas, además del escándalo que suponía la imagen del becerro.

Tras la destrucción de Bet-El por los asirios (725 a.C.) y la dispersión del reino del norte, el santuario quedó abandonado por algún tiempo; pero pronto el rey asirio envió a un sacerdote yahvista, que había sido deportado, para que restableciese el culto de Yahveh en Bet-El, que por entonces formaba parte de la provincia asiría de Samaría; se creía, en efecto, que las malas cosechas y otras catástrofes eran consecuencia del abandono del Dios del país. Pero, naturalmente, en Bet-El no se mantuvo en exclusiva el culto yahvista, sino que como el soberano del país era el gran rey asirio también las divinidades asirías tuvieron allí acogida y veneración. Con ello Bet-El se convirtió en una abominación para los profetas absolutamente fieles a Yahveh.

Un siglo más tarde (621 a.C.) el rey Yosías de Judá (641-609 a.C.) incluyó también en su reforma del culto el santuario de Bet-El: ocupó el recinto sagrado, destruyó el santuario e hizo profanar la región sembrando huesos, a fin de que el lugar de los sacrificios no volviera a utilizarse.

Desde entonces Bet-El fue una ciudad y no ya un santuario. Probablemente quedó incorporada a Judá, pues entre los regresados de Babilonia se contaban también gentes de Bet-El (cf. Esd 2:58), lo que supone que también de allí había habido deportados.

En el topónimo árabe actual de Betus se ha conservado, aunque en forma truncada, el nombre de Bet-El.

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BET-SAN.

Esta importante ciudad en la depresión del Jordán, al este de la montaña de Gelboé, perteneció durante mucho tiempo a Egipto. El nombre hebreo de Bet-San es tal vez una contracción de bet-sahan (casa de la diosa serpiente, de la diosa de la vida; cf. el texto sobre Gen 3:1-6). En los textos egipcios se designa Btsir y en las cartas de Amarna Bitsani. El territorio excavado de la antigua Bet-San queda a unos 500 m al norte de la actual aldea israelita Bet-sáan (árabe: Besán). El recinto del asentamiento antiguo comprende dos colinas y el valle circundante.

Ya en la época del calcolítico el lugar estuvo habitado (3500 a.C.). Hacia el 2500 pertenecía a los enclaves de culturas elevadas. Después del 2500 Egipto se enseñoreó del territorio, que por entonces se denominaba Siria; en Bet-San puede comprobarse la influencia cultural egipcia. Cuando los hicsos llegaron a Siria, Bet-San se convirtió en una ciudad Estado; pero en 1480 a.C., Tutmosis III de Egipto reconquistó también este lugar importante en su lucha contra la federación de pequeños príncipes sirios (batalla de Meguiddó); lugar importante, decimos, por-que se encontraba en el camino de Egipto a Damasco, que por allí cruzaba la falla norte-sur que discurre desde el Hermón hasta el golfo de Akaba. Y durante trescientos años Bet-San fue una ciudad con guarnición egipcia. Templos, estelas con inscripciones, estatuas de faraones, imáge-nes de dioses, instrumentos de culto y ofrendas sagradas, que las excavaciones han sacado a luz, son otros tantos testimonios de ese período.

Durante esos trescientos años ocurrió también la conquista de Canaán por parte de los hebreos israelitas. El libro de Josué asigna la zona de Bet-San a la tribu de Isacar, mientras que la ciudad de Bet-San en Isacar a la tribu de Manases, cosa que no pasó de ser un ideal, porque en la realidad esa depresión continuó siendo territorio de las ciudades Estado cananeas, como lo admi-te Jue 1:27:“Tampoco Manases logró conquistar Bet-San y sus aldeas...” Cierto que Jue 1:28 continúa diciendo que Israel hizo tributarias a esas ciudades, “cuando Israel se hizo fuerte”; pero dada la situación, eso no debió de pasar del pago de un tributo de las ciudades, que preferían pa-gar algo antes de que los merodeadores israelitas devastasen sus campos.

Bajo el egipcio Ramsés III tal vez pasó la ciudad a manos de los invasores filisteos; eso pudo ocurrir hacia el 1180 a.C. Comoquiera que sea, el relato de la muerte de Saúl indica que hacia el 1012 a.C. Bet-San les pertenecía, o que al menos era su aliada (véase el texto sobre 1Sam 31:7). Es probable que Bet-San pasase a ser israelita bajo David; pero no lo fue por mucho tiempo. Ya al poco de la división de los reinos (932 a.C.) el faraón Sosaq acometió contra ellos y conquistó Bet-San (927 a.C.), como certifica la lista de sus victorias. Nada preciso sabemos so-bre la historia de la ciudad entre el 927 y el 218 a.C.

En la guerra de conquista de Antíoco III Bet-San cayó en manos de los Seléucidas (218 a.C.). En la guerra judeo-siria en tiempo de Judas Macabeo la ciudad mantuvo relaciones amisto-sas con los vecinos judíos. El macabeo Juan Hircano I compró la ciudad y en el curso de su polí-tica judaizante intentó imponer el judaísmo a los bet-sanitas en el 107 a.C. Pero la cultura de Bet-San continuó siendo helenística; tal vez después de la conquista por Antíoco III se llamó Escitópolis.

Cuando Pompeyo reordenó en Judea la situación política según los intereses de Roma (después del 63 a.C.), Bet-San entró a formar parte del territorio de las diez ciudades (Decápolis), siendo la única ciudad de ese grupo que quedaba al oeste del Jordán.

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CAFARNAÚM.

El lugar se localiza hoy por casi todos en la zona de minas y escombros de tell Hum, en que se han excavado los restos de una sinagoga. A esa región, situada apenas a 5 km al oeste de la desembocadura del Jordán en el lago de Genesaret, apuntan también los datos de los Evangelios.

Jesús, “dejando Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, la ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí” (Mt 4:13); el territorio de la tribu de Zabulón estaba en la ribera occidental del lago de Galilea. Como Jesús puso allí su residencia, Cafarnaúm es “su ciudad” (Mt 9:1), con una expresión que no ha de interpretarse en un sentido afectivo sino meramente administrativo.

También la orilla noroccidental del lago era territorio de Cafarnaúm, si se trataba de tell Hum. Hacia esa orilla noroccidental apunta la vocación del publicano Leví/Mateo (Mt 9:9), porque el río Jordán, que allí desemboca en el lago, formaba la frontera entre el territorio de Herodes Antipas y el de Filipo. También la presencia de una pequeña guarnición, a la que alude el “centurión de Cafarnaúm” (Mt 8:15), pone de relieve el carácter de región fronteriza.

Este centurión, tal vez un griego al servicio de Herodes Antipas, había construido una sinagoga a los judíos de Cafarnaúm (Lc 7:5). Los restos ahora visibles de la sinagoga proceden sin duda de una construcción de hacia el año 200 d.C.; pero algunos arqueólogos israelíes piensan que los fundamentos serían de la sinagoga mencionada en Lc 7:5; serían los cimientos de la sinagoga en que Jesús enseñó con frecuencia.

Cafarnaúm fue el lugar de residencia de Simón Pedro y de su hermano Andrés, oriundos ambos de Betsaida.

Aunque Cafarnaúm fue la ciudad residencial de Jesús y el centro geográfico de una buena parte de su ministerio, lo cierto es que en la ciudad hizo pocos seguidores (Mt 11:23). El lugar debió de ser por entonces muy pequeño, y quizá tuviera de mil a dos mil habitantes. Pero en tiempos posteriores (hacia el 200 d.C.) debió de crecer. Difícil resulta decir si su población participó o no en las dos guerras judías contra Roma (el 66-73 y el 135 d.C.); su asentamiento hacia el 200, que comportaba una sinagoga costosa para aquel tiempo, hace suponer que no empuñaron las armas. Y es posible que allí, en un lugar fronterizo orientado a las ganancias económicas, tanto en tiempo de Jesús como en la época de las guerras judías contra Roma fuera el mismo motivo el que mantuvo alejados a los pobladores de las proclamas mesiánicas de Jesús, por una parte, como de las guerras nacionales, por la otra. Así que el edicto de expulsión del 135 d.C. no habría afectado a los habitantes de Cafarnaúm y habría hecho de la ciudad un enclave marginal del judaísmo palestino, que — a cuanto sabemos — se forjó algunos de ese estilo sobre todo en Galilea.

Cafarnaúm quedaba en el borde septentrional de la llanura de Genesaret. No se la menciona en el AT. Su nombre significa: “aldea de Nahúm,” sin que el tal Nahúm nos sea conocido.

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CANÁ.

Hubo también una aldea llamada Caná en la tribu de Aser, algunos kilómetros al sur de Tiro. Diferenciándola de la misma menciona Jn 2:1 y 4:46 a la Caná del primer signo mesiánico de Jesús: Caná de Galilea, donde Jesús convirtió el agua en vino (Jn 2:1-11) y donde dio seguridades a un funcionario real de Cafarnaúm de que su hijo enfermo vivía (Jn 4:46-53).

Una pequeña aldea en la carretera de Nazaret a Tiberíades pretende ser aquella Cana. En ella hay también dos iglesias — una ortodoxa y otra católica — levantadas para honrar esa manifestación de la gloria de Jesús. La aldea se llama kafr Kenna; ese Kenna, pronunciado como dshenna, frecuentemente ha hecho nacer la duda en los investigadores al intentar justificar la autenticidad de Caná.

Con mayores probabilidades de ser la Caná de Jesús cuenta el montón de ruinas conocido como hirbet Kana. Está a 13 km al norte de Nazaret (kafr Kenna, a 6 km al nordeste de Nazaret), y parece que en tiempos de Jesús fue un lugar mayor, hasta el punto de que Natanael, que era de Caná, pudo preguntar con el orgullo del ciudadano consciente de su categoría: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1:46). Por lo demás, hasta el siglo XVI los peregrinos visitaban esa Caná como la ciudad de Jesús y de Natanael; pero después, y sin que hoy nos expliquemos muy bien los motivos, kafr Kenna relevó a hirbet Kana; quizá porque su emplazamiento era de más fácil acceso.

CARMELO.

La cordillera del Carmelo, no muy alta ciertamente (la cima más elevada es de 552 m) pero que destaca por su posición entre el mar Mediterráneo y la llanura de Yizreel (con una longitud aproximada de 20 km), es un lugar antiquísimo de asentamiento y culto. Ya en la edad de la piedra (antes del 4500 a.C.) estaban habitados los valles de la cordillera.

En los anales de piedra del faraón egipcio Tutmosis III se designa al Carmelo (es decir, “el vergel”) como “el cabo sagrado.” Eso quiere decir que ya hacia el 1450 a.C. se consideraba la montaña como un lugar de culto, aspecto que probablemente se remonta a la edad de la piedra. Los pobladores cananeos o los señores fenicios del Carmelo veneraron allí a un Baal, cuyo centro de culto fue recuperado para Yahveh por el profeta Elías durante el reinado de Ajab, soberano del reino del norte (875-854 a.C.). Véase 1Re 18. También los gobernantes posteriores mantuvieron allí el centro de culto: en el período helenístico (desde el siglo IV a.C.) se veneró en el lugar al Zeus griego.

La fertilidad del Carmelo en vino y aceite fue proverbial en el período bíblico. Las lluvias frecuentes, la abundancia de rocío y grandes cisternas compensaban la escasez de fuentes.

El Carmelo como “montaña del señor Elías” (árabe dyebel mar Elyás) se remonta al relato del juicio de Dios, que exalta al profeta Elías en su lucha contra los profetas baálicos. Es posible, sin embargo, que Elías hubiese vivido en el Carmelo aun fuera de aquella ocasión; al menos así se cuenta de su discípulo Eliseo (2Re 4:25).

El altar baálico en el que se celebró el juicio de Dios (1Re 18) se alzaba tal vez en la región de el-Muhragá (“lugar de la cremación”). La posición en el extremo sudeste de la cima (514 m) brinda todo lo que el proceso requería: un altar destacado, espacio para los peregrinos, una fuente, la proximidad del torrente Quisón, donde Elías mandó degollar a los profetas de Baal, y una distancia no muy grande de Yizreel, adonde Elías se adelantó al carro de Ajab (unos 20 km).

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CESAREA.

          Como puerto — del todo necesario — y como homenaje a su protector imperial Augusto, en sólo doce años convirtió Herodes el Grande una aldea de pescadores en una ciudad portuaria moderna: la de Kaisaria (griego), es decir, la “Imperial,” que para diferenciarla de la ciudad del mismo nombre en el que luego sería territorio del tetrarca Filipo se llamó Caesarea Maritima (Cesarea Marítima) y también con el nombre completo de Caesarea Palestinae (Cesarea de Palestina), por encontrarse en el territorio filisteo.

          Herodes el Grande (hasta el año 4 a.C.) y su hijo Arquelao (hasta el 6 d.C.) la utilizaron como residencia estival, a la vez que como especial residencia de representación; lo mismo hizo más tarde Agripa I. Los procuradores romanos de Judea y Samaría tuvieron allí su sede oficial, concretamente en el antiguo palacio real. Sólo con motivo de las fiestas y en algunas ocasiones especiales residieron provisionalmente en Jerusalén.

La ciudad ha sido excavada en parte; las ruinas que han salido a luz (hipódromo, teatro, una parte del foro con grandes estatuas, donde sin duda se alzaba el palacio real) certifican las grandiosas dimensiones de la ciudad herodiana, aunque la imagen antigua de la ciudad experimentó fuertes cambios con las posteriores construcciones de los bizantinos y de los cruzados medievales.

Los pobladores de la Cesarea herodiana y procuratorial fueron sirios helenistas y griegos, entre los cuales abundaron los soldados. Pero hubo también una gran colonia judía. El libro de los Hechos de los apóstoles, que documenta la expansión del cristianismo entre los gentiles, conduce una y otra vez al lector hasta Cesarea, en la que encuentra al oficial Cornelio (Act 10:1-2), a los procuradores ante los que habló Pablo, al rey Agripa I, que se hizo glorificar como un dios en el teatro, cuyos bastidores azules eran el mismo mar. En una ciudad de esa índole también los misioneros cristianos adoptaron un lenguaje nuevo; y allí estuvo uno de los campos de acción del diácono Felipe (cf. el texto sobre Act 8:5-8).

DAMASCO.

La ciudad debe su existencia a las abundantes aguas del Baradá. Realmente no es más que un oasis grande en la llanura, y eso es probablemente lo que significa su nombre, un oasis, un “lugar abundantemente regado.” Divididas en siete brazos, las aguas del Baradá extienden su murmullo por las calles y casas de la ciudad. Eso ocurre hoy y algo parecido debió de ocurrir también en tiempos antiguos.

Gustosos califican los damascenos su ciudad como la más antigua del mundo. Seguramente que se trata de una exageración; pero que Damasco es una ciudad antiquísima lo demuestra su nombre que es anterior al período semítico. Hacia el 2500 a.C. ya era una ciudad de los amorreos semitas; pero Damasco es más antigua. En hebreo se llama Dammesek.

El agua hizo fértil a la ciudad y creó la posibilidad de que Damasco creciese. Pero el que lo hiciese justamente en aquel lugar se debió a su emplazamiento en las rutas comerciales que desde Babilonia y el norte pasaban por Damasco, dividiéndose en tres ramales importantes que conducían al sur y al suroeste. Ello condicionó de antemano la importancia estratégica y comercial de la ciudad.

Durante la monarquía israelita (desde aproximadamente el año 1000 a.C.) Damasco fue la ciudad Estado de los arameos. David pudo someterla a tributo por algún tiempo (2Sam 8:5); pero ya en tiempos de Salomón empezaron los preludios de las guerras de liberación de los Estados arameos bajo la capitanía de Damasco, que desembocaron en continuas luchas contra el reino israelita septentrional. En los períodos de paz Damasco fue como vecino el interlocutor comercial nato del reino de Israel.

Los asirios acabaron con la independencia de Damasco. Después de imponerse a Babilonia, los asirios sometieron a Damasco luego que la ciudad Estado hubiera intentado inútilmente, y en alianza con Israel, forzar al reino de Judá a luchar contra los asirios; el 734 a.C. Damasco era conquistada por Asiría. Pero la fuerza cultural del Estado arameo era tan grande que no fue el asirio, sino el arameo, el idioma que se convirtió en la lengua comercial y diplomática del imperio de Asiría. Desde entonces Damasco formó parte de la historia de Babilonia. Entre el 87 y el 62 a.C. Aretas II, rey de los nabateos, conquistó Damasco; pero después del 64 a.C. los romanos incorporaron la ciudad a la Decápolis, aunque sin que desapareciera con ello el dominio de los nabateos. También en el período apostólico seguía perteneciendo Damasco al territorio soberano del rey árabe Aretas IV.

Destruido el reino israelita del norte por los asirios y deportada su