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PAGINA CREADA EL 12 DE FEBRERO DE 2002

PAGINA WEB DE PEDRO DONOSO BRANT

Reflexiones sobre Dios

Jesús Marti Ballester

 

DIOS ES LA VIDA

Como la ciencia de Dios, cuya existencia ya hemos probado, procede de su entendimiento y entender es propio de los seres vivientes, hemos de concluir que Dios es un ser Vivo. Todavía es más, Dios es la Vida. Cuando el salmista se siente alborozado por la grandeza de su Amor, proclama: "Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo" (Sal 83,3). Los seres vivos son los que se mueven por sí mismos, o sea, que tienen un movimiento inmanente, de dentro hacia fuera, local, o intelectual como entender y amar.

Así, por analogía llamamos agua viva, al agua que brota de manantial, en contraposición al agua estancada, o muerta. También a la llama que flamea la designamos como llama viva, opuesta al fuego del carbón encendido, que no se mueve. Es evidente que hay diversos grados de vida y la vida de Dios es el supremo grado de Vida, de la que nacen todas las vidas, porque El, no sólo tiene vida, sino que es la misma Vida: "Yo soy la Vida" (Jn 14,6).

"Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse y dice a Moisés: "Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Ex 3,6). Jesús, comentando estas palabras dirá después: "No es Dios de muertos, sino de vivos" (Mt 22,32). El es el que ha llamado y guiado a los patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas; que viene para librar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su Omnipotencia para conseguir su designio" (CIC, 205). En la zarza ardiente le ha revelado a Moisés: "Yo Soy" (Ex 3). A los profetas les dice repetidas veces: “Vivo Yo”. El realiza la obra salvífica, él interviene constantemente desde el principio del género humano, con su acción y providencia siempre nueva e inmensa de un Dios vivo, que no duerme (Sal 120). Dios habla, ve, oye, juzga, castiga, recompensa, ampara, guía, cuida de que los hombres no se desvíen para que no pierdan las aguas vivas. Se queja de su pueblo y le dice por Jeremías (2,13): "Dos maldades ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y se han construido cisternas rotas". Su vida es vida en plenitud sin mengua, de fuerza sin debilidad, de fecundidad, de dicha, de unidad, de santidad, de grandeza elevada sobre todas las vidas del mundo y de duración sin fin. El es la Vida eterna. Dios vivo en la consumación de los siglos (Ap 1,18). El vidente de Patmos, dice que vio:"Al que está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos" (Ap 4,9). Por eso la lex orandi de la Iglesia termina todas la oraciones dirigidas a Dios, confesando: "Que vives y reinas por los siglos de los siglos".

DE LA VIDA A LA VIDA

Dios es el origen de la vida: vida de vida, luz de luz. Dios se ha revelado a los hombres como Dios vivo, de palabra y de obra. Dios crea la vida (Gn 1,11), como reflejo de su vida divina, que va subiendo gradualmente hasta llegar a la semejanza divina, para desembocar en El como un río en el mar, imagen desarrollada bellísimamente por San Juan de la Cruz en “Llama de amor viva" . Dios bendice la vida, porque es amigo de la vida (Sap 1,26), pero él permanece en su propia vida, superior a toda vida creada, que quiere extender y multiplicar, como les ordena en el paraíso: - “Creced, multiplicaos y llenad la tierra" (Gn 1,29). La Vida de Dios que coincide con su mismo ser, hace que sea vida infinita por esencia, y que sea causa eficiente y ejemplar de todas las vidas creadas. Santa Teresa dirá con ternura: "Sí, que no matáis a nadie, vida de todas las vidas"; "iOh, Vida que la dais a todos"'. Es el Dios de la vida y no de la muerte: aborto, limitación de la natalidad, eutanasia. ¿Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos del proceso maravilloso de formación de la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa acción del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? No lo pensó así la madre de los siete hermanos macabeos: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. El Creador del mundo, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia» (2 M 7,22) (Evangelium vitae). El que me ha dado los oídos ¿no oirá? (Sal 93,9)

NO SÓLO ÉL ES LA VIDA, NOS LA DA TAMBIÉN A NOSOTROS: (Jn 5,26)

Es hermoso seguir leyendo palabras de la Escritura, como argumento infalible de la misma vida de Dios: "Yo doy la vida, yo doy la muerte… yo alzo al cielo mi mano y juro por mi eterna vida" (Dt 32.39). Por eso el hombre bíblico expresa su gratitud y su ansia: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?" (Sal 42,3); Dios es el puro ser no limitado. Es en relación a la criatura como el oro puro sin mezcla, comparado con el metal (Santo Tomás). Cada hombre es una ola del río que pasa para dar paso a otras vidas. Aunque "Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Dios hizo al hombre para la inmortalidad a imagen de su propio ser" (Sap 1,13).

EL DIOS VIVO RESPLANDECE EN JESUCRISTO.

En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Dios-Hijo, consubstancial al Padre y al Espíritu Santo, brilla el Dios vivo, que nos ha hablado por los Profetas, por último nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1,2), a quien el Sumo Sacerdote conjuró a proclamarlo: "Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Hijo de Díos". "'Tú lo has dicho" (Mt 26,63). Y enfáticamente escribe San Juan: "En El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4). El mismo Jesús dirá de sí mismo: "Así como el Padre tiene la vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn 5,26). En la expresión  “YO SOY”, que Jesucristo utiliza al referirse a su propia persona, encontramos un eco del nombre con el cual Dios se ha manifestado a Sí mismo a Moisés (Ex 3,14). Cristo se aplica a Sí mismo aquel "YO SOY" (Jn 13,19), nombre que define a Dios no solamente en cuanto Absoluto, Existencia en sí del Ser por Sí mismo, sino también como El que ha establecido la alianza con Abrahán y con su descendencia y que, en virtud de la alianza, envía a Moisés a liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Aquel "YO SOY" contiene en sí un significado soteriológico, habla del Dios de la alianza que está con el hombre para salvarlo. Habla del Emmanuel (ls 7,14), el "Dios con nosotros", que indica la Preexistencia divina del Verbo Hijo, pero al mismo tiempo, reclama el cumplimiento de la profecía de Isaías sobre el Emmanuel, de ser el "Dios con nosotros". "YO SOY” significa también "Yo estoy con vosotros" (Mt 28,20). "Salí del Padre y vine al mundo" (Jn 16,28), "...a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). El Hijo del hombre es verdadero Dios, Hijo de la misma naturaleza del Padre que ha querido estar "con nosotros" para salvarnos. En el sermón de la Cena, cuando habla de "la casa del Padre", en la cual El va a prepararles un lugar (Jn 14,1), responde a Tomás que le preguntaba sobre el camino: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Al proclamarse "verdad" y '"vida" reclama atributos propios del Ser divino: Ser¬Verdad, Ser-Vida. "Yo soy "la luz del mundo", y quien lo sigue "no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida” (Jn 8,12). Claramente dice Jesús: “Yo soy la vida" (Jn 14,6).

 

JESÚS ES LA VIDA Y DA LA VIDA

Jesús "es la vida" porque es verdadero Dios, como lo afirma antes de resucitar a Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11,25). En la resurrección confirmará definitivamente que su vida como Hijo del hombre, no está sometida a la muerte. El es la vida, y, por tanto, es Dios. Si es la Vida, El puede participarla a los demás: "El que cree en mí, aunque muera vivirá" (Jn 11,25). Cristo puede convertirse también en la Eucaristía en "el pan de la vida" (Jn 6,35), en "el pan vivo bajado del cielo" (Jn 6,51). Cristo se compara con la vid que da vida a los sarmientos (Jn 15,1. “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas" (Jn 10,11), identificando su unión con el padre de quien Ezequiel dijo: "Porque así dice el Señor Yahvé: Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y las reuniré. Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré al redil… buscaré la oveja perdida, traeré a la extraviada, vendaré la perniquebrada y curaré la enferma... apacentaré con justicia" (Ez 34.11). "Rebaño mío, vosotros sois las ovejas de mi grey, y yo soy vuestro Dios" (Ez 34,31). Palabras que reflejan la identidad de Jesús con Aquel que en el Antiguo Testamento había hablado de Sí mismo como de un Pastor, declarando: "Yo soy vuestro Dios" (Ez 34,31 ).

LA VIDA EN LA EVANGELIUM VITAE

Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos abrumados por una sensación de impotencia insuperable. Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, «Palabra de vida» (1Jn1,1). El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se presenta a todo hombre, con estas palabras: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (Jn 5,26) y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de este don: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así, por la palabra, la acción y la persona de Jesús se da al hombre la posibilidad de «conocer» toda la verdad sobre el valor de la vida humana. Dice el Concilio Vaticano II: Cristo «con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación de que Dios está con nosotros para libramos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacemos resucitar a una vida eterna».

ENTRA EL PECADO EN EL MUNDO

Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas. De este modo, el ser humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado de ofenderla también en los hermanos sustituyendo las relaciones de comunión por actitudes de desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. A la luz de esta verdad san lreneo precisa su exaltación del hombre: «el hombre que vive» es gloria de Dios, pero «la vida del hombre consiste en la visión de Dios». Por tanto, Dios es el único Señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a Noé después del diluvio: «Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana» (Gén 9,5). El texto bíblico subraya cómo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: «Porque a imagen de Dios hizo El al hombre» (Gén 9,6). La vida y la muerte del hombre están en las manos de Dios, en su poder: «El tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre», exclama Job (12,10). «El Señor da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar» (1 S 2,6). Sólo El puede decir: “Yo doy la muerte y doy la vida” (Dt 32,39). La pregunta «¿Qué has hecho?» (Gén 4,10), con la que Dios se dirige a Caín después de que éste hubiera matado a su hermano Abel, es la experiencia de cada hombre, que, en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar el carácter inviolable de la vida -la suya y la de los demás-, como realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre. El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana ocupa el centro de las «diez palabras» de la alianza del Sinaí (Ex 34,28). Prohíbe, ante todo, el homicidio: «No matarás» (Ex 20,13); pero también condena cualquier daño causado a otro (Ex 21,12). Al joven rico que pregunta a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», responde: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 16) y cita, como primero, el «no matarás» (18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige una justicia superior, también en el campo del respeto a la vida: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5, 2). No existe el forastero que debe hacerse prójimo del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de modo incisivo la parábola del buen samaritano (Lc 10,25).

TAMBIEN LOS NO NACIDOS

El Concilio Vaticano II destaca cómo la generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los cónyuges y a Dios mismo que se hace presente. Los esposos son colaboradores de Dios Creador en la generación de un nuevo ser humano. Así, la exclamación de la primera mujer, «la madre de todos los vivientes, dice: «He adquirido un varón con el favor del Señor» (Gén 4,1). El hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida. «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (Jr 1,5): la existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino. La exaltación de la fecundidad y la espera de la vida resuenan en las palabras con las que Isabel se alegra por su embarazo: «El Señor se dignó quitar mi oprobio entre los hombres» (Lc 1,25). El valor de la persona desde su concepción es celebrado en el encuentro entre la Virgen María e Isabel, y entre los dos niños que llevan en su seno.

LOS ANCIANOS

En lo relativo a los últimos momentos de la existencia, seria anacrónico esperar de la revelación bíblica una condena explícita de los intentos de anticipar violentamente su fin, porque aquel contexto cultural y religioso en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría y experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad. La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración (2 M 6,23). El justo no pide ser privado de la ancianidad y de su paso, al contrario, reza así: «Pues tú eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y ahora que llega la vejez y las canas, ioh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras» (Sal 71,5). El tiempo mesiánico ideal es presentado como aquél en el que «no habrá jamás... viejo que no llene sus días» (Is 65,20).

EN EL OCASO Y DECLINAR DE LA VIDA

Pero ¿cómo afrontar en la vejez el declive inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? el creyente sabe que su vida está en las manos de Dios: «Señor, en tus manos está mi vida» (Sal 16,5). El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al «agrado del Altísimo», a su designio de amor. Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su confianza en El, que «cura todas las enfermedades» (Sal 103,3). Cuando toda expectativa de curación se cierra ante el hombre -hasta moverlo a gritar: «Mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno» (SaI 102,12), el creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios.  La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la invocación llena de esperanza: «¡Tengo fe, aún cuando digo: " Muy desdichado soy”!» (SaI 116,10); «Señor, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has sacado, Señor, mi alma de la fosa» (Sal 30,3)

JESÚS ANTE AL MUERTE

Ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. Sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador, en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Mirando «el espectáculo» de la cruz (Lc 23,48) podremos descubrir el cumplimiento y la revelación de todo el Evangelio de la vida. En las primeras horas de la tarde del Viernes Santo, «al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra. El velo del Santuario se rasgó por medio» (Lc 23,44). Es símbolo de una gran alteración cósmica y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos también en medio de una lucha dramática entre la cultura de la muerte» y la «cultura de la vida». Pero, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana. Jesús clavado en la cruz, vive el momento de su máxima «impotencia», y su vida parece abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado, insultado, ultrajado (Mc 5,24). Y entonces he ahí que el centurión romano exclama: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios Vivo» (Mc 15,39). Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre (Lc 23,34) y dice al malhechor que le pide que se acuerde de él en su reino: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Después de su muerte «se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos muertos resucitaron» (Mt 27.52). La salvación realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. También hoy, dirigiendo la mirada a Aquél que atravesaron, todo hombre amenazado en su existencia, encuentra la esperanza segura de liberación y redención. Por esa muerte el hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante los sacramentos de la Iglesia, se comunica a los hijos de Dios. De la Cruz, fuente de vida, nace y se propaga el «pueblo de la vida». Concédenos, Señor, escuchar con corazón dócil y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a no matar la vida del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.

CONCLUSIÓN

De la filosofía y la teología de Santo Tomás, de la mano de la Revelación Divina, venimos de Dios Vivo, de su gloria, el hombre viviente por su Vida; de Jesucristo, que muere por darnos Vida Eterna; al Magisterio de la Iglesia en la Evangelium vitae, para terminar con las últimas palabras de San Agustín: "Déjame morir, Señor, para que viva". Con la expresión luminosa de Santa Teresita del Niño Jesús antes de morir. "No muero; entro en la Vida". Y con la ardorosa del Apocalipsis: “Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20)DIOS ES LA VERDAD

Escribe santo Tomás: "Puesto que únicamente hay ciencia de lo verdadero, tras el estudio de la ciencia de Dios, debemos tratar de la verdad" (1,16). La verdad está en el entendimiento en cuanto que conoce las cosas como son. Y está en las cosas, amoldables al entendimiento. Condiciones que se encuentran en Dios en máximo grado, pues su ser infinito se adapta a su entendimiento infinito y, además, su ser es su mismo entender, y su ser es la causa de todos los demás seres. Por tanto, no sólo en Dios está la verdad, sino que El es la primera y la suprema verdad. Ha dicho Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

PRUEBAS DE LA SAGRADA ESCRITURA

Dios manifiesta en todas sus obras su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. Así lo proclama el Salmo: "Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad" (Sal 138,2}. Dios es la Verdad, porque "Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1,5) (CIC, 214). "El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justas normas son eternas” (Sal 119,160). "Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son verdad" (2 S 7, 28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (Dt 7,9).

Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas. "La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo (Sb 13, 1-9). Dios, único Creador del cielo y de la tierra (Sal 115, 15), es el único que puede dar el conocimiento verdadero de todas las cosas creadas en su relación con él" (Sb 7, 17-21). Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que viene de Dios es una doctrina de verdad" (Ml 2, 6). En el Apocalipsis leemos: "Al Angel de Filadelfia escribe así: Esto dice el santo, el veraz". Y lo mismo al de Laodicea: "Esto dice el amén, el testigo fiel y veraz" (Ap 3, 7.14)¬

LOS SANTOS HAN VISTO LA VERDAD

Cada una de las verdades del mundo creado son irradiación y esplendor de la suprema verdad. El hombre, que tiene un anhelo insaciable de verdad, por el cual tiende hacia ella con todas sus fuerzas, no puede prescindir del alimento de la verdad, y la busca con todas sus ansias, como lo reconoce bellamente san Agustín: "Donde he hallado la verdad allí he hallado a mi Dios, la verdad en persona" (Conf. 24,35).

En el impresionante capítulo 40 de Vida, Santa Teresa nos refiere que supo que le hablaba la misma Verdad, sin que ella viera quién le revelaba "una verdad, que es suma de todas las verdades". "Oí que me decían: No es poco esto que hago por tí; porque todo el daño del mundo procede por ignorancia de las verdades de la Escritura, conocida con clara verdad; no dejará de cumplirse ni una de ellas. ¡Ay, hija, qué pocos me aman de verdad, pues si me amaran, no les encubriría yo mis secretos! ¿Sabes qué es amar de verdad? Comprender que todo lo que no es agradable a mi, es mentira… Desde entonces, todo lo que veo que no conduce al reino de Dios, me parece vanidad y mentira. Y me dan lástima todos los que veo que están en la oscuridad e ignorancia de esta verdad. Dentro de mí quedó esculpida una verdad de la divina verdad que se me reveló, que me hace tener un nuevo respeto a Dios, porque da noticia de su majestad y poder de una manera que no se puede decir: sé entender que es una gran cosa. Quedóme muy gran gana de no hablar más que de cosas muy verdaderas, muy superiores a las que se hablan en el mundo, y así comencé a tener pena de vivir en él. Me dejó gran ternura y regalo y humildad. Cero que sin entender cómo, me dio el Señor en este momento mucho. Entendí el gran bien que hay en no hacer caso de ninguna cosa que no nos sirve para acercarnos más a Dios, y comprendí "qué cosa es andar mi alma en verdad delante de la misma Verdad"- Esta verdad que digo que se me dio a entender es verdad en sí misma, y es sin principio ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta verdad, como todos los amores de este amor y todas las demás grandezas de esta grandeza. ¡Y cómo se nota el poder de esta majestad, pues en tan poco tiempo deja tan gran ganancia y tales cosas grabadas en el alma. Sois, Señor, la misma verdad! También acaece así muy de presto revelar Dios en sí mismo una verdad, que parece que deja oscurecidas todas las verdades que hay en las criaturas, dando a entender con mucha claridad que él solo es la verdad y que no puede mentir y que todo hombre es mentiroso (Sal 115, 11). La humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener nada bueno de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira. Quien más lo entiende agrada más a la suma verdad, porque anda en ella (VI Moradas 10,8). ¡Oh, cuán dichoso será el día en que te has de ver sumergido en aquel mar infinito de la suma verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser porque estarás seguro de tu miseria, naturalizado con la misma vida de Dios!” (E 17).

LO DICE EL MAGISTERIO Y LOS TEOLOGOS

Dios es la Verdad. El es el conocimiento de toda verdad, porque es omnisciente. Dice el Vaticano I: “Dios ni puede equivocarse ni inducir a error. La verdad no puede contradecir a la verdad”. Como afirma Garrigou-Lagrange, la inteligencia superior no puede ser como la humana ordenada para buscar la verdad, pues supondría una ordenación superior. Luego la Inteligencia suprema ha de ser la misma Verdad. Pero el mundo ni conoce ni quiere conocer la Verdad. Cuando Jesús contesta a Pilato: -“Yo tengo por misión ser testigo de la Verdad, para eso nací yo y vine al mundo. Todo el que está por la verdad me escucha, Pilatos le dice: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18,38). No le interesaba más verdad que su conveniencia e interés, su carrera política y su placer. Así está el mundo, en cuanto regido por el príncipe de este mundo, el padre de la mentira, el que es mentiroso desde el principio, como dice San Juan.

EN EL MUNDO REINA LA MENTIRA

El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad. Por eso dice San Pablo: "Dios es leal y todos los hombres desleales" (Rm 3,4). "Todo hombre es mentiroso, dice el Salmo. Con razón Ernesto Psicari, pone en boca de Dios estas palabras: “Pero, ¿cómo me conocerás a Mí que soy veraz, en medio de tantas mentiras en que aún te complaces?” Ya decía Goebbels, ministro de Propaganda del III Reich, que una mentira repetida mil veces, acaba creyéndose verdad. No sin fundamento ha escrito Marías: “Es muy escasa la sensibilidad para la verdad, y esto es increiblemente peligroso. Habría que poner en esta cuenta una enorme proporción de los males de nuestro tiempo. Al hombre actual le dicen muchas más cosas que al de ninguna otra época de la Historia. Lo bombardean o lo ametrallan con dichos cada día, con recursos que no habían existido hasta ahora. Lee más que nunca, oye voces ajenas todo el tiempo, acompañadas de la imagen y el gesto. Se solicita su atención desde la publicidad, la política, las campañas, las consignas. En multitud de casos no tiene medio de decidir si lo que se le dice es verdadero o falso; se siente aturdido por múltiples solicitaciones, no tiene tiempo ni calma para reaccionar a ellas. La verdad y la falsedad desaparecen del horizonte, y el hombre queda inerme frente a esta última. Algunos políticos usan la mentira como instrumento primario, sin el menor escrúpulo y sin demasiadas consecuencias. Si existiera sensibilidad y respeto para la verdad, la falsedad sistemática bastaría para descalificar a quien la usase. Se puede usar la mentira con impunidad. No se plantean bien las cuestiones, se las toma a medias y no en su raíz. La política es el campo en el que el desprecio a la verdad es más visible, pero hay otros en que acaso sea más grave: los que tienen que ver con la vida intelectual. Si el historiador falta a la verdad, comete un delito intelectual. Lo mismo puede decirse del que extrae consecuencias falsas de un descubrimiento científico, o da por establecido lo que no pasa de ser una hipótesis o no se puede justificar. Hay autores que faltan a la verdad sistemáticamente, y no pasa nada negativo, porque acaso gozan de éxito y fama. Se puede descubrir la falsedad, muy especialmente en los jactanciosos, en los que parecen satisfechos de sí mismos; por eso el descontento acompaña tantas veces al éxito, a la fama, el poder o el enriquecimiento. Se intenta convencer a los demás de la propia excelencia, con la esperanza de que lo persuadan a uno, pero esto es dificil, porque no hay en ello ingenuidad, sino que el que desprecia la verdad sabe muy bien que lo hace, y por qué.

EL MUNDO DIVIDIDO EN DOS CAMPOS

Desde la mentira del tentador, el mundo está dividido como la Ciudad de Dios, en dos bandos. El de la Verdad y el de la mentira. La mentira del incendio de Roma provocado por Nerón, fue la causa de la persecución de los cristianos, que sembró de mártires todo el Imperio. El argumento de La ciudad de Dios, la principal obra de San Agustín, es la opinión de que la caída de Roma en poder de los godos de Alarico, el año 410, fue la aceptación del cristianismo y el abandono de los dioses del Imperio, que en castigo habían dejado a Roma desamparada en manos de los bárbaros. Agustín combate esta opinión en los cinco primeros libros de los 22, demostrando que Roma había caído por su egoísmo y por su inmoralidad. Además demuestra que ni el politeísmo popular ni la filosofía antigua habían sido capaces de preservar el Imperio y dar la felicidad a sus habitantes. En los otros doce libros presenta el nacimiento, desarrollo y culminación del enfrentamiento entre las dos ciudades, la terrena y la celestial, encarnada en la Iglesia de Cristo. Describe el nacimiento de las dos ciudades y el subdesarrollo en este mundo. En el libro XIX, San Agustín hace un profundo análisis de las nociones de la verdad, la justicia y la paz, que define como la tranquilidad del orden, las leyes, y la felicidad. Era necesario que Dios enviara a su Hijo al mundo, para "dar testimonio de la Verdad" (Jn 18,37): "Sabemos que el Hijo ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero" (1 Jn 5, 20).

EL VERBO, HIJO DE DIOS NOS REVELA LA VERDAD 

Así nos lo enseña Tomás de Kempis: "Bienaventurado aquel a quien la Verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces que se pasan, sino así como es. Nuestra estimación y nuestro sentimiento a menudo nos engañan y conocen poco. ¿Qué aprovecha la gran curiosidad de saber cosas oscuras y ocultas, pues que del no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es que, dejadas las cosas útiles y necesarias, entendemos con gusto en las curiosas y dañosas. Verdaderamente, teniendo ojos, no vemos. Aquel a quien habla el Verbo Eterno, de muchas opiniones se desembaraza. De este Verbo salen todas las cosas, y es el Principio que nos habla (Jn 8.25). Ninguno entiende o juzga sin él rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren una, y las trajera a uno, y las viera en uno, podrá ser estable y firme de corazón y permanecer pacífico en Dios. ¡Oh Dios, que eres la Verdad! Hazme permanecer uno contigo en caridad perpetua. Callen todos los doctores; callen las criaturas en tu presencia: háblame Tú solo. Cuanto alguien está más unido contigo, y es más sencillo de corazón, tanto más y mayores cosas entiende sin trabajo, porque de arriba recibe la luz de la inteligencia. El espíritu puro, sencillo y constante no se distrae, aunque entienda en muchas cosas, porque todo lo hace a honra de Dios; y se esfuerza en estar desocupado de toda curiosidad. Muchos estudian más para saber que para bien vivir, por eso yerran muchas veces, y poco o ningún fruto hacen.

OBRAR LA VERDAD DE DIOS EN LA GRACIA Y EN LA CARIDAD

Escribe Santo Tomás en la Suma que "la perfección que resulta para una sola alma del don de la gracia, supera a todo el bien esparcido en el universo" bonum gratiae unius maius est quam totius universi (1-2, q113, a 9, ad 2). ¿No es esto lo que ha proclamado Jesús? "De nada le sirve al hombre ganar el mundo, conquistar su estima, si por no tener la gracia está excluido para siempre de mi reino"(Mt 16,26}. La gracia es el principio de nuestra verdadera vida, el germen de la gloria futura y de la felicidad eterna. Pero también dice San Pablo en su Carta a los de Éfeso: "Realizad la verdad en la caridad" (Ef 4, 15). Se puede estar muy convencido de la propia verdad, y creyendo que se tiene la verdad caer en el fanatismo. Todos los fanatismos y aberraciones cometidas en el transcurso de la historia, se han hecho muchas veces con la seguridad de la propia verdad. Machado escribió sus versos célebres: "¿Tu verdad? No. La verdad / y ven conmigo a buscarla.”… Obrar con verdad es obrar como seres racionales. Decir la verdad es expresar algo en conformidad con lo que realmente pensamos. Un objeto es verdadero cuando existe conformidad entre la que debe ser según su naturaleza y lo que es en realidad; si no es así, el oro es oropel. Una acción humana será verdadera cuando corresponda a nuestra naturaleza humana, dotada de razón, voluntad y libertad. Dios recibe gloria de las criaturas, cuando se conforman con las leyes de su propia naturaleza. Los astros alaban a Dios en silencio mientras orbitan por el espacio: "Los cielos pregonan la gloria de Dios" (Sal 18,2); las aguas del mar, conteniéndose "en los límites que Dios les ha asignado": "Les fijaste unos límites que no traspasarán" (Ib 103,9); la tierra, guardando sus leyes: "Creaste la tierra y subsistirá" (Sal 118,90); los árboles, dando sus flores y frutos; los animales, siguiendo su instinto. Cada orden de seres tiene sus leyes que constituyen un cántico de alabanza a su gloria: "Señor, Señor nuestro, cuán admirable es tu nombre en toda la tierra (Ib 8,1.10). El hombre sólo puede glorificar a Dios realizando actos conformes a su naturaleza: "Quien dice que conoce a Dios y no guarda sus mandatos, es mentiroso y en él no está la verdad" (1 Jn 2,4). Obrar la verdad con caridad. No se puede hacer todo lo que es verdad aunque se hunda la caridad. Corregir porque es verdad que lo que se corrige está mal con altivez, con desconocimiento de las reglas avanzadas de la psicología; corregir atropellando. O hablar insultando; o divulgar, porque es verdad lo que se divulga, humillando y perjudicando, no es verdad, porque no se hace con caridad, que debe prevalecer a la verdad. Mejor dicho, que si no hay caridad ya no hay verdad. Al final de su vida escribía Santa Teresa: "Ahora todo va con amor". Para las personas que dirigen o tienen autoridad, vale el principio del Beato Juan XXIII: "Corregir una sola cosa una vez. Es mejor una caricia, que un pellizco"- Porque la autoridad se les ha dado para construir, no para destruir. Para ser relámpago que ilumina en la oscuridad de la noche, no rayo que destruye y amilana. Hombre sobre el que llorar en el abatimiento. No reprensión a troche y moche. Cayado para el cansado, no yugo para el desanimado. San Juan, el discípulo Amado, ya anciano, repetía: "Amaos, Amaos". Maestro siempre nos dices lo mismo. Es que es el precepto del Señor, y eso basta.

JESÚS PIDE LA VERDAD PARA SUS DISCIPULOS

"Padre, dijo Jesús, en la última Cena, santifícalos en la verdad”. "El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mi". El "espíritu de la verdad" guiará a la Iglesia "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). "Yo le pediré al Padre que os de otro abogado que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14,26). Así, el "Parádito", el Espíritu de la verdad, es el verdadero "Consolador" del hombre, el verdadero Defensor y Abogado, el verdadero Garante del Evangelio en la historia.

LA VERDAD DE DIOS EN LA BELLEZA

El Cardenal Ratzinger, ha hecho esta afirmación en Rímini el 21 de agosto 2002: Cristo revela la verdad de la belleza y la belleza de la verdad, prometiendo que los hombres y mujeres de hoy creerán si redescubren la auténtica belleza. Las imágenes de la publicidad con extraordinaria habilidad están pensadas para tentar irresistiblemente al hombre a apropiarse de algo y a buscar la satisfacción del momento. El arte cristiano "debe oponerse al culto de lo feo, según el cual toda belleza es un engaño, y tiene que enfrentarse a la belleza mendaz que hace al hombre más pequeño"- Fiódor Dostoievski refiriéndose a la belleza redentora de Jesucristo, ha dicho: "La belleza nos salvará". Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente en las imágenes de cristo crucificado, como “amor hasta el fin”, sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo que sufre aprende también que la belleza de la verdad comprende la ofensa, el dolor, y el oscuro misterio de la muerte. 'Tenemos que aprender a verlo, si somos golpeados por el dardo de su paradójica belleza, entonces le conoceremos verdaderamente"

 

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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

p.s.donoso@vtr.net