DIOS ES LA VIDA
Como la ciencia de Dios, cuya existencia
ya hemos probado, procede de su entendimiento y entender es propio de los
seres vivientes, hemos de concluir que Dios es un ser Vivo. Todavía es más,
Dios es la Vida. Cuando
el salmista se siente alborozado por la grandeza de su Amor, proclama:
"Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo" (Sal 83,3). Los
seres vivos son los que se mueven por sí mismos, o sea, que tienen un
movimiento inmanente, de dentro hacia fuera, local, o intelectual como
entender y amar.
Así, por analogía llamamos agua viva, al
agua que brota de manantial, en contraposición al agua estancada, o muerta.
También a la llama que flamea la designamos como llama viva, opuesta al fuego
del carbón encendido, que no se mueve. Es evidente que hay diversos grados de
vida y la vida de Dios es el supremo grado de Vida, de la que nacen todas las
vidas, porque El, no sólo tiene vida, sino que es la misma Vida: "Yo soy
la Vida"
(Jn 14,6).
"Dios llama a Moisés desde una zarza
que arde sin consumirse y dice a Moisés: "Yo soy el Dios de tus padres,
el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Ex 3,6).
Jesús, comentando estas palabras dirá después: "No es Dios de muertos,
sino de vivos" (Mt 22,32). El es el que ha llamado y guiado a los
patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda
de ellos y de sus promesas; que viene para librar a sus descendientes de la
esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo
quiere, y que pondrá en obra toda su Omnipotencia para conseguir su
designio" (CIC, 205). En la zarza ardiente le ha revelado a Moisés:
"Yo Soy" (Ex 3). A los profetas les dice repetidas veces: “Vivo
Yo”. El realiza la obra salvífica, él interviene constantemente desde el
principio del género humano, con su acción y providencia siempre nueva e
inmensa de un Dios vivo, que no duerme (Sal 120). Dios habla, ve, oye, juzga,
castiga, recompensa, ampara, guía, cuida de que los hombres no se desvíen
para que no pierdan las aguas vivas. Se queja de su pueblo y le dice por
Jeremías (2,13): "Dos maldades ha cometido mi pueblo: me han abandonado
a mí, fuente de agua viva, y se han construido cisternas rotas". Su vida
es vida en plenitud sin mengua, de fuerza sin debilidad, de fecundidad, de
dicha, de unidad, de santidad, de grandeza elevada sobre todas las vidas del
mundo y de duración sin fin. El es la
Vida eterna. Dios vivo en la consumación de los siglos (Ap
1,18). El vidente de Patmos, dice que vio:"Al que está sentado en el
trono, que vive por los siglos de los siglos" (Ap 4,9). Por eso la lex
orandi de la Iglesia
termina todas la oraciones dirigidas a Dios, confesando: "Que vives y
reinas por los siglos de los siglos".
DE LA VIDA A LA VIDA
Dios es el origen de la vida: vida de
vida, luz de luz. Dios se ha revelado a los hombres como Dios vivo, de
palabra y de obra. Dios crea la vida (Gn 1,11), como reflejo de su vida
divina, que va subiendo gradualmente hasta llegar a la semejanza divina, para
desembocar en El como un río en el mar, imagen desarrollada bellísimamente
por San Juan de la Cruz
en “Llama de amor viva" . Dios bendice la vida, porque es amigo de la
vida (Sap 1,26), pero él permanece en su propia vida, superior a toda vida
creada, que quiere extender y multiplicar, como les ordena en el paraíso: -
“Creced, multiplicaos y llenad la tierra" (Gn 1,29). La Vida de Dios que coincide
con su mismo ser, hace que sea vida infinita por esencia, y que sea causa
eficiente y ejemplar de todas las vidas creadas. Santa Teresa dirá con
ternura: "Sí, que no matáis a nadie, vida de todas las vidas";
"iOh, Vida que la dais a todos"'. Es el Dios de la vida y no de la
muerte: aborto, limitación de la natalidad, eutanasia. ¿Cómo se puede pensar
que uno solo de los momentos del proceso maravilloso de formación de la vida
pueda ser sustraído de la sabia y amorosa acción del Creador y dejado a
merced del arbitrio del hombre? No lo pensó así la madre de los siete
hermanos macabeos: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo
quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos
de cada uno. El Creador del mundo, os devolverá el espíritu y la vida con
misericordia» (2 M
7,22) (Evangelium vitae). El que me ha dado los oídos ¿no oirá? (Sal 93,9)
NO SÓLO ÉL ES LA VIDA, NOS LA DA TAMBIÉN A
NOSOTROS: (Jn 5,26)
Es hermoso seguir leyendo palabras de la Escritura, como
argumento infalible de la misma vida de Dios: "Yo doy la vida, yo doy la
muerte… yo alzo al cielo mi mano y juro por mi eterna vida" (Dt 32.39).
Por eso el hombre bíblico expresa su gratitud y su ansia: "Como busca la
cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de
Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?" (Sal
42,3); Dios es el puro ser no limitado. Es en relación a la criatura como el
oro puro sin mezcla, comparado con el metal (Santo Tomás). Cada hombre es una
ola del río que pasa para dar paso a otras vidas. Aunque "Dios no hizo
la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Dios hizo al hombre para la
inmortalidad a imagen de su propio ser" (Sap 1,13).
EL DIOS VIVO RESPLANDECE EN JESUCRISTO.
En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre, Dios-Hijo, consubstancial al Padre y al Espíritu Santo, brilla el
Dios vivo, que nos ha hablado por los Profetas, por último nos ha hablado por
medio de su Hijo (Hb 1,2), a quien el Sumo Sacerdote conjuró a proclamarlo:
"Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Hijo de
Díos". "'Tú lo has dicho" (Mt 26,63). Y enfáticamente escribe
San Juan: "En El estaba la vida y la vida era la luz de los
hombres" (Jn 1,4). El mismo Jesús dirá de sí mismo: "Así como el
Padre tiene la vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener vida en sí
mismo" (Jn 5,26). En la expresión
“YO SOY”, que Jesucristo utiliza al referirse a su propia persona,
encontramos un eco del nombre con el cual Dios se ha manifestado a Sí mismo a
Moisés (Ex 3,14). Cristo se aplica a Sí mismo aquel "YO SOY" (Jn
13,19), nombre que define a Dios no solamente en cuanto Absoluto, Existencia
en sí del Ser por Sí mismo, sino también como El que ha establecido la
alianza con Abrahán y con su descendencia y que, en virtud de la alianza,
envía a Moisés a liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Aquel "YO
SOY" contiene en sí un significado soteriológico, habla del Dios de la
alianza que está con el hombre para salvarlo. Habla del Emmanuel (ls 7,14),
el "Dios con nosotros", que indica la Preexistencia
divina del Verbo Hijo, pero al mismo tiempo, reclama el cumplimiento de la
profecía de Isaías sobre el Emmanuel, de ser el "Dios con
nosotros". "YO SOY” significa también "Yo estoy con
vosotros" (Mt 28,20). "Salí del Padre y vine al mundo" (Jn
16,28), "...a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). El
Hijo del hombre es verdadero Dios, Hijo de la misma naturaleza del Padre que
ha querido estar "con nosotros" para salvarnos. En el sermón de la Cena, cuando habla de
"la casa del Padre", en la cual El va a prepararles un lugar (Jn
14,1), responde a Tomás que le preguntaba sobre el camino: "Yo soy el
camino, la verdad y la vida". Al proclamarse "verdad" y
'"vida" reclama atributos propios del Ser divino: Ser¬Verdad,
Ser-Vida. "Yo soy "la luz del mundo", y quien lo sigue
"no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida” (Jn 8,12).
Claramente dice Jesús: “Yo soy la vida" (Jn 14,6).
JESÚS ES LA VIDA Y DA LA VIDA
Jesús "es la vida" porque es
verdadero Dios, como lo afirma antes de resucitar a Lázaro: "Yo soy la
resurrección y la vida" (Jn 11,25). En la resurrección confirmará definitivamente
que su vida como Hijo del hombre, no está sometida a la muerte. El es la
vida, y, por tanto, es Dios. Si es la
Vida, El puede participarla a los demás: "El que cree
en mí, aunque muera vivirá" (Jn 11,25). Cristo puede convertirse también
en la Eucaristía
en "el pan de la vida" (Jn 6,35), en "el pan vivo bajado del
cielo" (Jn 6,51). Cristo se compara con la vid que da vida a los
sarmientos (Jn 15,1. “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por
las ovejas" (Jn 10,11), identificando su unión con el padre de quien
Ezequiel dijo: "Porque así dice el Señor Yahvé: Yo mismo iré a buscar a
mis ovejas y las reuniré. Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las
llevaré al redil… buscaré la oveja perdida, traeré a la extraviada, vendaré
la perniquebrada y curaré la enferma... apacentaré con justicia" (Ez
34.11). "Rebaño mío, vosotros sois las ovejas de mi grey, y yo soy
vuestro Dios" (Ez 34,31). Palabras que reflejan la identidad de Jesús
con Aquel que en el Antiguo Testamento había hablado de Sí mismo como de un
Pastor, declarando: "Yo soy vuestro Dios" (Ez 34,31 ).
LA VIDA EN LA EVANGELIUM VITAE
Ante las innumerables y graves amenazas
contra la vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos abrumados por
una sensación de impotencia insuperable. Este es el momento en que el Pueblo
de Dios, y en él cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y
valentía, la propia fe en Jesucristo, «Palabra de vida» (1Jn1,1). El
Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el
anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se presenta a todo hombre, con
estas palabras: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Jesús es el Hijo que desde la
eternidad recibe la vida del Padre (Jn 5,26) y que ha venido a los hombres
para hacerles partícipes de este don: «Yo he venido para que tengan vida y la
tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así, por la palabra, la acción y la persona
de Jesús se da al hombre la posibilidad de «conocer» toda la verdad sobre el
valor de la vida humana. Dice el Concilio Vaticano II: Cristo «con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre
todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la
verdad, lleva a plenitud toda la revelación de que Dios está con nosotros
para libramos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacemos
resucitar a una vida eterna».
ENTRA EL PECADO EN EL MUNDO
Lamentablemente, el magnífico proyecto de
Dios se oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el
hombre se rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas.
De este modo, el ser humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios,
sino que está tentado de ofenderla también en los hermanos sustituyendo las
relaciones de comunión por actitudes de desconfianza, indiferencia,
enemistad, llegando al odio homicida. A la luz de esta verdad san lreneo
precisa su exaltación del hombre: «el hombre que vive» es gloria de Dios,
pero «la vida del hombre consiste en la visión de Dios». Por tanto, Dios es
el único Señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo
lo afirma a Noé después del diluvio: «Os prometo reclamar vuestra propia
sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno
reclamaré el alma humana» (Gén 9,5). El texto bíblico subraya cómo la
sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora:
«Porque a imagen de Dios hizo El al hombre» (Gén 9,6). La vida y la muerte
del hombre están en las manos de Dios, en su poder: «El tiene en su mano el
alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre», exclama Job
(12,10). «El Señor da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar» (1 S
2,6). Sólo El puede decir: “Yo doy la muerte y doy la vida” (Dt 32,39). La
pregunta «¿Qué has hecho?» (Gén 4,10), con la que Dios se dirige a Caín
después de que éste hubiera matado a su hermano Abel, es la experiencia de
cada hombre, que, en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a
respetar el carácter inviolable de la vida -la suya y la de los demás-, como
realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y
Padre. El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana ocupa
el centro de las «diez palabras» de la alianza del Sinaí (Ex 34,28). Prohíbe,
ante todo, el homicidio: «No matarás» (Ex 20,13); pero también condena
cualquier daño causado a otro (Ex 21,12). Al joven rico que pregunta a Jesús:
«Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», responde:
«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 16) y cita,
como primero, el «no matarás» (18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige una
justicia superior, también en el campo del respeto a la vida: «Habéis oído
que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el
tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano,
será reo ante el tribunal» (Mt 5, 2). No existe el forastero que debe hacerse
prójimo del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como
enseña de modo incisivo la parábola del buen samaritano (Lc 10,25).
TAMBIEN LOS NO NACIDOS
El Concilio Vaticano II destaca cómo la
generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges y a Dios mismo que se hace
presente. Los esposos son colaboradores de Dios Creador en la generación de
un nuevo ser humano. Así, la exclamación de la primera mujer, «la madre de
todos los vivientes, dice: «He adquirido un varón con el favor del Señor»
(Gén 4,1). El hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra
divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se abre
al futuro una nueva vida. «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te
conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (Jr 1,5): la existencia
de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino. La exaltación
de la fecundidad y la espera de la vida resuenan en las palabras con las que
Isabel se alegra por su embarazo: «El Señor se dignó quitar mi oprobio entre
los hombres» (Lc 1,25). El valor de la persona desde su concepción es
celebrado en el encuentro entre la Virgen María e Isabel, y entre los dos niños
que llevan en su seno.
LOS ANCIANOS
En lo relativo a los últimos momentos de
la existencia, seria anacrónico esperar de la revelación bíblica una condena
explícita de los intentos de anticipar violentamente su fin, porque aquel
contexto cultural y religioso en lo concerniente al anciano, reconoce en su
sabiduría y experiencia una riqueza insustituible para la familia y la
sociedad. La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración (2 M 6,23). El justo no pide
ser privado de la ancianidad y de su paso, al contrario, reza así: «Pues tú
eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y ahora que llega
la vejez y las canas, ioh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu
brazo a todas las edades venideras» (Sal 71,5). El tiempo mesiánico ideal es
presentado como aquél en el que «no habrá jamás... viejo que no llene sus
días» (Is 65,20).
EN EL OCASO Y DECLINAR DE LA VIDA
Pero ¿cómo afrontar en la vejez el declive
inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? el creyente sabe
que su vida está en las manos de Dios: «Señor, en tus manos está mi vida»
(Sal 16,5). El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la
muerte; en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al «agrado
del Altísimo», a su designio de amor. Incluso en el momento de la enfermedad,
el hombre está llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar
su confianza en El, que «cura todas las enfermedades» (Sal 103,3). Cuando
toda expectativa de curación se cierra ante el hombre -hasta moverlo a
gritar: «Mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno»
(SaI 102,12), el creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder
vivificante de Dios. La enfermedad no
lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la
invocación llena de esperanza: «¡Tengo fe, aún cuando digo: " Muy
desdichado soy”!» (SaI 116,10); «Señor, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tú
has sacado, Señor, mi alma de la fosa» (Sal 30,3)
JESÚS ANTE AL MUERTE
Ningún hombre puede decidir
arbitrariamente entre vivir o morir. Sólo es dueño absoluto de esta decisión
el Creador, en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Mirando
«el espectáculo» de la cruz (Lc 23,48) podremos descubrir el cumplimiento y la
revelación de todo el Evangelio de la vida. En las primeras horas de la tarde
del Viernes Santo, «al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la
tierra. El velo del Santuario se rasgó por medio» (Lc 23,44). Es símbolo de
una gran alteración cósmica y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien
y las fuerzas del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros nos
encontramos también en medio de una lucha dramática entre la cultura de la
muerte» y la «cultura de la vida». Pero, esta oscuridad no eclipsa el
resplandor de la Cruz;
al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro,
sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana. Jesús clavado en la
cruz, vive el momento de su máxima «impotencia», y su vida parece abandonada
totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es
ridiculizado, insultado, ultrajado (Mc 5,24). Y entonces he ahí que el
centurión romano exclama: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios Vivo»
(Mc 15,39). Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte
de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre (Lc 23,34) y dice al
malhechor que le pide que se acuerde de él en su reino: «Yo te aseguro: hoy
estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Después de su muerte «se abrieron
los sepulcros, y muchos cuerpos de santos muertos resucitaron» (Mt 27.52). La
salvación realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. También hoy,
dirigiendo la mirada a Aquél que atravesaron, todo hombre amenazado en su
existencia, encuentra la esperanza segura de liberación y redención. Por esa
muerte el hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante
los sacramentos de la
Iglesia, se comunica a los hijos de Dios. De la Cruz, fuente de vida, nace
y se propaga el «pueblo de la vida». Concédenos, Señor, escuchar con corazón
dócil y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos
no sólo a no matar la vida del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.
CONCLUSIÓN
De la filosofía y la teología de Santo
Tomás, de la mano de la
Revelación Divina, venimos de Dios Vivo, de su gloria, el
hombre viviente por su Vida; de Jesucristo, que muere por darnos Vida Eterna;
al Magisterio de la Iglesia
en la Evangelium
vitae, para terminar con las últimas palabras de San Agustín: "Déjame
morir, Señor, para que viva". Con la expresión luminosa de Santa
Teresita del Niño Jesús antes de morir. "No muero; entro en la Vida". Y con la
ardorosa del Apocalipsis: “Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20)DIOS ES LA VERDAD
Escribe santo Tomás: "Puesto que
únicamente hay ciencia de lo verdadero, tras el estudio de la ciencia de
Dios, debemos tratar de la verdad" (1,16). La verdad está en el
entendimiento en cuanto que conoce las cosas como son. Y está en las cosas,
amoldables al entendimiento. Condiciones que se encuentran en Dios en máximo
grado, pues su ser infinito se adapta a su entendimiento infinito y, además,
su ser es su mismo entender, y su ser es la causa de todos los demás seres.
Por tanto, no sólo en Dios está la verdad, sino que El es la primera y la
suprema verdad. Ha dicho Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la
vida".
PRUEBAS DE LA SAGRADA ESCRITURA
Dios manifiesta en todas sus obras su
fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. Así lo proclama el Salmo:
"Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad" (Sal 138,2}. Dios
es la Verdad,
porque "Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1,5) (CIC,
214). "El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justas normas son
eternas” (Sal 119,160). "Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus
palabras son verdad" (2 S 7, 28); por eso las promesas de Dios se realizan
siempre (Dt 7,9).
Dios es la Verdad misma, sus
palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda
confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las
cosas. "La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la
creación y del gobierno del mundo (Sb 13, 1-9). Dios, único Creador del cielo
y de la tierra (Sal 115, 15), es el único que puede dar el conocimiento
verdadero de todas las cosas creadas en su relación con él" (Sb 7,
17-21). Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que viene de
Dios es una doctrina de verdad" (Ml 2, 6). En el Apocalipsis leemos:
"Al Angel de Filadelfia escribe así: Esto dice el santo, el veraz".
Y lo mismo al de Laodicea: "Esto dice el amén, el testigo fiel y
veraz" (Ap 3, 7.14)¬
LOS SANTOS HAN VISTO LA VERDAD
Cada una de las verdades del mundo creado
son irradiación y esplendor de la suprema verdad. El hombre, que tiene un
anhelo insaciable de verdad, por el cual tiende hacia ella con todas sus
fuerzas, no puede prescindir del alimento de la verdad, y la busca con todas
sus ansias, como lo reconoce bellamente san Agustín: "Donde he hallado
la verdad allí he hallado a mi Dios, la verdad en persona" (Conf.
24,35).
En el impresionante capítulo 40 de Vida,
Santa Teresa nos refiere que supo que le hablaba la misma Verdad, sin que
ella viera quién le revelaba "una verdad, que es suma de todas las
verdades". "Oí que me decían: No es poco esto que hago por tí;
porque todo el daño del mundo procede por ignorancia de las verdades de la Escritura, conocida
con clara verdad; no dejará de cumplirse ni una de ellas. ¡Ay, hija, qué
pocos me aman de verdad, pues si me amaran, no les encubriría yo mis
secretos! ¿Sabes qué es amar de verdad? Comprender que todo lo que no es agradable
a mi, es mentira… Desde entonces, todo lo que veo que no conduce al reino de
Dios, me parece vanidad y mentira. Y me dan lástima todos los que veo que
están en la oscuridad e ignorancia de esta verdad. Dentro de mí quedó
esculpida una verdad de la divina verdad que se me reveló, que me hace tener
un nuevo respeto a Dios, porque da noticia de su majestad y poder de una
manera que no se puede decir: sé entender que es una gran cosa. Quedóme muy
gran gana de no hablar más que de cosas muy verdaderas, muy superiores a las
que se hablan en el mundo, y así comencé a tener pena de vivir en él. Me dejó
gran ternura y regalo y humildad. Cero que sin entender cómo, me dio el Señor
en este momento mucho. Entendí el gran bien que hay en no hacer caso de
ninguna cosa que no nos sirve para acercarnos más a Dios, y comprendí
"qué cosa es andar mi alma en verdad delante de la misma Verdad"-
Esta verdad que digo que se me dio a entender es verdad en sí misma, y es sin
principio ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta verdad, como
todos los amores de este amor y todas las demás grandezas de esta grandeza.
¡Y cómo se nota el poder de esta majestad, pues en tan poco tiempo deja tan
gran ganancia y tales cosas grabadas en el alma. Sois, Señor, la misma
verdad! También acaece así muy de presto revelar Dios en sí mismo una verdad,
que parece que deja oscurecidas todas las verdades que hay en las criaturas,
dando a entender con mucha claridad que él solo es la verdad y que no puede
mentir y que todo hombre es mentiroso (Sal 115, 11). La humildad es andar en
verdad; que lo es muy grande no tener nada bueno de nosotros, sino la miseria
y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira. Quien más lo entiende
agrada más a la suma verdad, porque anda en ella (VI Moradas 10,8). ¡Oh, cuán
dichoso será el día en que te has de ver sumergido en aquel mar infinito de
la suma verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser porque
estarás seguro de tu miseria, naturalizado con la misma vida de Dios!” (E
17).
LO DICE EL MAGISTERIO Y LOS TEOLOGOS
Dios es la Verdad. El es el
conocimiento de toda verdad, porque es omnisciente. Dice el Vaticano I: “Dios
ni puede equivocarse ni inducir a error. La verdad no puede contradecir a la
verdad”. Como afirma Garrigou-Lagrange, la inteligencia superior no puede ser
como la humana ordenada para buscar la verdad, pues supondría una ordenación
superior. Luego la
Inteligencia suprema ha de ser la misma Verdad. Pero el
mundo ni conoce ni quiere conocer la Verdad. Cuando
Jesús contesta a Pilato: -“Yo tengo por misión ser testigo de la Verdad, para eso nací yo
y vine al mundo. Todo el que está por la verdad me escucha, Pilatos le dice:
"¿Qué es la verdad?" (Jn 18,38). No le interesaba más verdad que su
conveniencia e interés, su carrera política y su placer. Así está el mundo,
en cuanto regido por el príncipe de este mundo, el padre de la mentira, el
que es mentiroso desde el principio, como dice San Juan.
EN EL MUNDO REINA LA MENTIRA
El comienzo del pecado y de la caída del
hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios,
de su benevolencia y de su fidelidad. Por eso dice San Pablo: "Dios es
leal y todos los hombres desleales" (Rm 3,4). "Todo hombre es
mentiroso, dice el Salmo. Con razón Ernesto Psicari, pone en boca de Dios estas
palabras: “Pero, ¿cómo me conocerás a Mí que soy veraz, en medio de tantas
mentiras en que aún te complaces?” Ya decía Goebbels, ministro de Propaganda
del III Reich, que una mentira repetida mil veces, acaba creyéndose verdad.
No sin fundamento ha escrito Marías: “Es muy escasa la sensibilidad para la
verdad, y esto es increiblemente peligroso. Habría que poner en esta cuenta
una enorme proporción de los males de nuestro tiempo. Al hombre actual le
dicen muchas más cosas que al de ninguna otra época de la Historia. Lo
bombardean o lo ametrallan con dichos cada día, con recursos que no habían
existido hasta ahora. Lee más que nunca, oye voces ajenas todo el tiempo,
acompañadas de la imagen y el gesto. Se solicita su atención desde la
publicidad, la política, las campañas, las consignas. En multitud de casos no
tiene medio de decidir si lo que se le dice es verdadero o falso; se siente
aturdido por múltiples solicitaciones, no tiene tiempo ni calma para
reaccionar a ellas. La verdad y la falsedad desaparecen del horizonte, y el
hombre queda inerme frente a esta última. Algunos políticos usan la mentira
como instrumento primario, sin el menor escrúpulo y sin demasiadas
consecuencias. Si existiera sensibilidad y respeto para la verdad, la
falsedad sistemática bastaría para descalificar a quien la usase. Se puede
usar la mentira con impunidad. No se plantean bien las cuestiones, se las
toma a medias y no en su raíz. La política es el campo en el que el desprecio
a la verdad es más visible, pero hay otros en que acaso sea más grave: los
que tienen que ver con la vida intelectual. Si el historiador falta a la
verdad, comete un delito intelectual. Lo mismo puede decirse del que extrae
consecuencias falsas de un descubrimiento científico, o da por establecido lo
que no pasa de ser una hipótesis o no se puede justificar. Hay autores que
faltan a la verdad sistemáticamente, y no pasa nada negativo, porque acaso
gozan de éxito y fama. Se puede descubrir la falsedad, muy especialmente en
los jactanciosos, en los que parecen satisfechos de sí mismos; por eso el
descontento acompaña tantas veces al éxito, a la fama, el poder o el
enriquecimiento. Se intenta convencer a los demás de la propia excelencia,
con la esperanza de que lo persuadan a uno, pero esto es dificil, porque no
hay en ello ingenuidad, sino que el que desprecia la verdad sabe muy bien que
lo hace, y por qué.
EL MUNDO DIVIDIDO EN DOS CAMPOS
Desde la mentira del tentador, el mundo
está dividido como la Ciudad
de Dios, en dos bandos. El de la
Verdad y el de la mentira. La mentira del incendio de Roma
provocado por Nerón, fue la causa de la persecución de los cristianos, que
sembró de mártires todo el Imperio. El argumento de La ciudad de Dios, la
principal obra de San Agustín, es la opinión de que la caída de Roma en poder
de los godos de Alarico, el año 410, fue la aceptación del cristianismo y el
abandono de los dioses del Imperio, que en castigo habían dejado a Roma
desamparada en manos de los bárbaros. Agustín combate esta opinión en los
cinco primeros libros de los 22, demostrando que Roma había caído por su
egoísmo y por su inmoralidad. Además demuestra que ni el politeísmo popular
ni la filosofía antigua habían sido capaces de preservar el Imperio y dar la
felicidad a sus habitantes. En los otros doce libros presenta el nacimiento,
desarrollo y culminación del enfrentamiento entre las dos ciudades, la
terrena y la celestial, encarnada en la Iglesia de Cristo. Describe el nacimiento de
las dos ciudades y el subdesarrollo en este mundo. En el libro XIX, San
Agustín hace un profundo análisis de las nociones de la verdad, la justicia y
la paz, que define como la tranquilidad del orden, las leyes, y la felicidad.
Era necesario que Dios enviara a su Hijo al mundo, para "dar testimonio
de la Verdad"
(Jn 18,37): "Sabemos que el Hijo ha venido y nos ha dado inteligencia
para que conozcamos al Verdadero" (1 Jn 5, 20).
EL VERBO, HIJO DE DIOS NOS REVELA LA VERDAD
Así nos lo enseña Tomás de Kempis:
"Bienaventurado aquel a quien la Verdad por sí misma enseña, no por figuras y
voces que se pasan, sino así como es. Nuestra estimación y nuestro
sentimiento a menudo nos engañan y conocen poco. ¿Qué aprovecha la gran
curiosidad de saber cosas oscuras y ocultas, pues que del no saberlas no
seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es que, dejadas las
cosas útiles y necesarias, entendemos con gusto en las curiosas y dañosas.
Verdaderamente, teniendo ojos, no vemos. Aquel a quien habla el Verbo Eterno,
de muchas opiniones se desembaraza. De este Verbo salen todas las cosas, y es
el Principio que nos habla (Jn 8.25). Ninguno entiende o juzga sin él
rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren una, y las trajera a uno,
y las viera en uno, podrá ser estable y firme de corazón y permanecer
pacífico en Dios. ¡Oh Dios, que eres la Verdad! Hazme permanecer uno contigo en caridad
perpetua. Callen todos los doctores; callen las criaturas en tu presencia:
háblame Tú solo. Cuanto alguien está más unido contigo, y es más sencillo de
corazón, tanto más y mayores cosas entiende sin trabajo, porque de arriba
recibe la luz de la inteligencia. El espíritu puro, sencillo y constante no
se distrae, aunque entienda en muchas cosas, porque todo lo hace a honra de
Dios; y se esfuerza en estar desocupado de toda curiosidad. Muchos estudian
más para saber que para bien vivir, por eso yerran muchas veces, y poco o
ningún fruto hacen.
OBRAR LA VERDAD DE DIOS EN LA GRACIA Y EN LA CARIDAD
Escribe Santo Tomás en la Suma que "la
perfección que resulta para una sola alma del don de la gracia, supera a todo
el bien esparcido en el universo" bonum gratiae unius maius est quam
totius universi (1-2, q113, a 9, ad 2). ¿No es esto lo que ha proclamado
Jesús? "De nada le sirve al hombre ganar el mundo, conquistar su estima,
si por no tener la gracia está excluido para siempre de mi reino"(Mt
16,26}. La gracia es el principio de nuestra verdadera vida, el germen de la
gloria futura y de la felicidad eterna. Pero también dice San Pablo en su
Carta a los de Éfeso: "Realizad la verdad en la caridad" (Ef 4, 15).
Se puede estar muy convencido de la propia verdad, y creyendo que se tiene la
verdad caer en el fanatismo. Todos los fanatismos y aberraciones cometidas en
el transcurso de la historia, se han hecho muchas veces con la seguridad de
la propia verdad. Machado escribió sus versos célebres: "¿Tu verdad? No.
La verdad / y ven conmigo a buscarla.”… Obrar con verdad es obrar como seres
racionales. Decir la verdad es expresar algo en conformidad con lo que
realmente pensamos. Un objeto es verdadero cuando existe conformidad entre la
que debe ser según su naturaleza y lo que es en realidad; si no es así, el
oro es oropel. Una acción humana será verdadera cuando corresponda a nuestra
naturaleza humana, dotada de razón, voluntad y libertad. Dios recibe gloria
de las criaturas, cuando se conforman con las leyes de su propia naturaleza.
Los astros alaban a Dios en silencio mientras orbitan por el espacio:
"Los cielos pregonan la gloria de Dios" (Sal 18,2); las aguas del
mar, conteniéndose "en los límites que Dios les ha asignado":
"Les fijaste unos límites que no traspasarán" (Ib 103,9); la
tierra, guardando sus leyes: "Creaste la tierra y subsistirá" (Sal
118,90); los árboles, dando sus flores y frutos; los animales, siguiendo su
instinto. Cada orden de seres tiene sus leyes que constituyen un cántico de
alabanza a su gloria: "Señor, Señor nuestro, cuán admirable es tu nombre
en toda la tierra (Ib 8,1.10). El hombre sólo puede glorificar a Dios
realizando actos conformes a su naturaleza: "Quien dice que conoce a
Dios y no guarda sus mandatos, es mentiroso y en él no está la verdad"
(1 Jn 2,4). Obrar la verdad con caridad. No se puede hacer todo lo que es
verdad aunque se hunda la caridad. Corregir porque es verdad que lo que se
corrige está mal con altivez, con desconocimiento de las reglas avanzadas de
la psicología; corregir atropellando. O hablar insultando; o divulgar, porque
es verdad lo que se divulga, humillando y perjudicando, no es verdad, porque
no se hace con caridad, que debe prevalecer a la verdad. Mejor dicho, que si
no hay caridad ya no hay verdad. Al final de su vida escribía Santa Teresa:
"Ahora todo va con amor". Para las personas que dirigen o tienen
autoridad, vale el principio del Beato Juan XXIII: "Corregir una sola
cosa una vez. Es mejor una caricia, que un pellizco"- Porque la
autoridad se les ha dado para construir, no para destruir. Para ser relámpago
que ilumina en la oscuridad de la noche, no rayo que destruye y amilana.
Hombre sobre el que llorar en el abatimiento. No reprensión a troche y moche.
Cayado para el cansado, no yugo para el desanimado. San Juan, el discípulo
Amado, ya anciano, repetía: "Amaos, Amaos". Maestro siempre nos
dices lo mismo. Es que es el precepto del Señor, y eso basta.
JESÚS PIDE LA VERDAD PARA SUS
DISCIPULOS
"Padre, dijo Jesús, en la última
Cena, santifícalos en la verdad”. "El Espíritu de la verdad, que procede
del Padre, dará testimonio de mi". El "espíritu de la verdad"
guiará a la Iglesia
"hasta la verdad completa" (Jn 16,13). "Yo le pediré al Padre
que os de otro abogado que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la
verdad. El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre,
os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn
14,26). Así, el "Parádito", el Espíritu de la verdad, es el
verdadero "Consolador" del hombre, el verdadero Defensor y Abogado,
el verdadero Garante del Evangelio en la historia.
LA VERDAD DE DIOS EN LA BELLEZA
El Cardenal Ratzinger, ha hecho esta
afirmación en Rímini el 21 de agosto 2002: Cristo revela la verdad de la
belleza y la belleza de la verdad, prometiendo que los hombres y mujeres de
hoy creerán si redescubren la auténtica belleza. Las imágenes de la
publicidad con extraordinaria habilidad están pensadas para tentar
irresistiblemente al hombre a apropiarse de algo y a buscar la satisfacción
del momento. El arte cristiano "debe oponerse al culto de lo feo, según
el cual toda belleza es un engaño, y tiene que enfrentarse a la belleza
mendaz que hace al hombre más pequeño"- Fiódor Dostoievski refiriéndose
a la belleza redentora de Jesucristo, ha dicho: "La belleza nos
salvará". Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente en las
imágenes de cristo crucificado, como “amor hasta el fin”, sabe que la belleza
es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo que sufre aprende
también que la belleza de la verdad comprende la ofensa, el dolor, y el
oscuro misterio de la muerte. 'Tenemos que aprender a verlo, si somos
golpeados por el dardo de su paradójica belleza, entonces le conoceremos
verdaderamente"